Antonio Marichalar
(Logroño, 1893 – Madrid, 1973)
Pudo haber sido el gran crítico de arte de su generación, pero la mezcla de modestia y ascetismo de Antonio Marichalar hicieron que sus artículos y ensayos fueran tan escasos como preciosos. Antes de llegar a Revista de Occidente, Marichalar se foguea en Los Lunes de El Imparcial y, entre las sombras protectoras de Unamuno (al que escribe su padre el marqués de Montesa para que opine sobre las primicias críticas de su único hijo) y Juan Ramón Jiménez, se crea pronto una reputación de intelectual fino y cosmopolita al corriente de cuanto mereciera conocerse en arte y literatura allende las fronteras. Su primer ensayo, Palma (1923), que trataba sobre las condiciones necesarias a la crítica artística, había sido antes una conferencia en el Museo de Arte Moderno. No debió de ser ajena a su condición de aristócrata la facilidad con que trabó amistades entre la intelligentsia europea. T. S. Eliot contó con él para arrancar el proyecto de la revista The Criterion, gozó de la complicidad de Paul Valéry (cuenta Marichalar un 1926 una visita a Rilke en compañía de Valéry) y de la confianza de Valery Larbaud, con quien coordinó el célebre número que la revista Intentions dedicó en 1924 a la jeune littérature espagnole en el que el navarro seleccionó los autores y escribió todas las presentaciones. La mayoría de sus ensayos y notas críticas se estamparon en Revista de Occidente, por ejemplo Girola (1926), que tuvo edición exenta. Muchos de ellos acabarían ordenándose en uno de los más luminosos libros de ensayos literarios del período, Mentira desnuda (Hitos) (1933), encabezado por el espléndido «Poesía eres tú» y seguido por el fundamental «James Joyce en su laberinto», primera exposición sobre el novelista irlandés en nuestro país. Otros no menos brillantes y perceptivos quedaron olvidados, como «El español inglés George Santayana» (1924) o «Último grito» (1931) o fueron publicados después de la aparición del volumen. Así ocurre con su presentación de «William Faulkner» (1933), con «Musaraña (El ámbito de la novela)» (1934), un ensayo que promete expresamente un libro sobre el tema que, desdichadamente, se quedó en proyecto, o con el enigmático «Presencia del antípoda» (1933), donde certifica el resurgir de un espiritualismo de fondo religioso que era el suyo, el de Bergamín o el de sus amigos Eliot, Larbaud, Claudel... Rara vez se apartó Marichalar del tema literario o estético y cuando lo hizo en mayo y junio de 1931, recién proclamada la República, fue para expresar en sendos artículos la posición del grupo afín a Ortega ante asuntos como las protestas de los estudiantes universitarios o la reforma agraria. En cierto modo no fue un apartamiento su Riesgo y ventura del Duque de Osuna (1930), logrado híbrido de ensayo y biografía que conoció tres ediciones en poco tiempo.
Tras la guerra, Marichalar se reintegró con algunas dificultades a la precaria vida intelectual, a lo que le ayudó Dionisio Ridruejo ofreciéndole, a un «liberal de tradición», la secretaría de la revista Escorial, según Pedro Laín, «para que quedase bien patente nuestra actitud frente a la cultura española anterior al 18 de julio». Todavía publicaría allí algunos ensayos sobre novela inglesa o sobre figuras históricas del siglo XVI, pero su actividad ensayística fue paulatinamente sustituida por sus quehaceres como historiador. En 1952 publicó la biografía Julián Romero y cuatro años después ingresaba en la Real Academia de la Historia como quien se retira del presente para los restos. Ridruejo dijo de él que adoptó la estrategia del repliegue y el poeta José Antonio Muñoz Rojas, que disimuló sus saberes «múltiples y extensos y vividos» de «manera difidente y delicada».
JG y DRdM
Conviene leer la necrológica que le dedicó Dionisio Ridruejo, «Despedida a Antonio Marichalar», en Sombras y bultos (Destino, Barcelona, 1977, pp. 128-132). Véanse además Miguel Gallego Roca y Enrique Serrano, «Un hombre enamorado del pasado: las crónicas de Antonio Marichalar en la revista The Criterion», NRFH, 46 (1999), pp. 67-96; Domingo Ródenas de Moya, «Antonio Marichalar, el embajador europeo de la generación del 27», prólogo a Ensayos literarios (Fundación Santander, Madrid, 2002, pp. 9-54) y Travesías vanguardistas. Ensayos sobre la prosa del Arte Nuevo (Devenir, Madrid, 2009). También la edición de Domingo Ródenas de Moya y Juan Herrero Senés de Aire del tiempo. Crónicas literarias en “The Criterion” y “La Nación” de Buenos Aires (Sevilla, Renacimiento, 2015).
