Gestión
Mi enfoque de la gestión se ha forjado a lo largo de más de tres décadas de liderazgo en universidades, organizaciones internacionales e instituciones intergubernamentales. En el centro de mi filosofía de gestión está la convicción de que las instituciones prosperan cuando una visión estratégica se combina con un liderazgo inclusivo, una comunicación clara y un firme compromiso con el valor público. Concibo la gestión no solo como administración, sino como un ejercicio de responsabilidad: guiar a las organizaciones y a las personas para alcanzar una misión que trasciende lo individual.
A lo largo de mi trayectoria, se me han confiado de manera constante responsabilidades que exigían tanto previsión estratégica como disciplina operativa. Como Director del Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior (IESALC), conduje al Instituto en un periodo de transformación, reposicionándolo como una autoridad mundial en política de educación superior. Al triplicar su financiación, diversificar el equipo incorporando profesionales de todas las regiones de la UNESCO y ampliar su producción intelectual, demostré cómo la movilización de recursos, la creación de equipos y la definición de una visión pueden potenciar de forma decisiva el impacto institucional. Mi experiencia me enseñó que la sostenibilidad financiera es inseparable de la credibilidad, y que esta se apoya en la calidad, la pertinencia y la confianza generada con socios y partes interesadas.
También he aprendido a liderar de forma efectiva en contextos de crisis y complejidad. Como Director en funciones de la Oficina de la UNESCO para Centroamérica, supervisé operaciones en cinco países, garantizando respuestas coherentes a las prioridades educativas y culturales y fomentando la colaboración con otros socios de Naciones Unidas. En esos momentos perfeccioné mi capacidad para tomar decisiones rápidas, generar consensos y mantener la moral en contextos de presión. Son competencias que, aunque se forjaron en el sistema multilateral, son igualmente transferibles a cualquier ámbito en el que los líderes deban equilibrar demandas contrapuestas con justicia y claridad.
Con anterioridad, en la Sede de la UNESCO en París, dirigí programas de política educativa que exigían tanto liderazgo intelectual como capacidad organizativa. Al frente de equipos de analistas, estadísticos y consultores, asumí la responsabilidad de alinear el análisis de políticas con las necesidades de más de treinta Estados Miembros. El éxito en este cometido requería una combinación de visión, para identificar tendencias y cuestiones emergentes, y pragmatismo, para traducir la evidencia en recomendaciones de política concretas. Lo más importante era cultivar un entorno en el que expertos diversos pudieran desarrollarse, y donde el resultado colectivo superara la suma de las aportaciones individuales.
Mi perspectiva de gestión también se configuró en el Centro de Investigación e Innovación Educativa de la OCDE, donde lideré grandes proyectos internacionales como Giving Knowledge for Free sobre recursos educativos abiertos, la iniciativa New Millennium Learners y estudios comparativos sobre innovación sistémica. Estas experiencias reforzaron la importancia de una gestión basada en la evidencia y de la capacidad de traducir la investigación en políticas relevantes. Coordinar equipos multinacionales y dirigir proyectos complejos a través de contextos culturales e institucionales diversos me enseñó el valor de la planificación rigurosa, la gestión cuidadosa de los grupos de interés y la mediación entre intereses distintos. Los años en la OCDE me dejaron la convicción de que la innovación y el impacto en las políticas requieren no solo visión intelectual, sino también un andamiaje organizativo meticuloso.
Mi experiencia directiva también se nutre de mis años en la academia. En la Universitat Pompeu Fabra y en la Universitat Oberta de Catalunya, asumí responsabilidades que combinaron docencia e investigación con funciones de vicerrector y director de programas. Estas posiciones reforzaron mi convicción de que las instituciones académicas prosperan cuando sus estructuras de gobernanza permiten la innovación, la transparencia y la rendición de cuentas. Gestionar equipos de profesorado e investigadores me enseñó la importancia de la mentoría, de planificar la sucesión y de equilibrar la estrategia institucional con el crecimiento personal.
Varios principios han guiado mi liderazgo a lo largo de estos años. En primer lugar, concibo la diversidad como un activo indispensable, no como un reto. La construcción de equipos multiculturales y multidisciplinares me ha demostrado que la creatividad y la resiliencia surgen de la diferencia, siempre que se cultiven la confianza y el respeto. En segundo lugar, creo en liderar con el ejemplo: mantener altos estándares éticos, mostrar compromiso y asegurar que las decisiones se expliquen además de tomarse. Por último, defiendo la adaptabilidad. Desde los trabajos pioneros en aprendizaje digital en la OCDE hasta la dirección de iniciativas de política de educación superior en América Latina, he comprobado que la agilidad intelectual, organizativa y también personal determina la capacidad de las instituciones para responder eficazmente a entornos cambiantes.
En definitiva, mi filosofía de gestión se basa en un equilibrio entre visión y ejecución, inclusión y responsabilidad, tradición e innovación. Ya sea en una universidad, en una agencia internacional o en una red de políticas, aspiro a construir organizaciones que no solo sean eficaces en la obtención de resultados, sino también inspiradoras para quienes trabajan en ellas. La gestión, para mí, consiste en crear las condiciones para que tanto las personas como las instituciones alcancen su máximo potencial, sin perder nunca de vista el bien público que da sentido a nuestro trabajo.