Comentario a «En roscas de cristal serpiente breve», por José María Micó

Los primeros Austrias mostraron gran interés por el puerto estratégico de Larache, que, según sentencia de Felipe II, «vale por toda el África» (cfr. T. García Figueras y C. Rodríguez Joulia Saint-Cyr, Larache. Datos para su historia en el siglo XVII, Madrid, 1973, pág. 23). Tras largos azares diplomáticos y un par de expediciones con sonado fracaso (la del marqués de Santa Cruz en septiembre de 1608 y la del marqués de San Germán en junio de 1610), la plaza se entregó el 20 de noviembre de 1610, merced a un arreglo con Mawlay al-Xaij (Muley Xeque). La operación le costó a la hacienda de Felipe III ciento veinte mil ducados y cuatro mil arcabuces (vid. Luis Cabrera de Córdoba, Relaciones de las cosas sucedidas en la Corte de España, desde 1599 hasta 1614, Madrid, 1857, págs. 423-424).

A ese puerto africano dedicó Góngora cinco poemas: los sonetos «¿De dónde, bueno Juan, con pedorreras?» (M 296) y «La fuerza que, infestando las ajenas» (M 316); las décimas «Esta bayeta forrada» (M 149) y «Larache, aquel africano» (M 150), y esta canción. El soneto M 296, que ironiza sobre uno de los fracasos, es anterior a la entrega, pero los demás textos debieron de escribirse en diciembre de 1610 o poco después.

Desde una perspectiva heroica -sin duda menos sincera que la irónica de otros poemas (cfr. A. Carreira, ed., Antología poética, pág. 161)-, don Luis aprovechó con extraordinaria precisión y brillantez las posibilidades poéticas de una magra hazaña y una circunstancia poco gloriosa (cfr. también R. Jammes, pág. 253 [302]): descripción alegórica del lugar (I), triunfo del león español (II), la entrega (III), deseos de paz y prosperidad (IV), elogio del monarca (V) y tópico vaticinio entusiasta (envío). Las estancias segunda y cuarta son las que presentan mayor semejanza con el soneto M 316, que parece resumen, ensayo general o «núcleo generativo» (L. Romero Tobar, «Los poemas gongorinos...», pág. 58) de la canción. Vale la pena dar aquí su texto.

 

La fuerza que, infestando las ajenas,
argentó luna de menguante plata,
puerto hasta aquí del bélgico pirata,
puerta ya de las líbicas arenas,
 
a las señas de España sus almenas
rindió, al fiero león que en escarlata
altera el mar, y al viento que le trata
imperïoso aun obedece apenas.
 
Alta haya de hoy más, volante lino
al Euro dé, y al seno gaditano
flacas redes, seguro, humilde pino,
 
de que, ya deste o de aquel mar, tirano
leño holandés disturbe su camino,

prenda su libertad bajel pagano.

 

La preocupación de algunos comentaristas antiguos por el género exacto del poema -una de las obsesiones de la teoría literaria antigua y una de las claves de la polémica en torno a las Soledades- muestra que ya entonces se advertía su papel en la evolución estética de don Luis: «Esta Canción, aunque tan heroica y grave, es poema lírico, porque, según notó César Escalígero [Poetices libri septem, III, cxxiv], a él  se reducen las narraciones breves de las cosas: las gracias que se dan a los Dioses por los bienes que se alcanzan, las loas de los príncipes...» (Díaz de Rivas); «Esta real canción, aunque de tan altos y hinchados versos, y aunque la dan por heroica las dos muy erradas ediciones [Vi y Ho] de las desgraciadas poesías de don Luis..., verdaderamente es lírica» (Angulo y Pulgar).

Así, la canción, «más que un epinicio, es un himno de acción de gracias» (J. Ferraté, «Ficción y realidad...», pág. 329) cuyas dificultades mayores son la alegoría inicial (las metáforas zoológicas en cascada), los hipérbatos, las dilogías, las alusiones mitológicas y los latinismos semánticos; es decir, los elementos más característicos del estilo de don Luis, que ya estaban presentes -aunque en dosis menores y con menor habilidad- en algunos poemas juveniles de aliento épico.

Los testimonios que recogen la Canción heroica de la toma de Larache abundan en variantes, pero yo no sé reconocer en ninguna de ellas la mano del poeta. Quizá merezcan mención, no obstante, algunas variantes curiosas, particularmente de los mss. E y R (texto este último bastante descuidado): la del v. 12 fue provocada por el violento hipérbaton ('de esta boca África ofrece los castillos'); R presenta en el v. 27 una trivialización sinonímica corregida posteriormente (cfr. también 65, ésta sin corregir); no es probable que Góngora tenga nada que ver con las alteraciones del orden sintáctico en los versos 43, 55 y 69; varios testimonios coinciden al estropear un acusativo griego (57), modificar un topónimo (76, 83) o deslizarse hacia distintas lecciones faciliores (48, 73, 89), verdaderamente llamativas en Ho. La trivialización del primer verso (rocas), cometida por algunas impresiones antiguas y modernas, llegó a despistar de manera significativa a un entusiasta Paul Valéry (cfr. J. Lezama Lima, «Sierpe de don Luis de Góngora» [1951], en A. Pariente, ed., En torno a Góngora, pág. 230). En el v. 32, responden las es un error de Ch; corrijo también sus leísmos (24, 26, 28, 79).

Cito las Anotaciones de Pedro Díaz de Rivas (ms. 3726 de la B. N. M., aquí D, fols. 319r-343r) por la edición de E. J. Gates en la Revista de Filología Española, XLIV (1961), págs. 63-94, pero he enmendado algunos errores a la vista del manuscrito.

 

Canción  A  B  C,  B  A  C : C  d  D  E  F  F  G  G  E  H  H.

El envío repite la parte final de la sirima, de manera que su tercer endecasílabo queda suelto. Góngora no usaba la estrofa de diecisiete versos desde sus poemas heroicos de juventud (cfr. canciones «Levanta, España, tu famosa diestra» y «Hoy es el sacro y venturoso día»). Obsérvese que hay un solo heptasílabo por estancia, como en algunas canciones heroicas de Fernando de Herrera (cfr. L. Romero Tobar, pág. 61), y además en posición central (justo después de la chiave o verso de enlace). La sinalefa impide la aspiración de la h en el v. 6 (y quizá vengan de ahí, por cierto, las variantes de R y Pe). Se equivoca E. Segura Covarsí al creer sueltos los versos décimo y decimoquinto de cada estancia (La canción petrarquista, págs. 206 y 308).