25 años de libertad de expresión. VII Congreso de la Asociación de Historiadores de la Comunicación. Barcelona, 18-19 de noviembre de 2004.

 

 

 

 

 

“La libertad de expresión como expresión de libertad. Conflicto social y acción ciudadana en la conquista de un derecho. 1976-1977”

 

                                                                 

                                                                  Gloria García González

Profª asociada de Hª de la Comunicación

                                                                  Facultad de Comunicación

                                                                  Universidad Pontificia de Salamanca

 

 

                                  

 

Resumen

 

Este trabajo centra su atención en el estudio del ejercicio de la libertad de expresión previo a su reconocimiento constitucional, cuando en el curso de la acción ciudadana -movilizaciones, espacios informales de deliberación política, ámbitos diversos de confrontación social- tuvo lugar el afianzamiento de un derecho individual que, no obstante, fue ejercitado y  conscientemente defendido como una conquista cívica de carácter colectivo.

En el año y medio que transcurre entre enero de 1976 y junio de 1977 se constata una ingente multiplicación espontánea de espacios de conflicto -de carácter político, laboral, cívico, etc.- donde se exalta el uso público de la palabra como punto de partida de lo que llega a percibirse como una auténtica revolución democrática en los usos comunicativos, hábitos sociales, actitudes y comportamientos públicos. Las asambleas universitarias, las cívicas -de vecinos, feministas...-, ciertos medios de comunicación, empresas editoriales, librerías, organizaciones y plataformas ciudadanas, además de formaciones políticas y sindicales lograron hacer de la práctica de un derecho no reconocido, como la libertad de expresión, el medio necesario desde el que defender una transformación radical de orden cultural, social y político en nuestro país.

 

Introducción

Al dar comienzo 1976 Juan Carlos I ocupaba la Jefatura del Estado desde hacía algo más de un mes y Carlos Arias Navarro, tras su confirmación el 5 de diciembre[1], ejercía su cargo como presidente del primer Gobierno de la monarquía. El nuevo gabinete componía un variopinto conglomerado político donde se daban cita viejos colaboradores de Arias Navarro en experiencias de Gobierno anteriores como el general De Santiago, Pita da Veiga o el propio Solís Ruiz y que componían el grupo más ultra, junto a unos pocos nombres de talante reformista y autocalificados de liberales, al parecer, impuestos por el propio monarca, José María de Areilza, Alfonso Osorio y Antonio Garrigues, además de los más jóvenes y, por ello, conocidos como los de la generación del rey, entre los que se contaban Rodolfo Martín Villa, Leopoldo Calvo Sotelo y Adolfo Suárez. Sin encajar en ninguno de estos grupos, pero con extraordinario peso político dentro del Gobierno, aparecía el nombre de Manuel Fraga ocupando la Vicepresidencia Segunda para Asuntos del Interior. El día 13 de diciembre Carlos Arias había tomado posesión de su cargo con las siguientes palabras:

Vamos a iniciar una etapa de riesgos y dificultades. La vamos a recorrer con precisión, con firmeza, pero con prudencia, conscientes de que en nuestras manos están valores históricos, depósitos preciadísimos que están por encima de toda consideración (...) Se nos llama, nos congregamos, para perseverar y continuar la gigantesca obra de Francisco Franco”.

 

Los propósitos continuistas del nuevo Gobierno no podían hacerse más explícitos, como tampoco la vieja lealtad a Franco del presidente Arias, que en un gesto de osadía política[2] se permitía ignorar en su discurso el nombre del nuevo Jefe del Estado. Por tanto, si aún quedaba alguna expectativa de reforma tras la decepcionante ratificación de Arias Navarro en su cargo, fue truncada en el mismo momento de su toma de posesión. Pese a sus evidentes afanes continuistas, parecía estar en el ánimo del nuevo gabinete la urgencia de presentar un programa de Gobierno que, sin modificar un ápice ningún fundamento jurídico esencial, contemplase las novedades legislativas necesarias para paliar el gravísimo déficit de legitimidad que el régimen acusaba. Con este propósito fue elaborada y presentada por Manuel Fraga la declaración programática del 15 de diciembre, donde el Gobierno se manifestaba partidario de una reforma de las instituciones para ensanchar la base, así como la ampliación de las libertades y derechos ciudadanos, especialmente el derecho de asociación y el reconocimiento institucional de todas las regiones a fin de que el ordenamiento jurídico español tendiera hacia una mayor homogeneidad con la comunidad occidental (POWELL, 2001:147). Ni esta declaración ni el proyecto global de reformas presentado el 28 de enero de 1976 alcanzaron el objetivo prioritario de afianzar la credibilidad del nuevo Gobierno y, más bien al contrario, acabaron por concitar el rechazo más unánime de toda la oposición democrática y de la mayoría de los sectores liberal-reformistas. Mientras tanto, las Cortes franquistas eran prorrogadas y los esfuerzos del Gobierno perseveraban en el empeño personal del presidente Arias de emprender el tránsito desde lo que el régimen había designado como democracia orgánica hacia alguna forma de democracia limitada.

El primer Gobierno de la monarquía, presa de su propia obstinación e inoperancia política, se enfrentaba además al colapso de la Hacienda Pública y a la sacudida devastadora de la crisis del petróleo declarada dos años antes. Desde las interpretaciones más interesadamente simplistas se atribuyó el origen de la crisis a la brutal elevación del precio del petróleo en el otoño de 1973 y al crecimiento desorbitado de los salarios, aunque la OCDE no tardó en señalar que la crisis se había desencadenado no tanto a causa de la presión salarial sino a resultas de un serio déficit de competitividad localizado en los sectores industriales más obsoletos y agravado, sin duda, por los desorbitados precios del crudo. La coincidencia en el tiempo de ambas circunstancias -parálisis política y crisis estructural en el sector fabril y de transportes- consiguió que la movilización obrera desatada en los últimos años de la dictadura como consecuencia directa de la congelación salarial alcanzase en el primer trimestre de 1976 unos niveles de conflictividad extremos.

La diferencia más visible en los actos de protesta, con todo, no estaba en su intensidad sino en algo tan subjetivo como las expectativas que los propios actos de protesta generaban. A nadie se le escapaba que la muerte de Franco y la consiguiente apertura de expectativas de un cambio democrático más o menos inminente acentuaron el carácter intrínsecamente político de las movilizaciones laborales. Colectivos sindicales y revistas de izquierda de signo diverso comenzaron a hacer públicos por entonces sus propios proyectos contra la crisis económica y el estancamiento político proponiendo la remodelación global de la estructura productiva, la planificación democrática de la economía o el sometimiento de las leyes del mercado a las necesidades sociales y, en definitiva, una aproximación global al ideal socialista de una sociedad democrática en todos sus aspectos (PARAMIO, 1983:64).

Recuerda Robert M. Fishman[3] que una significativa porción de los estudios sobre las transiciones a regímenes democráticos, incluido el caso español, concede una considerable importancia a las acciones del movimiento sindical, hasta el punto de haberse convertido en una de las premisas básicas a tener en cuenta en la explicación del éxito o fracaso de un proceso de cambio político (FISHMAN,1996:163). Guillermo O’Donnell o Phillip Schmitter la incorporaron a sus escritos como un fenómeno derivado del peculiar proceso de debilitamiento y aperturismo generado en el último franquismo. Pese a la importancia que revestía para ellos la eclosión de otros movimientos cívicos de base, en las transiciones políticas de América Latina y el sur de Europa, el principal desafío que se le planteó a los regímenes autoritarios vino de una clase obrera, con frecuencia sindicada, que en un marco político propicio incrementó su potencial de acción colectiva (O’DONNELL; SCHMITTER, 1988: 50).

Si el sindical fue el principal desafío, desde luego, no fue el único. Al tiempo que se producía una intensa agitación sindical, otros sectores de la ciudadanía vertebrados en un sinnúmero de redes asociativas -universitarias, vecinales, feministas, objetores de conciencia, cristianos de base etc.- procedían a una larga serie de actos de protesta dando muestra de la pluralidad de frentes abiertos contra el régimen.

Y pese a la hostilidad del contexto político y a la desconfianza, cuando no abierta antipatía, de una gran parte de la sociedad española, educada en el respeto a la autoridad instituida y en el consiguiente temor hacia movimientos subversivos, las numerosísimas agrupaciones, plataformas, colectivos y sociedades, sin contar las incalculables formaciones políticas que saltaron a la palestra pública en estos momentos se sintieron, sin duda, altamente incentivadas por un impasse político que, al fin y a la postre, alimentaba en ellas el convencimiento político de que todo estaba por hacer, de que aún no había ninguna posibilidad cerrada, de que, en definitiva, todo seguía siendo posible.

 

1.- La multiplicación de espacios de libertad

            Era evidente que la crítica situación económica y política no podía ser más favorable a la proliferación de actos múltiples de protesta. Sin duda, eran factores más que suficientes para que en conjunción con otras variables como la búsqueda de beneficios -económicos, como la descongelación de los salarios, o políticos, como el debilitamiento irreversible del régimen-, las redes organizativas clandestinas, las estrategias de los grupos o la valoración de recursos propios disponibles generasen una oleada de conflictividad social de elevada intensidad en 1976 y, muy especialmente, durante su primer trimestre. En efecto, la situación que presentaba el país a comienzos de 1976 reproducía con certera exactitud lo que cualquier analista hubiera valorado desde la Teoría de la Movilización de Recursos (GARCIA GONZALEZ, 2003)[4] como una estructura de oportunidades favorable a la acción.

Sin embargo, pese a la situación política objetivamente favorable a la movilización social y a la proliferación de actos múltiples de protesta, la experiencia histórica ha venido demostrando en contextos diversos que ni la inoperancia política, ni el descontento social, ni siquiera la gravedad objetiva de los problemas públicos conducen por sí solos a forma alguna de acción colectiva. Por ello, desde la sociología europea (KLANDERMANS,1989; MELUCCI,1994; RASCHKE,1994),  se ha matizado en los últimos diez años esa interpretación, quizá en exceso institucionalizada, de los movimientos sociales, proponiendo una concepción de la acción colectiva mucho más condicionada por variables de naturaleza cultural, entendiendo que todos ellos requieren del desencadenamiento de un proceso de comunicación lo suficientemente efectivo como para hacer surgir una cierta conciencia de usurpación, evidenciarla como problema social y ser capaz de contagiarla a una masa suficiente de ciudadanos (LECHNER,1986:46).

Desde esta novedosa perspectiva, la respuesta social a una situación problemática o incierta se encuentra siempre condicionada por la existencia previa de una compleja urdimbre de interacciones comunicativas, negociaciones y controversias públicas en cuyo transcurso los problemas son públicamente etiquetados y reconocidos como tales (KLANDERMANS, 1994:186). En consecuencia, sin la existencia de este arduo y a veces lento proceso de definición colectiva del que participan tanto los medios de comunicación como las redes sociales de interacción comunicativa, ni las oportunidades políticas podrían ser aprovechadas ni las demandas sociales pasarían nunca de ser una aislada y estéril formulación. De ahí que, tanto la oportunidad como la demanda, factores ambos imprescindibles en todo acto de protesta, requieran de la existencia de redes de comunicación fluidas y eficaces, pues sin ellas ni una ni otra tendrían ninguna posibilidad de existir como factores objetivos capaces por sí solos de desatar o explicar una sola reacción colectiva.

Sólo desde esta premisa cabe considerar las acciones de protesta en cualquiera de las variantes características de la época -manifestaciones, concentraciones, huelgas, marchas, encierros, conferencias o conciertos- como una compleja actividad significante (KLANDERMANS,1989:114), muestra inequívoca de la expresión libremente ejercida por grupos y organizaciones, usualmente orientada a lograr la concienciación social respecto a nuevas cuestiones y sometida, desde su intrínseca naturaleza social, a un proceso de interpretación y redefinición de su significado desde el momento mismo en que se produce su proyección público-mediática.

Es obvio que la trascendencia de las acciones públicas de protesta no le era desconocida en 1976 a ningún grupo o colectivo más o menos organizado, lo que, sin duda, incentivó en ellos la búsqueda de una cierta publicidad, tanto en las calles y otros lugares públicos como a través de medios de comunicación afines, con la que afianzar su presencia pública, atraerse en lo posible una corriente de apoyo social y otorgar legitimidad y reconocimiento a sus principios, a sus valores, a sus acciones y a sus objetivos.

Fue así como la orientación ideológica de algunos medios de comunicación les hizo otorgar a los ciudadanos y grupos emergentes con mayor conciencia política un espacio informativo que, a la postre, resultaría decisivo en la apertura de nuevos espacios al debate público, en la problematización de cuestiones ignoradas por otros medios y en la definición de novedosas y radicales demandas públicas.

Si la coyuntura política no podía explicar por sí sola la eclosión a comienzos de 1976 de innumerables frentes de conflicto, de ningún modo resulta suficiente para justificar la movilización de recursos informativos en ciertos medios de comunicación, sobre todo semanarios, ni tampoco, desde luego, el compromiso cívico de numerosos colectivos sociales que por entonces se manifestaron dispuestos a asumir los riesgos que comportaba la movilización en aras de un objetivo político incierto.

En los últimos años Ronald Inglehart, muy especialmente, ha venido destacando la incidencia de factores estructurales como la industrialización, la acelerada urbanización o, incluso, la incidencia de la masificación universitaria sobre la pérdida de peso específico de los valores tradicionales en el ámbito urbano (INGLEHART, 1991; INGLEHART, 1999). En el caso español, como constatan los estudios de Rafael López Pintor y José Mª Maravall, la evidente sustitución de valores y expectativas en el curso de apenas una generación a consecuencia de los factores arriba mencionados coincidió con la entrada en España de nuevas tendencias contraculturales y políticas, además de con el efecto demostración de movimientos de contestación pacifistas, feministas, mayo del 68, etc., que por entonces copaban la atención internacional (LOPEZ PINTOR,1982; MARAVALL,1995:262-264). Todo ello, sin duda, alimentó una heterogénea corriente de afinidad antiautoritaria entre las generaciones universitarias más jóvenes y ciertas elites intelectuales.

Fueron ellas las que antes de 1976 alumbraron en nuestro país el nacimiento de una verdadera sociedad política (LINZ; STEPAN, 1996) compuesta por partidos políticos dotados de un cierto nivel de institucionalización y de líderes conocidos por sectores relativamente amplios de la población y bien relacionados con partidos europeos afines. Es a esta sociedad política a quien se atribuye el haber sido capaz de forzar la aparición de ciertos espacios públicos mucho antes de 1975, desde los que fue socavando la legitimidad del régimen y, una vez desaparecido Franco, de canalizar con eco creciente insistentes demandas de cambio político. Fue entonces cuando, abiertas potencialmente todas las opciones de cambio posibles, la oposición asumió la trascendental iniciativa política de poner en práctica una estrategia de enérgica presión social.

Incentivadas por la expectativa de lograr una ruptura democrática con el régimen, las fuerzas de la oposición antifranquista se aprestaron a multiplicar los espacios desde los que forzar de manera inmediata un cambio político. A la fábrica y a la universidad, como principales espacios de agitación socio-política en el tardofranquismo, se añadieron a lo largo de 1976 modestas sedes de asociaciones de vecinos, locales diversos de reunión de grupos feministas, ecologistas u objetores de conciencia, iglesias, librerías después de la hora de cierre, incluso espacios de reunión al aire libre donde a veces eran convocados obreros en huelga[5] o, sencillamente, vecinos de alguna asociación[6]. A todos ellos se sumaron con mayor o menor frecuencia ateneos, casinos, restaurantes[7], clubs como el Club Siglo XXI de Madrid al que eran invitados reconocidos personajes de la vida pública española y salones de hoteles donde, a falta de sedes, los responsables de las formaciones políticas, aún no legalizadas, solían convocar cada vez más habituales y concurridas ruedas de prensa, en una práctica de la que el semanario Triunfo decía estar marcando una nueva etapa en la vida política española. “Hoy los hoteles son un adelanto de las futuras sedes. -sentenciaba- A esto se llama ganar terreno a la legalidad” (ALONSO DE LOS RIOS, 1976: 18).

La utilización de los lugares habituales de trabajo, de tránsito o, simplemente, de encuentro para fines políticos alcanzó el valor de virtual ocupación de espacios, de conquista emblemática de territorios donde el ejercicio espontáneo de derechos no reconocidos -de reunión, de asociación o la misma libertad de expresión- llegó a vivirse a su vez como una auténtica conquista social desde el convencimiento de que el ejercicio espontáneo -aunque todavía arriesgado- de derechos y libertades más que el final del camino era el camino mismo, el presupuesto previo, espacio conquistado a través de la movilización, del trabajo intelectual, de la razón, de la reflexión y de la crítica (DIAZ, 1989:760).

Pese a que el nombramiento de Adolfo Suárez en julio de 1976 atenuó significativamente en las filas de la oposición las expectativas de un cambio radical en el tránsito hacia un sistema democrático, el proyecto de ruptura democrática no llegó a abandonarse del todo hasta después de la celebración del referéndum de la Ley para la Reforma Política el 15 de diciembre del mismo año. Por tanto, en el transcurso de aproximadamente un año el anhelo de la ruptura política fue preservado como objetivo desde que fuera formulado en la Junta Democrática en 1974. Desde entonces, la ruptura actuó como expectativa, también como objetivo político capaz de dotar de sentido a toda forma de presión y contestación social y, sin duda, como poderoso aglutinante ideológico de las fuerzas socio-políticas que componían la oposición democrática. A todos les quedó claro que para conseguir el derrumbe del régimen era preceptivo mantener enhiesta la bandera de la ruptura, insistir en la unidad de las fuerzas democráticas, asegurarse una mínima presencia pública, expresar claramente los objetivos, ejecutar continuas y pacíficas demostraciones de fuerza, articular los propios efectivos, trazar estrategias y efectuar efectivas medidas de presión política y social.

No resulta difícil constatar cómo el proyecto democrático inspirado por la vía de la ruptura política con el régimen iba indefectiblemente acompañado de la necesidad de desmantelar las claves esenciales del discurso franquista, tan vigentes entonces como las propias instituciones de la dictadura. De ahí la insistencia en proclamar los valores clásicos de la cultura de izquierdas -en parte heredada de la tradición burguesa republicana y, en parte, deudora también de la cultura obrera- como los más idóneos para instaurar sobre ellos no sólo un nuevo orden político sino unas nuevas pautas de convivencia cívica.

La insistente difusión de valores como la solidaridad, la igualdad, la honestidad, la dignidad del trabajo o, sencillamente, el derecho de cada individuo a desarrollar con libertad su propia autonomía se convirtieron en puntales firmes de un discurso compartido sin fisuras por muy dispares formaciones la oposición democrática y ampliamente difundido en el curso de una doble movilización: en el plano interno a cada organización, la movilización de los propios efectivos a través de la asamblea como espacio deliberativo más extendido y menos cuestionado desde los comienzos de la lucha antifranquista y, en el plano externo, la movilización cognitiva que acometieron significativos medios de comunicación en respaldo de las iniciativas de la oposición democrática.

La asamblea como órgano prevalente de deliberación y decisión, de carácter aparentemente horizontal venía actuando desde los años sesenta como foro de integración política y entrenamiento cívico. La organización asamblearia prosperó inicialmente en el ámbito laboral a instancias de las primeras comisiones obreras y fue en ese contexto en el que se constituyeron las primeras formas de concienciación socio-laboral, donde arrancaron las primeras iniciativas de movilización y de donde brotó una primera estructura de referencia para el movimiento obrero clandestino.

Desde entonces, la asamblea maduró como espacio deliberativo y decisorio en multitud de contextos, desde el sindical al feminista, desde el vecinal al universitario o al de los colegios profesionales, dando cauce con presumible espontaneidad y horizontalidad democrática a la protesta social. Fue así como en esta primera etapa de la transición, la asamblea fue mitificada como prototípica expresión de la voz pública, “espacio abierto al ejercicio de una auténtica democracia participativa” (SARTORIUS,1976a:17), metáfora de la libertad absoluta, “plebiscito diario” (SARTORIUS,1976b:12), ámbito de expresión sin cortapisas ni condicionamientos procedimentales. Defendida como instancia legitimadora, a la asamblea le era remitido todo argumento necesitado de refrendo y ejecución, pues lo que en ella se aprobase, de la voluntad de todos emanaba y a todos comprometía. En la asamblea se forjaron adhesiones y fraguaron liderazgos con la aparente espontaneidad de la participación no formalizada y sus procedimientos quedaron consagrados en la memoria colectiva de los ciudadanos movilizados como parte esencial de su propia existencia como grupo.

En su reflexión acerca del conocido concepto de espacio público propuesto por Habermas hace cuatro décadas, Nancy Fraser considera la necesidad de replantear la tan reconocida “esfera pública burguesa”, a su juicio escasamente útil en el análisis de los modernos procesos de comunicación, y sustituirla por la consideración de múltiples y diversas esferas públicas, tantas como los múltiples y diversos públicos acogidos en ellas (FRASER, 1992:132-136). Con el propósito de clarificar la determinación de tipos, propone Fraser distinguir, al menos, entre públicos “fuertes”, constituidos en espacios de deliberación institucionalizados, capaces no sólo de generar opinión sino también de asumir decisiones concernientes a la comunidad, frente a los públicos “débiles”, minoritarios en términos estrictamente numéricos y recluidos en espacios informales de deliberación. La propuesta de Nancy Fraser resulta especialmente sugerente en el dinamismo que aporta al análisis socio-histórico, pues a partir de esa sencilla delimitación de públicos, es posible plantearse cómo en un contexto de cambio político y, por tanto, de ausencia efectiva de espacios institucionalizados de deliberación, los públicos llamados “débiles” pudieron llegar a influir en la opinión mayoritaria forzando asimismo el curso de las decisiones adoptadas en las esferas de poder.

En este sentido, los espacios diversos en que se articuló la oposición democrática, por actuar como ámbitos de formación y movilización cívica orientados al logro del cambio político, fomentaron en su seno la libre expresión de sus miembros como un uso político de carácter participativo que favorecería la eclosión de una nueva ciudadanía, más consciente y participativa, vanguardia y sustrato del futuro sistema democrático. Por ello, al ir ligadas las demandas de la oposición a un proyecto de reconstrucción de áreas culturales, sociales y políticas específicas, su condición de grupo subordinado era inseparable del objetivo último de llegar a construir un nuevo orden político y de alcanzar, en definitiva, para sus postulados democráticos esenciales, una posición hegemónica, enraizada en la negatividad de la oposición antifranquista y consolidada a partir de la viabilidad y positividad de su propio proyecto democrático (LACLAU; MOUFFE, 1987: 212-213).

También desde los medios de comunicación, especialmente los impresos, se incentivó el compromiso democrático de un segmento significativo de la ciudadanía con nuevos postulados políticos. La heterogeneidad de funciones, postulados culturales y modelos discursivos fue tanta como la propia diversidad ideológica de lo que se daba en llamar “oposición democrática”. Semanarios de larga trayectoria opositora bajo la dictadura -Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Cambio-16, Destino, Serra d’Or...-, diarios de nueva factura -El País, Diario-16, Avui, Deia...-, comics de marcada orientación política -El Jueves, El Papus, Barrabás, Butifarra!...- (GOMEZ MOMPART, 1979: 509-517), boletines de asociaciones, prensa de barrio -alternativa y autogestionaria- (LOPEZ, 1994) vinculada a las entonces tan combativas asociaciones de vecinos, emisoras de radio “libres” o la misma prensa de partido componían un variopinto panorama comunicativo que, en la mayoría de los casos resultó favorable a una cierta movilización cognitiva de sus lectores (INGLEHART,1991:406), apreciada en el impulso a sentirse concernidos por formas de movilización social o política convencionales, más allá del mero interés informativo por ellas.

Asimismo, la expresión libremente difundida a través de estos medios incentivó la cultura democrática -de uno u otro modo y con diferente grado de intensidad- de un sector creciente de la sociedad española, cada vez más convencida de la inevitabilidad de un cambio democrático, de la innegociabilidad en el reconocimiento de derechos y libertades cívicas tanto como de una necesaria redefinición europeísta en las relaciones exteriores de nuestro país, si bien escasamente proclive a aventurarse en alguna forma de compromiso político o a asumir los riesgos que pudiera comportar una salida “radical” de la dictadura. Por ello, no fue sino en un reducido sector de la ciudadanía donde se mantuvo vivo el proyecto de ruptura democrática pese a que desde marzo de 1976 cuando, una vez fusionadas la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia Democrática en Coordinación Democrática -la popularmente conocida como Plata-Junta-  comenzó a advertirse en el nuevo organismo unitario una pérdida de influencia de las posiciones anteriores en beneficio de otras más posibilistas. 

En consecuencia, la vaga idea de revolución democrática contenida en la ruptura siguió utilizándose como recurso dialéctico por la mayor parte de los partidos políticos y organizaciones sociales, pese a que las posibilidades de llevarla a efecto se alejaban irreversiblemente del horizonte político. Con todo, se mantuvo al menos hasta diciembre de 1976 la necesidad de continuar acometiendo una intensa presión política, social y mediática inspirada, desde la llegada de Adolfo Suárez a la presidencia del Gobierno en julio de 1976, más que en el viejo aliciente de precipitar la caída del orden institucional impuesto por la dictadura, en el empeño de perseverar en una tenaz e intensiva demostración de fuerza que colocase a las formaciones democráticas de la oposición en una ventajosa situación negociadora frente al Gobierno. En este sentido, la multiplicación de los espacios político-comunicativos siguió siendo estratégicamente necesaria durante todo 1976 a sabiendas de que sólo la extensión de la lucha democrática en el ámbito de la sociedad civil ofrecería a las fuerzas democráticas el respaldo suficiente para impulsar una plena transformación política.

 

2.- La libertad de expresión y la conquista de la dignidad cívica.

A esta multiplicación de espacios cívicos, políticos y también mediáticos donde prosperaba la libertad de expresión asistía, no sin asombro, una mayoría social desmovilizada y temerosa que, no obstante, también se vio afectada por la mutación profunda que en el orden simbólico generó el uso público de la palabra. En efecto, nadie pudo sustraerse a la sorpresa de comprobar cómo se rompía de facto la “ley del silencio” impuesta por la dictadura. El silencio había actuado durante las últimas cuatro décadas como una eficacísima forma de violencia y dominación social. El silencio sobre el pasado, el silencio sobre las lacras del orden autoritario, el silencio sobre la oposición democrática comenzaron a debilitarse desde el convencimiento de que rompiendo con el silencio, la ciudadanía recuperaba para sí la esencia más profunda de su dignidad cívica, la misma que en la democrática Atenas se consideraba intrínsecamente asociada a la parrhesía, al todo decir, y la misma que Eurípides ilustraba en Las Fenicias cuando a la inquietud de Yocasta: “¿Qué es estar privado de patria? ¿Cómo es? ¿Qué se hace insoportable a los desterrados?”, respondía Polinices: “Algo de importancia suma, no tener libertad de hablar” para, finalmente, ser Yocasta la que sentenciara: “Propio del siervo es no decir lo que piensa”.

Efectivamente así se quiso ver en ciertos ámbitos en nuestro país donde la recuperación del uso público la palabra fue subrayada con la intensidad de una liberación, incluso, podríamos añadir, con la emoción de recuperar un espacio de libertad, la patria a la que se refería Yocasta. En julio de 1976 Juan Goytisolo calificaba la situación vivida durante el franquismo como de una auténtica “ocupación (...) no de la tierra, sino de los espíritus mediante la expropiación y secuestro por unos pocos del poder y el ejercicio de la palabra (...) Monopolio del habla y escritura en manos de seudo-políticos, seudo-sindicalistas, seudo-intelectuales, seudo-escritores que dentro o fuera del búnker tiemblan hoy de pánico y sacrosanta indignación al observar que sus presuntas verdades intangibles son objeto de discusión, que sus privilegios arbitrarios son puestos en tela de juicio (...) que quienes habían vivido en el exilio o amordazados comienzan a elevar su voz” (GOYTISOLO, 1976:26).

En esa misma marea, también muchos periodistas advirtieron que su papel en esos momentos no podía ser otro que el de involucrarse y dinamizar el proceso de cambio abierto, sencillamente, mediante el ejercicio de su profesión. La solidaridad expresada por algunos medios y las movilizaciones profesionales en defensa del libre ejercicio del periodismo -desde que en el mes de marzo tuviera lugar la primera de ellas en Barcelona respaldada por profesores y artistas- (VAZQUEZ MONTALBÁN, 1976:13) contribuyeron, sin duda, a fortalecer un compromiso que se asumía de manera colectiva y que, sin embargo comportaba muy serios riesgos individuales, desde verse envueltos en una maraña judicial a resultar afectados por la violencia selectiva de los grupos más exaltados de la extrema derecha.

Con frecuencia, los periodistas eran sancionados por asistir a un acto o manifestación no autorizada, llamados a comparecer ante el juez por hacer mención a cuestiones improcedentes, como el caso de Isabel Clara Simó, directora de Canigó, que informó en su revista de las actividades de la Assemblea de Catalunya o encausados, como tantos otros, por escándalo público. La inflación normativa, el desmembramiento y dispersión legal, la limitación de derechos o el vacío legal en lo concerniente a las modernas formas de comunicación (DESANTES, 1979:59-80) acrecentó no poco la indefensión de unos periodistas, víctimas de un sistema jurídico anquilosado, de unas arraigadas rutinas autoritarias y, en general, de la propia filiación ideológica de la judicatura. Uno de los casos más graves fue el sufrido por el periodista de Nuevo Diario, Vázquez de Prada, quien, tras un encuentro con algunos miembros de la clandestina Unión Militar Democrática y publicar al respecto un reportaje, se negó a hacer pública ante un juez la identidad de los convocantes, amparándose en el no reconocido todavía secreto profesional. A resultas de su obstinación fue procesado por un tribunal militar, con la consiguiente oleada de indignación en gran número de publicaciones.

Tampoco eran ajenas al arriesgado oficio de periodista las amenazas, extorsiones y otras formas de violencia ejercidas con impunidad por lo que eufemísticamente las instancias policiales designaban como “grupos incontrolados” sobre los profesionales más incómodos. En marzo de 1976 el director de Doblón José Antonio Martínez Soler sufrió a manos de unos desconocidos secuestro y severos maltratos, tan sólo unos días después de que el semanario publicase un reportaje sobre la tortura en las comisarías españolas. El 20 de noviembre de 1977 hizo explosión un paquete bomba en la sede del semanario satírico El Papus, con el resultado de una persona muerta. Aún en 1978, poco antes de la aprobación del texto constitucional, se recibió en El País un paquete bomba que provocó la muerte de un conserje y heridas graves a otras dos personas. Al día siguiente, el diario publicó un editorial bajo el título “No tenemos miedo”. Pasados los años y recordando éste y otros episodios, Bonifacio de la Cuadra puntualizaba con amargura: “yo creo que sí lo teníamos, pero nos lo aguantábamos” (CUADRA, 1999:57).

A falta de un sistema de representación efectivo, desde comienzos de 1976 emergieron con energía múltiples instancias representativas, más o menos formalizadas unas, informales las más de las veces, dentro de las que podría localizarse la periodística. Muchos fueron los profesionales que se aventuraron a hacer de su trabajo una misión política, asumiendo la necesidad de elevar la información relevante a la consideración de “bien público” (GOMEZ MOMPART, 2004:82)  y destacándose en una insistente defensa de la causa cívica, ya abriendo su agenda a temas perturbadores del orden, ya exhibiendo la irracionalidad y, en ocasiones, brutalidad de que a menudo hacía ostentación la fuerza pública contra los ciudadanos movilizados. En consecuencia, la actividad periodística ejercida de este modo y comprometida con los valores democráticos participó muy activamente en la difusión de una cultura cívica que irrumpía en el espacio público con el propósito de reemplazar para siempre los viejos clichés autoritarios.

Cierto es que, mucho antes de que se hiciera efectivo un pleno reconocimiento jurídico-político de los derechos y libertades individuales, la ciudadanía democrática se había afianzado como una peculiar seña de identidad social entre los colectivos más militantes de la oposición democrática a partir de sus propias experiencias, de sus prácticas discursivas y de sus referencias culturales, tanto como de sus diferenciadas actitudes públicas y privadas. No será hasta comienzos de 1976 cuando el ser de la ciudadanía, exteriorizado en el hacer cívico, se extienda socialmente en formas diversas de actuación y demanda pública cada vez más generalizadas, extendiendo la conciencia social de que un cambio político era posible desde la defensa y exhibición de nuevas actitudes sociales -contestatarias e inconformistas- nuevas formas de comportamiento y referentes culturales propios. Al mismo tiempo, la dimensión intersubjetiva de la ciudadanía, el sentir cívico (MOUFFE, 1992:237) muy lentamente comenzaba a tomar forma como una vaga conciencia democrática extensiva a un espectro social cada vez más amplio y potenciada desde la representación discursiva que de las actuaciones sociales y demandas políticas efectuaban ciertos medios de comunicación.

Así pues, la libre expresión públicamente cultivada, tanto en el espacio urbano como en el mediático, llevaba consigo el ejercicio práctico de otros derechos -de reunión, de asociación, etc.- como también la demanda de un ineludible y global cambio democrático. Al fin y al cabo, como demuestran la doctrina y también la propia experiencia democrática, todas las libertades son solidarias, unas arrastran a las otras y la defensa de una, indefectiblemente comporta la defensa de las demás. “¿Cómo puede sobrevivir la libertad sindical si no está acompañada de la libertad política? -se preguntaba Norberto Bobbio- ¿El sindicato libre sin el partido libre? ¿Y el partido libre en un sistema no pluralista? (...) ¿Y cómo puede desarrollarse un sistema político pluralista sin elecciones libres, y elecciones libres sin prensa libre?” (BOBBIO,1988:79). Tampoco se concebía entonces el disfrute de ninguna forma de libertad de manera aislada, sino en un ámbito de relaciones sociales de igualdad donde cada individuo pudiera ser reconocido por los demás como ciudadano, como un igual en derechos y libertades. Y era la sociedad y sólo ella, en tanto instancia soberana, la que habría de determinar si el dominio real de ese ámbito en el que, al menos como desiderátum, quedaba excluida toda forma de dominación, se limitaba estrictamente al espacio político o se hacía extensivo, como últimamente postula la doctrina de la democracia radical (LACLAU; MOUFFE, 1987:202-208) también a otros ámbitos de la sociedad civil e, incluso, del espacio privado -la familia, la pareja-, donde se habían hecho resistentes formas menos visibles pero no menos destructivas de dominación.

La conquista de la libertad, se repetía, había de ser alcanzada mediante la liquidación práctica de los agentes de control autoritario que pesaban sobre ella y que no constituían, precisamente, una simple merma en el ejercicio de la libertad y los derechos sino un poderoso aparato de represión de los mismos (BEAUMONT, 1976:15). Por ello, la libertad se proclamaba como antónimo de la dominación y por ello también, la demanda efectiva de libertad que entonces se expresaba no remitía tanto al pensamiento liberal-ilustrado, que la entendía como una natural condición del individuo, sino a la tradición republicana clásica, que concebía la libertad, sobre todo, como un ideal social. Desde esta perspectiva, la naturaleza de la libertad es, invariablemente, cívica (PETTIT, 1999:95) porque supone un vínculo social, es producto de una conquista colectiva y comporta un disfrute en relación siempre a otros iguales dentro de un mismo contexto. Pero lo es, también, por su sentido espacial, pues su reconocimiento jurídico-político delimita el ámbito físico -que en la antigua Roma era la ciudad- donde los individuos actúan y son reconocidos como ciudadanos.

Tal como nos demuestra la experiencia histórica en nuestro país, a partir de 1976 se apeló a la libertad de expresión como una forma de libertad primaria desde la que reconstruir ese espacio de encuentro cívico. Fue la espontaneidad con que se produjo esta rehabilitación del espacio público, la que diversificó hasta el extremo las formas en que se produjo, sin menoscabo de su indiscutible potencial político, porque política era la propia iniciativa ciudadana de ejercer derechos no reconocidos secundando una concentración, un manifiesto, un recital, una conferencia o una marcha de protesta, como política lo era también la tarea emprendida por tantas y tantas publicaciones de convertir en objeto de comentario y debate, aspectos de la vida pública hasta entonces silenciados o de tratar cuestiones nunca antes reconocidas como problema. Además, la incorporación en la agenda mediática de los líderes y fuerzas de oposición democrática aún no legalizadas, de sus siglas y su actividad implicó, de facto, además del reconocimiento tácito de su presencia pública y legítima potestad a ocupar un espacio en la esfera pública, la demostración de que existía una amplia voluntad de restituirles la dignidad política mancillada por la dictadura, y el deseo de alimentar en torno a ellas expectativas de cambio político a corto plazo.

Por todo ello, en este brevísimo e intenso lapso de tiempo muchos colectivos y formaciones de signo diverso como también muchos medios de comunicación participaron de una incierta aventura política, en lo que ésta pudo tener de conquista y apropiación de cada vez más amplios espacios de libertad en el marco de un efímero escenario comunicativo donde se clarificaron posiciones políticas, se afirmaron protagonismos, se conquistaron derechos, se elevó a la oposición democrática a la condición de sujeto político determinante y a la sociedad española al público reconocimiento de ciudadanía democrática.

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[1] La lealtad de Arias Navarro al anterior Jefe del Estado le impide cumplir con la obligada cortesía de poner su cargo a disposición del rey, de modo que éste, sin contar con la renuncia previa de Arias, decide confirmarle el 5 de diciembre.

[2] Este gesto no pasó a nadie desapercibido y se sabe que Torcuato Fernández Miranda tras escuchar el discurso de Arias anotaba “13 nov, 5 dic, 12 dic. Tres errores”, en referencia a la amenaza de dimisión que Arias le dirigió al entonces Príncipe días antes de la muerte de Franco, la negativa a presentarle su renuncia formal como presidente del gobierno una vez Juan Carlos I fue proclamado Rey y, finalmente, el rechazo consciente a hacer mención alguna de éste en su discurso de toma de posesión.

[3]  En referencia a las obras ya clásicas de O’DONNELL, G:, SCHMITTER, Ph. y WHITEHEAD, L.: (comps.): Transiciones desde un gobierno autoritario, 4 vols. Paidós, Buenos Aires, 1989-1994 y de LINZ, J. J., y STEPAN, A.: Problems of democratic transition. Southern Europe, South America and Post-Comunist Europe, The John Hopkins University Press, Baltimore, 1996.

[4] Se trata de una teoría desarrollada en Estados Unidos a partir de la obra de Ch. Tilly, N. Zald o W. Gamson, que afianza la tesis de que en una movilización colectiva apenas si intervienen más variables que la búsqueda de beneficios, la racionalidad instrumental, las redes organizativas, las estrategias, los recursos disponibles o las oportunidades políticas favorables a la acción.

[5] Se trataba éste de un recurso relativamente frecuente en el País Vasco donde los obreros vinculados a CC.OO. a menudo eran convocados en los montes cercanos a su localidad para celebrar sus asambleas sin temor a la irrupción en ellas de las fuerzas policiales.

[6] Una crónica publicada en el semanario Triunfo da cuenta con vívida emoción de cómo se producía con naturalidad la confluencia de clubs juveniles, asociaciones de jubilados, peñas deportivas, círculos teatrales, centros excursionistas o comités de festejos en un movimiento ciudadano que con espontaneidad alimentaba espesas redes de relación social favorables a la libre expresión de formas diversas de reivindicación y solidaridad ciudadana. A este respecto, se describe en Triunfo una idílica muestra de convivencia cívica en la concentración multitudinaria celebrada en un parque de Aranjuez (Madrid) con el propósito de consensuar el documento elaborado por la Federación Provincial de Asociaciones de Vecinos y en el que se recogían los comunes problemas de educación, carestía de vida, vivienda, etc.  Allí -continúa el articulista- “se comió, se jugó, se paseó y familias enteras con sus hijos pequeños aplaudieron las declaraciones del Movimiento Democrático de la Mujer, de los clubs juveniles, de las asociaciones de pequeños comerciantes, de algunos miembros de CC.OO. y de un delegado de Coordinación Democrática”. Cfr. “Aranjuez. Los vecinos maltratados”, Triunfo, n. 695, 22 de mayo de 1976, p. 10.

[7] Llegaron a ser tan frecuentes las cenas en conocidos restaurantes donde a menudo departían fraternalmente políticos de la oposición y periodistas que en el semanario aragonés Andalán en un acto de reivindicación del carácter político de las huelgas se llegó a declarar que “en un país donde hasta las cenas son políticas, pretender que no sean políticas las huelgas es, cuando menos, una ingenuidad”. Cfr. “Huelgas políticas”,  Andalán, 17 de enero de 1976.