Memoria social e ‘historiografía mediática’ de la Transición

 

Francesc-Andreu Martínez Gallego

Universitat de València

 

 

  1. Memoria social y medios de comunicación

“La historia de la memoria social es también la de su transmisión”

                       J. Fentress y C. Wickham: Memoria social (2003) 

           

Hoy sabemos que ni siquiera la memoria individual es sólo personal: “los recuerdos que constituyen nuestra identidad y proporcionan el contexto para cada pensamiento y acción no sólo son nuestros, sino que también los aprendemos, tomamos y heredamos en parte de unas reservas comunes, construidas, sostenidas y transmitidas por las familias, las comunidades y las culturas a las que pertenecemos”.[1]

Seguramente Maurice Halbwachs exageraba cuando, en la década de 1920, puso en circulación el término “memoria colectiva” para argumentar que los grupos sociales construyen sus recuerdos, que aunque son los individuos los que recuerdan en sentido literal o físico, son los grupos sociales los que determinan lo que es memorable y cómo será recordado.[2] Tal vez esta apreciación rayaba en la asignación a la colectividad de funciones fisiológicas o psicológicas que son meramente individuales. Como señaló ya el gran historiador Marc Bloch, resultaba imprudente tomar términos de la psicología individual para añadirles el adjetivo “colectivo”.[3] Pero, por otra parte, parece más que aceptable admitir que los individuos “recuerdan” muchas cosas que no han experimentado directamente y, en ese sentido, su “recuerdo” depende directamente de la reconstrucción que del pasado haya hecho el grupo social (o los grupos sociales) en el que (o en los que) se inscribe el individuo.

Halbwachs acabó desconectando su concepto de “conciencia colectiva” de los procesos de pensamiento reales de cualquier persona concreta, pero puso de manifiesto que la memoria individual se relaciona de alguna manera con el contexto social de la transmisión de recuerdos o narraciones. De ahí que la aportación de aquel sociólogo y antropólogo francés, discípulo de Durkheim, haya sido retomada (criticada y modificada) por muchos historiadores contemporáneos. Recientemente, Fentress y Wickman han propuesto abandonar el concepto de “memoria colectiva” para substituirlo por el de “memoria social”. Ante la pregunta de cómo se hace social la memoria individual, estos científicos sociales responden que hablando de ella: “los tipos de recuerdo que se comparten con otras personas son los que les resultan importantes en el contexto de un grupo social de una clase particular, ya sea estructurado y duradero (una familia; los trabajadores de una fábrica; un pueblo) o informal y puede que temporal (un grupo de amigos que acuden al mismo bar; una comida)”. De manera que, hablando de los recuerdos, los grupos sociales (en su diversidad) acaban construyendo sus propias imágenes del mundo y establecen una versión acordada (tácitamente acordada) del pasado”.[4] La memoria social no es ni inmutable ni cárcel de larga duración. Es, básicamente, un proceso de negociación constante y mediatizado entre el individuo y el/los colectivo/s a el/los que pertenece o en el/los que se inscribe.

            La memoria sólo puede ser social si es capaz de transmitirse. Para ello, en primer lugar, debe articularse. O mejor: debe ser articulada en forma narrativa. No otra cosa era la “invención de tradiciones” a las que aludieron en su día Hobsbawm i Ranger: se trataba de generar una narrativa (a través de medios muy diversos) capaz de generar consensos sociales convergentes con la intencionalidad de quien articulaba el discurso de esa narración.

            La memoria social no se limita a la memoria de las palabras, existe también a través de las imágenes y “las imágenes sólo pueden transmitirse socialmente si están convencionalizadas y simplificadas: convencionalizadas porque la imagen tiene que ser significativa para un grupo entero; simplificada porque para ser significativa en general y capaz de transmisión, debe reducirse en la medida de lo posible la complejidad”.[5]

            La memoria social de la Transición es potente y está hecha de imágenes y palabras convencionalizadas y simplificadas. Tiene mucho que ver, además, con un grupo particular de la memoria social, la “memoria nacional”, construida “desde la llegada del capitalismo a cada país [por] las clases medias y altas y la intelectualidad, que han heredado el manto de las aristocracias, los abogados y el clero de las épocas previas”. Tales grupos sociales, según Fentress i Wickham, tienen capacidad para articular un discurso, una narración legitimadora de su propia posición, que otros grupos sociales a penas si tiene capacidad de contestar y menos con éxito: “Es en este plano donde el papel de la escolarización y los medios de comunicación resulta más importante”.[6]

            Porque son los textos escolares, pero también las narrativas dominantes de los medios de comunicación de masas, los que poseen la mayor capacidad para convencionalizar y simplificar las “imágenes del pasado”, así como para inscribirlas en el “recuerdo” de amplios sectores de la colectividad.

            El presente texto reflexiona sobre las condiciones bajo las cuales la Transición ha sido tratada por los medios de comunicación de masas, sobre los intentos de construir una memoria social de la Transición, y sobre las implicaciones de este hecho en el ámbito de las libertades democráticas –libertad de expresión, libertad de cátedra y libertad científica– contempladas en la Constitución española de 1978.

 

  1. Historiografía mediática

La historiografía es la historia de la historia. Los historiadores solemos decir que la historia es (al menos) dos cosas: lo sucedido en el tiempo (los hechos acaecidos) y el relato de lo sucedido. La cuestión es que ese relato no tiene por qué ser hecho por historiadores. El “intrusismo” en el campo historiográfico es un concepto complejo y más en los tiempos que corren. Victoria Prego, periodista, escribe una Historia de la Transición en el seno de una Historia de España difundida por la editorial Espasa y promovida como historia de masas por el diario El Mundo. El periódico El País lanzó, en fascículos, una historia de la Transición que combinaba aportaciones de historiadores, periodistas y protagonistas.[7] Así que los periodistas aparecen a veces en tratados históricos y los historiadores en tertulias radiofónicas o en columnas periodísticas. Una cierta ceremonia de la confusión, que no ayuda a acotar territorios.

Pero no se trata solo de intersección de planos entre periodistas e historiadores.[8] Hay más. La historiografía suele ocuparse de la historia hecha por historiadores digamos profesionales. Ésta es una especie académica relativamente tardía. Sólo desde principios del siglo XIX, con la aparición del historicismo y del positivismo, el historiador deja de ser un diletante y se profesionaliza: aparecen las cátedras universitarias, las revistas y los congresos especializados. Ranke, el padre del historicismo alemán, se convierte en una especie de símbolo de la profesionalización, de la mayoría de edad de una ciencia nueva sobre el pasado. Y, desde entonces hasta hoy, el cuadro se ha ido diversificando en escuelas, metodologías y variantes epistemológicas relacionadas con la construcción del objeto de estudio. Pero siempre configurado por historiadores profesionales.

Y, sin embargo, la historia como reconstrucción del pasado no llega al público, al gran público, sólo a través del trabajo del historiador profesional o de la conversión de ese trabajo en libros de texto académicos para los diversos niveles de la educación. No. Llega por otros muchos cauces. Llega, a raudales, a través de los medios de comunicación de masas, que contribuyen así a difundir una determinada reconstrucción e interpretación del hecho histórico singular o de procesos históricos diversos.

En 1987 tres investigadores de la Universidad de Valencia llevaron a cabo una encuesta sobre alumnos y alumnas de la Universidad de Valencia y la Universidad Politécnica de Valencia con el objetivo de constatar el grado de influencia de los medios de comunicación de masas, especialmente audiovisuales, en la visión que los universitarios valencianos tenían de la Historia.[9]

El trabajo venía precedido por una serie de estudios reputados sobre las relaciones complejas entre el cine y la historia.[10] Partiendo de ellos, los autores de la encuesta creyeron descubrir que el cine y la televisión, aún sobre alumnos universitarios, afectaban directamente –tanto positiva como negativamente- al conocimiento y visión que se tenía de la historia. Basándose en datos de una encuesta de 1984 sobre el empleo del tiempo libre por parte de jóvenes, recordaban que éstos ocupaban el 22% de su tiempo de ocio en ver la televisión, lo que equivalía a un promedio de 83 minutos y medio diario. El cine ocupaba mucho menos, sólo el 1% del tiempo de ocio, o sea, tres minutos diarios.[11]

Sea como fuere, los autores de la encuesta a los universitarios de 1987 detectaron algunos elementos de interés. Destacaré tres. Primero: en general, el universitario valenciano conocía mejor a personajes (o hechos, o procesos) que, aunque tuvieron una trascendencia histórica menor, habían tenido un tratamiento fílmico (cinematográfico o televisivo) mayor que otros de más relevancia. O, simplemente, conocían mejor a personajes históricos que teniendo una significación pareja con otros habían sido tratados intensamente por los medios audiovisuales. Conocían mucho mejor a Búfalo Bill que al general Miaja, a Juana de Arco que a Canalejas, etc. Conocían mucho mejor al emperador romano Claudio (por las series de éxito televisivo Yo Claudio y Claudio el Dios y su esposa Mesalina) que al emperador Caracalla. Conocían mucho mejor el fenómeno de la esclavitud en el antiguo Egipto o en la antigua Roma que en la antigua Grecia (sin duda, porque el tratamiento cinematográfico o televisivo de Grecia incidía, si acaso, sobre sus mitos, mientras las películas sobre el Egipto faraónico o la Roma imperial sí traslucían la base socioeconómica de tales organizaciones políticas). Segundo: tendían a confundir realidad y ficción en algunos puntos en los que la incidencia televisiva o fílmica en general había sido muy intensa: así, entre las películas “históricas” que recordaban como de su gusto figuraba Excálibur (J. Boorman, 1981) y el Rey Arturo era uno de los personajes mejor conocidos del medioevo. Del mismo modo que Curro Jiménez, tras el Empecinado, era tenido como el guerrillero más relevante de la Guerra de la Independencia, sin duda por influjo de una famosa serie televisiva repuesta en varias ocasiones por TVE. Tercero: la encuesta descubrió que la influencia de los medios audiovisuales era limitada, puesto que estaba tamizada por los conocimientos ‘fuertes’ recibidos por los universitarios a lo largo de su vida académica: si identificaban al Empecinado como guerrillero, incluso antes que a Curro Jiménez, era porque aparece en todos los manuales escolares de Historia que tratan la Guerra de la Independencia como el prototipo del guerrillero contra el ocupante e incluso contra el absolutismo fernandino. Si sabían que Prusia había sido un territorio independiente en el pasado –y lo sabían ‘mejor’ que que esa misma circunstancia había sido vivida por Servia– era porque los manuales escolares, al hablar del proceso de construcción de Alemania en el siglo XIX, destacan el papel de Prusia en la unificación.

Asumiendo estos hallazgos y, por tanto, la complejidad de los efectos de los medios audiovisuales sobre quienes a ellos se exponen –y sin entrar ahora en el ámbito de la teoría de los efectos de los medios de masas–, cabe concluir al menos que existen dos historiografías. La académica, sin duda: la que se fija en las fluctuaciones interpretativas, en los avances de reconstrucción, etc., llevados a cabo por historiadores profesionales. Pero también, una historiografía social difusa, una “historiografía mediática”: la difundida por los medios de comunicación de masas, especialmente los audiovisuales, por más que esté tamizada por la experiencia (docente o de otro nivel) de quien contempla e interioriza parcialmente los mensajes.

 

Por más que la asunción de un discurso mediático (una película, una serie televisiva documental o de ficción con base histórica) sea siempre un híbrido entre el discurso en sí y las características morfoculturales del receptor, lo que hemos denominado como ‘historiografía mediática’ contribuye de forma decisiva a la configuración de la memoria social. Máxime si, uno de los elementos sustantivos que tamizaban el conocimiento histórico aprendido en los medios audiovisuales, esto es, lo aprendido en el aula, van en la misma dirección discursiva que el guión narrativo del producto audiovisual o de la prensa de masas. Y para el caso que nos ocupa, el de la Transición del régimen franquista a la monarquía parlamentaria, esto es sustantivamente así.

 

  1. La historia de Celia y la historia de la Transición

Y es así porque existe una gran distancia entre los debates intelectuales (de historiadores, pero también politólogos, sociólogos y hasta economistas profesionales) sobre la Transición y la ‘imagen’ que de la Transición difunden mayoritariamente tanto los medios de comunicación como los mismos libros de texto.

Es un hecho conocido que la crítica historiográfica suele tardar mucho en incorporarse al acerbo de conocimientos históricos contenidos en los libros de texto de educación primaria o secundaria (a veces, incluso, en los manuales universitarios).

Por lo que respecta a la Transición, no se trata sólo de la distancia entre la investigación y la divulgación. Leí hace poco la Historia de Celia, un egodocumento escrito por Remedios Montero.[12] Remedios escribe con dificultad y la ayudó el escritor Alfons Cervera a poner, negro sobre blanco, algunos avatares de su azarosa vida: Celia era el nombre de batalla de Remedios durante su tiempo de pertenencia a la guerrilla antifascista, al maquis. Desde el final de la guerra civil y hasta 1952 lo dio todo en esa lucha, vio morir a su padre, a varios hermanos, a muchos amigos y correligionarios. En el 52 pasó a Francia y, en uno de sus viajes a España, fue delatada por un presunto compañero: fueron ocho años de cárcel, entre Valencia y Alcalá de Henares. Luego, en 1964 pasó a Francia y de ahí a Checoslovaquia, de la que gusta recordar lo limpias que estaban las calles de Praga pero también el daño que hizo a la causa la invasión de los tanques rusos en 1968. Volvió a España en 1978. Calló durante muchos años, envuelta por un mensaje nodal de la Transición: callar era la forma de no reabrir heridas, de conciliarse dos Españas, de avenirse en un futuro común. Y un buen día cayó en la cuenta. Su silencio, el silencio, contribuía al olvido de páginas esenciales de la historia contemporánea. Los niños y los jóvenes, en sus libros de texto, no conocían la historia de quien, como ella, había luchado contra el fascismo, no conocían a los partisanos de acá, tan mitificados allá (allende la frontera) por el cine y por el recuerdo. Ni siguiera acaban de saber, cree, quien era Franco y menos aún qué fue el franquismo a la luz de la historia de los derechos humanos. Debía poner remedio. Y lo puso, con dificultad y con tesón.

En definitiva, la existencia de quejas por parte de los protagonistas (quejas de tergiversación de la memoria) y de debates científicos en torno a la Transición, así como la dificultad de que unas y otros se inscriban en el ámbito escolar, todavía refuerza más, si cabe, el papel mediador de los medios de comunicación de masas y, especialmente, de los audiovisuales. En la España de los primeros años del siglo XXI han aparecido una gran cantidad de asociaciones para el rescate de la memoria histórica, en buena medida relacionadas con la Historia de Celia.  Se sienten molestas ante una visión ‘oficialista’ de la Transición impulsada por algunos historiadores profesionales, por una inmensa mayoría de medios de comunicación y, finalmente, prolongada en las aulas. Una visión de la Transición que habría hecho una lectura ad hoc de las causas de la Guerra Civil, de los acontecimientos represivos de la guerra y de la posguerra y del franquismo mismo. Una interpretación basada en la equidistancia, según la cual, todos fueron culpables por igual del conflicto civil; y el régimen resultante, aunque condenable por su carácter dictatorial, se convertía en una especie de expiación de las culpas universalmente repartidas. Esta perspectiva habría sido construida como una necesidad política durante la Transición: la única manera de superar las divisiones entre españoles, todavía vivas en la memoria, era la de asumir que cada cual tuvo su parte de responsabilidad y que, unos por otros, lo mejor era olvidar lo sucedido para mirar al futuro.

En definitiva, la Transición, además de un proceso de cambio político que llevó al país de la Dictadura a la Democracia, fue también un laboratorio para la revisión historiográfica del pasado, de donde surgió una versión oficial de la historia de España en el siglo XX, auspiciada por quienes comandaron el barco transicional. El mismo Adolfo Suárez lo reconocía así, aunque argumentando que era el único modo de “convencer a los grupos que pretendían la continuidad del régimen” y, a la par, para convencer a las fuerzas “de la entonces llamada oposición (…) de que la reforma abriría los caminos de la libertad que ellos demandaban”.[13] El ‘consenso’ sobre la interpretación del pasado era el paso previo, o al menos paralelo, al ‘consenso’ político.

El mismo año que Adolfo Suárez escribía las palabras traídas a colación, 1991, el periodista Gregorio Morán publicaba un libro, que acabó siendo un tanto maldito, en el que, con lenguaje agrio, valoraba que la Transición había tenido un coste muy alto: la amnesia vinculada a una serie de “falsedades consensuadas”: “Durante años decir la verdad sobre la transición era considerado desestabilizador de la democracia, y dar por bueno el engaño se consideraba como facilitar el asentamiento del nuevo sistema”.[14] La falsedad en cuestión consistía en ocultar “el fervor democrático y antifascista de julio de 1936”, “la primera batalla europea de la democracia contra el totalitarismo”, por lo que hacía a la interpretación de la Guerra Civil, y en “la consideración de que el rey Juan Carlos I era el único y excelso protagonista”, minusvalorando de forma estentórea la presión popular hacia el cambio. El título del capítulo segundo del libro de Morán resumía su tesis: “La constitución del Reino de desmoriados”.

Mientras Moran escribía tales cosas, casi ejerciendo de francotirador periodístico, los historiadores seguían trabajando en los archivos y aportando nuevos datos para una interpretación más fina del siglo XX. También más compleja y nada desmemoriada. Pero no era la suya, sin ser homogénea, la versión que trascendía. Como mucho la de algunos historiadores muy ligados a medios de comunicación. Así lo denunciaba el politólogo Vicenç Navarro en 2003, quien recogía la tesis de Morán y la ampliaba.

Según Vicenç existían dos versiones generalizadas de la Guerra Civil, del franquismo y del tránsito a la democracia, ambas elaboradas durante la Transición, ambas consecuencia “del gran dominio que las fuerzas conservadoras tuvieron en el proceso (…) y de la gran debilidad de las izquierdas”. Una versión netamente conservadora, según la cual “el golpe militar y la dictadura fueron necesarios para restablecer el orden y corregir la situación intolerable creada por la República”. La otra, autodefinida como centrista, define la Guerra Civil como conflicto entre dos Españas, “en la que los dos bandos cometieron enormes atrocidades que es mejor olvidar”.[15] Es esta última la versión de la equidistancia que hemos observado como ampliamente dominante en los medios de comunicación de masas.

A diferencia de Morán, el profesor Navarro echa mano de las aportaciones historiográficas recientes para decir que ambas versiones son falsas.[16]

La tesis del profesor Navarro llega justo en el momento de activismo de las asociaciones por la recuperación de la memoria y, tal vez por ello, ha tenido más eco que la lanzada en su día por Gregorio Morán. Pero, en definitiva, ni la una ni la otra tiene fácil asumir la posición hegemónica en la interpretación de la Transición y en la interpretación que la Transición hizo del pasado. Veamos por qué. 

 

  1. La Transición memorizada y computada

La memoria de la Transición, tamizada por los medios y por las múltiples mediaciones ha sido medida.[17] Conviene ahora mostrar cómo esa memoria computada se adapta, con sumo paralelismo, al discurso que los audiovisuales de mayor relevancia o los medios de comunicación de masas más influyentes, han dado sobre tal acontecimiento y sobre su antecedente franquista. Hasta el punto de que la ‘historiografía mediática’ adquiere así el relieve del protagonismo en la configuración de la memoria social que no tiene la historiografía académica.

Según una bien compuesta encuesta realizada el año 2000, el período franquista es percibido por los españoles “como una etapa más bien negativa en la historia de España, pero en general predomina la moderación al emitir un juicio sobre él”.  Esta percepción se adapta al esfuerzo de la ‘historiografía mediática’ por hacer arrancar la transición no con la muerte de Franco, ni menos con la aprobación del texto constitucional de 1978, sino en una etapa tardofranquista, decisiva para la reflexión de determinados personajes claves del antiguo régimen que habrían tomado entonces la decisión de pasar página y contribuir al advenimiento de un régimen pluralista y no totalitario.

Por su lado, la imagen que permanece de Franco “tiene connotaciones bastante más  negativas que el periodo histórico asociado a su Gobierno. Además, se observa que tiende a empeorar con el tiempo, aunque sólo sea a causa del peso de la demografía, que va acabando con las generaciones más identificadas con el legado de Franco”. Esta percepción se adapta, a su vez, al enunciado anterior. Si bien un grupo en el seno de la clase política del franquismo evolucionaba hacia posiciones filodemocráticas, el principal impedimento para saltar el Rubicón del autoritarismo sería la figura correosa e inmóvil del dictador. Por lo cual, lo negativo tiende a personalizarse de manera unívoca: el franquismo, como etapa negativa, es Franco. Pero, como etapa histórica, tuvo “cosas buenas y cosas malas”, dado que quienes lo vivieron, lógicamente, no pueden contemplar en su juicio únicamente una valoración política, sino ampliamente vital.

El trabajo de campo que al que venimos aludiendo señala que la posición de los españoles ante el pasado “se caracteriza por una cierta ambigüedad: si, por un lado, se piensa que la sociedad española actual no se parece en nada a la del pasado, por otro, se piensa que es deudora de la historia, que aún no se han olvidado las divisiones del pasado y que permanecen todavía huellas de época de Franco”. También esta conclusión se aproxima extraordinariamente al discurso mediático predominante, según el cual la Transición es un nuevo comienzo, una especie de gran borrón y cuenta nueva. La Transición fundaría así una política, una sociedad y una administración sobre bases enteramente renovadas y diferentes a las existentes en el pasado. En cualquier pasado. Con todo, también el discurso mediático no puede eludir la pervivencia de elementos provenientes de ese mismo pasado (comenzando por algunos políticos relevantes de la democracia actual) y, además, pone de relieve que la fractura de las dos Españas está aún latente, de forma que, de tanto en tanto, pueda ser anatomizada.

Por fin, la encuesta del 2000 descubre que el “proceso de transición a la democracia sigue teniendo para los españoles un carácter modélico y sigue siendo motivo de orgullo, hoy más aún de lo que era hace diez o quince años. Entre los protagonistas del cambio, siguen siendo el Rey y Adolfo Suárez los que desempeñaron un papel más relevante”, siempre en la memoria social de la sociedad española. La presentación modélica de la Transición es habitual en la ‘historiografía mediática”, del mismo modo que la tendencia a la personalización de los discursos mediáticos actuales incide en la presentación de protagonistas señeros del cambio, en detrimento de protagonismos colectivos más difíciles de captar (aunque no sea en absoluto imposible) en una narración audiovisual que sigue los esquemas habituales en la construcción de héroes y antihéroes.

La moderna historiografía académica está en condiciones de afirmar que la Transición (y el franquismo también) no fue lo que la memoria social de los españoles cree que fue. Claro que, la percepción de los hechos es un dato historiográfico tan importante como los hechos mismos, aunque convenga su separación analítica.

Debería extenderme aquí sobre las aportaciones historiográficas relevantes que nos esbozan con lujo de detalle empírico, una visión menos modélica de la Transición y una colección de protagonistas en la que, junto a personajes identificables, aparecen personajes colectivos de gran potencia explicativa. Hoy, la historiografía más cualificada admite que el proceso de transición desde la dictadura a la democracia no estaba escrito de antemano, que varias alternativas se plantearon a la muerte de Franco: mantener el régimen dictatorial sin apenas cambios; reformarlo profundamente, encauzándolo hacia un sistema de democracia limitada o romperlo completamente, sustituyéndolo por una alternativa democrática. Admite que el nuevo régimen democrático nació fruto del consenso, del pacto, entre sectores reformistas del franquismo y la mayoría de la oposición democrática antifranquista, dando lugar a un proceso que se ha llamado de “ruptura pactada”, cuyo desarrollo se produjo entre grandes tensiones políticas y sociales. Admite que la Ley de Reforma Política de finales de 1976, aunque confusa en sus objetivos iniciales, permitió en la práctica desmantelar las instituciones del franquismo y facilitar el camino hacia elecciones libres, pero que eso sólo fue posible a través de una gran presión social y popular que no sólo minimizó la resistencia de los sectores ultras del franquismo, y ayudó a superar las amenazas terroristas de la ultraderecha y ETA o GRAPO, sino que además decantó la voluntad de aquellos políticos y sectores sociales “reciclados” del franquismo a no poner más trabas al proceso iniciado, lo cual se tradujo, por ejemplo, en la legalización del PCE o en los Pactos de la Moncloa.[18]

Pero, en vez de hacer inventario, que sería mucho más prolijo de esta visión sumaria ofrecida, me referiré ahora a la dificultad que existe en los propios medios de comunicación de masas para alterar la visión ‘clásica’ u ‘oficial’ que sobre la Transición han venido dando los grandes productos audiovisuales y las narrativas de los grandes medios de comunicación masivos. Esta dificultad, por lo demás, remite directamente a las relaciones entre la libertad de expresión, conquistada durante la Transición a la democracia, y las relaciones de ésta con la historiografía (tanto la ‘mediàtica’ como la académica)

 

  1. Sumaríssim 477 o la dificultad de las alternativas

El ejemplo ad hoc de esa dificultad lo constituye el documental Sumaríssim 477, emitido por TV3, el primer canal de la televisión pública catalana, en  diciembre de 1994. El documental narraba y contextualizaba la vida y la muerte de un político catalanista, Manuel Carrasco i Formiguera, fundador de Unió Democràtica de Catalunya, diputado en las Cortes Constituyentes de 1931 y en las siguientes de la Segunda República, fusilado en Burgos en 1937 tras juicio sumarísimo. El guión y la dirección del documental corrieron a cargo de la periodista e historiadora Maria Dolors Carrasco y formaba parte de un proyecto de impulso a este tipo de reportajes-documentales iniciado por la Televisión de Cataluña S.A.

El reportaje sobre Carrasco i Formiguera finalizaba con la narración y simulación del Consejo de Guerra por el que fue condenado a la pena capital por “delito de adhesión a la rebelión militar”. Se hizo mención a la participación en aquel Consejo de Guerra de varios testigos, se leyeron estractos de las declaraciones de éstos y se señalaba que esos testigos, ocho en concreto, todos ellos catalanes como el condenado, ocuparon a continuación cargos relevantes en la Administración y la prensa franquista, después de 1940.

Los hijos de uno de esos ocho testigos se querellaron contra el reportaje, contra su directora y contra la entidad que lo produjo y emitió. La Audiencia de Barcelona dio la razón a los querellantes en sentencia de 2 de abril de 1998, aceptando la demanda por vulneración del honor. La sentencia fue apelada y pasó al Tribunal Supremo, que revocó la sentencia de la Audiencia de Barcelona. Finalmente, los familiares del testigo en el juicio de 1937 presentaron recurso ante el Tribunal Constitucional. Los magistrados de este último Tribunal se enzarzaron en un debate de altura en el que el derecho a la libertad científica, el derecho a la libertad de expresión y el derecho al honor emergieron como territorios fronterizos separados por evanescentes líneas divisorias. El Tribunal Constitucional, el 23 de marzo de 2004, desestimó el recurso de amparo presentado por los hijos del testigo, dando así la razón –si vale la expresión– a TV3 y a los responsables de Sumaríssim 477. El fallo, sin embargo, no se produjo por unanimidad, puesto que recibió el voto particular discrepante del presidente del tribunal, Manuel Jiménez de Parga, al que se unió el magistrado Roberto García-Calvo.

Los razonamientos legales de ambas partes del Tribunal Constitucional son esenciales para dilucidar el tema que nos ocupa. Importa, por tanto, situarnos en los argumentos de los demandantes, los hijos de uno de los testigos en el juicio de 1937 que llevó al fusilamiento de Carrasco i Formiguera. Decían éstos que el reportaje falseaba los hechos, al hacer creer que la condena se basó en el testimonio de su padre y de los otros siete testigos, siendo así que la condena se fundó, decían, sobre todo en los documentos que portaba Carrasco i Formiguera en el momento de su aprehensión. También tachaban de falso que su padre fuese en realidad testigo de cargo, ya que sólo declaró ante el Instructor de la causa, a la que acudió para declarar previa citación judicial y no “voluntariamente” como se afirmó en el reportaje. Por su parte, los representantes de TV3 adujeron que lo narrado en el reportaje estaba debidamente acreditado en los autos del Consejo de Guerra, constituyendo una información veraz sobre un asunto de relevancia pública.[19]

Los cuatro magistrados, que formaban mayoría, y que desestimaron el recurso de amparo de quienes se sentían lesionados en su honor, expusieron que, como ya había dicho el Tribunal Supremo, la discusión no versaba sobre cuáles eran los hechos acreditados, sino sobre la interpretación que a unos y a otros les merecía la forma de relatarlos en el reportaje. Dicho de otro modo: el debate procesal se había centrado, tanto en el Juzgado de Primera Instancia, como en la Audiencia de Barcelona y el Tribunal Supremo, en  un conflicto entre las libertades de expresión y de información y el derecho al honor. Pensaban, sin embargo, que había que ampliar dicho debate a un tercer elemento, el de la libertad científica del historiador, dada la condición de historiadora de la guionista y directora del reportaje.

Y, al respecto, decían lo siguiente:

“Y es preciso señalar que las valoraciones y juicios sobre los hechos históricos, y no sólo sobre la actualidad o sobre el pasado más próximo, son tan inevitables como necesarios, sin perjuicio de la dificultad de que alcancen consenso o valoración unánime. Esto vale también para la reconstrucción científica del pasado que llamamos ‘historiografía’, un saber reconocible en atención a su adecuación a ciertos métodos, y no en virtud de una pureza tal, de otra parte inexigible, que prescinda de toda perspectiva ideológica o moral en la exposición del pasado. La posibilidad de que los contemporáneos formemos nuestra propia visión del mundo a partir de la valoración de experiencias ajenas depende de la existencia de una ciencia histórica libre y metodológicamente fundada. Sin diálogo con los juicios de los demás (con los del historiador, en lo que aquí importa) no resulta posible formar el propio juicio. No habría tampoco espacio –que sólo puede abrirse en libertad- para la formación de una conciencia histórica colectiva”

 

Para los magistrados que formaban la mayoría en esta sentencia del Tribunal Constitucional, no se trataba de comprobar al detalle si hubo algún error conceptual en la calificación o la descripción técnica del Consejo de Guerra de 1937. Se trataba, por el contrario, de observar si hubo o no voluntad por parte de los responsables del programa de lesionar el honor de una persona al tiempo que se narraban con rigor y verosimilitud los hechos acaecidos.

Para los magistrados de la mayoría, el derecho a la libertad científica prima sobre el derecho al honor: “la libertad científica –en lo que ahora interesa, el debate histórico- disfruta en nuestra Constitución de una protección acrecida respecto de la que opera para las libertades de expresión e información, ya que mientras que éstas se refieren a hechos actuales protagonizados por personas del presente, aquélla, participando también de contenidos propios de las libertades de expresión e información –pues no deja de ser una narración de hechos y una expresión de opiniones y valoraciones y, en consecuencia, información y libre expresión a los afectos del art. 20.1 a) y d)- se refiere siempre a hechos del pasado y protagonizados por individuos cuya personalidad, en el sentido constitucional del término (su libre desarrollo es fundamento del orden político y de la paz social: art. 10.1 CE), se ha ido diluyendo necesariamente como consecuencia del paso del tiempo y no puede oponerse, por tanto, como límite a la libertad científica con el mismo alcance e intensidad con el que se opone la dignidad de los vivos al ejercicio de las libertades de expresión e información de sus coetáneos. Por lo demás, sólo de esta manera se hace posible la investigación histórica, que es siempre, por definición, polémica y discutible, por erigirse alrededor de aseveraciones y juicios de valor sobre cuya verdad objetiva es imposible alcanzar plena certidumbre, siendo así que esa incertidumbre consustancial al debate histórico representa lo que éste tiene de más valioso, respetable y digno de protección por el papel esencial que desempeña en la formación de una conciencia histórica adecuada a la dignidad de los ciudadanos de una sociedad libre y democrática”.

El Tribunal Constitucional aducía que, incluso en el caso de equiparación entre la libertad científica y la libertad de expresión, habría que afirmar que “la libertad de expresión comprende la de errar y otra actitud al respecto entra en el terreno del dogmatismo (…). La afirmación de la verdad absoluta, conceptualmente distinta de la veracidad como exigencia de la información, es la tentación permanente de quienes ansían la censura previa”.[20] En definitiva, también la libertad científica comporta una participación subjetiva de su autor, tanto en la manera de interpretar las fuentes que le sirven de base para su relato como en la elección del modo de hacerlo. Se le debe exigir veracidad desde la licitud de la formulación de hipótesis i de la valoración de las mismas.

En definitiva, Sumarissim 477 no se realizó para atacar el honor de nadie, sino para aportar una visión de un hecho histórico relevante, desde la subjetividad del guionista, pero también desde el rigor metodológico y la veracidad expositiva del guionista. La mayoría del Tribunal Constitucional era contundente en sus conclusiones: “Si la historia solamente pudiera construirse con base en hechos incuestionables, se haría imposible la historiografía, concebida como ciencia social. En su ámbito, los historiadores valoran cuáles son las causas que explican los hechos históricos y proponen su interpretación, y aunque tales explicaciones e interpretaciones sean en ocasiones incompatibles con otras visiones, no corresponde a este Tribunal decidir, por acción u omisión, cuál o cuáles deban imponerse de entre las posibles. Son los propios ciudadanos quienes, a la luz del debate historiográfico y cultural, conforman su propia visión de lo acaecido, que puede variar en el futuro.”

 

No pensaban lo mismo los magistrados Jiménez de Parga y García-Calvo. Para ellos el punto nodal de la cuestión consistía en aquilatar qué se entiende por “hecho histórico” como concepto determinante de la aplicación de un determinado canon propio de la libertad científica. Y aunque no lo definían, por considerar la dificultad extrema de hacerlo en abstracto, convenían en que “la Sentencia no enfoca bien el asunto al darle al reportaje sobre los sucesos acaecidos el tratamiento de ‘hecho histórico’”. Para estos magistrados, la lejanía en el tiempo del suceso narrado no empece que pueda incidir sobre los derechos del presente: “un hecho que afecta al honor del padre de personas vivas ha de considerarse susceptible de afectar al honor familiar de los hijos”.

Y si esto era así, había, a continuación, que reconocer que el reportaje Sumaríssim 477 contenía errores que no podían cobijarse bajo el manto de la libertad científica. Tres eran los errores: afirmar que el político catalán había sido condenado “exclusivamente” por los testimonios de los testigos; afirmar que los testigos comparecieron “voluntariamente”; y afirmar que eran “testigos de cargo”, cuando en realidad sólo depusieron en la fase de instrucción.[21]

Para los magistrados firmantes del voto particular, el “hecho histórico” debía ser la verdad histórica. Por ende, Sumarissim 477 carecía “de solidez constitucionalmente exigible a cualquier información de hechos” y por tanto atentaba gravemente contra el honor de los testigos y contra el honor de los hijos de éstos.

 

Sin entrar ahora en la calidad jurídica de los argumentos de las partes del Tribunal Constitucional –dada mi condición de historiador y no de jurista-, conviene señalar tres cosas, para concluir.

En primer lugar, que las dos posiciones jurídicas dibujan, claramente, un paralelismo entre dos posiciones historiográficas clásicas. De un lado, la posición historicista (o positivista) que deriva de Ranke, para quien “hecho histórico” y “verdad” son la misma cosa, puesto que el historiador se limita a reconstruir objetivamente el pasado, distanciado de él, a través de documentos de archivo. Su paralelismo jurídico está expresado en el voto particular de los dos magistrados aludidos del Tribunal Constitucional, para quienes un error del historiador en la interpretación de la técnica jurídica invalida la verosimilitud de la narración histórica.

De otro lado, la posición compartida por epistemologías historiográficas tan diferentes como Annales, el marxismo, el culturalismo, etc., según la cual la verdad en historiografía está históricamente condicionada y, por tanto, no se resuelve sino a través de aproximaciones sucesivas que nunca alcanzarán un valor absoluto, aunque irán aportando conocimiento, matiz, crítica y contrastación.[22] Citemos a dos autores bien diferentes. Para Peter Burke, un culturalista deudor de Annales: “recordar el pasado y escribir sobre él ya no se consideran actividades inocentes. Ni los recuerdos ni las historias parecen ya objetivos. En ambos casos los historiadores están aprendiendo a tener en cuenta la selección consciente o inconsciente, la interpretación y la deformación. En ambos casos están empezando a ver la selección, la interpretación y la deformación como un proceso condicionado por los grupos sociales o, al menos, influido por ellos”.[23] Adam Schaff, marxista, por su parte, al contemplar las diferentes versiones ofrecidas por los historiadores sobre un mismo hecho, se pregunta si mienten los historiadores: “¿Mienten los historiadores? Esto puede suceder cuando buscan objetivos extracientíficos y ven en la historia un instrumento de realización de las necesidades prácticas actuales. Son numerosos los casos en que así ocurre, pero a pesar de su importancia social y política, este problema carece de interés. En cambio, los casos en que la variabilidad de la visión histórica va a la par con la honestidad científica y con una investigación competente de la verdad histórica son teóricamente interesantes. En consecuencia, los historiadores no mienten, aunque pronuncien discursos diferentes, o en ocasiones contradictorios. Este fenómeno es simplemente el resultado de la especificidad del conocimiento que siempre tiende hacia la verdad absoluta, pero esta tendencia sólo se cumple en y por el proceso infinito de la acumulación de verdades relativas”.[24]

            La cuestión es que Ranke, el historicismo y el positivismo, se corresponden históricamente con el momento de formación de los estados-nación europeos y con la propulsión, por parte del Estado protector de esa visión de la historia, de una verdad dogmática que sirviese para forjar una determinada (y a poder ser única) conciencia colectiva nacional. Por el contrario, todas las historiografías posteriores a la “revolución de los Annales”, pertenecen a una concepción no dogmática de la histórica que acepta el perspectivismo sin negar por ello la cientificidad, que no da un valor absoluto al “hecho histórico” basado en fuentes archivísticas y que es conciente de que el historiador mismo no es un ente objetivo al margen de la historia sino que el mismo forma parte de un entramado social que estimula una determinada interpretación o selección de materiales fontales.[25] Se trata de historiografías que se nutren de la crítica y del debate historiográfico, y que, en ese sentido, se compaginan bien con sociedades democráticas en las que la pluralidad es la vía para la búsqueda no de la verdad absoluta, sino del bien común.

La historiografía, como bien dice la sentencia del Tribunal Constitucional, es un “saber reconocible en atención a su adecuación a ciertos métodos, y no en virtud de una pureza tal, de otra parte inexigible, que prescinda de toda perspectiva ideológica o moral en la exposición del pasado”. Las interpretaciones y valoraciones de Maria Dolors Carrasco pueden ser discutibles, pero desde luego se atienen a la metodología citada: Sumarissim 477 se basó en una investigación de campo de varios meses, en la que se exhumaron los documentos originales del Consejo de Guerra, así como diversos testimonios de coetáneos a los hechos.

Se puede discrepar, a condición (condición meramente historiográfica, que no se podría incluir como límite en el derecho a la libertad de expresión) de que la discrepancia esté metodológicamente fundada.[26] Y esta perspectiva no sólo es democrática, sino historiográficamente antidogmática.

Segunda cuestión. Resulta extraordinariamente llamativo que el voto particular de los dos magistrados del Tribunal Supremo se base en incomprensión por parte de la historiadora y guionista de Sumarissim 477 de la técnica procesal de un Consejo de Guerra. Llamativo porque es tanto como darle validez jurídica a posteriori a aquella técnica procesal. Y este es un procedimiento históricamente y socialmente muy discutible.

Cabe recordar que el Consejo de Ministros aprobó el 10 de septiembre de 2004 un real decreto por el que se constituía una Comisión Interministerial para el estudio de las víctimas de la Guerra Civil y el Franquismo, cuyo cometido es el de elaborar un infomre sobre los derechos reconocidos hasta la fecha a las personas que, por su compromiso con la democracia, fueron objeto de actuaciones represivas desde el inicio de la Guerra Civil hasta la plena restauración de las libertades. La intención del Gobierno es la de articular un anteproyecto de ley para la “rehabilitación moral y jurídica de los afectados”.[27]

Esta decisión gubernamental ha sido, como es bien conocido, espoleada por una floración producida en la década de 1990 y que llega hasta la actualidad: la de toda una serie de asociaciones para la recuperación de la memoria histórica que, entre otras cosas, han venido solicitando con insistencia que se dejen sin efecto los consejos de guerra sumarísimos celebrados durante la Guerra Civil y una vez terminada ésta.[28] La petición se basa en la falta de legitimidad jurídica de aquellos Consejos de Guerra y en los defectos formales que rodean sistemáticamente a tales actos procesales.

Así pues, achacar desconocimiento de la técnica procesal en una historiadora-periodista actual, la directora de Sumarissim 477, es tanto como dar por buena esa técnica procesal, la del juicio sumarísimo que condenó a Carrasco i Formiguera. Y, como decíamos y se ha podido comprobar, este es un extremo más que dudoso (que también admite, por supuesto, la discrepancia).

Tercero y último. Volviendo a nuestro punto de partida, señalaremos que Sumarissim 477 incide sobre una de las cuestiones centrales en la interpretación (tanto por la historiografía académica como por la ‘mediática’) que se construye en la memoria social sobre la Transición: la valoración que ha de hacerse sobre la Guerra Civil y el Franquismo. Una valoración que los documentales de referencia (los de TVE) y los textos de referencia en los medios de comunicación de masas, han formado a través de un perfil bajo y tamizado a través del consenso constitucional de 1978. Perfil bajo quiere decir, en este contexto, que la interpretación ha sido equidistante: todos tuvieron la culpa de la Guerra Civil, así que mejor no meneallo, y todos convendrán en que el franquismo negó libertades pero que durante su periplo histórico el país comenzó, en lo económico, a levantar el vuelo y a crear esas clases medias notadas como carencia en épocas anteriores.

Sumarissim 477 no convergía con esta interpretación de perfil bajo, oponiéndose así a la historiografía ‘mediática’ dominante (y a parte de la académica). Y el resultado han sido diez años de pleitos, con sentencias contra la Televisión que produjo el reportaje y contra su autora que se prolongaron hasta 1998 y con una coletilla judicial (Tribunal Supremo y Tribunal Constitucional) que, aunque acabó dándoles la razón, supuso manifestaciones de juristas de prestigio sobre la vinculación de la libertad científica a una determinada (y cerrada) concepción del “hecho histórico”. En definitiva, cualquier periodista o historiador metido a guionista, sacará una lección ambigua de esos diez años de pleito: bien pudiera ser la autocensura, aunque no es, desde luego, la más deseable.

En conclusión, la memoria social mediatizada por la ‘historiografía mediática’ dominante tiene dificultades para aceptar alternativas, tan normales en sociedades democráticas y tan vinculadas al artículo 20 de la Constitución de 1978, que no sólo garantiza la libertad de expresión y la de cátedra, sino también la libertad científica del historiador. Esas dificultades forman también parte de la historia de la Transición. ¿Por ello incompleta? Aquí se ha optado por incorporarlas a su conocimiento matizado, crítico, abierto.

 

                



[1] Prólogo de R.I. Moore a FENTRESS, J. y WICKHAM, Ch. (2003): Memoria social. Madrid: Cátedra, p. 12.

[2] HALBWACHS, Maurice (1925): Les cadres sociaux de la mémoire. París.

[3] BLOC, Marc (1925): “Mémoire collective, tradition et coutume”, Revue de Synthèse Historique, núm. 40, p. 73-83, cit. en BURKE, Peter (2000): Formas de historia cultural. Madrid : Alianza Editorial, p. 67.

[4] FENTRESS, J. y WICKHAM, Ch. (2003): op. cit., p. 14.

[5] FENTRESS, J. y WICKHAM, Ch. (2003): op. cit., p. 70.

[6] FENTRESS, J. y WICKHAM, Ch. (2003): op. cit., p. 156.

[7] AA.VV. (1996): Memoria de la Transición. Del asesinato de Carrero a la integración en Europa. Madrid: El País S.A.

[8] Intersección que algunas corrientes historiográficas, como la Historia del Tiempo Presente, casi buscan explícitamente.

[9] RUIZ GARCÍA, H.J., SOLSONA GONZÁLEZ, M.A. y SUBIRÁN RODRIGO, A. (1988): “Resumen sobre el trabajo de investigación llevado a cabo en base a una encuesta entre alumnos de la Universidad de Valencia sobre la influencia de los mass-media en el conocimiento de la historia”, en I Congrés d’Història de la Ciutat de València. En trànsit a gran ciutat. Valencia: Ayuntamiento de Valencia, vol. III, p. 2.1.1.- 2.1.18.

[10] Por ejemplo, FERRO, M. (1983): Cine e historia. Barcelona: Gustavo Gili; ROMAGUERA, J. y RIMBAU, E. (1983): La Historia y el Cine. Barcelona: Fontamara; CASTRONOVO, V. (1981): “Mass media e storia contemporanea”, en Societá e Storia, núm. 11; o HOUDLAND, C.I., LUMSDAINE, A. y SHEFFIELD, F.D. (1985): “Efectos a corto y largo plazo en el caso de los films de ‘orientación’ o ‘propaganda’”, en MORAGAS, M. de (ed.): Sociología de la comunicación de masas. Barcelona: Gustavo Gili,  vol. II.

[11] Los datos actuales incrementan el tiempo de exposición a los medios audiovisuales, pero no alteran los resultados de una investigación de esta índole. Si acaso, los refuerzan. En 1994 el consumo promedio de televisión diaria era de 215 minutos. Véase JEREZ, A., SAMPEDRO, V. y BAER, A. (2000): Medios de comunicación, consumo informativo y actitudes políticas en España. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas, p. 58-60.

[12] MONTERO, Remedios (2004): Historia de Celia. Recuerdos de una guerrillera antifascista. Valencia: Octaedro Ed.

[13] SUÁREZ, Adolfo: “Apuntes sobre la transición política”, Cambio 16, 16 de enero de 1991.

[14] MORÁN, Gregorio (1991): El precio de la transición. Barcelona: Planeta.

[15] NAVARRO, Vicenç: “Consecuencias de la transición inmodélica”, en El País, 8 de enero de 2003.

[16] Desarrolla esta tesis en la última parte del libro NAVARRO, Vicenç (2002): Bienestar insuficiente, democracia incompleta. Sobre lo que no se habla en nuestro país. Barcelona: Anagrama. El último capítulo del libro, ‘Las raíces de nuestro déficit democrático y social” se llena con epígrafes de título significativo como: ‘Un silencio ensordecedor’, ‘Reconciliación sí, olvido no’, ‘La transición incompleta’, ‘La transición no fue modélica’, ‘Insensibilidad democrática’ o ‘Los costes de la desmemoria histórica’.

[17] Lo que sigue se basa en el trabajo de MORAL, Félix (2001): Veinticinco años después. La memoria del franquismo y de la transición a la democracia en los españoles del año 2000. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.

[18] En una de las pocas revistas que intenta en España que la distancia entre la investigación y el libro de texto (o la clase de primaria y secundaria) se acorte, escribe sobre estos extremos MUÑOZ HAEDO, Ramiro (1999): “1939-1978: propuestas didácticas”, en Aula de Historia Social [Valencia], núm. 3 (primavera, 1999), p. 66-79.

[19] La sentencia y la discusión en el seno del Tribunal Constitucional la extraemos de El Derecho. Diario de la Jurisprudencia, núm. 1991 (año XI), 12 de mayo de 2004.

[20] Esta cita, que hacía suya la mayoría de los magistrados del Tribunal Constitucional, corresponde a una sentencia de ese mismo Tribunal de 11 de diciembre de 1995 (STC 176/1995, de 11 de diciembre, FJ 2).

[21]  Un artículo firmado por un historiador catalán en La Vanguardia, 9 de abril de 1995, ya llamaba la atención sobre estos extremos: la no voluntariedad de la presentación de los testigos y su calidad de testigos en la instrucción.

[22] La ruptura con el historicismo, escenificada en las primeras décadas del siglo XX por la diversas versiones de la “nueva historia”, aunque tal vez la más conocida sea la de la Escuela de Annales, está bien descrita en IGGERS, G.G. (1998): La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales, Barcelona, Idea Universitaria.

[23] BURKE, P. (2000): Formas de historia cultural. Madrid: Alianza Editorial, p. 66.

[24] SCHAFF, Adam (1977): Historia y verdad. Barcelona: Crítica. Otra aportación importante sobre esta cuestión es la de APPELBY, J., HUNT, L. y JACOB (1999): La verdad sobre la historia. Barcelona: Andrés Bello.

[25] También es cierto que, por la vía del perspectivismo y del relativismo, algunas corrientes historiográficas posmodernas o vinculadas al llamado ‘giro lingüístico’, niegan la cientificidad de la historia. Véase como ejemplo, las obras de WHITE, Hayden (1993): El contenido de la forma. Narrativa, discurso y representación histórica. Barcelona, Paidós; o WHITE, H. (1994): Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX. México: Fondo de Cultura Económica.

[26] Del mismo modo que algunos podrían ver con disgusto las interpretaciones peculiares de un historiador como Pío Moa sobre las causas de la Guerra Civil española y, en consecuencia, podrían responder historiográficamente a través de tratados históricos metodológicamente fundados. Así ha actuado, por ejemplo, el historiador Enrique Moradiellos. Tras larga polémica entre estos dos historiadores en diversas revistas, por ejemplo en la Revista de Libros (donde también terció Stanley Payne, véase el núm. 79-80 de julio-agosto 2003), el segundo ha publicado, MORADIELLOS, E. (2004): 1936. Los mitos de la Guerra Civil. Barcelona: Península. De MOA, P. (2003): Los mitos de la Guerra Civil. Madrid: La Esfera. En esta polémica han terciado muchos otros historiadores, como REIG TAPIA, Alberto (1999), autor de Memoria de la Guerra Civil. Los mitos de la tribu. Madrid: Alianza. Para lo que a nosotros nos interesa ahora destacar es relevante apuntar que Pio Moa fue entrevistado, recién aparecido el libro citado, por un programa de Televisión Española en horario de máxima audiencia, cosa que no ha sucedido con el resto de historiadores mencionados.

[27] El País, 11 de septiembre de 2004.

[28] No sólo lo han reclamado Asociaciones y Foros para la recuperación de la memoria histórica, sino magistrados del Tribunal Supremo como José Antonio Martín Pallín y una larga lista de intelectuales y nombres de la cultura, por no citar aquí a organizaciones políticas y sindicales. Véase El País, 15 de septiembre de 2004, donde se repasa esta situación en el artículo de José Antonio Saracíbar, “Es el momento de la memoria”.