HOPKIRK, P. (1997) Demonios extranjeros en la ruta de la seda. Barcelona, Laertes, pp. 29-54
AUGE Y DECLIVE DE LA RUTA DE LA SEDA
En el último rincón de Asia Central, donde China prueba sus armas nucleares y vigila con recelo a la vecina Rusia, se extiende un vasto océano de arena en el que han desaparecido caravanas enteras sin dejar rastro. Durante más de mil años, el desierto del Taklamakan se ha ganado, merecidamente, una pésima reputación entre los viajeros. Aparte del puñado de hombres que se han atrevido ainternarse en sus traicioneras dunas, de hasta noventa metros de altura, a lo largo de la historia las caravanas han bordeado el desierto, siguiendo la hilera de solitarios oasis que jalonan su perímetro. Pero incluso allí, a menudo la arena borraba los mal indicados senderos y durante siglos, una triste procesión de mercaderes, peregrinos, soldados y otros aventureros dejaron sus huesos en el Taklamakan tras haber perdido el camino entre dos oasis.
Algunas de las cadenas montañosas más altas del mundo rodean al Taklamakan por tres de sus lados y el desierto del Gobi cierra su cuarta frontera; así pues, hasta sus límites son peligrosos. Muchos viajeros han muerto por congelación o han perdido pie y se han precipitado al abismo en los desfiladeros helados que conducen al desierto desde el Tíbet, Cachemira, Afganistán y Rusia. En el invierno de 1839, una avalancha de nieve barrió de un plumazo una caravana de cuarenta hombres y todavía hoy hombres y animales siguen pereciendo allí cada año.
No hay viajero que tenga algo bueno que decir del Taklamakan. Sven Hedin, uno de los pocos europeos que lo han cruzado, lo llamó "el peor y más peligroso desierto del mundo". Stein, que lo conoció aun mejor, consideraba "dóciles" los desiertos de Arabia en comparación con éste. Sir Percy Sykes, el geógrafo que fue cónsul general británico en Kashgar, lo denominó "Tierra de Muerte" y su hermana Ella, veterana viajera del desierto, lo describió como "una desolación verdaderamente abominable".
Aparte de los peligros más evidentes, como perder el camino y morir de sed, el Taklamakan posee horrores especiales que ofrecer a los intrusos. Von Le Coq, en su libro Buried Treasures of Chinese Turkestan (Tesoros enterrados en el Turquestán chino), describe la pesadilla de quedar atrapado en lo que más teme toda caravana, el kara-buran o huracán negro:
"De repente el cielo se oscurece... un momento después la tormenta estalla sobre la caravana con espantosa violencia. Enormes masas de arena y piedras se elevan enérgicamente formando remolinos y se precipitan sobre hombres y bestias; la oscuridad aumenta y el extraño fragor de las colisiones se mezcla con el rugir y aullar de la tormenta... es como un infierno desatado... cualquier viajero atrapado por semejante tempestad debe, a pesar del calor, envolverse con fieltro para evitar que le hieran las piedras que vuelan con furia a su alrededor. Hombres y caballos deben tumbarse y soportar la ira del huracán que a menudo se prolonga durante horas."Otros exploradores europeos que sobrevivieron a este tipo de tormentas —entre ellos Hedin— han dejado descripciones similares. Mantener la calma era vital. En 1905, una caravana de sesenta jinetes que escoltaba un cargamento de lingotes de plata hacia el oasis de Turfan, pereció al ser alcanzada por un buran tan poderoso que llegó a derribar los carros con su pesada carga. "Los sesenta jinetes chinos —cuenta von Le Coq— huyeron hacia el desierto, donde más tarde se encontraron algunos cuerpos momificados de hombres y animales; los otros habían desaparecido por completo, pues la tormenta gusta de enterrar a sus víctimas". Fue un caso claro de pánico entre los caballos, si no lo fue también entre los jinetes. Pero, según los chinos, son los demonios que moran en el desierto quienes provocan estas catástrofes y seducen a los hombres para que acaben muriendo de sed.Xuanzang, el gran viajero chino que en el s. VII cruzó el Taklamakan en su camino a la India, describe así a estos demonios: "Cuando los vientos se levantan, tanto hombres como bestias se tornan dubitativos y olvidadizos, quedando totalmente incapacitados. A veces se oyen notas tristes y lastimeras y gritos quejumbrosos, de manera que las visiones y los sonidos del desierto confunden a los hombres, que ya no saben a dónde van. Por eso hay tantos que perecen durante el viaje. Pero todo se debe a la acción de los demonios y espíritus malignos"
Sir Clarmont Skrine, cónsul general británico en los años veinte, nos ha dejado una vívida imagen del desierto en su libro Chinese Central Asia (Asia Central China). "Hacia el norte, en la claridad del amanecer, la vista es indescriptiblemente imponente y siniestra. Las dunas amarillas del Taklamakan, como olas gigantescas de un océano petrificado, se extienden en miríadas innumerables hasta un lejano horizonte. Aquí y allá destaca una colina de arena de un tamaño extraordinario, como si fuera una duna reina alzándose sobre sus compañeras. Parecen vociferar en silencio, aquellas dunas, llamando a viajeros que devorar, a caravanas enteras que engullir como tantas otras engulleron en el pasado".
Skrine, que durante dos años y medio dirigió este delicado puesto de observación donde confluían tres imperios —los de China, Rusia y Gran Bretaña—, recuerda haber hablado con un anciano viajero chino que llegó a Kashgar desde "la China propiamente dicha" vía los desiertos de Gobi y Taklamakan. Contó a Skrine que en una de las etapas del viaje había marchado durante cincuenta días sin ver un alma.
El coronel Mark Bell, vicecónsul y director del servicio de información militar del ejército indio, había cubierto, casi cuarenta años antes, los cinco mil quinientos kilómetros que separan Pekín de Kashgar. El objetivo secreto de su viaje era valorar si los chinos serían capaces de resistir un avance ruso hacia la India a través de Asia Central. El coronel y el joven teniente Younghusband (más tarde Sir Francis Younghusband), compitieron por diferentes rutas desde Pekín a la India, ganando Bell por cinco semanas.
Posteriormente, el coronel escribió con cierto desdén sobre el Gobi: "El agua es fácil de obtener, ya que suele estar cerca de la superficie. A los viajeros les gusta exagerar sobre la travesía del desierto, pero no es tan dura. Antes de que dejáramos Kashgaria tuvimos buenas razones para pensar que los días en el Gobi habían sido agradables en comparación con las colinas y llanuras del desierto kashgaro...". Por supuesto, se refería a los márgenes del Taklamakan que él, como la mayoría de los viajeros, bordeó prudentemente.
A lo largo de los años, este poco conocido rincón de China ha recibido numerosas denominaciones, tanto en los mapas como en los escritos de los viajeros. Varias veces estuvieron en boga los nombres de Tartana China, Alta Tartana, Turquestán Chino, Turquestán del Este, Asia Central China, Kashgania, Serindia y Xinjiang. Cuanto más antigua es una denominación, más indefinidas son las fronteras, si bien todas incluyen el Taklamakan. Algunos victorianos utilizaron Alta Asia, apelativo que comprendía también el Tibet, "la erupción más asombrosa de la faz de nuestro planeta", como una vez lo describió Sven Hedin.
En las crónicas históricas Han de hace dos mil años aparece el Taklamakan como Liu Sha o "Arenas Móviles" porque sus dunas amarillas están siempre en movimiento, empujadas por los vientos implacables del desierto. Hoy en día, los meteorólogos e hidrógrafos se refieren a él de forma más aséptica como la cuenca del Tarim, en alusión al río de origen glaciar que, cruzándolo en dirección este, desemboca en las aguas poco profundas del lago de Lobnor (el enigma del misterioso "vagabundear» de este lago sénía finalmente resuelto por Sven Hedin). En el mapa de la China actual una mancha ovalada en el corazón de la actual Región Autónoma Uygur de Xinjiang señala el Taklamakan, que en turki significa "entra y no saldrás".
Cuatro fronteras casi inexpugnables protegen al Taklamakan y a sus oasis de los intrusos menos audaces. Al norte-se alza el majestuoso Tianshan, al oeste se encuentra el Pamir ("El Techo del Mundo»), al sur se extienden las cordilleras del Karakorum y Kunlun. Sólo el oeste queda libre de montañas; pero la naturaleza ha situado allí dos obstáculos más: los desiertos de Lob y Gobi. La mayoría de los exploradores británicos (exceptuando a Bell y Younghusband) llegaron a Asia Central china cruzando los pasos del Karakorum, que a veces alcanzan los cinco mil ochocientos metros de altura. Hedin llamó a esta inhóspita ruta via dolorosa por las muchas vidas que se llevó, tanto de hombres como de animales. Más recientemente, en 1950, un viajero escribió: "Hasta que no llegamos a la llanura no pendimos de vista los esqueletos; la continua hilera de huesos y cuerpos nos servía de horrible guía cuando no estábamos seguros del camino". En The Lion River (El río León), un relato sobre la exploración del río Indo, Jean Fairley señala: "Nada crece en la ruta del Karakorum y el viajero debe llevar los alimentos que necesita para él y sus animales; bestias sobrecargadas con bienes de comercio, en lugar de pienso, han muerto a millares en este paso". Sir Aurel Stein, por su parte, describió maliciosamente la ruta del Karakonum como una excursión para señoritas.
En el siglo XIX existía además un riesgo que no podía tomarse a la ligera: el de ser asesinado. Todo aquel que se adentrara en esta terrible tierra montañosa podía ser presa fácil de las tribus locales (aún en 1906 Stein llevó consigo un pequeño ejército) y la ausencia de ley costó la vida a varios europeos, entre ellos a Dalgleish, Hayward y Moorcroft. Claro que ello no disuadió a nadie; tales peligros eran parte del reto de Asia Central. Hoy en día, la carretera que cruza el Karakorum ha terminado definitivamente con la era de alquilar mulas y ponis, cocineros y culis, con el vértigo que supone abrazarse al saliente de una montaña esquivando avalanchas y balas, con la verdadera esencia de viajar por Asia Central.
Pero los hombres cuyas hazañas nos interesan pertenecieron a la época anterior (aunque Sven Hedin, el primero de ellos, murió en fecha tan reciente como 1952). Para conseguir su propósito estuvieron dispuestos a soportar grandes privaciones, muchos peligros y, si era necesario, a morir en este rincón inhóspito y aislado de Asia. ¿Qué fue lo que les arrastró tan poderosamente al Taklamakan, con sus inviernos crueles y veranos abrasadores? Para entenderlo es necesario retroceder unos dos mil años en la historia de China.
* * * Un siglo antes del nacimiento de Cristo, un joven y emprendedor chino llamado Zhang Oian se dispuso a cruzar su país para desempeñar una misión secreta en las regiones del oeste, entonces remotas y misteriosas. A pesar de que no pudo cumplir su objetivo inmediato, el viaje resultó ser uno de los más importantes de la historia, puesto que desencadenó el descubrimiento de Europa por China y el nacimiento de la Ruta de la Seda. Zhang Qian,
famoso por su fuerza y valentíaa, habbía sido enviado a este viaje de apertura de nuevos caminos por Han Wudi (141-87 a. C.), el emperador Han que a la sazón se enfrentaba a ataques cada vez más frecuentes de los viejos enemigos de China, los xiongnu. Este pueblo guerrero, descendiente de los hunos de Turkic encarnaría más tarde en Europa a los devastadores hunos de nuestros propios libros de historia. Sus incursiones en China habían comenzado durante el período de los Estados Combatientes (476-206 d. C.) y habían impulsado, en el 221 d.C., la unificación de los tramos de la Gran Muralla por el emperador Qin Shihuangdi.
El emperador Wudi, el Hijo del Cielo según su título oficial, supo por prisioneros hunos que éstos habían derrotado años atrás a otro pueblo centroasiático, los yuezhi, habían utilizado la calavera de su jefe para beber en ella y les habían obligado a huir hacia el oeste, más allá del desierto de Taklamakan. Allí, los yuezhi esperaban el momento de vengar su derrota, para lo que necesitaban un aliado. Wudi decidió contactar de inmediato con ellos y proponerles la unión de sus fuerzas para atacar a los xiongnu desde dos frentes a la vez, vanguardia y retaguardia.
Buscó entonces a alguien apropiado para esta peligrosa misión, en la que el emisario debería atravesar territorio en poder de los hunos antes de llegar a la región de los yuezhi. Zhang Qian, oficial de la casa imperial, se ofreció voluntario y fue aceptado por el emperador. En el año 138 a. C. partió con una caravana de cien hombres dispuestos a correr el riesgo, pero en la actual provincia de Gansu los xiongnu atacaron la caravana, atraparon a los supervivientes y les mantuvieron cautivos durante diez años. Zhang recibió un buen trato - incluso una esposa - de sus captores; sin embargo, con la idea de escapar tarde o temprano, conservó durante su cautividad el símbolo de embajador de Wudi, la cola de un yac. Un día, aprovechando que poco a poco sus guardianes les habían ido permitiendo una mayor libertad, Zhang y el remanente de su expedición consiguieron huir y continuar su viaje hacia el oeste.
Por fin llegaron al territorio de los yuezhi (los futuros indo-escitas que reinarían en el noroeste de India) para descubrir que, en los años que habían transcurrido desde su derrota, éstos habían prosperado, se habían establecido y ya no tenían ningún interés en vengarse de sus antiguos enemigos. Zhang permaneció un año con los yuezhi, reuniendo la mayor cantidad de información posible sobre ellos y otras tribus de Asia Central. Cuando regresaba a la corte, fue capturado de nuevo en territorio huno. Por suerte, consiguió escapar una vez más aprovechando la confusión causada por el repentino estallido de una guerra civil entre los xiongnu. Finalmente, tras una ausencia de trece años, cuando ya hacía largo tiempo que se le daba por muerto, Zhang llegó a Chang'an, la capital Han, y se presentó ante el emperador. De la expedición original de cien hombres, sólo uno, además de él mismo, llegó a casa con vida.
La información que Zhang Oian trajo consigo - militar, política, económica y geográfica - causó sensación en la corte Han. Gracias a su emisario, el emperador supo de los ricos y antes desconocidos reinos de Ferghana, Samarcanda, Bokhara (los tres actualmente en Asia Central ex-soviética) y Balkh (ahora en Afganistán). También por primera vez los chinos conocieron la existencia de Persia y de otra tierra lejana llamada Lijian (probablemente Roma, en opinión de los especialistas actuales). Pero más importante en aquel momento fue el hallazgo en Ferghana de una sorprendente raza de caballos de guerra de linaje "celestial" según Zhang Qian. Rápidos, grandes y poderosos, estos caballos constituyeron una auténtica revelación para los chinos, que hasta entonces sólo habían utilizado los caballos locales, pequeños y lentos, hoy llamados de Prejevalsky y que únicamente se conservan en los zoos.
Wudi comprendió que estos animales constituirían una caballería de guerra ideal para combatir a los molestos hunos y decidió equipar a su ejército con ellos. Mandó una expedición a Ferghana para adquirir algunos caballos, pero desapareció en el camino, como ocurrió con sucesivas expediciones. El emperador envió entonces una fuerza mucho mayor, acompañada de veterinarios, para sitiar Ferghana. Ante esto, los habitantes de la ciudad reunieron todos sus caballos en el interior de la misma y amenazaron a los chinos con matarlos y suicidarse si se acercaban. Pronto se acordó una rendición digna y los chinos volvieron a casa con sus corceles. Aunque se extinguieron hace mucho tiempo, estos "caballos celestiales" fueron inmortalizados por los escultores y otros artistas de las dinastías Han y Tang. El ejemplo más espléndido es el Caballo volador, una escultura anónima en bronce de la dinastía Han, famosa en todo el mundo, que los arqueólogos chinos descubrieron en 1969 en la Ruta de la Seda, cerca de Xian, la antigua capital del emperador Wudi.
Plenamente satisfecho de su emisario, que había demostrado un gran valor en este histórico viaje, el emperador le otorgó el titulo de "Gran Viajero". Wudi, que ahora estaba decidido a extender su imperio hacia el oeste, envió muchas otras expediciones y en el 115 aC., Zhang Qian dirigió una de ellas con la misión de obtener la alianza de los wusun contra los hunos. Por segunda vez fracasó. ya que para este pueblo nómada que vivía en la frontera oeste de los xiongnu, China era un país lejano y los hunos un peligro demasiado cercano. Poco tiempo después de regresar de su misión, el Gran Viajero murió con todos los honores de su emperador. Todavía hoy se le venera en China: fue él quien abrió el camino al oeste que a la larga uniría las dos potencias del momento, la China Imperial y la Europa Imperial. Se le puede considerar, con toda justicia, el padre de la Ruta de la Seda.
* * * A pesar de ser una de las grandes rutas más antiguas de la historia, la Ruta de la Seda recibió su sugerente nombre hace relativamente poco tiempo, en el siglo pasado, de un estudioso alemán, el barón Ferdinand von Richthofen. Es un apelativo algo engañoso, pues además de existir más de una ruta, las caravanas que la utilizaban para cruzar China, Asia Central y Oriente Medio, transportaban mucho más que seda. Año tras año se fue extendiendo, a medida que los emperadores Han ampliaban las fronteras de China hacia cl oeste y quedó a merced del ataque de los hunos, tibetanos y otros pueblos. Por ello, los chinos se vieron obligados a proteger el libre flujo de mercancías con el establecimiento de guarniciones y puestos de vigilancia y, como parte de esta política de expansión, ampliaron la Gran Muralla hacia el oeste, en similitud con las limes romanas.
La Ruta de la Seda comenzaba en Chang’an, actual Xian, y se dirigía a! noroeste, pasando por el corredor de Gansu hasta la ciudad de Dunhuang en el desierto de Gobi, un oasis fronterizo destinado a jugar un papel fundamental en esta narración. Desde Dunhuang continuaba hasta la famosa Puerta de Jade (o Yumenguan) y allí se dividía en dos caminos que bordeaban el desierto del Taklamakan por el norte y por el sur.
La ruta del norte avanzaba cruzando el desierto hasta Hami, a casi tres semanas de camino. Después, sin apartarse de las estribaciones del Tianshan, o "montañas celestiales", seguía la hilera de oasis que punteaban el límite norte del Taklamakan: Turfan, Karashahr, Kucha, Aksu, Tumchuq y Kashgar. La ruta del sur se abría paso entre la pared norte del Tíbet y el margen del desierto. Era también un camino entre oasis y pasaba por Miran, Endere, Niya, Keriya, Khotan y Yarkand. Desde ahí se volvía hacia el norte, bordeando el final de! Taklamakan, y se unía a la ruta del norte en Kashgar. Desde Kashgar, la Ruta de la Seda continuaba hacia el oeste en un largo y peligroso ascenso al Alto Pamir, el "Techo del Mundo" por el que salía de territorio chino para entrar en lo que actualmente es Asia Central ex-soviética; continuaba vía Khokand, Samarcanda, Bokhara y Merv, a través de Persia e Iraq, hasta la costa del Mediterráneo, desde donde los barcos llevaban la mercancía a Roma y Alejandría.
Existían además otros caminos adyacentes: uno de ellos abandonaba la ruta del sur al final del Taklamakan y seguia por Balkh, en el norte del actual Afganistán, hasta unirse a la ruta del oeste en Merv; un importante ramal de la Ruta, esta vez hacia la India, partía del camino del sur en Yarkand, ascendía por los peligrosos pasos del Karakorum, las "Puertas de la India", hasta las ciudades de Leh y Srinagar, antes de comenzar el fácil descenso a los mercados de la costa de Bombay; por fin, el llamado por los chinos "camino del centro" en el límite este del sendero, salía de la Puerta de Jade, bordeaba la orilla norte del que Hedin llamó "lago vagabundo" en Lobnor y pasaba por la floreciente ciudad-oasis de Loulan, antes de retomar la ruta principal del norte.
La Ruta de la Seda basaba enteramente su existencia en la serie de oasis estratégicamente situados, separados por tan sólo unos pocos días de marcha, que cercaban el Taklamakan. A su vez, la supervivencia de estos oasis dependía de los ríos que, alimentados por glaciares, descendían desde las enormes cordilleras que rodean, en forma de herradura, al gran desierto. A medida que se incrementaba el tráfico en la Ruta, los oasis dejaban de ser meros puestos de descanso y reabastecimiento para las caravanas y ganaban importancia como centros comerciales de pleno derecho. Con el paso de los siglos, los oasis más grandes y prósperos iban extendiendo su poder a las reáiones circundantes, llegando a constituirse en principados feudales independientes o pequeños reinos.
De este modo, se convirtieron en un objetivo cada vez más atractivo para los xiongnu y otros pueblos, ansiosos por obtener una parte de los beneficios de la Ruta de la Seda. Como el comercio empezaba a reportar una considerable riqueza a la China de los Han, se estableció una constante lucha entre los chinos y aquéllos que amenazaban esta arteria económica. Periódicamente, los chinos perdían el control sobre la Ruta, que caía bajo el dominio de las tribus bárbaras o de cualquier señor feudal independiente. El nuevo dueño exigía entonces tributo por el salvoconducto de los bienes en tránsito o simplemente saqueaba las caravanas, hasta que los chinos recuperaban el poder mediante la fuerza de las armas, algún tratado o salvajes represalias.
Aunque los chinos ejercieran una vigilancia férrea sobre la Ruta, las caravanas solían ir armadas o con escolta, ya que existía también el riesgo de sufrir el ataque de los bandidos en alguna de las etapas más solitarias del camino (especialmente de los tibetanos que acechaban en el Kunlun). Todo ello hacía el viaje costoso, lo que a la larga estimulé el desarrollo de las rutas por mar y mientras tanto, encare-cié extremadamente el precio de los bienes. Pero a pesar de estos peligros e interrupciones, la Ruta de la Seda continuaba prosperando.
* * * Los romanos estaban firmemente convencidos de que la seda crecía en los árboles. Según Plinio, "los seres son célebres por la lana de sus bosques. Retiran la pelusa de las hojas con agua". También Virgilio describió cómo los "chinos peinan las hojas para obtener su delicada pelusa". Los seres, por su parte, no tenían ninguna intención de disipar estos mitos. Aunque deseosos de vender su seda, cuyo secreto habían descubierto unos mil años antes, estaban decididos a seguir manteniendo el monopolio de su comercio. Durante otros seis siglos lo consiguieron, hasta que los primeros huevos de gusanos de seda fueron introducidos de contrabando en Bizancio, posiblemente por monjes nestorianos que los escondieron, según se cree, en el interior de un palo de madera hueco.
Los primeros romanos que se toparon con este nuevo y revolucionario tejido pertenecían a las siete legiones de Marcus Licinius Crassus, que en el año 53 a. C. perseguían a los partos al otro lado del Éufrates. De improviso, en Carras, los jinetes fugitivos dieron media vuelta y
descargaron a sus espaldas una lluvia mortal de flechas que rompió la formación romana. Se trataba del temible disparo parto: una sola flecha podía traspasar a dos hombres o clavar las manos de otros en sus escudos. Aun así, los tenaces legionarios se habrían mantenido firmes de no haber sido por lo que vino después: lanzando sus salvajes gritos de guerra, los partos desplegaron de pronto, bajo la resplandeciente luz del sol, grandes y brillantes estandartes de seda ante los ojos de sus ya desmoralizados enemigos. Los romanos, que nunca habían visto nada parecido, huyeron, dejando atrás unos veinte mil muertos.
Los romanos sabían que los partos eran guerreros, poco sofisticados, incapaces de inventar y fabricar un tejido "tan ligero como una nube" y "transparente como el hielo". Pero, ¿dónde lo habían conseguido? Los espías romanos pronto averiguaron que provenía del "pueblo de la seda", una tribu misteriosa que vivía en la parte más lejana de Asia Central. Lo cierto es que una de aquellas primeras expediciones comerciales del emperador Wudi había llegado, siguiendo los pasos de Zhang Qian, a la lejana Partia, donde canjeó cierta cantidad de seda por un huevo de ostra y algunos magos. El Hijo del Cielo, según los anales chinos, había quedado encantado con ambas cosas.
Sin pérdida de tiempo, los romanos se las arreglaron para obtener muestras del nuevo tejido, tan seductor a la vista y delicado al tacto, y estaban impacientes por conseguir más. Al mismo tiempo, los partos cayeron en la cuenta de que podrían hacer fortuna como intermediarios en este nuevo comercio. Muy pronto, las prendas de seda para ambos sexos hacían furor en Roma. Tanto es así que en el año 14 dC., temiendo que la seda se estuviera convirtiendo en fuente de decadencia, Tiberio prohibió que los hombres se vistieran con ella. Plinio censuró en sus escritos las nuevas prendas transparentes con las que "parecía que las mujeres estaban desnudas" y acusó a las mujeres romanas de desecar la economía de la nación con su sed de seda.
A pesar de la desaprobación oficial, su comercio seguía floreciendo y alrededor del año 380 un historiador romano informaba: "el uso de la seda, en un tiempo limitado a la nobleza, se ha extendido a todas las clases sin distinción, incluida la más baja". Hay quien dice, sin embargo, que llegó a ser tan cara que alguna vez cambió de manos por su peso exacto en oro, aunque algunos especialistas lo cuestionan. De cualquier manera, Roma tenía que pagarla en oro y el crecimiento continuado de su demanda comenzó a tener consecuencias cada vez más graves para la economía. Una buena parte de los beneficios iba a parar a los bolsillos de los intermediarios de la ya floreciente Ruta de la Seda en vez de a sus tejedores, los seres, que habitaban la lejana China. Ya en el siglo I dC, ciertos comerciantes con iniciativa habían enviado emisarios a explorar nuevas rutas para evitar a los avariciosos partos y hacia el siglo II dC algunos fardos de seda empezaron a llegar a Roma por mar desde la India, lo que supuso un ahorro considerable. Con el fin de preservar su valioso monopolio, los comerciantes partos difundieron aterradoras historias sobre los peligros del viaje por mar. Sabemos que así consiguieron disuadir al menos a una expedición china a Occidente.
Pero en la Ruta de la Seda se transportaban muchas otras mercancías además de seda. Las caravanas rumbo a China iban cargadas con oro y otros metales valiosos, tejidos de lana y lino, marfil, coral, ámbar, piedras preciosas, asbesto y cristal, que no empezó a fabricarse en China hasta el siglo V. Las caravanas que partían de China llevaban pieles, cerámica, hierro, lacas, corteza de canela y ruibarbo y objetos de bronce como hebillas de cinturón, armas y espejos. No todos estos bienes recorrían la totalidad de la Ruta; algunos se canjeaban o vendían en oasis y ciudades del camino donde eran sustituidos por otros artículos, como el jade, que más adelante podrían reportar mayores beneficios. También fueron pocas, si es que hubo alguna, las caravanas que viajaron todo el trayecto, unos catorce mil quinientos kilómetros sólo de ida. En Roma nunca se vieron mercaderes chinos, ni hubo comerciantes romanos en Chang’an. A los partos, desde luego, no les interesaba que esto ocurriera.
Tenían buenas razones para impedir que los compradores de las mercancías que pasaban por su territorio descubrieran su verdadero precio. Además, ningún animal de carga - entre los que se contaban camellos, caballos, mulas, burros, bueyes y yacs en los pasos de Pamir y Karakorum - habría podido sobrevivir a un viaje tan largo. Las caravanas solían cambiar de animales en los puestos de descanso; aun así, miles de bestias perecían cada año en esta penosa travesía.
* * * Por la gran ruta transasiática viajó otra "mercancía" que llegó a ser bastante más importante que la seda, pues revolucionó el arte y el pensamiento, no sólo de China sino de todo el Lejano Oriente. Nos referimos al amable credo budista, que predica la compasión hacia toda criatura viviente y que surgió en el siglo VI aC en el nordeste de la India. La conversión del Rey Ashoka en el siglo III aC significó la adopción de este credo como religión oficial de su imperio, que en aquel entonces ocupaba casi toda la India. Según la leyenda, el budismo llegó a China a consecuencia del sueño que tuvo el emperador Mingdi, de la dinastía Han, en el siglo I dC, en el que vio una figura dorada dentro de un halo de luz flotando en la habitación. Al día siguiente reunió a sus sabios y les pidió una interpretación. Tras deliberar entre ellos, concluyeron que el emperador había visto a Buda (en China ya se había oído hablar de la nueva fe). Inmediatamente enviaron a un emisario a la India para que se informara sobre el budismo y sus enseñanzas. Volvió a la corte del emperador, después de una larga ausencia, cargado de pinturas y textos sagrados y acompañado de monjes indios que explicaron su religión al emperador chino. Leyenda o no, lo cierto es que a partir de entonces, miles de misioneros y peregrinos comenzaron a viajar por China, Asia Central y la India. Además de textos y libros sagrados, trajeron consigo otros objetos artísticos de la nueva religión que asombraron y deleitaron a los refinados chinos.
La expansión del budismo no sólo significó una nueva religión para China sino que además - lo que es de vital importancia para esta historia - proporcionó al mundo un estilo artístico enteramente nuevo que se ha dado en llamar serindio, término compuesto por las palabras seres (chinos) e India. Lógicamente, debería haber consistido en la simple fusión del arte budista indio y el arte de la China Han y es muy probable que así hubiera ocurrido de no ser por el gran macizo del Himalaya que con tanta eficacia impide el contacto directo entre China e India. Esta impenetrable frontera obligó a la doctrina y al arte budista a dar un rodeo, en el que poco a poco fueron absorbiendo nuevas influencias. Su verdadero punto de partida no fue la India propiamente dicha, sino el reino budista de Gandhara, situado en el valle de Peshawar, en lo que hoy es el noroeste de Paquistán. En este lugar ya se había producido la fusión de otros dos estilos artísticos, el arte budista indio, que los invasores kushana (descendientes de los yuezhi) importaron en el siglo I dC, y el arte griego, introducido en la región cuatrocientos años antes por Alejandro Magno.
El producto más revolucionario de la escuela greco-budista (o de Gandhara) fue la representación de Buda con forma humana. Hasta entonces, siempre se le había retratado por medio de símbolos místicos, como una huella aislada, una rueda, un árbol, un stupa o caracteres sánscritos, ya que, según la teología budista, se trataba de un ser que había dejado de existir y había accedido al Nirvana, escapando del ciclo infinito de renacimientos. Los escultores de Gandhara tallaron un Buda de rasgos claramente helenísticos - nariz y frente rectas y bien definidas, labios clásicos y pelo ondulado, vestido con una túnica diáfana en forma de toga en lugar del habitual dhoti - que también tenía atributos de la iconografía india: ojos saltones y párpados pesados, cara ovalada y carnosa y lóbulos alargados, que simbolizan cómo el Buda se deshizo de los pendientes de piedras preciosas con los que se adornaba cuando era un príncipe rico, antes de su conversión a una vida dedicada a la abnegación y la enseñanza.
Los primeros viajeros occidentales que llegaron a la región de Gandhara desde la India en el siglo XIX quedaron asombrados ante unas representaciones artísticas tan diferentes a "las formas rechonchas, convulsas y llenas de muecas" del arte religioso indio al que estaban acostumbrados. En su precipitación por obtener piezas para museos y colecciones, cometieron daños irreparables en los templos y yacimientos. El clima, por su parte, había borrado las pinturas murales, por lo que conocemos el genio de los artistas greco-budistas casi exclusivamente a través de las esculturas talladas en el esquisto gris de la región.
Fue este arte de Gandhara, en lugar del arte budista de la India, el que atravesó los desfiladeros del norte, junto con el mensaje revolucionario del budismo, hasta Asia Central china. Desde allí, viajó lentamente con los misioneros, mercaderes y peregrinos que recorrían la recién fundada Ruta de la Seda y fue absorbiendo poco a poco influencias de otros estilos, entre ellos el chino. El avance de la nueva religión por los oasis que bordeaban el desierto del Taklamakan trajo como consecuencia la proliferación de monasterios, grutas y stupas, construidos con el dinero de los gobernantes locales y de los comerciantes acaudalados, que deseaban invocar protección para sus caravanas o agradecer un viaje provechoso. Creían, además, que los regalos y donaciones eran actos meritorios que les podrían ayudar a escapar al ciclo de reencarnaciones de este mundo. En muchas de las pinturas murales descubiertas en los santuarios de la Ruta de la Seda se representa a donantes o benefactores en actitud piadosa (igual que en las obras del Renacimiento cristiano europeo). Son tanto hombres como mujeres y a veces aparecen sus nombres junto a ellos.
A medida que la nueva fe ganaba conversos, muchos peregrinos partían hacia el oeste por la Ruta de la Seda en busca de las fuentes originales, escrituras y lugares sagrados de su religión. Cruzaban los pasos del Karakorum y el Pamir hacia Gandhara, que se había convertido en una segunda Tierra Santa para el fiel budista y, por lo tanto, también para los indios. Algunos viajeros dejaron descripciones detalladas de la vida en las flore-cientes ciudades-oasis del desierto del Taklamakan. Uno de los primeros fue Faxian, que hizo a pie la mayoría del trayecto.
En su famoso libro de viajes, traducido al inglés por primera vez en 1869, Faxian describe el Reino de Khotan, en la rama sur de la Ruta de la Seda, tal como lo conoció en el 399 d. C: "Este país es próspero y feliz. Su gente es adinerada. Todos han recibido la fe y su entretenimiento es la música religiosa. Los monjes se cuentan por decenas de miles." Describe un monasterio, llamado el Nuevo Monasterio del Rey, que habían tardado ochenta años y tres reinados en construir, cuya exuberancia le impresionó profundamente: "Tiene unos setenta y cinco metros de altura; su ornamentación, tallada con incrustaciones de oro y plata, está rematada con las siete preciosidades, como es preceptivo. Detrás de la pagoda hay una Sala del Buda decorada con gran esplendor: las vigas, pilares, puertas y ventanas correderas son todas doradas. Además, hay habitaciones para monjes, igualmente ornamentadas con tal habilidad que no se puede expresar con palabras". Las siete preciosidades a las que se refiere son el oro, la plata, el lapislázuli, el cristal, el rubí, la esmeralda y el coral.
Faxian, que permaneció tres meses en Khotan, indica que había catorce grandes monasterios en el reino, "sin contar los más pequeños". A la puerta de cada casa se alzaba una pagoda, "siendo la más pequeña de unos seis metros de altura". Sus habitantes eran generosos y hospitalarios, "preparan habitaciones para los monjes peregrinos y las ponen a disposición de sus huéspedes, junto con cualquier otra cosa que deseen."
Más adelante, describe un festival budista en el que participaba la corte real: "Al comienzo, en el primer día de la cuarta luna, barren y riegan las calles principales de la ciudad y decoran las laterales. Frente a la puerta de la ciudad despliegan una gran tienda profusamente ornamentada bajo la cual se sitúan el rey, la reina y las damas de la corte." Después, los monjes del monasterio donde el rey había alojado a Faxian iniciaban una procesión. A un kilómetro y medio de distancia de la ciudad había una carroza "de más de nueve metros de altura, como un altar de Buda, adornada con las siete preciosidades, banderolas ondeantes y doseles bordados". Sobre ella, se instalaba una figura de Buda, a la que seguían dos bodhissattvas y algunos devas. Según Faxian, "todas las figuras están maravillosamente labradas en oro y plata y parecen suspendidas en el aire". Cuando las imágenes llegaban a cien pasos de la puerta de la ciudad, el rey se despojaba de su corona real y se ponía ropas nuevas. "Caminando descalzo y llevando en sus manos flores e incienso, con sirvientes a ambos lados, sale de la puerta. Al encontrarse con las imágenes, inclina su cabeza hasta el suelo, esparce las flores y quema el incienso". La ceremonia completa duraba catorce días, ya que cada uno de los monasterios mayores disponía de un día en el que su carroza dirigía la procesión. Finalmente, el rey y la reina regresaron a su palacio y Faxian continuó su peregrinaje hacia el Reino de Kashgar, donde confluían las ramas norte y sur de la Ruta de la Seda.
La fe budista dio lugar en Asia Central a diferentes sectas o "escuelas". Con el tiempo, dos de ellas - la de la "Tierra Pura" y la Chan (o Zen) - llegarían a Japón, donde hoy cuentan con multitud de adeptos. El conde japonés Otani envió tres expediciones a Asia Central china con la intención aparente de buscar los lugares y las reliquias sagradas de la secta de la "Tierra Pura", perdidas durante mucho tiempo; pero hay quien piensa que estas expediciones sirvieron de tapadera a algo bastante más profano.
El budismo no fue la única religión que llegó a China a través de la Ruta de la Seda. Tanto el cristianismo nestoriano como el maniqueísmo se establecieron, junto con su literatura y su arte, alrededor del Taklamakan. En el año 432, el Concilio de Éfeso declaró proscritos en Occidente a los nestorianos - cuya doctrina rechaza la doble naturaleza de Cristo - y muchos huyeron al Imperio Sasánida, en el actual Irán. Desde allí, los mercaderes introdujeron sus creencias y su arte en China. En el 638 se consagró la primera iglesia nestoriana en Chang’an. También fundaron comunidades en los oasis de la rama norte de la Ruta de la Seda, donde se descubrieron numerosos manuscritos de esta religión en los primeros años del siglo XX, sobre todo en Turfan y en la biblioteca tapiada de Dunhuang. Como había muchos nestorianos que eran comerciantes y misioneros al mismo tiempo, esta doctrina terminó por implantarse en todas las rutas de caravanas de Asia Central, extendiéndose también por el sur hasta el Tíbet. Ni la prohibición de todas las religiones foráneas en el año 845 por la dinastía Tang ni la sangrienta conquista de Asia Central por los seguidores de Mahoma en el siglo XI, consiguieron extinguir completamente la fe nestoriana. A finales del siglo XIII, Marco Polo, el viajero veneciano, encontró muchos adeptos a esta secta a su paso por Kashgar y Khotan.
El maniqueísmo, nacido en Persia en el siglo III, se basa en la oposición de "Los Dos Principios": la Luz (el espíritu) y la Oscuridad (la carne). A finales del siglo V, los cristianos de Occidente persiguieron implacablemente a los discípulos de Manes quienes, huyendo hacia el este, terminaron por echar raíces en Asia Central y en China bajo las dinastías Sui (589-618) y Tang (618-907). Antes de que los alemanes empezaran a desenterrar bibliotecas enteras de manuscritos maniqueístas en la región de Turfan, se creía que esta doctrina carecía de escrituras y se la conocía por los textos violentamente hostiles de sus oponentes, en especial los de San Agustín.
Los uygures turcos descubrieron el maniqueísmo alrededor del año 762 en el saqueo de Chang’an, la capital Tang. Poco después se convirtieron a este credo extravagante formado por creencias contradictorias del cristianismo y de la doctrina zoroastriana, que tuvo su apogeo en el siglo X, decayendo a partir de entonces hasta desaparecer completamente de China. En los oasis más occidentales de la Ruta de la Seda se extinguió bruscamente al llegar la ola gigantesca del Islam, mientras que en el este fue sustituido por el budismo. Prueba de ello son las preciosas pinturas murales maniqueas que von Le Coq descubrió en Karakhoja, en el extremo nordeste del Taklamakan, bajo pinturas budistas posteriores. Aunque los artistas y escribas nestorianos y maniqueos dejaron tras ellos amplia evidencia de sus notables logros, fue el arte budista el que produjo los monumentos más importantes y duraderos de la Ruta de la Seda.
El arte y la civilización de la Ruta, al igual que los del resto de China, alcanzaron su esplendor bajo la dinastía Tang (618-907), considerada la "edad de oro" china. Durante los largos períodos de paz y estabilidad que caracterizaron la era Tang, la prosperidad reinó en todo el imperio. Chang’an, su capital, la Roma asiática y punto de partida de los viajeros que utilizaban la Ruta de la Seda, era una de las ciudades más espléndidas y cosmopolitas de la tierra. En el año 742 contaba con cerca de dos millones de habitantes (según el censo del 754, China tenía una población total de cincuenta y dos millones, con sólo veinticinco ciudades de más de medio millón de almas). Había sido la capital de las dinastías Zhou, Oin y Han y se había convertido en una metrópolis de nueve kilómetros y medio por ocho de extensión, rodeada por una muralla defensiva cuyas puertas se cerraban todos los días al anochecer. Los extranjeros eran bien acogidos, llegando a vivir en la ciudad unos cinco mil; los nestorianos, maniqueos, zoroastrianos, hindúes y judíos podían construir sus propias iglesias, templos y sinagogas y celebrar sus cultos con toda libertad; un desfile interminable de viajeros cruzaba las puertas de Chang’an, entre ellos turcos, iraníes, árabes, sogdianos. mongoles, armenios, indios, coreanos, malayos y japoneses; había representantes de todas las profesiones conocidas: mercaderes, misioneros, peregrinos, emisarios, bailarines, músicos, escribas, comerciantes de piedras preciosas, vendedores de vino, cortesanos y cortesanas; los enanos, procedentes de toda Asia, eran especialmente populares entre los chinos, así como los juglares, bailarines, actores y cómicos; desde las lejanas ciudades de la Ruta de la Seda o de cualquier otro lugar de Asia, llegaban verdaderas orquestas para entretener a la corte imperial.
Los orígenes y ocupaciones de los extranjeros que llegaban a la capital quedaron fielmente reflejados en las figuras fúnebres de cerámica que se descubrieron, cerca de Chang’an (actual Xian), en las tumbas de la época. Gracias al estudio de la vestimenta y la fisionomía de los mingqi (ajuares funerarios), se ha podido determinar la raza y el lugar de procedencia de muchos extranjeros. El continuo desfile de viajeros proveía diariamente a los muchos bazares de la capital de una abundante colección de objetos cotidianos y de lujo. Entre los artículos más exóticos que solían llegar a través de la Ruta de la Seda, destacaban los cosméticos, las plantas raras (incluido el azafrán), medicinas, perfumes, vinos, especias, maderas perfumadas, libros y alfombras de delicado tejido. También proliferaban los animales exóticos: aparte de los "caballos celestiales" de Ferghana, que a veces aprendían a bailar al son de la música, había pavos reales, loros, halcones, gacelas, perros cazadores, algún león o leopardo, y los avestruces, que los chinos consideraban un prodigio de la naturaleza. Dos de estas criaturas llegaron a China en el siglo VII y, al principio, recibieron el nombre de "grandes gorriones", para más tarde adoptar la denominación persa de "camellos pájaros". Al parecer, hubo un avestruz capaz de correr trescientos ¿jU en un día y de digerir cobre y hierro.
A pesar de su insaciable apetito de productos exóticos, los chinos consideraban hu (bárbaros) a los extranjeros que los vendían. Un sentimiento de superioridad profundamente arraigado les impulsaba a mirar a todos los forasteros con desprecio, a tomar los regalos de gobernantes extranjeros como tributos y a recibir a príncipes y emisarios como vasallos.
* * * La Ruta de la Seda disfruté, bajo la dinastía Tang, de una auténtica "edad de oro", pero el destino de esta ruta comercial quedó indisolublemente ligado al del período Tang. Cuando la dinastía comenzó a decaer, la civilización surgida alrededor de la Ruta de la Seda comenzó igualmente su declive, hasta que las prósperas ciudades, sus monasterios, templos y obras de arte desaparecieron por completo. Sus huellas se desvanecieron de tal manera, que hasta el siglo XIX no fueron redescubiertas. Aunque el proceso duró varios siglos y las razones de su desaparición son complejas, puede decirse que se debió principalmente a dos causas: la gradual desecación de los ríos que, alimentados por glaciares, abastecían a las ciudades-oasis, y la llegada repentina, espada en mano desde la lejana Arabia, de los guerreros proselitistas del Islam.
Desde que el hombre se estableciera por primera vez en los oasis del Taklamakan, en la oscura prehistoria de Asia Central, tuvo que afrontar una auténtica lucha por la supervivencia, no sólo contra los nómadas, como tos hunos o los tibetanos, sino también contra la sed y el hambre. La vida en este árido paisaje habría sido imposible sin los torrentes que, desde las montañas, vertían sus aguas en el desierto, permitiendo a los pueblos que habitaban los oasis crear una agricultura autosuficiente por medio de elaborados sistemas de riego. Pero, si por cualquier razón, descuidaban el riego o éste se interrumpía durante un tiempo, el desierto, siempre al acecho, volvía a apropiarse del lugar. Entonces, el oasis era abandonado y muy pronto toda señal de ocupación humana desaparecía bajo la arena. Así "murió" la ciudad de Niya, a finales del siglo III d. C., cuando los chinos perdieron temporalmente el control sobre la Ruta de la Seda: fue engullida con rapidez por el Taklamakan.
Ahora bien, por mucho que los hombres vigilaran el abastecimiento de agua, los procesos geográficos trabajaban inexorablemente en su contra. Muy por encima de ellos, en las montañas, los glaciares que alimentaban los ríos seguían disminuyendo. Era la continuación de un proceso natural que había comenzado tras las glaciaciones del Cuaternario, trayendo como consecuencia la disminución progresiva de las corrientes de agua en toda la cuenca del Tarim. A finales del siglo III, por ejemplo, la desecación del río Konche - que todavía fluía a principios del siglo IV - provocó el abandono del oasis de Loulan, cercano a Lobnor. Otras veces, los ríos cambiaban su curso o quedaban enterrados bajo sus propios sedimentos. Yotkan, el emplazamiento original de la antigua Khotan, yace hoy bajo depósitos fluviales.
Pero la desaparición de la civilización budista de la Ruta de la Seda se debió, en última instancia, al declive y posterior colapso de la dinastía Tang, a las victorias de los árabes del oeste y a la conversión al Islam de todo el Taklamakan. El avance de la nueva religión a lo largo de la Ruta de la Seda significó el fin de la representación de la figura humana en el arte, prohibida por la religión musulmana. Los iconoclastas islámicos destruyeron muchas estatuas y pinturas murales y dejaron que templos y stupas se desmoronaran y desaparecieran bajo la arena. En el siglo XV, la religión islámica dominaba por completo el Taklamakan. Finalmente, bajo la dinastía Ming (1368-1644), la Ruta de la Seda fue abandonada cuando China cortó todo contacto con Occidente, provocando un mayor aislamiento y decadencia de la zona.
Ante todos estos condicionantes, sólo los oasis más poderosos y mejor regados pudieron sobrevivir bajo una nueva religión que poseía un arte y una arquitectura propios. Los demás quedaron enterrados, con todos sus secretos, bajo las arenas del Taklamakan, donde iban a permanecer olvidados durante muchos siglos.