Verónica Forqué
Verónica Forqué
Para Verónica Forqué, hablar de su vida era hablar de cine. Desde niña, acompañando a su padre, José María Forqué, en los rodajes, la actriz madrileña se contagió de la fascinación que producen las estrellas. La ambición interpretativa que marcaría su vida quedó grabada desde entonces, quería estar delante de la cámara, maquillada como Concha Velasco, con sus largas pestañas y su presencia magnética.
El cine y la infancia se entrelazaban en Forqué de tal manera que, al componer la banda sonora de su vida, escogió canciones que evocaban la inocencia y la admiración por las figuras femeninas de su tiempo, como Corre, corre, caballito de Marisol y Eres diferente de Carmen Sevilla. Este imaginario musical reflejaba su deseo de hacerse un lugar en el cine español y conquistar la atención de la lente paterna. Una vez lograda, su padre se convirtió en su fan número uno, alabando con exagerada ternura cada cualidad de su hija.
Su cine se convirtió en un juego entre ingenuidad e inadaptación. Personajes como Choni, de La vida alegre, caminan por calles que los engullen, enfrentándose a una sociedad que mezcla fraude, sexualización y picaresca, siempre con una sonrisa que oculta la desilusión. Esta tensión entre comedia y tragedia, entre sonrisa y pérdida, se repetiría a lo largo de su carrera.
Hija, hermana y esposa de directores, Forqué parecía destinada a ser mirada. Sus personajes a menudo reproducen este deseo, son mujeres que se exhiben para seducir —prostitutas, secretarias, actrices— pero que paradójicamente no logran cautivar del todo. En ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (Pedro Almodóvar, 1984), su personaje Cristal muestra esta tensión. Entre clientes y vecinos, despliega gestos ingenuos y ridículamente seductores que provocan más risa que deseo, reflejando la naivete de la actriz y su manera de transformar la pantalla en un espacio de juego y comentario social.
¿Qué he hecho yo para merecer esto?
El deseo de agradar define a los personajes de Forqué, ante la decepción amorosa o la insatisfacción del deseo, su rostro responde con una sonrisa complaciente, una máscara que conecta con la comedia madrileña de los años 80, capaz de parodiar la frustración de una sociedad ante una democracia aún insuficiente. Inspirada por la tradición americana de las screwball comedies, la actriz se inserta en un cine progre que tematiza la represión y la emancipación femenina a través de equívocos, malentendidos y situaciones cómicas, acompañada de actores como Carmen Maura, Antonio Resines, Óscar Ladoire o Antonio Banderas.
Lejos de limitarse a la chica Almodóvar, Forqué interpreta a mujeres hogareñas, madres trabajadoras, esposas engañadas o ingenuas, con un impecable moño que parece una aureola angelical (La vida alegre, Salsa rosa, Amor propio, ¿De qué se ríen las mujeres?). Entre ellas, personajes más complejos, como los de Bajarse al moro o la frustración de Miss Caribe, reflejan la vulnerabilidad de una actriz que tuvo que abandonar esta última producción por problemas de salud, la pérdida de un hijo esperado.
Bajarse al moro
La ternura y vulnerabilidad que desplegaba en pantalla se entrelazan con su vida, mostrando un camino de ida y vuelta entre ficción y realidad. Su sonrisa, al principio ingenua, terminó reflejando pérdidas, desmoronamientos y la resistencia frente a un mundo que intenta aparentar que todo está bien. Incluso al retirarse del foco, Forqué supo plantar una última sonrisa que garantizaba que, pese a todo, el mundo continuaba adelante.
Películas:
- ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (Almodóvar, 1984)
- Bajarse al moro (Fernando Colomo, 1989)
- Don Juan, mi querido fantasma (Antonio Mercero, 1990)
- Kika (Almodóvar, 1993)
Este texto incorpora y resume contenidos del capítulo “Las ilusiones perdidas de Verónica Forqué o la sonrisa apaciguadora de la democracia” de Elisenda Díaz Garcés, del libro Cuando las actrices soñaron la democracia. (Madrid: Cátedra, 2025), publicado en el marco de este mismo proyecto de investigación.