Américo Castro
(Cantaglio, Brasil, 1885 – Lloret de Mar, 1972)
Ni Cervantes ni la historia de la Edad Media española o la cultura áurea pueden entenderse hoy al margen de la obra interpretativa de Américo Castro, no menos controvertible que fecunda. Fue uno de los eminentes filólogos del Centro de Estudios Históricos, donde ingresó en 1910 bajo la tutela de Menéndez Pidal. Doctorado en 1911, catedrático de Historia de la Lengua Española en 1915, dedicó una primera etapa de su carrera a la dialectología y la romanística. Pero a Castro le inquietaba también la realidad universitaria y social fuera de las aulas, la reforma de la universidad dentro de las coordenadas liberales de Ortega y el afianzamiento internacional de los estudios hispánicos. De ahí que auspiciara los cursos para extranjeros y las estancias de filólogos españoles en universidades extranjeras. El europeísmo de su generación se hace concreta biografía en Castro, que se afanó en situar los autores, las obras y el acontecer cultural en el contexto transnacional que les otorga pleno sentido, sea el idealismo renacentista o el erasmismo en Cervantes, o sea el juego ontológico con los personajes autoconscientes del Quijote y Pirandello. Como en Menéndez Pidal, sus análisis poseen una sólida contextualización histórica, pero su rigor metodológico procedía de la crítica alemana.
Su obra a partir de 1916 parece orientarse hacia una interpretación de lo español fundada en sus raíces históricas medievales y expresada a través de los grandes genios del Siglo de Oro. En el camino hacia su teoría de una España conflictiva tras romperse el equilibrio entre cristianos, hebreos y musulmanes, Castro dejó algunos libros magistrales: la Vida de Lope de Vega (1919), escrita en colaboración con H. A. Rennert, y el decisivo El pensamiento de Cervantes (1925), punto de inflexión en el cervantismo moderno, con el que enlazarán los ensayos recogidos en Hacia Cervantes (1957). Otros estudios de la época se agavillaron en Teresa la Santa y otros ensayos (1929) y sus artículos en defensa de la República se publicaron en México, el mismo año de su muerte en la Costa Brava, en De la España que aún no conocía (1972). Iniciada la Guerra Civil, se traslada en 1937 a Estados Unidos, donde, tras pasar por las universidades de Wisconsin y Texas, se establece en Princeton. Es en el exilio donde desarrolla la interpretación de la historia y la cultura españolas a la que antes nos referíamos, ya visible en Lo hispánico y el erasmismo (1942) aunque enunciada amplia y explícitamente en España en su historia: cristianos, moros y judíos (1948), y revisada en La realidad histórica de España (1954), que constituyó una segunda versión del libro anterior. Convencido de que la historiografía positivista no captura la «biografía» de una nación (su desarrollo como realidad comunitaria viva y como entidad histórica), ofrece una interpretación de la «realidad histórica» española a partir del taller en que esta se fragua: el de la vida cotidiana de las gentes en una «morada vital» (las circunstancias objetivas, el horizonte de posibilidades...) y su actitud ante dicha morada (el modo en que se desenvuelven, los sistemas axiológicos...), su «vividura». Centrarse en la «morada vital» y en la «vividura» exige tener en cuenta las jerarquías de valores de la comunidad y su naturaleza cambiante a lo largo del tiempo. Para Castro, la morada vital de los españoles se fraguó en el entramado social y religioso que formaron entre los siglos IX y XII las tres castas peninsulares, moros, judíos y cristianos, sin que ninguna prevaleciera sobre otra hasta que los cristianos empezaron a afirmarse sobre las demás, reclamando para sí la condición excluyente de españoles, aun cuando la identidad social de los españoles cristianos (su «vividura») estuviera impregnada de rasgos de las otras castas, como la preponderancia del irracionalismo religioso frente a la ciencia racional, el individualismo voluntarista, el sojuzgamiento de la mujer o la noción hebrea de la limpieza de sangre, raíz de una persecución de la heterodoxia iniciada con la Inquisición y prolongada en numerosos episodios hasta el siglo xx. En otros ensayos posteriores matiza y abunda en esta penetrante visión de la historia: Aspectos del vivir hispánico (1949), Dos ensayos (1956), Origen, ser y existir de los españoles (1959), De la edad conflictiva (1961), Sobre el nombre y el quién de los españoles. Algunos de sus estudios literarios de estos años, enmarcados en esta interpretación de la historia, se reúnen en Cervantes y los casticismos españoles (1966).
JG y DRdM
Véanse las colectáneas editadas por Pedro Laín Entralgo, Estudios sobre la obra de Américo Castro (Madrid, Taurus 1971), José Rubia Barcia, Américo Castro and the meaning of the Spanish civilization (University of California Press, Berkeley, 1976) y, con motivo del centenario, Américo Castro: The impact of his thought (Hispanic Seminary of Medieval Studies, Madison, 1988); a un mismo afán recapitulatorio responden los libros de Aniano Peña, Américo Castro y su visión de España y Cervantes (Gredos, Madrid, 1975) y José Luis Gómez Martínez, Américo Castro y el origen de los españoles. Historia de una polémica (Gredos, Madrid, 1975); el discrepante Eugenio Asensio dio una visión más crítica en La España imaginada de Américo Castro (El Albir, Barcelona, 1976) y Guillermo Araya trazó las líneas maestras de El pensamiento de Américo Castro (Alianza, Madrid, 1983), mientras que Paulino Garagorri recopiló trabajos varios en Introducción a Américo Castro (Alianza, Madrid, 1984). Debe verse el Homenaje a Américo Castro (Universidad Complutense, Madrid, 1987) y las revisiones posteriores de Julio Almeida, El problema de España en Américo Castro (Universidad de Córdoba, 1993), y Javier Varela, Américo Castro: autobiografía de un liberal (Fundación Ortega y Gasset, Madrid, 1995).
