La visión de Dios

Nicolás de Cusa

La visión de Dios

El cardenal Nicolás de Cusa escribió "De visione Dei" en el año 1453, en respuesta a la petición que los monjes benedictinos de Tegernsee le enviaron por medio del abad, Gaspar Aindorffer. Los monjes le preguntaban qué tenía preponderancia en la visión de Dios, si el elemento cognoscitivo o el afectivo. Para acompañar este breve tratado de teología mística, el Cusano incluyó en su respuesta la reproducción de un retrato omnividente, que llamó "ícono de Dios", y que es la semejanza sobre la cual se apoya el sentido de la obra.

El retrato, que, debido a la técnica pictórica, parece que sigue con los ojos la mirada del espectador, sugería al cardenal la siguiente reflexión, en el prefacio de "La visión de Dios":

"Y mientras se percata de que ese rostro no se aparta de nadie, verá que la mirada se preocupa de cada uno con tanto amor como si fuese el único en experimentar ser visto y no se preocupase de ningún otro, hasta el punto que ni siquiera pueda concebir que la imagen se preocupe de otro que no sea él mismo. Igualmente se dará cuenta de que tiene grandísimo cuidado tanto de la criatura más pequeña como de la más grande y de todo el universo. ".

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Nicolás de Cusa, La visión de Dios

Capítulo X: A Dios se le ve más allá de la coincidencia de los opuestos, y su ver es su ser

Estoy ante la imagen de tu rostro, Dios mío, que miro con ojos sensibles; y me esfuerzo en contemplar, con ojos interiores, la verdad que está representada en la pintura. Y acontece, Señor, que tu vista habla; pues en efecto tu hablar no es distinto de tu ver. Y como tu ver y tu hablar son sinónimos, ya que no se diferencian en ti, que eres la misma simplicidad absoluta, experimento con claridad que tú ves simultáneamente todas y cada una de las cosas, pues también yo, cuando predico, hablo una sola vez y simultáneamente a la iglesia congregada y a cada uno de los que están presentes en la iglesia. Digo una sola palabra, y con ella sóla hablo a cada uno particularmente. Lo que la iglesia es para mí, para ti, Señor, es el mundo entero y cada una de las criaturas singulares que existen o pueden existir. Por tanto, de un modo similar, hablas a cada uno y ves a quienes hablas. 

Señor, que eres el supremo consuelo de cuantos esperan en ti, inspírame para que yo pueda sacar de mí materia para alabarte. Me has concedido, en conformidad con tu voluntad, un solo rostro, que es visto singularmente y a la vez por todos aquellos a los que predico. Mi único rostro es visto por cada uno, y siendo sólo uno mi discurso es oído íntegramente por cada uno. En cambio, yo no puedo oir diferenciadamente a la vez a todos los que hablan, sino a uno después de otro, ni verles a todos juntos simultánea y distintamente, sino uno tras otro. Pero si yo tuviese un poder tan grande que el ser oído coincidiese con el oir, e igualmente el ser visto y el ver, el hablar y el oir, como sucede en ti, Señor, que eres el supremo poder, entonces yo también oiría y vería a todos y cada uno a la vez, y lo mismo que hablaría a cada uno simultáneamente, del mismo modo también vería y oiría, en el mismo momento en que hablo, las respuestas de todos y cada uno.

Por tanto, en la puerta de la coincidencia de los opuestos, que custodia un ángel puesto a la entrada del paraíso, comienzo a verte, Señor. Efectivamente, tú estás allí en donde hablar, ver, oir, gustar, tocar, razonar, saber y entender son idénticos, y donde el ver coincide con el ser visto, el oir con ser oído, gustar con ser gustado, tocar con ser tocado, y hablar con oir, y crear con hablar. Si yo viese como soy visible, no sería una criatura. Y si tú, Dios, no vieses como eres visible, no serías Dios omnipotente. Eres visible por todas las criaturas, y las ves a todas; en efecto, por el hecho de que ves a todos, eres visto por todos. Las criaturas no pueden ser de otro modo, puesto que son por tu visión; si no te viesen a ti que las ves, no podrían recibir de ti el ser. El ser de la criatura es, igualmente, tu ver y tu ser visto. Tú hablas por tu Verbo a todas las cosas que existen, y llamas al ser a las que no existen. Las llamas para que te escuchen, y cuando te escuchan, existen. Cuando hablas, hablas a todos; y todos a los que hablas te escuchan. Hablas a la tierra y la llamas para que llegue a ser naturaleza humana; te oye la tierra, y este oir suyo es convertirse en hombre. Hablas a la nada como si fuese algo, y llamas a la nada para que se convierta en algo; y la nada te oye, porque deviene algo lo que era nada.

¡Oh fuerza infinita! Tu concebir es hablar. Concibes el cielo y existe tal como lo has concebido. Concibes la tierra y es como la has concebido. Y mientras concibes, ves, hablas, operas y cualquier otra cosa que pueda decirse.

¡Eres admirable, Dios mío! Hablas una sola vez, una sola vez concibes. Entonces, ¿cómo es que las cosas no existen todas a la vez, sino que muchas existen sucesivamente? ¿Cómo es que existen tantas cosas diversas a partir de un solo concepto? Situado yo en el umbral de la puerta, me aclaras que tu concepto es la misma eternidad simplicísima. Y con posterioridad a la simplicísima eternidad no es posible que se produzca nada. La duración infinita, que es la eternidad misma, abarca toda sucesión. Por eso, todo lo que a nosotros nos aparece en una sucesión, de ninguna manera es posterior a tu concepto, que es la eternidad. Tu único concepto, que es también tu Verbo, complica todas y cada una de las cosas. Tu Verbo eterno no puede ser múltiple ni diverso, ni variable ni mutable, porque es la eternidad simple. Veo así, Señor, que posterior a tu concepto no hay nada, sino que todas las cosas existen porque las concibes. Ahora bien, tú concibes en la eternidad. La sucesión en la eternidad es la eternidad misma sin sucesión, tu mismo Verbo, Señor Dios. Una cosa cualquiera que se nos aparece en el tiempo, tú no la has concebido antes de que exista. En la eternidad, en la cual tú concibes, toda sucesión temporal coincide en el mismo ahora de eternidad. No hay, por tanto, pasado ni futuro allí donde el futuro y el pasado coinciden con el presente.

Que las cosas existan en este mundo según un antes y un después, se debe a que tú no has concebido tales cosas antes de que existan; si las hubieses concebido antes, antes hubiesen existido. Si el antes y el después pueden darse en el concepto de alguien, de tal modo que conciba primero una cosa y después otra, ese concepto no es omnipotente, como por ejemplo no es omnipotente un ojo que primero ve una cosa y después otra. Así, puesto que tú eres Dios omnipotente, estás en el interior tras el el muro del paraíso. El muro es la coincidencia, en la que el después coincide con el antes, donde el fin coincide con el principio, donde el alfa y el omega son lo mismo. Por tanto, las cosas existen siempre, porque tú dices que existan; y no son antes porque no lo dices antes. Cuando me percato de que Adán existió hace tantos años y que hoy ha nacido un hombre semejante a él, parece imposible que Adán existiese entonces, porque tú quisiste que existiera entonces, y que análogamente exista otro nacido hoy, porque has querido que naciera ahora, y que, sin embargo, no has querido que Adán exista antes del que ha nacido hoy. Pero eso que parece imposible es la necesidad misma. En efecto, el ahora y el entonces existen con posterioridad a tu palabra, y por tanto, al que se aproxima a ti, el ahora y el entonces comparecen en el muro, que rodea el lugar en el que habitas, en la coincidencia. El ahora y el entonces coinciden en el círculo del muro del paraíso. Pero tú, mi Dios, que eres la eternidad absoluta, existes y hablas allende el ahora y el entonces.

Trad. Ángel Luis González

Fuentes

      

Nicolaus Cusanus. Opera Omnia VI (De visione Dei) (ed. Heide Dorothea Riemann). Hamburg: Felix Meiner, 2000.

Nicholas of Cusa. The Vision of God (tr. Emma Gurney Salter). London / Toronto / New York: J.M. Dent & Sons / Dutton & co, 2007 (1928).

Nicolás de Cusa. La visión de Dios (tr. Ángel Luis González). Pamplona: Ediciones Universidad de Navarra, 2021 (1994).

Nicolau de Cusa. La recerca de Déu i altres escrits (tr. Josep Manuel Udina). Barcelona: Proa, 2000.

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