MUJER Y REPRESENTACIÓN: ANTES Y DESPUÉS DEL
FRANQUISMO
Noelia Ibarra Rius.
Universidad de
Valencia.
Nuestra
comunicación pretende analizar la construcción de la identidad femenina, así
como la creación del binarismo sexual y la perpetuación de roles a través de
textos fílmicos del período franquista, al servicio de una ideología represora
que enmascara sus mecanismos de control mediante ficciones narrativas, como la
comedia amorosa seleccionada para el análisis, Un marido a precio fijo.
Así,
a través de Un marido a precio fijo,
producción española de 1942 dirigida por Gonzalo Delgrás, e inscrita en el
marco de conservadurismo propio de Cifesa,
como muestra de la interrelación entre producción cultural y orden histórico social – el período
franquista como etapa previa al marco temporal que nos ocupa-, presentaremos el
proceso de construcción de un modelo femenino a imitar por las espectadoras
caracterizado por la negación de la propia voz.
En
la segunda parte de nuestro trabajo, mostraremos a través de Ese oscuro objeto de deseo, texto que
clausura la filmografía del turolense Luis Buñuel, las grietas del discurso
fílmico en lo que a la aplicación del artículo 20 de la Constitución Española
se refiere, esto es, en cuanto a la libertad de expresión femenina.
Ficciones de dominio o
el encanto del matrimonio.
Un marido a precio fijo nos permite
estudiar la configuración de imaginarios simbólicos escindidos en torno al
binarismo sexual, así como la proyección de determinados valores sociales
fundamentales para un determinado régimen socio-histórico, a través de la
mediación de un código, el cine o concretamente el texto fílmico, naturalizado
por la asunción de un modelo genérico de pacto ficcional fruitivo despojado de
significados subyacentes.
Althusser
apunta en este sentido, la noción de “Aparatos Ideológicos de Estado (AIE)”[1],
comprendidos como “cierto número de realidades que se presentan de modo
inmediato al observador en forma de instituciones diferenciadas y
especializadas”, entre los que señala diversos sistemas como el religioso,
escolar, familiar, político, jurídico, político, sindical, informativo y
cultural.
El
AIE funciona de manera secundaria a través de la “represión[2]”
pero, fundamentalmente “mediante la ideología”[3],
definida ésta como “una representación de la relación imaginaria de los
individuos con sus condiciones reales de existencia[4]”,
cuya función “en tanto que toda ideología tiene la función (que la define) de
constituir a los individuos concretos en sujetos[5]”.
De
esta forma, la ideología se caracteriza por “imponer (sin que lo parezcan, dado
que son “evidencias”) las evidencias como evidencias, que nosotros no podemos
dejar de reconocer, y entre las cuales tenemos la inevitable y natural reacción
de exclamar (en voz alta, o bien en el “silencio de la consciencia”): “¡ Es
evidente! ¡ Desde luego es así! ¡ Es verdad!....En esa reacción se ejerce la
función de reconocimiento ideológico...[6]”
Desde
esta línea de trabajo, el cine puede ser entendido como un sistema complejo de
configuración del imaginario individual y social, cuyo mecanismo fundamental
descansa en la creencia como productora del efecto de Verdad, así como
activación del proceso de reconocimiento, según apreciamos a través de las
citas anteriores.
La
crítica feminista(s) ha subrayado a este respecto, la dimensión
político-ideológica de todo hecho cultural, particularmente en el ámbito
fílmico ha enfatizado la comprensión del cine como discurso e industria, que
alberga en su seno la reproducción de la división del trabajo propia de la
sociedad capitalista que la crea, parafraseando el trabajo de Laura Mulvey[7]
pilar de la teoría fílmica feminista en diversos aspectos.
De
esta forma podemos leer Un marido a
precio fijo como discurso producido en un orden histórico social represivo,
el inicio de la dictadura franquista, régimen basado entre otros valores
tradicionales en la familia y la religión católica, con las consecuentes
implicaciones en términos de política sexual, fundamentalmente para la mujer,
dado que conforma el término jerárquicamente dominado del binomio, definido por
negación y exclusión de las esferas públicas.
Ya
desde el mismo título a manera de indicador catafórico o, si se prefiere en
terminología más propiamente fílmica, como una prolepsis narrativa, se nos
ofrece el eje temático del film condensado en una frase nominal: Un marido a precio fijo. Por tanto, a
través de una síntesis se nos brinda el nódulo en torno al cual se articula
acción y peripecia en el sentido aristotélico del término; el matrimonio como
omnipresente institución que preside el texto cinematográfico.
Opinamos,
asimismo el título activa en el espectador la referencia a una locución
lexicalizada, puesto que ese “a precio fijo” evoca la frase hecha “a cualquier
precio”, o incluso permítasenos proseguir la red lingüística asociativa, en
cualquier caso u ocurra lo que ocurra, por expresarlo de la manera más clara
posible. De cualquier forma, desde éste se nos augura el protagonismo concedido
a la institución privilegiada del régimen franquista para la canonización del
deseo y armónica ordenación de la sociedad.
Sin
embargo, puntuemos nuestra primera apreciación puesto que, no únicamente se
entroniza la institución católica, sino que se privilegia la misma como meta a
obtener, como conquista o finalidad última en la vida femenina, esto es, la
existencia femenina se lee a partir de la omnipresencia obsesiva fijada en la
obtención de un marido como característica de la condición femenina.
Nos
hallamos así, desde las primeras aproximaciones, en un sistema de
representación que define y configura la condición femenina como Verdad
absoluta, compacta, postulada como real desde el aparato fílmico,
homogeneizando el colectivo “mujer” como sujeto anatómico de idénticas
características, naturalizado a partir de procesos de identificación y
reconocimiento, anotados por Althusser, que remiten a la construcción del
imaginario tanto individual como colectivo.
A partir de los presupuestos
implícitos en el título se apunta una visión homogeneizadora y unitaria, cuyo
punto de partida agrupa en una sola categoría la singularidad y variedad de un
grupo, fijando a través de una totalizadora frase nominal la diferencia.
Así, el cine configura y difunde un
imaginario social que alberga la re-presentación de la mujer como entidad
modélica de la condición femenina a partir de toda una atribución de funciones
definidas como propias, fundada a partir de una concepción biologicista que
constriñe a la mujer a sus funciones reproductoras, problematizada por la
crítica feminista a través del trayecto sexo – género, como comentaremos con
más detalle en un fragmento concreto.
Por
otra parte, el título instaura una conexión posteriormente explotada
argumentalmente por el film, esto es, la interrelación matrimonio- pacto
económico, desde los términos marido - precio fijo se establece una asociación
esposo – precio que alude directamente mediante la adjetivación, a un acuerdo
contractual que fija un precio, según leyes de mercado, por un determinado
servicio, en este caso, el rol de esposo.
Dos
aspectos nos parecen interesantes a este respecto, por un lado remite a la
concepción del matrimonio como un contrato establecido de mutuo acuerdo entre
dos personas, dictado a partir del poder adquisitivo, por tanto ubica la
institución matrimonial en el ámbito de capitalismo y las leyes del mercado más
que en la dimensión amorosa propia del sacramento. Por otra parte, el pago de
un precio por dicho servicio pensamos, augura al espectador la dimensión
farsesca a la que se adscribirán los protagonistas, cosmos de la simulación, y
representación de roles para la mirada social.
Las
primeras secuencias son representativas en este sentido, en tanto nos permiten
observar las intervenciones del “padrinito” de Estrella, según el apelativo por
ella acuñado, la verbalización del tutor de Estrella de sus obligaciones para
con ésta. Así, en nítida correspondencia con el contexto socio-histórico de
producción, apreciamos la concepción de la mujer primeramente vinculada a la
concepción biologicista del término, asimismo de acuerdo a ésta, Estrella
adquiere su valor en tanto mercancía, valor de intercambio cuyo cuidado debe
ser vigilado constantemente por un hombre, legitimando así el tránsito de la
autoridad paterna al esposo.
Evidentemente
el personaje de Estrella se nos presenta desde la fundación del film, como un
personaje cuya posición económica le brinda un determinado status social, cuyos
caprichos parecen haber sido consentidos desde siempre por su padrino y su
prometido, como metonimia de la sociedad en la que se desenvuelve. Sin embargo,
pese a esta calificación del personaje como muchacha caprichosa acostumbrada a
obtener siempre sus mínimos deseos, no provoca sino la legitimación de
aseveraciones como la anteriormente citada de don Nicolás respecto al ahora
imposible matrimonio con Julito como medio para “tenerla más sujeta”.
No se considera a este respecto la
transgresión de la fidelidad entre los prometidos, condición indispensable en
fechas previas al enlace que unirá sus vidas “hasta que la muerte los separe”,
y dado que ésta proviene del novio, don Julito, es presentada mediante un
amable eufemismo, esa “despedida de la juventud” a la que prosigue la cómica
réplica de don Nicolás, “de la juventud ya te despediste hace tiempo”. En
ningún momento se estima el engaño con otra mujer del prometido de Estrella
como factor fundamental o justificación lógica de la huida de ésta, únicamente
se plantea en términos referidos a la “insensatez” de la muchacha, nada
“sujeta” puesto que continua soltera.
Creemos dicha afirmación asume
plenamente el modelo moral y social impuesto por el régimen dictatorial que en
definitiva impuso el franquismo, en que la mujer debía estar “sujeta” y dicha
dominación debía ser en efecto, llevada a cabo por el hombre encargado de su cuidado,
primeramente el padre o tutor legal hasta que dicha función fuera asumida por
el marido.
Tal
y como establece el Código civil español en su artículo 57 “el marido debe
proteger a la mujer y ésta obedecer al marido”, como también a través del
denominado permiso marital se impone a la mujer la necesidad de una
autorización del marido para poder aceptar un cargo laboral, abrir un negocio o
cuenta bancaria o efectuar un viaje de larga duración. Apreciamos pues, como
desde la legislación se instaura una cultura patriarcal claramente opresora
para la mujer, difundida desde el discurso fílmico sin la más leve
problematización de dicha situación.
Observamos
pues, la concepción del matrimonio como un mecanismo de sujeción y dominación
sexual femenina, enmascarado por el maquillaje de ficciones amorosas difundidas
por el folletín, novelas rosa, el género romántico o el mismo cine. El sistema
de esta forma, vigila por la implantación de un imaginario social cuyo modelo
femenino se funda en la sumisión y dependencia al hombre, asumiendo plenamente
sus funciones biológicas.
Reflexionemos a este respecto como
el artículo citado, esto es, la legislación vigente en un determinado régimen
histórico establece primeramente una regulación de las esferas privadas del individuo,
reglamentación cuyo incumplimiento por tanto puede ser objeto de sanción civil
o penal. Por otra parte, dicha instauración imprime un desequilibrio en lo
referente a las relaciones entre el marido y la mujer, pues el marido debe
“cuidar” de la mujer en tanto ésta debe “obedecer” al esposo.
Se
legitima de esta forma, como garante de la armonía y felicidad conyugal una
manifiesta jerarquización, pues a uno de los sexos se le asigna el cuidado del
otro, protección de la que se infiere su menor capacitación y la necesidad de
salvaguarda, así como la imposición de la obediencia privilegia la superioridad
del sexo masculino cuyas órdenes no pueden ser cuestionadas, únicamente
cumplidas so penas regladas desde el marco legal.
En
este sentido asevera con Foucault: “En esas postrimerías del siglo XVII, y por
razones que habrá que determinar, nació una tecnología del sexo enteramente
nueva; nueva, pues sin razón de ser de veras independiente de la temática del
pecado, escapaba en lo esencial a la institución eclesiástica. Por mediación de
la medicina, la pedagogía y la economía, hizo del sexo no sólo un asunto laico,
sino un asunto de Estado; aún más; un asunto en el cual todo el cuerpo social,
y casi cada uno de sus individuos era instado a vigilarse. Y nueva, también,
pues se desarrollaba según tres ejes: el de la pedagogía, cuyo objetivo era la
sexualidad específica del niño; el de la medicina, cuyo objetivo era la
fisiología sexual de las mujeres; y el de la demografía finalmente, cuyo
objetivo era la regulación espontánea o controlada de los nacimientos”.[8]
La
posesión del poder, continuando con Foucault, implica tácticas de dominación y
represión, para su mantenimiento así como su expansión concreta a manera de
círculos concéntricos, a todos y cada uno de los ámbitos vitales. Tal y como
hemos anotado de acuerdo a la legislación imperante, el régimen dictatorial no
se sostiene solamente por la violencia obtenida mediante la fuerza, también
sostiene y configura una historia de la dominación, incluso sobre el cuerpo
como pilar para la exclusión y base de la sumisión.
De ahí por ejemplo, la incentivación
de la natalidad mediante recompensas económicas instaurada por el régimen
franquista, según el propósito de impulsar el crecimiento demográfico tras la
guerra civil, que en definitiva impone el ejercicio del dominio sobre el otro
fragmento de la nación, el femenino, a través de su condena a funciones
reproductoras.
De acuerdo al ejemplo propuesto,
apreciamos la configuración de todo un entramado de instituciones y prácticas
destinadas al ejercicio de la vigilancia de diferentes ámbitos de la vida del
individuo, al esbozo de un patrón vital de comportamiento que dirige las
elecciones en un único sentido, el matrimonio en el caso que nos ocupa.
Por
ello, cuando el padrino recibe mediante un telegrama enviado por Estrella la
noticia de su boda, nos hallamos ante el éxito final de la transacción
comercial, la mercancía ha sido adquirida, por lo que la reproducción y la armonía social están finalmente
aseguradas. Sin embargo, don Nicolás Mendoza no se haya únicamente “contento”,
sino también tranquilo o cuanto menos “descansado”, dado que su ahijada por fin
ha efectuado voluntariamente el tránsito a la autoridad del esposo, su labor
educativa – por otra parte, no excesivamente productiva según apreciamos por el
irresponsable comportamiento que caracteriza a Estrella a lo largo del film –
así como su deber de sujeción de la mujer a su cargo ha finalizado. Ahora será
el flamante esposo, la desconocida “víctima” la que deba velar por el control y
obediencia del objeto adquirido en
virtud del vínculo matrimonial.
Lejos nos hallamos de esa metáfora acuñada
por Virginia Woolf en 1929, “a room of own’s own[9]”,
esto es, una habitación propia, magnífica figura que sintetiza el incremento de
la presencia de la mujer en las esferas culturales en relación directa con el
avance de los derechos sociales, políticos así como la independencia económica.
En la España de los inicios del franquismo, la mujer casada se hallaba más
próxima a la Nora de Casa de muñecas[10]
que a la conquista de esa habitación propia, en semejante situación que una
menor de edad ante la ley, pues despojada de toda autoridad legal en virtud del
sagrado matrimonio necesitaba de la autorización del esposo para prácticamente
cualquier atisbo de independencia, como la aceptación de un empleo o la
apertura de una cuenta bancaria.
Dado
que desde San Pablo en su Epístola a los Corintios se recomienda
encarecidamente a los cristianos el sagrado sacramento, a fin de evitar, por
supuesto, la fornicación, por lo que dirigiéndose a las solteras y viudas
asevera “Mas sino tienen don de continencia, cásense. Pues más vale casarse que
abrasarse”, no debe extrañarnos el interés de Estrella de mostrar un marido a
sus amistades. Según la primacía concedida a la religión católica en el marco
del régimen franquista, asistimos a los desvelos de Estrella por hallar un
hombre digno de presentar como marido, puesto que de la anterior cita inferimos
el eterno castigo del fuego infernal -
o el de la lujuria, por tanto peor para la Iglesia Católica – para aquel que
desdeñe la citada institución.
Todo
ello implica que la mujer se halla ante un único o doble destino: casarse ya
con Dios ya con un hombre, el régimen franquista no contempla otra alternativa
para la regulación del deseo, como postula un personaje de Fernán Caballero ;
“tú te tienes que casar con el de arriba o con el de abajo”. De ahí, múltiples
frases hechas de nuestra cultura como “más vale casarse que abrasarse”, como
también la consideración negativa de la mujer que opta por transgredir el
esquema de ordenación social, que cercena el orden moral establecido: la
soltera, frecuentemente denominada mediante un aumentativo de connotaciones
negativas, la solterona.
Ante
tal itinerario diseñado para la mujer, matrimonio, vocación religiosa o
soltería, en cuyo caso, para la España franquista se renuncia voluntariamente a
las funciones reproductivas, la maternidad se torna imposible desde la primacía
de la virginidad para mujer que no ha formalizado su deseo mediante el
sacramento, no nos asombra la focalización del personaje femenino en esta
cuestión.
La configuración del otro- Mujer.
La Constitución Española de 1978
recoge los principios postulados en la Declaración de Derechos Humanos de 1948
–en la que se observa asimismo el tránsito del término “hombre” de la
Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, a la
generalización “humanos”-, tal y como se constata en el Art. 10, 2º : “Las
normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertados que la
Constitución reconoce, se interpretarán de conformidad con la Declaración
Universal de DH y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas
materias ratificados en España”.
Así, nuestra Constitución plantea la
igualdad genérica en diversos artículos, el 1.1., el 9.2 y el 14, concretamente
éste último subraya esta igualdad en los términos siguientes: “Los españoles
son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por
razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o
circunstancia personal o social”. Por tanto, desde la Constitución se plantea
la plena realización de los Derechos Humanos, sin distinción genérica en lo que
a la plena aplicación de derechos y libertades fundamentales se refiere.
Desde esta perspectiva de igualdad
genérica, podemos leer el artículo 20 de la Constitución española, por el que
se establece el reconocimiento y
protección de los derechos “a) A expresar y difundir libremente los pensamientos,
ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de
reproducción; b) A la producción y creación literaria, artística, científica y
técnica; c) A la libertad de cátedra; d) A comunicar o recibir libremente
información veraz por cualquier medio de difusión. La ley regulará el derecho a
la cláusula de conciencia y al secreto profesional en el ejercicio de estas
libertades”.
Sin embargo, 25 años después del
citado artículo, podemos apreciar con Mulvey, en el citado artículo, la
representación del cuerpo femenino en términos idénticos al modelo
cinematográfico clásico hollywoodiense, esto es, la configuración de una imagen
de la mujer deseada como objeto hermoso, espectacularizada de acuerdo a la
hiperbolización de su belleza como metonimia de su ser, mas negada en su
condición de sujeto deseante, despojada por tanto de su voz como derecho
esencial. Así, Mulvey establece en una conexión entre la mirada patriarcal y el
modelo hegemónico de representación, asociando ambos con el cine clásico
hollywoodiense, del que asevera debe su "magia" a un placer visual basado sobre la
diferencia sexual, en tanto hace de la mujer un espectáculo, un fetiche, un
objeto para ser observado y deseado. Por ello, Mulvey define la figuración
cinematográfica femenina como to-be-looked-at-ness[11].
Si Bazin concibe el cine como el
mayor acontecimiento de las artes plásticas, como un lenguaje capaz de
reproducir la realidad empírica - rasgo valorado sobremanera por este crítico –
Buñuel exhibirá, a través de Ese oscuro
objeto de deseo, la deconstrucción de las representaciones ideológicas,
ostentando las fisuras del discurso autofundado como real. En este sentido, el
texto fílmico plantea un doble movimiento, pues si primeramente parece
reproducir modelos sobre la imagen de la mujer que puntúan la historia de la
cultura, asumiéndolos como compactos, (re)productores de la realidad, realmente
deconstruye dichos modelos denunciándolos como constructos mediante la
inscripción del punto de vista generador de dichos encorsetados patrones
cognitivos.
Ya
en el título mismo Buñuel nos muestra las claves del film: Ese oscuro objeto
del deseo, pues en primer
lugar, la elección del adjetivo oscuro se define en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española como “ que
carece de luz o claridad”, así como entre sus acepciones hallamos “ confuso,
falto de claridad, poco inteligible” como también “ incierto, peligroso,
temeroso”. Así pues, la selección de
dicho término calificativo nos remite a algo enigmático, desconocido,
misterioso, algo que es necesario alumbrar para proseguir con el campo
semántico lumínico, darle luz pues, forma cognoscible y aprehensible. La
evocación con la feminidad se instaura de esta manera, desde el mismo título,
legitimando la colonización tras la revelación del misterio, puesto que el
enigma ha definido en gran manera figuras emblemáticas a partir de las cuales
se ha pensado la feminidad.
Asimismo la referencia a la carencia
de luz, nos evoca reminiscentemente los binomios reseñados por Cixous, para la comprensión de la diferencia sexual: Sol/Luna, Cultura/
Naturaleza, Día/Noche, Padre/Madre, Razón/Sentimiento....y en última instancia
Hombre/Mujer. Si primeramente podemos pensar dichas dualidades como oposiciones
binarias – término marcado frente a término no marcado – en realidad establecen
una jerarquía, dado que el término no marcado se entiende como universal, por
lo que la activación de las oposiciones significa que la parte izquierda del
listado se define a partir de la negación del primero.
Por
otra parte, el término objeto connota una serie de significaciones desde su
misma definición, por lo que seguidamente reseñamos las definiciones de la Real
Academia Española pertinentes para nuestra exégesis: “todo lo que puede ser materia
de conocimiento o sensibilidad de parte del sujeto, incluso este mismo”, “lo
que sirve de materia o asunto al ejercicio de las facultades mentales”,
“término o fin de los actos de las potencias”.
Por tanto, nos hallamos ante una definición por negación, de la misma
forma que respecto a los binomios apuntados por Cixous, en este caso puntuada
desde su oposición al objeto, ubicándonos en una posición pasiva, receptora de
la acción del sujeto, como por otra parte nos remite al ámbito de la
cosificación, la comprensión a partir de una mirada desde fuera, esa óptica del
extranjero que concibe por oposición a sí, designando la diferencia como
fetiche, apuntada por Mulvey en su célebre artículo, como seguidamente
detallaremos.
Finalmente, el sustantivo deseo se concibe
en el Diccionario de la Real Academia
Española como “movimiento enérgico de la voluntad hacia el conocimiento,
posesión o disfrute de una cosa”, fusionando el anterior sustantivo, objeto,
como ente receptor del proceso destinado a su posesión, a la revelación de su
enigma.
En
este sentido, enfatizamos el deseo como anhelo simultáneo de comprensión y
posesión de aquello desconocido y no poseído, como también representa el
mecanismo que despierta el discurso de escritura, la estrategia capaz de dotar
de forma y luminosidad a ese oscuro
objeto. Ansia de conocimiento y de posesión vehículan las acciones de
Mathieu en efecto, de la misma forma que nuestro anhelo de saber como
espectadores, se transfiere a los receptores de la narración de Mathieu en el
tren, vertebrando éste la lógica narrativa.
En
este sentido, apreciaremos cómo en este film se escenifica y de-construye el
proceso de generación del discurso constructor de la mujer, cómo se des-vela el
punto de vista, el agente responsable de su enunciación. Mathieu, responsable
en el film del discurso configurador de las imágenes femeninas padecerá los
mecanismos de la parodia a lo largo de todo el texto fílmico, y
consecuentemente toda la serie de textos procedentes de la tradición patriarcal
occidental.
Nos
encontramos, pues, con una mujer, Conchita, presentada como un enigma a
develar, como Otro al que intentar
dar forma y significado, en el sentido señalado por Lotman, perteneciente a la
esfera del caos y la sinrazón, que arrastra irremediablemnte al hombre recto y
razonable al amor fou. Conchita,
actualiza diversos referentes, sirena que atrae a un hombre con su abrazo con
el único fin de humillarle y destruirle, releyendo uno de los arquetipos
finiseculares por excelencia, la mujer fatal fuente de la perdición del hombre.
Sin embargo, finalmente nos encontraremos con una Conchita que se levantará con
voz propia sobre sí misma y su cuerpo, evidenciando las grietas del modelo de representación patriarcal.
La
mujer-Conchita como Otro misterioso, como una sirena, esfinge o medusa,
representaciones ya empleadas por los griegos de la Antigüedad para escribir a
las mujeres como un enigma, como objeto deseado pero nunca comprendido, tal y
como reseña Cixous respecto a la medusa, como ser al que es legítimo destruir,
en tanto encarna en sí misma la destrucción del hombre, como, por otra parte,
la muerte proviene de la mirada de frente a la mujer, la mirada directa a la
mujer implica la muerte del hombre.
Conchita
se metamorfosea en enigma, en misterio impenetrable y elusivo desde los vanos
intentos de Mathieu, constantes a lo largo del film, de penetrarla, tanto
sexualmente como lingüísticamente. Lingüísticamente puesto que Conchita se
presenta como un puro significante en blanco,
proclamando la necesidad de ser escrito, imbuido de un significado, al
que tan pronto como se hace coincidir con el estereotipo heredado, comienza a
desestabilizarse. Por ello, Mathieu reiteradamente a lo largo de la película,
se pregunta a sí mismo, a su primo el juez y a la propia Conchita, qué es lo
que ella busca, lo que ella desea – la pregunta freudiana-: cuál es su
significado.
Mathieu
se obstina en un intento de catalogación, de reducción comprensiva de Concha a
etiquetas cognitivas, según el modelo de comparación del que la herencia
patriarcal le ha dispuesto, la dicotomía recurrente a lo largo de la historia
de la cultura, Virgen / Prostituta. Ya desde el propio nombre de la mujer se nos
presenta esta dicotomía representacional de la imagen femenina: Conchita. En
efecto, Concha, puede significar primeramente una carencia, algo hueco, una
ausencia, una falta de voz propia, como también condensa un hipocorístico de
Inmaculada Concepción, por tanto además de nombre femenino, el nombre de la
Virgen exaltada por su pureza virginal. Por tanto, de manera similar a las
líneas aventuradas desde el título, en el mismo nombre de la protagonista
hallamos sin duda la tensión cognitiva
entre la que Mathieu va a intentar apresarla: misterio - prostituta -
virgen. Una figura pues, discontinua de Conchita que el mismo Mathieu percibirá
de manera sensible a través de la doble representación de la protagonista en
dos actrices diferentes. Ni Mathieu ni el espectador sabrán jamás cuál de las
dos es la auténtica, aunque finalmente comprenderemos que tal vez no sea
ninguna de las dos.
De
esta manera, la relación entre ambos marca una distancia insalvable entre el
sujeto y el objeto, siguiendo a Linda Williams la posición perpetua de Mathieu
como voyeur, enfatiza la necesidad
esencial de una distancia entre sujeto y objeto para que el deseo entre en
juego[12].
Deseo, incomprensión del objeto y escritura del otro femenino se encuentran por
tanto fuertemente ligados en este film, bajo la ridiculizada figura de Mathieu,
al tiempo que, subvertidos desde la demanda de independencia física pero sobre
todo verbal por parte de Conchita, una Conchita incatalogable que para Gámez
Fuentes "desmitifica la figura de la
mujer como categoría que garantiza el deseo de plenitud del hombre exponiendo
cómo la mujer se convierte en fantasía fabricada por éste"[13].
Frente al modelo femenino ligado a la maternidad y la
reproducción, nos hallamos ante Conchita, personaje que se resiste a un
arquetipo patriarcal que ostenta sus grietas al contacto con su cuerpo. ¿Qué
desea Conchita?,Conchita ni es la Prostituta ni la Virgen del Eterno Femenino,
su aspecto no coincide con el de Bouquet ni con el de Molina. Ni Mathieu ni el
espectador serán capaces de averiguar el “auténtico” femenino perseguido
obsesivamente a lo largo de todo el film, si es que éste existe. Al menos sí
poseemos la certeza en lo referente a Conchita como una “mujer moderna”, no
etiquetable bajo las antiguas clasificaciones, que escapa de la masculinidad
patética que Mathieu representa. Desde esta perspectiva, Conchita es a-normal
dado que no reproduce un modelo impuesto, no se circunscribe a la pauta de
comportamiento diseñada para cada anatomía.
Por
ello, el film nos brinda numerosas ocasiones en que Conchita cuestiona la voz
constructora del hombre-Matieu y reclama una voz propia, su libertad de
expresión: "Intentaste
comprarme, como un mueble”, le reprocha ella perfectamente consciente de la
cosificación a que la rebaja Mathieu. Como también reclama en otra ocasión la
propia autoría del sí misma, la no pertenencia a nadie: “Me he educado solita,
y hago exactamente lo que me da la gana”, lo que se amplifica en la secuencia
en que Mathieu, ofendidísimo, la encuentra bailando desnuda con los turistas
extranjeros y proclama furioso: “Ven conmigo, vámonos!” a lo que ella responde
segura de sí: “Ni me voy ni me tocas un pelo” e “Idiota!, has hecho el ridículo
por celos. Y yo me pregunto con qué derecho, porque no eres mi padre ni tampoco
mi amante. No (...) No soy de nadie, sólo de mí misma”.
De
manera semejante, reprochará a Mathieu su no comprensión, el hecho de no haber
sido capaz de percibir positivamente, error que le ha enmarcado en la creencia
de la posesión del cuerpo – otro: “Nunca me has entendido”, asimismo en otra
ocasión “tú no conoces a las mujeres. Te crees que por haberme comprado una
casa tienes todos los derechos sobre mí”.
Por lo que, Conchita, finalmente reclama su poder para decidir sobre su
propio objeto de deseo: “La guitarra es mía, y la toco a quien me gusta”.
Por tanto, según hemos apreciado a partir
de Ese oscuro objeto de deseo, la
declaración y reconocimiento de la libertad de expresión recogida por la
Constitución Española dibuja un modelo representacional en que la mujer aparece
como objeto de deseo de manera explícita, e incluso en aquellos films
ideológicamente más progresistas como capaz de disfrutar con el sexo y
reivindicarlo, evidentemente sin desligarse de su condición de objeto. A este
respecto, escasos filmes cuestionan la asignación de roles, sino que esbozan la
definición
femenina a partir de la negación, el otro término de los binomios planteados
por Cixous, el Otro como afirmaría Lacan, lo que implica encarcelarla en el
binarismo sexual y la política sexual propia de la cultura patriarcal en que se
inserta, dado que la excluye del lenguaje,
pues si el lenguaje se articula en esas oposiciones binarias, como
afirma Cixous, la mujer no tiene lugar en el mismo.
De
esta forma, los personajes se definen en relación a un patrón cultural que fija
identidades (“ser hombre”, “ser mujer”), una constatación de paradigmas o
modelos identitarios a partir de identificaciones con ideales culturales. En
este sentido se sustenta una división masculino/femenino tras cuya definición
de patrones persiste un poderoso instrumento de poder y control. Nos hallamos,
como Colaizzi[14] ha anotado
acertadamente, ante la dimensión social de la existencia y la experiencia
humana, ante ese “tener que demostrar” constantemente nuestra adscripción a uno
de los dos términos del binomio para que ese otro nos identifique claramente,
de forma que ese “deber demostrar” se convierte en un “deber ser” para la
mirada del otro.
De la misma manera que en el ejemplo
aducido por Colaizzi para su argumentación, respecto a Lo que el viento se llevó (1939) reproduciendo un fragmento de una
conversación mantenida entre Rhet Butler y Escarlata O’Hara, el querer que
demandan Rhet y Miguel como lugares del saber, la autoridad y el poder, remiten
a un “deber social” de la mujer. Se instaura así, parafraseando a Simone de
Beavoir en el artículo citado de Colaizzi en su eterna máxima: “No se nace
mujer, llega una a serlo”, una concepción de la feminidad como un trayecto,
como un proceso que desemboca en ese “llegar a ser”.
La asignación de tareas se puntúa de
acuerdo a la biología, comprendida desde el sistema sexo/género acuñado por
Gayle Rubin[15],
frecuentemente citado por la teoría feminista, en tanto reseña la escisión
biología por un lado y, por otra la mujer como ese “deber ser social” que
venimos reseñando, el trayecto y producto configurador de la feminidad.
En palabras de Rubin citadas por
Colaizzi:[16] “ un
sistema sexo/género es el conjunto de disposiciones por el que una sociedad
transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el
cual se satisfacen las necesidades humanas transformadas...”
En efecto, la distinción planteada
por la crítica feminista entre sexo y género separa a la hembra de la mujer,
distingue la biología de la dimensión socio-cultural al tiempo que establece
una separación entre el cuerpo sexuado como determinación biológica y las
marcas de representación de la masculinidad y feminidad esbozadas tanto por los
códigos sociales como por las pautas culturales.
Así la barra mostraría para Colaizzi
“lo que separa a la hembra de la mujer”, la cual siguiendo a Judith Butler
comprende el sexo como una construcción cultural, de la misma manera que el
género, el sexo sería el medio a través del que la “naturaleza sexuada” se
establece como “pre-discursiva”, anterior a la cultura, una superficie
políticamente neutra sobre la que la cultura actúa. En este sentido, ni el sexo
ni el género serían atributos pertenecientes a los cuerpos, sino el citado
proceso, ese “llegar a ser”, una manera de existir socialmente y por tanto
medios de representación y autorepresentación, una “tecnología social”,
terminología apuntada por de Lauretis en The
Technology of Gender.
La
tecnología se define, siguiendo a Foucault, como “conjunto de los efectos
producidos en los cuerpos, los comportamientos y las relaciones sociales”. Por
tanto, la comprensión del género como tecnología constituye uno de los factores
determinantes de producción de lo social y del sujeto en términos de Althusser,
como un subiectum según la terminología latina, un ser sujetado a una entidad superior,
que existe únicamente para seleccionar su propia sujección. El género se
entiende así de la misma manera que la ideología, como “una representación
imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia”
Entre
otra tecnologías, el género efectúa pues un proceso de semiotización del
cuerpo, produce que cada cuerpo signifique para sí mismo y para otros,
construyendo el binarismo sexual. De esta manera para Colaizzi, la definición
del género como tecnología permitiría la comprensión de las mujeres como signo,
una articulación de diferencias en el seno de un sistema, un conjunto de
factores irreductibles a la diferencia sexual que las ubican en un horizonte de
sentido específico para cada sujeto individual.
De acuerdo a Butler la fundación de
una heterosexualidad obligatoria y naturalizada estructura el género como una
relación binaria en la que el término masculino se diferencia del femenino a
través de prácticas de deseo heterosexual. Para esta autora no es pues posible,
el constructo de una identidad sexual coherente de acuerdo a los ejes
masculino/femenino, pues la identidad se base en la constante fijación de otro,
reforzada por los discursos de los aparatos ideológicos, como es el cine.
Sin embargo, el cine español más
reciente no ha generado todavía una imagen femenina capaz de denunciar todos
los constructor y a partir de la cual construir un imaginario colectivo dotado
de voz propia, como afirma Montesinos[17]:
“De eso depende la construcción de una nueva cultura que libere tanto a hombres
como mujeres, de estructuras sociales de poder que imponen condiciones
autoritarias entre los géneros”. Abogamos por tanto, por nuevos discursos o
reescritos discursos capaces de construir un imaginario colectivo en que el
silencio femenino no sea planteado como único modelo de representación de la
condición femenina.
.
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[2] Opus cit., pág.124.
[3] Opus cit., pág. 124.
[4] Opus cit., pág. 144.
[5] Opus cit., pág. 154.
[6] Opus cit., pág. 155.
[7] Mulvey, Laura, Placer
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[8] Foucault, Michel, Historia de la sexualidad 1. La voluntad de saber, Madrid, Siglo
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[9] Woolf, Virginia, Una
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[13] Gámez Fuentes; María José: Ese oscuro deseo del objeto. Una lectura de Buñuel , València,
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[14] Seguimos las nociones expuestas por Colaizzi, G., Género y tecnología(s): de la voz femenina a
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[15] Rubin, Gayle, El
tráfico de las mujeres: notas sobre la economía política del sexo, Nueva
Antropología, 30, noviembre 1986, México.
[16] Opus cit., pág. 107.
[17] Montesinos, Rafael, “Cambio cultural y crisis en la
identidad masculina”, El cotidiano.
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1999.