PROGRESOS Y
REGRESIONES. LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y VIGENCIA DE LA TEORÍA CRÍTICA DE LA
COMUNICACIÓN EN ESPAÑA
Alejandro Barranquero Carretero
Universidad de Málaga
Becario de Investigación
La
prohibición de la imaginación teórica abre camino a la locura política.
M. Horkheimer y T Adorno
Para quienes
se ocupan de la fundamentación teórica de las Comunicaciones, Frankfurt es una
obligada estación de tránsito y reflexión. A sus principales autores debemos,
sépase o no, casi todos los argumentos críticos que hoy pasan por lugares
comunes.
Antonio Pasquali, 1990:226.
I.
INTRODUCCIÓN. VIGENCIA DE LA TEORÍA CRÍTICA
II.
LOS ESTUDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA TEORÍA CRÍTICA
III.
ESTADO DE LA CUESTION EN ESPAÑA
IV.
LA CRÍTICA COMO NECESIDAD DE LAS CIENCIAS DE LA
COMUNICACIÓN
V.
BIBLIOGRAFIA
I.
INTRODUCCIÓN. VIGENCIA DE LA TEORÍA CRÍTICA
En 1978 se consagra en España, después de cuarenta
años de dictadura, el derecho a la libertad de expresión, garantía de respeto
de la opinión y promoción del pluralismo.
Desde entonces, muchas voluntades
encontraron nuevos cauces de expresión a través de un panorama complejo de medios de comunicación. El número de
periódicos se multiplicó en progresión geométrica; un sinfín de medios
audiovisuales penetró en la sociedad
española como si de la religión de una nueva era se tratase. Paralelamente se multiplicaron los avances
tecnológicos, alcanzando su cenit con el nacimiento y extensión de
Internet.
Reflejo de su importancia creciente, la
comunicación se situó también en el centro de discusión de las ciencias sociales. El debate
internacional sobre la era post-industrial y la sociedad de la información tuvo
una buena acogida en la joven España democrática. El tema de la comunicación se convertía a mediados de
los ochenta en un valor de consenso extraordinario y se hacía difícil
comprender cualquier fenómeno sin valorar su dimensión simbólica.
Anhelante de olvidar un oscuro pasado
franquista, el país heredaba una larga tradición de pensamiento cultural y
comunicativo. Los estudios de periodismo, la teoría de la información o
sociología de la cultura, entre otros, se convertían en áreas científicas
prioritarias.
Pese a los avances, un cuarto de siglo
después, la libertad de expresión en España se encuentra seriamente amenazada. Un
proceso compulsivo de mercantilización, desregularización y concentración
multimedia la somete sin límites a la lógica del lucro y la “pseudocultura”. A
la “tiranía” de las audiencias y la publicidad, se suma una tácita censura ejercida por los propietarios de casi todos los
medios: se ocultan hechos, se desinforma y, en el peor de los casos, se exige
acatamiento expreso a determinado ideario corporativo.
Sin apenas programas culturales de
calidad, se suprimen sin orden los debates televisados y las tertulias que quedan
se polarizan fuertemente. El auge ilimitado de la “telerrealidad” y el
“corazón” se suma a un sinfín de prácticas que proclaman el (info)
entretenimiento como único valor y devalúan la calidad de las propuestas, la
función formativa de los medios y el valor del pluralismo mismo.
En paralelo, la reflexión sobre los
procesos comunicativos - el área concreta de este análisis - adolece, en
general, de perspectiva crítica. Se
echa de menos el vigor de las primeras investigaciones o una denuncia masiva de
los mecanismos de violencia simbólica de la comunicación presente. No existen
acciones estratégicas a favor de una teoría que no sirva exclusivamente de
conocimiento por el mero conocimiento, sino de reflexión orientada a la
crítica, a la mejora de las condiciones sociales y a la emancipación
cultural.
El tecno-optimismo, denunciado entre
otros por Armand Mattelart (2000)[1],
es la nota predominante en el campo de reflexión de la comunicación. Y este
hecho implica, según Erick Torrico (2000), “una generalización inédita de la
investigación administrativa[2][3],
una excesiva desregulación conceptual y pérdida de sustancia teórica en el
pensamiento comunicacional”.
La
voluntad de este análisis es ofrecer, a grandes rasgos, un marco de referencia,
histórico y teórico, de la evolución del pensamiento crítico en el ámbito de la
comunicación en España, desde la institucionalización de los estudios de
comunicación con la llegada de la democracia, a los cambios políticos acaecidos
en las últimas fechas.
Se trata de reivindicar, en último
término, la necesidad de desarrollar un balance sistemático sobre la
investigación sobre comunicación en España, que ayude a entrever sus virtudes,
así como insuficiencias y lagunas, con el fin de abordar la comunicación futura
desde una perspectiva holística, crítica y emancipadora.
II.
LOS ESTUDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA TEORÍA CRÍTICA
Más de seis décadas después de los primeros trabajos
de la Escuela de Frankfurt, la teoría crítica de la comunicación continúa
provocando gran interés y controversia.
Los teóricos críticos siguen influyendo poderosamente en buena parte de la
sociología contemporánea, la filosofía, el arte y otras disciplinas. En el caso
de las “incipientes” ciencias de la comunicación, la huella es, si cabe mayor.
La teoría crítica es una obligada estación de paso de
todo intento serio de reflexión sobre la comunicación y la cultura. El aparato
conceptual y la metodología crítica siguen influyendo en la visión interdisciplinar y el alejamiento del positivismo de estas ciencias.
Las metáforas
de sus pensadores han proporcionado paradas inevitables a la hora de explicar
ciertos rasgos de las sociedades contemporáneas, incomprensibles hoy sin
términos como el de "industrias culturales", “pseudocultura”,
“desublimación del arte”, etc., que describen con gran exactitud la
intersección de lo económico, lo social y lo cultural o la imbricación
constante entre lo super y lo infraestructural.
Pero, ¿qué papel juega exactamente la
teoría crítica en el universo de los estudios de comunicación? ¿Qué implica
exactamente hablar de enfoque crítico? ¿Existe también una “metodología
crítica” o unos “instrumentos críticos” de investigación social?
Tradicionalmente, la noción de “teoría
crítica” ha mantenido un doble significado:
1)
Por una parte, de modo
específico, se refiere al legado de
algunos miembros de la Escuela de Frankfurt (Theodor Adorno, Max Horkheimer,
Herbert Marcuse, Erich Fromm, Walter Benjamin, Jürgen Habermas, etc.) al
estudio de la comunicación.[4]
2)
Por otro, de manera genérica,
hace mención a la naturaleza de la crítica autoconsciente en investigación
comunicativa; es decir, a la necesidad de desarrollar un discurso científico de
transformación y emancipación, no aferrado dogmáticamente a sus propias
suposiciones doctrinales.
Desde cualquiera de estas posturas, no
cabe duda de que buena parte de las ciencias de la comunicación contemporáneas
pueden concebirse bien como una recepción y desarrollo del pensamiento de la
teoría crítica, bien como una discusión abierta de sus principales posiciones.
Pese a que no existe ningún estudio
global sobre el alto impacto que tiene la Escuela de Frankfurt o los
pensadores críticos en las reflexiones sobre comunicación y cultura, los
itinerarios que toman las teorías desde mediados de siglo están influidos
directamente por su producción teórica, en especial en el período clave de las
posiciones críticas - años sesenta y setenta – y en el contexto europeo,
latinoamericano y crítico estadounidense.
Su repercusión es inevitable. Desde la
primera mitad del siglo XX, los teóricos críticos fueron precursores en alertar
sobre la importancia de comunicaciones
de masa en la constitución de las
sociedades avanzadas del capitalismo. Frankfurt fue pionera en la crítica a la
sociedad de consumo o en el tratamiento de la ciencia y la tecnología como
fuerzas y relaciones de la producción.
La teoría crítica se distinguió también a
través de su objeción al positivismo,
observando su carácter instrumental y legitimador de todo orden social. También
sobresalieron en su crítica de la ideología y en la influencia de la misma como
primera herramienta de control social y persuasión del capitalismo. Y pese a
los que critican su excesivo pesimismo, los críticos sugirieron también la
necesidad de nuevas formas y agentes de cambio social, entre otras tantas
propuestas.
A la vez, con la expresión “teoría
crítica” se ejemplifica un modelo de
trabajo o metodología que requiere, entre otros factores:
Con todo esto, dentro de la perspectiva
crítica se puede englobar a un amplio espectro de teorías comunicativas,
aparecidas desde los años 30 hasta la actualidad. Bajo este “paraguas
terminológico” cabe citar a autores y obras ligadas a la de la Escuela de Frankfurt, la teoría posmarxista
/ neomarxismo, estructuralismo, post-estructuralismo, Estudios Culturales /
Escuela de Birmingham, Escuela (Crítica) Latinoamericana de la Comunicación,
etc.[7]
Derivada directamente del marxismo y de
sus ramificaciones posteriores y nacidas en buena parte como reacción a las
teorías libertarias, funcionalistas y de responsabilidad social, la teoría
crítica ofrece hoy un marco mucho más
amplio del que propusieron los frankfurtianos cuando se adoptó oficialmente
esta denominación.
La teoría crítica concibe su actividad
como algo más que una mera praxis dedicada a la denuncia y al estudio de los
sistemas ideológicos de la sociedad capitalista. Así, muy a grandes rasgos, si
los teóricos de la Economía Política de
la Comunicación dirigen su mirada hacia la base económica o infraestructura
que determina los intereses del sistema de medios, el Post-estructuralismo enfatiza en la estructura lógica / ideológica
del mensaje y los Estudios Culturales observan tanto la inculcación de
ideología como la generación de “resistencias” en las audiencias.
Pese a sus ventajas, la investigación
crítica en comunicación ha sido siempre objeto de ataque por su carácter de denuncia y emancipación. Las críticas
provienen generalmente de teóricos que defienden modelos más integrados,
pragmáticos o funcionales, acordes con la corriente central de pensamiento de
cada contexto socio-histórico.
En la actualidad, las diatribas del
post-modernismo y el neopositivismo, así como ciertos rasgos históricos
contemporáneos - fin de los regímenes comunistas del Este, “tecnocentrismo”,
primacía de los modelos económicos liberal-capitalistas, etc. - han teñido a empañar algunos de los
últimos hallazgos.
Hacia los años 80, como señala Kellner,
la teoría crítica parecía no más que el borde de la teoría social radical. El
nuevo pensamiento social postmoderno inspiró a Baudrillard, Foucault, Lyotard y
pareció proporcionar descripciones más vivas de las actuales configuraciones de
la cultura y de la sociedad (Kellner, 1991).
La teoría crítica comenzó a parecer pasada de moda y algo obsoleta en un
nuevo mundo cibernético, complejo y “deconstructivo”. Las críticas acecharon apelando a argumentos como su frecuente
normativismo (preponderancia del “deber ser” sobre el “ser”), “utopismo”; su
falta de rigor, radicalismo, la tendencia a la retórica o la excesiva atención
a la ideología, etc.[8]
Sin embargo, estamos de acuerdo con la
profesora Rita Atwood (1986) cuando
señala que la mayoría de las objeciones llegaron de manos de críticos que
defendían las bondades de la ciencia positivista, sin tomar en cuenta el hecho
de que el positivismo libre de valores ha sido ampliamente desacreditado desde
hace algún tiempo en otras disciplinas científicas y en el ruedo de la
filosofía de la ciencia.[9]
La profesora coincide en lo esencial con
otro de los teóricos críticos más influyentes de las ciencias de la
comunicación norteamericanas, Dallas
Smythe (1979: 104), pionero de la Economía Política de la Comunicación. El
pensador rechaza que las ciencias de la comunicación puedan permanecer libre de
valores o ser apolíticas y denuncia que un análisis estrictamente positivista
no hace sino brindar un modelo ideológicamente consecuente con el capitalismo
de libre empresa.
Y de ahí que tengan plena vigencia las
aportaciones de Theodor W. Adorno
(2001: 32), representante de la Escuela de Frankfurt, que apela a los peligros
del positivismo en ciencias sociales, por ende en la comunicación. Según
Adorno, behaviorismo, funcionalismo, conductismo o positivismo en ciencias
sociales, habían proporcionado, en definitiva, la justificación para la
actividad científica conservadora, conformista y escapista.
En suma, la teoría crítica de la
comunicación es un aparataje teórico extenso, multidisciplinar y
multiprogramático. Su visión es global, pluralista y dialéctica. Combate la
excesiva fragmentación de objetos y áreas de estudio y tiene como finalidad
última desenmascarar las falsas “transparencias” y las ideologías encubiertas
que subyacen en las industrias de la cultura. Contribuye, en definitiva, a la
emancipación de la comunicación misma, buscando su liberación en la esencia
misma del proceso: dialógico, participativo y comunitario.
III.
ESTADO DE LA CUESTIÓN EN ESPAÑA
La tradición de teoría crítica de comunicación en
España es menor que la del resto de
países del entorno (especialmente Francia y Reino Unido), dada la juventud de
los estudios de comunicación. De hecho, la investigación nacional, como en
otros países europeos que han superado similares circunstancias, ha estado
marcada indefectiblemente por la dictadura
política que se padeció hasta 1976.
Partiendo de la clásica periodización de
Moragas Spà (1981: 218-248), antes de 1960, el estudio de la comunicación era escasísimo e incapaz de equipararse en
ningún sentido con el que por entonces se realizaba en Estados Unidos o en el
resto de la Europa democrática.
Desde finales de los años sesenta y
principios de los setenta existe un notable aumento de la enseñanza e
investigación, superada la autarquía de años anteriores. Uno de los hitos más
importantes para el campo, según Moragas (1981: 240) y Rodrigo Alsina (2001:
110) es la aparición en el curso académico 1971-1972
de las Facultades de Ciencias de la Información de la Universidad Autónoma de
Barcelona y de la Universidad Complutense de Madrid, junto al reconocimiento
como Facultad del Instituto de Periodismo de la Universidad de Navarra.[10]
El nacimiento de las Universidades dio
lugar a un notable incremento de ciclos de conferencias, cursos, seminarios,
etc.[11]
En pocos años se amplió enormemente el número de investigadores, publicaciones,
organismos profesionales, fundaciones privadas, etc. dedicados al estudio de la
comunicación y la cultura.
Con los inicios de la democracia
comienzan también a traducirse
algunos textos, antes no traducidos, de teoría crítica en España[12],
muchos de los cuales circulaban en ediciones piratas, descatalogadas o
prohibidas, en su mayoría. Es entonces cuando también se generaliza una
producción bibliográfica netamente española en la que se analiza la producción
de los teóricos críticos o se hace uso de sus herramientas para comprender
determinados aspectos de la sociedad contemporánea.
En el ámbito concreto de la teoría de la comunicación, Rodrigo
Alsina (2001), sitúa los orígenes en la publicación de Miguel de Moragas Teorías de la Comunicación (1981) y en
la de Ángel Benito Fundamentos de Teoría
General de la Información (1982).[13]
Años antes Enric Saperas (1980) había
analizado las principales aportaciones de los frankfurtianos a la teoría de la
comunicación. Y un año después, Miguel de Moragas Spà (1981) acometía una de
las primeras revisiones sobre los estudios sobre comunicación de masas en
Europa, rescatando del silencio las investigaciones de los países socialistas,
la sociología crítica europea, el culturalismo o la semiótica. Moragas es uno
de los primeros en subrayar la incipiente investigación que llega de la
“vecina” Latinoamérica, entre otros, los grandes debates sobre dependencia
comunicativa y políticas informativas de los setenta.[14]
Desde entonces, han sido bastantes los
estudios que han situado a la teoría crítica de la comunicación como centro de
sus reflexiones (Benito, 1997; Muñoz, 1989; Roiz, 2002; Martín Serrano, 1987;
Saperas, 1998; etc.). Los años de la transición y su herencia posterior suponen
un intento de revitalizar el análisis sobre la producción teórica de la Escuela
de Frankfurt, la teoría crítica Norteamericana, el Post-Estructuralismo, etc.
Al mismo tiempo, teóricos dedicados a
áreas tan diversas como la estructura informativa, derecho de la información,
comunicación educativa, sociología de la comunicación, economía política, etc.
coinciden en el empleo de metodologías y enfoques de análisis propios de la
teoría crítica. Sin embargo, a día de hoy, se echan en falta foros de debate
sobre teoría crítica, redes de discusión o una monografía en profundidad sobre
la labor realizada durante los ya más de veinte años de transcurrir
democrático.[15]
Situándonos en los años 90, existen
apenas dos estudios que intentan dar
claves sobre la importancia cuantitativa y cualitativa del desarrollo de la
teoría de la comunicación en España.
Por un lado, Dolores Cáceres y Carmen
Caffarel (1989, 1992) emprendieron dos estudios correlativos sobre
investigación en comunicación en España en un período comprendido de 1978 a
1987 y de 1987 a 1990[16].
Por otro, un estudio de Daniel E. Jones (1995), fundamentado en datos COMCAT,
elaborado por el Centre d´Investigació de la Comunicació (CEDIC) de la
Generalitat de Catalunya, trata de evaluar el estado de la investigación en
España en función de las distintas disciplinas o modalidades. Pese a la
profundidad de los trabajos, ninguno se detiene a analizar la perspectiva o
paradigma científico al que se adscriben los diferentes estudios publicados -
funcionalismo, estructuralismo, estudios culturales, etc -.
Por otra parte, en 1997, el número 21 de
la Revista Anàlisi: Quaderns de Comunicació i Cultura, dedicó un número especial a la
investigación europea en comunicación social, comparando cuantitativa y
cualitativamente el nivel de producción bibliográfica en diferentes estados
europeos. Recientemente Rodrigo Alsina (2001) ha recogido parte de los
resultados para un volumen en el que intenta hacer balance de las teorías de la
comunicación en España.
Jones (1995:
40) coincide con Cáceres y Caffarel (1992) en afirmar que existe un gran desequilibrio
entre las diferentes comunidades autónomas respecto del número de instituciones
y personas dedicadas a la investigación, a favor de Madrid y Barcelona.
Para las
autoras, la investigación española se realiza por profesores universitarios que
trabajan en general solos y que publican escasa investigación, a
excepción de la elaboración de manuales. En definitiva, la investigación en
España tiene, en opinión de las autoras, “un marcado carácter tradicional,
individualista, instrumental y endogámico”. (Caffarel, domínguez y Romano,
1989: 56).
Pese a que en ninguno de los estudios hay
referencia expresa a la adscripción científica de los escritos, podemos señalar
algunas pistas sobre el estado de la cuestión en el territorio nacional.
Gran parte del trabajo teórico en
comunicación, tal vez por la novedad de los estudios, ha tenido sobre todo una
función de divulgación y de
consolidación de la docencia. La mayor parte de los trabajos son compilaciones
bibliográficas y libros de texto. Y buena parte de las referencias teóricas que
allí se recogen pertenecen a pensadores europeos o norteamericanos, con escasas
alusiones ámbito autóctono de investigación. Por lo general, podemos concluir
que en España no se ha producido una consolidación de la investigación sobre
teoría de la comunicación, y por ende, de teoría crítica.
Instigados por la necesidad de comprender
nuevos fenómenos comunicativos (nuevas tecnologías, globalización, identidades,
etc.), los años noventa supusieron la búsqueda de nuevos marcos teóricos que
ofreciesen descripciones útiles para la sociedad del nuevo milenio. En muchas
ocasiones, los teóricos prefirieron aferrarse al “tecno-optimismo” triunfante o
profundizar en discursos como el de la sociedad de la información, que ahora se
verifican mitificadores e ideológicos. El impulso crítico de las
investigaciones pioneras se perdió a costa de intentar domesticar una realidad
de complejidad creciente y cada vez más difícil de aprehender.
Como señalan Badia y Berrio (1997: 152)
en el caso de Cataluña, extrapolable a nuestro parecer, para en el territorio
nacional, las líneas de investigación que hay actualmente tienen entre sí una
escasa conexión y presentan un desarrollo irregular y parcial. Además (…) el
panorama de nuestra investigación es incompleto y numerosas corrientes y
tendencias que hay en el extranjero no tienen vigencia entre nosotros.
IV.
LA CRÍTICA COMO NECESIDAD DE LAS CIENCIAS DE LA
COMUNICACIÓN
El análisis de la investigación en comunicación, como
se aprecia con lo anterior, es una tarea ardua y compleja, sobre todo porque la
disciplina no tiene la consolidación de otros campos más antiguos y porque
buena parte de sus métodos y perspectivas se toman “prestadas” de otras
ciencias sociales más consolidadas – sociología, antropología, economía,
filosofía, etc. -.
Pero es justo en esta situación de cruce
de caminos e interdisciplinariedad
donde la teoría crítica encuentra su misión más importante. Las teorías
críticas de la comunicación podrían ser de hecho la argamasa que permitiese relacionar otras disciplinas más
consolidadas - pero por ello con menor flexibilidad -; integrar metodologías
diversas – cualitativas, cuantitativas, “imaginación sociológica” -; aplicar lo
científico-académico a lo cotidiano – teoría y praxis -, etc.
Frankfurt fue una de las primeras en
reclamar una aproximación holística y global al objeto de estudio. Y, de hecho,
hoy existe un amplio conjunto de herederos directos e indirectos aún la reclaman,
conscientes o no de la procedencia original de su rico patrimonio. Fuera de
España, instigados por el movimiento anti/alter globalista, resuenan cada vez
con más fuerza la voz de analistas como Ignacio Ramonet, Susan George, Samir
Amin, Noam Chomsky, Gilles Lipovetsky, Armand Mattelart, Edgard Morin, Alain
Touraine, Jesús Martín Barbero, etc. El listado es mucho más amplio.
En España destacan diferentes obras de
Miguel de Moragas, Enric Saperas, Miguel Roiz, Blanca Muñoz, Gonzalo Abril,
Ángel Benito, Manuel Martín Serrano, Mariano Cebrián, Francisco Sierra, Manuel
Chaparro, Ramón Zallo, José Vidal Beneyto, Vicente Romano, Enrique Bustamante,
Ramón Zallo, Fernando Quirós, Felicísimo Valbuena, José Manuel Pérez Tornero,
Agustín García Matilla, etc. El listado, en este caso, también es extenso.
Hace algunos años, Moragas Spà (1981:
245) afirmaba que la teoría crítica de la comunicación encuentra su finalidad
en un doble desafío:
1)
Por una parte, en la
posibilidad de establecer bases teóricas para la participación democrática.
2)
Por otra, en su
contribución al desenmascaramiento de las propuestas de participación simbólica
– alienada – de una democracia neutralizada por los procesos comunicativos
tendentes a la sustitución social.
El desafío es similar. Sea como fuere, la perspectiva
crítica ha defendido y sigue defendiendo siempre sus posiciones en continua
polémica con otras teorías contemporáneas. Actualmente, los teóricos críticos
han sido los principales censores de los innumerables excesos y afectaciones en
que han incurrido algunos escritos post-modernos o culturalistas. También lo
fueron con la llegada de la democracia, cuando los viejos esquemas teóricos se
hallaron obsoletos para interpretar la realidad comunicativa y cultural de una
nueva época.
Los críticos construyen a partir de su pesimismo,
procuran el alejamiento de las modas teóricas y neologismos para el análisis de
situaciones siempre presentes – dominación, poder, manipulación ideológica,
etc. -. En este contexto, un regreso a las obras clásicas y contemporáneas más
destacadas de la teoría crítica debe centrarse en los recursos que su tradición
continúa ofreciendo teoría social contemporánea, así como las limitaciones que
requieren superar las versiones clásicas en sus postulados erróneos.
Ya sea como instrumento de análisis o
como instrumento cívico-político de actuación, la teoría crítica de la
comunicación debe ayudarnos a comprender la esencia misma de la comunicación
social. Como los buenos consejos tampoco pierden valor, valgan unas frases de
Moragas como guía de futuro y conclusión:
De la misma manera que se ha criticado y
puesto en duda la supuesta opulencia comunicativa de nuestro siglo – con los
satélites, los videos, los teletextos, etc. – deberá someterse a crítica la
supuesta opulencia del almacén de datos científicos sobre la comunicación de
masas, de los aparatos teóricos constituidos para la supervivencia de aquella
supuesta opulencia que, de hecho, tiende a convertirse en el límite y la
miseria de la comunicación humana. (Moragas, 1981: 246).
V.
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[1] El paradigma tecnoinformacional se ha convertido en
el pivote de un proyecto geopolítico cuya función es garantizar la reordenación
neoeconómica del planeta en torno a los valores de la democracia de mercado y
en un mundo unipolar. El horizonte planetario condiciona las formas y manifestaciones
de protesta contra el orden mundial en gestación. (Mattelart, 2002: 135). La
propia UNESCO ha arremetido contra quienes postulan el igualitarismo como
bandera de las nuevas tecnologías. En su Conferencia de 2001 (recogido en
Mattelart, 2002: 153), el organismo “plantea el problema en el plano de las
exigencias de una infoética y considera las disparidades existentes ante las
nuevas tecnologías como el punto de partida de sus recomendaciones sobre la
promoción y el uso del multilingüismo y el acceso universal al ciberespacio,
sin los cuales el proceso de globalización económica sería empobrecedor, no
equitativo e injusto”. En este sentido, el Programa de las Naciones Unidas para
el Desarrollo (PNUD) recoge entre sus conclusiones: La revolución tecnológica
actual nos sitúa ante una tremenda contradicción: cuando la Humanidad ha
conseguido un desarrollo tal que es posible erradicar el hambre y las
enfermedades que han asolado al ser humano desde los inicios, cuando es posible
técnicamente que todas las personas del planeta vivan con las necesidades
básicas cubiertas, constatamos que las desigualdades entre el Norte y el Sur se
agrandan cada vez más en lugar de disminuir. El actual desarrollo tecnológico
es potencialmente positivo, pero al insertarse en el sistema económico
capitalista y al regirse bajo la lógica neoliberal, genera altos grados de
exclusión social. (PNUD:1999).
[2] En su clásico estudio La investigación de la comunicación de masas. Crítica y perspectivas.
Ed. Paidós. Barcelona, Wolf distingue entre
investigación “administrativa” y “crítica”: es decir, entre investigación
americana, marcadamente empírica y caracterizada por objetivos cognoscitivos
inherentes al sistema de los media; e
investigación europea, teóricamente orientada y atenta a las relaciones
generales entre sistema social y los medios de comunicación de masas (Wolf,
1996: 63). Moragas Spá, por su parte, habla de investigación sobre “medios de
masas” y “alternativas populares a los medios de masas” (De Moragas, 1979:
63/78).
[4] Evidentemente, la Escuela de Frankfurt no es un
sinónimo de conformidades y directrices seguras, es más un escenario de
contradicciones y desacuerdos profundos sobre la posición crítica frente a la
sociedad. La noción de crítica venida de Marx no se materializa aquí en una
concordancia de perspectivas. Por lo tanto, la identificación de obras y
autores bajo la insignia de la Teoría Crítica es, más bien, una reconstrucción
mítica producida a finales de la década del sesenta. Tal como sugiere Rafael
Fernández, la Escuela de Frankfurt y la Teoría Crítica no son sinónimo
(Fernández, 2001), y por lo tanto toda asimilación es producto de la
realización de un mito.
[5] El interés suscitado, en la década de los años
veinte, por los aspectos ideológico-culturales será uno, por no decir el
fundamental, de la constitución del Institut für Sozialforschung (Instituto
para la Investigación Social) en l923 y centro de lo que con posterioridad se
conocerá como Escuela de Frankfurt. La
atracción que tanto Theodor W. Adorno, Max Horkheimer, Walter Benjamin o,
después, Herbert Marcuse, Leo Lowenthal, Franz Neumann, Erich Fromm y Siegfried
Kracauer, entre otros, sintieron por el estudio del desarrollo cultural, tiene
que enmarcarse en el interés por la compleja sofisticación ideológica que el
capitalismo para masas va adquiriendo. Y en esa complejidad será imprescindible
la utilización teórica no sólo de la tradición hegeliano-marxiana, sino que se
hace indispensable la herencia recibida del caudal inagotable de la obra de
Freud. (Muñoz, 1989).
[6] El proyecto original de Max Horkheimer,
formulado, entre otras obras, en Teoría tradicional y teoría crítica o
en Materialismo, metafísica y moral, influye en el cambio de orientación del proyecto originario del
Instituto para la Investigación Social, del que toma las riendas en 1931. Se
puede afirmar que la orientación
predominantemente sociológica dio lugar a un enfoque más filosófico. Así una de
las ideas centrales seguirá siendo la interdisciplinariedad. Si se trata
de transformar la sociedad o
“introducir razón en el mundo”, un conocimiento lo más científico
posible de la misma será una condición indispensable. Esta
interdisciplinariedad se concretará en tres disciplinas fundamentales, que
podrán verse complementadas por otras secundarias: sociología, economía y
psicoanálisis.
[7] En este sentido, hay una gran discrepancia entre las
corrientes que situamos bajo la etiqueta de teorías críticas. Por ejemplo,
Parés (1992: 136-140) sitúa dentro de este grupo a la teoría marxista de los
medios de comunicación, la Escuela de Frankfurt, la teoría de la hegemonía y la
teoría de la economía política de la comunicación. Montero (1994: 61-72)
incluye dentro de la perspectiva marxista el punto de vista socio-económico,
los estudios culturales (Escuela de Birmingham) y los estudios críticos
norteamericanos. Saperas (1992: 209-232) sitúa en la teoría crítica apenas a la
Escuela de Frankfurt y a Haberlas. Rodrigo Alsina (2001), a la Escuela de
Frankfurt, la economía política y los estudios culturales.
Por nuestra parte, utilizamos la etiqueta para
englobar, entre otros, enfoques tan diversos como los de:
·
Escuela Crítica de
Frankfurt (Adorno, Horkheimer, Benjamin, Marcuse, etc.)
·
Estructuralismo y
Post-estructuralismo (Althusser, Barthes, Lacan, Poulantzas, Foucault,
Levi-Strauss, etc.)
·
Crítico-cultural /
Estudios Culturales (con el Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de la
Escuela de Birmingham - Hall, Thomson y Williams -, a la cabeza, carente en la
actualidad del impulso crítico de sus inicios)
·
Economía Política de la
Comunicación (Smythe, Schiller, Garnham, Murdoch, Mattelart, etc.)
·
Escuela (Crítica)
Latinoamericana de la Comunicación (Marqués de Melo, Pasquali, Martín Barbero,
etc.)
·
Comunicación para el
Desarrollo / Cambio Social (Servaes, Beltrán, Alfaro, Tufte, etc.).
·
Otras: Teorías de la
Dependencia, Teorías del Imperialismo Cultural, Teorías Participativas,
Comunicación Democrática, etc.
[8] Las críticas no fueron ni son gratuitas. De hecho,
son numerosas las investigaciones que carecen de suficiente rigor o están
determinadas excesivamente por fines políticos, doctrinales o posturas
excesivamente ortodoxas.
[9] De hecho, la crisis se producía a mediados de siglo
XX, especialmente, a partir del “giro lingüístico” de las ciencias sociales, en
la que los viejos parámetros del positivismo entraban en un proceso de profunda
renovación. La pretendida neutralidad objetivista se viene abajo desde el
momento en que se acepta que los hechos no son algo dado sino que están
predeterminados pro una determinada organización de nuestra experiencia
subjetiva, así como por unas circunsattancias de contrastación empírica en base
a acuerdos entre investigadores.
[10] A partir de 1972 y coincidiendo con la creación de
las Facultades de Ciencias de la Información, se consiguió ampliar
considerablemente el número de investigadores, publicaciones propias, así como
la convicción de que los medios de comunicación exigen un tratamiento teórico
complejo que no puede ser asumido, o resumido, en la tarea divulgadora de profesionales
de la información no consagrados a la investigación (Moragas, 1981: 240).
[11] En 1973, el Collegi d´Enginyers Industrials de
Barcelona auspicia un Congreso Mundial sobre “Manipulación de la Comunicación”,
con presencia de Vidal Beneyto, Umberto Eco, Edagar Morin, Julia Kristeva,
encuentro que finaliza con la lectura de un manifiesto de los profesores
asistentes contra la centsura y la represión. En 1979, la Facultad de Ciencias
de la Información de Barcelona celebra el simposium sobre “Televisión y
Autonomía Política”, con la aistencia de Séller, Holding, Cayrol, Richeri,
Hamelink, Pross, etc. En 1978 y 1979, Vidal Beneyto organiza los simposios
internacionales “Alternativas a los Medios de Comunicación” en Salou-Reus
(Tarragona) y “Economía Política de la Comunicación y la Cultura”, en Burgos,
respectivamente. (Información recogida en Moragas Spà, 1981).
[12] Durante la dictadura, la mayor parte de los textos
clásicos de teoría crítica que circulaban en España eran ediciones publicadas
en Latinoamérica (principalmente en México o Argentina). Otros, en cambio,
comienzan a ser traducidos en España ya durante la dictadura: ADORNO, Theodor
(1969): Crítica cultural y sociedad.
Ariel. Barcelona, 1969; ADORNO, T. (1972); Filosofía
y superstición. Alianza. Madrid; ADORNO, T. (1972): La disputa del positivismo en la sociología alemana. Grijalbo,
Barcelona; BENJAMIN, Walter (1972): Poesía
y Capitalismo. Taurus, Madrid; BENJAMIN, W. (1973): Discursos interrumpidos. Taurus, Madrid. HORKHEIMER, Max (1970): Crítica de la Razón Instrumental.
Edhasa, Barcelona; HORKHEIMER, M. (1973): Teoría
Crítica. Barral. Barcelona. Algunos
de los textos más importantes de la Escuela han estado descatalogados y fuera
de circulación durante unos años. Desde hace unos años, editoriales como Akal,
Trotta o Paidós han emprendido un esfuerzo importante para su recuperación y
reedición.
[13] RODRIGO ALSINA, Miguel: Teorías de
la Comunicación. Ámbitos, métodos y perspectivas. Universitat Autònoma de
Barcelona, Servei de Publicacions. Barcelona, 2001
[14] La década de los setenta fue escenario de los debates
más fructíferos sobre la dependencia comunicativa, establecida sobre la base de
los flujos desequilibrados de información masiva internacional, sobre todo
desde organismos como la UNESCO y CIESPAL, donde destacan hitos como la
presentación del Informe MacBride en
1980. En la XIX Conferencia General de la UNESCO se conformó una Comisión
destinada a estudiar los problemas contemporáneos de la comunicación en el
mundo. Su director fue el especialista Sean MacBride que comenzó a trabajar ya
desde 1977 y presentó su informe en la XX Conferencia del organismo, titulado Un solo mundo voces múltiples. Comunicación e información en nuestro tiempo.
Este documento retrató las presiones de los monopolios internacionales, la
dependencia informativa y cultural con las agencias y las industrias culturales
transnacionales, el desequilibrio en los flujos informativos a escala mundial,
la propiedad privada de los medios y el escaso acceso informativo por parte de
las grandes mayorías y el establecimiento de libertad de expresión como
sinónimo de libertad de empresa, entre otros. De igual modo, recomendó
promover Políticas Nacionales de
Comunicación en los países en desarrollo y proclamó las bases del nuevo paradigma
democrático comunicacional. (Herrera, 2000). En este punto destacan también los intentos ejercidos
desde el Movimiento de los Países no Alineados, que en base a un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), derivó
hacia la propuesta de un Nuevo Orden Internacional de la Información y la
Comunicación (NOMIC).
[15] Destacar, entre las iniciativas aisladas, la labor
desempeñada por el Centro Iberoamericano de Comunicación Digital (http://www.aloj.us.es/gicomcult/),
la página de Economía Política de la Comunicación de la Universidad Complutense
de Madrid, dirigida por el Prof. Fernando Quirós (www.ucm.es/info/per2/Economia%20politica.htm).
[16] Como continuación
de los celebrados en 1984 y 1989, la Asociación de Investigadores en
Comunicación del Estado Español (AICE), organizó en abril de 1992 su III
Simposio dedicado a examinar el panorama de la investigación en las áreas
académicas y profesionales de la comunicación. Una de las aportaciones más
interesantes fue un informe que dio cuenta de la segunda parte de la
investigación desarrollada por Dolores Cáceres y Carmen Caffarel sobre los
planteamientos temáticos y metodológicos de la investigación en comunicación en
España, y que figura como continuación de un primer tramo, realizado además por
Milagros Domínguez y Vicente Romano, cuyos resultados fueron expuesto en 1989,
durante el transcurso del II Simposio de la AICE, y publicados en el numero 3
de la revista CINCO. Si en aquella ocasión se abordó el análisis cuantitativo
de los datos obtenidos en el periodo que va de 1978 a 1987, en esta segunda
parte se emprendió un estudio selectivo sobre más de tres mil quinientos
registros publicados en referencia a temas de investigación en el periodo
1987-1990.