Título: El debate generado en las páginas de El País en torno a la aparición del Estatuto de la Redacción. De la pluralidad en el accionariado al grupo homogéneo liderado por Polanco.

Miriam Lafuente Soler. Profesora de Historia y Sistemas de la Comunicación en la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM)

 

 

El País: un periódico independiente para la etapa democrática

 

El nieto del filósofo Ortega y Gasset, José Ortega Spottorno, Darío Valcárcel y Carlos Mendo, ex director de la agencia EFE, constituyeron el 18 de enero de 1972 el grupo PRISA con un capital social de 500.000 de  pesetas. Los cinco primeros accionistas fueron Carlos Mendo (consejero-delegado) Darío Valcárcel (secretario), José Ortega Spottorno (Presidente), Juan José de Carlos Aparicio y Ramón Jordán de Urríes y Martínez de Galisonga.  PRISA sería la promotora del diario El País, el cual se concebía como una empresa orteguiana (liberal, independiente y de calidad) al estilo del periódico El Sol que fundara el filósofo español Ortega y Gasset el 1 de diciembre de 1917 (ORTEGA SPOTTORNO, 2002).

Como señala Concha Edo, en el mes de febrero en la primera Junta general, el capital se aumentó hasta llegar a los quince millones y los accionistas pasaron de los cinco anteriormente mencionados a 54, conformando un capital que ascendía a 15 millones de  pesetas. A finales del año compraron un terreno en la calle Miguel Yuste de Madrid sobre el que se construiría el edificio que sería la sede del diario (EDO,1994).

Los miembros promotores del periódico deseaban que éste fuera moderno, liberal e independiente, por lo que se encontraron con el rechazo por parte de la administración franquista para que el periódico saliera a la calle. El Estado franquista, como todo estado autoritario, no reconocía las libertades públicas y todo debía estar subordinado a él. Así, los profesores Coca y Peñalva indican:  “Por eso resulta del todo coherente que también los periódicos deban subordinar sus contenidos al interés del Estado de cada momento, que, por cierto, con frecuencia se confunde con el interés de los gobernantes en concreto”(COCA/PEÑALVA, 1998:13).

 No sería hasta el 17 de septiembre de 1975 cuando Prisa se pudo inscribir en el Registro de Empresas Periodísticas. Pero, como señala Barrera, “confiado en que algún día habría de concedérsele el permiso, se había procedido a sucesivas ampliaciones de capital, se había comenzado ala construcción de las instalaciones que albergaría al diario, se había comprado la maquinaria precisa y se habían realizado los estudios técnicos y periodísticos previos al lanzamiento” (BARRERA, 1995: 62).

 El País, por lo tanto, inició su andadura el 4 de mayo de 1976. Polanco había apostado mucho, puso en juego su patrimonio, consiguió un préstamo del Banco Atlántico para la rotativa y pagó la primera nómina.  Se constituyó como un  periódico independiente y de calidad, pero sin ser de minorías ilustradas.

Cuando el rotativo vio la luz se habían producido importantes cambios respecto a las condiciones en las que se había fraguado el proyecto: la empresa contaba con 300 millones de capital y 1.107 accionistas. Los hombres que movían los hilos eran distintos a los de 1972:  el director del rotativo no fue Carlos Mendo  -estaba en Londres en 1973 como jefe de prensa del embajador Fraga- sino Juan Luis Cebrián -subdirector de Informaciones-.  El consejero delegado era Jesús de Polanco, procedente del sector editorial y que con el tiempo sería la pieza clave de este proyecto periodístico. Polanco interviene en el periódico a petición de Manuel Fraga para gestionar la empresa.

La aparición de El País supuso la incursión del grupo PRISA en el mundo de la información, en un momento histórico en el que existía una demanda grande de información y que carecía de “hasta un cierto liderazgo ideológico y mediático ante una situación sumamente confusa que evolucionaba a un ritmo vertiginoso (FUENTES / SEBASTIÁN, 1997:319).

Había muerto el dictador y todos los españoles parecían reconocer el fin de un época y el comienzo de otra esperanzadora, aunque no exenta de tensiones, en donde la prensa desempeñaría un papel fundamental, hasta tal punto que, en ausencia de un auténtico parlamento, se la llamó el “parlamento de papel”: A falta todavía de partidos políticos, la prensa seguía siendo el principal referente de las grandes corrientes de opinión que empezaban a despuntar en la sociedad española” (FERNÁNDEZ /  SEBASTIÁN, 1997:318).

 El retraso administrativo que padeció el periódico le benefició, pues como señala Barrera el no haber tenido contacto con el franquismo le libraba de posibles lastres históricos de los que otros diarios sí debieron desprenderse (BARRERA, 1996:62). El País por tanto pudo señalar con orgullo en un prospecto: “El nuestro es un periódico sin pasado, que no tiene que arrepentirse de nada porque de nada se siente responsable”. Así,  Enrique Bustamante indica: “Las especiales circunstancias políticas existentes y los impedimentos planteados por la Administración a la aparición del nuevo periódico durante cuatro años contribuyeron poderosamente a estas expectativas, pero también la personalidad conocida de los fundadores y accionistas iniciales y la propia estructura del accionariado” (BUSTAMANTE, 1986:55).

 

Un intelectual colectivo

 

La irrupción de El País en el mercado, una vez muerto Franco, con el momento tecnológico adecuado, un buen equipo profesional y unos competidores cargados de deudas y con plantillas sobredimensionadas  (ALFÉREZ,1986) hicieron pronto de este periódico una  “privilegiada tribuna de opinión en vísperas de grandes acontecimientos políticos” (FUENTES/SEBASTIÁN; 1986).

Este periódico se diferenciaba sobremanera de los demás: se presentaba como moderno y al uso de los europeos. Sus señas de identidad fueron: una organización empresarial seria y el cuidado en la selección del equipo humano. Todo ello dio como resultado un producto atractivo, ágil y estético.

Las páginas del diario nacían volcadas hacia un futuro cargado de esperanzas. Para El País la historia comenzaba y deseaba ser un símbolo real de algo más definitivo e importante: el advenimiento de un régimen de libertad y unas formas de convivencia modernas y civilizadas entre los españoles (EL PAÍS, 4-5-1976).

El País se presentaba a un lector que no había vivido la guerra y que quería un régimen político pluralista. Las vallas publicitarias con las que el nuevo periódico se presentó en sociedad decían: “El País da que pensar”.  El hecho de que apelara a la razón constituía en esos momentos un signo de modernidad, progresismo y apertura, máxime cuando el nuevo periódico coexistía con la Cadena del Movimiento: “(...) hay que indicar que la Cadena dependió de la secretaría general del Movimiento hasta que esta se extingue por decreto23/ 1977, de 1 de abril” (FERNÁNDEZ/SANTANA,2000:58).

Juan Luis Cebrián, director de El País, en el primer número del periódico, manifestó al respecto: “La veneración al poder que el franquismo enquistó entre nosotros es todo lo contrario de lo que una prensa libre necesita si quiere convertirse en un instrumento de diálogo al servicio de los ciudadanos” (EL PAÍS, 4-5-1976:1).

El diario estaba abierto a la participación y diálogo, al servicio de los ciudadanos ya fueran de izquierda o de derecha siempre que no pensaran que la mejor forma de convivir la supresión del adversario como se enseñaba en el franquismo: “porque nacemos con talante y concepción liberales en la vida -en lo que de actual y permanente tienen la palabra y en lo que significa el respeto a la libertad de los hombres- la tribuna libre de El País estará abierta a cuantas gentes e ideologías quieran expresarse en ella, con la sola condición de que sus propuestas, por difíciles que sean, sean también respetuosas con el contrario y propugnen soluciones de convivencia entre los españoles”  (EL PAÍS, 4-5-1976:1).

Para aproximarnos al auténtico significado de estas palabras que se expresaron a través de las páginas del diario El País deberíamos tener en cuenta el dirigismo informativo que la profesión periodística había sufrido durante los casi cuarenta  de franquismo desvirtuándola de su aspecto más esencial: la independencia. Desde el diario objeto de nuestro estudio se destilaba esperanza en la construcción de una sociedad libre y, por ende plural.

Como señala Pizarroso la prensa escrita no representa en una sociedad moderna del último tercio del siglo XX más que un elemento secundario dentro del panorama de la comunicación frente al poder de la radio y la televisión. En un país como España donde el grado de lectura está por debajo de la media europea y donde los ciudadanos se informan a través de la televisión, la prensa escrita iba a tener sin embargo un papel importante en la transición española. “No ya por su influencia en las “élites” sino también porque en ella se van a producir antes y más fácilmente, trasformaciones en un sentido democrático que serán ejemplo y marcarán un hito en el panorama de la comunicación en España”. (PIZARROSO,1992:206).

Juan Luis Cebrián,  al cumplirse veinte años del periódico manifestó: “Fue José Luis López Aranguren -al que tantos lloran ahora con sus lágrimas de cocodrilo- quien primero definiera a El País como un intelectual colectivo, atribuyéndole el papel de reflexión e influencia en la sociedad habitualmente reservado a las grandes cabezas y a los mitos pensantes. Huérfanos como estábamos de Ortega o de Unamuno, incapaces de encontrar en el archipiélago de las Españas a nadie que pudiera ejercer con rigor y dignidad el papel de un Sartre en Francia -probablemente Aranguren era lo más cercano a eso-, convergieron en el entorno de este periódico una enorme cantidad de circunstancias y de personas que permitieron nuclear ese espíritu crítico e iluminador que en ocasiones demandan los pueblos como guía de sus decisiones. La feliz consecuencia de ello es que pudimos hacer un diario no dogmático y muy plural, en el que sólo la violencia y la injuria han sido desterradas como ideología” (EL PAIS,5-5-1996).

 

La pluralidad accionarial como elemento de discordia

 

En la primera página del primer número de El País se explicitaba: “Un periódico independiente capaz de rechazar las presiones de poder”. Para garantizar esa independencia se pensó en la pluralidad del accionariado. Bustamante ha manifestado que la fragmentación, difuminación y anonimato del poder eran principios fundacionales del periódico más importante de España desde la Transición española. En este sentido, Bustamante indica:  “Múltiples vectores de fuerzas plurales se anulaban mutuamente entre sí. El anonimato del control engendraba y sostenía la institucionalización del medio dentro de la sociedad. El consenso, predicado por la elocuente vía de los hechos, adquiría una nueva credibilidad. Junto a la reforma democratizadora de las instituciones políticas, reivindicada primero y lograda después paulatinamente, la estructura interna de la sociedad editora tomaba valores simbólicos de futuro” (BUSTAMANTE, 1986:55).

El periódico se enorgullecía de su diversidad accionarial como garantía de independencia y así lo dio a conocer a sus lectores en un suplemento titulado “Quienes hacen El País”  cuando se cumplía un año del rotativo.  Se dieron a conocer los nombres y apellidos de los 1.096 accionistas de diversa ideología política de los cuales ninguno poseía el 10% del capital social.

La  fórmula del periódico resultó ser tal éxito desde el primer momento que sorprendió a la empresa editora y tras las primeras elecciones democráticas El País se consolida como un órgano de referencia e influencia de la opinión pública española (REIG, 1998:61). Por diario de referencia entendemos a “esas cabeceras que, por su especial implantación y carisma en el mercado español, producen lo que nosotros denominamos un efecto de arrastre en la relación con el resto de los medios de comunicación, sean escritos o audiovisuales” (REIG, 1996:154). En 1980 El País era el de mayor difusión en España  y Polanco delega sus negocios editoriales en Emiliano Martínez para  ocuparse en exclusiva del diario[1].

Era un  principio fundacional de El País el que su accionariado tuviera un carácter heterogéneo, lo componían 1.107 accionistas variados, desde franquistas como Pío Cabanillas hasta comunistas como Tamames, en ese momento detenido por pertenecer a la Junta democrática, o Fraga , en aquel momento ministro de la Gobernación del gobierno de Arias (FRATTINI/COLÍAS, 1996:120). Dicho principio entraría en crisis al convertirse en un órgano de opinión influyente.

 Para estar bien informado había que leer El País, al igual que para conocer la postura de los intelectuales ante los cambios que se iban produciendo en la política española. “En definitiva, aunque su tirada no era excesiva en comparación con otros periódicos del mundo occidental, le permitió no sólo crear constantemente opinión en los círculos más influyentes de la sociedad española sino que discutía y recogía también sus pareceres. Y ahí reside la clave de su poder, pues un periódico con tales características cumple un papel decisivo aunque él no lo pretenda. Cuando una sociedad tienen problemas, cuando está diseñando sus propios caminos y se encuentra reflejada seriamente en un periódico, éste se convierte en un medio importante para indicar caminos y orientar opiniones. Y este cometido lo cumplió bien el rotativo orteguiano” (ESPANTALEÓN, 2002: 24).

 Un sector del accionariado se sentía molesto porque pensaban que la línea editorial se estaba escorando hacia la izquierda (la línea política de Polanco). También eran de la opinión de que existía una íntima relación entre Polanco y Cebrián, lo que suponía una pérdida de independencia del periódico. De este grupo de descontentos que dominaba el 25 por ciento de las acciones destacamos a hombres como Fraga, Lázaro Carreter, Lafuente Ferrari, Fisac, Laín Entralgo, Piniés, Zuloaga, Areilza, Serrano Suñer, Chueca Gotilla, Pérez Escolar o García de Vinuesa (fue el presidente del Sindicato de Accionistas que se organizó para manifestar la discrepancia con la línea de Polanco). Este grupo se sentía respaldado por Darío Valcárcel, uno de los promotores y fundadores de El País y Miguel Ortega Spottorno (hermano del presidente de Prisa) (BARRERA, 1995:66).

La lucha comenzó en 1978 y en algunos medios se conocía como  “la guerra de las galaxias” o “la guerra de los seis años”. Como señalan Colías y Frattini el periódico se convierte en una poderosa arma que todos quieren controlar: surge una guerra interna en el seno de la sociedad editora que se saldará con la pérdida del sector conservador.

Para Carlos Barrera este grupo de oposición interna intentó detener a Polanco, que se estaba convirtiendo en el hombre fuerte de Prisa: “A estos efectos recordaban los disidentes el propósito fundacional de que el capital se encontraba fragmentado para evitar el riesgo de participaciones dominantes dentro de la empresa” (BARRERA, 1995:66).

 

El Estatuto de la Redacción: un instrumento para garantizar la independencia del periodista (13-6-1980)

 

El periódico, que nació con vocación de independiente, aludió por primera vez a la cláusula de conciencia el 16 de enero de 1977 en su edición del domingo. Se explicó a los lectores cómo estaba legislada la cláusula de conciencia en diversos países como Francia, Portugal, Alemania o Estados Unidos. En España no existía todavía una constitución que reconociera los derechos básicos de una democracia, de ahí la importancia de las siguientes palabras publicadas por el diario: “En España no existe una referencia explícita legal al tema de la cláusula de conciencia en la profesión periodística. Quizá el único texto que puede incidir más o menos tangencialmente en el problema sea el Anexo del Estatuto de la Profesión Periodística, que se refiere a los principios generales de la profesión “ (EL PAÍS, 19-1-1976).

En diciembre de 1978 fue promulgada la Constitución con lo que España se otorgaba de un ordenamiento jurídico democrático. De entre el elenco de derechos reconocidos nos centraremos en uno que es la piedra de toque de toda democracia: la libertad de expresión.  “Paradójicamente, en una sociedad democrática una información correcta es aún más necesaria que en unas sociedad autoritaria, dictatorial. Para la democracia, la información es como un nutriente, la linfa vital: es la premisa para que tenga sentido cualquier tipo de discusión y de decisión que resguarde el espacio público” (BETTETENI/ FUMAGALLI, 2001:22).

Nos detendremos en el art. 20 dentro del Título I, De los derechos y deberes fundamentales en el que reconoce la libertad de expresión. Para la profesora Azurmendi, dicho artículo 20 hay que situarlo en una línea cercana a la doctrina de los derechos humanos de los textos internacionales de Naciones Unidas y Consejo de Europa (AZURMENDI, 2001: 57-58).

El artículo considera el derecho a la información como un derecho preexistente al texto constitucional, es decir, como un derecho humano que se impone a la norma constitucional. En concreto los padres de la constitución se inspiraron  en el art. 5 de la ley Fundamental de Bonn de 1949 y en el art. 21 de la Constitución italiana de 1947. El art. 20 de la Carta Magna reconocen y protegen los derechos: a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción. B) A la producción y creación literaria, artística, científica y técnica. c) A la libertad de cátedra. d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. La Ley regulará el derecho a la cláusula de conciencia y al secreto profesional en el ejercicio de estas libertades. 2. El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.3. la Ley regulará la organización y el control parlamentario de los medios de comunicación social dependientes del Estado o cualquier ente público y garantizará el acceso a dichos medios de los grupos sociales y políticos significativos de España. 4. Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, en los preceptos de las leyes que lo desarrollan y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia. 5. Sólo podrá acordarse el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información en virtud de resolución judicial”.

Este artículo vincula el secreto profesional y la cláusula de conciencia al derecho de la información a pesar de que requiera una desarrollo legislativo posterior. El diario El País  amparándose en ese clima de libertad estimó conveniente regular la cláusula de conciencia y el secreto profesional en un estatuto de redacción. El diario fue pionero una vez más pues hasta la fecha ningún diario español poseía ninguna regulación interna pactada de la actividad profesional periodística. Para Azurmendi “(...) en ellos se determinan las relaciones del elemento redaccional del medio con la Dirección y la Empresa editora del mismo. Ante la carencia de un desarrollo legislativo, cobran especial importancia en la efectividad del reconocimiento del derecho-deber del secreto profesional” (AZURMENDI, 2001:188).

El periódico manifestó que el estatuto venía a regular las relaciones entre los redactores, la dirección y la sociedad editora del periódico. También informó a los lectores de que se había elaborado teniendo en cuenta las experiencias realizadas en los periódicos de calidad europeos y que tenía como finalidad salvaguardar la línea editorial del diario.

Se trataba, según informó el diario, de un documento de veintiún artículos, más una disposición transitoria, una adicional y un anejo, que contemplaba los principios editoriales del periódico, la cláusula de conciencia de los periodistas ante un eventual cambio de línea de la publicación, el secreto profesional, las atribuciones y obligaciones de la dirección, el sistema de nombramiento de director y demás mandos de redacción, así como la constitución y funcionamiento del comité de redacción (EL PAÍS, 13-6-1980).

En su parte declarativa el Estatuto señalaba que El País era un periódico independiente, nacional, de información general, y con clara vocación europea, defensor de la democracia pluralista según los principios liberales y sociales y que se comprometía a guardar el orden democrático y legal establecido en la Constitución. Se informó además que el periódico rechazaría cualquier presión de personas, partidos políticos, grupos económicos, religiosos o ideológicos que tratasen de poner la información al servicio de sus intereses[2].

Los periodistas de El País se tendrían que atener a los principios enumerados en el Estatuto y podrían invocar a la cláusula de conciencia en el caso de un cambio sustancial de la línea ideológica del periódico. La resolución del contrato por correcta aplicación de la cláusula de conciencia tendría la consideración de despido improcedente con su correspondiente indemnización (EL PAÍS, 13-6-1980).

En el supuesto caso de que dos tercios de la redacción consideraran que una posición editorial de EL País vulnera su dignidad o imagen profesional, podrán exponer su opinión discrepante a través del periódico en el plazo más breve posible (EL PAÍS, 13-6-1980).

Dicho artículo también informó que en lo que se refería al secreto profesional, la redacción del periódico lo consideraría un derecho y un deber ético de los periodistas con lo cual ningún redactor ni colaborador podría ser obligado a revelar sus fuentes informativas así como que la sociedad editora amparará con todos los medios a su alcance el ejercicio del secreto profesional.

El Estatuto definía al director como el responsable de la línea editorial del periódico en el marco de los principios en él enunciados con lo que mantenía el derecho de veto sobre los originales para lo cual se encargaba de organizar y coordinar los trabajos en la redacción. El texto también contemplaba que antes de que el presidente o el Consejo de administración, proceda a su nombramiento, el presidente o el consejo delegado informarán ante la propuesta al comité de redacción. En el caso de que dos tercios de la redacción se opusieran dicha propuesta, el estatuto contempla que el consejero de administración “tendrá en cuenta esta opinión, que no tienen carácter vinculante”. En lo que respecta a los nombramientos de subdirectores, redactores jefes y asimilados serían comunicados previamente por el comité de redacción a los periodistas y, en el caso de una oposición de dos tercios de la redacción, esta opinión habría de ser tenida en cuenta, aunque carecía de carácter vinculante (EL PAÍS, 13-6-1980).

Por último se informaba de que al menos una vez al mes el comité de la redacción -el órgano de la representación profesional de la redacción- mantendría reuniones periódicas  así como que tenía como competencias la de convocar y presidir las asambleas de la redacción, salvo las de carácter sindical. Dicho comité -señaló el periódico- estaría formado por cinco miembros, elegidos anualmente y revocables por la asamblea[3].

 La primera semana de junio de 1980 fue sometido a votación de la redacción por primera vez y si bien obtuvo la mayoría absoluta -61 votos sobre un censo total de cien periodistas- no logró los dos tercios previstos como necesarios para su aprobación. La segunda votación se llevó a cabo el 11 de junio y los resultados fueron de setenta votos a favor, dieciséis en contra, siete en blanco y siete abstenciones.

 

La justificación del estatuto de redacción en las páginas de El País

 

Un editorial de El País explicaba a sus lectores el nuevo clima de  libertad informativa que se respiraba en España al compás de la democratización de las instituciones políticas. El estatuto de redacción venía a ser un exponente representativo del recién estrenado derecho a la libertad de expresión, derecho que hacía tiempo que era reconocido en otros países europeos democráticos. Esos países como Francia, Italia o Alemania con su prensa de calidad, libre e independiente eran el punto de mira del diario español El País que nacía con vocación europeísta: “Durante más de un año, comisiones de la redacción, dirección y consejo de administración de este periódico lo han discutido exhaustivamente en una negociación que nunca ha sido fácil, pero que ha merecido la pena. Los hombres y mujeres que hacen posible EL PAÍS, desde la redacción o desde la propiedad, no han logrado ningún descubrimiento revolucionario al propiciar este estatuto, han intentado tan solo aproximar los esquemas de trabajo  de la prensa española a lo que es moneda corriente entre los periódico más solventes y prestigioso de Europa occidental Le Monde, Le Figaro, Il Corriere de la sera, Frankfürter Allgemeine Zeitung, Neue Zurcher zeitung, Suddeutsche Zeitung, y para sus lectores, podía ser saludable para una prensa española que acaba de salir de cuarenta años de desertización informativa y manipulación dictatorial” (EL PAÍS, 19-7-1980).

Según el periódico que se dispusiera de un estatuto de redacción le aproximaba a la mejor prensa europea: “El estatuto de EL PAIS no podía menos que resultar polémico, por cuanto será quizá el primero de este género que se implante en España, pero de ninguna manera el último. Para algunos es demasiado poco y para otros resulta excesivo. El tiempo y el uso que se dé a este u a otros es demasiado poco “pactos redaccionales” dirimirán la polémica. Pero, en cualquier caso, es un logro importante abrir una discusión intelectual sobre la “dirección más corresponsabilidad” en los medios de información y la fijación de unas garantías mínimas sobre el honor de los periodistas, el derecho de los propietarios a mantener una línea fundacional y el de los lectores a no ser intoxicados informativamente a capricho de un redactor, un director o un empresario”(EL PAÍS: 19-7-1980).

El editorial del periódico dedicado al Estatuto señaló que la libertad, incluso en Occidente, es un bien precario y la libre circulación de las  informaciones, un trabajo delicado objeto de múltiples precisiones. Para ilustrar esta idea el periódico citó la siguiente frase del director electo de Le Monde, Claude Julien: “Las verdades del poder, poder del Estado, poder de los partidos de oposición, poder del dinero, poder de los que orientan y deciden, no pueden ser las verdades del periodista. El que quiera pensar y escribir no tiene más solución que revelar lo que todo poder se esfuerza en ocultar” (EL PAÍS,19-7-1980).

Para el periódico, ni los propietarios ni los directores, ni los redactores ganaban algo personal con los pactos de redacción sino que más bien  todo lo contrario, pues cedían en beneficio de un compromiso común y de una libertad de información que debía ser patrimonio de la sociedad.  Desde las páginas del diario se manifestaba la fe en el estatuto de este que se  esperaba su aprobación por la junta general de la sociedad editora de EL PAIS  y resultaba así un paso interesante y sugerente para toda la profesión periodística y para la mejora de los niveles de correcta información del pueblo español. La defensa de la libertad de expresión y los estatutos de redacción, ampliamente experimentados en toda Europa occidental, obligaban -según el diario- a difíciles e interesantes discusiones intelectuales sobre el papel  de los medios de información en las sociedades modernas.

 

El debate ideológico en la Junta General de accionistas

 

 La junta general de accionistas de Promotora de Informaciones, S.A. (PRISA) reunida el 20 de junio de 1980 aprobó tras un prolongado debate el estatuto de la redacción. La Junta se celebró con asistencia de 570 accionistas presentes y representados los 1.112 que componen la totalidad del accionariado de Prisa. José Ortega Spottorno -presidente del Consejo de Administración- señaló que desde finales de 1979 el periódico se había convertido en el diario de mayor difusión de España y de Madrid  y que la independencia del periódico era la base de la credibilidad, “pese a la campaña de descrédito llevada a cabo tanto por un grupo de accionistas como por personas ajenas a nuestra sociedad”.

Dicho consejo de junio de 1980 hizo que se pusiera de manifiesto una lucha de poder entre el sector liderado por Polanco ampliamente mayoritario y el sector conservador, como a continuación expondremos.

Hubo tres orden del día y el último fue la aprobación del Estatuto de la redacción de El País. Polanco como consejero delegado presentó a la Asamblea el estatuto de la redacción y expresó que, por primera vez, la cláusula de conciencia y el secreto profesional se incorporaban en un periódico: “La cláusula de conciencia y el secreto profesional eran una pieza importante para el mantenimiento de la línea de independencia actual de El País” (EL PAÍS, 21-6-1976).

 Esta postura molestó al grupo de accionistas descontentos debido a que ellos acusaban  al tándem Polanco Cebrián de llevar al periódico a la pérdida de la independencia informativa. El accionista Fernando Chueca acusó a Polanco de “triunfalismo astronómico”  y además manifestó que el Estatuto acabaría con la libertad de prensa “a menos que se entienda por libertad de prensa la que existe en Cuba”. Según el diario en ese momento hubo abucheos, silbidos y aplausos, es decir, quedaba patente la existencia de dos posturas divergentes. Chueca manifestó que “los redactores no pueden tener la llave del periódico”. Por ello pidió que se retrasase la aprobación del estatuto hasta otoño. García de Vinuesa (era el presidente del sindicato de accionistas que venía oponiéndose a la actual gestión del periódico) se alienó con Chueca. Según Vinuesa, el estatuto se había presentado “de forma dictatorial” y con poco tiempo para estudiarlo (EL PAÍS: 21-6-1980).

Bonifacio de la Cuadra, miembro de la representación profesional que negoció el estatuto con la empresa, expuso que ”este Estatuto es moneda corriente, de curso legal, en la Europa occidental” y que de esa manera se consolidaba la línea editorial del periódico como independiente, influyente y rentable (EL PAÍS: 21-6-1980).

La tesis que Cebrián mantuvo para defender la existencia del Estatuto fue la siguiente: para mantener la línea editorial independiente del periódico frente a grupos que pretendían cambiar la línea en el sentido que quiere la derecha más reaccionaria (refiriéndose al grupo de accionistas descontentos con la línea ideológica representada por el tándem Polanco-Cebrián). Cebrián expresó que el periódico seguiría siendo independiente porque así lo deseaban sus lectores al margen de quien fuera el consejero delegado o el directo.

Polanco se estaba refiriendo a que el número de tiradas aumentaba[4] y que por ello eran los lectores los que deseaban esa línea de izquierdas. Respecto a este periódico siempre se ha considerado como una gran baza la oportunidad histórica del lanzamiento pues eran muchos los españoles desencantados con la línea seguida por el presidente del Gobierno Adolfo Suárez y empezaban a poner sus esperanzas en el joven Felipe González líder el partido Socialista obrero Español. Destacó como logros más importantes del Estatuto el reconocimiento de la cláusula de conciencia “porque hemos sido contratados para hacer este periódico y no otro” y el secreto profesional ”que está en la Constitución, pero por el que los periodistas corremos aún el peligro de ir a la cárcel por nuestro deber de guardarlo” (EL PAÍS, 21-6-1976).

Quedaba patente la lucha entre el señor Polanco que defendía una línea escorada hacia la izquierda, que él denominaba independiente, y la línea decantada hacia la derecha, que se sentía arrumbada. Como bien señala Ramón Reig se trata de un momento histórico de la vida del periódico pues se enfrentaban dos tendencias que querían hacerse con el medio de comunicación para influir en la opinión pública española.

En palabras de Polanco: “Yo me incorporé a El País porque me lo pide Fraga, pero el promotor de la idea de El País era José Ortega Spottorno. Me piden que les ayude a hacer la gestión porque yo no tenía antecedentes ni negativos ni positivos con respecto al franquismo. Yo entraba de gentil. Me vinculo con un equipo profesional formidable, tenemos éxito y entonces los dueños fundamentales del periódico, que eran los que nos habían contratado, nos dicen que no hemos cumplido lo que ellos querían y nos quieren echar. Ahí empezó una guerra interna que tuve la suerte de poder aguantar, después de ganar y eso me convierte en el protagonista de la empresa editora” (Vázquez Montalbán, 1996: 116).

El debate se zanjó con la aprobación del Estatuto de la Redacción de El País por 16.383 votos a favor, 156 en contra y 7.855 pidieron que se retrasara su aprobación. El señor Escardó –abogado del bufete de José Mario Armero y consejero de Cambio 16, según se puso de relieve- se reservó el derecho de impugnar el estatuto.

El 21 de Junio el diario publicó el texto íntegro del Estatuto de la Redacción así como un anejo en el que figuraban las declaraciones del presidente de PRISA en la Junta general de marzo de 1977 donde se especificaba que El País era un periódico liberal y dispuesto a comprender y escuchar al prójimo aunque pensara de otro modo y a no admitir que el fin justificara los medios.

Desde las páginas del diario también se aclaró que ser liberal implicaba también el reconocimiento de que la soberanía residía en el pueblo, es decir, en el conjunto de todos y cada uno de los ciudadanos, titulares de iguales derechos.

El País, según manifestó el consejero delegado, se comprometía a defender la democracia pluralista, ejercida mediante el sufragio universal, como el procedimiento menos malo inventado hasta ahora para el ejercicio de esta soberanía. La aceptación de los derechos fundamentales de la persona humana y la denuncia de cualquier clase de totalitarismos era la consecuencia ineludible de esa postura.

Se anunció desde el rotativo  que se deseaba ser independiente, que no fuera portavoz de ningún partido, asociación o grupo político, financiero o cultural y, aunque debía defender la necesidad de la libre empresa y  su economía dependía del mercado publicitario. El País se comprometía a rechazar todo condicionamiento procedente de los grupos económicos de presión (EL PAÍS: 21-6-1980).

 

Dominio de Polanco: las ideas fundacionales entran en crisis

 

La elaboración y posterior aprobación del Estatuto trajo consigo que se hicieran patentes las disidencias internas del Consejo de administración del grupo PRISA. Es decir que se evidenció el triunfo del sector liderado por Jesús de Polanco, el cual estimó que la pluralidad accionarial era una desventaja, algo que iba manifiestamente en contra de los principios fundacionales de El País.

El sector conservador y, por lo tanto, crítico con la línea de Polanco, ante el crecimiento de las ventas del periódico, que traía consigo buenos resultados económicos (ascendieron a 192 millones en 1979 y 581 millones en 1982), vendieron sus participaciones en el verano de 1983. De esta manera, la imagen del consenso interior que se quiso transmitir a los lectores en los primeros años de vida del periódico quedó hecha añicos.  Como señala Pizarroso, el diario El País vivió un idilio con la prensa mientras estuvo en la oposición que se prolongaría cuando el PSOE llegó al poder en 1982 (PIZARROSO, 1998).

 Barrera señala al respecto: ”los esfuerzos del sector crítico resultaron vanos debido a la situación minoritaria, al indudable crecimiento en ventas del diario y a los excelentes resultados económicos obtenidos: ya en 1977 -esto es, en su segundo ejercicio- habían logrado unos 42 millones de beneficios, que ascendieron a 192 millones en 1979 y a 581 millones  en 1982” (BARRERA, 1995:66).

 Con la venta de las acciones por parte del grupo minoritario las luchas por el poder en el seno del periódico finalizan, un período conocido como “la guerra de los seis años”, y de la que sale como vencedor indiscutible el empresario de origen cántabro convirtiéndose en accionistas mayoritario de Prisa. Un año más tarde es nombrado presidente de la sociedad, cargo que ocupaba José Ortega Spottorno, quien, a partir de ese momento, ostenta la presidencia  honoraria (REIG,1998).

El diario El País era liderado por un consejo de administración dominado  por el titular del grupo editorial Timón, Jesús de Polanco, a quien en 1981 José María Martín Patino, padre jesuita le “bautizó” como “Jesús del Gran Poder”. El nombre, según indica Reig, surge como consecuencia de que Polanco estaba al frente de la Fundación para la Defensa de la democracia, constituida tras el 23-F. La influencia que ejerció Polanco en la opinión pública con su diario era enorme hasta tal punto que contribuyó al advenimiento de la era socialista.

Como señala Concha Edo: “Los  hechos mostraron que existían una serie de ideas e intereses difícilmente conciliables. La variedad ideológica del accionariado se fue limando con las renuncias de algunas de las voces disonantes, hasta formar un grupo homogéneo a partir de 1984” (EDO, 1994:40).

 Ramón Reig recoge las siguientes declaraciones de Polanco respecto al tema: “Al principio, el accionariado de Prisa estaba muy dividido y cruzado por toda clase de pequeñas batallas entre diversos sectores ideológicos. Hubo un grupo que, preocupado por lo que consideraba excesivo progresismo del periódico, trató de organizarse para desalojarnos a los que estábamos departe de él y de la empresa. Fracasaron porque eran minoritarios y, además, incoherentes con los propósitos originales de El País. Y yo conté, en esos momentos, con el apoyo de todo el equipo de gestión y con la capacidad económica suficiente para organizar una minoría de control y darle rentabilidad al proyecto. La lucha empezó en el año 78 y duró cinco años. En algunos medios se conocía como la “guerra de las galaxias”. Pero gracias a este conflicto se fortalecieron los lazos con la redacción, se escribió el Libro de Estilo y se creó en Estatuto de la redacción, en 1980, para defender la independencia de los profesionales del periódico” (REIG:1996:60).

Existió pues una perfecta sintonía del periódico con el partido socialista y de éste con la sociedad española. Barrera lo expresa de la siguiente manera: “El partido con el que entró en mayor sintonía, llegando a apoyar de modo sistemático sus ideas de cambio, fue el PSOE. No deja de ser significativo de la evolución ideológica que sufrieron los españoles entre 1979 y 1982 el hecho de que fueran estos cuatro años de mayor crecimiento de El País, que pasó de 128.000 ejemplares vendidos a 297.000. Se estaba verificando un notable cambio en la opinión pública española, que, cansada de la ineficacia de una UCD dividida iba a dar la victoria, por aplastante mayoría absoluta, a los socialistas de Felipe González, en octubre de 1982” (BARRERA,1995:65).

 “En definitiva lo que hace que El País devenga en un impulso dirigista es el tener vocación de constituirse en el intérprete de las aspiraciones del sector más dinámico de la clase dominante. (...) Este adelantamiento ético-intelectual del periódico, y su carácter izquierdista y moral se convierten, tras apoyarlo en sus editoriales, en la ayuda decisiva para que el PSOE sea la alternativa de poder a la hoy extinta UCD” (ESPANTALEÓN, 2002: 19).

Con el tiempo Jesús de Polanco acabaría convirtiéndose en el principal accionista y presidente del grupo PRISA. Unos años antes, en 1982 el grupo PRISA se hacía con un paquete de acciones de la principal cadena radiofónica del Estado, la SER, cadena que pasa a controlar en 1985. Todo ello con el innegable apoyo de los gobiernos socialistas (FERNÁNDEZ / SANTANA, 2000). No en vano,  Martín Patino denominó al periódico en la década de los ochenta como “El diario gubernamental”.


BIBLIOGRAFÍA

ALFÉREZ, Antonio (1986). Cuarto poder en España. La Prensa desde la Ley Fraga 1966. Barcelona: Plaza & Janés.

AZURMENDI, Ana (2001). Derecho de la información: guía jurídica para profesionales de la comunicación. Pamplona: Eunsa.

BARRERA, Carlos (1995). Sin mordaza. Veinte años de prensa en democracia. Madrid: Temas de Hoy.

BETTETINI, Gianfranco/ FUMAGALLI, Armando (2001). Lo que queda de los medios. Ideas para una ética de la comunicación. Pamplona: Eunsa.

COCA, César/ PEÑALVA; José Luis (1998). Modelos de los medios de comunicación social. Zarautz : Servicio Editorial de la Universidad del País Vasco.

EDO, Concha, La crisis de la prensa diaria. La línea editorial y la trayectoria de los periódicos de Madrid, (1994). Barcelona: Ariel.

ESPANTALEÓN peralta, (2002), Antonio,  “EL País” y la transición política. Granada: Editorial Universidad de Granada.

FERNÁNDEZ, Isabel / SANTANA, Fernanda, (2000). Estado y medios de comunicación e la España democrática. Madrid: Alianza.

FUENTES, Juan Francisco/ FERNÁNDEZ SEBASTIÁN, (1997) Javier, Historia del periodismo español. Madrid: Síntesis.

IMBERT, Gérard / BENEYTO, José Vidal,  (1986). El País o la referencia dominante. Madrid: Mitre.

ORTEGA SPOTTORNO, Jose, (2003). Los Ortega. Madrid: Santillana.

PIZARROSO, Alejandro, De la gazeta nueva a canal plus. Breve historia  de los medios de comunicación en España, Madrid: Editorial Complutense.

REIG, Ramón, (1992), Medios de comunicación y poder en España, Prensa, radio, televisión y mundo editorial. Barcelona: Paidós.

VAZQUEZ MONTALBÁN, Manuel (1996), Un polaco en la Corte del rey Juan Carlos. Madrid: Alfaguara.

 

FUENTES HEMEROGRÁFICAS:

El País ha sido consultado en los ejemplares que requería el objeto de estudio

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



[1]  Según el control de la OJD El País tenía en 1980 una difusión de 234.016.

[2] Aprobado por más de dos tercios del censo el Estatuto de la redacción de EL PAÍS, 13 de junio 1980.

[3] En aplicación del artículo 17 del Estatuto de la Redacción se eligieron a cinco miembros que compondrán la representación profesional de los periodistas. Los elegidos fueron: José Ramón Pérez Ornia, Luis Manuel Duyos, Daniel Gavela, Carmen García Amalric y Francisco Gor.

[4] El periódico desde que apareció comenzó una trayectoria ascendente que –con la excepción del recuento de lectores 1977/1978- no iba a pararse hasta el control de difusión de 1990.