Acerca de la docta ignorancia
Capítulo I: En qué sentido saber es ignorar
Comprobamos que en todas las cosas reside, por divino don, un cierto deseo natural para que puedan ser efectivamente del modo mejor, que el que soporta la condición propia de cada naturaleza, y para que este fin pueda actuar y posea los medios adecuados. A éstos el juicio connatural les es conveniente al propósito de conocer, a fin de que no resulte inútil el apetito y que pueda alcanzar el sosiego en lo amado por la tendencia de la propia naturaleza. Porque si acaso sucediera lo contrario, necesariamente ello proviene de algo casual, como cuando la debilidad seduce al gusto o bien la opinión a la razón. Por lo cual decimos que el sano y libre intelecto conoce lo verdadero que desea alcanzar con aplicado discurso recorriendo incansablemente todas las cosas, aprehendido en un amoroso abrazo, sin que dudemos que es muy verdadero aquello ante lo cual una sana mente no puede disentir.
Sin embargo, todos los que investigan juzgan proporcionalmente lo incierto en la comparación con un presupuesto cierto. En consecuencia toda investigación es comparativa aplicando el instrumento de la proporción. Y cuando las cosas que se investigan pueden ser comparadas con lo presupuesto por medio de una reducción proporcional próxima, el juicio de aprehensión es fácil. En cambio, cuando tenemos necesidad de muchos medios, se origina dificultad y trabajo, tal como es evidente en las matemáticas, donde en lo que se refiere a los primeros y muy evidentes principios las primeras proposiciones son reconducidas más fácilmente y las siguientes, por cuanto no se dan sino por medio de las primeras, más difícilmente.
Por lo tanto, toda investigación consiste en la proporción comparativa, sea ésta fácil o difícil. Por lo cual lo infinito en cuanto infinito, puesto que escapa a toda proporción, es desconocido.
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Capítulo III: Que la verdad precisa resulta incomprensible
Dado que es por sí manifiesto que no hay proporción de lo infinito a lo finito, es asimismo muy claro que, donde sea posible encontrar lo que excede y lo excedido, no se llega a lo que es máximo en tanto tal puesto que las cosas que exceden y las excedidas son finitas.
En cambio, tal máximo necesariamente es infinito. Por tanto, concedido algo que no sea lo mismísimo máximo en cuanto tal, es evidente que podrá darse algo que es mayor. Y porque encontramos una igualdad gradual de modo que algo sea más igual a uno que a otro conforme a la conveniencia y a la diferencia genérica, específica, local, influyente y temporal con las cosas similares, resulta evidente que no pueden encontrarse dos o más cosas tan similares e iguales sin que pueden darse aún más hasta el infinito otras más semejantes. De aquí se sigue que la medida y lo que es medido en cuanta manera fueren iguales siempre permanecerán diferentes.
En consecuencia, el intelecto finito no puede entender con precisión la verdad de las cosas por medio de la semejanza. Pues la verdad no es ni más ni menos; consiste en algo que no es di- visible y a esta verdad no puede medir con precisión todo lo existente que no sea lo verdadero mismo, de la misma manera como tampoco puede medir al círculo, cuyo ser consiste en algo indivisible, el no-círculo. Así pues, el entendimiento que no es la verdad, jamás comprende la verdad con tanta precisión, sin que pueda ser comprendida al infinito con mayor precisión. El entendimiento se dirige hacia la verdad como el polígono hacia el círculo, que cuanto muchos más ángulos tuviera inscripto, tanto más semejante será al círculo, sin embargo nunca logrará que sea igual, aun cuando multiplicara los ángulos al infinito, a no ser que se resuelva en una identidad con el círculo.
Es claro, entonces, que acerca de lo verdadero nosotros no sabemos otra cosa sino que lo verdadero mismo, con precisión, tal como es, lo sabemos incomprensible; comportándose la verdad para sí como necesidad absolutísima —la que no puede ser ni más ni menos de lo que es—, pero comportándose para nuestro intelecto como posibilidad. Por lo tanto, la quididad de las cosas, la cual es la verdad de los entes, en su puridad es inalcanzable y ha sido investigada por todos los filósofos pero por ninguno fue hallada tal como es. Y cuanto más profundamente doctos seamos en esta ignorancia, tanto más accedemos a la misma verdad.
Capítulo IV: Lo máximo absoluto es entendido incomprensiblemente; con ello coincide lo mínimo
No alcanzamos lo máximo, mayor al cual nada puede darse —siendo mayor en cuanto tal y absolutamente que lo que pueda ser comprendido por nosotros—, de otra manera que incomprensiblemente, puesto que es la verdad infinita. Pues como no es de la naturaleza de aquello que admite excedente y exceso, está por sobre todo aquello que pueda ser concebido por nosotros. Porque todo cuanto es aprehendido por el sentido, la razón o el entendimiento, de tal manera difiere en sí mismo y en comparación con lo demás que no hay ninguna igualdad precisa entre ellos. En consecuencia, la máxima igualdad, que de ninguna cosa es distinta o diversa, excede todo entendimiento. Por lo cual, lo absolutamente máximo siendo todo aquello que puede ser, es totalmente en acto. Y así como no puede ser más grande, por la misma razón tampoco puede ser menor por cuanto es todo cuanto puede ser. Ahora bien, lo mínimo es aquello menor al cual nada puede ser. Y puesto que lo máximo es del mismo modo, es manifiesto que lo mínimo coincide con lo máximo.
Y esto te resultará más claro si contraes lo máximo y lo mínimo a la cantidad. Pues la máxima cantidad es máximamente grande; la mínima cantidad es máximamente pequeña. En consecuencia, desvincula de la cantidad lo máximo y lo mínimo sustrayendo intelectualmente lo grande y lo pequeño. Así ves claramente que lo máximo y lo mínimo coinciden. Así pues lo máximo es superlativo, como también es superlativo lo mínimo. Por lo tanto, la cantidad absoluta no es más máxima que mínima, porque en ella lo mínimo es lo máximo coincidentemente.
Por lo tanto, las oposiciones convienen tan sólo a aquello que admite excedente y exceso, y le convienen diferentemente. De ninguna manera le convienen al absolutamente máximo porque está por sobre toda oposición. Porque, en consecuencia, lo absolutamente máximo es absolutamente en acto todo lo que puede ser sin oposición alguna, de tal manera que en lo máximo coincida lo mínimo; entonces está sobre toda afirmación y de la misma manera también sobre toda negación. Y todo aquello que se concibe que es, no es más es que no-es. Y todo aquello que se concibe que no es, no es más no-es que es. Pero de tal manera es esto que es todo; y de tal manera todo que es ninguno; y de tal manera máximamente esto que es mínimamente lo mismo. No es, pues, decir otra cosa: "Dios, que es la misma maximidad absoluta, es luz", que "Dios de tal manera es máximamente luz que es mínimamente luz". Pues, de otro modo, la maximidad absoluta no sería todos los posibles en acto, si no fuera infinita y el término de todo y por nada determinable, como en lo subsiguiente habremos de explicitar por la misericordia de Dios.
Empero, esto trasciende todo nuestro intelecto que no puede combinar en su principio los contradictorios por vía de la razón, porque deambulamos a través de aquellas cosas que nos son manifiestas por naturaleza; recayendo la razón lejos de esta virtud infinita no puede vincular simultáneamente tales contradictorios infinitamente distantes.
Por lo tanto, sobre todo discurso de la razón vemos incomprensiblemente la absoluta maximidad que es infinita, a la cual nada se opone, con la cual lo mínimo coincide. Ahora bien, lo máximo y lo mínimo, tal como se los considera en este libro, son vocablos trascendentes de significación absoluta, de modo que por sobre toda contracción a la cantidad de un cuerpo o de una fuerza, abracen todo en su simplicidad absoluta.




















