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de "Les revolucions de les òrbites celestes" (1543)
Revolució copernicana

Es una historia muy lejana. La época de Coppernicus (pues tal era su nombre) hace ya mucho tiempo que no es la nuestra; las ciudades y lugares de su vida nos han sido arrebatados; su ideario, abierto a la inmensidad del universo, debió de parecer a sus contemporáneos una quimera. Y, sin embargo, nuestro pensamiento y nuestra imagen del mundo serían distintos y más pobres de no haber sido por este hijo de un comerciante de Silesia, del que nada presagiaba que se dedicaría en el futuro a investigar el cosmos. Cuando se puso de manifiesto que Nicolás no había heredado el carácter vigoroso y sufrido de sus antepasados, pero que en cambio disponía de una inteligencia aguda e inquisitiva, las amplias relaciones del parentesco de su madre y una bolsa bien repleta revelaron su utilidad. En 1941 marchó a Cracovia donde además de medicina y teología estudió matemáticas y astronomía. Nicolás Copérnico conoció la astronomía de los antiguos: Heráclito (siglo V aC) había descrito el movimiento de rotación de la Tierra, y Aristarco de Samos (siglo III aC), el de translación.
El hombre que había de revolucionar la astronomía tuvo por ello que administrar todas las tareas que se le encomendaron a excepción de una, la corrección del calendario decidida por el V Concilio de Letrán en 1516. El motivo es que esta colaboración le habría delatado, pues no habría podido mantener oculto lo que en su intimidad consideraba una locura: la idea de que la Tierra no era el centro del universo, de que los cuerpos celestes no giraban a su alrededor, como todo el mundo podía ver en los días despejados, sino todo lo contrario, que la Tierra era un planeta más, un elemento no especialmente relevante de un enorme conjunto que se movía alrededor del Sol en una danza solemne y majestuosa.
Ya algunos pensadores griegos habían expresado conjeturas parecidas como posibilidad intelectual: Aristarco de Samos, como hemos citado, o los pitagóricos tardíos. Sin embargo, Aristóteles y Ptolomeo pusieron en juego toda su autoridad para defender la Tierra como centro del universo, y la Iglesia declaró sus teorías las únicas acertadas.
El platonismo le sirvió como principio intuitivo -la idea de que el Sol tenía que ser el centro del universo-, al mismo tiempo que hizo que se equivocara por lo que se refiere al movimiento circular de los planetas, y que mantuviera la idea de que el cosmos se encontraba cerrado entorno de un centro; también la filosofía platónica impregnada de la matemática pitagórica le llevo a pensar en un Universo regido por harmoniosas leyes geométricas.
Mientras el sistema geocéntrico encontraba dificultades para explicar los movimientos de los planetas, y sus defensores se veían obligados a proporcionar una ley para cada uno, Copérnico observó que, si se colocaba el Sol en el centro y la Tierra -con los otros planetas- girando alrededor y sobre sí misma, el cosmos adquiría verdaderamente un orden.
En aquella época no se podía atacar ni a la Iglesia ni a los grandes pensadores griegos sin exponerse a los más graves reproches o incluso a la persecución. El esquema ideológico del mundo estaba todavía firmemente ensamblado. Por eso hay que comprender a Copérnico, y reconocerle más sabiduría que pusilanimidad al no dar a conocer al mundo en panfletos triunfales la extraordinaria novedad que había descubierto y demostrado. Si algo le instó al fin a revelar datos fue la preocupación de no llevarse a la tumba su saber, su descubrimiento. Ésta es sin duda la explicación de un escrito llamado Commentariolus, que hizo llegar a manos de sus amigos eruditos, un resumen manuscrito de lo que hoy denominamos sistema copernicano. De revolutionibus orbium coelestium libri VI (Seis libros sobre los movimientos de los cuerpos celestes) es el título erudito y, sin embargo, inquietante de esta obra. En su dedicatoria al papa Pablo III, Copérnico afirma que la llevó consigo de un lado a otro durante 36 años antes de decidirse a publicarla. "En el centro del sistema reposa el Sol", escribe Copérnico en el capítulo décimo del Libro Primero. "En verdad, ¿quién podría -en ese templo resplandeciente- situar esa luz en otro lugar mejor que aquel desde el que puede iluminarlo todo a la vez? Pues no sin razón se le llama ojo del mundo, o el espíritu, o también su guía".
Kepler, Galileo y Newton mejoraron los cálculos de Copérnico y llevaron más lejos sus reflexiones, completaron la demostración. No obstante, la idea y el mérito de sacarla a la luz pertenecen por entero a Copérnico.
El libro fue toda una revolución también en el sentido moderno, ya que cambió totalmente la visión del cosmos. Pero no tuvo el impacto inmediato que se esperaba, quizá por el hecho que su editor, Ossiander, por miedo a la reacción de los aristotélicos y de la Iglesia escribió un prólogo donde advertía que el autor no había pretendido describir la disposición real de los planetas, sino tan solo una hipótesis y un nuevo método que permitía calcular más fácilmente los movimientos. Además, también se mantuvo a salvo gracias a que la iglesia de Ermland conocía la honestidad, seriedad y religiosidad de Copérnico. La dedicatoria al papa protegió asimismo su explosivo contenido, mientras los espíritus sutiles de las facultades teológicas estudiaban la obra copernicana.
A pesar de esto, las objeciones llegaron i los aristotélicos, defendiendo el sistema geocéntrico, argumentaban que si la Tierra se moviera, su rotación sería tan rápida que se pondría incandescente y lo notaríamos; además, las nubes y los pájaros se quedarían atrás, los objetos no bajarían de forma perpendicular si los lanzáramos desde lo alto de una torre, y cuando hiciéramos un salto no caeríamos en el mismo sitio.
Su libro, sobre las órbitas celestes, como también se conoce, fue incluido en el êndex librorum prohibitorum (lista de libros prohibidos) y hasta 1757 fue una obra prohibida, que nadie podía leer sin incurrir en pecado. Y durante mucho más tiempo todavía más de uno ha dudado por unos momentos al oír que no era el Sol el que recorría el cielo, sino la Tierra la que daba vueltas alrededor del Sol, pues ahí residía la violenta ruptura de la revolución copernicana: enseñaba a los hombres algo que, aparentemente, contradecía la apariencia, algo que se podía rebatir con la obvia y diaria salida y puesta del Sol. De haber aflorado antes a la luz pública, tal vez lo habrían tomado por loco y ni siquiera lo habría considerado un hereje. De esa forma su libro sobre los movimientos de los cuerpos celestes fue, en cierto modo, el regalo de despedida de un hombre a sus coetáneos. Copérnico era consciente de que cuando los eruditos se enfrentasen a su obra llevaría ya mucho tiempo a salvo de cualquier polémica.
Copérnico murió poco después de la publicación de sus tesis y no pudo entrar en la polémica. Quien lo hizo, y muy duramente hasta el final fue Giordano Bruno, cosa que le llevó a ser quemado en la hoguera en el año 1600.


Sonia Ruiz  (AVD'09)
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