“La transición
periodística, ideológica y empresarial de La
Vanguardia (1975-1982)”
Carlos
Barrera. Profesor de
la Facultad de Comunicación. Universidad de Navarra.
Anna
Nogué i Regàs. Licenciada
en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra. Subdirectora de la
Agencia Catalana de Notícies.
1. Introducción
Los
años de la transición política a la democracia supusieron, en el ámbito de la
prensa escrita, un momento de especial ebullición debido a que los nuevos aires
democráticos propiciaron el nacimiento de nuevos periódicos y revistas, una
legislación mucho más permisiva en el ámbito de la libertad de expresión y
cambios en las relaciones entre la prensa y el poder político (Barrera, 1995;
Fernández y Santana, 2000). Lógicamente los dos grandes mercados periodísticos,
Madrid y Barcelona, vivieron estos tiempos con especial intensidad, si bien con
características diversas derivadas de sus diferentes tradiciones y estilos
tanto periodísticos como empresariales, así como de la mayor relevancia que la
cuestión autonómica tuvo en Cataluña (Guillamet, 1996).
En
el mercado catalán de la prensa diaria, La
Vanguardia continuó siendo el líder indiscutible tanto en términos de
difusión como en volumen de publicidad. Era un liderazgo que había tomado desde
comienzos del siglo XX y que le había convertido, a lo largo de muy diversas
etapas de su historia, en punto de referencia ineludible en la opinión pública
catalana y en una auténtica institución de la vida pública de aquella comunidad
(Gaziel, 1994; Gómez Mompart, 1992). El largo período de la dictadura de
Franco, una vez que la familia Godó recobró la propiedad del diario tras la
guerra civil, significó un nuevo asentamiento institucional del periódico. Fiel
a su idiosincrasia histórica, adoptó durante el franquismo posturas
progubernamentales que le hicieron convivir de forma básicamente pacífica con
ese régimen. Solamente alteraron esa paz, sobre todo, algunos episodios que
afectaban a la falta de autonomía de la empresa en los nombramientos de director:
Luis Martínez de Galinsoga desde mayo de 1939, y los ya menos conflictivos y
pactados Manuel Aznar y Xavier de Echarri entre 1960 y 1969. A finales de
octubre de ese último año, por fin pudo la empresa nombrar como director de La Vanguardia al candidato propio:
Horacio Sáenz Guerrero. Se trataba de un hombre fuertemente identificado con la
Casa, redactor jefe desde comienzos de los años sesenta y llamado a ser el
piloto del diario en los últimos años del tardofranquismo y durante toda la
transición.
A
lo largo de estas páginas, y gracias en buena parte a la documentación del
archivo del propio Sáenz Guerrero, trataremos de describir –sin pretensiones de
exhaustividad– cuáles fueron los rasgos más destacados de la transformación
gradual que experimentó La Vanguardia
para adaptarse a los nuevos tiempos democráticos desde los puntos de vista
periodístico, ideológico-político y empresarial (Alférez, 1987).
Periodísticamente tuvo que afrontar la creciente competencia del resto de
diarios editados en Barcelona, muchos de ellos más agresivos o audaces en el
tono general informativo y editorial. Ideológica y políticamente, La Vanguardia tuvo que aplicar su
tradicional posibilismo y su carácter acomodaticio a los nuevos aires
mayoritariamente democráticos y catalanistas de la transición. Desde la
perspectiva empresarial, se vio en la necesidad de deshacerse de algunos medios
propios como el diario Tele/eXprés,
capear las dificultades económicas internas y tratar de introducirse en nuevos
proyectos para proseguir la expansión del grupo Godó, por ejemplo en el
naciente ámbito audiovisual.
2. La
Vanguardia y las convulsiones del mapa periodístico barcelonés
Cuando
en octubre de 1978 se produjo el lanzamiento de un nuevo diario, El Periódico de Catalunya editado por el
grupo Zeta, se llegaron a publicar simultáneamente durante algunos meses un
total de diez diarios en Barcelona, más tres de carácter deportivo. Junto a los
que hundían sus raíces en los siglo XVIII y XIX (Diario de Barcelona, El
Noticiero Universal, El Correo
Catalán y La Vanguardia), se
encontraban aún los dos antiguos diarios del Movimiento (La Prensa y Solidaridad
Nacional), más las novedades surgidas en el tardofranquismo y en los
primeros momentos de la transición (Tele/eXprés,
Mundo Diario, Avui y Catalunya Express).
Los tres deportivos eran el decano El
Mundo Deportivo y los más recientes Dicen
y 4-2-4. El panorama resultaba
indudablemente rico y plural desde el punto de vista numérico, pero era también
cierto que muchos de ellos sobrevivían con serias dificultades económicas y
empresariales, amén de las de orden meramente periodístico y las derivadas de
sus posiciones ideológico-políticas. En varios de ellos la propiedad cambió de
manos, y con ella también la línea ideológica y la fórmula periodística.
Faltaron, en definitiva, proyectos claros y definidos y apuestas empresariales
serias y decididas.
De
hecho, sólo La Vanguardia no cambió
de director entre 1975 y 1982. Por otro lado, la progresiva consolidación de El Periódico de Catalunya como segundo
diario fue un factor determinante para la acentuación de las crisis del resto
de periódicos editados en Barcelona. El cuadro 1 muestra claramente la
evolución de la difusión media de todos estos diarios a lo largo de la
transición.
Cuadro 1. Difusión de la prensa diaria
de Barcelona (1976-1982)
|
|
1976 |
1977 |
1978 |
1979 |
1980 |
1981 |
1982 |
|
La Vanguardia |
211.736 |
196.886 |
187.241 |
187.506 |
188.712 |
199.896 |
196.029 |
|
El Noticiero Universal |
67.198 |
51.622 |
44.056 |
43.549 |
43.379 |
47.045 |
38.092 |
|
Dicen |
63.836 |
49.319 |
47.223 |
|
|
|
|
|
El Correo Catalán |
60.721 |
48.796 |
40.076 |
37.170 |
37.131 |
35.270 |
32.836 |
|
El Mundo Deportivo |
59.361 |
50.821 |
50.948 |
48.661 |
50.647 |
45.051 |
40.886 |
|
Avui |
55.728 |
40.036 |
33.496 |
32.613 |
36.373 |
38.472 |
38.069 |
|
Tele/eXprés |
34.414 |
|
|
|
|
|
|
|
Mundo Diario |
34.003 |
49.048 |
49.188 |
40.313 |
29.185 |
|
|
|
Diario de Barcelona |
30.311 |
25.843 |
|
|
|
|
|
|
El Periódico de Catal. |
|
|
|
55.052 |
78.405 |
103.600 |
112.521 |
Fuente:
OJD.
Nota:
Los diarios La Prensa, Solidaridad Nacional y Catalunya Express no estaban sometidos a
control. Por su parte, Tele/eXprés desde
1977 y Diario de Barcelona desde
1978, pese a seguir editándose, dejaron de ser controlados.
De
la lectura de este cuadro se deducen tres conclusiones fundamentales: la
fortaleza del liderazgo de La Vanguardia,
que se mantuvo prácticamente inalterable; el notable despegue de El Periódico de Catalunya, que se
convirtió en el único que logró sobrepasar los 100.000 ejemplares de difusión;
y el progresivo debilitamiento y crisis de los demás, que fueron perdiendo
lectores de forma inexorable. A partir de 1982 entraría un nuevo competidor en
escena, si bien desde Madrid: la edición catalana de El País, cuya preparación se venía gestando ya desde 1980 y que
constituyó, como veremos, un motivo de seria preocupación para los dirigentes
de La Vanguardia. El diario de los
Godó, si bien mantuvo su primera posición con holgura, experimentó a partir de
1977 una ligera bajada de sus niveles de ventas de la que sólo se comenzaría a
recuperar a partir de 1981.
Aunque
el resultado final fuera favorable a La
Vanguardia, la intensa competencia periodística surgida en los años de la
transición fue un factor que incidió claramente en la crisis que sufrió el
diario. Ya en los primeros años setenta, se alzaron algunas voces desde dentro
pidiendo al periódico un mayor atrevimiento a la hora de afrontar distintas
cuestiones de actualidad (Nogué y Barrera, 2002). Javier Godó, gerente de TISA
desde 1970, fue una de ellas. Reclamaba que el periódico emprendiera una nueva
etapa de mayor apertura informativa, insistiendo en que los demás medios
informativos empezaban a incluir en sus filas “gente buena, dinámica y sin
excesivo celo de sus tendencias”, frente a una Vanguardia que, desde hacía algún tiempo, estaba “adormilada” y
adquiría “un tono gris” en cuanto que mantenía “una postura aséptica” ante la
realidad informativa[1].
Corrían los tiempos de la apertura periodística propiciada por el Ministerio de
Información y Turismo regentado por Pío Cabanillas en 1974.
Javier
Godó llegó a poner incluso como ejemplo de dinamismo informativo al Diario de Barcelona, periódico que por
aquellas fechas controlaba la propia familia Godó. Valoraba positivamente, por
ejemplo, que “el Brusi”, como era popularmente conocido, opinara con cierta agresividad sobre temas que consideraba
interesantes para Barcelona y para Cataluña. Le preocupaba que La Vanguardia no se atreviera a
profundizar en sus opiniones, cuando los demás periódicos, incluso de su mismo
grupo, lo hacían; y al mismo tiempo se preguntaba por qué permitían, en otras
publicaciones en las que también tenían intereses, la entrada de personas que
en La Vanguardia habían sido
consideradas non gratas. En este
sentido ponía el ejemplo del profesor Manuel Jiménez de Parga. “Es preciso que
se produzca una reacción para no vernos desfasados”, concluía[2].
La
competencia se hizo mucho más intensa tras la muerte de Franco. Muchos temas de
los que hasta entonces sólo se podía hablar entre líneas o informar con cautela
pasaron a ser moneda común entre los periódicos. Con el equilibrio y la mesura
típicos del “estilo Vanguardia” se corría el riesgo de quedar bastante por
detrás de los demás diarios en cuanto a tensión y garra informativas. Una de
las necesidades que enseguida detectó Sáenz Guerrero fue la de aumentar el
potencial de la redacción. Ya en mayo de 1976 escribió a Carlos Godó, conde de
Godó y presidente de la empresa, que “el volumen de la información nacional,
regional y local está alcanzando unos niveles sin precedentes y la competencia
trabaja con muy buenos medios humanos a los que tenemos que oponer, por lo
menos, una calidad semejante”[3].
Más tarde, con motivo de las negociaciones de un nuevo convenio colectivo, a
comienzos de 1977, insistía en la misma idea con algunos matices nuevos:
“El Director mantiene la afirmación, que la
Empresa comparte, de que en los últimos tiempos se ha multiplicado el trabajo
de los redactores y su responsabilidad, puesto que antes era la censura y las
consignas las que orientaban la tarea del diario. Ahora, con prensa libre, el
equipo informativo y de comentario está obligado a una atención permanente,
incansable y, repito, a un grado de responsabilidad que a veces resulta
abrumador”[4].
Meses
más tarde, ya en 1977, insistió en que “las actuales circunstancias
informativas –libertad de prensa, libertad política, apertura de nuevos centros
noticiosos y de opinión– (…) obligan a un nuevo esfuerzo personal y profesional
que es, y lo será más, superior a las posibilidades de nuestra Redacción”[5].
En marzo de 1978, planteó una remodelación que significaba la creación de
secciones nuevas y la consiguiente reestructuración de algunas redacciones. Una
de las mas afectadas, positivamente, era la de Política Catalana, que a su
juicio estaba adquiriendo “cada vez mayor importancia, interés y complicación”[6].
La hegemonía de La
Vanguardia se puso en peligro, como se ha dicho, ante la aparición de
nuevos rotativos, especialmente El País,
a partir de mayo de 1976 en Madrid y con edición en Barcelona a partir de 1982,
y ya en el mercado catalán El Periódico de Catalunya, a partir de
octubre de 1978. Los responsables de La
Vanguardia no eran ajenos a estas circunstancias, como lo prueban la
correspondencia interna entre ellos. En una de las cartas, Horacio Sáenz
Guerrero comunicaba a Carlos Godó, en abril de 1979: “Poco a poco, el diario El País nos está comiendo el terreno”.
En este sentido, le recordaba que por razones económicas tenía que compartir
con este nuevo diario algunos de sus mejores colaboradores, como Julián Marías,
José Luis Aranguren, Salvador Pániker y Joan Fuster. Según le explicaba el
director, “la clave estriba en que el autor percibe de los dos diarios una
cantidad global que La Vanguardia no
le quiere dar”. Por ello terminaba diciéndole: “Me permito sugerirle que
estudie la posibilidad de salvar algún colaborador mediante la forma de la
exclusiva”[7],
lo cual significaba tener en cuenta “las remuneraciones que paga la competencia
con la finalidad de arrebatarnos lo que tenemos”[8].
Fueron asimismo frecuentes las advertencias de Sáenz
Guerrero sobre los intentos, a veces cuajados, por parte de otros periódicos
para llevarse a redactores o colaboradores de La Vanguardia. Así sucedió, por ejemplo, a finales de 1977 cuando
recomendó retener a José Luis Martínez para la redacción de Madrid ante la
oferta que había recibido de una revista de información general[9],
y a comienzos de 1982 cuando le advirtió a Javier Godó de que El Periódico quería fichar a Alberto
Bassols[10].
Avui,
pese a su carácter emblemático, no representó realmente una competencia a La Vanguardia, que incluso vio con
buenos ojos su aparición. A finales de septiembre de 1975, Sáenz Guerrero
escribió a Javier Godó para sugerirle ayudar a la empresa editora, Premsa
Catalana, S.A., mediante la publicación de “notas sobre la institución de un
fondo de arte para obtener ayudas”. Y explicaba: “Hasta ahora no he dado nada
porque me digo que, en definitiva, se trata de una posible competencia. Sin
embargo, los demás periódicos lo publican todos y no creo que La Vanguardia deba dar una imagen
negativa en relación a un proyecto de diario en catalán”[11].
De hecho, al día siguiente de su aparición fue uno de los tres temas gráficos
de la portada en hueco[12].
A
finales de 1980, Horacio Sáenz Guerrero le comunicaba a Carlos Godó que, a
pesar de que La Vanguardia seguía
siendo el periódico de mayor difusión de España, debía alertarle, obligado por
“un mínimo sentido de la responsabilidad”, de que era “muy posible” que en un
año la ventaja de 3.000 ejemplares que mantenía con El País desapareciera, especialmente si éste se instalaba en
Barcelona “con grandes medios técnicos y una distribución nacional de gran
eficacia”. Afirmaba: “Nosotros, en cambio, vemos limitada nuestra presencia
prácticamente a Cataluña y hemos desaparecido o estamos desapareciendo de
algunos mercados nacionales y extranjeros, cuyo hueco ocupa con seguridad
nuestro colega madrileño”. Y después de proponer una serie de medidas
concretas, terminaba diciendo: “En fin, querido don Carlos, se avecinan tiempos
difíciles y creo que ha llegado la hora de movilizar todos los recursos”[13].
A mediados de 1981 Sáenz Guerrero se
dirigió a Javier Godó y le comunicó que “parece casi seguro” que El País empezaría su “operación
Barcelona” apareciendo los lunes por la mañana a partir de septiembre.
Efectivamente, la edición catalana de El
País saldría finalmente a la calle, si bien no lo hizo hasta el 6 de
octubre de 1982, dirigida por el hasta entonces director de El Periódico de Catalunya, Antonio
Franco. Vista la ascensión meteórica de El
País en su edición nacional, y previendo la competencia que les iba a
suponer su edición catalana, Sáenz Guerrero añadía que había que ponerse en
marcha inmediatamente “para estudiar la problemática” que se planteaba y las
soluciones que se pudieran aplicar. “Me parece –afirmaba– que debemos actuar
con diligencia porque no podemos permitir que se nos apoderen de este mercado”[14].
3. La conversión democrática y el giro
catalanista de La Vanguardia
El
día posterior a la muerte de Franco, en la primera página de tipografía de La Vanguardia, apareció una fotografía
de una audiencia concedida por Franco en su despacho a Carlos Godó, que incluía
un breve artículo escrito por el propietario del periódico bajo el título “Una
obra extraordinaria que ha cambiado radicalmente a España”. En él, de una forma
sencilla y sincera, daba fe de su profunda gratitud personal hacia Franco:
“La profunda emoción
que siento por la pérdida del Caudillo de España, Generalísimo Franco, viene
condicionada por la obra extraordinaria que ha cambiado radicalmente a España en
unos pocos años, si bien personalmente aumenta, por los sentimientos de amistad
que me había siempre demostrado y que venía ratificada por el nombramiento con
que he sido honrado en dos ocasiones como procurador en Cortes de designación
directa del Jefe del Estado.
Es difícil, en unas pocas líneas, dar
una idea de lo que ha representado el Caudillo en la vida de España, porque en
cualquier orden que se considere, vemos el progreso inmenso que han
representado estos años en los cuales nuestro país ha pasado de ser una nación
de segundo orden a situarse junto a los países más industrializados y de mayor
rango cultural.
Con lágrimas en los ojos he escuchado
esta mañana la alocución de nuestro presidente, don Carlos Arias Navarro,
quien, visiblemente emocionado, nos ha leído el último mensaje de Franco y no
solamente yo, sino las personas que estaban a mi lado, no han podido contener
la emoción que la lectura les ha producido.
Me siento orgulloso de pertenecer y
formar parte de la España de Franco. Y, en el tiempo que me quede de vida, he
de recordar siempre la fecha histórica del día de hoy, dolorosa para todos los
españoles, a cuyas plegarias uno las mías por el eterno descanso del alma de
nuestro querido Caudillo”[15].
Este
“franquismo originario” de Carlos Godó no fue óbice para que los intereses del
diario se antepusieran habitualmente a los personales del conde, de tal forma
que La Vanguardia, dentro de su
tradición liberal conservadora, apoyara los movimientos tendentes a construir
un sistema democrático mediante la reforma, que no ruptura, de la legalidad
franquista. Especial importancia, por la claridad de sus planteamientos,
revistió una carta que Horacio Sáenz Guerrero escribió al propietario de La Vanguardia el 21 de agosto de 1976,
es decir, apenas un mes después de la formación del primer gobierno Suárez y
reciente aún el fracaso del gobierno Arias. En ella le exponía su particular análisis de la situación
política con el objeto de definir unas pautas a seguir por el propio diario.
Calificaba como “tres textos esenciales sobre los que parece que todo el mundo
razonable está de acuerdo” los discursos del Rey en su proclamación ante las
Cortes y ante el Congreso de los Estados Unidos, y la declaración programática
del gobierno Suárez. Resumía su análisis con estas palabras: “La política que
se está desarrollando, con evidente cautela, se ciñe a las líneas maestras
establecidas en ellos sobre la democratización de España y la devolución al pueblo del poder que le corresponde”[16].
Ahondando en algunas de esas ideas, y en concreto sobre el recién constituido gabinete, subrayaba que “es indispensable recordar que este es el gobierno del Rey, hecho a su imagen y semejanza, y que cualquier actitud negativa en lo fundamental contra el mismo es negar la autoridad Real”. También hablaba sobre la relación de diálogo que el gobierno estaba estableciendo con muy distintas fuerzas políticas, “exceptuando los comunistas y los extremistas de derecha y de izquierda”, y subrayaba –conociendo la escasa simpatía del conde por el nacionalismo catalán– que también lo hacía con “algunos de los representantes más distinguidos de la política catalana”. Es más, definía al presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, como “una pieza fundamental” porque “constituye un elemento decisivamente moderador y rotundamente anticomunista”; y añadía que “por esta razón, los comunistas catalanes le están combatiendo, al igual que al señor Jordi Pujol, quien tuvo recientemente una larga conversación con el señor Suárez”. Por eso afirmaba: “Tengo la certeza de que al Gobierno, a este y a cualquier otro, le interesa todo lo que le ayude a detener al comunismo y el señor Tarradellas es un dique infranqueable”[17].
Sobre la posible restauración de las instituciones históricas catalanas de autogobierno, recalcaba ante el conde que “la Generalitat fue una institución originada en la Edad Media y que funcionó siempre concertada con la Corona”. Y auguraba: “Puedo anticiparle que no se tardará mucho en ver en el Palacio de la Diputación el nombre de Generalitat inserto en la fachada”[18]. En este sentido, Horacio Sáenz Guerrero exponía que oponerse a todo esto sería “una actitud suicida para el periódico” y le recordaba que La Vanguardia era el único periódico de Barcelona que no había entrevistado a Tarradellas, cuando lo habían hecho incluso periódicos de Madrid, como El País, y casi todas las revistas de información política. Finalmente le indicaba: “El tema es delicado y es uno de los tres grandes problemas a los que el Gobierno se enfrenta, según me manifestó recientemente un ministro. El propio Fraga, nada dudoso de catalanismo, reconoció las posibilidades de aprovechamiento del prestigio de la Generalitat como institución y del señor Tarradellas como persona respetable”[19]. Fruto seguramente de las quejas de Sáenz Guerrero ante Godó, pocas semanas después, La Vanguardia publicó una larga entrevista, en cinco entregas, de su corresponsal en París, Tristán La Rosa, a Josep Tarradellas[20].
Las
dudas, reticencias y ambigüedades del propietario de La Vanguardia hacia la apertura democrática se pusieron
especialmente de relieve en los primeros años de la transición. Así lo avalan
variadas cartas que envió al director del diario sobre contenidos que de algún
modo podían dar pábulo al comunismo o al nacionalismo exacerbado: por ejemplo,
en febrero de 1976 por la cobertura informativa de un recital de Raimon, en
septiembre por un editorial laudatorio de la labor de gobierno de los
socialdemócratas en Suecia, en diciembre de ese mismo año por el uso de topónimos
en catalán, y en abril de 1977 por permitir escribir al líder del PSUC Gregorio
López Raimundo una defensa de su programa electoral. Incluso se permitió tomar
partido e intentar presionar en las politizadas elecciones a la presidencia del
F.C. Barcelona en 1978 por existir “un riesgo político hacia el comunismo” en
alguno de los candidatos[21].
En casi todos estos casos, la paciencia y el buen tino de Sáenz Guerrero supo,
en la mayoría de los casos, hacer comprender al conde de Godó las posiciones
adoptadas por el diario[22].
En otros casos las quejas que le hacía llegar Godó se
referían a colaboradores o periodistas de la propia Vanguardia: Francisco Umbral, Baltasar Porcel, Josep Faulí, Álvaro
Ruibal e incluso el humorista gráfico José Luis Martín[23].
A finales de noviembre de 1978, Carlos Godó comunicaba a su director que “cada
vez más frecuentemente” recibía “quejas de amigos particulares y suscriptores
del periódico por lo que ellos llaman tendencia sistemáticamente izquierdista y
catalanista del periódico”. Cierto es que indicaba a continuación que “la mayor
parte de las veces no tienen razón” y eran “consecuencia de unas ideas
políticas probablemente ya sobrepasadas”[24].
Las respuestas aportadas por Horacio Sáenz Guerrero, con ánimo de aplacar los
temores y los enfados de Carlos Godó y de disuadirlo de adoptar medidas contra
ciertos colaboradores, obtenían en muchas ocasiones el resultado esperado. Pero
también es cierto, según Jaume Arias, que hay que saber valorar “la pillería”
del conde que, no pocas veces, echaba mano de la respuesta escrita del director
para remitirla directamente a terceras personas, posiblemente responsables
últimos de las quejas, con el fin de guardarse las espaldas demostrando que él
ya había ejercido su papel y trasladando así la responsabilidad última al
director[25].
El
giro catalanista de La Vanguardia
vino dado fundamentalmente por dos hechos: el resultado de las elecciones
generales de junio de 1977, donde los partidos defensores de la autonomía para
Cataluña obtuvieron una amplia mayoría, y el apoyo sin fisuras dado a la
solución más moderada que para su consecución representaba Tarradellas. Dicho
giro pudo apreciarse con claridad en la explicación de la historia de Cataluña
y en los términos utilizados para referirse al franquismo en relación con
aquélla. Describiendo las viejas raíces históricas de Cataluña, La Vanguardia las contraponía a los
vanos intentos de hacer olvidar su existencia, el último de los cuales había
sido precisamente el régimen de Franco. Por vez primera desde la muerte de
éste, aparecieron en sus textos editoriales duras expresiones como “cuarenta
años de ocultación de la realidad catalana”[26],
“la opresión”, “pernicioso y abusivo absolutismo centralista”, “dictadura
centralista”[27], “cuarenta
años de persecución incivil”[28],
etc. El retorno de Tarradellas a Barcelona significó una nueva catarata de
elogios hacia su persona por parte de La
Vanguardia, y se repitieron los argumentos histórico-políticos del
significado de la recobrada Generalitat.
Estos
pronunciamientos de La Vanguardia,
tan favorables a la nueva legalidad reconocida, suscitó protestas en algunos de
sus lectores más tradicionales. Así se deduce de varias cartas que llegaron al
periódico, algunas anónimas y otras firmadas, que coincidían en afirmar que las
alabanzas a un personaje como Tarradellas por parte de La Vanguardia eran exageradas. Hubo quien acusaba al editorialista
de utilizar con Tarradellas “una terminología propia del diario Arriba de los tiempos más franquistas”[29].
A modo de resumen, valga el texto íntegro de esta otra carta:
“¿No cree, señor
director, que su periódico debería guardar más las distancias con el presidente
de la Generalitat? ¿Por qué su periódico adopta una actitud tan parcial, a
veces no objetiva, cuando se trata de juzgar las acciones del honorable
Tarradellas? Los lectores fieles a Cataluña y al periódico nos cansamos de los
juegos malabares de ciertas editoriales e informaciones. Cuando uno se equivoca
que apechugue, aunque sea el, nuestro, President”[30].
En
un artículo publicado en 1979, Carlos Godó escribió, acerca de la línea de La Vanguardia “con el hecho catalán”,
que “difícilmente podrá encontrarse una labor editorial más respetuosa con el
ser histórico de Cataluña y que haya contribuido tanto al conocimiento, al amor
y al respeto hacia Cataluña como realidad histórica y por lo tanto susceptible
de recuperar un día sus instituciones propias en beneficio de la superior
articulación de una unidad de España más responsable, moderna y realista”(GODÓ,
1979). Era una especie de reivindicación de que el diario se había movido en la
dirección que marcaron los nuevos tiempos, a pesar de las diferentes
percepciones que el propio presidente del periódico tenía por su pasado
personal y sus ideas, sobre todo en los primeros compases de la transición.
4. Dificultades económico-empresariales y ascenso de Javier Godó
El
grupo Godó había ido contando con otros periódicos: Diario de Barcelona desde su reaparición tras la guerra civil hasta
1974, Tele/eXprés desde 1974 hasta
1977, y también dos diarios deportivos como El
Mundo Deportivo y Dicen. La
revista de información Gaceta Ilustrada,
y la de divulgación histórica Historia y
Vida completaban el panorama. Además, el conde de Godó mantuvo diversas
participaciones en la agencia de noticias Sapisa (reconvertida en Colpisa desde
1972), la revista de humor La Codorniz,
la empresa editora de Nuevo Diario
desde 1970 y otros medios de menor importancia.
Los
principales problemas del grupo en la transición vinieron con Tele/eXprés, tras la sustitución del
hasta entonces director Manuel Ibàñez Escofet por su subdirector Pere Oriol
Costa. La línea informativa y editorial del vespertino, más atrevida e
izquierdista, creaba malestar y quebraderos de cabeza en La Vanguardia. El 8 de enero de 1976 ya había recibido una seria
reprimenda por parte del conde de Godó, que criticaba la campaña que contra el
alcalde Joaquín Viola estaba haciendo el vespertino, al que calificaba como “un
periódico de pasión y con cosas, además, que hacen daño”. Acababa conminando a
Costa a “que no se hable más de Viola”[31].
A pesar de ello, la empresa decidió seguir apostando por él, pero a la altura
del mes de septiembre la confianza se estaba resquebrajando como se deduce del
resumen de una conversación que Sáenz Guerrero había mantenido con el todavía
director de Tele/eXprés y hacía saber
a Javier Godó. En ella se recogían indicaciones tales como: “Escribir
editoriales ‘conservadores’. Cuando no sean posibles se suprimirán”, y otros de
índole similar[32].
El
final lógico de estas tiranteces y discrepancias se veía venir, y así, en
efecto, el 3 de noviembre de 1976 tomaba posesión de la dirección de Tele/eXprés el periodista César
Molinero, un hombre de confianza de La
Vanguardia, con el propósito de reconducir el vespertino hacia posiciones
menos beligerantes desde el punto de vista ideológico y político. Sin embargo,
avanzado 1977 y tras dar ya por perdida la batalla de su reconducción y
viabilidad, los Godó acabaron vendiendo Tele/eXprés
al empresario Sebastián Auger.
En
el ámbito de la dirección empresarial, los años de la transición contemplaron
el ascenso de Javier Godó a puestos de mayor responsabilidad de forma paralela
a su mayor involucración en la toma de decisiones, como se deduce de la
correspondencia que mantuvo con Horacio Sáenz Guerrero y con los diversos
estamentos de la empresa. El paso del tiempo significó que adquiriera mayores
responsabilidades en la gestión de la empresa. La creación del Comité de
Gestión del autodenominado “Grupo La
Vanguardia” a comienzos de 1977 fue una iniciativa suya, emprendida con la
intención de modernizar y agilizar los procesos de toma de decisiones dentro de
una perspectiva amplia que considerase los distintos aspectos de la empresa,
que no se circunscribían únicamente a La
Vanguardia por más que ésta continuara siendo indudablemente el
buque-insignia. Dicho comité se constituyó oficialmente el 1 de febrero de
1977, si bien se venía preparando desde el año anterior[33].
El
3 de junio de 1981 vio la luz, para su circulación entre los directivos del
periódico, un breve informe cuya
trascendencia se denotaba por el título que se le dio: “Informe-replanteamiento
interno sobre pasado, presente y futuro de La
Vanguardia”. En forma de examen, análisis y diagnóstico se abordaba la
complicada situación del momento y se sugerían posibles directrices para
afrontarla de cara al futuro del periódico y de todo el grupo Godó. Ya en el
tercer párrafo de su preámbulo, apuntaba el informe que La Vanguardia precisaba de “asistencia económica para que todos sus
esfuerzos no se tengan que dedicar única y exclusivamente a la superación de
una situación financiera comprometida”. La crisis económica general y las
condiciones particulares de la empresa, con una “sobrecarga económica
innecesaria por lo que se refiere a su plantilla de personal”, más una
creciente necesidad de proceder a una renovación tecnológica, estaban generando
“un importante vacío en su tesorería”. De los 1.600 empleados que tenía sólo un
10% integraba la redacción.
El análisis del informe incluía
también muestras de preocupación por el resultado de las siguientes elecciones,
previstas para el año 1983 pero que finalmente se adelantaron a 1982. Por
aquellas fechas ya se intuía que se produciría un cambio en el color del
Gobierno. Además se auguraban ya las posibilidades de poder que abriría la
creación de un grupo potente de comunicación a partir de La Vanguardia. Literalmente, decía:
“Si bien La Vanguardia –periódico centenario–
bajo la presidencia del Excmo. Sr. Conde de Godó, cuyo historial no precisa de
más comentarios, y la Dirección Ejecutiva de don Javier de Godó, ha venido
manteniendo una línea informativa por todos conocida, ante las próximas e
inciertas etapas políticas, contempla con preocupación el resultado de las
futuras elecciones. Resulta obvio establecer comparaciones en cuanto a las
incidencias de los partidos en todas y cada una de las regiones de nuestro
país. Está claro que, de cara a 1983, habrá que trabajar mucho y duro, si se
quiere salir victorioso. Es problemático prever cuál puede ser el resultado
final, pero lo que sí es cierto, es que hoy
todavía se está a tiempo de poner unos cimientos firmes que sirvan para
consolidar las metas ya alcanzadas.
Precisamente, en este orden de cosas, hay
que pensar que La Vanguardia puede
desempeñar un papel muy importante, ya que no sólo cuenta con el periódico,
sino que también con Gaceta Ilustrada,
Historia y Vida, Dicen y El Mundo Deportivo.
Pero, precisamente, por ese resultado incierto de las elecciones, el Grupo Godó
piensa en la necesidad imperiosa de asistir a la licitación que dentro de unos
meses se va a hacer de los medios de comunicación del Estado: Los Sitios, de Gerona; La Mañana, de Lérida, y El Diario Español de Tarragona, así como
la puesta en marcha de cuatro emisoras de radios de frecuencia modulada (dos
para La Vanguardia –una en Madrid y
otra en Barcelona– y dos deportivas, para el Dicen y El Mundo Deportivo).
No hay que olvidar el fortísimo impacto político-social que puede representar
el buen éxito en la organización del Mundial de 1982.
Resulta evidente que el reforzamiento y
consolidación del Grupo Godó representaría la puesta en marcha de un poderío en
los campos de la prensa escrita, la radiodifusión y, en su momento, la
televisión –la solicitud está en marcha–, cuya cobertura regional, nacional y
extranjera abre un campo de enormes posibilidades informativas y de opinión.
Otro proyecto de posible realización,
siempre y cuando se aligeren las penurias financieras, es la creación de una
agencia no oficial de noticias, aprovechando el hecho de que La Vanguardia tiene convenios especiales
con L’Express, Newsweek; agencias informativas: D.P.A., Reuters, A.P., France
Press y UPI –de la que nuestro director es el único consejero español–. No debe
olvidarse, por otra parte, que La
Vanguardia forma parte del TEAM”[34].
Los objetivos eran ambiciosos y significaban la creación de
un embrión de grupo multimedia. No se puede olvidar que La Vanguardia fue en efecto uno de los principales socios
fundadores de Antena 3 de Radio y, entrados los años ochenta, de Antena 3 TV
(Barrera, 1995). La estrategia estaba ya apuntada en este documento. La propia
creación de la agencia de noticias Lid, dependiente de TISA, fue también otro
de sus frutos aunque más efímero dada la fortaleza de Colpisa, en cuya
gestación había intervenido precisamente el grupo Godó.
Un paso más en la carrera de Javier Godó dentro de la
empresa fue su nombramiento como Gerente-Editor al comienzo de 1982. En una
carta que él mismo dirigió, recién nombrado, a todos los periodistas de La Vanguardia, describía así sus
funciones: “La figura del Gerente-Editor tiene como objetivo fundamental
coordinar las áreas redaccional, comercial e industrial en el sentido de
mantener el adecuado desarrollo del negocio dentro del sector al que pertenece”[35].
Una de las principales tareas que se impuso fue la adecuación de La Vanguardia a las nuevas exigencias
tecnológicas que los nuevos periódicos estaban aprovechando de manera más fácil
por no tener que afrontar grandes reconversiones.
En su nueva
condición de gerente-editor, Javier Godó se dirigió a todos los miembros de la
Redacción para conocer su “opinión personal y meditada” sobre los temas de un
cuestionario que les adjuntaba para definir el futuro del periódico. En su carta,
fechada el 1 de febrero de 1982, les ponía de manifiesto “la situación cada vez
más agresiva de un mercado altamente competitivo y la aparición de nuevas
tecnologías que obligan a una evolución constante en los productos para
responder a la demanda sociológica del lector, haciendo compatible dicha
evolución con los criterios de rentabilidad necesarios y manteniendo siempre la
filosofía editorial propia”[36].
En la misma carta les informaba de que a partir de aquel año
se iba a proceder a una “profunda reconversión tecnológica” en el periódico,
que suponía “una fuerte inversión”. Les indicaba asimismo que se habían
arbitrado “medios especiales para facilitar el desarrollo del área redaccional,
tales como la creación de puestos de plena dedicación, puestos de trabajo por
las mañanas, creación de nuevas secciones, nuevos medios para la compaginación,
creación de una nueva agencia informativa en Madrid que apuntale el periódico,
suplementos especiales y, en un futuro inmediato, la edición del periódico en
los lunes”[37].
El propósito de la consulta era aglutinar esfuerzos de todos
los sectores implicados en la confección del periódico. Lo expresaba Javier
Godó con estas palabras: “Ello demuestra cada vez más las estrechas relaciones
que deben existir entre la empresa, como editora, el nuevo equipo comercial y
la redacción, analizando las sugerencias aportadas en común y potenciando las
iniciativas adecuadas”[38].
Una de las más inmediatas repercusiones del informe fue la salida de La Vanguardia los lunes, siguiendo el
ejemplo iniciado por otros diarios, el 19 de abril de 1982.
5.
Una transición compleja pero efectiva
Como sucedió en la mayoría de los diarios más veteranos, la
transición fue un período de cambios, mutaciones y crisis en La Vanguardia y en su grupo empresarial.
A diferencia de otros, y ayudado por su tradición histórica posibilista y
acomodaticia, supo salir más o menos airosa de los retos que desde los puntos
de vista periodístico, ideológico-político y empresarial se le plantearon,
aunque no sin dificultades. Tanto el propietario como el equipo directivo de La Vanguardia medían cada paso que se
daba en su puesta al día democrática, tal y como demuestra, entre muchos otros
ejemplos, la carta que Horacio Sáenz Guerrero envió a Carlos Godó como memorándum
de una reunión mantenida días antes, junto con el subdirector Jaume Arias, a
mediados de septiembre de 1977. “Se cambian impresiones sobre la situación
política y la forma en que el diario capea los ‘temporales’”, señalaba en dicho
documento. Y apostillaba: “El conde manifiesta su satisfacción”[39].
La
Vanguardia siguió siendo, en lo básico, un diario gubernamental, es
decir, de apoyo básico –aunque no incondicional– a las medidas de los distintos
gobiernos de Arias Navarro primero, Adolfo Suárez después y Leopoldo
Calvo-Sotelo posteriormente. Esta tendencia se vio corroborada por el apoyo
mostrado, en el ámbito catalán, a Josep Tarradellas y al vencedor de las
primeras elecciones autonómicas en 1980, el convergente Jordi Pujol, a quien se
dedicó un editorial expresivamente titulado “Victoria de la Cataluña reflexiva”[40].
Hizo también una lectura institucional y equilibrada de la victoria del PSOE
por mayoría absoluta en las elecciones de octubre de 1982, por las que el
pueblo español expresó “el deseo de dar a un socialismo crecientemente moderado
su oportunidad histórica de gobierno”[41].
Dos años antes, cuando CiU venció sorpresivamente en los comicios autonómicos,
había escrito con alivio que “Cataluña parecía un feudo de los partidos más o
menos intensamente marxistas” (entre los cuales incluía a socialistas y
comunistas), pero que “la resurrección del catalanismo como primera fuerza
política entronca con la historia y se convierte en factor de fuerza y
equilibrio de la etapa autonómica”[42].
En
varias ocasiones el conde de Godó, a pesar de su amistad personal con varios
prohombres más cercanos a Alianza Popular, había hecho explícito su apoyo a las
tareas de los gobiernos centristas. En una carta al director del periódico se
declaró “fundamentalmente gubernamental”[43].
Su hijo Javier también se expresó en términos similares en el transcurso de una
entrevista: se autodeclaraba de
derechas “en el concepto moderno de la palabra”, si bien exponía que el
periódico, gracias a no estar ligado a grupo financiero o de presión alguno,
“puede seguir una línea independiente, que pretende ser liberal-conservadora”[44].
También el director, Horacio Sáenz Guerrero, procuró defender su autonomía
frente a presiones no ya gubernamentales, sino incluso internas de la empresa.
Así, por ejemplo, en una carta dirigida a Carlos Godó y a su hijo Javier en
septiembre de 1977, se quejó de que en el último Consejo de Dirección Carlos
Sentís y Luis María Anson habían criticado a La Vanguardia por ser “poco de la UCD”, y recordó que ambos estaban
muy ligados a este partido, colocándose en “una flagrante postura partidista”[45].
Desde
los puntos de vista periodístico y empresarial se pusieron los cimientos de la
reconversión y de la expansión del diario que se alargaría durante buena parte
de los años ochenta. En ellos tuvo un importante protagonismo, por el impulso
dado en todo momento, Javier Godó, Gerente-Editor de TISA desde comienzos de
1982. Horacio Sáenz Guerrero, por su parte, cumplió el importante papel de
conciliador de voluntades y mantenedor de los equilibrios necesarios entre la
redacción y la empresa en unos momentos políticamente tan intensos como los de
la transición. Su perfil poco “político”, que él mismo ha subrayado en más de
una ocasión, le ayudó a realizar esa labor.
BIBLIOGRAFÍA
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Barcelona: Plaza & Janés.
BARRERA,
Carlos (1995). Sin mordaza. Veinte años
de prensa en democracia, Madrid: Temas de Hoy.
FERNÁNDEZ,
Isabel; SANTANA, Fernanda (2000). Estado
y medios de comunicación en la España democrática. Madrid: Alianza.
GAZIEL (1994). Història
de La Vanguardia (1881-1936) i nou articles sobre periodisme. Barcelona:
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GODÓ,
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la premsa de masses a Catalunya (1902-1923), Barcelona: Pòrtic.
GUILLAMET, Jaume (1996). Premsa, franquisme i autonomia. Crònica catalana de mig segle llarg
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NOGUÉ
i REGÀS, Anna; BARRERA, Carlos (2002). “El mesurado aperturismo de La Vanguardia bajo la Ley Fraga”. En
GARCÍA GALINDO, Juan Antonio; GUTIÉRREZ LOZANO, Juan Francisco; SÁNCHEZ
ALARCÓN, Inmaculada (eds.). La
comunicación social en el franquismo. Málaga: Centro de Ediciones de la
Diputación Provincial de Málaga, 429-444.
[1]
Cartas de Javier Godó a Carlos Godó, 5-III-1974 y 17-IV-1974. Archivo Horacio
Sáenz Guerrero (en adelante AHSG).
[2]
Carta de Javier Godó a Carlos Godó, 17-IV-1974. AHSG.
[3]
Carta de Horacio Sáenz Guerrero a Carlos Godó, 10-V-1976. AHSG.
[4]
Carta de Horacio Sáenz Guerrero a Carlos Godó, 3-II-1977. AHSG.
[5]
Carta de Horacio Sáenz Guerrero a Carlos Godó, 25-VII-1977. AHSG.
[6]
Carta de Horacio Sáenz Guerrero a Carlos Godó, 22-III-1978. AHSG.
[7]
Carta de Horacio Sáenz Guerrero a Carlos Godó, 19-IV-1979. AHSG.
[8]
Carta de Horacio Sáenz Guerrero a Carlos Godó, 2-II-1979. AHSG.
[9]
Carta de Horacio Sáenz Guerrero a Carlos Godó, 15-XII-1977. AHSG.
[10]
Cfr. Carta de Horacio Sáenz Guerrero a Javier Godó, 25-II-1982. AHSG.