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(Barcelona, 1941)

 

Los problemas que más han interesado a esta autora han ido ensanchándose desde una preocupación teórica y filosófica por las dimensiones de la ética y hacia una marcada vocación reformista y social. En los últimos años esta suerte de transferencia del saber académico hacia la sociedad ha circulado de maneras visibles al formar parte de una comisión estatal responsable de regular los contenidos televisivos o de organismos como la Fundación Alternativas, que presidió, y fue muy activa en la propuesta de programas de mejora de la enseñanza. Este ha sido un eje de sus libros a partir de la ética como compromiso de carácter social y público, es decir, político (ha sido senadora independiente por el PSC/PSOE).

 

Virtudes públicas es el título de uno de sus libros más conocidos, de 1990, y todo él es una defensa desde la ética de algunas virtudes necesarias que quizá no pueden reemplazar el lugar de los grandes discursos ideológicos clásicos pero sí pueden hacer mejor el mundo contemporáneo. Una «ética de las virtudes» —la solidaridad, la responsabilidad, la tolerancia— ha de ser capaz de corregir la propensión egoísta de las democracias desarrolladas, para no perder de vista el fin último de la justicia social. Con Salvador Giner redactó a cuatro manos un Manual de civismo (2004) caracterizado por la misma ambición, y las limitaciones de sociedades insensibles a lo común y compartido están desarrolladas en las Paradojas del individualismo, de 1993. Incluso sus trabajos más académicos rehuyen la floritura verbal o el ejercicio de estilo y tienden a cambio a una cálida proximidad con el lector, como si en alguna medida el texto pudiera ser parte de una conversación culta y apacible en torno a los elementos humanos que nos componen.

 

Hay todavía dos o tres motivos centrales, conectados con la sociedad contemporánea, en la reflexión de Victoria Camps, que coordinó también una Historia de la ética desde la antigüedad hasta nuestros días en sus funciones de catedrática de Ética de la Universidad Autónoma de Barcelona. Aludimos a la trascendencia de la mujer, vista desde un feminismo templado, en El siglo de las mujeres (2000) y a dos componentes más de su pensamiento con voluntad de intervención social y política: la bioética y el papel de la religión y el cristianismo. Tanto Una vida de calidad. Reflexiones sobre bioética (2000) como La voluntad de vivir. Las preguntas de la bioética (2005) postulan una «ética sin atributos» y laica, capaz de decidir libremente sobre los límites del vivir para no tener que vivir de «cualquier manera» o a cualquier precio, a pesar de las fricciones que semejante perspectiva puede causar en entornos religiosos, lo cual es parte del debate que ha propuesto con Amelia Valcárcel en Hablemos de Dios (2007). No ha abandonado la reflexión sobre las condiciones de ciudadanía de una democracia más exigente (Democracia sin ciudadanos, en 2010) y en 2011, sin embargo, prefirió regresar con El gobierno de las emociones al centro de las preguntas éticas de la política y evaluar críticamente la invasión de lo emocional en la esfera pública y política sin demonizarla pero limitando racionalmente su espacio de legitimidad. 

 

JG y DRdM