El ajo es un ingrediente importante en la dieta mediterránea desde hace milenios. Hay abundantes referencias históricas que muestran que el ajo ya se consumía en la Antigüedad por sus supuestas propiedades terapéuticas; también lo tomaban los esclavos que construyeron las pirámides, los atletas de la Grecia clásica y los legionarios y gladiadores romanos, porque se creía que tenía un efecto vigorizante. El conocimiento de que el ajo es rico en compuestos antioxidantes y organosulfurados, a los que se atribuye un efecto reductor de la tensión arterial y otras propiedades farmacológicas, ha impulsado su uso por la medicina naturista y ha propiciado incluso la elaboración de suplementos de ajo.

Los supuestos beneficios del ajo van desde la prevención de infecciones, catarros y enfermedades cardiovasculares hasta la prevención del cáncer. La cuestión de si el consumo habitual de ajo ayuda o no a prevenir el desarrollo del cáncer ha sido precisamente una de las preguntas que ha formulado el público a través de la encuesta Nutrimedia. A continuación, respondemos a esta cuestión analizando las pruebas científicas disponibles.

Evaluación

El mensaje: “El consumo habitual de ajo ayuda a prevenir el cáncer” es incierto

El mensaje se considera incierto porque las pruebas científicas disponibles no permiten aclarar la cuestión con un mínimo grado de certeza. Los resultados de la investigación, en su gran mayoría derivados de estudios observacionales, no aportan información precisa y de confianza para dilucidar si el consumo habitual de ajo puede o no reducir el riesgo de cáncer.

Por tanto, la pregunta del público no tiene, por el momento, una respuesta científica clara o, dicho de otro modo, la respuesta es desconocida. La única manera de resolver esta cuestión es realizar estudios que aporten resultados más precisos; a ser posible, ensayos clínicos de calidad.