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Olvidamos que la normalidad nos llevó al virus

Olvidamos que la normalidad nos llevó al virus

Jordi Mir, profesor del Departamento de Humanidades y miembro del Grupo de Investigación en Movimientos Sociales (CEMS)

01.07.2020

 

La pandemia es consecuencia de nuestra depredación del medio, de la deforestación, de nuestra relación con los seres vivos con los que convivimos en este planeta y de nuestra desatención a la epidemiología.

Artículo publicado en El País el 28 de junio de 2020

 
La vuelta a la normalidad entraña el riesgo elevado de volver a sufrir el virus, pero hay un segundo riesgo todavía mayor: olvidar que la normalidad nos llevó al virus. El Gobierno español decidió referirse a lo que llegaría tras acabar la tercera fase del confinamiento como “nueva normalidad”. El Govern lo nombró de otra manera para decir lo mismo: ”etapa de la represa”. En ambos casos, más allá de las palabras, se trata de volver a lo que hacíamos antes del confinamiento, reprender, volver a la normalidad (con distancia personal, mascarilla...). Volver a producir, volver a consumir. Entramos en el confinamiento antes de la primavera y salimos en verano. Es tiempo de turismo. Se ha acelerado todo para llegar a este momento, la fase 3 en Cataluña duró un día. Al iniciar el confinamiento se tuvieron que regular las actividades esenciales que no podían pararse. Nuestra sociedad tuvo que pensar qué era lo más importante. Pasó a un primer plano mucho de aquello olvidado, desatendido, invisibilizado, precarizado y maltratado. Emergieron los trabajos de cuidados, de limpieza, en los mercados, los supermercados, el transporte, el periodismo...

Ahora que ha terminado el confinamiento lo que emerge es “lo normal”, hay que reprender, volver a “lo de siempre”. Se trata de reactivar la economía, el comercio, el turismo, los desahucios... Cuando nuestra vida está en riesgo nos acordamos de ella y de lo que es esencial para poder vivirla. Cuando ya no tememos por nuestra vida tendemos a convertir lo que hasta entonces era superfluo en esencial. Resulta comprensible, necesitamos ingresos para poder vivir, distracciones, y eso se asocia a actividades relacionadas con volver a la normalidad del trabajo, de los diferentes consumos y ocios.

Los hospitales se han vaciado de personas afectadas por la covid-19, el número de contagios no tiene nada que ver con el de hace unas semanas. Lo que vemos a nuestro alrededor nos confunde. Estamos en el momento con más casos y muertes a nivel mundial, con zonas de Aragón que han vuelto a la fase 2, con nuevos casos que han llevado a confinamientos en Portugal, Alemania, China... El virus no ha desaparecido. Está entre nosotros. Se ha reducido la transmisión por los efectos del confinamiento, pero la vuelta a la normalidad sin la plena asunción de que el virus sigue activo ya vemos los efectos que tiene.

Se comprende la necesidad de volver a todo aquello deseable de nuestra “normalidad” que hace meses que no podemos vivir, pero no debería significar olvido, confusión o falta de conciencia. Parece que hemos asumido el nuevo coronavirus como causa importante de nuestros males actuales. Se ha hablado incluso de la guerra contra el virus y esta metáfora ha tenido muchas implicaciones. No se puede viajar como nos gustaría por culpa del nuevo coronavirus; nuestros trabajos, empresas y negocios están en crisis por su culpa. Pensamos que si desaparece el virus, podremos volver a la normalidad. Olvidamos que la normalidad nos llevó al virus.

Habría que dedicar más atención a pensar que el virus es más consecuencia que causa del malestar humano. El virus es consecuencia de nuestra depredación del medio, de la deforestación, de nuestra relación con los seres vivos con los que convivimos en este planeta. El virus es consecuencia de nuestra desatención a la epidemiología, la eliminación o reducción de los servicios encargados de estudiar los virus, de prepararse para las pandemias. Lo mismo podemos decir de recortados e infrafinanciados sistemas de salud de nuestros países. El virus no es un castigo divino, tampoco es un hecho natural imprevisible. Es inconcebible que pasemos por esta trágica vivencia causante de tanta muerte y dolor sin poder aprender de ella. La llegada de la pandemia y el confinamiento ayudó a pensar en lo esencial, incluso a legislar sobre ello. Lo esencial era la vida, todo aquello que podía hacer posible la vida desde los cuidados. El fin del confinamiento ha mostrado que es lo esencial. Lo esencial ahora es el capital.

Hay que analizar y pensar con determinación y detalle la relación vida y capital. Deberíamos escuchar más lo que estos días nos están diciendo desde la PAH, Cáritas, o Ecologistas en Acción... Nuestro sistema económico, político, social, quiere que el capital haga posible la vida. Pero la vida es lo esencial. El capital está acabando con las vidas del planeta, lo sabemos desde hace décadas, y ahora la pregunta debería ser qué hacer para que sean posibles las vidas que necesitamos vivir.

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