Comentario a «Corcilla temerosa», por José María Micó

«Quéjase en esta Canción don Luis de la ingratitud de su dama, y para ponderar el temor y presteza con que huía dél, se vale de la comparación de una corcilla, que temerosa huye de cualquier rumor que siente en la selva» (SC). El tema, los modelos, las imágenes y el tono idealizante son propios del italianismo de ambiente bucólico o venatorio común a otros poemas juveniles. Sobre el entramado del episodio de Apolo y Dafne relatado por Ovidio (Metamorfosis, I, 452-567) menudean los recuerdos de algunos versos o ideas de Horacio, Petrarca, Ariosto, Garcilaso y Torquato Tasso. Es reveladora la comparación con los versos iniciales del segundo acto de Las firmezas de Isabela (ed. R. Jammes, págs. 102-104).

La historia textual de este poema es bastante compleja. En Ch y en la mayoría de los testimonios consta de cinco estancias y el envío, pero en la Segunda parte del Romancero General (Madrid, 1605, fols. 216r-217r) y en los «Fragmentos de varias poesías de don Luis de Góngora» del ms. 3906 de la Biblioteca Nacional (C, fol. 40r) se añade una estancia nueva que evita, según R. Jammes, «una ligera contradicción entre el final de la segunda estrofa, que expresa la alegría del perseguidor, y el comienzo de la tercera ("Yo, pues, ciego y turbado"), que desarrolla sentimientos menos eufóricos» (pág. 348 [414]). Pero la cosa no acaba ahí, porque en la versión de Seg, rica en errores y variantes, faltan la última estrofa y el envío. Yo no sé decir cuántos versos tenía el poema en 1582, pero sí creo seguro que Góngora lo revisó posteriormente y que el texto más primitivo debe de ser el impreso en 1605, con versos francamente malos (10-12) y vacilaciones que quizá no se deban siempre a la pluma de don Luis (las lecturas de los versos 22 y 42 son sencillamente errores de cajista). En todo caso, edito entre corchetes la estrofa ausente de Ch, aun sin parecerme tan imprescindible como a Jammes y advirtiendo que seguramente fue desechada por el propio Góngora: en la versión definitiva, la 'ceguera', la 'turbación' y la 'mengua' en las fuerzas del amante perseguidor podrían entenderse como una consecuencia de la gozosa visión de los versos 20-22.

En ms. C, que por cierto transcribe sólo el primer verso de las estancias comunes con Ch, aún complica más las cosas con el epígrafe del poema (cfr. también el del ms. H): «A doña Catalina de la Cerda en n[ombr]e del duq[ue] de Alva que la servía». Ese aserto es imposible en 1582: Catalina de la Cerda, camarera mayor de la reina, estaba casada desde 1576 con el Duque de Lerma, y era, por tanto, conocida por su título (Góngora escribió un soneto a su muerte en 1603). El dato, cierto o no, se refiere a una época posterior y a otra dama del mismo nombre (hubo unas cuantas), sin duda la misma Catalina de la Cerda a quien Góngora dedicó las décimas de 1611 que comienzan «La que ya fue de las aves» (M 154), porque las notas marginales de Chacón nos aclaran que uno de los versos «alude al duque de Alba, galán de la señora doña Catalina».

Otros códices e impresos fueron demasiado imaginativos con el nombre de Clori, y lo identificaron con la tal Catalina tanto en composiciones de 1582-1585 como en otras escritas un cuarto de siglo después (p. ej., la canción «De la florida falda», de 1608). Creo que ese nombre poético (evitado, nótese, en la versión de Seg) ha sido el causante de más de una pamema biográfica, y en consecuencia importa extremar la cautela, pero no es imposible que Góngora revisase y aprovechase algunos poemas amorosos de juventud para cumplir con las galanterías convencionales exigidas por la vida cortesana.

 

Canción a  b  C,  a  b  C:  d  e  e  D  f  F.

Esquema muy parecido al de la canción anterior: falta el verso de enlace o chiave y se añade el envío, que repite la parte final de la sirima, dejando suelto el primer verso: D f F. En la estrofa ausente de Ch, la sinalefa efecto haciendo del v. [34] impide la aspiración de la hache. Rasgos estilísticos dignos de mención son para D. Alonso la fórmula A si B del v. 24 y el hipérbaton de los vv. 65-66 (La lengua poética, en Obras completas, V, págs. 163 y 204); adviértanse también las sabias aliteraciones del inicio del poema y la estructura bimembre de algunos versos.