Título: La reacción de la izquierda
tras la caída del muro de Berlín en las páginas de opinión de El País
Enrique Arroyas Langa. Profesor de
Comunicación e Información Escrita en la Universidad Católica San Antonio de
Murcia (UCAM)
Según Alain Touraine, El País
“cumple la tarea de dar a la democracia las bases sociales y culturales que
permitan a los partidos de izquierda ser representativos” y aportar propuestas
realistas a las demandas de la sociedad (ESTEFANÍA, 2003: 41). Esta
comunicación pretende analizar la adaptación ideológica de este periódico al
nuevo orden mundial surgido tras la caída del Muro de Berlín. El análisis se
centra en el debate sobre la crisis de identidad de la izquierda que tiene
lugar en las páginas de opinión de El País entre 1995 y 2000.
Para el análisis de este debate
ideológico se utiliza como punto de referencia el concepto de ‘pensamiento
único’ y las tomas de posición tras el derrumbe del comunismo y ante el triunfo
del capitalismo, cuyo desafío provoca una disparidad de interpretaciones desde
la izquierda.
Aunque la denuncia del neoliberalismo es
unánime, la crítica revela distintos enfoques en un amplio abanico que irá
desde la izquierda radical hasta la moderación de la llamada Tercera Vía. El
País abre sus páginas a un debate que incluye todas las voces de una
izquierda fragmentada desde una perspectiva liberal sin desprenderse de su
clara vocación progresista. Como veremos, El País, a pesar de dar juego
en sus páginas de opinión a la visión de la izquierda más radical, apuesta por
la interpretación de la realidad que hace la izquierda más moderada y que se
podría agrupar bajo el nombre de socialismo liberal o liberalismo social.
Una de las características de la noticia
es que genera comentarios (GOMIS, 2001). La gente habla de las cosas que le
preocupan y en las conversaciones se intercambian datos, opiniones e ideas
sobre los hechos. En el periódico tiene lugar ese debate público como ampliación
de las conversaciones cotidianas. Las páginas de opinión son una parte de esa
‘arena’ para la discusión comunitaria,
según la expresión de María José Canel, que cita a Gosselin. Esa ‘arena’ tiene
unas reglas y estrategias concretas y el periodismo es el árbitro. “No es lo
mismo un foro de discusión que una reyerta callejera”, dicen Kovach y
Rosenstiel (2003: 192). El debate debe estar basado en la reflexión, la
discusión y la orientación. Si el comentario forma parte del corazón del
periodismo, las páginas de opinión deben tener las mismas exigencias que las de
información: importancia e interés de los temas, servicio al ciudadano,
búsqueda de la verdad y disciplina de la verificación de los hechos sobre los
que se opina. Si el lector escucha allí su voz o los ecos de su voz el
periodismo fortalece la auténtica democracia que se asienta sobre el compromiso
del ciudadano con su comunidad: “Ser a un mismo tiempo el encargado de proteger
y aguijonear a la comunidad es un gran reto, pero es un reto que el periodismo
siempre ha reclamado. Es un reto al que se puede hacer frente aceptando la
obligación de proporcionar a los miembros de la comunidad no sólo la
información y los elementos de juicio que necesitan, sino el foro en el que
puedan comprometerse en el desarrollo de esa misma comunidad”
(KOVACH/ROSENSTIEL, 2003: 197).
En este ámbito de la
comunicación el periodista es un actor político que analiza e interpreta la
información e incluso aboga por determinados valores e ideas, defiende su punto
de vista con la intención de influir en el lector. Es la actitud profesional
del periodista como analista-abogado que quiere orientar y guiar al público
(CANEL, 1999: 150-153).
Cada periódico tiene un carácter moral, una forma
de ser que es percibida por el público, una imagen en continua formación, un conjunto de cualidades,
valores y principios morales que lo convierten en un medio fiable para sus
lectores, que se identifican con su forma de ver la realidad. Los artículos de
opinión, en especial el editorial y las columnas, forman el sistema de valores
que configura el ethos del periódico, su personalidad o talante. El
editorial se presenta como la voz del periódico y las columnas explican la
realidad desde parámetros ideológicos similares. En ese quehacer diario se
concretan los principios editoriales formulados por el medio con declaraciones
generales en sus estatutos (LÓPEZ PAN, 1996: 101-116).
El ethos no se
percibe como algo inamovible, sino que evoluciona con el tiempo. Un periódico
manifiesta su carácter y se juega su credibilidad en cada número. La cualidad
moral que impregna todo el periódico es fruto de la interrelación de los
distintos textos que lo componen, la parte informativa que relata hechos y la
sección de opinión que los interpreta; y del diálogo que se entabla entre los
distintos autores de los artículos de opinión a la hora de enfocar los hechos
desde diversas perspectivas. El periódico es un proceso dinámico de
interpretación en varios niveles: narración de lo que ha pasado (selección de
la noticia), evaluación de lo que ha pasado (tratamiento de la noticia) y
opinión sobre lo que ha pasado, “por eso los medios informativos son
expresamente medios de información, pero dinámicamente considerados son medios
de formación de opiniones” (ABRIL VARGAS, 1999: 35).
En la sección de
opinión se crea un clima de confianza con el lector a través de la
identificación. Los lectores sintonizan con la forma de interpretar los hechos
de unas firmas u otras. Si un periódico quiere inspirar confianza y credibilidad
tendrá que crear un espacio amplio en el que se comparten valores con un
público lo más numeroso posible de forma que el lector se sienta a gusto en ese
diálogo permanente sobre la realidad que se produce en las páginas de opinión.
Para Juan Luis
Cebrián, un buen periódico es aquel que cada mañana responde a la pregunta
“¿qué pasa en el mundo?”. Lo que distingue a los periódicos del resto de medios
de comunicación es su dimensión política y cultural, su función creadora y
difusora de ideas. El periódico es “una especie de ágora colectiva, un sistema
de participación ciudadana, y un acto cultural” (CEBRIÁN, 1981: 10.). Según el
primer director de El País, el contenido de la información tiene
prioridad sobre el medio a través del cual se difunde. El valor de la
información está en el contenido. La calidad y el rigor de la información deben
prevalecer sobre el aspecto mercantil de la empresa informativa. Añade que “la
prensa es una empresa de ideas” que juega un papel decisivo en el fomento del pluralismo
de opiniones y de equilibrio de los poderes en una sociedad democrática.
(CEBRIÁN, 1981: 11).
En el año 1996, al cumplirse el veinte
aniversario del periódico, Juan Arias escribía que una de las claves del éxito
del periódico era su conexión con el público y con “lo que está cambiando a
nuestro alrededor”, la confianza que inspira como “diario de verdad libre, bien
escrito, con el oído puesto en las voces de la sociedad más que en nuestros
deseos” (EL PAÍS, 05-05-96). El diario
había logrado esa sintonía con un público masivo a la vez que una gran
influencia en la vida cultural y política gracias a su pragmatismo y
moderación. Es decir, un periódico sólo puede inspirar confianza y credibilidad
si la interpretación de los temas que selecciona es asumible y da pie a una
discusión realista que contribuya a la búsqueda de soluciones a los problemas.
La sintonía con un público amplio y la
capacidad de influir en las elites políticas van de la mano. La ideología del
medio debe poder ser asumida por una mayoría. Dice Vidal-Beneyto: “Los diarios de referencia
anclan sus polos referenciales en la interacción entre opinión pública y
opinión de los públicos, entre opinión institucional y opinión mediática, entre
opinión cultivada y opinión popular. Esa múltiple interacción funda y organiza
la ideología dominante, a la que el diario tiene siempre que preceder y
superar, pero sin alejarse demasiado del pelotón, como sucede en el ciclismo,
si quiere cumplir su cometido de guía” (EL PAÍS, 05-07-04). Fundar, organizar y superar la ideología dominante de una
sociedad es la misma idea expresada por Kovach y Rosenstiel de “proteger y
aguijonear a la comunidad” como reto de la prensa.
Según Vidal-Beneyto, la ideología de El
País como periódico de referencia tiene como núcleo duro los valores y prácticas dominantes en la
sociedad: “el capitalismo de mercado, la democracia parlamentaria de partidos,
el pluralismo limitado por la unanimidad de los medios y la opción
social-liberal aplicada a los ámbitos social y de vida cotidiana”. En Economía
es liberal; en la sección de Laboral es socialdemócrata; en Política
Internacional tiene una posición favorable a la versión institucional de la
construcción europea, con un atlantismo moderado, discontinuo y, en ocasiones,
crítico; en Política Interior, prevalecen las opciones de centro izquierda /
centro derecha, alineado con las orientaciones del PSOE; y en las cuestiones de
la vida cotidiana “ha adoptado posiciones avanzadas en ruptura con el orden
burgués tradicional” (VIDAL-BENEYTO en EL PAÍS, 05-07-04).
Ese sería el eje del conjunto de
principios y valores que ha configurado la personalidad de un periódico que ya
cumple diez mil números. Pero como señalábamos al principio, la línea editorial
se forma cada día, en la interpretación de los acontecimientos de la actualidad
porque cada periódico es una respuesta provisional a la pregunta de lo que
ocurre en el mundo. La vitalidad de un periódico depende de que sepa
evolucionar al compás de los tiempos, de que su enfoque de los temas siga
siendo útil para comprenderlos.
Los años siguientes a
la caída del muro son decisivos para ese reencuentro con las propias ideas.
Será un lento y titubeante proceso de reconstrucción de la izquierda con
muestras de todo tipo, desde la autocrítica hasta la negación de la realidad,
con ejemplos de confusión y ceguera, pero también de lucidez y valentía. En El
País cabe todo eso, pero lo importante es que en sus páginas hubo un debate
vivo entre todas las opciones de esa izquierda que se buscaba a sí misma. A lo
largo de diez años queda un muestrario de ideas que, al hilo de la actualidad
de un mundo en tránsito, refleja bien los intentos de atrapar la realidad.
Muchos de los más destacados pensadores de Occidente, mayoritariamente de
centro-izquierda, aportan su visión para dar a los lectores pistas que les
ayuden a conocer el mundo y construir el futuro. La guerra fría ha terminado y
empieza un nuevo periodo en la historia del mundo. Hay que seguir pensando el
mundo y construir nuevas estructuras mentales con las que comprender la
realidad y ayudar a mejorar la vida humana. Tras el derribo del Muro de Berlín
en noviembre de 1989, la última década del siglo XX empezaba con la
desintegración del bloque comunista. En Occidente se intuía un horizonte libre
de dictaduras. El totalitarismo era el gran derrotado de la guerra ideológica
librada desde 1945. El capitalismo y la democracia aparecen como los vencedores
de la Guerra Fría. La democracia capitalista parecía el destino final de la
humanidad, la auténtica verdad de la historia, según la famosa y discutida
teoría de Fukuyama.
El fracaso de la
utopía comunista, con el consiguiente desprestigio del marxismo, y la crisis
del Estado del Bienestar en la Europa occidental llevan a la izquierda a una
profunda crisis de identidad. Los pilares de su ideología (utopía, revolución y
socialismo) se tambalean. La falta de firmeza de esos ideales deja un vacío
difícil de llenar. Ralf Dahrendorf declara: “La izquierda liberal reformista está falta de ideas.
Todo son buenos sentimientos, intenciones, pero no ideas (...) El marxismo se
equivocó desde el principio porque era un sistema cerrado (...) los sistemas
totalizadores no valen. Lo importante es que nos movemos hacia una sociedad
abierta en la que debe haber siempre una variedad de respuestas posibles” (EL
PAÍS, 03-08-1990).
El fin de la división del mundo en
bloques también cambia el sentido de los debates y de la participación en ellos
de los intelectuales. Por el agujero del muro del totalitarismo se cuela la
incertidumbre: ahora todo es discutible, nada es definitivo, por lo tanto ya no
se puede imponer una verdad o una visión de las cosas, ni se puede reprimir a
los que piensan de modo diferente en nombre de la totalidad. Así lo ve Santos
Juliá: “Había que repensar los lazos entre democracia y política; reinventar
formas de debate público; aceptar cierto eclecticismo, el pluralismo reconocido
de opiniones, la fragilidad de la propia posición (...) venidos de verdades
absolutas no fue sencillo sustituir el dogmatismo de la ideología por la
tentativa de la búsqueda” (JULIÁ, 2002)
La palabra es la herramienta esencial del
juego democrático y para que funcione bien debe estar basada en la confianza
mutua y el respeto por las ideas del otro. Parte de la izquierda aprende esa lección
del siglo XX y borra la palabra revolución del diccionario. En 1989 la
izquierda vislumbró dos cosas: la realidad y la humanidad, es decir, la
obligación de respetar la dignidad humana y no sacrificarla a la utopía, que
siempre supone negar la realidad para modificarla en nombre de una idea que se
tiene como única verdadera. La defensa de la vida humana por encima de las
ideologías que prometían la sociedad perfecta. El desengaño de la utopía le
permite a la izquierda empezar a ver la realidad y comprender que el progreso
solo puede venir de la mano de los equilibrios, los pactos y la cooperación, es
decir, de la democracia. La izquierda se acerca al liberalismo, para quien la
democracia es una negación de la utopía porque su viabilidad se basa en la aceptación
de que la sociedad no puede llegar a ser perfecta y sólo puede ir avanzando
poco a poco aprendiendo de los errores.
De la desconfianza hacia la democracia (a
la que tildaba de burguesa y la prefería popular), la izquierda pasa a
convertirse en guardián de las esencias democráticas. Es la primera reflexión
que hace el intelectual de izquierdas reordenando su biblioteca. Advierte que
la democracia (control del poder, participación ciudadana, reformas sin
violencia) no sólo no es el sistema triunfante sino que está en peligro por el
debilitamiento de las instituciones, el nacionalismo y el desmesurado poder
financiero sin control. Y su mayor enemigo es el capitalismo, que privilegia el
éxito económico, la competitividad salvaje y los beneficios. Así pues, el
comunismo ha desaparecido, pero la democracia está en crisis. Vivimos en la
posdemocracia (DAHRENDORF, 2002).
La izquierda coge la bandera de la defensa de la democracia y de la
denuncia de cualquier recorte de la
libertad “porque la libertad es la primera condición de la dignidad del hombre”
(RAMONEDA, 2002: 254). Es decir, no sólo libertad económica sino
también emancipación individual.
Tanto socialdemócratas como liberales
tienen ahora un ideal común: una sociedad en la que los ciudadanos viven con
plena libertad y participan democráticamente en la construcción de la
convivencia. Después de esta revalorización de la libertad individual y de la
democracia como método pacífico de solucionar los conflictos sociales, el
siguiente paso que da la izquierda a partir de su observación a través de las
ventanas del mundo será el más polémico, donde surgen las más importantes
discrepancias entre los dos extremos de la nueva izquierda. ¿Qué vio la
izquierda?
Lo que vio la
izquierda cuando se asomó a la ventana de un mundo donde había desaparecido el
bloque comunista fue un nuevo totalitarismo. Abierta la prisión, sólo queda la
selva del mercado: el neoliberalismo triunfante, avasallador y sin contrapeso.
Para la izquierda el capitalismo está destruyendo la democracia. Es otra forma
de totalitarismo. Su instrumento ideológico es el neoliberalismo, que tiene su
gran impulso en la revolución conservadora de Thatcher y Reagan en los años 80
con su política de privatizaciones, reducción del gasto público, desregulación
del mundo laboral y entronización del mercado.
Ahora ya no es el Estado quien destruye el espacio civil sino el
mercado, el poder económico que somete al poder político dejando al individuo
sin posibilidad de participación en el debate público y en la toma de
decisiones. Si las utopías comunitaristas desembocaron en el Gulag, la
sobrevaloración de lo individual lleva a la indiferencia y a la destrucción de
la democracia, la sociedad se desideologiza y los conflictos quedan limitados
al ámbito de lo privado. Frente a la ideología del capitalismo (lo importante
es que la economía vaya bien), la izquierda apuesta por una “reconstrucción
realista de la libertad”, que el poder,
secuestrado por las clases económicas dirigentes, vuelva a la ciudadanía (RAMONEDA, 2002: 105).
Aunque tras la caída
del Muro se habló de un amanecer de la libertad en Europa y pese a que la
lección del siglo XX de la prioridad de la libertad humana había sido aprendida
por la derecha y por la izquierda, el paisaje que se ve del presente es el de
una involución antiliberal, un paso atrás, una nueva opresión del hombre.
El neoliberalismo
sería la ideología de esa nueva etapa de totalitarismo que atraviesa la
humanidad. Desde el punto de vista de la izquierda, el ‘pensamiento único’ es
la ideología dominante que pretende explicar toda la realidad desde los
parámetros del mercado y por lo tanto la política queda supeditada a la
economía como único agente de regulación social, lo que supone un riesgo para
la democracia: el poder de decisión está en las grandes empresas mundiales y
los organismos financieros internacionales, lejos del control de los
ciudadanos. ‘Pensamiento único’ se identifica con neoliberalismo, globalización
y capitalismo salvaje. El concepto fue lanzado por Ignacio Ramonet, director de Le
Monde Diplomatique, en Francia en enero de 1995 en un artículo[2]
que fue publicado en España en mayo del año siguiente.
Desde entonces tuvo un enorme éxito entre los pensadores de izquierda, que lo
utilizaron en numerosos artículos, libros y debates.
Según este autor, el ‘pensamiento único’
es la ideología del capital financiero (RAMONET, 2003). El poder ya no está en
manos de los gobiernos. Los ejes de la sociedad moderna son los mercados
financieros y las redes de información. Las finanzas están en el centro del
nuevo orden tecnológico que da lugar a una nueva religión: el mercado; y a una
nueva ideología dominante: el ‘pensamiento único’, una “viscosa doctrina” que
“enfanga” a los ciudadanos libres y que ahoga todo razonamiento rebelde o
crítico. Y ¿quién está detrás de esta ideología? “una invisible y omnipotente
policía de la opinión” (2003, 58). Y añade que “se puede calificar a este nuevo
furor ideológico de dogmatismo moderno”. Las fuentes principales de esta ideología
del capital son las grandes instituciones económicas y monetarias, “quienes
mediante su financiación afilian al servicio de sus ideas, en todo el planeta,
a muchos centros de investigación, universidades y fundaciones que, a su vez,
afinan y propagan la buena nueva”. El mensaje es reproducido por las “biblias
de inversores y especuladores” como The Wall Street Journal, Financial
Times y The Economist, propiedad de grandes grupos industriales.
Periodistas y ensayistas repiten las “tablas de la ley” en los medios de
comunicación de masas.
El capitalismo es el estado natural de la
sociedad: libre intercambio de mercancías sin límites, competitividad,
mundialización, privatización, menos Estado y más mercado. “Nuevo
oscurantismo”, lo llama Ramonet (2003, 60). Los amos del mercado son los dueños
del mundo, que actúan en “el espacio cibernético de la geografía financiera
(...), un nuevo territorio del cual depende la muerte de gran parte del mundo,
sin contrato social, sin sanciones, sin leyes...” (2003, 63). Nuevos poderes
que trascienden las estructuras estatales, entre ellos los medios de
comunicación de masas. Se dirigen mensajes a todo el planeta. Cadenas
planetarias que “influirán y trastornarán costumbres y culturas, ideas y
debates. Y perturbarán como parásitos, modificarán o harán cortocircuito a la
palabra de los gobernantes, así como a su conducta. Grupos más poderosos que
los Estados hacen una razzia en el bien más preciado de las democracias: la
información. ¿Impondrán su ley al mundo entero y abrirán una nueva era en que
la libertad del ciudadano no será más que pura ilusión? ¿Estamos manipulados,
condicionados y vigilados?” (2003, 65). Ramonet responde que vivimos una nueva
etapa totalitaria en la que el hombre no es libre sino que tiene el cerebro
lavado por esa conspiración mediática. “Nadie puede escapar a su bombardeo de
mensajes, nos vigilan, siguen cada uno de nuestros pasos en la vida cotidiana”
con un “adoctrinamiento constante, invisible y clandestino”.
Esta es la teoría del ‘pensamiento único’
recogida como bandera por la izquierda enfrentada a la globalización y que
agruparía a un amplio espectro ideológico. Si durante la guerra fría la
izquierda marxista veía la democracia con desconfianza porque sólo era un paso
intermedio hacia la utopía de la sociedad sin clases tras el Muro, en los años
90, la izquierda se convierte en defensora de la democracia frente a ese nuevo
totalitarismo impuesto por la derecha neoliberal. La nueva identidad socialista
será el contrapeso democrático a la dictadura del mercado.
La parte más moderada
de la izquierda, sin embargo, no planteará un rechazo frontal del capitalismo
porque entiende que no hay alternativa a ese sistema. No se puede estar contra
el capitalismo en bloque sino solo frente a sus malas consecuencias. “Sí a la
economía de mercado, no a la sociedad de mercado”, es el lema que Joaquín
Estefanía, ex director de El País y jefe de opinión de este periódico,
propone en sus artículos recogidos en el libro ‘Contra el pensamiento único’.
El mercado debe respetar unas reglas de juego, “no existe economía sana sin un
Estado sólido, sin una norma de derecho aplicable a todos los ciudadanos, sin
cohesión y sin protección social” (ESTEFANÍA, 2000: 25). Es lo que el
intelectual francés Alain Touraine llama, en el prólogo al libro de Estefanía,
la ‘transición liberal’. Aceptamos el capitalismo triunfante, pero es necesario
consolidar la sociedad civil para controlar la apertura de la economía y
reconstruir los contrapesos sociales.
Aunque toda la
izquierda asume el concepto de ‘pensamiento único’ como una forma de
identificar al ‘enemigo’, en la utilización que se hace del término para la
interpretación de la realidad surgen claras discrepancias, hasta formar dos
líneas paralelas en la izquierda, dos caminos muy diferentes que conllevan
métodos y objetivos distintos. Un camino doble en el que se desarrolla el
debate sobre la identidad de la izquierda con variadas propuestas sobre lo que
debe constituir el corazón de la izquierda: la lucha contra la injusticia, la
igualdad, la solidaridad, las buenas intenciones, un método de crítica, un
ideal moral, la emancipación, etc.
Se produce una vuelta a lo que Raymond
Aron llamaba la izquierda vieja y buena, que era liberal, en contraposición a
la izquierda mala, que fue estatista y totalitaria (Ghiretti, 2002: 28).
El debate en El País. Moderados
y perseguidores de sombras
A pasar de que El País recogió
opiniones de intelectuales críticos con el discurso apocalíptico del
pensamiento único, la mayoría de los artículos de opinión que hicieron
referencia a este término entre 1995 y 2000 sostienen la tesis del
neoliberalismo como la nueva ideología hegemónica impuesta de forma totalitaria
y de la que no es posible discrepar a no ser que el disidente quiera
convertirse en un apestado. La izquierda atribuyó al mercado todos los males e
identificó al neoliberalismo con un pensamiento único, es decir, excluyente,
que no admite la discrepancia y, por lo tanto, tampoco la libertad. En la
mayoría de los artículos publicados se utiliza el término pensamiento único
para describir la realidad injusta del mundo capitalista y para descalificar a
los pensadores liberales o de la derecha, defensores de la liberalización del
mercado por encima de la intervención del Estado en los asuntos sociales.
En los artículos de El País
pensamiento único tiene dos significados:
·
es el conformismo ante
lo establecido
·
es una etiqueta
descalificadora de la ideología neoliberal hegemónica, excluyente, sectaria y
fundamentalista
En un mitin de la campaña electoral
francesa, el candidato gaullista, Jacques Chirac, prometía reformas y arremetía
contra “esa moda del ‘pensamiento único’, según la cual sólo hay una política
posible, la del conformismo, quienes creen que no hay alternativa”. La noticia
de ese mitin, fechada el 10 de abril de 1995, es la primera referencia que
aparece en las páginas de El País sobre el pensamiento único. El 27 de
agosto de 1995 un editorial del diario utiliza también el término pensamiento
único como sinónimo de conformismo ante lo establecido.
El 16 de septiembre de ese mismo año,
José Vidal-Beneyto identifica en un artículo ‘pensamiento único’ con el sistema
de valores de la sociedad del momento, que recogía todas las manifestaciones
dispersas del individualismo contemporáneo: “La oligarquía de los partidos como
indisociable de la democracia, el éxito como rasero de la eficacia, el paro
como exigencia de la productividad, la atonía ciudadana como condición de la
gobernabilidad, la competencia como regla de oro del progreso, los intereses
bancarios elevados como control necesario de la inflación, la primacía de lo
particular como garantía del buen funcionamiento de lo común” (EL PAÍS,
16-09-1995). Para Touraine en el pensamiento único coinciden las opciones
realistas de poder, tanto de derecha y de izquierda (EL PAÍS, 25-10-1995),
ambas eran expresiones del Estado antiliberal. La primera defiende a los
empresarios proteccionistas y la segunda a los funcionarios y sus privilegios.
En 1996 el debate se radicaliza (pero
también se clarifican los discursos) y el término pensamiento único empieza a
utilizarse como etiqueta descalificadora de la ideología liberal. En un
artículo, Juan Cueto retoma la idea de Ramonet de que ‘pensamiento único’
significa que la economía es lo más importante y que el sistema capitalista es
el único viable: “La única economía posible, la única moneda posible, la única
convergencia posible, los únicos europlazos posibles, el único tipo de interés
posible, los únicos mercados financieros posibles” (EL PAÍS, 24-02-1996). Para
Cueto el ‘pensamiento único’ es el neoliberalismo como ideología totalitaria y
excluyente, “dogma tontorrón”, “jerga suprema”, “tabla sagrada de la ley”. Pero
además de conjugar estas dos ideas, este autor cae en el maniqueísmo: frente a
la rigidez del pensamiento único tenemos “lo social, lo plural, lo diverso,
incluso lo divertido”.
‘Pensamiento único’ ya no es la desidia
ante lo establecido, quienquiera que lo haya constituido, sino lo establecido
que han impuesto ‘ellos’. El pensamiento único es ya una etiqueta para la
derecha, mientras que la izquierda se reserva el papel de víctima. Desde
finales de 1996 pocos articulistas se resisten a hablar del pensamiento único,
que se va convirtiendo poco a poco en el dogma impuesto por la derecha neoliberal.
Manuel Vázquez Montalbán lo hace el 4 de noviembre de 1996 al hilo de una
visita a España de veteranos de las Brigadas Internacionales que combatieron en
España y que ahora representan “la juventud del mundo contada por Alberti y
Pasionaria”, “la solidaridad como estrategia de defensa de los débiles y la
generosidad personal que les llevó a sacrificar el yo en la pira del nosotros
(...) y una esperanza internacionalistas”. Frente a ellos, sitúa el escritor
catalán el ‘pensamiento único’, “camisa de fuerza” del pensamiento, cuyos
partidarios son “psicópatas” partidarios del “fin de fiesta social-liberal” y
de la armonía universal del capitalismo salvaje. En su opinión, el socialismo
moderado compartiría la ideología del pensamiento único como el mensaje que el
poder envía al súbdito (EL PAÍS, 15-12-1997). Vuelve la política de bloques:
capitalismo contra comunismo. Lo que hace del capitalismo pensamiento único
parece ser sólo que ha resultado victorioso e impone su visión de la realidad.
Para Vázquez Montalbán, el muro seguía en pie, intacto.
Se utiliza el
término pensamiento único como una etiqueta para descalificar al que piensa de
forma distinta, al Otro entendido como enemigo. Una simple descalificación del
que es ideológicamente discrepante sin entrar en discusión con él sino
simplemente rechazando sus ideas como si no fueran ideas sino oscuras
imposiciones del enemigo. En la línea de la denuncia del nuevo totalitarismo,
Felipe González equipara el fundamentalismo neoliberal con el fascismo y el estalinismo
por el intento de hegemonizar el mundo de las ideas (EL PAÍS, 22-01-1997). “Sí,
hay un pensamiento único que domina, gracias a Estados Unidos, todo el
planeta”, sentencia Jean Daniel a la vuelta de la cumbre de Davos (EL PAÍS,
11-02-1997).
Frente a esta versión
maniquea, otros autores escriben artículos desde distintos puntos de vista. Es
la primera ruptura clara entre izquierda radical e izquierda moderada. Incluso El
País se pronuncia en un editorial a favor de la segunda opción y critica la
interpretación que los más radicales estaban haciendo de la situación del
mundo. Xavier Vidal-Foix es el primero que se rebela contra esa “simplicidad
paleomarxista” con la que Ramonet describe la realidad: “Lo junta todo:
hegemonía de lo económico, mercado, competencia, librecambio, mundialización,
moneda fuerte, desreglamentación, liberalización, disminución del papel del
Estado” (EL
PAÍS, 05-02-1996).
Vidal-Beneyto pone en duda este enfrentamiento en bloque de dos
ideologías. Para él contraponer el pensamiento único como ideología dominante
que se resume en el credo económico liberal (competitividad, mercado) a la
contraideología del Estado y la solidaridad es una guerra que “hace ya veinte
años que terminó” y que sigue modelos de pensamiento arrinconados por la
historia, lo que solo son muestras de “nuestra perplejidad” ante una realidad
nueva que nos ha superado (EL PAÍS, 05-04-1996).
Un editorial de El
País denuncia esa aplicación de modelos de pensamiento anticuados. El
periódico se declara partidario de la reforma del Estado de bienestar y de la
necesidad de sanear las finanzas públicas según las recetas del Tratado de
Maastricht y desafía a “las voces que se alzan contra este imperativo económico
tildándolo de pensamiento único” a que concreten cuál es su alternativa. Y
concluye el editorial identificando a los denunciadores del ‘pensamiento único’
como “perseguidores de sombras”, la izquierda anclada en el discurso de la
guerra fría partidaria del “retorno a las fronteras, a los controles de
cambios, al proteccionismo frente al Tercer Mundo, a los mercados acotados, al
dirigismo estatal” (EL PAÍS, 06-01-1996)
Fernando Savater arremete también, con
más claridad si cabe, contra los “perseguidores de sombras”: “¿Hasta cuándo va
a ofrecerse siempre en este país izquierda y comunismo juntos? (...) Los
comunistas son el reverso obtuso del pensamiento único capitalista que tanto se
denuncia: la alternativa única colectivista, dictatorial y heroica que celebran
los idólatras de la Pasionaria y los que aplauden al castrismo inflexible” (EL
PAÍS, 13-01-1996).
Sólo la izquierda radical rechaza en
bloque la globalización. La izquierda como moderadora del neoliberalismo es la
tesis defendida también por Alain Touraine: “El centro-izquierda lo que hace es
combinar la apertura a la economía mundial, el intervensionismo estatal y la
reconstrucción de las sociedades nacionales” (EL PAÍS, 26-03-98). Para esta
izquierda moderada que se aproxima al liberalismo, la desvertebración de la
sociedad, el aumento de las desigualdades y la deshumanización del capitalismo
son consecuencias de la revolución conservadora que invalidan al neoliberalismo
como opción de presente. Sin embargo, la corrupción, el paro y la inflación
provocados por la socialdemocracia sólo son pequeñas desviaciones del camino
correcto. Esa es la tesis defendida por Estefanía cuando hace balance de la
década. Queda la aceptación del capitalismo popular (con reglas) con una
economía sana y sobre todo con la necesaria corrección de los desarreglos
sociales y la desigualdad que provoca el mercado. Y esto último ya solo puede
provenir todavía de las ideas socialistas. Una de las concreciones de estas
ideas es la Tercera Vía por la que optaban entonces los socialdemócratas en el
poder Blair y Schroeder.
Pero para algunos autores Tercera Vía es
sinónimo de claudicación. Que la reflexión sobre la renovación de la izquierda
desemboque en la Tercera Vía significa disolución, más que acercamiento, en el
liberalismo. Sería el ensanchamiento del pensamiento único, que ya agruparía
tanto a la izquierda como a la derecha. El triunfo del centro. Pensamiento
único sería indiferenciación de la oferta ideológica, la pérdida del perfil
diferencial entre izquierdas y derechas. “Todos siguen impotentes y voraces,
chapoteando en el piélago del liberalismo soft”, en el “social-liberalismo
cubrelotodo”. Esta es la denuncia de José Vidal-Beneyto (El País,
04-11-2000), que apuesta por la igualdad como bandera de la izquierda, más que
por la defensa de la libertad, de quien sería un factor imprescindible.
Fomentar la igualdad sería la única forma de alcanzar la libertad. Socialismo
solidario, esa es la identidad de la izquierda.
Para Peces Barba, la esperanza de la izquierda está en el “socialismo ético”, enraizado en la “defensa de la dignidad humana, de esa idea de que todos somos fines y no medios para otros, y que el ser humano no tiene precio. Eso supone proclamar el valor eminente de los principios de libertad, de igualdad y de solidaridad, frente al pensamiento único, frente a la globalización y frente a un neoliberalismo incapaz de resolver los problemas de desigualdad y de pobreza y rendido ante los intereses de las grandes empresas” (EL PAÍS, 31-10-2000).
En resumen, dos tendencias ideológicas se
dan cita en esos años en las páginas de opinión de El País dentro del debate
sobre la reformulación del pensamiento de la izquierda y sus nuevas propuestas
de interpretación de un mundo que daba sus primeros pasos tras quedar liberado
de las cadenas del totalitarismo comunista. Una opción radical, que podemos
agrupar con el nombre de ‘perseguidores de sombras’, que no se ha liberado de
las cadenas del pensamiento marxista y de los esquemas mentales del mundo dual
de la Guerra Fría; y otra más moderada, que se muestra dispuesta a asumir su
parte de responsabilidad en el gran error histórico provocado por una ideología
que, desde la promesa de un mundo perfecto, desembocó en el totalitarismo.
La primera opción denunciará el nuevo
mundo capitalista liberal como un totalitarismo tan destructor de la libertad
humana como el modelo estalinista. El individualismo extremo que domina ahora
en Occidente sería tan nocivo para la humanidad como el comunitarismo que sacrificaba vidas humanas en nombre de
la utopía. Todos los males del mundo actual tienen un responsable: el
neoliberalismo, la ideología dominante que tiene su divinidad en el mercado y
que todo lo juzga según los parámetros del beneficio y la eficiencia. Hay una
conspiración mundial que impone un pensamiento único para anestesiar a la
ciudadanía y conseguir que acepte que las cosas no se pueden cambiar. Este
discurso funciona como una ideología cerrada y maniquea que libera una vez más
a las personas de la obligación de pensar. No es necesario hacer autocrítica,
reflexionar los posibles errores cometidos. El mundo sigue siendo el mismo que
en el siglo pasado. Hay un enemigo, el capitalismo, que es el Mal; y sus
víctimas tienen que unirse para hacer la revolución. La guerra continúa.
La segunda opción, que llamaremos
moderada o ‘izquierda buena’, está compuesta por aquellos pensadores que no se
limitan a denunciar los males del sistema ni a rechazarlo en bloque como si
fuera el Mal absoluto, sino que intenta reflexionar sobre las formas que la
izquierda tiene de oponerse a él. Es una ideología abierta que, desde la
autocrítica, ensaya distintas vías de acercamiento a la realidad, se replantea
las prioridades de la acción política. Aunque no varíe su convicción de que el
Bien sigue estando en la izquierda, porque se piensa que su opción es la única que
defiende la auténtica libertad, es decir, aquella que se basa en la justicia y
la solidaridad, la reordenación de sus valores le aproxima al liberalismo. En
ocasiones es tanto el acercamiento que desde la propia izquierda se descalifica
esa opción como cómplice del pensamiento único.
En esta izquierda buena se situaría El
País y algunos de sus articulistas más destacados, que sin llegar al
pragmatismo de la Tercera Vía sí acepta el sistema capitalista pero con la
exigencia de democratizarlo, dando más poder al Estado como corrector de las
injusticias sociales. Esta opción sigue defendiendo el socialismo, que da
prioridad a la igualdad y a la justicia social, pero añadiéndole el adjetivo de
liberal, para la defensa de la libertad individual. La reflexión sobre el
pasado le sirve para aprender la gran lección del siglo XX: el intento de
implantar en la tierra la utopía de la sociedad perfecta conduce al infierno.
Puede haber ideas utópicas, pero no utopías; es posible el cambio, pero a
partir de la discusión abierta y nunca a través de la imposición de dogmas. En
su mejor versión, es una izquierda que, en lugar de creerse en posesión de la
verdad, desconfía de su ideología y la somete a una permanente revisión
crítica. Con palabras de Antonio Elorza: “Sin una crítica a fondo de la
experiencia comunista, habrá razones sobradas para desconfiar de una izquierda
que bajo las bellas promesas esconde el espectro del totalitarismo” (EL PAÍS, 19-01-2000)
El País acoge a numerosos autores del
primer grupo porque comparten un fondo común con los del segundo grupo, pese a
las claras discrepancias: el sentimiento, la primera reacción ante la visión de
lo real. Es una actitud lo que les une, la convicción de que ellos son ‘la
buena intención’, la lucha contra la injusticia, la solidaridad, la promesa de
igualdad. Ese es el sentimiento con el que ven el mundo, el punto de partida en
común y a partir del cual, en el posterior razonamiento de lo que se ve, irán
separándose a veces incluso hasta hacerse incompatibles.
Pero las páginas editoriales de El
País coincidirían con la interpretación de los acontecimientos que hace un
sector de izquierda más moderada con autores como Joaquín Estefanía, Alain
Touraine, Ralf Dahrendorf, Vicente Molina Foix, Vidal-Beneyto, Antonio Elorza,
Fernando Savater y Vidal-Foch.
En los 90 El País pensó el mundo
desde la izquierda y en sus páginas tuvo lugar una compleja discusión para
refundar la teoría sobre la política, la economía y la sociedad. Como hemos
visto en este trabajo hubo planteamientos arcaicos y sectarios, pero también
valientes y realistas. A partir de esta pluralidad, se puede decir que el
periódico ayudó a sus lectores a liberarse de los errores del pasado
manteniendo la ilusión de que hay una alternativa constructiva que ofrecer a la
sociedad desde una izquierda renovada. Si hubo muchas denuncias del pensamiento
único neoliberal, también se denunció el sectarismo de los denunciantes: “Son
sectarios los ultraliberales que proclaman una competencia perfecta que sólo
existe en sus mentes deformadas por una ideología rígida; son sectarios los que
no han querido ver la caída del muro de Berlín y el desastre del comunismo
realmente existente, y aplican un esquema global que ya no tiene seguidores. El
contraparadigma estatalista pertenece al mismo núcleo duro que el pensamiento
único liberal; es la antitesis de la dialéctica” (ESTEFANÍA, 2000: 411). Ese
propósito de arrinconar los dogmas, del que hemos analizado algunas muestras en
este trabajo, es la mejor base que El País pone para construir un
espacio de debate a partir de la
pluralidad de ideas.
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