La transición periodística en la prensa y la privatización de la prensa del Movimiento: el caso de Levante, 1975-1984.

Enrique Bordería Ortiz. Profesor de Historia del Periodismo en la Universidad Cardenal Herrera. CEU de Valencia.

 

El 31 de diciembre de 1975, en el inventario confeccionado por la Administración del diario Levante, desaparecía una de las referencias omnipresentes desde su aparición, el cuadro de Franco, el Caudillo[1]. Esta imagen había presidido la redacción del diario desde su nacimiento el 16 de abril de 1939, cuando convertido en el diario del Movimiento en Valencia se decidió colocarlo en sintonía con la adulación caudillista que la prensa oficialista mantendría durante el franquismo. Cuarenta días antes, el 20 de noviembre, había muerto el dictador y el mismo diario que le había rendido pleitesía hasta la saciedad durante décadas -esa era la esencia de los medios de la Falange- se apresuraba a eliminar su retrato. Una evidente metáfora del largo camino por el que iba a discurrir la actitud del viejo diario falangista en los nuevos tiempos.

El gran reto que se le planteaba al diario Levante, con la llegada de esa nueva etapa política que iba a desembocar inmediatamente en la consolidación de un sistema democrático representado en la monarquía parlamentaria de Juan Carlos I, sería el de olvidar su inmediato pasado, estrechamente vinculado al Régimen franquista y afrontar los retos de los nuevos espacios de libertad periodística. El futuro, en cualquier caso, pasaba por superar la afinidad falangista-franquista que había sido su razón de ser para encontrar una nueva identidad. Descolgar el retrato de Franco simbolizaba perfectamente la ímproba tarea que el diario se vio forzado a llevar a término en los siguientes nueve años. Mientras, por el camino convertido en un auténtico vía crucis, iba perdiendo lectores y ánimo vital.

 Este desafío era idéntico para el resto de diarios vinculados con la Cadena del Movimiento, símbolos periodísticos de la opresión del Régimen sobre la prensa, instrumentos privilegiados de la propaganda, a los que les esperaba un tortuoso camino en los siguientes años. Muchos fueron los que perecieron ante la imposibilidad de insertarse en la nueva sociedad democrática; y sólo unos cuantos, entre ellos Levante, acabaron privatizándose y por tanto conservando la cabecera pero acometiendo un proyecto radicalmente diferente al desarrollado hasta entonces. El vestigio de la cabecera se acabó convirtiendo en la única vinculación con el pasado inmediato.

Las dificultades económicas de la Prensa del Movimiento se habían agravado en los años setenta cuando crecieron espectacularmente los números rojos de los resultados empresariales del conjunto de periódicos. Algunas cabeceras eran deficitarias desde bastante tiempo atrás, incluso algunas desde su creación, pero sus pérdidas eran compensadas por los periódicos rentables. La evolución socioeconómica  y política del país había acabado por dejar anticuada a una prensa que seguía enquistada en el espíritu propagandista y guerracivilista, de los años cuarenta[2]. Las pérdidas millonarias de los años inmediatos a la muerte de Franco no harían más que crecer en los siguientes años. Mientras, las autoridades de la democracia vacilaban en resolver el futuro de una prensa oficialista, verdadera sangría presupuestaria, al advertir la rentabilidad política de su utilización en una etapa de fuertes necesidades propagandísticas.

La prensa del Movimiento, en pleno desconcierto aperturista, no llegó, ni siquiera, a representar la función de plataforma de expresión de los sectores más fervientemente franquistas. La línea informativa titubeante de la mayor parte de esos medios no se posicionaba ni en el pasado ni en el futuro con la suficiente convicción para mantener a los lectores. Los nostálgicos de aquel que iba camino de convertirse en viejo Régimen, irritados por  el camino que el país emprendía hacia la democracia, encontraron otros medios con los que identificarse plenamente y acabaron desertando del pretérito periodismo falangista, ahora adscrito a toda velocidad a la nueva doctrina democrática. Uno de estos medios practicantes de la nostalgia franquista fue el caso del viejo diario El Alcázar, que tras una impactante década en los sesenta que concluyó en 1968 por orden del ministro Fraga, a partir de la democracia jugó la carta de bastión franquista con excelentes resultados[3]. Tampoco la carta democrática fue asumida por los viejos diarios del Movimientos con la convicción necesaria para conservar los lectores, ávidos de un nuevo talante informativo, y por allí quedó un espacio que la prensa privada fue asumiendo a la par que el país recuperaba su libertad.

El futuro inmediato de la Cadena del Movimiento parecía íntimamente ligado a la suerte de franquismo. La apertura política, la transición democrática debía representar la inmediata desaparición  -privatización- de la Cadena gubernamental, creada con el único propósito de ser altavoz y corneta del Régimen franquista. El incierto destino de los puestos de trabajo y especialmente las intromisiones políticas alargaron este proceso hasta mediados de los años ochenta. Este hecho provocó un lento desangramiento de un grupo de diarios, lastrados por una pertenencia oficial que les entorpeció en la búsqueda de un espacio político-informativo desde el que dirigirse, y les dificultó iniciar proyectos de modernización, por los titubeos de los gestores de Madrid. Esto fue especialmente grave para estas publicaciones, en nuestro caso para Levante, porque la transición democrática representó una auténtica edad de oro de la prensa española, un periodo de efervescencia periodística que registró la aparición de destacadas cabeceras -El País, Diario 16-  o el afianzamiento de títulos históricos -ABC- que condenaran a sus competidores a la extinción, víctimas de su obsolescencia.

Levante encara la transición bajo las riendas de José Molina Plata, que ya había dirigido el diario en una breve etapa de 1951-1953,  y había vuelto al diario en julio de 1973 para aumentar la difusión en retroceso. El proceso de adaptación a la nueva coyuntura política se abre con su llegada  y ello supone cierta anticipación a otros diarios de la Cadena, en la misma etapa final de la descomposición del franquismo. El yugo y las flechas, emblemas falangistas, son eliminados y también es sustituido el subtítulo del diario que pasa de ‘Diario Regional del Movimiento’ a ‘Diario Regional de Valencia’.

 La reconversión política será uno de los primeros retos que asumirá Levante, pero en realidad esta orientación no se hará apreciable hasta  la muerte del dictador, a pesar de que en esos últimos estertores del Régimen se incorporan al diario, en calidad de colaboradores, una galería de personajes que durante la transición iban asumir una papel relevante dentro de la izquierda valenciana: Emèrit Bono, Vicent Ventura o Lluis Font de Mora[4].

En el minucioso estudio que Montabes Pereira ha efectuado sobre la prensa del Movimiento en la transición a la democracia se han desentrañado las claves principales de la evolución política e ideológica de esta prensa a partir de 1975[5]. Para nuestro trabajo esta aportación cobra especial importancia porque el autor escoge a tres diarios representativos del conjunto de la Cadena del Movimiento: Arriba, como emblema y cabecera simbólica; y otros dos diarios: Sur, y Levante, estos dos últimos en representación de diarios con tiradas asentadas y representatividad en sus regiones.

El profesor Montabes efectúa un análisis de la línea política asumida por Levante desde noviembre de 1975 hasta finales de 1978 tomando como base el posicionamiento del diario respecto a un conjunto de categorías elegidas por el autor: Democracia, Constitución, Monarquía, Franquismo, fuerzas de oposición al Régimen e instituciones del Estado. Se trata de verificar la actitud del diario antes los cambios políticos. Si ese muestra renuente a la apertura política o acepta gradualmente este fenómeno. Las conclusiones no dan lugar a la sorpresa: Levante como el conjunto de la prensa del Movimiento fue mostrando un talante aperturista y favorable a los cambios políticos al mismo tiempo que los cambios gubernamentales -gobierno Arias, gobierno Suárez, etc.- y la propia opinión pública expresaban su apoyo a la transición.

La adhesión de Levante a los principios democráticos y sus valores fueron imponiéndose paulatinamente a partir de noviembre de 1975 al compás que la propia evolución de la política mostraba claramente la consolidación de esas tendencias democráticas. El distanciamiento e incluso el posicionamiento crítico respecto a la etapa del franquismo no fueron más que la reacción lógica a ese primer proceso descrito. Todo ello, es preciso enfatizarlo, sin grandes estridencias ni entusiasmos, como aceptando la lógica natural que imponían los nuevos tiempos de la monarquía democrática de Juan  Carlos I. Levante no hace más que seguir el dictado de su tiempo, adaptándose con cautela y sin grandes alardes de un compromiso explícito. El viejo oficialismo del medio, acostumbrado a seguir los dictados gubernamentales, facilitaba claramente la integración en esos nuevos tiempos.

Levante logra mantener hasta finales de los años setenta un cierto equilibrio político, considerando el giro en su orientación que ha tenido que efectuar en breve tiempo para desvincularse de su inminente pasado. A pesar de su innegable herencia franquista, la dirección de Molina Plata consigue guiarlo con cierta fortuna por las turbulentas aguas del proceso de la  apertura política que se fragua con la aprobación de la Constitución en diciembre de 1978. La solidez del diario le permite capear el temporal a pesar de que las perspectivas no son demasiado brillantes. Las ventas del diario se han estancado en los dos últimos ejercicios -1977, 1978-, mientras su principal competidor Las Provincias crece a un elevado ritmo y en 1980 le superaba en la difusión con 41.250 ejemplares por 40.092 de su rival. Los beneficios de Levante se mantienen en cifras elevadas, más que por su difusión, por los ingresos de los contenidos publicitarios, ya que sigue disfrutando de un cierto prestigio comercial. Conserva su principal patrimonio: esa imagen tradicional conquistada en los años cuarenta y primeros cincuenta de ser el mejor anunciador de la ciudad y la provincia de Valencia. Su fama publicitaria, asentada en unas cifras de difusión sensiblemente inferiores a las reales en las que se movía el diario, acabará perdiéndose finalmente en esta etapa. El descenso de la publicidad aparecerá con cierto retraso, pero será coincidente con el retroceso de unas ventas imposibles de seguir ocultando durante más tiempo la pérdida de lectores.

La coyuntura política tenía un efecto innegable en el declive de Levante que había resuelto con cierta suficiencia en los momentos iniciales de la transición. Su caída es paralela al nuevo ascenso de Las Provincias, que saldrá reforzado de la etapa asumiendo un papel político-ideológico alternativo, y a fin de cuentas rentable para su negocio. En los arranques de la transición cuenta con un aval que aprovechará hasta los años ochenta: haber desempeñado en los albores del franquismo esa tenue postura de oposición que desde la primeros años setenta se materializa en la llamada primavera de Las Provincias[6].

El viejo diario conservador es la única alternativa que tienen los numerosos grupos de  la oposición, tanto en la ciudad, como en los pueblos, frente al oficialismo monocorde de Levante. Ese prurito antifranquista forjado durante los últimos años de la dictadura, en todo caso más subjetivo que objetivo, sirvió a los gestores de Provincias para obtener unas rentas democráticas que ofrecerían suculentos dividendos materiales a partir de 1975.

 En la exigua oferta periodística existente en Valencia a partir de la muerte de Franco, Levante significaba el pasado y Las Provincias pretendía ocupar el futuro. Esa dinámica periodística ya se había anunciado desde los años sesenta cuando el crecimiento del viejo diario conservador lo ha ido acercando cada vez más a las cifras del periódico del Movimiento y acababa por superarlo. Levante juega desde 1975 la carta de la moderación y de aclimatarse a cada momento a los guiños políticos que se marcan desde el poder. Su reconversión a la democracia, ya los hemos dicho, se materializa a golpes de oficialismo, lo que no impide un desgaste lento, pero implacable.

A partir de finales de los setenta la cuestión de la política nacional no iba a ser la única que marcara los derroteros de la prensa local. La transición en Valencia aparece complejamente unida al proceso de emergencia y recuperación de los movimientos nacionalistas, que conjuntamente con las reivindicaciones democráticas demandan un autogobierno valenciano, aplicando los preceptos de estructura autonómica del Estado que había delimitado la Constitución de 1978. La carrera por la obtención de ese gobierno valenciano tuvo como principal hito la manifestación del 9 de octubre de 1977,  que congregó a  medio millón de personas en Valencia en demanda del Estatuto de Autonomía. Pero esa unanimidad pronto dio paso a un enfrentamiento frontal en el seno de la sociedad valenciana, auspiciado por las fuerzas gobernantes. ‘Frenar el proyecto nacionalista significaba restar fuerza a la izquierda que lo encabezaba y a este empeño se consagró con ahínco la UCD valenciana, instrumentando una tremenda ceremonia de la confusión, en estrecha colaboración con personajes del antiguo Régimen y grupos fascistas a los que se dio pie para que recompusieran un valencianismo hueco y subcultural.[7]

Fue la  llamada batalla de Valencia, cuyos efectos permanecen activos hasta la actualidad, que tuvo como ojo del huracán la disputa en torno a los símbolos de ese valencianismo: lengua, bandera, denominación del territorio...[8] Su consecuencia más trascendente fue la aparición de un valencianismo agresivo que explotó los supuestos peligros de la amenaza catalana sobre la identidad valenciana si se adoptaban ciertas denominaciones -País Valencià o lengua catalana-. El nacionalismo de izquierdas sufrió la persecución sistemática de un grupo recalcitrante que pretendía defender la esencia del valencianismo puro en una reedición agresiva y ágrafa de un ratpenatismo decimonónico bajo el liderazgo público de Las Provincias. Este diario adopta la bandera de ese valencianismo conservador y excluyente como seña de identidad más importante hasta fechas recientes, y afrontará una cruzada periodística implacable contra todos aquellos sectores sociales que desafíen los preceptos instituidos desde las páginas del diario.

La batalla de Valencia condicionará la realidad informativa de manera absoluta, crisolando las noticias cotidianas, determinando bandos irreconciliables, marcando barreras políticas y personales, acotando el espacio periodístico, diciendo quién es y quién no es valenciano.

Frente al protagonismo total de Las Provincias, guardián de esa particular ortodoxia valencianista frente a cuantos enemigos surjan a su paso, Levante adopta una posición pasiva y gris que provoca continuos fuera de juego respecto a la realidad valenciana del momento. El panorama periodístico valenciano vive un período convulso y conflictivo, sometido a las tensiones generadas por esa batalla nacionalista y Levante representa un papel de mero espectador, postura que no rentabilizó la  imparcialidad que podía haber atraído a los lectores desapasionados, sino que conformó una ausencia que mermaba la presencia del diario en la sociedad valenciana. Si los grupos de la derecha y una parte del centro encontraban el eco de sus posturas en Las Provincias, la izquierda se sintió representada en medios como El País que destinó una parte de sus páginas para la información de la Comunidad Valenciana o semanarios como Valencia Semanal, que dieron la replica habitualmente. A partir de 1978, Las Provincias se posiciona claramente en el conflicto lingüístico-político en el momento que se está definiendo el marco autónomo valenciano, y Levante -controlado por la UCD, el mismo partido que está azuzando el conflicto- es incapaz de ocupar una posición definida en él. Esta situación no resultó favorable para el diario en la medida que se perdían posibilidades de identificación de los lectores.

La línea política-ideológica, más allá de su inmediata constatación, no será el  único aspecto, ni quizás el más importante, que condicione el declive de Levante. Por encima de una línea editorial en ocasiones inconsistente, en otras fluctuante, fueron factores como la gestión y la administración del diario, incapaces de remontar la tendencia, los que  más pesaron en la profunda crisis que a punto estuvo de provocar la desaparición del periódico en 1984.

Las operaciones de reflotamiento: el  lento pero imparable declive económico de Levante

El intento por racionalizar económicamente de la Cadena de publicaciones del Movimiento ya se había iniciado antes de 1975 con la llegada a la Delegación Nacional de la Prensa del Movimiento de Emilio Romero y su proposición de un plan de rentabilidad que suponía el cierre de una docena de publicaciones, aquellas que venían arrojando pérdidas desde hacía bastantes años, las más ruinosas[9]. En Valencia el  condenado se llamaba Jornada. Levante tuvo que asumir una plantilla que quedaba sin ocupación con la desaparición del vespertino. De modo que  la solución racional que recortaba los gastos generales de la Cadena representó para el diario un grave lastre en un situación económica, nada favorable por otro lado.

Levante ya disponía en 1975 de una redacción numerosa que cubría con holgura las necesidades informativas y en todo caso si tenía algún problema era su elevada edad media. En 1975 buena parte de los periodistas que habían ingresado en la inmediata posguerra  rondando los veintitantos años, ahora forman un colectivo en el que abundan los periodistas de 50 y 60 años; una redacción, en suma, claramente envejecida que será uno de los lastres del diario a lo largo de la transición para dinamizar los contenidos, introducir novedades, adoptar nuevas rutinas informativas. Esta generación que estaba a punto de jubilarse, atada a una concepción trasnochada del periodismo, no era la más adecuada para enfrentarse a los retos que ineludiblemente se le iban a plantear en los años venideros.

 Este fenómeno no hizo más que intensificarse con la incorporación de una buena parte de la redacción de Jornada, que tuvo la posibilidad de continuar su andadura profesional en el ‘diario hermano’.

 Levante tras el cierre del vespertino en septiembre de 1975 pasa a disponer de una plantilla sobredimensionada, excesiva a todas luces, y sobrecargada de años. Son mayoría los periodistas -especialmente en los puestos de responsabilidad- que se encuentran en el final de sus carreras, que han tenido una vida relativamente plácida en el franquismo pese a las apreturas de la censura y que podemos entender que no estén en la mejor perspectiva vital para iniciar una lucha decidida por remontar la situación del diario.

La consecuencia inmediata que representó para Levante ese legado fue que se aumentaron ostensiblemente, como era lógico, los gastos de personal de redacción, sin que las incorporaciones aumentaran los ingresos a través de la venta de más ejemplares. Ese incremento es perceptible en la comparación de los gastos de septiembre de 1975 -cuando se cierra Jornada- respecto a octubre de ese mismo año[10]. Pasaron de 872.926 ptas a 1.164.765 ptas. También aumento sensiblemente el personal de talleres y consecuentemente el desembolso de salarios.

De la noche a la mañana la ampliación forzada de la plantilla de Levante había aumentado los gastos de personal en un 21’31%. Y esto sucedía justo un par de meses antes de la muerte de Franco y del inicio de la particular transición de los diarios del Movimiento. En los siguientes años el diario tuvo que afrontar una serie de reconversiones para aligerar una plantilla sobredimensionada y mal preparada. Prejubilaciones que dispararon los costes laborales.

Pero volviendo a 1975, la situación de Levante en vísperas de la transición democrática no parecía ni mucho menos desesperada, no en vano era considerado una de las joyas de la Cadena, y sistemáticamente había venido encabezando las listas de resultados anuales. Sin embargo la preocupación de los gestores del diario ya había aparecido en los años sesenta debido a que Las Provincias venía recortando la ventaja en la difusión que Levante disfrutaba desde los años cuarenta. Las campañas de promoción se habían iniciado en los años sesenta, pero es partir de 1975 cuando éstas se harán más urgentes, sobre todo porque empiezan a evidenciarse las lagunas informativas del diario.

En ese mismo año, 1975, se reconocían las deficiencias del diario en un informe interno que pretendía ser una revulsivo de la situación. En él se realizaba una comparación de los espacios informativos y publicitarios propios con los de la competencia -Las Provincias- y se ofrecía un análisis pesimista a la vez que se apuntaban las correcciones necesarias para contrarrestar la baja en la tirada. Básicamente, debían aumentarse los contenidos informativos, especialmente en la faceta regional. No sería la última vez en que aparecía ni el diagnóstico, ni el remedio.[11]

Los buenos propósitos cayeron en saco vacío y escasas fueron las novedades introducidas por un diario demasiado anclado a las rutinas del pasado. No es extraño, pues que en julio de 1978 se elaborara un nuevo informe para reestructurar la redacción desde el 1 de septiembre de ese mismo año[12]. En él se pretendía “dar al periódico una imagen más dinámica, con informaciones más vivas y más elaboradas por la Redacción”.

 Las recomendaciones que se expresan delatan un fenómeno que se constataba desde hacía varios años: la bajada de calidad de las noticias regionales,  lo que había sido aprovechado por Las Provincias desde la segunda mitad de los años sesenta para ampliar su cobertura. El informe de Levante pide una dignificación de estos contenidos. En la misma línea se advierte de un hecho que era ineludible para mejorar la información regional: renovar la red de corresponsales, tradicionalmente uno de los mejores activos del diario, y que en los últimos años había sufrido un claro deterioro.

El balance económico de Levante en los primeros años de la transición podía ofrecer una imagen equívoca. Aparentemente y con las cifras absolutas en la mano, seguía siendo uno de los periódicos más rentables y con mejores cifras de difusión de toda la Cadena estatal, y por tanto podía establecer unas perspectivas de futuro optimistas. Pero, Levante como empresa era una entidad con escasa capacidad de adaptación. Seguía obteniendo cifras positivas mientras duraban las rentas del pasado, pero no tendrá capacidad de maniobra para introducir cambios sustanciales, ni ayuda desde Madrid, cuando la tendencia se quiebre más bruscamente a partir de 1980. Hasta entonces los resultados, con todo, fueron buenos.

Levante mantiene hasta 1980 una difusión media diaria próxima a los 40.000 ejemplares, con una ligera tendencia a la baja, mejorando los niveles de los primeros setenta. En 1974 la difusión que había justificado ante la Delegación Nacional de Prensa y Radio del Movimiento fue de 41.678 ejemplares, cifra que creemos exagerada; en 1978, según los datos del organismo estatal Medios de Comunicación Social del Estado, fue de 39.243 ejemplares; y en 1981 había descendido a 37.132[13].

Estos datos son matizados por otras fuentes de documentación de las cifras de difusión. Siguiendo los datos que ofrecen los boletines de la Oficina de Justificación de la Difusión que hemos encontrado en la propia documentación del diario, los resultados eran inferiores. 1978: 43.864 ejemplares; 1981: 32.253; primeros nueve meses de 1982: 27.539. Su competidor, Las Provincias alcanzaba los 45.572 ejemplares en 1981. [14]

A pesar del descenso de las ventas, las cifras de negocio se mantienen en un buen nivel durante toda la década de los setenta. Levante continua siendo en esas fechas una empresa rentable, con unos beneficios anuales elevados. Aún más, el diario, a pesar de la crisis palpable que se manifiesta a partir de 1980, seguirá siendo una publicación rentable hasta su misma privatización. Sólo el descenso brusco de las cuentas a partir de 1981 provocará una situación más preocupante. Pero hasta incluso entonces, el dinero seguirá afluyendo regularmente.

Beneficios de Levante entre 1975-1979[15]:

Levante

1975

1976

1978

1979

RESULTADOS

43.749.648

69.005.072

99.981.503

148.189.992

La empresa sigue siendo rentable porque la difusión se mantiene y ello hace posible que la cartera publicitaria se conserve y se convierta en el principal sustento del periódico[16]. Hasta 1980 el diario contiene la pérdida de lectores, y aunque es superado en la difusión por Las Provincias, las cifras de difusión próximas a los 40.000 ejemplares aseguran la viabilidad de la publicación con unos márgenes apreciables.  A  partir de ese año se produce la crisis más seria que lo llega a colocar en 1984 en una situación delicada, pero sin dejar de producir beneficios. Veamos la evolución de los acontecimientos.

A finales de 1980 se producen relevos en la dirección del diario. José Manuel Gironés, un periodista que se había incorporado a la profesión en Levante allá por 1964, y tras una destacada etapa en Madrid, donde había sido cronista parlamentario, redactor de Mundo 1968-75, de Cambio 16 y Diario 16 entre 1975-76, obtenía de los gestores de la Cadena su incorporación a Levante para sustituir a José Molina Plata que llegaba a su edad de jubilación. Delante de sí tenía el reto de mantener la viabilidad de un diario que veía empeorar su situación día a día.

Gironés se propone relanzar un diario que tiene como principal desafío una competencia que se ha multiplicado en la ciudad de Valencia. Ha de hacer frente no sólo a Las Provincias, claramente posicionada en la derecha, sino a otros dos diarios con fuerte presencia entre los lectores de centro y de izquierda. Por un lado esta El País, que se convierte en el símbolo de la democracia en nuestro país, el intelectual orgánico del país en palabras de J.L Aranguren, y logra copar una porción significativa del mercado periodístico valenciano. El otro referente de la competencia se constituirá con la aparición en diciembre de 1980 de la tercera alternativa diaria de la oferta periodística en la capital: Diario de Valencia. Un proyecto, dirigido por Juan José Pérez Benlloch, que recuperaba una histórica cabecera y adoptaba planteamientos novedosos al decantarse en favor de tesis nacionalistas y de izquierdas, bajo el objetivo de captar a un público que no se identificaba con los dos diarios existentes[17]. El cierre de esta cabecera en la primavera de 1982 demostró la falta de viabilidad de un diario con una base financiera débil y sobre todo incapaz de superar un techo de difusión de los 14.000 ejemplares y de no atraer a la publicidad. Más allá de las particularidades de la experiencia lo que parece claro es que la competencia creciente del mercado periodístico valenciano llegaba para Levante en la peor de las circunstancias.

La dirección de Levante emprende a partir de 1981 una intensa campaña en Madrid para convencer a los responsables de Medios de Comunicación Social del Estado de la necesidad de asegurar una disponibilidad de medios para contrarrestar una oferta informativa creciente. Gironés solicita de los gestores de Madrid la puesta en marcha de una campaña de promoción para reforzar la imagen del diario mediante acciones de apoyo en otros medios de difusión -televisión regional y radio-, así como en los demás periódicos y comparecencias directas. Además se plantea la elaboración de un suplemento semanal coleccionable de la historia de Valencia. La respuesta de la dirección de MCSE es contemporizadora: antes que nada defienden la racionalidad económica de la empresa. El director de Producción de MCSE propone la realización de una encuesta por una firma de prestigio entre los lectores de la ‘Región Valenciana’ y una encuesta en puntos de venta, para la confección de un cuadro estadístico actualizado de venta y devolución. Y a la vez, la realización de un estudio de contenidos, presentación e impresión de los distintos periódicos que se ofertaban en la zona de influencia del diario Levante.[18]

Las desavenencias entre la dirección del diario y la de MCSE estallan cuando J.M: Gironés critica los escasos medios que se ofrecen desde Madrid. En una entrevista publicada por El País, el director hacía patentes sus quejas: “Entiendo que un diario que ha resistido tan bien la aparición de nueva competencia y cuya explotación económica, por la cuantía de su publicidad, es tan excepcional que ha podido enviar a Madrid del orden de los cien millones de pesetas en este semestre, bien se merecía un trato diferencial”.[19]

Aunque la carta que formaliza el cese de Gironés lleva fecha de 2 de noviembre de 1981, en la práctica llevaba cesado desde el verano porque la empresa le había concedido en julio dos meses de permiso extraordinario que se había unido al mes de vacaciones en agosto.

Los enfrentamientos entre Gironés y la dirección del MCSE se han venido produciendo al parecer durante los últimos meses. Mientras éste deseaba mantener un cierto número de colaboradores y ampliar la plantilla, la empresa había insistido en su política de recortar presupuestos y no realizar nuevas incorporaciones. Ello provocó que durante esos meses permanecieran sin cubrir algunas bajas que se produjeron en la redacción. Durante el verano de ese año se llegó a especular que la salida de Gironés se debió a razones políticas, concretamente debido a la publicación el 21 de junio de 1981 de un artículo sobre la cuestión autonómica que criticaba la actitud de UCD al respecto.

Todas las tensiones y discrepancias acumuladas en el corto pero polémico período Gironés, pasaron factura al diario, que registró una caída en picado en sus ventas. Las razones eran puramente comerciales. Durante  1981 se intensificaron las deficiencias informativas de un periódico incapaz de comunicar la realidad valenciana a sus lectores. Con el tránsito de Molina Plata a Gironés se había perdido un tiempo precioso para impulsar a un diario que perdía terreno frente a sus competidores.

 Ese año se elabora otro informe interno, de una contundencia demoledora, donde después de hacer un seguimiento de los contenidos informativos locales y regionales de Levante y compararlos con la competencia, se constataban las reiteradas deficiencias que arrastraba el diario[20]:

El informe revelaba como Levante se mostraba incapaz de conocer una gran cantidad de noticias de interés público que por contra  aparecían detalladas en sus rivales. Carencia de primicias informativas, ausencia de noticias, presentes en la competencia.  Lamentaba el exiguo grado de creatividad de la redacción en las informaciones que no venían marcadas por los hechos del día, en los trabajos especiales de elaboración propia. Una escasa imaginación de los redactores para  lograr, al margen de la estricta actualidad de los hechos ocurridos cada día, el descubrimiento de temas de interés humano, científico o económico, sobre los que montar informes, encuestas o reportajes.

El análisis del informe no ofrecía lugar a dudas al considerar negativamente el valor de la redacción, y la escasa motivación que Levante podía despertar entre los lectores valencianos. El viejo diario del Movimiento necesitaba algo más que una reconversión ideológica para remontar el vuelo. Esa tarea pendiente se emprendió a partir de 1983,  lo que disparó los gastos, agravando la situación económica y lo colocó paradójicamente al borde de la desaparición.

La complicada privatización. 1983-84

Una de las consecuencias inmediatas para la prensa del proceso de transición política hacia la democracia en España a partir de  la muerte de Franco iba a ser la reconversión de los antiguos medios de comunicación oficiales. La Cadena del Movimiento representaba una pervivencia franquista, fuera de toda lógica en una situación democrática. Su desmantelamiento debía significar su reversión a la sociedad y este proceso iba a ser paralelo a la destrucción de las estructuras franquistas.

En abril de 1977, y como consecuencia de la aprobación de la Ley de la Reforma Política en enero, se transfieren los medios de la Cadena desde la extinguida Secretaría General del Movimiento al Estado, que los administrará a partir del organismo creado el 15 de abril a tal efecto que se denominará, Medios de Comunicación Social del Estado.

El 13 de abril de 1982 se aprobaba una ley que suprimía el Organismo Autónomo Medios de Comunicación Social del Estado, al permitir la enajenación de los periódicos integrados en ese organismo. El 27 de octubre de 1982 se establecieron las condiciones que debían regular las subastas de los citados periódicos, que más tarde se completarían con el gobierno socialista en mayo de 1983. En sendas resoluciones publicadas en el Boletín Oficial del Estado los días 21 y 22 de octubre se hicieron los anuncios de subastas de los periódicos con los precios de licitación asignados. Levante, con una difusión de 37.132 ejemplares en el año 81 y una rentabilidad positiva, alcanzó la valoración más alta de todos los diarios: 705 millones. Junto con Alerta de Santander, Información de Alicante y La Nueva España de Oviedo, era  el único periódico rentable de toda la Cadena, y aún más, él era  que ofrecía, a pesar de su crisis, los mayores beneficios.

El  anuncio para la subasta de Levante se publicó en enero de 1984 en el Boletín Oficial del Estado y en ella el precio de licitación se fijó en 686.900.000 pesetas, algo menos de lo anunciado en 1982, pero manteniendo la cantidad más elevada de toda la oferta. La subasta, celebrada el 27 de febrero quedó desierta. Lo mismo que sucedió en una segunda tentativa, anunciada el 3 de marzo de 1984 en el BOE y realizada el 26 de ese mes, que contaba con una rebaja en el precio de licitación, al fijarse este en 585.000.000 pesetas[21]. Finalmente,  en el tercer intento celebrado el 24 de abril, apareció un postor, la empresa Editorial Prensa Valenciana, perteneciente al grupo Editorial Prensa Ibérica, que se adjudicó Levante por un precio de 498 millones. ¿Cómo se llegó a esta situación? ¿Qué circunstancias rodearon la privatización de Levante?

La salida de J.M. Gironés provocó que José Barberá Armelles asumiera la dirección a partir de julio de 1981, aunque ésta no se hiciera oficial hasta noviembre. La etapa Barberá estuvo marcada por el continuismo respecto al pasado, no en vano el nuevo director era un histórico del periodismo valenciano que había dirigido el vespertino del Movimiento Jornada durante décadas y tras su desaparición se había acomodado en la subdirección de Levante. Su jubilación se produce en enero de 1983. Los problemas económicos no hacen más que agravarse al descender las ventas y la situación empieza a preocupar a los gestores de Madrid.

Este ánimo preside la designación del nuevo director, Jesús Prado Sánchez, que con una estimable trayectoria profesional, tiene como principal reto acometer una reforma en profundidad del diario, y ahora, al parecer, con un apoyo más decidido de los responsables de MCSE que el mostrado en intentos anteriores.

El relanzamiento del diario se acometerá en varios frentes. Primero, en el área tecnológica[22]: En junio de 1983 se cambia la antigua rotativa por otra, procedente del periódico El Eco de Canarias -periódico que pertenecía al Organismo Autónomo Medios de Comunicación Social del Estado y que cerró en 1983-. Dicha rotativa con una compaginación máxima de 48 páginas, era insuficiente, tanto por la velocidad de impresión como por la compaginación del mismo -domingos con 80 páginas- por lo que en octubre de ese año se  tuvo que adquirir otra rotativa, de idénticas características a la anterior, que pertenecía a Diario 16 -por un valor de 22 millones-, que según se reconocerá en un informe posterior se encontraba en un grado de conservación muy deficiente, con aspecto de haber sido muy utilizada. Aunque la mejora es innegable, en el trasfondo subyace un comportamiento mezquino hacia Levante. El mismo diario que ha obtenido unos beneficios de 160.462.164 pesetas en 1982, a pesar del descenso de las ventas, no era merecedor de una maquinaria de última generación. Recibe una rotativa de segunda mano de un diario que ha sido deficitario desde los años setenta, que es insuficiente para sus necesidades y que obliga a una solución de emergencia cuatro meses después.

 La innovación en el área de impresión permite un cambio en el formato. Desde el 22 de junio de 1983 el diario adopta un formato tabloide, mucho más manejable y actual que se acompaña de una renovación tipográfica, lo que indudablemente moderniza su imagen. A la vez se inicia la distribución los domingos de un suplemento semanal, el ‘Magazine’, con el propósito de mejorar la oferta  los fines de semana[23]. Estas transformaciones mejoran el producto Levante, lo que sin duda a medio plazo podía ayudar a recuperar lectores, pero a corto plazo significaron un empeoramiento de la situación. El aumento o descenso en el número de lectores es un proceso que no responde inmediatamente a las contingencias de un diario. Estos cambios son una respuesta que se produce en un término medio a cambios sustanciales en el diario. Las ganancias de lectores con esas mejoras, no iban a ser instantáneas, es necesario un tiempo para hacerlas llegar a la audiencia. Sin embargo, las consecuencias negativas de esos cambios fueron inmediatas: se dispararon los gastos. Primero por el desembolso del material adquirido, después porque aumentó el volumen de desperdicio de papel con el nuevo sistema de impresión y finalmente por la propia ineficiencia del período de aprendizaje.

El otro frente de renovación del diario se acometerá en el área de personal. Jesús Prado inicia un proceso para remozar la redacción con la incorporación a partir de abril de 1984  de una hornada de jóvenes periodistas con los que se pretende inyectar nueva ilusión a un diario que languidecía víctima de su falta de dinamismo. Ese era el diagnóstico que se había realizado en los anteriores informes que analizaban las deficiencias informativas del diario. Algunos de ellos ingresan por la jubilación de los viejos periodistas: es el caso de Fernando Belda Pérez que es contratado el 7 de abril de 1983 por el retiro de Eduardo Bort Carbó; o Pedro Muelas Navarrete, que ingresa en Levante el 31 de mayo de 1983 para sustituir a Carlos Sentí Esteve. El primero fue director del diario hasta 1997, y el segundo pasó  a ocupar esta plaza hasta la actualidad.

Otros son contratados para impulsar los contenidos informativos. Es el caso de J. Ángel Hernández Panadero, Vicente Furió Garcerá , Mª Luisa Colominas Carrión , Miguel Ángel Villena García , y José Torrent Badia .

Por último, se emprende una campaña de promoción  de la nueva imagen de Levante durante los meses de junio y julio de 1983 en los que se publicitan las mejoras del diario. Sólo los anuncios en vallas publicitarias representaron un coste que superó las 300.000 pesetas.

Pero el cambio de tendencia, la recuperación de los lectores no podía ser inmediata. El diario estaba poniendo las bases dentro de un proceso que fijaba su mirada en un plazo medio, por lo menos un par de años; margen ineludible para comprobar los efectos de las mejoras emprendidas. Sin embargo, el tiempo era escaso porque la privatización era inminente y se necesitaba la mejor presencia -mayor número de ventas y más anunciantes- para captar al mejor postor. Los márgenes de tiempo eran escasos. El aumento en las ventas tardaba en llegar y los aprietos económicos aumentaban día a día.

La modernización del diario quiso apuntalarse conociendo con detalle su estado interno y las perspectivas que podían establecerse tras las medidas tomadas. Con ese criterio el Consejo Rector de Medios de Comunicación Social del Estado solicita en julio de 1983 un nuevo informe, en este caso a una firma consultora, MTR y Asociados, que lo remite el 14 de noviembre de 1983[24]. Representaba una radiografía muy aproximada de la realidad de Levante en vísperas de su privatización.

El diario arrastraba un descenso de las ventas ostensible desde 1980 lo que había afectado gravemente a partir de 1983 en la reducción de los beneficios. Estos se habían mantenido en niveles aceptables en los años anteriores, sobre todo hasta 1982. [25]

1980

1981

1982 [26]

1983

178.190.846 ptas

128.525.540 ptas

160.462.164 ptas

70.711.845 ptas

Pese a todo, los beneficios son notables. Las cifras son importantes, sobre todo para un diario que muchos consideraban moribundo. Cierto es que  partir de 1983 los beneficios se redujeron en más de un 55% y se situaron en  algo más de 70 millones de pesetas de la época.

Las causas del descenso eran conocidas: 1) descenso general de la difusión; 2) descenso general de las inserciones publicitarias; 3) aumento de los gastos de personal. -14%-; 4) aumento general de los costes variables y fijos de edición del periódico no absorbidos por la difusión.

La evolución de las ventas de ejemplares de los últimos años había seguido una tónica descendente. Asimismo, dicha disminución de ejemplares vendidos no fue compensada por el aumento en precios experimentada en esta etapa, a excepción de las variaciones realizadas durante el ejercicio de 1982, que tuvieron un efecto de aumentar un 10% los ingresos netos por ventas.

Las principales razones que explicaban esa tendencia a la baja en la difusión de Levante, recordaban los reproches de anteriores informes y estudios[27]: Falta de línea informativa clara y deficiencias del personal. El descenso de la tirada sobre todo era más intenso en la ciudad de Valencia y su área metropolitana, donde es desbancado por Las Provincias. Se pasaba de una tirada de 43.762 ejemplares en 1980 a 35.551 en 1982

Las cifras de difusión en julio de 1983 de Levante frente a la competencia constataban esa decadencia: Levante: 33.000 ejemplares; Las Provincias; 46.328: Noticias al día: 9.000.

Las medidas que aconsejaba el informe para corregir esta tendencia coincidían con las mejoras emprendidas por la dirección. Además, enfatizaban la necesidad de racionalizar el sistema de distribución, debido a los altos costes que generaban. La previsión  que se hacía en la evolución del diario apuntaba hacia un estancamiento en las ventas en los años 1984 y 1985 que sería continuado por una tendencia alcista del 5% en 1986.

El diagnóstico del área comercial no era más halagüeño con una tendencia a la baja de los ingresos por publicidad. Además hay que tener en cuenta la saturación publicitaria que los ejemplares del periódico sufrían a lo largo de dichos ejercicios, lo que ilustraba el deficiente contenido informativo del diario. A lo largo del periodo 1980-82 el porcentaje medio de inserción publicitaria se sitúa en el 38%.

Las perspectivas, en todo caso, no son catastróficas. Levante era un periódico rentable, que había generado anualmente unos beneficios destacados, y podía seguir generándolos. El informe coincide con las medidas que se han tomado en el año 1983 y añade una racionalización del personal, sobre todo en la administración y los subalternos para reducir su número y aumentar la eficiencia de sus labores, a la vez que se potencia el área de redacción. La proyección financiera que se hace es que en 1986 se podrían obtener unos beneficios de 200 millones frente a los 81, 73 y 116 que se estiman puedan obtenerse en 1983, 84 y 85. Pero dicha cuantificación no tiene en cuenta las necesidades de inversión del medio plazo en el área productiva. En definitiva, el estudio avalaba el proyecto de relanzamiento del diario que debía acompañarse de una reducción de costes laborales y una inyección de capital.

Sin embargo, la situación no hizo más que agravarse con el comienzo de 1984. Los trabajadores de la Cadena de MCSE habían mostrado durante los últimos años su rechazo a la privatización de los periódicos, por la idea de que este hecho supondría una amenaza a la viabilidad de muchos diarios -con pérdidas- y  el peligro consiguiente que correrían los puestos de trabajo. Cuando en 1984, tras superar toda una serie de escollos legales que incluyeron un recurso de inconstitucionalidad al proyecto de enajenación de los medios de MCSE, se pone en marcha irremisiblemente el proceso privatizador estalla el conflicto laboral. El Comité intercentros de MCSE convoca a la  huelga el día 27 de febrero de 1984 a los trabajadores de la Cadena, que  se mantendrá de forma intermitente a partir de abril.  Las reivindicaciones de los trabajadores exigían el mantenimiento de la empresa pública y, además, un aumento salarial -8’5%- que había sido rechazado por los gestores de Madrid.

La plantilla de Levante se suma de forma desigual a la huelga pero interrumpirá la publicación del diario durante varias jornadas entre febrero y abril. La redacción, de forma mayoritaria no secundará el paro: sólo 4 periodistas a partir del 27 de febrero y 3 más a partir del 13 de abril. Sin embargo el paro será total en talleres y a partir del 12 de abril entre la administración.

La huelga llegaba en un momento crítico para el diario. En pleno proyecto de relanzamiento y en el momento que se decide el futuro de la cabecera con los anuncios de subastas que habían comenzado en enero de 1984. Ya hemos detallado como las dos primeras subastas quedaron vacías, nadie aceptó el precio de licitación por el que se valoraba Levante y la adjudicación definitiva se hizo a un precio de 498 millones que rebajaba casi 200 millones la tasación oficial. La empresa que adquiría el diario era  Editorial Prensa Valenciana, integrada dentro del grupo Prensa Ibérica S.A., cuyo socio mayoritario era Francisco Javier Moll de Miguel. El mismo grupo se hizo con el control de otros diarios subastados: Información de Alicante, tasado en 621’2 millones y comprado por esa cantidad; La Nueva España, de Oviedo, valorado en 368’1 millones y adquirido por 531 millones.

Diversas circunstancias extrañas rodeaban el proceso de privatización de Levante, que han dado pábulo a diversas especulaciones. Levante y  el  cántabro Alerta son los dos diarios que tuvieron una rebaja más espectacular desde la primera tasación hasta el precio de adjudicación; precisamente cuando los dos eran los más rentables de la antigua Cadena[28]. En el resto de subastas fue frecuente que se mejoraran las ofertas respecto a la valoración inicial, incluso en diarios deficitarios como Mediterráneo, de Castellón, tasado en 56’6 millones y vendido por 68 millones.

El otro elemento que ha sido resaltado para insinuar irregularidades en el proceso ha sido la composición de la sociedad compradora: Editorial Prensa Valenciana, S.A. Esta sociedad anónima se había constituido en Barcelona el 25 de agosto de 1982, con un capital de cien mil pesetas, cuya mayoría -98%- era desembolsado por Francisco Javier Moll de Miguel.  Era una sociedad sin un capital que le permitiera operar inmediatamente pero que se posicionaba de cara a la pretensión de asistir a las privatizaciones de periódicos estatales, cuyo proceso había puesto en marcha la ley de 13 de abril de 1982 que suprimía el Organismo Autónomo Medios de Comunicación Social del Estado. Para ello haría falta la inyección de capital que aconteció cuando las subastas fueron una realidad.

Esto sucedió en 1984, cuando Prensa Valenciana puede hacer una oferta de 498 millones por Levante en la tercera subasta porque recibe la participación  económica de La Caixa d’Estalvis Provincial de València, entidad, que como cualquier Caja de Ahorros de su tiempo posee una dirección política. El 24 de mayo de 1984 se producía el aumento de capital de la sociedad Editorial Prensa Valencia hasta la cantidad de 200 millones de pesetas, mediante la emisión de 199.900 acciones. Francisco Javier Moll suscribía 101.900 acciones por un valor de 101.900.000 pesetas, el 51% del capital social, y La Caixa d’Estalvis Provincial de València, representada por Francisco Blasco Castany, suscribía 98.000 acciones con un coste de 98 millones de pesetas, el 49%.

La fuerte rebaja en el precio y la vinculación con las autoridades socialistas dio pie para denunciar favoritismos del PSPV-PSOE hacia el grupo de Javier Moll. Esta es la interpretación que ha hecho J.J. Pérez Benlloch[29] que tras la experiencia efímera del Diario de Valencia se ponía de nuevo al frente de otro diario, Noticias al Día, a partir del 1 de octubre de 1982. Como ha destacado A. Laguna[30]: “El nuevo diario partía de una premisa que pronto se mostró errónea, la desaparición de Levante”. Noticias al Día acabó el cierre cuatro meses después de la venta de Levante, el 4 de julio de 1984, y para J.J. Pérez Benlloch en aquella operación el Gobierno de la Generalitat -en manos del PSOE- salvó al viejo diario y con ello condenó al nuevo proyecto que él dirigía.

La versión argumentada por los nuevos responsables del diario sobre el proceso de privatización desmentía cualquier irregularidad. Así lo ha manifestado Ferrán Belda, director de Levante desde marzo de 1987,  con argumentos irreprochables[31]: Ningún grupo editorial, valenciano o nacional, tuvo interés en participar en las sucesivas subastas públicas; la antigua prensa franquista estaba enormemente desprestigiada; Levante atravesaba conflictos laborales, perdía lectores y anunciantes;  y además, la  crisis económica había contraído el mercado publicitario condicionando el atractivo de invertir en la prensa. Todo ello explicaba la rebaja del precio, las tres subastas, pero no la participación de una entidad financiera gobernada por el Gobierno Autónomo -público- en una operación mercantil privada.

Ciertamente, Levante no constituía una oferta atractiva en el momento de su privatización, sobre todo por la elevada valoración que se fijó desde Madrid y el desprestigio acelerado que sufría. Es comprensible la ausencia de ofertas y de interés por los grupos editoriales o inversores del momento. Levante parecía más un diario en liquidación, donde lo más interesante podía ser el edificio de la Avenida del Cid, que un proyecto con futuro. Y como hemos advertido, ese inmueble quedó fuera de la subasta tras la segunda oferta.

Pero si alguien podía creer en la viabilidad de Levante, en que el viejo diario del Movimiento podía ser un negocio rentable a medio plazo en un mercado competitivo, esos eran los responsables de la publicación. La dirección de Levante cuando éste se subasta era la responsable del reflotamiento del periódico, proceso que es previo a su privatización. Y conoce las posibilidades, insistimos a medio plazo, nunca desde la inmediatez que tiene el proyecto. Claro está que en abril de 1984, nadie da dos duros por él, bueno nadie, excepto Editorial Prensa Valenciana, se atreve a pagar 600, o 500, ni siquiera 498 millones por un diario que parecía muerto. Levante se ha endeudado considerablemente en 1983 para poner en marcha su relanzamiento, renovando la plantilla, mejorando la impresión, modernizando su formato. Es un diario que necesita un grupo sólido, y el grupo Moll lo será, que crea en él y aproveche el camino andado, y seguramente conocido[32].

Las mismas  personas que toman  protagonismo en la última fase de Levante, empresa pública, Jesús Prado, Ferrán Belda y otros se convertirán en director general de Editorial Prensa Valenciana y director de Levante, respectivamente en 1987. Atrás queda una larga etapa de vinculación con el Estado, de voz oficialista con las autoridades del Régimen que ha sobrevivido al propio franquismo. A partir de entonces, las huellas del diario falangista quedaron absolutamente borradas, más aún cuando el 7 de mayo de 1988 Levante recordaba sus orígenes. A partir de aquel día se rescataba la vieja cabecera histórica que fue su origen, El Mercantil Valenciano, incautada y desaparecida en 1939 y cuyo recuerdo servía de aliento al nuevo proyecto editorial.

 



[1] El diario Levante publica su primer número el 16 de abril de 1939 en la ciudad de Valencia, para proseguir la tarea de la fugaz cabecera, Avance, primer título de los vencedores de la guerra en la capital valenciana. A partir de esos momentos se convirtió en el principal representante de la prensa del régimen en la ciudad, y una de las cabaceras más rentables de toda la cadena del Movimiento en España. Un estudio extenso de su existencia, en nuestro trabajo, BORDERÍA, E.: La prensa durante el franquismo: represión, censura y negocio. Valencia (1939-1975), Valencia: Fundación Universitaria San Pablo CEU, 2000.

[2] A pesar de que algunos periodistas no participaban de esta opinión, caso de José Mª Carrascal, quien en un artículo publicado en ABC en junio de 1977, bajo el título de ‘Democracia y prensa’ venía a afirmar que la única diferencia entre la prensa de la dictadura y la de la democracia era ‘que aquella sólo ve las cosas malas y ésta sólo las buenas’. Reproducido en Hoja del Lunes, 13 junio 1977.

[3] Con la llegada a la dirección de Antonio Izquierdo en 1977 a finales de ese año se llegó a un promedio de venta de 51.000 ejemplares. ALFÉREZ, A.: Cuarto poder en España. La Prensa desde la ley Fraga, Barcelona: Plaza-Janés, 1998, p. 134.

[4] BILBAO, J. y VALLÉS, A.: ‘La etapa de Editorial Prensa Valenciana, S.A.’ en LAGUNA, A. MARTÍNEZ, F. (coord.): Historia de Levante, El Mercantil Valenciano, Valencia: Prensa Ibérica, 1992, p 193.

[5] MONTABES PEREIRA, J.: La prensa del Estado durante la Transición política española, Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas- Siglo XXI, 1989.

[6] Esta valoración progresista de Las Provincias en pleno período franquista ha sido rechazada posteriormente por los propios protagonistas del momento. La misma Maria Consuelo Reina, a quien se atribuye el cambio en el viejo rotativo con su llegada a la subdirección en 1972, ha calificado el término Primavera de Las Provincias como “una solemne estupidez”. Por su parte, Vicent Ventura, otros de los protagonistas del período, señala que él “mai ha sentit parlar d’eixa primavera”. Citado en XAMBÓ, R.: Dies de premsa, Valencia: L’eixam, 1995, pp. 189 y 267 respectivamente.

[7] PICÓ, J. y REIG, R.: ‘Crisis final del franquismo y transición a la democracia’ en AA.VV.: Historia del Pueblo Valenciano, vol. III., Valencia: Levante, 1988, p. 960.

[8] Una interpretación especialmente interesante del período se puede encontrar en CUCÓ, A.: Roig i Blau: la transició democrática valenciana, Valencia: Tàndem Edicions, 2002.

[9] Los periódicos finalmente afectados por el cierre fueron Voluntad de Gijón, La Voz de Castilla de Burgos, Arriba España de Pamplona, La Tarde de Málaga y Jornada de Valencia.

[10] Archivo del Reino de Valencia, en adelante AR, Fondo Levante-Jornada. Caja 162. Estados de explotación de Levante (1967-84) y Jornada (67-75)

[11] Ibídem.

[12] Ibídem.

[13] Sobre este aspecto de la difusión del diario Levante, existen ciertas discrepancias según las fuentes utilizadas. Los datos que hemos comentado provienen de la obra, ya citada, de MONTABES PEREIRA: La prensa de Estado durante la transición política, donde la difusión se obtiene a partir de los datos internos de la propia Cadena del Movimiento o su sustituto el organismo de Medios de Comunicación  Social del Estado.

[14] AR, Fondo Levante-Jornada. Caja 187. Documentación subastas del periódico Levante. 1982-1984

[15] AR, Fondo Levante-Jornada. Caja 162. Estados de Explotación

[16] La abundancia de los contenidos comerciales había sido una de las señas distintivas del diario, que incluso durante esta época se acentuará en vista del estancamiento de los ingresos vía venta de ejemplares. En los primeros años ochenta -80, 81 y 82- el porcentaje medio de ocupación publicitaria del periódico rondará casi el 40% produciéndose una clara saturación. De las 36 páginas de media de Levante, alrededor de 14 eran de publicidad y eso arrinconaba a los contenidos informativos.

[17] LAGUNA, A.: Historia del periodismo, Op. Cit., p. 339.

[18] Acta de la reunión en MCSE sobre el diario Levante. Madrid, 25 de mayo de 1981. AR, Fondo Levante-Jornada. Caja 152.

[19] El País, 14 de julio de 1981.

[20] Informe interno sin mención de responsabilidad, ‘Valoración cualitativa de los contenidos informativos locales y regionales en Levante comparativamente con la competencia’. AR, Fondo Levante-Jornada. Caja 152. Las siguientes referencias incluidas en el texto pertenecen al mismo informe.

[21] Uno de los motivos de la rebaja del precio estriba en ‘la exclusión del inmueble de la Avenida del Cid que ocupaba el periódico.’ BOE, 3 marzo 1984.

[22] Ésta se había iniciado en 1981 cuando la composición tradicional ‘en caliente’ fue sustituida por la tecnología ‘offset’, pero el periódico seguía imprimiéndose en la rotativa antigua.

[23] La impresión del nuevo Magazine a partir de junio de 1983 con la rotativa instalada en el diario, con claras limitaciones en la paginación, obligará a un acuerdo con los trabajadores de talleres para realizar tiradas extraordinarias anticipadas. Esta medida llevaba aparejada un sobrecoste económico de más de 3 millones de pesetas en jornales extraordinarios. Finamente, como hemos señalado, los gestores acabaron adquiriendo una segunda rotativa en octubre.

[24] Este informe de viabilidad de Levante puede consultarse en:  AR, Fondo Levante-Jornada, Caja 187. Documentación de las subastas de Levante, 1982-84.

[25] AR, Fondo Levante-Jornada. Caja 162. Estados de Explotación.

[26] El repunte en los ingresos del ejercicio de 1982 tiene una explicación. Durante 1982 se produjo un aumento de las tarifas y asimismo un aumento lineal que provocó un aumento en los ingresos del 9% con respecto a 1981. Hay que considerar que las elecciones al parlamento realizadas durante octubre de 1982 produjeron unos 400000 m/m adicionales de publicidad.

[27] Informe de viabilidad de Levante, noviembre de 1983, Op. Cit.

[28] El diario Alerta de  Santander fue vendido por 389 millones cuando había sido tasado inicialmente en 618’9 millones. Su privatización estuvo rodeada de una fuerte polémica porque se realizó mediante adjudicación directa a la sociedad ‘Camprensa’, en la órbita del PSOE: estaba encabezada por el propietario de La Gaceta del Norte, José Antonio Fernández Boadilla y el senador socialista Juan Fernández Bedoya. MONTABES PEREIRA, J.: La prensa del Estado durante la Transición... Op. Cit.,p.151 .

[29] PÉREZ BENLLOCH, J.J.: ‘El fracás de la premsa alternativa’ en La informació a la Comunitat Valenciana.  Valencia, 1987.

[30] LAGUNA, A.: Historia del periodismo... Op. Cit., p. 340

[31]  Su interpretación aparece extensamente detallada en,  BILBAO, J. y VALLÉS, A.: Op. Cit., 201-202.

[32] Sobre la evolución posterior del diario, véase LAGUNA, A.: ‘Privatización y competitividad del diario Levante-EMV’ en Levante, 11 abril 1994, pp. 4-6.