LOS LÍMITES DE LA CONSTRUCCIÓN MEDIÁTICA DEL PRESENTE
Dr. José María Bernardo Paniagua.
Prof. Titular de Comunicación Audiovisual
Universitat de València
INTRODUCCIÓN
El ámbito temático de este
congreso ofrece un amplio abanico de posibilidades a la hora de abordar el
estudio de la libertad de expresión en los últimos 25 años de nuestra historia.
Entre todos ellos, se ha optado por uno que puede considerarse de carácter
epistemológico o metodológico. De hecho, no pretende estudiar una situación
concreta de existencia o carencia de libertad expresiva, ni tampoco trazar e
interpretar el desarrollo de ese fenómeno a lo largo del periodo objeto del
congreso. Antes bien, intenta centrar la atención en algunos aspectos de la
limitación de la libertad de expresión que tienen su origen en la propia
estructura del sistema de comunicación e información (local, estatal y global)
periodística, audiovisual y electrónica (digital y virtual).
El contenido y significado
del título de esta comunicación: los límites de la construcción mediática del
presente alude, pues, a la determinación que ejerce el propio proceso de
producción, circulación y consumo de los productos comunicativos e informativos
en el desarrollo de la libertad de expresión. A modo de resumen, en este
trabajo se pretende analizar cómo y por qué dicho proceso constituye uno de los
supuestos básicos de la evidente restricción de libertad de expresión que
conlleva la construcción de la realidad social, de la cotidianidad, que
presentan los diferentes discursos mediáticos.
Por otra parte, se pretende
realizar el tratamiento de cuanto se ha subrayado hasta el momento dentro un
determinado marco de reflexión que hace referencia a una función específica de
los medios de comunicación y, por tanto, de los profesionales que realizan su
trabajo en ellos: la de construir la historia del presente de una forma
determinada. A nuestro entender, esa forma de hacer la historia responde más
que nada a las imposiciones que, como se ha dicho, ejerce la propia estructura
empresarial-mercantil de los medios sobre la actuación y comportamiento de los
responsables de la construcción de la realidad.
Desde esa perspectiva se
tratarán los diferentes epígrafes del trabajo. Estos se refieren, básicamente,
a la delimitación de la labor de los dueños y profesionales de la información
como historiadores del presente y a la particularidad de los discursos
mediáticos construidos de acuerdo con unas coordenadas que responden a un
determinado paradigma historiográfico cuyo desarrollo contribuye a justificar y
reforzar el modelo de sociedad que se rige por la lógica mercantil del sistema
económico imperante. En resumidas cuentas, todos esos epígrafes intentan
conformar una argumentación coherente encaminada a probar que los discursos
mediáticos del presente no están fundamentados en la libertad de expresión que
conllevaría una perspectiva crítica y plural, sino más bien en los límites o
posibilidades que ofrece el sistema de comunicación como subsistema de una
sociedad con una determinada lógica socio-económica, política e ideológica: la
neoliberal y mercantil-financiera.
1. INFORMADORES E
HISTORIADORES
En este primer epígrafe se pretende especificar tanto el paradigma
historiográfico que predomina en la construcción del presente a través, sobre
todo, de los discursos mediáticos de carácter eminentemente informativos como
el papel responsabilidad que puede atribuirse a los dueños de los medios y a
los profesionales como productores y trasmisores de una determinada visión de
la realidad social contemporánea.
Cuando se habla desde la perspectiva del
historiador como científico social y de la historia como rama o disciplina
institucionalmente reconocida y valorada, difícilmente se podrá admitir que al
informador , al constructor de los relatos mediáticos, se le atribuya semejante
título, capacidad y responsabilidad. Lo mismo ocurrirá con el objeto / producto
de la información, con los discursos
informativos a los que, desde esa perspectiva institucional o académica, nadie
concederá otro valor que el de documento o testimonio a partir del cual se
construye la auténtica historia científicamente reconocida.
No cabe duda que existen múltiples
argumentos para mantener y defender ese planteamiento, y no seremos nosotros
quienes lo pongamos en entredicho, siempre y cuando nos coloquemos en ese mismo
ámbito científico e institucional del debate. Ahora bien, el discurso histórico
institucional y académico tienen, como hechos comunicativos, una situación o
contexto determinado de producción y recepción que responde a un determinado
estatuto de acción e interacción investigadora y una determinada pragmática que
rige en el limitado mundo de la difusión / comunicación científica
especializada o de carácter divulgativo.
No obstante, si trascendemos ese espacio,
a todas luces restringido, de la historia científico-institucional y nos
colocamos en el espacio comunicativo en el que intervienen y actúan los medios
de comunicación de masas, los media, la situación comunicativa es muy
diferente y los elementos y factores que
determinan la interacción comunicativa cambia radicalmente, aparecen
nuevos protagonistas, nuevos discursos y nuevos modelos de recepción y consumo
e interpretación. En la comunicación mediática, quienes definen los parámetros
comunicativos de la producción, la transmisión y la recepción proceden en sus
acciones de acuerdo con supuestos e intereses determinados por las líneas de fuerza, las reglas, que
marca la dinámica del sistema socio-comunicativo imperante.
En ese espacio es, precisamente, en el
que se enclava nuestra intervención
analítica, crítica e interpretativa y, dentro de él, es donde, con todo
el derecho y rigor, se puede defender que los dueños de la comunicación e
información junto a los profesionales encargados de construir los discursos
cumplen un papel con respecto a la construcción de los relatos de la historia
actual, la de la cotidianidad, similar al que cumplen los historiadores en el
ámbito científico e institucional
(Silvestrone,1994: 58 y 76).
La historia y los historiadores
institucionales, como responsables de su construcción y conformación, han sido
objeto de numerosas revisiones en función de contextos socioeconómicos,
ideológicos y específicamente científicos y, por esa misma razón, una
aproximación exhaustiva a este fenómeno exigiría una revisión coherente y
compleja de los paradigmas historiográficos para poder profundizar en los
modelos y enfoques históricos, la delimitación de los objetos y los métodos de
trabajo e investigación. Esos paradigmas, por otra parte, aunque quizás no han
marcado las pautas de actuación de los
informadores mediáticos sí que pueden constituir un perfecto referente
para el estudio crítico de las construcciones históricas provenientes de los
medios escritos y audiovisuales.
En este sentido, la elección de una
perspectiva historiográfica para estudiar los discursos informativo-mediáticos
ha de comenzar por definir el paradigma “imitado” en las producciones
mediáticas ya que sólo desde esa operación podrá comprenderse e interpretarse
el siguiente interrogante ¿qué historia del presente se construye y trasmite a
través de los discursos mediáticos?.
El paradigma positivista y
evenemencial es, a nuestro entender, el que define y dirige el proceso de
la construcción de la cotidianidad. Este paradigma, que ha tenido, y tiene, un
predicamento relevante en los últimos años en la investigación histórica, no
sólo tiene unos ejes dominantes sobre los que construyen los relatos de la
evolución de la sociedad como objeto específico de la disciplina histórica,
sino que responde a unas exigencias extradisciplinares que la sociología de la ciencia está
obligada a desentrañar y, además, surge como superación o enfrentamiento de
paradigmas anteriormente vigentes.
Es decir, la delimitación del paradigma histórico-historiográfico
que se pone en práctica, consciente o inconscientemente, en los discursos
mediáticos no es posible analizarlo de modo correcto si únicamente enumeramos
los rasgos que lo caracterizan. Antes bien, se ha de contextualizar teniendo en
cuenta las fuerzas que lo determinan, los intereses a los que responde y,
además, aludiendo a los paradigmas a los que se enfrenta o, simplemente, deja
de lado al recurrir a otro de rasgos y exigencias diferentes.
La historiografía de carácter evenemencial y presencialista que
desarrollan los investigadores de ámbitos diversos responden a la estructura y
dinámica que, basada en los principios del neoliberalismo, definen la sociedad
contemporánea y, al mismo tiempo, se
conforma ideológicamente como pensamiento único (Chomsky y Ramonet, 1995: 55-98) del
que, sin duda, la investigación histórica y las obras y relatos
históricos son una parcela importante. Precisamente por eso, la delimitación
del objeto de investigación, los ejes temáticos dominantes y el modelo
explicativo elegido inciden en conceder
relevancia a la individualidad como parámetro significativo con respecto a los
protagonistas de la historia, a los hechos seleccionados y la explicación de
los mismos. Al mismo tiempo, se elude recurrir a la complejidad, interacción de
factores, a la hora de desarrollar las causas y extraer las consecuencias.
Finalmente, la tendencia fundamental de este paradigma se reduce normalmente a
la descripción frente a la lógica exigencia de la interpretación que la historia, como toda ciencia social,
ha de tener entre sus objetivos primordiales.
Este planteamiento contrasta con el de
los paradigmas que podemos denominar dialécticos o críticos, vigentes en otro
contexto social y científico,
partidarios de que las
construcciones de la historia que proponen como formas de interpretar la
realidad histórica que asumen como objeto de estudio vienen caracterizadas por
la complejidad que define la interrelación de factores sociales, económicos,
políticos e ideológico-culturales con la finalidad de profundizar en las
razones, causas, que subyacen a los acontecimientos que se pretende no sólo
enumerar o analizar sino, básicamente, interpretar intentando superar en todo
momento la mirada superficial que pretende únicamente conceder relevancia a
hechos y situaciones o personajes al margen de los supuestos de su producción.
Ya hablemos de historia social, historia
total u otras denominaciones que caben dentro de ese paradigma que hemos denominado
dialéctico y crítico, además del sustrato de complejidad como supuesto básico
de caracterización, es preciso reconocer, entre sus preocupaciones
fundamentales, la superación de la visión de la historia como relato de hechos,
situaciones o personajes tanto individuales como excepcionales y asumir la
colectividad, los diversos grupos sociales, sus interrelaciones y conflictos ,
como auténticos componentes de la evolución de la sociedad.
La historia que posponen o desdeñan
quienes construyen la historia evenemencial y positivista, del siglo XIX y de hoy en día, es
la que podría delimitarse en estos términos: campo del saber, perteneciente al
ámbito de las ciencias sociales y humanas, cuyo objeto de estudio es la
evolución de la sociedad a través del tiempo
(diacronía) o en un momento determinado y en una sociedad concreta (sincronía). Esta sociedad ha de entenderse
como el conjunto de factores que en ella interactúan (determinaciones, condiciones, influencias) y ha de ser
analizada, comprendida e interpretada de acuerdo con un modelo (representación e interpretación)
caracterizado como complejo, interactivo, interpretativo y crítico. El método
de estudio, en fin, ha de ser hipotético-deductivo, crítico, dialéctico, plural
e interdisciplinar.
En cambio, los medios de
comunicación ha optado por un modelo historiográfico que responde a las
exigencias del evenemencialismo
como paradigma historiográfico eficaz para satisfacer los intereses de los
dueños de la comunicación e información que se traduce en una propuesta
narratológica al margen de la compleja interacción de factores que determinan
la realidad social. Con ello, se pretende trasladar al consumidor (lector o espectador) una realidad
cotidiana sin raíces ni determinaciones en la que el conflicto es la excepción,
las diferencias socioeconómicas son tan lógicas como naturales, los
acontecimientos responden a la lógica de quienes los cuentan y no a la
complejidad de quienes los viven .
3. HISTORIA Y
COTIDIANIDAD
Una vez especificada la
labor de los informadores como historiadores del presente y puesto en evidencia
el significado y trascendencia de la selección del modelo y método
historiográfico definido como positivista y evenemencial, es preciso incidir a
continuación en la delimitación de la cotidianidad como realidad historiable y
como construcción mediática.
Para afrontar la primera cuestión se puede partir de las
palabras de Cruz (2000: 328-329) donde afirma que: “En
contra de lo que a veces tiende a pensarse, la reflexión acerca de la historia
apunta al presente (de ser posible,
por decirlo con palabras ajenas, al corazón del presente). E1 rodeo por el
pasado, el recurso a lo ocurrido, tiene algo de procedimiento metodológico, de
banco de pruebas para mejor medir nuestra autoconciencia. Quizá el malentendido
de que el historiador se preocupa exclusivamente por el pasado, y de que el
filósofo de la historia, que le acompaña en el viaje, se dedica a especular
sobre el sentido de ese cancelado, tenga relación con supuestos teóricos que han
dejado de funcionar. Cuando los hombres vivían en el convencimiento de la
continuidad del género humano, cuando se miraban en el ejemplo de las
generaciones anteriores como quien se mira en el espejo, la mirada
retrospectiva fundía en un mismo gesto la curiosidad por el pasado y el interés
hacia el presente.
Hoy eso ha cambiado (y, por lo que parece, de modo
irreversible). No hay modo de obviar un dato de conciencia: el hombre con temporáneo se siente nuevo,
otro. Vive en el convencimiento de estar instalado más allá de la ruptura. Su
realidad nada tiene que ver con la de quienes le precedieron en el uso de la
palabra y de la vida”.
El presente ha de ser, pues,
historiado, ha de constituir un objeto primordial de la investigación
histórica, de los historiadores e incluso de los filósofos de la historia.
Ahora bien, desde nuestro punto de vista, los responsables científicos de la
elaboración de la historia, historiadores y filósofos, no son los únicos
responsables de la construcción de la historia; antes bien, comparten esa
responsabilidad con novelistas, ensayistas y también con los dueños de los
medios y los profesionales de la
información. Estos últimos quizás actúen
como elementos subsidiarios, pero también se convierten en responsables,
como veremos, de un tipo de discurso histórico cuyo objeto es el presente, lo
cotidiano, y que, por su gran difusión,
adquieren una trascendencia especial en la sociedad actual. En palabras de Ramonet (1998: 85) “Millones de ciudadanos
ven cada noche un telediario. En casi todos los países del mundo. Y lo hacen
generalmente –las encuestas lo confirman- con gran atención. Esta enorme
audiencia (en comparación, supera a la
de la prensa diaria, incluyendo todos los rotativos) suscita fundamentalmente
dos tipos de codicias: comerciales y
políticas.
Publicitarios y políticos
ponen sus empeños en este espacio televisivo, polo de atracción de todas las
miradas al comienzo de la noche, con el afán de situar, bajo la mirada
convergente de los consumidores-electores, productos e ideas, objetos y
programas”
Si tenemos en cuenta lo dicho, no parecerá, pues, baladí afrontar
el fenómeno de la construcción de la cotidianidad trasmitida por los medios de
comunicación como objeto de investigación histórica y comunicativa a la vez. Al
fin y al cabo, se trata de dilucidar el entramado del proceso de producción,
circulación y recepción o consumo del paradigma ideológico que subyace a los
relatos histórico-mediáticos generados por los dueños de la información para
configurar el modelo de sociedad que se presenta a los consumidores de esos
discursos como miembros de esa misma sociedad valiéndose, como subraya Cruz
(2000: 329), “de la hegemonía poco menos que absoluta que en la configuración
de las conciencias tienen los grandes medios de comunicación de masas”
Como paso intermedio entre el
planteamiento de los supuestos teóricos de este trabajo y el análisis e
interpretación de las manifestaciones reseñadas como más relevantes, conviene
delimitar el significado y alcance que se da a tres de los términos, conceptos,
que, junto a los ya expuestos en relación con la historia e historiografía,
constituyen el soporte del contenido de este trabajo: construcción, cotidianidad y discursos mediáticos.
Con el término y concepto construcción
se alude, por una parte, al proceso de producción de los discursos en los que
se conforma la realidad cotidiana
(ideología, pensamiento y acción o comportamiento) incluyendo dentro de
ese proceso los intereses de los emisores, la dinámica de la producción, los
productos y la recepción / consumo
(comprensión e interpretación) de los mismos. Por otra parte, hace
referencia a la construcción de la realidad social que ha de contemplarse desde
ámbitos científicos tales como la antropología, la sociología y la teoría
de la comunicación y que supone la configuración de los hechos, de la
realidad, de la cotidianidad, de acuerdo con los modelos ideológicos de los
emisores dueños, profesionales...) y, en su caso, de los receptores: usuarios o consumidores.
La
delimitación del término y concepto de construcción, por su parte,
participa de los supuestos teóricos de la sociología, sobre todo la llamada
sociología del conocimiento, de la antropología, de la psicología y, desde luego,
de la sociosemiótica y de la teoría de la comunicación según los cuales todo
discurso, toda construcción simbólica, toda conformación del imaginario (mentalidad o ideología) constituye un
proceso activo del emisor / responsable de los discursos y no únicamente una
transmisión o traslación objetiva de la realidad acaecida . Al mismo tiempo,
toda actuación, personal-individual o colectiva, es también un proceso complejo
de conformación del modo de pensar y de actuar de los agentes sociales en los
más variados ámbitos y situaciones.
Cotidianidad, por su parte, hace alusión a una pluralidad de
ámbitos del pensar y del actuar. Como mínimo, podemos hablar: a) de la cotidianidad que se pretende
conformar desde los discursos, en este caso mediáticos; b) de la cotidianidad
vivida por los agentes sociales tomados individualmente y en las diversas interacciones; c) de la
relación existente entre los discursos y las vivencias en tanto en cuanto los
discursos pueden conducir a posibles cambios socio-ideológicos, políticos,
culturales, etc... En definitiva , tiene que ver con el denominado por los sociólogos cambio social, que posee causas,
manifestaciones e implicaciones diversas.
Los discursos mediáticos, en tercer lugar, han de ser estudiados dentro de la estructura y dinámica actuales del sistema de la información y de la comunicación donde necesariamente interactúan los intereses de los dueños de la comunicación, su plasmación en las formulaciones de ideologías dominantes en la sociedad contemporánea, la peculiaridad de los procesos de producción, circulación y recepción, consumo y, como un apartado muy específico de la particularidad de cada discurso por cuanto supone una forma específica de construir la realidad, la especificidad del medio y las normas del propio discurso.
Por lo dicho anteriormente, el paradigma
historiográfico más eficaz para adecuar
los discursos mediático-informativos a los intereses de los responsables y
productores de los mismos es el denominado evenemencial, positivista y presencialista frente al
crítico-dialéctico de la historia social y total. A continuación, es preciso,
aunque sea sucintamente, aludir ahora a las implicaciones fundamentales que
conlleva su puesta en práctica en el ámbito mediático; esto es, a las pautas
que emergen de su delimitación y que hacen referencia a la concepción de la
historia o modelo explicativo, al referente y al objeto de la misma como base
de la tematización, al modelo de representación y a la retórica que rige la
perspectiva narratológica y la estructura narrativa que se aplica a los
discursos informativos.
La
primera cuestión puede resumirse afirmando que, acorde con el paradigma
citado, la historia es representada en
los medios, como el conjunto de acontecimientos, hechos o sucesos carentes de
conexión explícita y definidos por el protagonismo de agentes individuales
especialmente relevantes por el lugar preponderante que, según las exigencias
del modelo de sociedad vigente, les atribuyen
quienes actúan como controladores sociales, económicos, políticos,
culturales y, por supuesto, comunicativos. Es decir, por una parte, dejan de
lado la interrelación dialéctica de causas y factores que rigen la dinámica
real de la sociedad en la que los comportamientos individuales sólo adquieren
su auténtica dimensión como componentes
de grupos, colectividades o clases sociales; por otra, minusvaloran o relegan el papel determinante
de la actuación colectiva , de la conexión de las acciones y de las formas de pensar en función de las
interacciones de los subsistemas. En resumidas cuentas, atribuyen la relevancia
socio-histórica a los individuos al margen del grupo al que pertenecen y del
que son deudores y presentan los acontecimientos como fragmentos aislados de
sus auténticos contextos.
Desde esa perspectiva o punto de vista
histórico-historiográfico (la historia como conjunto de aconteceres inconexos
protagonizados por individuos dotados de especial relevancia atribuida por los
que dominan en cada sociedad) es lógico que el referente para la construcción
de la cotidianidad como objeto de la historia mediática actual se centre
en las biografías de aquellos a los que
se atribuye la categoría de personajes relevantes como agentes sociales de
carácter individual y aislado; los sucesos relacionados con cualquiera de los
ámbitos que componen la sociedad
(político, económico, social y cultural e ideológico) considerados
fragmentariamente, sin relación alguna entre ellos y, menos aún, con las causas
que los producen; el devenir, en suma, o la evolución de acontecimientos
individualizados al margen de las inexcusables interrelaciones de carácter
estructural y sistémico que define realmente la sociedad.
El informador como historiador, en
definitiva, está empeñado en presentar o describir hechos, acciones o
comportamientos, nunca interpretar, desde una perspectiva crítica y dialéctica,
las causas, determinaciones o condicionamientos contextuales que subyacen a las
apariencias o manifestaciones particulares de individuos o ámbitos en
situaciones y contextos determinados.
La retórica, en fin, que emana de ese
modelo o punto de vista historiográfico y que actúa como la norma que rige la
construcción de la cotidianidad en los relatos que se producen en los programas
informativos está definida por algunos rasgos dominantes en cuanto al modelo de
narrador, al punto de vista empleado, a las acciones seleccionadas y a sus
protagonistas y, finalmente, en cuanto a lógica específica desde la que se
interrelacionan tanto los agentes (actantes, personajes) como las acciones, los
espacios y los tiempos que se eligen
como elementos o factores de contextualización.
En los textos históricos, ya procedan de
especialistas o de divulgadores, el tipo de narrador omnisciente que se conforma
a través de mecanismos diversos:
tercera persona. estilo indirecto libre, impersonalidad es el dominante,
entre otras razones por su carga, al menos aparente, de objetividad y
distanciamiento, pero también podemos observar que actualmente adquieren importancia
los relatos autobiográficos o las monografías en torno a determinados
personajes (políticos, artistas,
deportistas, etc…). En los relatos informativos, sobre todo los audiovisuales,
podemos constatar una tendencia similar, por más que se empleen recursos
diversos que, aún persiguiendo siempre la autoridad del narrador distanciado y
omnisciente, hagan creer en la cercanía que trasmite la presencia de los
protagonistas, la intervención de los comentaristas, las acotaciones del
presentador o la incidencia del directo.
Ahora bien, sin restar importancia al papel jugado por el modelo
de narrador, es evidentes que, al menos a nuestro parecer, es más significativo
a la hora de construir el relato histórico, el desarrollo y evolución de una
sociedad, el punto de vista y la focalización que impone el autor o emisor
responsable del relato que, desde luego, usa a su antojo el tipo o tipos de
narrador y las voces narrativas porque ese recurso es precisamente el que marca
la lógica narrativa del relato y, sobre todo, traduce la ideología del
responsable, responsables, de la producción textual a las coordenadas
narrativas retórico-contenidísticas.
En este sentido, los relatos
mediático-informativos dominantes están, en su mayor parte, construidos desde
el punto de vista de la ideología subyacente al evenemencialismo, positivismo o presencialismo y tienen como
efecto narratológico más importante el carácter acrítico y no dialéctico que se
manifiesta en la construcción de trayectorias, de personajes y acontecimientos,
situaciones, sucesos, al margen de los contextos complejos en los que realmente
se producen y, por lo mismo, al margen de las interrelaciones, a veces
contradictorias y siempre plurales, de los factores (sociales, políticos, económicos y culturales e ideológicos) que
intervienen en el entramado complejo de la sociedad en la que actúan los
sujetos, personajes, y tienen lugar las acciones, los sucesos, las actuaciones
y los comportamientos.
El punto de vista y focalización que se
soportan, como hemos dicho, en ideologías precisas (neoliberalismo, pensamiento único) y características del momento
histórico cultural de la era o sociedad de la información en la que todos estos
discursos surgen, están en la base, del proceso de producción de los diversos
textos o discursos que están conformando los relatos sobre el devenir
socio-histórico actual, de la cotidianidad. Rigen, por tanto, la selección de
los individuos, personajes o agentes que son presentados como protagonistas de
la historia en función de la relevancia que poseen en los distintos ámbitos que
representan y del dominio que ejercen en la propia sociedad e imponen los
referentes y las normas de la tematización informativa.
La lógica actancial representada o
resaltada en los discursos informativos de los medios responde a las exigencias
del neoliberalismo socioeconómico y del pensamiento único y no corresponde con
aquella que podemos observar como la específicamente cotidiana, compleja y
plural como efecto de múltiples situaciones y factores que intervienen en ella;
antes bien, se construye como un proceso lineal tanto para la presentación de
los personajes como para las acciones
que se seleccionan como ejemplo paradigmático de la sociedad actual.
Los espacios y tiempos del relato, en fin, son escrupulosamente
elegidos para contextualizar una historia sin fisuras marcada por la
fragmentación como atributo más característico. Por eso mismo, se concede
relevancia a los espacios y tiempos del poder, de la fiesta, del dolor o del
terror como .ámbitos de excepción sin relación alguna con aquellos lugares en
los que realmente se desarrolla la cotidianidad.
Partiendo de lo dicho en este trabajo y
considerando la naturaleza específica de los discursos mediáticos,
especialmente los informativos de la televisión, se puede asumir como válida la
caracterización que Ramonet (1998:
85-119) hace de los telediarios cuando los califica como discursos fragmentados, espectaculares, sintéticos, acríticos, publicitarios,
dramatizados o, en forma más contundente, cuando afirma (1998: 108) que : “censura, distorsión, personalización y
dramatización: estas son las cuatro
plagas principales de los telediarios hollywoodiense. Estas tareas representan
otros tantos tributos que hay que pagar para la conversión de la información en
espectáculo, y su deriva en “culebrón”.
La cascada de noticias fragmentadas
produce en el telespectador extravío y confusión. Las ideologías, los valores,
las creencias se debilitan. Todo parece verdadero y falso a la vez. Nada
parece importante, y esto desarrolla la indiferencia y estimula el
escepticismo.
La solución para este estado de cosas no
es fácil. Y lo peor es que, probablemente, una apropiación democrática de los telediarios no modificaría
fundamentalmente su naturaleza, ya que es su forma natural de desglose y de
interpretación del mundo –más que el contenido (transformable) de las informaciones- lo que hace que el
telediario masifique. No deja que nadie se forme su opinión. Para que
todos reproduzcan la llamada opinión pública”.
6. A MODO DE CONCLUSIÓN
La representación mediática de la
cotidianidad, la crítica de la misma y la de los paradigmas que la rigen, en
primer lugar, ha de realizarse a partir
de la interacción dialéctica de estos tres espacios o dimensiones de la propia
cotidianidad:
1.
El de la realización y
vivencia cotidiana de los sujetos de la acción social y sus manifestaciones en los diferentes ámbitos socioeconómicos y
culturales e ideológicos.
2.
El de la representación
mediática que, por transmitirse a través de los discursos producidos bajo la
determinación de los intereses de los emisores / dueños de los medios,
significa una configuración de la cotidianidad a imagen y semejanza de los
intereses citados en cada uno de los subsistemas y en los diferentes aspectos
parciales que aparecen en tales representaciones (modelo de consumo, de pensamiento político, de actitudes ante
los conflictos, de la visión de la profesión, del papel del poder, de las
interrelaciones personales).
3.
El fronterizo entre
ambos espacios en tanto en cuanto los discursos mediáticos constituyen
instrumentos de interacción entre las propuestas de tales discursos y la
actuación personal y colectiva de los sujetos sociales. Este espacio,
absolutamente abierto e indefinido, es el objeto de estudio más complejo puesto
que incide en todas las teorías e investigaciones relacionadas con los efectos
de la comunicación y, sobre todo, es el laboratorio de pruebas para verificar
tanto la adecuación de los discursos como la eficacia de la intervención de los
mismos en los cambios socio-antropológicos que acaecen en el transcurrir de la
vida cotidiana.
La valoración, en segundo lugar, de la argumentación que pretendía llevar cabo, como hipótesis y supuesto inicial, tiene que transcurrir precisamente por un camino similar al que ponen de manifiesto la enumeración del apartado anterior. En efecto, la lógica que subyace a este trabajo está encaminada a resaltar la inadecuación de los discursos mediáticos con respecto a la plasmación de la realidad social por razones estructurales o sistémicas. O lo que es lo mismo, la dinámica comunicativa de los medios no están fundamentada en la construcción y transmisión de una determinada y compleja realidad social, sino en la conformación de discursos dependientes (al servicio de) de los intereses de los dueños de los medios que, sin duda alguna, responden a la lógica mercantil antes que a la función social de la información y comunicación mediática. En palabras de Partal y Otamendi (2004: 20) “El periodisme està avui en dia inmers en una lògica industrial”.
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