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(Barcelona, 1929-1990)

 

Todo lo que de ajustada y exacta tuvo su obra lo ha tenido de exagerada y mitificada su leyenda. La muerte por sida en enero de 1990, el abandono de la poesía desde muchos años atrás, la voluntad de apurar el tiempo último en lo posible y a pesar de la enfermedad han acabado dominando en la imagen de un escritor cuya educación y circunspección está muy lejos de esa leyenda (con su parte verdadera, claro está). Entre sus aportaciones centrales a la cultura literaria española está el adiestramiento en una retórica y un lenguaje —una mentalidad— alérgicos al engolamiento y la artificiosidad vacua, sensible a la precisión conceptual y al asedio de un conflicto moral a través del artefacto del poema. La crudeza de sus análisis contiene el punto de intemperancia de una inteligencia muy segura de sí misma, como la que destilan los pocos poemas que en su vida escribió. Algunos de sus libros fueron Compañeros de viaje (1959), Moralidades (1966) y Poemas póstumos (1968). Desde entonces apenas llegó a escribir un puñado más de poemas, y todos fueron a parar a la edición de su poesía completa Las personas del verbo (1982 y 1985).

 

Sus ensayos tampoco son muchos, pero todos son espléndidos, escritos por la necesidad de hacerlo y de explicar determinadas cosas, sin asomo de profesionalismo o inercia de escritor: desde el prólogo que escribió para la traducción de Eliot, Función de la poesía, función de la crítica, hasta colaboraciones más espontáneas o solicitadas en prensa o en revistas. Todas siguen mostrando una inteligencia irónica y soberbia, muy consciente exhibicionista de su distinta educación sentimental y moral en un «pueblo de cabreros», según piadosa expresión del autor. Como supo muy bien, sus temas fueron casi siempre la poesía y los poetas, porque la fabricación de un buen poema fue inquietud honda y excluyente en una larga etapa de su vida: sus trabajos sobre Cernuda o sobre Baudelaire, sobre Eliot o sobre Ezra Pound son siempre excelentes e imaginativos, incluso si hablan más del propio Gil de Biedma que de los autores estudiados. Su trabajo más extenso fue una valiente lectura de Cántico. El mundo y la poesía de Jorge Guillén (1960) y todos se reunieron en dos sucesivas ediciones de El pie de la letra (1980 y 1994), aunque hoy un solo volumen reúne su Poesía y prosa. Obras (2010), en edición de Nicanor Vélez y prólogo de James Valender, incluido el Retrato del artista en 1956 (1991), que fue la edición póstuma e íntegra del autocensurado Diario del artista seriamente enfermo (1974). La novedad más sustancial sin embargo ha sido la publicación de dos espléndidos epistolarios, el primero a cargo de Juan Ferraté con su correspondencia cruzada, Jaime Gil de Biedma. Cartas y artículos (2009), y el segundo en edición de Andreu Jaume con el título El argumento de la obra (2010).

 

JG y DRdM

 

Las entrevistas del autor están compiladas por Javiér Pérez Escohotado en Jaime Gil de Biedma. Conversaciones (Aleph, Barcelona, 2002), y existen al menos dos volúmenes biográficos, el de Miguel Dalmau, Jaime Gil de Biedma (Circe, Barcelona, 2004) y una breve y confesional semblanza de Luis Antonio de Villena, Retrato (con flash) de Jaime Gil de Biedma (Seix Barral, Barcelona, 2006). Son numerosos los estudios sobre su obra, en particular la lírica: un monográfico de la revista Litoral en 1986, con colaboraciones de García Montero o Antonio Jiménez Millán. Pere Rovira dedicó su tesis a La poesía de Jaime Gil de Biedma (Llibres del Mall, Barcelona, 1986, revisada en 2005, Granada, Atrio) y Aspectos del taller poético de Jaime Gil de Biedma es obra de Gonzalo Corona Marzol (Júcar, Madrid, 1991). En 1996 aparecieron los dos tomos de Actas del Congreso «Jaime Gil de Biedma y su generación poética» (Gobierno de Aragón, Zaragoza).