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De Ciudad sobre ciudad a La política y su sombra

 

"No es, pues, una Ville Radièuse lo que intento fundar (desde un espacio aparte y separado, o metafísico, o meta-cívico), al modo del Le Corbusier urbanista y planificador. No es una ciudad cartesiana que se impone sobre la palabra y la escritura. Es, más bien, como señala Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas, una ciudad que al estilo de las viejas ciudades europeas, posee sus barrios y suburbios sobre los que se edifican nuevos acomodos urbanos, y en donde conviven viejos barrios con expansiones o ensanches de nueva planta."

(Ciudad sobre ciudad, Destino 2001  pág. 15)

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La ciudad del límite

Trías acabó perfilando su propuesta filosófica como la proyección de una ciudad, la ciudad del límite, configurada por cuatro barrios: el filosófico, el ético, el artístico y religioso. En su libro Ciudad sobre ciudad (2001) Trías se dedica a explorar las conexiones existentes entre el barrio artístico y el religioso, propios del uso simbólico de la razón, así como entre el filosófico y el ético, propios de su uso racional. Además estudiará las estrechas relaciones existentes entre  filosofía y religión, correspondientes al uso teórico de la razón; y entre estética y ética, correspondientes a su uso práctico.

El barrio religioso corresponde, siguiendo la metáfora de Wittgenstein en su análisis del lenguaje, al barrio antiguo de la ciudad: su casco histórico. En ella predomina el lenguaje simbólico más arcaico y originario, en el cual se establece el ordenamiento del caos originario en forma de un cosmos ordenado. Alrededor de la fiesta y del templo, tiempo y espacio sagrados, se orden la vida de la polis y sus diferentes actividades. Este casco antiguo se constituirá en el núcleo en torno al cual se va proyectando la ciudad moderna, la propia de una razón occidental esclarecida, en la que el simbolismo ha quedado inhibido. De este modo se unen lo viejo y lo nuevo para perfilar esta ciudad ideal del límite que se proyecta y varía en cada una de las ciudades reales en las cuales se condensan todo el hacer práctico y teórico de una razón fronteriza que es, a la vez, categorial y simbólica, vieja y moderna.

 

El uso práctico de la razón fronteriza: la proposición ética.

Trías dedicó un ensayo, Ética y condición fronteriza (2000), a esbozar su propuesta ética, aunque toda su filosofía está plagada de referencias a la cuestión ética. Empezó releyendo a Spinoza y reivindicando, en la línea de Goethe y T. Mann, la pasión como elemento fundamental en la forja del carácter y del destino, de la vocación. Enseguida se le apareció el lado siniestro, la sombra, de ese llamado a la realización de la propia tarea existencial en forma de exceso, desvarío y locura, y de defecto, apocamiento y falta de audacia. Su descubrimiento de la condición limítrofe del hombre en diálogo intenso con Kant, Heidegger y Wittgenstein le permitirá ver la importancia de la "voz ética". Esa voz, proveniente del cerco hermético y que simbolizamos como voz del Padre muerto, Ley o Superyó, nos impele a asumir nuestra propia condición fronteriza. Ajustarse a nuestra condición limítrofe (expulsados de la naturaleza y sometidos al arcano) implica, como decía Swedenborg, la imposibilidad de que el hombre sea como el animal: puede ser más o menos, pero nunca igual. En cierta medida, en la ética triasiana se deja sentir esta doble tendencia: por un lado, la que quiere renunciar al vértigo de la propia libertad y al imperativo de la propia condición para abandonarse a alguna forma de naturalismo, a la fuerza del amor-pasión como retorno a la Madre; por otro lado, como Trías ve claro en la ética griega antigua, la tendencia que conduce al hombre al pecado de hybris, a la desmesura y el orgullo que ciegan, el sicut eritis Dei. El fin aristotélico de la buena vida, de una vida recta y moralmente, sometida al azar y a la contingencia, a la volatilidad de todo lo humano, se vuelve en Trías imperativo ético, de corte kantiano: "debes ser feliz". Esta porfía ética por la realización plena de la propia condición nos permite hablar, sin duda, de un humanismo en Trías.

 

La política del fronterizo: el Leviatán.

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Toda la reflexión triasiana, desde sus inicios, da vueltas en torno a la figura antigua de la polis: la ciudad. En realidad, la política en Trías habla, como en Platón, de ese extraño e incomprensible binomio entre el alma y la ciudad, que hace imposible desligar ética y política pero tampoco confundirlas. Trías veía en nuestro tiempo la tensión inherente al intento de armonizar una dimensión universal (la aldea global), no bien articulada con la propia raíz existencial (el santuario local), con la propia vivencia de lo humano (la ciudad).

Ese análisis histórico sobre la triple articulación de la condición humana vino a confirmarse con el terrible atentado de las Torres Gemelas del año 2001. Trías había advertido sobre las estrechas e importantes conexiones entre religión y política, así como de la necesidad de pensar la religión para librarla de sus extremismos, fanatismos y cegueras. Será en ese contexto cuando lleve a cabo su reflexión en torno al terrible dilema contemporáneo entre seguridad y libertad, que no es otro que aquel con el que se inaugura la Modernidad y que vemos en la reflexión hobbesiana en torno a la naturaleza del Leviatán (el Estado). Advierte Trías, con lucidez, que la condición fronteriza exigirá del hombre reelaborar una nueva teoría del mesostés, que le permita arbitrar y mediar entre contrarios, evitando decantarse por los dos ídolos de barro de los tiempos presentes: libertad y seguridad. La renuncia a cualquiera de las dos arruinaría la condición humana.

Este binomio se completa con el de felicidad y justicia, elementos que han permitido acometer la crítica al Estado moderno como forma de dominación y explotación por parte de autores como Freud, Hegel y Marx. Esta filosofía crítica nos ha permitido descubrir el lado siniestro del poder, el dominio, aquel capaz de impedir la forja de lo humano y que debe por ello ser limitado y controlado en todo momento. El juego entre las distintas corrientes política contemporáneas (liberalismo, socialismo, comunismo, anarquismo, republicanismo) intentan hacer cuadrar el círculo, vertebrar una política del límite en la que libertad, felicidad, justicia y seguridad se mantengan en ese equilibrio, difícil y precario, que exige el desarrollo de la propia condición humana en el ámbito de la comunidad.

(Goya, Cronos, 1819)

 

El laberinto: la prueba de la verdad.

Después de exponer a grandes trazos su ciudad del límite, la que nace de su propia propuesta filosófica, Trías se enfrentó con la ardua y difícil tarea de someter su propia propuesta a "prueba". Trías se asemeja aquí a San Agustín, quien al final de su vida emprendió la redacción de su libro de Retractaciones, para corregir aquello que le aparecía ahora, con la distancia del tiempo, errado. Dicha honestidad, que lleva a desconfiar en la madurez, después de una labor conceptual ardua y difícil, del propio criterio dice mucho de una humildad que, sin duda, es el único camino, y el único resultado, de la Verdad que se busca y anhela.

Trías quiso someter su propuesta a prueba, quiso introducirse en el laberinto y enfrentarse con el Minotauro. De hecho Trías formuló en su libro, El hilo de la verdad (2004), una nueva teoría de la verdad. La verdad no estaba ya en la cosa, exigiendo la adecuación del intelecto a la misma (realismo ingenuo), ni en el sujeto pensante (criticismo), sino en el difícil encaje entre ambas realidades. Conocimiento propio y conocimiento del mundo se requieren, se exigen, de ahí que la verdad sea siempre fruto de la libertad, la requiere y exige. El hiato existente entre lo que hay y el pensamiento da cuenta de un límite infranqueable que garantiza la libertad del sujeto pensante. Aparece así, en la filosofía del límite, una  nueva concepción de la verdad más compleja y rica, que implica a la libertad, y que somete el propio criterio a la fecundidad de la propia propuesta en su capacidad de generar una recepción crítica en los demás.

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Stanley Kubrick, El resplandor, 1980. Fotograma
 
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La verdad como fecundidad: el principio de variación.

Dado que la verdad no es la sumisión servil de la razón a la realidad objetiva externa, ni el extravío narcisista en la propia subjetividad clausurada, la verdad se muestra como imperativo ético de la razón en su encaje entre subjetividad y objetividad. Trías mismo, siguiendo la estela de Schelling, denominó a su filosofía Real-idealismo.

Este encaje que requiere de la razón fronteriza el uso del suplemento simbólico se vuelve fecundo en la dimensión hermenéutica. Para Trías, como para Kant, el símbolo, que remite a aquello suprasensible, es lo que da que pensar, lo que estimula la actividad pensante. De ahí que, tanto el símbolo artístico como el religioso, susciten en la razón la forja incesante de ideas, ideas que guiarán al entendimiento en su aplicación de reglas categoriales. La obra de arte, el ritual religioso, en su carnal objetividad, en su singularidad hiriente, despiertan a la razón y  la impulsan a forjar ideas, modelos y patronos. Por eso la razón necesita el diálogo continuo con el archipiélago de las artes. Ese "pensar en compañía" muestra, en la línea de la semiótica, que la obra de arte es siempre opera aperta que sólo en el receptor se sosiega y remansa, para dar lugar a nuevas y siempre renovadas recreaciones. Una obra, una propuesta filosófica, una ética, una religión son realidades singulares, individuales y concretas, más allá de sus aspiraciones de universalidad, que se muestra fecunda en su interacción con las generaciones futuras que la interrogan e interpelan. Esa fecundidad, capaz de suscitar reflexión en el curso de la historia generando tradición, en su sentido viviente y móvil, constituye el criterio estético de lo que puede ser llamado bello, y en el nivel ontológico, el criterio de verdad porque para Trías la verdad no es otra cosa que variación recreadora.