Angelus Silesius

El peregrino querúbico

Prefacio

¡Lector deseoso de Dios! Hace ya algunos años que te remití el Amador seráfico en mi Psique enamorada, después, por segunda vez, una edición aumentada, titulada Santos deseos de amor, que intentaba inflamar santamente tu corazón en el amor de Dios. Hace aún menos, publiqué La contemplación sensible de los cuatro novísimos, que puede incitarte a amar a Dios fervorosamente. Ahora te ofrezco mi Peregrino querúbico Rimas y máximas espirituales, aumentado con un compañero, para guiar y elevar los ojos de tu alma a la contemplación de Dios. Puedes considerarte feliz si te dejas prender por ambos y, todavía en vida del cuerpo, o bien ardes en el amor celestial como un serafín o bien mantienes los ojos fijos contemplando a Dios como un querubín. Eso significaría que, en este estado mortal, en la medida que eso es posible, ya comenzarías tu vida eterna y confirmarías tu vocación o elección. Los versos que ahora leerás contienen muchas paradojas raras y pensamientos que van contra el sentido común, como también algunas máximas, poco conocidas, sobre el misterio de la divinidad. Asimismo esconden algunas afirmaciones sobre la unión con Dios, la esencia de Dios, y también sobre la igualdad con Dios, la deificación o divinización y, aun, muchas otras cosas de esa naturaleza. A causa de la brevedad de la exposición, todo eso podría dar lugar a un sentido condenable o a una intención malévola. Por ello, es necesario que te dé algunas advertencias previas.

Ha de indicarse, de una vez por todas, que la opinión del autor no es en modo alguno que el alma humana deba o pueda perder su naturaleza de criatura y que, por transformación, pueda convertirse en Dios o en su esencia increada: eso es imposible por toda la eternidad. Porque, aunque Dios es omnipotente, no puede (si lo hiciese, no sería Dios) que una criatura sea, natural y esencialmente, Dios. En este sentido, Tauler, en las Instituciones espirituales (cap. IX) afirma. «Porque como quiera que no puedo hacer que fuésemos naturales dioses, porque esto a Él solo pertenece, hizo que fuésemos dioses por gracia, para que poseyésemos juntamente con Él una bienaventuranza, un gozo, un reino». Tauler quiere decir que el alma elegida y santa alcanza una unión tan íntima con Dios y con su esencia divina que llega a compenetrarse completamente con ella, transformada y unida a ella. Si fuera posible ver el alma, no se vería ni reconocería en ella sino a Dios. Y será eso lo que sucederá en la vida eterna, por cuanto el alma será, por así decirlo, totalmente asimilada por el esplendor de la gloria divina. En efecto, el alma puede llegar a ser una imagen tan perfecta de Dios que se convierta por gracia en lo que Dios es por naturaleza. Y en este sentido, con toda razón, puede llegar a ser luz en la Luz, una palabra en la Palabra y un dios en Dios (tal como decimos en las máximas). Además, como dice un antiguo maestro, Dios el Padre tiene un solo Hijo, y este lo somos todos nosotros en Cristo. Si nosotros, pues, somos hijos en Cristo, también hemos de ser lo que es Cristo, y tener la misma esencia que el Hijo de Dios. «Porque tenemos (dice Tauler en el cuarto sermón de la Natividad) la misma esencia, podemos llegar a ser semejantes a Él, y lo podemos ver como verdadero Dios que es». Todos los santos que contemplan a Dios están de acuerdo con este enunciado, especialmente el ya mencionado Tauler en el tercer sermón del tercer domingo después de la Trinidad que dice: «El alma llega a ser (por mediación de su imagen recuperada) semejante a Dios y divina; sí, se convierte por gracia en todo lo que Dios es por naturaleza. En esta unión e inmersión en Dios, el alma es conducida en Dios por encima de ella misma, y tan semejante a Dios que si se viera a ella misma, se tomaría por Dios. Y quien la viese no la vería en su forma natural, sino en aquella esencia, aquella forma y aquella manera divina que le han sido comunicadas por gracia; y esta visión le colmaría de felicidad. En efecto, Dios y el alma son en esta unión una sola cosa; evidentemente, no por naturaleza, sino por gracia». Y un poco después: «Desde toda la eternidad, el alma divina y pura, libre del amor de las criaturas como el mismo Dios, ha sido considerada por las otras y se considera ella misma y de ella misma».

Ruusbroec, en el tercer libro del Ornamento de las nupcias espirituales, cap. I, afirma: «En la unidad esencial de Dios, todos los espíritus interiores logran la unión con Él y a Él fluyen por amor. Lo que es en Dios por unidad de esencia sucede en ellos a la medida de su bienaventuranza». Y en el mismo lugar dice: «Porque comprender y entender a Dios por encima de toda figura tal como es en sí mismo es ser Dios con Dios sin mediación o (por así decirlo) sin alteridad sensible». Y también en el mismo libro, cap. II, escribe: «Si el espíritu del hombre, por mediación del amor de fruición, se ha perdido a sí mismo, recibe la claridad de Dios sin mediación. Se convierte (en la medida en que eso es posible a una criatura) en la misma claridad que recibe».

De la misma manera habla san Bernardo en el libro De la vida solitaria, en el que se dice: «Seremos lo que Él es. Porque a los que se ha concedido el poder de ser hijos de Dios, también les ha sido dado el poder no de ser Dios, sino de ser lo que Dios es». Y más adelante: «Se llama unidad del espíritu a la semejanza con Dios, no solamente porque el Espíritu Santo dirige sus obras o porque reviste al espíritu del hombre, sino porque ella misma es el Espíritu Santo, el Dios Amor. Además, por mediación del Espíritu Santo, que es el amor del Padre y del Hijo, unidad y delectación, bien y ósculo y abrazo, y todo lo que puede ser común a ambos, se produce —en esta unión, excelsa de la verdad y verdad de la unión— para el hombre, a la manera humana, la misma relación con Dios que la que, en su unidad sustancial, tiene el Hijo con el Padre o el Padre con el Hijo cuando, en el beso y el abrazo del Padre y del Hijo, nace en ellos, de alguna manera, la conciencia de su felicidad. Se produce eso mismo cuando, de manera inexpresable e inconcebible, el hombre de Dios merece convertirse no en Dios, sino en lo que Dios es por naturaleza y el hombre por gracia». Esto es lo que dice Bernardo. Inquieres: ¿cómo puede suceder todo eso, si la esencia divina es incomunicable? Te responderé a lo primero con san Buenaventura: «Si lo quieres saber, interroga a la gracia, no a la doctrina; al deseo, no al intelecto; al suspiro de la plegaria, no a la lectura diligente; al esposo, no al maestro; a Dios, no al hombre; a la penumbra, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que todo lo inflama y conduce a Dios con ardiente deseo, fuego que es el mismo Dios».

En segundo lugar, es verdad que la esencia divina es incomunicable porque no se puede mezclar con una cosa y constituir con ella una sola naturaleza o esencia. Pero, de alguna manera, sí que podría llamarse comunicable a causa de la unión tan íntima y estrecha que tiene con las almas santas. San Pedro dice que debemos participar de la naturaleza divina, y san Juan, que nosotros somos hijos de Dios, porque hemos nacido de Dios. Ahora bien, «estas almas no podrían ser llamadas hijos de Dios y participantes de la naturaleza divina» (dice Tomás de Jesús, De oratione divina, libro IV, cap. IV), si esta naturaleza no estuviera en nosotros, sino separada y alejada de nosotros». «Porque de la misma manera que un hombre no puede ser sabio sin sabiduría (como dice Tauler en el cuarto sermón de la Natividad), tampoco un hombre puede ser hijo de Dios sin la filiación divina, es decir, sin poseer la verdadera esencia del mismo Hijo de Dios. Por eso, si tú quieres ser hijo o hija de Dios, debes poseer también la esencia que tiene el Hijo de Dios, de otro modo, no puedes ser hijo de Dios». Pero, ahora en el tiempo, una gloria tan grande nos es inacesbile. Por eso san Juan, en el pasaje citado, escribe a continuación: «Amadísimos míos, en verdad somos hijos de Dios, pero aún no se ha revelado lo que seremos. Sabemos, sin embargo, que cuando se revelará, seremos iguales a Él, es decir, también poseeremos la misma esencia que Él posee, etc.». Sobre todo eso, Nicolás de Jesús (Elucidatio theologica in Joh. a cruce, libro II, cap. XVI) afirma: «El alma, por los efectos del amor con el que ama a Dios, obtiene que Dios no solo le comunique sus dones, sino que, de modo personal, la sustancia y la esencia divinas sean sustancialmente presentes al alma». Y eso viene confirmado por las palabras de san Agustín, en el sermón 185 De tempore: «El Espíritu Santo ha descendido en este día para preparar el corazón de los apóstoles como una lluvia de santificación y no como un visitante apresurado, sino como un consolador perenne y un compañero eterno». «Porque, como Él había dicho de sí mismo a sus apóstoles: Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. También dijo del Espíritu Santo: El Padre os dará el Consolador, que permanecerá con vosotros por toda la eternidad. Por eso en este día Él estaba con sus fieles no solo por la gracia de la justificación, sino también por la presencia de su majestad. Y en estos recipientes se ha vertido no solo el perfume del bálsamo, sino también la consistencia propia de la unción santa».

Pero para comprender todo eso y explicarlo de manera adecuada y sin errores, siempre me he servido de las imágenes de la unión del sol con el aire, del fuego con el hierro, del vino con el agua, y de otras parecidas, que los Santos Padres utilizan para describir, de alguna manera, la alta unión de Dios con el alma. Entre ellos, san Bernardo, en el libro Sobre la manera de amar a Dios, dice: «Así como una gota de agua vertida en una gran cantidad de vino parece que se haya perdido y que tome el gusto y la fortaleza del vino; así como el hierro, ardiente y centelleante se convierte en todo parecido al fuego, perdiendo entonces su forma primitiva y propia; así como el aire, atravesado por la luz del sol, se transforma en la claridad de la misma luz, de tal manera me parece menos estar iluminado que ser la misma luz, así también es necesario que, en los santos, todo deseo humano, de manera inefable, se funda y se transforme completamente en la voluntad de Dios: porque, ¿cómo podría ser Dios todo en todos, si en el hombre aún permaneciese algo del hombre?». Y en el cap. XXV del Libro del amor, después de haber aportado estas similitudes, escribe: «El espíritu del hombre, cuando está revestido del amor divino, todo él es amor. Por eso quien ama a Dios está muerto para sí mismo, y mientras vive solo para Dios se hace (por decirlo así) coesencial y consustancial con el amado (consubstantia se dilecto)». Porque, así como el alma de David está unida a la de Jonatán o como el que se une a Dios se convierte en un solo espíritu con Él, así también, si se juzga correctamente la unión, la totalidad del deseo penetra en Dios según una cierto coesencialidad, con un modo de unión no disímil, etc.». Y se encuentran ideas parecidas en Ruusbroec, Herp, Tauler y otros. Especialmente en Ludovico Blosio, que en el cap. XII de las Instrucciones espirituales escribe estas bellas palabras: «En la unión mística, el alma enamorada fluye y huye de sí misma, y se precipita, como si se hubiera aniquilado, en el abismo del amor eterno, en el que ha muerto a sí misma y vive solo para Dios, sin saber ni sentir otra cosa que el amor de que goza; porque ella se pierde en el inmenso desierto y en la tiniebla de la divinidad. Pero perderse así es mejor que encontrarse. Ciertamente, la desposesión de lo que es humano y el revestimiento de lo que es divino equivalen a la transformación en Dios, de la misma manera que el hierro en el fuego toma la apariencia del fuego y es transformado en fuego. Pero la esencia del alma así deificada permanece la misma, como el hierro incandescente no deja de ser hierro. Por eso el alma, que antes era fría, ahora es ardiente; antes era oscura, ahora es resplandeciente; antes era dura, ahora es flexible: es totalmente del color de Dios, porque su esencia ha sido penetrada por la esencia de Dios y ha sido consumida por el fuego del amor divino, de tal manera que se ha fundido y unido a Dios, llegando a ser un solo espíritu con Él, de la misma manera que el oro y el mineral se funden conjuntamente en una sola masa metálica».

Con estas palabras y con expresiones análogas, los santos contempladores de Dios se han esforzado por expresar en alguna medida la estrecha unión de Dios con el alma santificada; advierten, sin embargo, que no hay palabra para describir a fondo su realidad profunda.

Por consiguiente si, en estos versos, el amable lector encuentra aquí y allá algunas ideas análogas, quiera juzgarlas y entenderlas en este sentido.

Aunque me parece que me he explicado suficientemente en relación con este punto, debo citar todavía un bello texto de Dionisio el Cartujo, extraído de su In Exod., art. 42: «Entonces el alma se despliega totalmente en la luz infinita, y, amorosa e íntimamente unida a la supraesencial divinidad y a la Santísima Trinidad, ya no siente nada de nada y no percibe siquiera su propia acción, sino que se extasía en la misma riqueza de la gloria, consumida en el fuego del amor increado y sin medida, sumergida y engullida en el abismo de la divinidad, de tal manera que parece, al menos hasta cierto punto, que se ha desnudado de su ser creado y se ha revestido de la increada y arquetípica esencia (esse ideale). No es que se haya transformado su sustancialidad propia o que su esencia propia le haya sido extirpada, sino sencillamente que los atributos de su ser y su modo o calidad de vida han sido deificados. Eso significa que, por gracia, el alma se iguala a Dios y a su suprasantísima bienaventuranza. Y así se cumple maravillosamente la palabra del Apóstol: Quien se acerca al Señor, es un solo espíritu con Él, etc. (1 Corintios 6, 17)».

Cuando, por consiguiente, el hombre ha alcanzado una tal igualdad con Dios y ha llegado a ser un solo espíritu con Dios, y, además, en Cristo, ha conseguido la plena filiación, entonces es tan grande, tan rico, tan sabio y tan poderoso como Dios, y, entonces, Dios no hace nada sin un tal hombre, porque es una sola cosa con él. Dios le manifiesta toda su gloria y riqueza, y nada hay en la casa de Dios, que es Dios mismo, que le guarde oculto; como dice a Moisés: Quiero mostrarte todos mis bienes. Por eso el autor no dice demasiado, cuando en el número 14, hablando de un tal hombre, afirma: «Yo soy tan rico como Dios», porque quien tiene a Dios, tiene con Dios todo lo que Dios tiene. También lo que se dice en los números 8, 95, 96 y otros muchos, ha de entenderse en el sentido de esa unión. Debe tenerse en cuenta que los dos primeros números toman en consideración a la persona de Cristo, que es verdadero Dios, y con sus inigualables obras de amor nos ha hecho entender que Dios, por así decirlo, no sería feliz, si nosotros tuviésemos que perdernos.

Por eso Él ha querido no solo venir en esta miseria y hacerse hombre, sino morir de la muerte más ignominiosa, a fin de poder conducirnos a Él y, eternamente, gozar con nosotros de sus delicias. Como Él también dice: «Mi alegría está junto a los hijos de los hombres». ¡Oh admirable e inexpresable nobleza de las almas! ¡Oh dignidad indescriptible que podemos alcanzar por medio de Cristo! ¡Quién soy yo, rey mío y Dios mío! ¡Qué valor tiene mi alma, oh Majestad infinita, para que te humilles hasta mí y me eleves hasta ti, para que busques el gozo junto a mí, Tú que eres el deleite de todos los espíritus, para que quieras unirte a mí y yo contigo, Tú que, eternamente, te bastas a ti mismo! Sí, ¡qué es mi alma, para que ella te sea familiar como una esposa a un esposo, como una amada a un amado! Oh Dios mío, si no creyese en tu veracidad, no podría creer que entre yo y Tú, Tú, la incomparable majestad, sea posible una tal comunidad. Pero, ya que has dicho que querías unirte a mí por toda la eternidad, solo he de admirar esta gracia suprarracional, de la que, con humildad de corazón y rigor espiritual, jamás me sentiré digno. Solo Tú, oh Dios, eres el que hace milagros incomparables, porque solo Tú eres Dios. A ti la alabanza y el honor y  la acción de gracias y la gloria por toda la eternidad.

En relación con los dichos y proposiciones que no son utilizados en la vida cotidiana, espero que el benévolo lector, si algo conoce de los maestros de la sabiduría mística, no solamente no se dejará perturbar por ellos, sino que incluso le serán atrayentes y agradables, ya que, brevemente, encontrará aquí lo que ya había leído más extensamente en aquellos autores e, inclusive, lo que, asistido por la gracia de Dios, realmente, ya había saboreado y probado. Pero si el lector aún no posee experiencia en estas cuestiones, entonces entiendo haberle introducido amicalmente a ellos, especialmente a Ruusbroec, Tauler, Herp, al autor de la Teología alemana, etc. Y, además de estos, le recomiendo a Maximiliano Sandaeus, de la Compañía de Jesús, el cual, con su Theologia mystica y con la Clavis, ha adquirido méritos excepcionales entre los amantes de este arte divino.

El lector interesado encontrará toda la doctrina, expresada en el más consolador de los lenguajes, con grande y extraordinaria pasión y ardiente deseo del corazón, en la Vita, publicada hace poco, de la venerable virgen Marina de Escobar, la cual, solo por gracia y regalo de Dios, ha sido juzgada digna de conocer todo lo que estos expertos del místico arte de Dios han escrito y anotado.

Porque ofrecer, una por una, una exhaustiva y clara explicación de las palabras requeriría amplísimas explicaciones que cansarían mucho al lector. Actualmente, a causa de la falta de mesura en la escritura de libros, se escribe más de lo que se lee. Estas rimas, de la manera que ha sido concedido al autor hilvanarlas en un tiempo muy breve (el primer libro, por ejemplo, se escribió en cuatro días), se han escrito sin premeditación ni laboriosas reflexiones a partir de la fuente de todo bien; estas rimas deben permanecer tal como son, animando al lector a buscar a Dios escondido en él por sí mismo, a contemplar con los propios ojos su rostro. Sin embargo, allí donde el sentido nos ha parecido demasiado dudoso u oscuro, hemos añadido una breve explicación. Pero que el lector continúe meditando y viva con amor sincero en la contemplación de los milagros divinos, para la más grande gloria de Dios, al que me encomiendo.

Escrito en Silesia, el día 7 del mes de agosto del año 1674.

Tr. Lluís Duch

Fuentes

   

Angelus Silesius

Der Cherubinischer Wandersmann (ed. Louise GNÄDINGER), Stuttgart: Reclam, 1984.

El pelegrí querubínic (ed. tr. Lluís DUCH), Barcelona: Proa, 1995.

El peregrino querúbico (ed. tr. Lluís DUCH), Madrid: Siruela, 2005.

The Cherubinic Wanderer (tr. Maria SHRADY), New York / Mahwah: Paulist Press, 1986.

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