OCTUBRE DEL 82: EL ALCÁZAR FRENTE AL CAMBIO.

 

                                                               Pierre-Paul Grégorio

                                                               Profesor Titular

                                                               Universidad de Saint-Étienne - Francia

 

         Todavía bajo los efectos del 23-F y de su onda expansiva, la España de octubre de 1982 se aprestaba a votar en las elecciones anticipadas convocadas por el gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo. En el ambiente se respiraba el cambio político. Pese a que el PSOE optó “por un programa reformista en el que no tenían cabida las referencias a la transición al socialismo ni a un modelo alternativo de sociedad”[1], El Alcázar, órgano de la Confederación de Ex-combatientes, difícilmente podía aceptar tal perspectiva sin que afloraran a sus páginas los tópicos y esquemas que durante el franquismo sirvieron de dogmas. Con todo, el periódico tampoco podía ignorar que, pese a contar con “la tirada y la difusión mayores de toda su trayectoria”[2], la España que propugnaba en modo alguno contaría con el respaldo popular en los comicios. Frente a tal dilema, el periódico de “oposición al Gobierno y oposición a la Oposición”, como lo definió en su día su director, Antonio Izquierdo, optó por una línea relativamente fluctuante, que los distintos acontecimientos ocurridos a lo largo del mes obligaron a ajustar casi cotidianamente hasta forzarle a arriar, aunque fuera transitoriamente, su pabellón.

 

I)      Con la mirada teóricamente puesta en las elecciones...

 

         La portada del 30 de septiembre dejaba ya clara constancia de lo fútil que podrían resultar las elecciones en la situación caótica de España. Su titular  –“Oleada de atentados en toda España”[3]-, anunciaba una implosión nacional por incompetencia manifiesta de la clase política dirigente, apoyándose en dos fotos de los escombros producidos en Madrid por otras tantas explosiones. Utilizando, según su costumbre, “todos los recursos a los que puede echar mano el periodismo de combate”[4], El Alcázar hacía pues ya campaña a su manera. Según él, los partidos políticos habían pactado un ocultamiento sistemático de la realidad del país ya que en el recuento oficial de los atentados “se produjeron bastantes más (...) que sin embargo, no figuran en las cuentas oficiales”[5]. En otras palabras, ¿cómo confiar en aquellos que así mentían? Centrándose en las elecciones, el periódico rezumaba esa misma tonalidad acusadora y provocadora.

         Tras arremeter contra la izquierda y el centro, culpables de la futura sangría económica al prometer “sin pudor y sin memoria, paraísos artificiales imposibles de construir”[6], Antonio Gibello, sin pedir nominalmente el voto para nadie, instaba al lector a acudir a las urnas con espíritu pragmático “porque en las ofertas programáticas hay mucha mercancía de matute”[7]. De ahí la puntualización, en primera página, del propio director que, en su “Hora punta” habitual, defendía la necesaria unidad de todos los partidos con presupuestos ideológicos afines, evitando así “la grotesca atomización”[8] que padecían. Con el porvenir nacional en juego, Izquierdo garantizaba la neutralidad de su periódico respecto a esas formaciones a condición de no olvidar que sólo podían ir a las elecciones movidas por la voluntad de servir a España[9]. Negaba, sin embargo, estar incitando al “voto del miedo”[10]. Muy al contrario. De él se habían valido Suárez y Calvo Sotelo para alcanzar y conservar el poder durante “el Lustro Negro, cuya última estadística relata que el nivel de vida de nuestros compatriotas se ha reducido en una cuarta parte del nivel que poseía antes de que ejercitase aquel sufragio”[11]. Aparecía aquí la estrategia reiterativa del diario: dramatizar la construcción del porvenir remitiéndose a un pasado necesariamente adaptado al contexto -“lustro” por “bienio”- para mejor denigrar la evolución general del país. Tal concepto estaba teóricamente tan perfectamente interiorizado por el lector, por la obsesiva y ritual repetición del mismo, que el artículo no precisaba extenderse en explicaciones. Si el definitivo punto de inflexión de la situación habían sido las primeras elecciones, con las del mes siguiente, el lector-ciudadano debía concienciarse de que, por fin, tenía en sus manos la oportunidad de poner coto a los errores cometidos. De ahí que no se llamara a la abstención “que resultaría un suicidio”[12]. Con todo, la conclusión de Izquierdo era todo un dechado de ambigüedad que muy bien podía explicar esa supuesta neutralidad inicialmente reivindicada.

         En efecto, afirmaba como dogma de la supervivencia nacional que “cuando las cosas superiores, permanentes y serias, peligran, no se defienden con miedo”[13]. Por ello, mientras las elites del país sólo contemplaban el sufragio como única vía posible de encauzar el porvenir, Izquierdo consideraba que “existen otros procedimientos con numerosas referencias históricas, jurídicas y constitucionales”[14]. Sin mayor precisión. La querencia del periódico por las maniobras subterráneas no había desaparecido. En todo caso, proseguía con su línea eminentemente alarmista.

         Con el silencio oficial sobre la destrucción de las instalaciones de Campsa en Badalona por excusa[15], se insistía en la total ausencia de libertad de información, prueba teóricamente de lo falaz del sistema político. Nada nuevo había por parte de un diario acostumbrado a denunciar “untes” y “fondos de reptiles”. Arremetía también contra una justicia discriminatoria que se ensañaba con los procesados por el 23-F, ignorando deliberadamente sus derechos[16]. Así pues, ese mismo sistema que llamaba a los ciudadanos a expresarse era el mismo que les negaba la libertad y el amparo de la justicia. La estafa moral no podía obviamente ser mayor. Por ello, el abandono de la lucha armada de algunos miembros de ETA (VII asamblea) fue considerado como una artimaña electoralista y los parabienes públicamente expresados ante su vuelta a “la normalidad democrática”[17] como una funesta broma. Luego el proceso electoral también era abiertamente disgregador. Por ello, Juan Blanco, subdirector del periódico, anunciaba sin reparos que “la consigna sigue siendo la misma: Perezca España, pero sálvese esta democracia”[18], oponiendo irremediablemente ambos conceptos, irreconciliables por esencia. El diario seguía fomentado la idea de una sociedad en permanente conflicto, abocada a la inestabilidad crónica mientras siguiera vigente el sistema político conocido. Blanco apelaba apenas veladamente al advenimiento de “otra” democracia opuesta a “esta bendita democracia que nos impusieron masones, democristianos, marxistas de toda laña y condición, muchos traidores y perjuros, algún que otro asesino acreditado y sodomitas”[19]. No se necesitaba defender un programa, ni elaborar hipotéticos marcos de convivencia. La agresión verbal hacía las veces de banderín de enganche. Bastaba con definirse como antítesis de lo existente. Y esa “otra” democracia sólo podría ser, por deducción, orgánica. Sin embargo, contrariamente a lo aparente a primera vista, la relativa ambigüedad de Izquierdo del día anterior tampoco quedaba del todo eliminada.

         El lector atento podía efectivamente negarle toda utilidad a las elecciones tras el furibundo ataque de Blanco. Sin embargo, no le resultaría fácil deducir una cerrada oposición del periódico al sistema democrático a tenor de la primera página del día 2. Por segunda vez consecutiva, se aplaudía la victoria de Helmut Khol poniéndola en paralelo con la oposición creciente a François Mitterrand[20]. Unas elecciones habían traído la plaga socialista a Francia pero otras habían redimido de ella a la República Federal Alemana. Luego, aparentemente, la derecha democrática –vituperada por Blanco- podía evitar por medios pacíficos la expansión del mal. En realidad, más que una esperanza, se diagnosticaba  que dicha solución sólo podía ser válida en el extranjero. En la España de la Transición, el caso de los “arrepentidos” de ETA demostraba que política no rimaba con moral. Y para mejor encrespar los ánimos en las salas de banderas, no dejaba Izquierdo de señalar que mientras por la calle deambulaban libres unos asesinos, “la autoridad competente ha vuelto a dejar sobre la mesa de la deliberación la puesta en libertad de seis capitanes del Ejército y un civil, que no originaron ni una sola gota de sangre y que han cumplido sobradamente la pena impuesta por un Consejo de Guerra”[21]. Dicho trato discriminatorio indicaba que el verdadero enemigo del Ejército era un sistema que premiaba  con el libre derecho a la palabra a “una organización terrorista, al servicio del interés de una inteligencia extranjera”[22]. El artículo rezumaba desprecio hacia la clase política nacional y unos medios de comunicación traidores a España que favorecían la intromisión de esa “inteligencia extranjera” mentada aunque no definida. En suma, dejaba constancia, antes del  desmantelamiento de la “Operación Cervantes”, de un acatamiento meramente formal de la legalidad vigente.

 

II)             Y estalló la “Operación Cervantes”...

 

         El día 3 presentaba El Alcázar su habitual “Balance terrorista de la semana”[23]. Sin embargo, la noticia más importante resultaba evidentemente la detención de tres oficiales del Ejército, acusados de una “presunta implicación (...) en actividades contra la Seguridad del Estado”[24]. Seguramente por lo inesperado de la noticia, no se detectaba aún ningún cambio en la línea del diario. Así, Joaquín Aguirre Bellver anunciaba que, en caso de victoria marxista – socialistas y comunistas, todos eran uno – estallaría, lisa y llanamente, la subversión. Por todo ello, era más necesario que nunca ir a votar para barrer primero a la izquierda y, luego, al conjunto de los políticos. Nada primordial se perdería ya que nada vital representaban “pues lo accesorio son ustedes, sus partidos, sus programas y sus tabarras”[25]. Se acentuaba de esa guisa una óptica maniquea que determinaba no el adversario sino el enemigo a anular. Se indicaba en suma, resolviendo así la aparente paradoja, que podían utilizarse los resortes del propio sistema para mejor destruirlo. La noticia de las detenciones vino entonces a forzar un cambio de estrategia en el diario.

         En cuarenta y ocho horas, el periódico pasó de una posición claramente ofensiva a otra de defensa a ultranza pese al maquillaje de continuidad con que se pretendió camuflar el viraje. Para el diario, al igual que en el caso “Galaxia”, todo se resumía a una nueva intoxicación mediático-política ya que se volvía vital “en vísperas electorales, animar el cotarro ante la general apatía del personal”[26]. La normalidad era absoluta en los cuartos de banderas como lo demostraba la foto en portada del teniente general Lacalle Leloup, presidente de la Jujem, en visita oficial en Washington. Una prueba gráfica de que nada se inventaba. Aplicando la máxima según la cual la mejor defensa seguía siendo el ataque, el diario buscaba obviamente incriminar a aquellos que hubieran sido las primeras víctimas en caso de triunfar el golpe. La razón primera de la maniobra gubernamental habría sido el pavor de la clase política ante la descomunal abstención prevista, según El Alcázar. La voluntad de complotar así denunciada llevaba a Ismael Medina a confirmar que lo que se vivía no era sino la lógica consecuencia de esa “dictadura parlamentaria” que padecía una España, transformada “tras muy pocos años, en un pestilente basurero”[27] por los políticos. Ayunos de verdadero patriotismo y embelesados por el Poder, componían “una impostura extranjerizante”[28]. Relacionando lo escrito por Medina con el artículo de Izquierdo del día 2, la existencia de ese obsesivo peligro extranjero permitía finalmente vincular a la clase política nacional con los terroristas de ETA. Todo lo demás no pasaba de ser una burda propaganda que el diario se afanó en ridiculizar.

         Según El Alcázar, con el arresto de los tres militares, sólo se había conseguido provocar “un golpe de risa”[29]. Mofándose de la posición oficial, se le negaba el menor atisbo de credibilidad a todo cuanto contradijera  la tesis del periódico. Así lo petendía nuevamente Medina, para quien, entre otras incongruencias, “tampoco cabe en cabeza humana que quienes estuvieran ocupados en la preparación de un golpe, según se dice, acudieran a instalaciones militares severamente controladas, para consultarlo con unos hombres bajo estrecha vigilancia”[30]. Valiéndose de elementos presentados como objetivos ya que carentes de toda connotación partidista[31], se pretendía explicar así la existencia de una vergonzosa operación de diversión orquestada desde las alturas para ahogar el escándalo mayúsculo de la aparición pública de los etarras arrepentidos. Para G. Campanal, seudónimo de Ángel Palomino, se quería así anestesiar al pueblo a quien se deseaba hacer olvidar “que a la ETA se le da protección y propaganda”[32]. Sin embargo, en la óptica del diario, parecía necesario darle mayor dramatismo a la mentira oficial, buscándole no ya razones estrictamente electoralistas sino, en salto cualitativo innegable, motivaciones de más hondo calado. Medina apuntaba entonces que toda la campaña desatada podía muy bien ser la consecuencia de “la depuración que el Ministerio de Defensa lleva adelante en materia de ascensos y destinos”[33] y que casaba perfectamente con el antimilitarismo de ciertas elites[34]. El periódico seguía pues haciendo del Ejército la víctima propiciatoria de una clase política nacional engendrada por un régimen de injusticias y falsedades. Como otros, años atrás, quería también “triturar” a los militares... Para convencerse, bastaba con leer el programa militar del PSOE, acusado finalmente –aunque indirectamente- de ser el cerebro de la ofensiva contra el Ejército. Su finalidad exclusiva era meter en cintura a las Fuerzas Armadas a través de reformas “que no son sino la repetición de lo que hizo, en su día, Manuel Azaña”[35]. Volvía así la evocación del pasado como presagio de tiempos funestos. Tanto más cuanto que resultaba imposible no retrotraerse a otro mes de octubre, treinta y ocho años antes, cuando se produjo “el alzamiento en armas de los socialistas (1934) al verse derrotados en las elecciones generales”[36]. Izquierdo, a falta de mejores argumentos, transformaba así la Historia en arma arrojadiza. Se le ofrecía en suma al lector diferentes pistas de interpretación de la actualidad, delimitándole sin embargo automáticamente el campo de lo real. Y todo ello para convencerle de la espeluznante ola revolucionaria por llegar.

         Como prueba suplementaria de lo que se avecinaba, el periódico relacionaba el chantaje de ETA a los empresarios vascos con unos aportes del mundo de la finanza a las diferentes formaciones políticas de izquierda. Frente al “impuesto revolucionario”, aseguraba El Alcázar, la banca expresaba su desesperación “precisamente cuando acaba de adelantar más de 1200 millones de pesetas para la campaña electoral de la izquierda”[37], sin distinción. Un adelanto con ribetes de extorsión. En cualquier caso, resultaba ya del todo imposible participar en un proceso desvirtuado por la hipocresía de unos políticos empeñados, para mejor embaucar al pueblo, en “no diferenciarse demasiado”[38]. Apoyándose en “la desconfianza en el sistema o en la desconfianza en los hombres del sistema”[39], según matizaba Marcelo Arroitia-Jáuregui, sólo se podía concluir que “las próximas elecciones no resolverán nada, según costumbre” [40]. Con un partido en el Poder abocado a mentir para evitar la quema y otro en la oposición con inclinaciones históricas hacia la desestabilización para alcanzarlo, la única salida realmente eficaz para salvar a España era forzosamente “la no menos democrática opción de la abstención”[41] que restaría toda legitimidad a cualquier resultado. Lo realmente importante advendría a partir del día 29. En caso de victoria socialista, la dictadura estaría servida. En caso de derrota, el golpismo revolucionario se pondría en marcha. Y no habría paz. El Alcázar buscaba asentar la evidencia de un determinismo histórico frente al cual el lector, como individuo, sólo podría salvarse integrándose en un proyecto nacional que diera la espalda a los mecanismos institucionalmente establecidos. Cuatro días después de abortar el golpe de Estado, el voto dejaba de ser un arma legítima para el combate político. Un signo de que en El Alcázar jamás se tomó realmente en serio dicha posibilidad y de que las llamadas, más o menos ambiguas, al cumplimiento del deber ciudadano no pasaban de ser una cortina de humo... a la espera de algo que finalmente no llegó.

         A partir de entonces, el periódico abandonó la actitud esencialmente defensiva, aunque formalmente agresiva, para retomar la ofensiva contra el sistema en general y el socialismo en particular. Aunque con un cariz diferente.

         Dentro de esa “maniobra intoxicadora a cargo de elementos civiles (...) con el objetivo de levantar a los militares y a sus familias ante el previsible triunfo de los socialistas”[42], se anunciaba que la democracia no sobreviviría a las elecciones. En caso de victoria del PSOE, la caída de España en la órbita soviética, tras conseguir que la sociedad “se desespañolice, descristianizándose y reconstruyéndose con fórmulas abstractas o foráneas”[43], sería un hecho. El desenlace final resultaría obvio: puesto que “los socialistas votan con fusil”[44], en lapidaria sentencia de García Serrano, España se dirigiría entonces “hacia Paracuellos”[45], como titulaba su crónica Juan Blanco. En realidad, en su trabajo, no se mencionaba la matanza de noviembre del 36, centrándose por el contrario en la consabida crítica contra las elites del sistema. Al lector ya sólo le tocaba poner en relación artículo y título valiéndose de lo vivido o lo aprendido. En la estructura misma del diario aparecía entonces un mensaje coherente aunque aparentemente inconexo por la diversidad de sus puntos de emisión. Al apelar al lector para la necesaria reconstrucción –incluso inconsciente- del rompecabezas propuesto, se hacía de él un cómplice forzoso. Con el referente histórico como espejo fiel de la realidad, se podía entonces argüir perentoriamente que “la sima que separa la España nacional y la España roja”[46] desembocaría fatalmente en un inevitable enfrentamiento. De ahí sin duda el mayor interés demostrado por la crisis polaca que se erigía en advertencia para España y en demostración palmaria de que El Alcázar no mentía[47]. Nadie podía poner en duda que la “España roja” estaba en marcha. Y, con la recrudescencia de los atentados, Medina podía incluso disertar abiertamente sobre ”los terroristas, hermanos de la democracia”[48]. Para Adolfo de Miguel, la España de 1982 era objetivamente víctima de una agresión extranjera que buscaba allanar el camino para una dictadura no ya “parlamentaria” sino exclusivamente de izquierdas y digna heredera de la que, en el otoño de 1936, se había llevado “sin proceso alguno, a millares de presos, militares y civiles, a los campos de exterminio de Paracuellos del Jarama”[49]. La resurrección de los viejos fantasmas debía operar como un potente antídoto contra cualquier posibilidad de proyectarse con esperanza hacia el futuro... salvo en el caso de inspirarse de “la valerosa resistencia del pueblo polaco al régimen socialista”[50] que el periódico ponía en primera página como modelo indiscutible de dignidad ciudadana y amor a la libertad. A imagen de los partidos en campaña, pero con fines obviamente opuestos, El Alcázar otorgaba el protagonismo al lector-ciudadano llamando ya a la resistencia contra un totalitarismo asentado en el terrorismo, el ateísmo sectario y el sojuzgamiento a unos medios de comunicación corrompidos[51]. A dos semanas de los comicios, el resultado parecía ser lo de menos y el diario había vuelto por donde solía, tras unos días de una actitud más defensiva. La irrupción de Tejero en la arena política iba nuevamente a forzarle a adaptar  su posición, signo de cierta inestabilidad bajo una apariencia de negras certidumbres.

 

         III ) Tejero: ¿nuevo San Judas Tadeo?

 

         A mediados de mes, el periódico parecía presa de ciertas contradicciones. Al tiempo que amenazaba con mil explosiones de ira popular, dejaba traslucir su desasosiego ante la abulia de unos españoles que compraban cotidianamente en los quioscos “una resma de papel envenenado capaz de finar a una colosal ballena”[52]. Por otra parte, en esos “tiempos de meretrices de la política que nos impusieron golfos, agallinados, periodistas de aluvión y jornaleros de la pluma”[53], la proclamación de Antonio Tejero resultó para el periódico “la noticia del día. Posiblemente, será también la noticia del año”[54]. Para Gibello, los previsibles alaridos de indignación de la clase política tan sólo plasmarían su profundo temor ante tal candidato. El militar se convertía así en el paladín de la verdad que llegaba para arrojar luz sobre un proceso amañado, “con resultados predeterminados”[55]. De ahí sin duda una nueva exaltación de la abstención, “una actitud tan democrática como el voto, si es que no más”[56]. Con todo, resultaba difícil conciliar esas llamadas al boicot de las legislativas con el alborozo de contar por fin con un candidato digno de España, aunque condenado de antemano al fracaso. La respuesta tal vez estuviera en el resurgir de la defensa del vital papel político del Ejército.

         Como un eco a las declaraciones del Teniente general Lacalle Leloup contra ciertas “plumas insidiosas”[57], que agredían al Ejército tras desbaratarse el golpe de Estado, Juan Blanco publicaba, dos páginas después, una vibrante defensa de Tejero, arremetiendo a su vez contra “los soponcios, los ataques apopléjicos, las salidas de tono, las coces y los rebuznos” de cierto sector de la prensa ante la candidatura del guardia civil[58]. Dado que la legalidad de esta última había quedado demostrada, Blanco apuntaba que a través del militar encarcelado lo que intentaban periodistas y políticos afines era, sencillamente, “tirar, por elevación, contra el Ejército”[59]. En un solo movimiento se incidía en lo nefasto del proceso electoral – inicuo por antimilitarista - y en lo positivo de la presencia de Antonio Tejero. Su objetivo final no podía ser tanto ganar las elecciones –trucadas- como encarnar el derecho de las Fuerzas Armadas a un papel auténtica y noblemente político. Se concretizaba así la supuesta evidencia de un foso insalvable entre militares patriotas y civiles falsamente demócratas. En la recta final de la campaña electoral, el discurso conceptualmente límpido del periódico denotaba sin embargo un cierto sentimiento de impotencia: no parecían existir ya medios paralelos que pudieran encauzar en lo inmediato la situación hacia posiciones más acordes con sus convicciones.

 

IV)         De espaldas a la realidad.

        

         Según se iba aproximando la fecha de las elecciones, el periódico se dejó arrastrar cada vez con más fuerza por su propia demagogia. Así, en palabras de Antonio Izquierdo, el cambio propuesto por los socialistas ofrecería la oportunidad a los acérrimos enemigos de España de gobernarla y al PSOE se le unirían “los escaños del PC y de toda la izquierda autonómica, incluidos Herri Batasuna y Euskadiko Eskerra”[60]. Se produciría entonces el definitivo tránsito de “un modelo de sociedad libre a un modelo de sociedad socialista (...) Como Polonia, por ejemplo” [61]. La Constitución no sería obstáculo ya que llevaba en sí los gérmenes de “la creación de un Estado ibérico de repúblicas socialistas independientes o la organización de un Estado totalitario que no lo mejoraría ni don Adolfo Hitler”[62]. Desde un principio, los españoles habían sido manipulados, dando su apoyo al instrumento de su propia desgracia. Lo irracional se tornaba entonces verosímil. Partiendo de los  prejuicios ya presentes en el lector, el periodista, desde su supuesta atalaya, le ofrecía un mensaje tan simplista como mecánico, orientando su comprensión de la situación hacia una exacerbación de los temores la cual, de rebote, confirmaba lo fundado de su rechazo inicial. Se trataba de mantenerle en una especie de dependencia: gracias al periódico, no sería víctima de una nueva superchería. Por ello, debía también hacer suya la idea de una imprescindible unidad contra el enemigo común con el diario como el punto de convergencia idóneo para evitar un aislamiento suicida. Todo ello constituía el desesperado intento del diario de deformar grotescamente la realidad como para mejor conjurarla tras renunciar a desarrollar un razonamiento político más allá del improperio y del tremendismo. Bien es verdad que la actualidad del momento facilitó tal actitud.

         Diario 16 publicó por aquellas fechas el organigrama de la trama del 23-F con nombres e instituciones de todos conocidos. Por una vez  a tono con el Gobierno, El Alcázar vio en dicho documento “una grave  maniobra de intoxicación”[63] cuyo único objetivo era “tergiversar la realidad”[64] para, nuevamente, desestabilizar a las Fuerzas Armadas. El Alcázar salvaba la contradicción que suponía ver al Gobierno denunciar por calumnias a un periódico supuestamente a su servicio anunciando que, según unas misteriosas “fuentes oficiosas próximas a círculos militares”[65], Diario 16 estaba “teledirigido desde posiciones próximas al despacho de un determinado ministro”[66]. Quedaba así patente la irresponsable inquina de los gobernantes hacia las Fuerzas Armadas. Para Izquierdo, sin embargo, lo principal era determinar “¿quién azuza a la jauría?”[67]. Él mismo respondía cabalísticamente: “la paz reina en Varsovia... Y la libertad en España”[68]. Se buscaba así confirmar la existencia de un complot dirigido por la Unión Soviética. Apoyándose en los lacayos de UCD, buscaba asentar en el poder a un PSOE históricamente proclive a la imposición por la fuerza de su ideario y al silenciamiento sin miramientos de cualquier atisbo de oposición[69]. La tajante condena de la democracia – “cadena perpetua y prorrogable, por si acaso, para la dignidad, el honor, el espíritu, la paz, la justicia y la prosperidad”[70]- se justificaba pues con toda naturalidad y sin ninguna clase de matiz. Para el periódico, la responsabilidad última no era de unos hombres que no servían dignamente a un régimen sino de este último que sólo hombres indignos engendraba. Frente a tales amenazas, Aguirre Bellver se limitaba a señalar, que “en vísperas electorales, (...) la aspereza de la dialéctica entre los partidos requiere el contrapeso de una autoridad militar firme”[71], sin indicar cómo habría de ejercerse dicho efecto regulador ni qué debía ocurrir tras los comicios. Lo esencial era erigir al Ejército en contrapoder político legítimo. La garantía de un poder militar autónomo era tanto más necesaria cuanto que, afirmaba El Alcázar –así como ABC y Ya-, el fraude electoral se había transformado en una evidencia: “Un dato esclarecedor: en el barrio de Salamanca el número de censados ha “disminuido” en ocho mil personas, las mismas que han aumentado en Carabanchel”[72]. Al día siguiente, Ismael Medina multiplicaba exponencialmente el alcance del supuesto fraude. Según él, las autoridades “con puntillosa minuciosidad inquisitorial han eliminado del censo electoral cerca de un millón de presuntos fascistas”[73]. Sin embargo, El Alcázar no denunciaba más allá de lo esperado las trabas impuestas a una posible victoria del candidato Tejero[74]. De manera mucho más pragmática, el diario hacía de dicha manipulación la prueba de los subterfugios del poder para maquillar en lo posible la abstención record que se esperaba. Colmo de la hipocresía, el reajuste del censo dócilmente operado por el Gobierno estaba destinado a convertirse “en zancos para el PSOE”[75]. Entonces se podría “repetir el modelo de pureza democrática de las elecciones de febrero de 1936”[76]. El Frente Popular se transformaba así en un producto netamente socialista. Poco importaba, evidentemente, la verdad histórica. Lo principal seguía siendo proyectar al lector en el periodo post-electoral, considerado de antemano como triste repetición de lo ya vivido[77]. Y como prueba de que la manipulación sobrepasaba todo lo imaginable, el diario publicaba la noticia de un estado de alarma en la Guardia Real, tras una llamada anónima, ante movimientos sospechosos de la DAC.

         Para Antonio Izquierdo, los “intoxicadores” –como titulaba su artículo del día[78]- habían ido esta vez demasiado lejos al pretender provocar un enfrentamiento armado. El lector debía convencerse de que oscuras fuerzas complotaban no sólo para neutralizar al Ejército sino también para alimentar el ya mentado voto del miedo, favorabe por definición a los enterradores de España. Todo estaba pues a punto para permitir el giro revolucionario que anunciaba el periódico como antesala del Armagedón nacional. Para mejor limitar la capacidad de reacción de las Fuerzas Armadas, se había desarrollado esa nueva campaña de intoxicación con el fin de  “facilitar la depuración que exigen los antimilitaristas, los exderrotados y los servidores del alto mando de las Fuerzas del Pacto de Varsovia”[79]. La actualidad se explicaba así a la luz de unos parámetros indemostrables pero que adquirían categoría de hechos probados porque cuadraban con los juicios emitidos anteriormente. La meta era mantener un permanente estado de tensión en el lector –sobre todo si llevaba uniforme- con respecto al futuro inmediato, mediatizado por “esa gigantesca conspiración electoral”[80] que se fraguaba. No dejaba de resultar paradójica la reiterada acusación a la clase política de querer provocar “una psicosis colectiva de inestabilidad”[81]. Una manera de despertar el recelo del lector ante toda información que de ella proviniera. En cualquier caso, la violencia real, ausente hasta entonces, hizo su aparición cuarenta y ocho horas antes del escrutinio. Con el “apaleamiento de un falangista en Guadalajara”[82], Antonio Izquierdo concluía aterradoramente que “la extrema derecha y la extrema izquierda (ajenas la una y la otra a las fuerzas que hoy se denominan con esos calificativos) han vuelto a echar la moneda al aire para jugarse el destino de España”[83]. La puntualización de Izquierdo sólo dejaba claro que El Alcázar era ajeno a esa extrema derecha y que la extrema izquierda se ocultaba bajo las siglas del... CDS en cuyo mítin se dió el suceso. Se servía así al lector otro elemento –por muy aislado que fuera- evocador de otros tiempos, que asimilaba el votar a la participación en una maquinación cuyas consecuencias pronto habría que lamentar. Y llegó el día de reflexión.

         Paralelamenete a juicios y vaticinios cuando menos desconcertantes[84], el periódico utilizó el arsenal fotográfico para reforzar ventajosamente el mensaje escrito. Así, en primera página, al tiempo que se justificaba –con total mesura- la importante función del día de reflexión[85], se ilustraba el concepto con una urna ... huérfana de votos a no ser por una mísera papeleta perdida en el vacío transparente de la caja. Una manera, en suma, de seguir predicando la abstención. Por otra parte, en la página 14 –luego bastante lejos del centro vital del periódico-, El Alcázar ofrecía un resumen de las últimas reuniones políticas antes del escrutinio.

         Frente a un Tejero de paisano, sonriente y –único en hacerlo- mirando de frente al objetivo como muestra de una conciencia tranquila, se encontraban Suárez y su sonrisa crispada, Lavilla y su expresión un tanto perdida, un González de actitud despectiva y un Carrillo triturando, más que fumando, entre sus apretados labios un cigarrillo. Tan sólo faltaban Manuel Fraga y Blas Piñar[86]. Tales semblantes estaban relacionados con el desarrollo de los últimos mítines. En el del CDS se dieron nuevos conatos de violencia bajo forma de “grandes impedimentos (...) a los periodistas por parte de los servicios de seguridad”[87]. Para UCD, la suerte estaba echada y el fracaso escrito a tenor de ese “ambiente que, reducido y apático, se asemejaba más a una conferencia cultural que a un mítin político”[88]. En cuanto a la izquierda, la presencia de la juventud en la concentración del PSOE se debía a “las actuaciones de Serrat, Moustaki o Paco Ibañez”[89]. La gente de más edad –los verdaderos nostálgicos- prefirió el PCE aunque no pudieron llenar ni “la mitad del aforo de la plaza de toros de Las Ventas”[90]. En lo que se refiere a Solidaridad Española, nada sabría el lector del número de presentes. Pese al respeto evidente de El Alcázar por la candidatura de Tejero, el poco espacio que se le concedía revelaba que no pasaba de ser, incluso en el ánimo del periódico, puramente testimonial. Con todo, salvo en el caso de Solidaridad Española, la manipulación de la realidad alcanzaba así su grado superlativo al negar “el seguimiento masivo de los mítines convocados por los grandes partidos, logrando reunir el PSOE a casi medio millón de personas en su acto de cierre de campaña”[91]. En suma, lo principal era seguir afirmando que la tónica general, para la mayoría, era un total desinterés y que, finalmente, la abstención podría triunfar. Y con ella, El Alcázar.

        

V)          Preparando el porvenir.

 

         El día mismo de las elecciones, El Alcázar se centró en su alcance internacional anunciando que la alternativa se situaba entre “Pacto de Varsovia o Pacto Atlántico”[92]. Según el periódico, en las cancillerías europeas también preocupaba el posible nacimiento de un nuevo satélite soviético. Con todas las implicaciones políticas y, sobre todo, militares que ello acarrearía. Al ir a votar –si, pese a todo, se iba– se legitimaría algo más que el cambio de presidente de gobierno... pues, ya sin tapujos, se admitía que nada extraño tendría ver al día siguiente un Madrid “literalemente rojo”[93]. Con todo, y pese a decir comprender a los españoles que vivían ese día como la negación histórica del 1° de abril, Izquierdo anunciaba que, en El Alcázar “no hemos perdido ninguna victoria y en cambio tenemos el ánimo necesario para ganar algunas batallas”[94]. La Historia demostraba que siempre había medios para enderezar el rumbo. Y por si ello no bastara, se encomendaba nada menos que a la entereza y a la fuerza de carácter de Scarlett O’Hara... Con los resultados en la mano, sólo quedaría ya, en efecto, prepararse para la lucha.

         Para El Alcázar, la masiva participación popular no era en absoluto significativa. La sospecha de fraude había sido involuntariamente confirmada por los propios políticos. ¿Cómo, preguntaba insidiosamente el diario, “veinte minutos antes de que el subsecretario del Interior, Izarra del Corral, anunciara un primer resultado aproximado, Alfonso Guerra anticipó un balance con un margen de error de sólo ocho escaños”[95]? La mayoría absoluta alcanzada por el PSOE sólo podía significar una cosa: “España será pasada por la izquierda”[96]. Las elecciones presagiaban, como se temía, una ejecución pública en toda regla. Sólo la “espectacular subida de AP”[97] ofrecía un asidero a la esperanza. Sin embargo, apuntillaba Gibello, cuando llegasen las inevitables turbulencias, el pueblo no tendría derecho a quejarse: “¿No ha sido él, “depositario de la soberanía nacional”, quien ha dado el veredicto a través de las urnas? Pues, señores, ¡aguantarse!”[98]. Como buscando una aceleración en el proceso de estructuración de la resistencia -¿la penitencia?- nacional, se publicaba en páginas interiores un mapa de las dos Españas, con las zonas en donde se había dado una “victoria marxista” y aquellas que celebraban una “victoria de la derecha”[99]. Una línea de frente, en suma. Casualidades del calendario, el mismo día se cumplía el aniversario de la fundación de Falange Española. Apoyándose en sendos acontecimientos, Emilio de la Cruz Hermosilla se preguntaba si España no debía “purificarse cada cierto tiempo, para pagar el tributo de su falta de memoria”[100]. Los “desmemoriados” de 1982 sabían pues a qué atenerse... Con todo, la prioridad del periódico era poder contar con un líder capaz de aunar voluntades. Veinticuatro horas después, El Alcázar parecía haberlo encontrado ya.

         Frente a unos resultados que por su “efecto relegitimador de la democracia”[101] anunciaban el punto final de la transición, El Alcázar hizo gala de una total ecuanimidad, fruto de un patriotismo sin concesiones que podría llevarle incluso a cantar “con satisfacción y sin remilgos el éxito socialista en el logro de las aspiraciones de nuestro pueblo”[102]. Empero, el diario publicaba en primera página con evidente contento la sentencia de Fraga que consideraba inaplicable el programa del PSOE[103]. Es decir, exactamente lo mismo que no se había cansado de repetir El Alcázar. Fraga apareció entonces ante el lector como el hombre político que reconocía lo fundado de las críticas del periódico y que, aun rechazando tajantemente las sirenas golpistas, “ sintonizaba con las razones esgrimidas por los sectores ultras, civiles y militares”[104]. Izquierdo podía admitir abiertamente que “este periódico se alineará, sin titubeos y sin arriar ni una sola de sus creencias en la oposición que pueda ejercer, como es de suponer que ejerza, Manuel Fraga Iribarne, a quien le ha tocado en suerte (...) asumir, con todo el honor y toda la tragedia que ello implica, el papel de oposición leal pero enérgica al anunciado cambio que nos llevaría, de la noche a la mañana, a convertirnos en Polonia, Cuba o cualquier país tercermundista”[105]. La hora de la verdad había sonado. Sin embargo, para que tal razonamiento cobrara un mínimo de credibilidad, era necesario romper el esquema de la bipolarización que parecía imponerse en el seno de la clase política nacional, empezando por la propia Alianza Popular.

         El diario estimaba que, contrariamente al sistema británico, el enfrentamiento de los dos bloques políticos destinados a disputarse el poder no sería sinónimo de asentamiento definitivo de la democracia sino, muy al contrario, de su disolución previsible. En un notable ejercicio intelectual de distorsión de la realidad, El Alcázar afirmaba que la mayoría absoluta del PSOE era la prueba de que “España está otra vez partida y desorientada”[106]. Un juicio motivado obviamente por la conciencia de hallarse el periódico ante una verdadera encrucijada con su carga intrínseca de incertidumbres. De ahí sin duda, su intento de recuperar la figura de Fraga cuando, pocos meses antes, compartía con los demás líderes de la denostada “partitocracia” los honores de su repulsa. Para salvar la compostura, El Alcázar insistía paradójicamente en la victoria indiscutible de la derecha en las elecciones. La falsa derecha, esa “izquierda vestida de derecha, la izquierda que promete ser modosa, conservadora y honesta”[107] y la única “derecha posible después del lavado de cerebro”[108], encabezada por Manuel Fraga Iribarne. Una manera, pues, de conciliar lo inconciliable: el rechazo sin paliativos del sistema democrático y el público reconocimiento del liderazgo de Fraga Iribarne como única oposición realista dentro de ese mismo sistema. Se comprendía entonces mejor el trato algo más favorable – aunque nunca de favor- del político gallego durante el mes transcurrido. Como una salida de emergencia. Pese a todos los discursos beligerantes e indirectamente autoexculpatorios, no podía haber una mayor confesión de impotencia. Con todo, y tal vez para no dejarse llevar por un pesimismo exacerbado, Ismael Medina afirmaba ese mismo día que “veinticuatro horas después del triunfo en las urnas, comenzaba  a percibirse ya el desánimo”[109] en el PSOE. Como si la única esperanza de recobrar nuevos ímpetus se cifrara, una vez más, en la angustia y el desamparo ajenos... La etapa final de El Alcázar había empezado.

 

         CONCLUSIÓN

 

         A finales del mes de octubre se pudo observar la vuelta forzada y a regañadientes del periódico al redil democrático, provocada por el desmantelamiento de la tentativa golpista a primeros de mes y la victoria sin discusiones del PSOE. El Alcázar se había visto obligado a pasar de una inicial actitud ofensiva – aunque formalmente abierta a un posible juego democrático- a otra más defensiva para hacer honor a su autoproclamada condición de portavoz exclusivo del Ejército. El hecho de volverse a encontrar el diario en el ojo del huracán involucionista  tampoco debió ser ajeno al cambio. Con todo, consciente de que nada podría finalmente evitar el acceso al poder de los “vencidos” del 39, el periódico se dejó arrastrar por un alarmismo aparentemente irracional aunque perfectamente funcional para su estrategia de rechazo frontal del sistema democrático. De ahí su reiterativa evocación del pasado. De ahí también su reivindicación de la abstención como único medio de restar legitimidad a todo cuanto pudiera salir de las urnas. Manifiestamente de espaldas a la realidad social del país, el diario se encerró en un discurso negativo como justificación de su obstinada ceguera frente a esa España del “cambio”. Todo ello desembocó, finalmente, en un mensaje simplista y a la vez contradictorio, en el cual el tremendismo y el catastrofismo hicieron las veces de análisis objetivo. Con los resultados conocidos, el sentimiento de derrota –por muy envuelto en una fraseología de combate que viniera- se hizo finalmente perceptible. Aunque, como anunciaba el propio diario, tampoco era tiempo para desánimos prolongados. Otras luchas se perfilaban ya...

 

 

Bibliografía

 

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EDO, Concha (1994). La crisis de la prensa diaria. Barcelona: Ariel.

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JULIÁ, Santos (1991). “Sociedad y Política”. En: TUÑÓN DE LARA, Madrid [dir]. Historia de España – Transición y Democracia (1973-1985). Barcelona: Labor, págs. 27-186.

LAMELAS, Antonio (2004). La Transición en Abril. Barcelona: Ariel.

MONTERO, José Ramón (1993). “Los fracasos políticos y electorales de la derecha española: Alianza Popular, 1976-1987”. En: TEZANOS, José Felix; COTARELO, Ramón; DE BLAS, Andrés (eds). La Transición democrática española. Madrid: Sistema, págs 495-542.

POWELL, Charles (2002). España en democracia, 1975-2000. Barcelona: Plaza&Janés.

REINLEIN, Fernando (2002). Capitanes rebeldes. Madrid: La Esfera de los libros.

SOTILLOS, Eduardo (2002). 1982. El año clave. Madrid: Santillana.



[1] POWELL, 2002: 320.

[2] EDO, 1994: 28.

[3] El Alcázar, Madrid, 30/09/82.

[4] ALFÉREZ, 1987: 135.

[5] “Oleada de atentados en toda España”, El Alcázar, Madrid, 30/09/82.

[6] “Rebajas de otoño en el PSOE”, El Alcázar, Madrid, 30/09/82.

[7] Idem.

[8] “Una explicación oportuna”, El Alcázar, Madrid, 30/09/82.

[9] Por ello tal vez, El Alcázar no disimuló su interés por la presentación de las candidaturas de AP – que, pese a su voluntad modernizadora, seguía adoptando “los perfiles habituales del discurso de la derecha española” (MONTERO, 1993: 505)- en la cual Manuel Fraga insistió en la necesidad de alcanzar “una mayoría natural no separatista y no marxista” (“Vamos a trabajar por levantar España”, El Alcázar, Madrid, 30/09/82).

[10] “Una explicación oportuna”, El Alcázar, Madrid, 30/09/82.

[11] Idem.

[12] Idem.

[13] Idem.

[14] Idem.

[15] “El gravísimo atentado exige una explicación pública”, El Alcázar, Madrid, 01/10/82.

[16] “23-F: Tampoco se trató ayer la petición de libertad de siete procesados” y “El Tribunal Supremo no admitió las querellas de Milans del Bosch y Tejero”, El Alcázar, Madrid, 01/10/82.

[17] “VII Asamblea”, El Alcázar, Madrid, 01/10/82.

[18] “Todo por esta democracia”, El Alcázar, Madrid, 01/10/82.

[19] Idem.

[20] “El socialismo en Europa: un problema”, El Alcázar, Madrid, 02/10/82. En Alemania, el periódico anunciaba la formación de un “gobierno de emergencia para sanear la economía”. En Francia, se insistía en la “gran manifestación de protesta contra el Gobierno socialista” encabezada por intelectuales y profesionales.

[21] “Hora punta”, El Alcázar, Madrid, 02/10/82.

[22] Idem.

[23] “El parte”, El Alcázar, Madrid, 03/10/82.

[24] Madrid: dos coroneles y un teniente coronel, detenidos”, El Alcázar, Madrid, 03/10/82.

[25] “Por fastidiar”, El Alcázar, Madrid, 03/10/82.

[26] “Va de golpe”, El Alcázar, Madrid, 05/10/82.

[27] “La clave no está en La Clave”, El Alcázar, Madrid, 05/10/82.

[28] Idem.

[29] El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[30] “Crónica de España”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[31] “Cronología del presunto proyecto de golpe militar”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[32] “¡¡¡Más ruido: Que no piensen !!!”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[33] “Crónica de España”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[34] “Instantánea“, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[35] “Una reforma militar que nos recuerda a Azaña”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[36] “Resbalón”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[37] “Las bombas de cada día”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[38] “Los nuevos tecnócratas”, El Alcázar, Madrid, 06/10/82.

[39] “Cábalas y proyectos o la dictadura cibernética”, El Alcázar, Madrid, 07/10/82..

[40] Idem.

[41] Idem.

[42] SOTILLOS, (2002): 209.

[43] “El cambio de sociedad”, El Alcázar, Madrid, 08/10/82.

[44] “Dietario personal”, El Alcázar, Madrid, 08/10/82.

[45] El Alcázar, Madrid, 08 /10/82.

[46] “Los intereses creados”, El Alcázar, Madrid, 09/10/82.

[47] “El régimen socialista polaco aplasta a los sindicatos libres”, El Alcázar, Madrid, 10/10/82.

[48] “Entre la realidad y los fantasmas”, El Alcázar, Madrid, 12/10/82.

[49] “El detector de intenciones”, El Alcázar, Madrid, 13/10/82.

[50] El Alcázar, Madrid, 13 /10/82.

[51] Tal estado de cosas se desarrollaba en tres artículos diferentes pero en el mismo número: “El golpe que no cesa”; “El Ayuntamiento de Madrid pone dificultades a las actividades del Papa en su visita a España” y “La última servidumbre”, El Alcázar, Madrid, 14/10/82.

[52] “Tiempo de votos”, El Alcázar, Madrid, 15/10/82. El artículo venía firmado por Juan Blanco.

[53] Idem.

[54] “Honor a la justicia”, El Alcázar, Madrid, 15/10/82. En portada, aparecía serio pero sereno y, sobre todo, de paisano.

[55] “Crónica de España”, El Alcázar, Madrid, 16/10/82.

[56] “D’Hont, la conciencia, la razón y las encuestas”, El Alcázar, Madrid, 16/10/82.

[57] “Teniente general Lacalle Leloup”, El Alcázar, Madrid, 16/10/82.

[58] “Cuestión de obuses”, El Alcázar, Madrid, 16/10/82. Se trataba en este caso de un editorial de ABC.

[59] Idem.

[60] “Hora punta”, El Alcázar, Madrid, 19/10/82.

[61] Idem.

[62] Idem.

[63] El Alcázar, Madrid, 19/10/82.

[64] Idem.

[65] “Una filtración desde alta instancia gubernamental”, El Alcázar, Madrid, 19/10/82.

[66] Idem. Tal vez pensara el periódico en Juan José Rosón a quien Fernando Reinlein pidió confirmación de la autenticidad del documento. (REINLEIN, 2002).

[67] “Hora punta”, El Alcázar, Madrid, 20/10/82.

[68] Idem.

[69] A partir de ese mismo día 20, y durante cuatro más, aparecieron unos artículos de Waldo de Mier que analizaban las constantes, siempre negativas, del PSOE en la historia nacional. Su título, “España, pasada por la izquierda”, hacía referencia a una frase del propio González pero que, convenientemente tratada, evocaba dramáticamente paredones y ejecuciones sumarias.

[70] “Dietario personal”, El Alcázar, Madrid, 20/10/82.

[71] “Estupor universal”, El Alcázar, Madrid, 20/10/82.

[72] “Crece la protesta popular por la manipulación del censo”, El Alcázar, Madrid, 21/10/82.

[73] “Crónica de España”, El Alcázar, Madrid, 22/10/82.

[74] La campaña de Solidaridad Española ocupaba un reducido espacio en las páginas del periódico. Se denunciaba el ostracismo al que sometían al partido los medios de comunicación y se contraponía, un tanto mecánicamente, el apoyo popular recibido (“Multitudinario homenaje a Antonio Tejero Molina”, El Alcázar, Madrid, 22/10/82).

[75] “Crónica de España”, El Alcázar, Madrid, 22/10/82.

[76] Idem.

[77] Bien es verdad que, sobre este punto, El Alcázar no era en modo alguno una excepción pues en las páginas de la prensa conservadora abundaban “las referencias apocalípticas a la Guerra Civil, a la II República y al triunfo del Fente Popular en 1936”. (FUENTES, 1998: 330)

[78] “Hora punta”, El Alcázar, Madrid, 22/10/82. La noticia había sido primicia de ABC.

[79] “La noche en la Zarzuela”, El Alcázar, Madrid, 24/10/82. Con todo, el periódico había anunciado once días antes, en la clave de humor propia de su Patio de leones, que “se está preparando otra movida en segunda edición corregida y aumentada” (El Alcázar, Madrid, 13/10/82).

[80] “¿Cuál sería la reacción del PSOE ante su derrota electoral ?”, El Alcázar, Madrid, 24/10/82.

[81]