OCTUBRE
DEL 82: EL ALCÁZAR FRENTE AL CAMBIO.
Pierre-Paul
Grégorio
Profesor
Titular
Universidad
de Saint-Étienne - Francia
Todavía
bajo los efectos del 23-F y de su onda expansiva, la España de octubre de 1982
se aprestaba a votar en las elecciones anticipadas convocadas por el gobierno
de Leopoldo Calvo Sotelo. En el ambiente se respiraba el cambio político. Pese
a que el PSOE optó “por un programa reformista en el que no tenían cabida las
referencias a la transición al socialismo ni a un modelo alternativo de
sociedad”[1],
El Alcázar, órgano de la Confederación de Ex-combatientes, difícilmente
podía aceptar tal perspectiva sin que afloraran a sus páginas los tópicos y
esquemas que durante el franquismo sirvieron de dogmas. Con todo, el periódico
tampoco podía ignorar que, pese a contar con “la tirada y la difusión mayores
de toda su trayectoria”[2],
la España que propugnaba en modo alguno contaría con el respaldo popular en los
comicios. Frente a tal dilema, el periódico de “oposición al Gobierno y
oposición a la Oposición”, como lo definió en su día su director, Antonio
Izquierdo, optó por una línea relativamente fluctuante, que los distintos
acontecimientos ocurridos a lo largo del mes obligaron a ajustar casi
cotidianamente hasta forzarle a arriar, aunque fuera transitoriamente, su
pabellón.
I) Con la mirada teóricamente
puesta en las elecciones...
La
portada del 30 de septiembre dejaba ya clara constancia de lo fútil que podrían
resultar las elecciones en la situación caótica de España. Su titular –“Oleada de atentados en toda España”[3]-,
anunciaba una implosión nacional por incompetencia manifiesta de la clase
política dirigente, apoyándose en dos fotos de los escombros producidos en
Madrid por otras tantas explosiones. Utilizando, según su costumbre, “todos los
recursos a los que puede echar mano el periodismo de combate”[4],
El Alcázar hacía pues ya campaña a su manera. Según él, los partidos
políticos habían pactado un ocultamiento sistemático de la realidad del país ya
que en el recuento oficial de los atentados “se produjeron bastantes más (...)
que sin embargo, no figuran en las cuentas oficiales”[5].
En otras palabras, ¿cómo confiar en aquellos que así mentían? Centrándose en
las elecciones, el periódico rezumaba esa misma tonalidad acusadora y
provocadora.
Tras
arremeter contra la izquierda y el centro, culpables de la futura sangría
económica al prometer “sin pudor y sin memoria, paraísos artificiales
imposibles de construir”[6],
Antonio Gibello, sin pedir nominalmente el voto para nadie, instaba al lector a
acudir a las urnas con espíritu pragmático “porque en las ofertas programáticas
hay mucha mercancía de matute”[7].
De ahí la puntualización, en primera página, del propio director que, en su “Hora
punta” habitual, defendía la necesaria unidad de todos los partidos con
presupuestos ideológicos afines, evitando así “la grotesca atomización”[8]
que padecían. Con el porvenir nacional en juego, Izquierdo garantizaba la
neutralidad de su periódico respecto a esas formaciones a condición de no
olvidar que sólo podían ir a las elecciones movidas por la voluntad de servir a
España[9].
Negaba, sin embargo, estar incitando al “voto del miedo”[10].
Muy al contrario. De él se habían valido Suárez y Calvo Sotelo para alcanzar y
conservar el poder durante “el Lustro Negro, cuya última estadística relata que
el nivel de vida de nuestros compatriotas se ha reducido en una cuarta parte
del nivel que poseía antes de que ejercitase aquel sufragio”[11].
Aparecía aquí la estrategia reiterativa del diario: dramatizar la construcción
del porvenir remitiéndose a un pasado necesariamente adaptado al contexto
-“lustro” por “bienio”- para mejor denigrar la evolución general del país. Tal
concepto estaba teóricamente tan perfectamente interiorizado por el lector, por
la obsesiva y ritual repetición del mismo, que el artículo no precisaba
extenderse en explicaciones. Si el definitivo punto de inflexión de la
situación habían sido las primeras elecciones, con las del mes siguiente, el
lector-ciudadano debía concienciarse de que, por fin, tenía en sus manos la
oportunidad de poner coto a los errores cometidos. De ahí que no se llamara a
la abstención “que resultaría un suicidio”[12].
Con todo, la conclusión de Izquierdo era todo un dechado de ambigüedad que muy
bien podía explicar esa supuesta neutralidad inicialmente reivindicada.
En
efecto, afirmaba como dogma de la supervivencia nacional que “cuando las cosas
superiores, permanentes y serias, peligran, no se defienden con miedo”[13].
Por ello, mientras las elites del país sólo contemplaban el sufragio como única
vía posible de encauzar el porvenir, Izquierdo consideraba que “existen otros
procedimientos con numerosas referencias históricas, jurídicas y
constitucionales”[14].
Sin mayor precisión. La querencia del periódico por las maniobras subterráneas
no había desaparecido. En todo caso, proseguía con su línea eminentemente
alarmista.
Con
el silencio oficial sobre la destrucción de las instalaciones de Campsa en
Badalona por excusa[15],
se insistía en la total ausencia de libertad de información, prueba
teóricamente de lo falaz del sistema político. Nada nuevo había por parte de un
diario acostumbrado a denunciar “untes” y “fondos de reptiles”. Arremetía
también contra una justicia discriminatoria que se ensañaba con los procesados
por el 23-F, ignorando deliberadamente sus derechos[16].
Así pues, ese mismo sistema que llamaba a los ciudadanos a expresarse era el
mismo que les negaba la libertad y el amparo de la justicia. La estafa moral no
podía obviamente ser mayor. Por ello, el abandono de la lucha armada de algunos
miembros de ETA (VII asamblea) fue considerado como una artimaña electoralista
y los parabienes públicamente expresados ante su vuelta a “la normalidad
democrática”[17] como una
funesta broma. Luego el proceso electoral también era abiertamente disgregador.
Por ello, Juan Blanco, subdirector del periódico, anunciaba sin reparos que “la
consigna sigue siendo la misma: Perezca España, pero sálvese esta democracia”[18],
oponiendo irremediablemente ambos conceptos, irreconciliables por esencia. El
diario seguía fomentado la idea de una sociedad en permanente conflicto,
abocada a la inestabilidad crónica mientras siguiera vigente el sistema
político conocido. Blanco apelaba apenas veladamente al advenimiento de “otra”
democracia opuesta a “esta bendita democracia que nos impusieron masones,
democristianos, marxistas de toda laña y condición, muchos traidores y
perjuros, algún que otro asesino acreditado y sodomitas”[19].
No se necesitaba defender un programa, ni elaborar hipotéticos marcos de
convivencia. La agresión verbal hacía las veces de banderín de enganche.
Bastaba con definirse como antítesis de lo existente. Y esa “otra” democracia
sólo podría ser, por deducción, orgánica. Sin embargo, contrariamente a lo
aparente a primera vista, la relativa ambigüedad de Izquierdo del día anterior
tampoco quedaba del todo eliminada.
El
lector atento podía efectivamente negarle toda utilidad a las elecciones tras
el furibundo ataque de Blanco. Sin embargo, no le resultaría fácil deducir una
cerrada oposición del periódico al sistema democrático a tenor de la primera
página del día 2. Por segunda vez consecutiva, se aplaudía la victoria de
Helmut Khol poniéndola en paralelo con la oposición creciente a François
Mitterrand[20]. Unas
elecciones habían traído la plaga socialista a Francia pero otras habían
redimido de ella a la República Federal Alemana. Luego, aparentemente, la
derecha democrática –vituperada por Blanco- podía evitar por medios pacíficos
la expansión del mal. En realidad, más que una esperanza, se diagnosticaba que dicha solución sólo podía ser válida en
el extranjero. En la España de la Transición, el caso de los “arrepentidos” de
ETA demostraba que política no rimaba con moral. Y para mejor encrespar los
ánimos en las salas de banderas, no dejaba Izquierdo de señalar que mientras
por la calle deambulaban libres unos asesinos, “la autoridad competente ha
vuelto a dejar sobre la mesa de la deliberación la puesta en libertad de seis
capitanes del Ejército y un civil, que no originaron ni una sola gota de sangre
y que han cumplido sobradamente la pena impuesta por un Consejo de Guerra”[21].
Dicho trato discriminatorio indicaba que el verdadero enemigo del Ejército era
un sistema que premiaba con el libre
derecho a la palabra a “una organización terrorista, al servicio del interés de
una inteligencia extranjera”[22].
El artículo rezumaba desprecio hacia la clase política nacional y unos medios
de comunicación traidores a España que favorecían la intromisión de esa
“inteligencia extranjera” mentada aunque no definida. En suma, dejaba
constancia, antes del desmantelamiento
de la “Operación Cervantes”, de un acatamiento meramente formal de la legalidad
vigente.
II)
Y
estalló la “Operación Cervantes”...
El
día 3 presentaba El Alcázar su habitual “Balance terrorista de la
semana”[23].
Sin embargo, la noticia más importante resultaba evidentemente la detención de
tres oficiales del Ejército, acusados de una “presunta implicación (...) en
actividades contra la Seguridad del Estado”[24].
Seguramente por lo inesperado de la noticia, no se detectaba aún ningún cambio
en la línea del diario. Así, Joaquín Aguirre Bellver anunciaba que, en caso de
victoria marxista – socialistas y comunistas, todos eran uno – estallaría, lisa
y llanamente, la subversión. Por todo ello, era más necesario que nunca ir a
votar para barrer primero a la izquierda y, luego, al conjunto de los
políticos. Nada primordial se perdería ya que nada vital representaban “pues lo
accesorio son ustedes, sus partidos, sus programas y sus tabarras”[25].
Se acentuaba de esa guisa una óptica maniquea que determinaba no el adversario
sino el enemigo a anular. Se indicaba en suma, resolviendo así la aparente
paradoja, que podían utilizarse los resortes del propio sistema para mejor
destruirlo. La noticia de las detenciones vino entonces a forzar un cambio de
estrategia en el diario.
En
cuarenta y ocho horas, el periódico pasó de una posición claramente ofensiva a
otra de defensa a ultranza pese al maquillaje de continuidad con que se
pretendió camuflar el viraje. Para el diario, al igual que en el caso
“Galaxia”, todo se resumía a una nueva intoxicación mediático-política ya que
se volvía vital “en vísperas electorales, animar el cotarro ante la general
apatía del personal”[26].
La normalidad era absoluta en los cuartos de banderas como lo demostraba la
foto en portada del teniente general Lacalle Leloup, presidente de la Jujem, en
visita oficial en Washington. Una prueba gráfica de que nada se inventaba.
Aplicando la máxima según la cual la mejor defensa seguía siendo el ataque, el
diario buscaba obviamente incriminar a aquellos que hubieran sido las primeras
víctimas en caso de triunfar el golpe. La razón primera de la maniobra
gubernamental habría sido el pavor de la clase política ante la descomunal
abstención prevista, según El Alcázar. La voluntad de complotar así
denunciada llevaba a Ismael Medina a confirmar que lo que se vivía no era sino
la lógica consecuencia de esa “dictadura parlamentaria” que padecía una España,
transformada “tras muy pocos años, en un pestilente basurero”[27]
por los políticos. Ayunos de verdadero patriotismo y embelesados por el Poder,
componían “una impostura extranjerizante”[28].
Relacionando lo escrito por Medina con el artículo de Izquierdo del día 2, la
existencia de ese obsesivo peligro extranjero permitía finalmente vincular a la
clase política nacional con los terroristas de ETA. Todo lo demás no pasaba de
ser una burda propaganda que el diario se afanó en ridiculizar.
Según
El Alcázar, con el arresto de los tres militares, sólo se había conseguido
provocar “un golpe de risa”[29].
Mofándose de la posición oficial, se le negaba el menor atisbo de credibilidad
a todo cuanto contradijera la tesis del
periódico. Así lo petendía nuevamente Medina, para quien, entre otras
incongruencias, “tampoco cabe en cabeza humana que quienes estuvieran ocupados
en la preparación de un golpe, según se dice, acudieran a instalaciones
militares severamente controladas, para consultarlo con unos hombres bajo
estrecha vigilancia”[30].
Valiéndose de elementos presentados como objetivos ya que carentes de toda
connotación partidista[31],
se pretendía explicar así la existencia de una vergonzosa operación de
diversión orquestada desde las alturas para ahogar el escándalo mayúsculo de la
aparición pública de los etarras arrepentidos. Para G. Campanal,
seudónimo de Ángel Palomino, se quería así anestesiar al pueblo a quien se
deseaba hacer olvidar “que a la ETA se le da protección y propaganda”[32].
Sin embargo, en la óptica del diario, parecía necesario darle mayor dramatismo
a la mentira oficial, buscándole no ya razones estrictamente electoralistas
sino, en salto cualitativo innegable, motivaciones de más hondo calado. Medina
apuntaba entonces que toda la campaña desatada podía muy bien ser la
consecuencia de “la depuración que el Ministerio de Defensa lleva adelante en
materia de ascensos y destinos”[33]
y que casaba perfectamente con el antimilitarismo de ciertas elites[34].
El periódico seguía pues haciendo del Ejército la víctima propiciatoria de una
clase política nacional engendrada por un régimen de injusticias y falsedades.
Como otros, años atrás, quería también “triturar” a los militares... Para
convencerse, bastaba con leer el programa militar del PSOE, acusado finalmente
–aunque indirectamente- de ser el cerebro de la ofensiva contra el Ejército. Su
finalidad exclusiva era meter en cintura a las Fuerzas Armadas a través de
reformas “que no son sino la repetición de lo que hizo, en su día, Manuel
Azaña”[35].
Volvía así la evocación del pasado como presagio de tiempos funestos. Tanto más
cuanto que resultaba imposible no retrotraerse a otro mes de octubre, treinta y
ocho años antes, cuando se produjo “el alzamiento en armas de los socialistas
(1934) al verse derrotados en las elecciones generales”[36].
Izquierdo, a falta de mejores argumentos, transformaba así la Historia en arma
arrojadiza. Se le ofrecía en suma al lector diferentes pistas de interpretación
de la actualidad, delimitándole sin embargo automáticamente el campo de lo
real. Y todo ello para convencerle de la espeluznante ola revolucionaria por
llegar.
Como
prueba suplementaria de lo que se avecinaba, el periódico relacionaba el
chantaje de ETA a los empresarios vascos con unos aportes del mundo de la
finanza a las diferentes formaciones políticas de izquierda. Frente al “impuesto
revolucionario”, aseguraba El Alcázar, la banca expresaba su
desesperación “precisamente cuando acaba de adelantar más de 1200 millones de
pesetas para la campaña electoral de la izquierda”[37],
sin distinción. Un adelanto con ribetes de extorsión. En cualquier caso,
resultaba ya del todo imposible participar en un proceso desvirtuado por la
hipocresía de unos políticos empeñados, para mejor embaucar al pueblo, en “no
diferenciarse demasiado”[38].
Apoyándose en “la desconfianza en el sistema o en la desconfianza en los
hombres del sistema”[39],
según matizaba Marcelo Arroitia-Jáuregui, sólo se podía concluir que “las
próximas elecciones no resolverán nada, según costumbre” [40].
Con un partido en el Poder abocado a mentir para evitar la quema y otro en la
oposición con inclinaciones históricas hacia la desestabilización para
alcanzarlo, la única salida realmente eficaz para salvar a España era
forzosamente “la no menos democrática opción de la abstención”[41]
que restaría toda legitimidad a cualquier resultado. Lo realmente importante
advendría a partir del día 29. En caso de victoria socialista, la dictadura
estaría servida. En caso de derrota, el golpismo revolucionario se pondría en
marcha. Y no habría paz. El Alcázar buscaba asentar la evidencia de un
determinismo histórico frente al cual el lector, como individuo, sólo podría
salvarse integrándose en un proyecto nacional que diera la espalda a los
mecanismos institucionalmente establecidos. Cuatro días después de abortar el
golpe de Estado, el voto dejaba de ser un arma legítima para el combate
político. Un signo de que en El Alcázar jamás se tomó realmente en serio
dicha posibilidad y de que las llamadas, más o menos ambiguas, al cumplimiento
del deber ciudadano no pasaban de ser una cortina de humo... a la espera de
algo que finalmente no llegó.
A
partir de entonces, el periódico abandonó la actitud esencialmente defensiva,
aunque formalmente agresiva, para retomar la ofensiva contra el sistema en
general y el socialismo en particular. Aunque con un cariz diferente.
Dentro
de esa “maniobra intoxicadora a cargo de elementos civiles (...) con el
objetivo de levantar a los militares y a sus familias ante el previsible
triunfo de los socialistas”[42],
se anunciaba que la democracia no sobreviviría a las elecciones. En caso de
victoria del PSOE, la caída de España en la órbita soviética, tras conseguir
que la sociedad “se desespañolice, descristianizándose y reconstruyéndose con
fórmulas abstractas o foráneas”[43],
sería un hecho. El desenlace final resultaría obvio: puesto que “los
socialistas votan con fusil”[44],
en lapidaria sentencia de García Serrano, España se dirigiría entonces “hacia
Paracuellos”[45], como
titulaba su crónica Juan Blanco. En realidad, en su trabajo, no se mencionaba
la matanza de noviembre del 36, centrándose por el contrario en la consabida
crítica contra las elites del sistema. Al lector ya sólo le tocaba poner en
relación artículo y título valiéndose de lo vivido o lo aprendido. En la
estructura misma del diario aparecía entonces un mensaje coherente aunque
aparentemente inconexo por la diversidad de sus puntos de emisión. Al apelar al
lector para la necesaria reconstrucción –incluso inconsciente- del rompecabezas
propuesto, se hacía de él un cómplice forzoso. Con el referente histórico como
espejo fiel de la realidad, se podía entonces argüir perentoriamente que “la
sima que separa la España nacional y la España roja”[46]
desembocaría fatalmente en un inevitable enfrentamiento. De ahí sin duda el
mayor interés demostrado por la crisis polaca que se erigía en advertencia para
España y en demostración palmaria de que El Alcázar no mentía[47].
Nadie podía poner en duda que la “España roja” estaba en marcha. Y, con la
recrudescencia de los atentados, Medina podía incluso disertar abiertamente
sobre ”los terroristas, hermanos de la democracia”[48].
Para Adolfo de Miguel, la España de 1982 era objetivamente víctima de una
agresión extranjera que buscaba allanar el camino para una dictadura no ya
“parlamentaria” sino exclusivamente de izquierdas y digna heredera de la que,
en el otoño de 1936, se había llevado “sin proceso alguno, a millares de
presos, militares y civiles, a los campos de exterminio de Paracuellos del
Jarama”[49].
La resurrección de los viejos fantasmas debía operar como un potente antídoto
contra cualquier posibilidad de proyectarse con esperanza hacia el futuro...
salvo en el caso de inspirarse de “la valerosa resistencia del pueblo polaco al
régimen socialista”[50]
que el periódico ponía en primera página como modelo indiscutible de dignidad
ciudadana y amor a la libertad. A imagen de los partidos en campaña, pero con
fines obviamente opuestos, El Alcázar otorgaba el protagonismo al
lector-ciudadano llamando ya a la resistencia contra un totalitarismo asentado
en el terrorismo, el ateísmo sectario y el sojuzgamiento a unos medios de
comunicación corrompidos[51].
A dos semanas de los comicios, el resultado parecía ser lo de menos y el diario
había vuelto por donde solía, tras unos días de una actitud más defensiva. La
irrupción de Tejero en la arena política iba nuevamente a forzarle a
adaptar su posición, signo de cierta
inestabilidad bajo una apariencia de negras certidumbres.
III
) Tejero: ¿nuevo San Judas Tadeo?
A
mediados de mes, el periódico parecía presa de ciertas contradicciones. Al
tiempo que amenazaba con mil explosiones de ira popular, dejaba traslucir su
desasosiego ante la abulia de unos españoles que compraban cotidianamente en
los quioscos “una resma de papel envenenado capaz de finar a una colosal
ballena”[52]. Por otra
parte, en esos “tiempos de meretrices de la política que nos impusieron golfos,
agallinados, periodistas de aluvión y jornaleros de la pluma”[53],
la proclamación de Antonio Tejero resultó para el periódico “la noticia del
día. Posiblemente, será también la noticia del año”[54].
Para Gibello, los previsibles alaridos de indignación de la clase política tan
sólo plasmarían su profundo temor ante tal candidato. El militar se convertía
así en el paladín de la verdad que llegaba para arrojar luz sobre un proceso
amañado, “con resultados predeterminados”[55].
De ahí sin duda una nueva exaltación de la abstención, “una actitud tan
democrática como el voto, si es que no más”[56].
Con todo, resultaba difícil conciliar esas llamadas al boicot de las
legislativas con el alborozo de contar por fin con un candidato digno de
España, aunque condenado de antemano al fracaso. La respuesta tal vez estuviera
en el resurgir de la defensa del vital papel político del Ejército.
Como
un eco a las declaraciones del Teniente general Lacalle Leloup contra ciertas
“plumas insidiosas”[57],
que agredían al Ejército tras desbaratarse el golpe de Estado, Juan Blanco
publicaba, dos páginas después, una vibrante defensa de Tejero, arremetiendo a
su vez contra “los soponcios, los ataques apopléjicos, las salidas de tono, las
coces y los rebuznos” de cierto sector de la prensa ante la candidatura del
guardia civil[58]. Dado que
la legalidad de esta última había quedado demostrada, Blanco apuntaba que a
través del militar encarcelado lo que intentaban periodistas y políticos afines
era, sencillamente, “tirar, por elevación, contra el Ejército”[59].
En un solo movimiento se incidía en lo nefasto del proceso electoral – inicuo
por antimilitarista - y en lo positivo de la presencia de Antonio Tejero. Su
objetivo final no podía ser tanto ganar las elecciones –trucadas- como encarnar
el derecho de las Fuerzas Armadas a un papel auténtica y noblemente político.
Se concretizaba así la supuesta evidencia de un foso insalvable entre militares
patriotas y civiles falsamente demócratas. En la recta final de la campaña
electoral, el discurso conceptualmente límpido del periódico denotaba sin
embargo un cierto sentimiento de impotencia: no parecían existir ya medios
paralelos que pudieran encauzar en lo inmediato la situación hacia posiciones
más acordes con sus convicciones.
IV)
De
espaldas a la realidad.
Según
se iba aproximando la fecha de las elecciones, el periódico se dejó arrastrar
cada vez con más fuerza por su propia demagogia. Así, en palabras de Antonio
Izquierdo, el cambio propuesto por los socialistas ofrecería la oportunidad a
los acérrimos enemigos de España de gobernarla y al PSOE se le unirían “los
escaños del PC y de toda la izquierda autonómica, incluidos Herri Batasuna y
Euskadiko Eskerra”[60].
Se produciría entonces el definitivo tránsito de “un modelo de sociedad libre a
un modelo de sociedad socialista (...) Como Polonia, por ejemplo” [61].
La Constitución no sería obstáculo ya que llevaba en sí los gérmenes de “la
creación de un Estado ibérico de repúblicas socialistas independientes o la
organización de un Estado totalitario que no lo mejoraría ni don Adolfo Hitler”[62].
Desde un principio, los españoles habían sido manipulados, dando su apoyo al
instrumento de su propia desgracia. Lo irracional se tornaba entonces
verosímil. Partiendo de los prejuicios
ya presentes en el lector, el periodista, desde su supuesta atalaya, le ofrecía
un mensaje tan simplista como mecánico, orientando su comprensión de la
situación hacia una exacerbación de los temores la cual, de rebote, confirmaba
lo fundado de su rechazo inicial. Se trataba de mantenerle en una especie de
dependencia: gracias al periódico, no sería víctima de una nueva superchería.
Por ello, debía también hacer suya la idea de una imprescindible unidad contra
el enemigo común con el diario como el punto de convergencia idóneo para evitar
un aislamiento suicida. Todo ello constituía el desesperado intento del diario
de deformar grotescamente la realidad como para mejor conjurarla tras renunciar
a desarrollar un razonamiento político más allá del improperio y del
tremendismo. Bien es verdad que la actualidad del momento facilitó tal actitud.
Diario
16 publicó por aquellas fechas el organigrama de la trama del 23-F con
nombres e instituciones de todos conocidos. Por una vez a tono con el Gobierno, El Alcázar
vio en dicho documento “una grave
maniobra de intoxicación”[63]
cuyo único objetivo era “tergiversar la realidad”[64]
para, nuevamente, desestabilizar a las Fuerzas Armadas. El Alcázar
salvaba la contradicción que suponía ver al Gobierno denunciar por calumnias a
un periódico supuestamente a su servicio anunciando que, según unas misteriosas
“fuentes oficiosas próximas a círculos militares”[65],
Diario 16 estaba “teledirigido desde posiciones próximas al despacho de
un determinado ministro”[66].
Quedaba así patente la irresponsable inquina de los gobernantes hacia las
Fuerzas Armadas. Para Izquierdo, sin embargo, lo principal era determinar
“¿quién azuza a la jauría?”[67].
Él mismo respondía cabalísticamente: “la paz reina en Varsovia... Y la libertad
en España”[68]. Se buscaba
así confirmar la existencia de un complot dirigido por la Unión Soviética.
Apoyándose en los lacayos de UCD, buscaba asentar en el poder a un PSOE
históricamente proclive a la imposición por la fuerza de su ideario y al
silenciamiento sin miramientos de cualquier atisbo de oposición[69].
La tajante condena de la democracia – “cadena perpetua y prorrogable, por si
acaso, para la dignidad, el honor, el espíritu, la paz, la justicia y la
prosperidad”[70]- se
justificaba pues con toda naturalidad y sin ninguna clase de matiz. Para el
periódico, la responsabilidad última no era de unos hombres que no servían
dignamente a un régimen sino de este último que sólo hombres indignos
engendraba. Frente a tales amenazas, Aguirre Bellver se limitaba a señalar, que
“en vísperas electorales, (...) la aspereza de la dialéctica entre los partidos
requiere el contrapeso de una autoridad militar firme”[71],
sin indicar cómo habría de ejercerse dicho efecto regulador ni qué debía
ocurrir tras los comicios. Lo esencial era erigir al Ejército en contrapoder
político legítimo. La garantía de un poder militar autónomo era tanto más
necesaria cuanto que, afirmaba El Alcázar –así como ABC y Ya-, el fraude
electoral se había transformado en una evidencia: “Un dato esclarecedor: en el
barrio de Salamanca el número de censados ha “disminuido” en ocho mil personas,
las mismas que han aumentado en Carabanchel”[72].
Al día siguiente, Ismael Medina multiplicaba exponencialmente el alcance del
supuesto fraude. Según él, las autoridades “con puntillosa minuciosidad
inquisitorial han eliminado del censo electoral cerca de un millón de presuntos
fascistas”[73]. Sin
embargo, El Alcázar no denunciaba más allá de lo esperado las trabas
impuestas a una posible victoria del candidato Tejero[74].
De manera mucho más pragmática, el diario hacía de dicha manipulación la prueba
de los subterfugios del poder para maquillar en lo posible la abstención record
que se esperaba. Colmo de la hipocresía, el reajuste del censo dócilmente
operado por el Gobierno estaba destinado a convertirse “en zancos para el PSOE”[75].
Entonces se podría “repetir el modelo de pureza democrática de las elecciones
de febrero de 1936”[76].
El Frente Popular se transformaba así en un producto netamente socialista. Poco
importaba, evidentemente, la verdad histórica. Lo principal seguía siendo
proyectar al lector en el periodo post-electoral, considerado de antemano como
triste repetición de lo ya vivido[77].
Y como prueba de que la manipulación sobrepasaba todo lo imaginable, el diario
publicaba la noticia de un estado de alarma en la Guardia Real, tras una
llamada anónima, ante movimientos sospechosos de la DAC.
Para
Antonio Izquierdo, los “intoxicadores” –como titulaba su artículo del día[78]-
habían ido esta vez demasiado lejos al pretender provocar un enfrentamiento
armado. El lector debía convencerse de que oscuras fuerzas complotaban no sólo
para neutralizar al Ejército sino también para alimentar el ya mentado voto del
miedo, favorabe por definición a los enterradores de España. Todo estaba pues a
punto para permitir el giro revolucionario que anunciaba el periódico como
antesala del Armagedón nacional. Para mejor limitar la capacidad de reacción de
las Fuerzas Armadas, se había desarrollado esa nueva campaña de intoxicación
con el fin de “facilitar la depuración
que exigen los antimilitaristas, los exderrotados y los servidores del alto
mando de las Fuerzas del Pacto de Varsovia”[79].
La actualidad se explicaba así a la luz de unos parámetros indemostrables pero
que adquirían categoría de hechos probados porque cuadraban con los juicios
emitidos anteriormente. La meta era mantener un permanente estado de tensión en
el lector –sobre todo si llevaba uniforme- con respecto al futuro inmediato,
mediatizado por “esa gigantesca conspiración electoral”[80]
que se fraguaba. No dejaba de resultar paradójica la reiterada acusación a la
clase política de querer provocar “una psicosis colectiva de inestabilidad”[81].
Una manera de despertar el recelo del lector ante toda información que de ella
proviniera. En cualquier caso, la violencia real, ausente hasta entonces, hizo
su aparición cuarenta y ocho horas antes del escrutinio. Con el “apaleamiento
de un falangista en Guadalajara”[82],
Antonio Izquierdo concluía aterradoramente que “la extrema derecha y la extrema
izquierda (ajenas la una y la otra a las fuerzas que hoy se denominan con esos
calificativos) han vuelto a echar la moneda al aire para jugarse el destino de
España”[83].
La puntualización de Izquierdo sólo dejaba claro que El Alcázar era
ajeno a esa extrema derecha y que la extrema izquierda se ocultaba bajo las
siglas del... CDS en cuyo mítin se dió el suceso. Se servía así al lector otro
elemento –por muy aislado que fuera- evocador de otros tiempos, que asimilaba
el votar a la participación en una maquinación cuyas consecuencias pronto
habría que lamentar. Y llegó el día de reflexión.
Paralelamenete
a juicios y vaticinios cuando menos desconcertantes[84],
el periódico utilizó el arsenal fotográfico para reforzar ventajosamente el
mensaje escrito. Así, en primera página, al tiempo que se justificaba –con
total mesura- la importante función del día de reflexión[85],
se ilustraba el concepto con una urna ... huérfana de votos a no ser por una
mísera papeleta perdida en el vacío transparente de la caja. Una manera, en
suma, de seguir predicando la abstención. Por otra parte, en la página 14
–luego bastante lejos del centro vital del periódico-, El Alcázar
ofrecía un resumen de las últimas reuniones políticas antes del escrutinio.
Frente
a un Tejero de paisano, sonriente
y –único en hacerlo- mirando de frente al objetivo como muestra de una
conciencia tranquila, se encontraban Suárez y su sonrisa crispada, Lavilla y su
expresión un tanto perdida, un González de actitud despectiva y un Carrillo
triturando, más que fumando, entre sus apretados labios un cigarrillo. Tan sólo
faltaban Manuel Fraga y Blas Piñar[86].
Tales semblantes estaban relacionados con el desarrollo de los últimos mítines.
En el del CDS se dieron nuevos conatos de violencia bajo forma de “grandes
impedimentos (...) a los periodistas por parte de los servicios de seguridad”[87].
Para UCD, la suerte estaba echada y el fracaso escrito a tenor de ese “ambiente
que, reducido y apático, se asemejaba más a una conferencia cultural que a un
mítin político”[88]. En cuanto
a la izquierda, la presencia de la juventud en la concentración del PSOE se
debía a “las actuaciones de Serrat, Moustaki o Paco Ibañez”[89].
La gente de más edad –los verdaderos nostálgicos- prefirió el PCE aunque no
pudieron llenar ni “la mitad del aforo de la plaza de toros de Las Ventas”[90].
En lo que se refiere a Solidaridad Española, nada sabría el lector del número
de presentes. Pese al respeto evidente de El Alcázar por la candidatura
de Tejero, el poco espacio que se le concedía revelaba que no pasaba de ser,
incluso en el ánimo del periódico, puramente testimonial. Con todo, salvo en el
caso de Solidaridad Española, la manipulación de la realidad alcanzaba así su
grado superlativo al negar “el seguimiento masivo de los mítines convocados por
los grandes partidos, logrando reunir el PSOE a casi medio millón de personas
en su acto de cierre de campaña”[91].
En suma, lo principal era seguir afirmando que la tónica general, para la
mayoría, era un total desinterés y que, finalmente, la abstención podría
triunfar. Y con ella, El Alcázar.
V)
Preparando
el porvenir.
El
día mismo de las elecciones, El Alcázar se centró en su alcance
internacional anunciando que la alternativa se situaba entre “Pacto de Varsovia
o Pacto Atlántico”[92].
Según el periódico, en las cancillerías europeas también preocupaba el posible
nacimiento de un nuevo satélite soviético. Con todas las implicaciones
políticas y, sobre todo, militares que ello acarrearía. Al ir a votar –si, pese
a todo, se iba– se legitimaría algo más que el cambio de presidente de
gobierno... pues, ya sin tapujos, se admitía que nada extraño tendría ver al
día siguiente un Madrid “literalemente rojo”[93].
Con todo, y pese a decir comprender a los españoles que vivían ese día como la
negación histórica del 1° de abril, Izquierdo anunciaba que, en El Alcázar “no
hemos perdido ninguna victoria y en cambio tenemos el ánimo necesario para
ganar algunas batallas”[94].
La Historia demostraba que siempre había medios para enderezar el rumbo. Y por
si ello no bastara, se encomendaba nada menos que a la entereza y a la fuerza
de carácter de Scarlett O’Hara... Con los resultados en la mano, sólo quedaría
ya, en efecto, prepararse para la lucha.
Para
El Alcázar, la masiva participación popular no era en absoluto
significativa. La sospecha de fraude había sido involuntariamente confirmada
por los propios políticos. ¿Cómo, preguntaba insidiosamente el diario, “veinte
minutos antes de que el subsecretario del Interior, Izarra del Corral,
anunciara un primer resultado aproximado, Alfonso Guerra anticipó un balance
con un margen de error de sólo ocho escaños”[95]?
La mayoría absoluta alcanzada por el PSOE sólo podía significar una cosa:
“España será pasada por la izquierda”[96].
Las elecciones presagiaban, como se temía, una ejecución pública en toda regla.
Sólo la “espectacular subida de AP”[97]
ofrecía un asidero a la esperanza. Sin embargo, apuntillaba Gibello, cuando
llegasen las inevitables turbulencias, el pueblo no tendría derecho a quejarse:
“¿No ha sido él, “depositario de la soberanía nacional”, quien ha dado el
veredicto a través de las urnas? Pues, señores, ¡aguantarse!”[98].
Como buscando una aceleración en el proceso de estructuración de la resistencia
-¿la penitencia?- nacional, se publicaba en páginas interiores un mapa de las
dos Españas, con las zonas en donde se había dado una “victoria marxista” y
aquellas que celebraban una “victoria de la derecha”[99].
Una línea de frente, en suma. Casualidades del calendario, el mismo día se
cumplía el aniversario de la fundación de Falange Española. Apoyándose en sendos
acontecimientos, Emilio de la Cruz Hermosilla se preguntaba si España no debía
“purificarse cada cierto tiempo, para pagar el tributo de su falta de memoria”[100].
Los “desmemoriados” de 1982 sabían pues a qué atenerse... Con todo, la
prioridad del periódico era poder contar con un líder capaz de aunar
voluntades. Veinticuatro horas después, El Alcázar parecía haberlo
encontrado ya.
Frente
a unos resultados que por su “efecto relegitimador de la democracia”[101]
anunciaban el punto final de la transición, El Alcázar hizo gala de una
total ecuanimidad, fruto de un patriotismo sin concesiones que podría llevarle
incluso a cantar “con satisfacción y sin remilgos el éxito socialista en el
logro de las aspiraciones de nuestro pueblo”[102].
Empero, el diario publicaba en primera página con evidente contento la
sentencia de Fraga que consideraba inaplicable el programa del PSOE[103].
Es decir, exactamente lo mismo que no se había cansado de repetir El Alcázar.
Fraga apareció entonces ante el lector como el hombre político que reconocía lo
fundado de las críticas del periódico y que, aun rechazando tajantemente las
sirenas golpistas, “ sintonizaba con las razones esgrimidas por los sectores
ultras, civiles y militares”[104].
Izquierdo podía admitir abiertamente que “este periódico se alineará, sin
titubeos y sin arriar ni una sola de sus creencias en la oposición que pueda
ejercer, como es de suponer que ejerza, Manuel Fraga Iribarne, a quien le ha
tocado en suerte (...) asumir, con todo el honor y toda la tragedia que ello
implica, el papel de oposición leal pero enérgica al anunciado cambio que nos
llevaría, de la noche a la mañana, a convertirnos en Polonia, Cuba o cualquier
país tercermundista”[105].
La hora de la verdad había sonado. Sin embargo, para que tal razonamiento
cobrara un mínimo de credibilidad, era necesario romper el esquema de la
bipolarización que parecía imponerse en el seno de la clase política nacional,
empezando por la propia Alianza Popular.
El
diario estimaba que, contrariamente al sistema británico, el enfrentamiento de
los dos bloques políticos destinados a disputarse el poder no sería sinónimo de
asentamiento definitivo de la democracia sino, muy al contrario, de su
disolución previsible. En un notable ejercicio intelectual de distorsión de la
realidad, El Alcázar afirmaba que la mayoría absoluta del PSOE era la
prueba de que “España está otra vez partida y desorientada”[106].
Un juicio motivado obviamente por la conciencia de hallarse el periódico ante
una verdadera encrucijada con su carga intrínseca de incertidumbres. De ahí sin
duda, su intento de recuperar la figura de Fraga cuando, pocos meses antes,
compartía con los demás líderes de la denostada “partitocracia” los honores de
su repulsa. Para salvar la compostura, El Alcázar insistía
paradójicamente en la victoria indiscutible de la derecha en las elecciones. La
falsa derecha, esa “izquierda vestida de derecha, la izquierda que promete ser
modosa, conservadora y honesta”[107]
y la única “derecha posible después del lavado de cerebro”[108],
encabezada por Manuel Fraga Iribarne. Una manera, pues, de conciliar lo
inconciliable: el rechazo sin paliativos del sistema democrático y el público
reconocimiento del liderazgo de Fraga Iribarne como única oposición realista
dentro de ese mismo sistema. Se comprendía entonces mejor el trato algo más
favorable – aunque nunca de favor- del político gallego durante el mes
transcurrido. Como una salida de emergencia. Pese a todos los discursos
beligerantes e indirectamente autoexculpatorios, no podía haber una mayor
confesión de impotencia. Con todo, y tal vez para no dejarse llevar por un
pesimismo exacerbado, Ismael Medina afirmaba ese mismo día que “veinticuatro
horas después del triunfo en las urnas, comenzaba a percibirse ya el desánimo”[109]
en el PSOE. Como si la única esperanza de recobrar nuevos ímpetus se cifrara,
una vez más, en la angustia y el desamparo ajenos... La etapa final de El
Alcázar había empezado.
CONCLUSIÓN
A
finales del mes de octubre se pudo observar la vuelta forzada y a regañadientes
del periódico al redil democrático, provocada por el desmantelamiento de la
tentativa golpista a primeros de mes y la victoria sin discusiones del PSOE. El
Alcázar se había visto obligado a pasar de una inicial actitud ofensiva –
aunque formalmente abierta a un posible juego democrático- a otra más defensiva
para hacer honor a su autoproclamada condición de portavoz exclusivo del
Ejército. El hecho de volverse a encontrar el diario en el ojo del huracán
involucionista tampoco debió ser ajeno
al cambio. Con todo, consciente de que nada podría finalmente evitar el acceso
al poder de los “vencidos” del 39, el periódico se dejó arrastrar por un
alarmismo aparentemente irracional aunque perfectamente funcional para su
estrategia de rechazo frontal del sistema democrático. De ahí su reiterativa
evocación del pasado. De ahí también su reivindicación de la abstención como
único medio de restar legitimidad a todo cuanto pudiera salir de las urnas.
Manifiestamente de espaldas a la realidad social del país, el diario se encerró
en un discurso negativo como justificación de su obstinada ceguera frente a esa
España del “cambio”. Todo ello desembocó, finalmente, en un mensaje simplista y
a la vez contradictorio, en el cual el tremendismo y el catastrofismo hicieron
las veces de análisis objetivo. Con los resultados conocidos, el sentimiento de
derrota –por muy envuelto en una fraseología de combate que viniera- se hizo
finalmente perceptible. Aunque, como anunciaba el propio diario, tampoco era
tiempo para desánimos prolongados. Otras luchas se perfilaban ya...
Bibliografía
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Plaza&Janés.
EDO, Concha (1994). La crisis de la prensa diaria. Barcelona: Ariel.
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periodismo español. Madrid: Síntesis.
JULIÁ, Santos (1991). “Sociedad y Política”. En: TUÑÓN DE LARA, Madrid
[dir]. Historia de España – Transición y Democracia (1973-1985). Barcelona:
Labor, págs. 27-186.
LAMELAS, Antonio (2004). La Transición en Abril. Barcelona: Ariel.
MONTERO, José Ramón (1993). “Los fracasos políticos y electorales de la
derecha española: Alianza Popular, 1976-1987”. En: TEZANOS, José Felix;
COTARELO, Ramón; DE BLAS, Andrés (eds). La Transición democrática española.
Madrid: Sistema, págs 495-542.
POWELL, Charles (2002). España en democracia, 1975-2000. Barcelona:
Plaza&Janés.
REINLEIN, Fernando (2002). Capitanes rebeldes. Madrid: La Esfera de los
libros.
SOTILLOS, Eduardo (2002). 1982. El año clave. Madrid: Santillana.
[1] POWELL, 2002: 320.
[2] EDO, 1994: 28.
[3] El Alcázar, Madrid, 30/09/82.
[4] ALFÉREZ, 1987: 135.
[5] “Oleada de atentados en toda
España”, El Alcázar, Madrid, 30/09/82.
[6] “Rebajas de otoño en el PSOE”, El
Alcázar, Madrid, 30/09/82.
[7] Idem.
[8] “Una explicación oportuna”, El
Alcázar, Madrid, 30/09/82.
[9] Por ello tal vez, El Alcázar
no disimuló su interés por la presentación de las candidaturas de AP – que,
pese a su voluntad modernizadora, seguía adoptando “los perfiles habituales del
discurso de la derecha española” (MONTERO, 1993: 505)- en la cual Manuel Fraga
insistió en la necesidad de alcanzar “una mayoría natural no separatista y no
marxista” (“Vamos a trabajar por levantar España”, El Alcázar, Madrid,
30/09/82).
[10] “Una explicación oportuna”, El
Alcázar, Madrid, 30/09/82.
[11] Idem.
[12] Idem.
[13] Idem.
[14] Idem.
[15] “El gravísimo atentado exige
una explicación pública”, El Alcázar, Madrid, 01/10/82.
[16] “23-F: Tampoco se trató ayer la
petición de libertad de siete procesados” y “El Tribunal Supremo no admitió las
querellas de Milans del Bosch y Tejero”, El Alcázar, Madrid, 01/10/82.
[17] “VII Asamblea”, El Alcázar,
Madrid, 01/10/82.
[18] “Todo por esta democracia”, El
Alcázar, Madrid, 01/10/82.
[19] Idem.
[20] “El socialismo en Europa: un
problema”, El Alcázar, Madrid, 02/10/82. En Alemania, el periódico
anunciaba la formación de un “gobierno de emergencia para sanear la economía”.
En Francia, se insistía en la “gran manifestación de protesta contra el
Gobierno socialista” encabezada por intelectuales y profesionales.
[21] “Hora punta”, El Alcázar,
Madrid, 02/10/82.
[22] Idem.
[23] “El parte”, El Alcázar,
Madrid, 03/10/82.
[24] “Madrid: dos coroneles y un teniente coronel, detenidos”, El
Alcázar, Madrid, 03/10/82.
[25] “Por fastidiar”, El Alcázar,
Madrid, 03/10/82.
[26] “Va de golpe”, El Alcázar,
Madrid, 05/10/82.
[27] “La clave no está en La
Clave”, El Alcázar, Madrid, 05/10/82.
[28] Idem.
[29] El Alcázar, Madrid, 06/10/82.
[30] “Crónica de España”, El
Alcázar, Madrid, 06/10/82.
[31] “Cronología del presunto
proyecto de golpe militar”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.
[32] “¡¡¡Más ruido: Que no
piensen !!!”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.
[33] “Crónica de España”, El
Alcázar, Madrid, 06/10/82.
[34] “Instantánea“, El Alcázar,
Madrid, 06/10/82.
[35] “Una reforma militar que nos
recuerda a Azaña”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.
[36] “Resbalón”, El Alcázar,
Madrid, 06/10/82.
[37] “Las bombas de cada día”, El
Alcázar, Madrid, 06/10/82.
[38] “Los nuevos tecnócratas”, El Alcázar, Madrid,
06/10/82.
[39] “Cábalas y proyectos o la dictadura cibernética”, El
Alcázar, Madrid, 07/10/82..
[40] Idem.
[41] Idem.
[42] SOTILLOS, (2002): 209.
[43] “El cambio de sociedad”, El Alcázar, Madrid,
08/10/82.
[44] “Dietario personal”, El Alcázar, Madrid, 08/10/82.
[45] El Alcázar, Madrid,
08 /10/82.
[46] “Los intereses creados”, El Alcázar, Madrid,
09/10/82.
[47] “El régimen socialista polaco aplasta a los sindicatos
libres”, El Alcázar, Madrid, 10/10/82.
[48] “Entre la realidad y los fantasmas”, El Alcázar,
Madrid, 12/10/82.
[49] “El detector de intenciones”, El Alcázar, Madrid,
13/10/82.
[50] El Alcázar, Madrid,
13 /10/82.
[51] Tal estado de cosas se desarrollaba en tres artículos
diferentes pero en el mismo número: “El golpe que no cesa”; “El Ayuntamiento de
Madrid pone dificultades a las actividades del Papa en su visita a España” y
“La última servidumbre”, El Alcázar, Madrid, 14/10/82.
[52] “Tiempo de votos”, El Alcázar, Madrid, 15/10/82.
El artículo venía firmado por Juan Blanco.
[53] Idem.
[54] “Honor a la justicia”, El Alcázar, Madrid,
15/10/82. En portada, aparecía serio pero sereno y, sobre todo, de paisano.
[55] “Crónica de España”, El Alcázar, Madrid, 16/10/82.
[56] “D’Hont, la conciencia, la razón y las encuestas”, El
Alcázar, Madrid, 16/10/82.
[57] “Teniente general Lacalle Leloup”, El Alcázar,
Madrid, 16/10/82.
[58] “Cuestión de obuses”, El Alcázar, Madrid,
16/10/82. Se trataba en este caso de un editorial de ABC.
[59] Idem.
[60] “Hora punta”, El Alcázar, Madrid, 19/10/82.
[61] Idem.
[62] Idem.
[63] El Alcázar, Madrid, 19/10/82.
[64] Idem.
[65] “Una filtración desde alta instancia gubernamental”, El
Alcázar, Madrid, 19/10/82.
[66] Idem. Tal vez pensara el periódico en Juan José Rosón a
quien Fernando Reinlein pidió confirmación de la autenticidad del documento.
(REINLEIN, 2002).
[67] “Hora punta”, El Alcázar, Madrid,
20/10/82.
[68] Idem.
[69] A partir de ese mismo día 20, y durante cuatro más,
aparecieron unos artículos de Waldo de Mier que analizaban las constantes,
siempre negativas, del PSOE en la historia nacional. Su título, “España, pasada
por la izquierda”, hacía referencia a una frase del propio González pero que,
convenientemente tratada, evocaba dramáticamente paredones y ejecuciones
sumarias.
[70] “Dietario personal”, El Alcázar, Madrid, 20/10/82.
[71] “Estupor universal”, El Alcázar, Madrid, 20/10/82.
[72] “Crece la protesta popular por la manipulación del
censo”, El Alcázar, Madrid, 21/10/82.
[73] “Crónica de España”, El Alcázar, Madrid, 22/10/82.
[74] La campaña de Solidaridad Española ocupaba un reducido
espacio en las páginas del periódico. Se denunciaba el ostracismo al que
sometían al partido los medios de comunicación y se contraponía, un tanto
mecánicamente, el apoyo popular recibido (“Multitudinario homenaje a Antonio
Tejero Molina”, El Alcázar, Madrid, 22/10/82).
[75] “Crónica de España”, El Alcázar, Madrid, 22/10/82.
[76] Idem.
[77] Bien es verdad que, sobre este punto, El Alcázar
no era en modo alguno una excepción pues en las páginas de la prensa
conservadora abundaban “las referencias apocalípticas a la Guerra Civil, a la
II República y al triunfo del Fente Popular en 1936”. (FUENTES, 1998: 330)
[78] “Hora punta”, El Alcázar, Madrid, 22/10/82. La noticia había sido primicia de ABC.
[79] “La noche en la Zarzuela”, El Alcázar, Madrid,
24/10/82. Con todo, el periódico había anunciado once días antes, en la clave
de humor propia de su Patio de leones, que “se está preparando otra
movida en segunda edición corregida y aumentada” (El Alcázar, Madrid,
13/10/82).
[80] “¿Cuál sería la reacción del PSOE ante su derrota
electoral ?”, El Alcázar, Madrid, 24/10/82.