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La medición lingüística, ¿una nueva profesión?

Publicado en: Terminómetro, número especial: "La terminología en España", p. 62-63. Barcelona: 1996.

A causa del desarrollo socioeconómico, tecnológico y científico de las últimas décadas, las comunicaciones y los usos lingüísticos están experimentando una revolución callada pero trascendental. Las nuevas tecnologías de la información (procesadores de texto, bases de datos) y de la comunicación (teléfono portátil, fax, correo electrónico) están sustituyendo a los antiguos sistemas de correo postal o archivo de datos y fichas. El incremento de transportes y comunicaciones o la expansión de los massmedia multiplican los intercambios internacionales, hasta el punto de que el contacto de lenguas y el plurilingüismo dejan de ser patrimonio exclusivo de ejecutivos, turistas o zonas fronterizas y comunidades bilingües, para pasar a ser una realidad generalizada. La investigación científica avanza a ritmo acelerado en las áreas tradicionales y abre cada día nuevos campos de estudio, acordes con las preocupaciones contemporáneas. Necesariamente la lengua refleja estos cambios con la formación de nuevos géneros discursivos (auditorías, informes, proyectos, impresos), con la diversificación de los registros (escrito para ser dicho, dicho para ser grabado en un contestador, escrito para ser leído en el correo electrónico) y el desarrollo de tecnolectos (informática, ecología, deportes aventura), con el aumento significativo de interferencias lingüísticas (show, hand-out, zapping, estoy yendo...), o con la creación de neologismos (terminalista, resonancia magnética, ciberespacio, índice Dow-Jones). En resumen, la lengua se acomoda a las nuevas necesidades comunicativas generando una gran diversidad de formas, dúctiles y complejas, que exigen del usuario un conocimiento más amplio y profundo de los recursos verbales.

Por otra parte, determinados sectores sociales se han interesado por la lengua como no lo habían hecho nunca hasta ahora. Los gobiernos y los parlamentos democráticos legislan normativas sobre transparencia informativa (datos sobre hipotecas, préstamos) o usos lingüísticos (idiomas en que deben etiquetarse los productos, leyes de normalización) para defender los derechos del consumidor y del hablante minorizado. Las empresas cuidan la calidad lingüística de sus mensajes para poder captar y fidelizar clientes en el mercado libre, internacional y competitivo en que se mueven; saben que el cliente elegirá a la empresa que se le dirija en su lengua, que un mailing claro y correcto vende, que un discurso persuasivo convence o que la sociedad es extraordinariamente sensible a la imagen corporativa -incluidos los mensajes verbales- que transmiten.

Ante estas circunstancias, cada día es más corriente que los agentes sociales (empresas, instituciones, profesiones liberales) busquen a un profesional calificado que pueda resolver las necesidades lingüísticas complejas que se presentan de manera puntual o permanente. Es así como surge un nuevo espacio profesional, destinado al lingüista experto que pueda dar respuesta satisfactoria a esta nueva realidad social. Se han acuñado varias denominaciones para designar este concepto (técnico, asistente o asesor lingüístico para la profesión; servicios lingüísticos y gabinete lingüístico para la actividad y la empresa), pero quizás la que haya tenido más fortuna es la de mediador lingüístico (Engel y Picht, 1990; Cabré, 1992), porque tiene fácil equivalente en otras lenguas (linguistic mediator, médiateur lingüistique), porque transmite la noción fundamental de "intervención" o "intercesión" entre dos partes en cuestiones lingüísticas, y porque la misma palabra se usa en otros contextos (abogacía, comunicación de masas) con valores paralelos.

La mediación lingüística aglutina actividades muy variadas, que pueden agruparse según el objeto de trabajo. Las intervenciones sobre una única comunicación oral (interpretación, preparación de guiones) o escrita (redacción, traducción, corrección y edición de documentos) son actos fungibles que actúan sobre una situación irrepetible. En cambio, la intervención sobre el registro (discurso, estilo, léxico) es generalizable y más duradera, ya que pretende elaborar el instrumento lingüístico que se usa en un conjunto homogéneo de comunicaciones. Ésta abarca desde actividades globales como la edición de manuales de estilo -a la manera periodística- o el estudio de la terminología del área especializada, en sus facetas de investigación, normalización y lexicografía, hasta acciones más concretas como la publicación de plantillas o formularios de documentos y la elaboración informática de programas de generación automática de textos.

Otras actividades intervienen sobre la documentación que genera un organismo (creación y gestión de archivos, sistemas de navegación, interfaces informáticas, etc.), sobre la formación lingüística del personal (asesoría lingüística; enseñanza de idiomas, redacción, etc.; desarrollo de sistemas de formación a distancia, centros de autoaprendizaje, etc.) o sobre la actualización tecnológica (con la implantación de nuevas tecnologías como el correo electrónico o el hipertexto). Por otra parte, en comunidades plurilingües, la mediación también incluye las tareas sociolingüísticas relacionadas con los procesos de planificación lingüística: análisis de datos, elaboración de planes de normalización, animación sociocultural, etc. En conjunto, el mediador/a asume actividades tan dispares como traducir un informe de auditoría del inglés al castellano, interpretar una conferencia, editar un pequeño vocabulario con los términos de un campo especializado, diseñar un impreso de solicitud, organizar los archivos informáticos de documentación, corregir cartas comerciales o una memoria, o preparar un comunicado de prensa, un pésame o el discurso del jefe.

No cabe duda de que la mediación lingüística pertenece conceptualmente al ámbito de la lingüística aplicada, aunque en la práctica pueda ubicarse en la intersección entre la filología tradicional, la lingüística, el periodismo o incluso las relaciones públicas. El mediador lingüístico profesional debe tener una formación superior interdisciplinaria, que incluya el dominio activo oral y escrito del idioma propio y varios extranjeros, conocimientos de lingüística teórica (generativa, computacional, análisis del discurso, pragmática) y aplicada (terminología, corrección, traducción, interpretación, redacción, lexicografía), y algunas nociones fundamentales de documentalismo y informática (nuevas tecnologías). Hasta ahora ninguna especialidad universitaria española ofrece esta formación inicial para un profesional de la lengua del presente y del futuro inmediato (quizás la titulación actual más cercana a este perfil sea la de Traducción e Interpretación).

Daniel Cassany

 

Bibliografía

Cabré, M. T. (1992) La terminologia. La teoria, els mètodes, les aplicacions. Barcelona: Empúries.

Engel, G.; Picht, H. (1990) "New professional profiles in knowledge engineering and knowledge transfer". En: Czap, H.; Nedobity, W. ed. TKE'90. Terminology and Knowledge Engineering. Supplement. Proceedings. International Congress on Terminology and Knowledge Engineering. Applications. 2-4, oct. 2 vols. Frankfurt/M.: Indeks Verlag. p. 47-61.

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