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El asalto. Una visión crítica de la expulsión de Trump de las plataformas digitales. Frederic Guerrero-Solé

El asalto. Una visión crítica de la expulsión de Trump de las plataformas digitales. Frederic Guerrero-Solé

Frederic Guerrero-Solé, profesor del Departamento de Comunicación de la UPF

20.01.2021

 

La cancelación de las cuentas de Twitter y Facebook del presidente Donald Trump ha abierto un encendido debate sobre la censura y la libertad de expresión, la influencia y el papel de las plataformas digitales, y el poder de sus propietarios para censurar usuarios y mensajes considerados indeseables o que difunden falsedades y desinformación, que fomentan el odio y la violencia y, en último extremo, ponen en riesgo la democracia.

Donald Trump genera muy pocas dudas más allá de los círculos de la extrema derecha. Su acción como presidente ha generado una gran controversia, y el apoyo de los grupos más radicales de la sociedad norteamericana, como los supremacistas blancos que llevaron a cabo el asalto al Capitolio de Estados Unidos, ha provocado un rechazo generalizado. Trump es el presidente más criminal de la historia, según Noam Chomsky, y en muchos sentidos, una amenaza a los principales valores democráticos. Y esta amenaza se ha expresado explícitamente en sus mensajes políticos, la mayoría de los cuales han sido difundidos a través de Twitter, el hasta hace poco medio preferido del presidente.
 
Es una evidencia que el asalto a la democracia de Trump ha ido agudizando y ha tomado tonos más beligerantes a partir de su derrota electoral. Y también lo es que, a partir de este momento, sembró todo tipo de dudas sobre la legitimidad de la victoria de Biden y la neutralidad de las instituciones que velaban por las garantías del proceso electoral. A través de Twitter, Donald Trump alimentó las teorías de la conspiración, acusando estas instituciones, así como a los medios de comunicación, de fraude. Muchos medios, incluso los más afines como la Fox, reaccionaron censurando los mensajes difamatorios y conspiranoicos de un presidente incapaz de asumir la derrota.
 
Todo se aceleró con los resultados del Senado en Georgia, y el asalto al Capitolio donde debía ratificar la victoria de Joe Biden. Mientras los extremistas entraban en las cámaras del congreso, Trump los atizaba y agradecía su fidelidad y compromiso con la democracia. Era el resultado de un proceso que se había ido cociendo largamente. Y que, insisto, había sido explícito a través de sus mensajes en las redes sociales.
 
Twitter había reaccionado a los embates de Trump poniendo en duda algunas de sus acusaciones de fraude electoral generalizado, y advirtiendo a los usuarios que algunas de sus afirmaciones estaban en duda. Pero el presidente seguía siendo uno de los principales atractivos de la plataforma, como lo demuestra la respuesta de los inversores a la cancelación de su cuenta. Las primeras reacciones de Twitter, que suspendió temporalmente su cuenta, fueron seguidas de una cancelación de su cuenta de Facebook e Instagram, y de la suspensión definitiva de la cuenta de Twitter. También Snapchat, Pinterest, Tik Tok, Twitch, Reddit, o Youtube han tomado acciones en el mismo sentido. Y la red alternativa, Parler, ha sido desactivada por Google y Apple.
 
Y aquí es cuando emerge el segundo asalto, otro que se ha ido cociendo lentamente, aunque más lentamente que el de Trump. Hay quien apunta que no es ninguna coincidencia, y que algo está ligada con la otra. Las plataformas digitales, interpretadas socialmente como espacios de debate público, se han erigido como árbitros reguladores de la libertad de expresión y como abanderados de la democracia. La cuestión es de una gran complejidad. Mientras las principales plataformas digitales no responden los contenidos que se publican, sí que se ven obligadas a implementar políticas de control de contenidos para evitar la difusión de mensajes considerados socialmente indeseables, como el odio al otro, la incitación a la violencia, o la difusión de desinformación, entre muchos otros. Y el incumplimiento de las normés de uso puede llevar al bloqueo e incluso a la cancelación de las cuentas. Y aquí se incluye la cuenta del presidente de la que algunos consideran la democracia más avanzada del planeta, de la primera potencia económica y militar, del hombre que tiene en sus manos el botón nuclear.
 
Hay varias cuestiones que se plantean en este contexto. La primera es casi evidente: había que Twitter y Facebook se presentaran como los artífices de la expulsión del presidente estadounidense de sus redes, demostrando su poder, evidenciando la incapacidad de las instituciones democráticas de poner freno a las acometidas de Trump , y situándose como los defensores de la democracia, siendo su como son, en muchos sentidos, una amenaza? Poder controlar incluso al presidente de Estados Unidos no puede ser interpretado como un asalto a un fundamento de la democracia? No es un punto final que pone de manifiesto los errores cometidos durante casi dos décadas de transferencia de atribuciones y privilegios a las grandes compañías tecnológicas?
 
No insistiré en la cuestión del derecho. Hay expertos que saben mucho más que yo y que ya han profundizado en la legitimidad o no de la respuesta de los gigantes tecnológicos. Me centraré en las razones, en su oportunidad, y en sus hipotéticas consecuencias.

¿Tenían, pues, las tecnológicas razones para suspender las cuentas dels presidente de los Estados Unidos?

Si, y no. Aunque el contexto en que se produjo el asalto al congreso es extraordinariamente excepcional, los mensajes que llevaron Twitter justificar la suspensión permanente de Trump (https://tinyurl.com/y6hefta9) no parecen tener la gravedad que tenían algunos de los mensajes precedentes que ponían en duda la legalidad de los resultados electorales, difundían desinformación e incitaban a la violencia. La pregunta es por qué las plataformas actuaron entonces, con sus gabinetes de guerra conmocionados por las imágenes en directo, y no antes? El gatillo, se estaba pulsando entonces, o hacía meses, años que la habían pulsado? No era la de las tecnológicas una decisión que buscaba no ser incriminados, apuntados, juzgados por haber permitido la difusión de mensajes mucho más indeseables?

¿Era oportuno suspender al presidente durante el asalto al Capitolio?

En este caso la respuesta se divide en dos partes. En primer lugar, la oportunidad relacionada con el hipotético impacto de los mensajes del presidente sobre el comportamiento de los asaltantes. Aquí repetiremos la famosa fórmula de preguntarnos cuál es la parte explicada por los medios, y qué la explicada por factores estructurales, contextuales e históricos. Vuelvo a preguntar: eran los mensajes de Trump un disparador del gatillo del asalto? Estaban teniendo un efecto a corto plazo en los asaltantes? O ya era imparable?

La otra parte se refiere al impacto que causaría la censura al presidente elegido por los estadounidenses por parte de los gigantes de la tecnología. Esta censura, como bien manifiesta Jack Dorsey en un hilo publicado el 14 de enero de 2021, pone en evidencia el fracaso de las tecnológicas de fomentar un debate saludable, evidencia las inconsistencias de sus políticas, y los presenta ante la opinión pública como un grupo de multimillonarios con la capacidad de cortar la voz al presidente de EEUU. Por ello, propone la creación de un estándar abierto y descentralizado de supervisión de las redes sociales.
 
Dorsey evidencia la inquietud y la incertidumbre provocadas por decisiones como la suya, y hace patente la sensación que muchos hemos experimentado de vacío institucional. Echamos de menos un eslabón en todo este proceso que, o bien ha desaparecido, o bien todavía debe tener una forma.

L’altra part es refereix a l’impacte que causaria la censura al president elegit pels nord-americans per part dels gegants de la tecnologia. Aquesta censura, com bé manifesta Jack 

¿Era oportuno que Donald Trump usara las plataformas como canal privilegiado de comunicación con la ciudadanía?

Esta es otra cuestión que necesita profundización. Me limitaré a decir que, en caso afirmativo, se deberían haber establecido protocolos de uso en relación a su cargo de presidente del gobierno estadounidense, que deberían incluir, obviamente, la respuesta a crisis como el asalto el Capitolio. Teniendo en cuenta el control a que se someten las comunicaciones gubernamentales, se hace extraño la inexistencia de normativa al respecto.

¿Cuáles son las hipotéticas consecuencias de la expulsión de Trump?

Todo es incierto. Pero desde el punto de vista comunicativo y tecnológico, es posible que este hecho termine ensanchando la fractura en la sociedad norteamericana, y que los grupos de extrema derecha y todos aquellos que se han sentido agravados por la acción de las compañías tecnológicas, busquen refugio en nuevos espacios aún por construir. La polarización ideológica, discursiva y afectiva puede dar paso a una polarización tecnológica que volverá a situar las plataformas en el paradigma del broadcasting.

En democracia, un asalto nunca debería tener como respuesta otro asalto, aunque hace tiempo que muchos valores democráticos parecen haber sido definitivamente asaltados.

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Frederic Guerrero Solé

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