Libro de la vida
Capítulo 29
Prosigue en lo comenzado, y dice algunas mercedes grandes que le hizo el Señor y las cosas que su Majestad le decía para asegurarla y para que respondiese a los que la contradecían
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Quiso el Señor que viese aquí algunas veces esta visión; veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla. Aunque muchas veces se me representan ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije primero.
Esta visión quiso el Señor la viese así. No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan. Deben ser los que llama querubines, que los nombres no me los dicen; mas bien veo que en el cielo hay tanta diferencia de unos ángeles a otros, y de otros a otros, que no lo sabría decir.
Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos; y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto. Es un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento.
Los días que duraba esto, andaba como embobada; no quisiera ver, ni hablar, sino abrazarme con mi pena, que para mí era mayor gloria que cuantas hay en todo lo criado.
Esto tenía algunas veces, cuando quiso el Señor me viniesen estos arrobamientos tan grandes, que aun estando entre gentes, no los podía resistir, sino que, con harta pena mía, se comenzaron a publicar. Después que los tengo, no siento esta pena tanto, sino la que dije en otra parte, no me acuerdo en qué capítulo, que es muy diferente en hartas cosas, y de mayor precio; antes en comenzando esta pena, de que ahora hablo, parece arrebata el Señor el alma y la pone en éxtasis, y así no hay lugar de tener pena, ni de padecer, porque viene luego el gozar.
Sea bendito por siempre, que tantas mercedes hace a quien tan mal responde a tan grandes beneficios.
Ed. Luis Santullano
Más recursos
Fuentes
Teresa de Jesús. Obras Completas (ed. Otger Steggink / Efrén de la Madre de Dios). Madrid: Católica, 2012 (reimpr.)
Teresa de Jesús. Llibre de la vida (tr. Agustí Borrell / Bonaventura Gilabert). Barcelona: Proa, 1999.











