Comentario a «Suspenda, y no sin lágrimas, tu paso», por José María Micó

Felipe III murió el 31 de marzo de 1621, y la musa de don Luis, que ya había dedicado unos cuantos desvelos a los achaques del rey (M 346, 347 y 361), se aplicó de inmediato a la inspiración de un soneto («Este funeral tronco, que luciente» [M 363]) y de una canción. Fue una semana movida para el capellán de honor del monarca: «Señor mío, no escribí la estafeta pasada, porque fue en el día más ocupado que ha tenido la capilla con la muerte del santo Rey, que está en el cielo. Murió último de marzo a las nueve y cuarto del día, de un tabardillo mal entendido, y por eso no curado» (carta del 6 de abril a don Francisco del Corral, núm. 61 de Millé).

Entre los versos de autores de fama dedicados al mismo asunto destacan los sonetos de Bartolomé Leonardo (número 171 de las Rimas, II, págs. 109-110) y Francisco López de Zárate (Obras varias, pág. 121), y una canción de Lope de Vega «En las exequias que hizo la insigne ciudad de Zaragoza» (Obras poéticas, págs. 869-871). Las expresiones deícticas y los vocativos al pasajero eran casi de ley en las nenias o epicedios: «Habla el poeta con un caminante, siguiendo la fórmula de los antiguos en semejantes asuntos» (SC, y vid. J. C. Escalígero, Poetices libri septem, III, cxxi). Es también característico del género el valor simbólico de las inscripciones, las figuras o los materiales del artífice, potenciado por la literatura emblemática y por los hábitos expresivos de don Luis (cfr. el comentario de H. Ciocchini, Góngora y la tradición de los emblemas, págs. 15-18).

A pesar de su evidente convencionalismo, más social que poético, la canción de Góngora no deja de ser una joya entre tanto ripio como provocó el óbito real. Véanse como muestra los sonetos de Diego Beltrán Hidalgo o Pedro de Ojeda (ahora en la Antología de la poesía barroca murciana, págs. 141 y 204) o la Verdadera relación... en tres romances de Magín Bellot (Barcelona, 1621, recogida en J. Simón Díaz, ed., Relaciones breves de actos públicos celebrados en Madrid de 1541 a 1650, Madrid, 1982, página 122):


                                 Pues con eclipse funesto
                              a nuestro Hispano Emisferio
                              causando a todos espanto
                              quita la muerte el contento.
                              Pues de tan grandes vitorias,
                              tuvo la mayor su efeto,
                              en encerrar en la tumba
                              al rey Filipo Tercero.

El ms. Chacón presenta el mejor texto del poema. La curiosa variante de Ho en el v. 22 (hic iacet en lugar de la lectura auténtica sincel) se comprende por el contexto, pero yo la creo totalmente ajena al autor, porque impide o dificulta la escansión cabal del verso, y además el poeta no se está refiriendo al epitafio. Según precioso testimonio de Salcedo, el recitado público del poema por don Luis desautoriza la trivialización magnificencia (36). Hay dos variantes exclusivas de Ch que prueban a mi entender la existencia de una revisión: en el v. 29, árbol se sustituye por su equivalente metonímico tronco; y en el 46 se cambia el vocativo convencional (pasajero) por otro más efectivo (forastero) y en mejor correspondencia con las necesidades de la variación retórica (cfr. peregrino, caminante y huésped, en los versos 2, 32 y 38).

 

Canción alirada  A  b  A  B  C  C.