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Algunas impresiones desde el ambulatorio del Carmel. Jordi Planes

Algunas impresiones desde el ambulatorio del Carmel. Jordi Planes

Jordi Planes, graduado en Medicina por la UPF y médico residente de atención primaria en el CAP del Carmel de Barcelona.

13.05.2020

 

Haríamos bien de intentar continuar cuidándonos los unos a los otros de ahora en adelante, buscando tercamente el beneficio de la mayoría, incrementando recursos y esfuerzos para llegar a aquellas personas más desfavorecidas, para disminuir así las desigualdades en salud que estén a nuestras manos modificar.

Me fui de Barcelona a finales de febrero para formarme, durante dos meses, en otra realidad social y sanitaria. Apenas empezábamos a sufrir las primeras consecuencias organizativas de la pandemia. Tuve que volver forzosamente a mediados de marzo. Es un hecho que los problemas ya estaban, y la pandemia del Sars-CoV-2 sólo ha hecho que acentuarlos.

Ahora nos ocupamos de ellos de una manera diferente. Más allá del conocimiento adquirido a marchas forzadas durante los últimos dos meses respecto al manejo de la Covid-19, tanto clínicamente como logísticamente, la lógica que se aplica al trato con las personas desde una perspectiva primarista se ha podido mantener en la mayoría de casos.
 
Que las desigualdades son determinantes en la salud es un hecho innegable, como también lo es, por tanto, que son los barrios con más dificultades socioeconómicas los que más enferman. Las personas que viven son las que ven más afectada su salud, tanto física como mental -si es que hay que hacer una distinción-. Todas ellas, por su precariedad socialmente impuesta, son las principales usuarias de los sistemas públicos de salud, y, en concreto, los centros de atención primaria (CAP). Los CAP, como también lo puedan ser las bibliotecas o los centros cívicos, son espacios de acogida. Estructuras de barrio que ofrecen la posibilidad de ser escuchado.
 

Que las desigualdades son determinantes en la salud es un hecho innegable, como también lo es, por tanto, que son los barrios con más dificultades socioeconómicas los que más enferman

Y es precisamente por este motivo que nos hemos adaptado de la mejor manera que hemos podido para continuar ofreciendo una atención longitudinal, aunque las circunstancias requieren el aislamiento y que, institucionalmente, no se hayan tenido en cuenta los equipos de atención primaria como actores principales en la contención de la pandemia. Posiblemente, porque aún a día de hoy nadie se ha creído que la atención primaria es el pilar sobre el que se debería fundamentar un sistema público de salud.
 
El distanciamiento físico necesario para contener los contagios nos ha llevado a basar nuestra actividad, en la medida de lo posible, en la atención telemática. Esto significa que hemos tenido que adquirir la habilidad de decidir, de acuerdo con las explicaciones de nuestras pacientes, cuáles debían quedarse en casa y hacerles un seguimiento en horas o días, o bien cuáles de ellas tenían que acudir al ambulatorio para ser exploradas y decidir si necesitaban atención complementaria, con los riesgos que esta última opción suponía.
 
Los síntomas en los que se basa, sobre todo, la orientación diagnóstica inicial en términos de gravedad son la dificultad respiratoria y la fiebre. Ambas tienen un amplio abanico de descripciones. En el caso de la respiración, va desde la evidente "me falta el aire" hasta los "tengo una plancha sobre el pecho", "parece que no se acaban de llenar los pulmones", "tengo una angustia que no puedo con ella "o el" cuando respiro me tira un no-se-qué-aquí ". Y esto en los casos en los que aseguran tener problemas para respirar. Hay otros casos en los que no hay, aparentemente, ningún tipo de dolencia; pero si les pides que vayan a buscar un vaso de agua a la cocina, cuando vuelven a coger el teléfono no son capaces de articular una frase de más de diez palabras sin tener que detenerse a respirar con esfuerzo.
 
Por otra parte, la fiebre parecería más evidente: que el termómetro indique una temperatura de más de 37,8 ° C. Pero también en estos casos las respuestas, muchas veces, van desde el "yo no tengo más fiebre" hasta las "me he despertado por la mañana todo mojado", "unos temblores" o "yo no tengo termómetro, pero yo sé que he tenido fiebre ". Porque otra realidad es que muchas personas no disponen de termómetro en casa. Respecto al resto de síntomas que pueden aparecer en una persona infectada, también se investigan durante la llamada. La inmensa mayoría de contactos telefónicos parecen haber tenido en algún momento. Y los que no, los han sufrido igualmente de tanto escucharlos en la televisión.
 
Los casos que necesitan visita presencial tienen un primer contacto con el equipo de administrativas, que los reciben detrás de una pantalla de cristal. Casi junto a la puerta de entrada al CAP les entregan, en caso de que no tengan, una mascarilla, y desde allí se les dirige hacia una atención libre de sospecha de posible Covid-19 o bien siguen la línea hasta una "sala de espera" específica para personas con sospecha de infección por Sars-Cov-2. En las consultas habilitadas con este propósito -tres en total- hay un equipo de dos enfermeras y una doctora, que atienden el posible caso con las medidas de protección adecuadas (la adecuación no llegó hasta bien entrada la pandemia. Inicialmente, se atendieron casos sin las medidas de protección pertinentes por falta de material).
 

Hacer domicilios nos permite ver con nuestros propios ojos la realidad de muchos de los vecinos, y hacernos una idea del impacto de vivir en edificaciones sin luz natural, de pasillos estrechos, con mala ventilación y muchas de ellas sin ascensor

Para los casos graves se dispone de un espacio en condiciones para ofrecer tratamiento con oxígeno mientras llega la ambulancia para trasladar a la persona a los centros de atención primaria de urgencia (CUAP) o bien en el hospital. Desgraciadamente, la accesibilidad en nuestro centro no sólo se ve limitada por la movilidad y el riesgo de contagio, sino también por la orografía del barrio, en mi caso construido sobre la montaña con la que comparte nombre. Esto hace que muchas de las visitas deban hacerse a domicilio. Y aquí se abre un mundo de una intimidad mayor aún que la de la consulta. Ya no recibimos nosotros las personas, sino que son ellas las que hacen la acogida. Este privilegio nos permite ver con nuestros propios ojos la realidad de muchos de los vecinos, y hacernos una idea del impacto de vivir en edificaciones sin luz natural, de pasillos estrechos, con mala ventilación y muchas de ellas sin ascensor -con las dificultades que ello supone para aquellos que no pueden subir y bajar escaleras-. Si a esto le añades, en más ocasiones de las que deberíamos estar dispuestos a permitir, la soledad, es fácil concluir que la salud tiene más que ver con lo que pasa fuera de nuestro cuerpo.
 
Con todo, la situación dramática en las residencias de ancianos -entre otros motivos para una gestión vergonzosa desde hace años a la que ninguna figura con responsabilidad política ha puesto fin- ha comportado que fuera el equipo sanitario del CAP el que se hiciera cargo de la reorganización y la asistencia de las que se encuentran en el barrio.
 
Haríamos bien de intentar continuar cuidándonos unos a otros de ahora en adelante, buscando tercamente el beneficio de la mayoría, incrementando recursos y esfuerzos para llegar a aquellas personas más desfavorecidas, para disminuir así las desigualdades en salud que estén a nuestras manos modificar. Apenas comienza el cambio más difícil y necesario.

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