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(Barcelona, 1949)

 

La versatilidad literaria de este autor es casi programática, en la medida en que ha defendido más de una vez una concepción muy híbrida y abierta de los géneros literarios. Pero su abundante obra ha sido también respetuosa con los géneros centrales de la tradición europea y es autor de diversos poemarios —el mejor es L’esmolador de ganivets (1998)— y de novelas como Lampedusa en 1981, La razón del mal (Premio Nadal en 1993) o Transeuropa (1998). En todas ellas y en sus tramas alienta una ambición reflexiva o filosófica —a veces en formas alegóricas— que se expone más desnudamente en sus ensayos en torno al arte y la estética del romanticismo. Su tesis doctoral apareció bajo el título de El héroe y el único. El espíritu trágico del romanticismo en 1984, y junto con los ensayos reunidos en La atracción del abismo (1983) permitieron descubrir a un excelente conocedor de la tradición romántica, en particular de lo que llama el romanticismo heroico, «un arte cimentado en la delicada convergencia de violenta desesperación y gigantesca fortaleza». Ese es un estrato latente en su obra ensayística y literaria: el incumplimiento de la plenitud y la búsqueda perpetua. Otros ensayos emparentados con estos asuntos de estética están reunidos en Territorio del nómada (1987) o Sabiduría de la ilusión (1994).

 

 El fin del mundo como obra de arte (1991) se presenta como un relato occidental pero es una densa meditación en torno a las encarnaciones que ha dado la tradición occidental a esa idea (desde el Apocalipsis de San Juan hasta Oppenheimer). Es también su primera muestra de una escritura cada vez más liberada de los requisitos académicos (el autor es catedrático de estética en la Universidad Pompeu Fabra), y ha sido esa la deriva que ha hecho más personal su ensayismo. El propio Argullol lo ha llamado «escritura transversal» y cristaliza en una prosa reflexiva y narrativa, apta para la imagen alusiva y poética, deliberadamente sugeridora, y en todo caso muy próxima al ensayo como género intensamente literario y con una creciente exploración autobiográfica en los últimos años. Sus cuadernos de travesía adoptaron el formato de dietario de autor, El cazador de instantes (1996) y El puente de fuego (2003), y juntos cubren una década de reflexiones e imágenes, ideas y sugerencias a veces cerca del aforismo, otras del microrrelato y otras de la pura imagen visual. Y de la imagen del desnudo en arte nació también una suerte de ensayo autobiográfico que tituló Una educación sensorial (2002), al igual que un año atrás la exploración en el dolor físico como combate dio lugar a otro libro de resonancias autobiográficas, Davalú o el dolor (2001). Algunos de sus numerosos artículos están reunidos en un grueso tomo, Enciclopedia del crepúsculo (2005), cuya publicación precedió en muy poco a Breviario de la aurora (2006); pero la obra que cubre de forma más totalizadora el mundo de ideas y sensaciones de Argullol fue un libro de estructura discursiva compleja y voces alternas que ofrecen una Visión desde el fondo del mar (2010), aunque la bibliografía propiamente ensayística del autor ha crecido con dos nuevas aportaciones: un ensayo de estética en torno a la belleza, Maldita perfección, y una heterodoxa meditación narrativa sobre Cristo, Pasión del Dios que quiso ser hombre (2014).

JG y DRdM

 

Una larga conversación con Eugenio Trías se tituló El cansancio de Occidente (Destino, Barcelona, 1992) y otros dos libros de conversaciones ofrecen sendas imágenes del autor: con Vidya Nivas Mishra en Del Ganges al Mediterráneo (Siruela, Madrid, 2004) y con el Moisès Broggi, cirugià, l’any 104 de la seva vida (2013). Sobre el viaje, puede verse María Rubio Martín, «En los límites del libro de viajes: seducción, canonicidad y transgresión de un género», Revista de Literatura, lxxiii (2011): 65-90, y, sobre su estética, Manuel Pérez Cornejo, «Nomadismo, arte de iniciación: apuntes sobre la estética de Rafael Argullol», Paideia, 31 (2011): 233-246.