El budismo y la ruta de la seda
Dolors Folch
Novembre 2000La enmarañada trama de pistas y senderos que en el siglo XX vino a llamarse ruta de la seda había ido articulándose desde tiempo inmemorial: a mediados del primer milenio aC conectaba ya los principales pasos y oasis que se desparraman entorno al Pamir y el imponente entrelazado de montañas, altiplanicies y desiertos que irradian a partir de él.
Sin duda fueron los comerciantes, a menudo nómadas, quienes la caminaron por vez primera. Pero fueron las múltiples formaciones políticas – persas, griegos e indios - que se sucedieron en los siglos inmediatamente anteriores a nuestra era quienes consolidaron las rutas que monjes y peregrinos no tardarían en utilizar. Del Pamir hacia occidente, nestorianos, mazdeístas y maniqueos anduvieron incansablemente; pero las altas sierras y los insondables desiertos de Asia Central quedaron sobre todo para los budistas.
Cuando empezó su andadura, el budismo hacía ya 200 años que existía: su compasión por el sufrimiento y su propuesta de un camino para liberarse de él basado en una intensa educación espiritual lo hicieron atractivo dentro del contexto profundamente religioso del mundo indio; la creación de una comunidad monástica estructurada y disciplinada, lo conviertieron en un movimiento socio-religioso relevante. Surgido en el norte de la India, dode se cruzaban las grandes rutas comerciales que conectaban el valle del Indo con el valle del Ganges, el budismo nació en simbiosis intensa con el mundo de los mercaderes. Todos sus lugares santos eran también núcleos urbanos importantes, Buda y sus discípulos andaron siempre por caminos repletos de caravanas y entre los primeros conversos había ya mercaderes destacados. Pero la interacción de budismo y comercio no obedecía únicamente a la coincidencia geográfica: el budismo, en tanto que reacción a los grandes cultos bramánicos de los que las clases no sacerdotales quedaban excluidas, resultaba atractivo para los mercaderes.
Mientras el norte de la India se llenaba de stupas y templos excavados en la roca, los misioneros dirigían sus pasos a los confines del imperio, Ceilán y los lejanos montes del Hindukush. Allí se encontraba, desde los primeros siglos de nuestra era el imperio Kushan, y el control que éste ejercía sobre los pasos de las grandes cordilleras impulsó enormemente el comercio entre China, India y Persia: la fusión de tantas culturas dio lugar a una eclosión artística sin precedentes. La primera gran explosión artística del budismo fuera de la India se produjo cerca de Peshawar, a pocos kilómetros de la salida del paso de Khyber, en el valle del Gandhara: allí, los suaves Budas de siluetas apolíneas, perfiles exquisitos y túnicas drapeadas dieron fe de la profundidad del impacto helenístico en aquellas lejanas tierras.
La potente institución monástica budista, que combinaba la estabilidad y riqueza de los monasterios con la obligación de los monjes de predicar y vivir de limosnas, ocasionó la potente onda expansiva del budismo. Los monasterios, enriquecidos por donaciones constantes y en estrecho contacto con la clase de los comerciantes, prestaban ayuda – a menudo monetaria – a quienes la necesitaban, y no tardaron en jalonar las mismas rutas que recorrían sus fieles: el confort espiritual y material que proporcionaban a los viajeros los multiplicó a lo largo de la ruta de la seda. El núcleo inicial de Gandhara fue decisivo y, a partir de allí empezó a tejerse un rosario de centros que orientarían los pasos de los peregrinos durante todo un milenio. En el otro extremo del paso de Khyber, Hadda no tardó en llenarse de centenares de estatuas, stupas y conventos, pero nada igualaría la grandeza de Bamiyan, a medio camino entre Kabul y Bactra, donde dos enormes estatuas de Buda, de 35 y 53 metros de altura, rodeadas de centenares de cuevas pintadas con frescos, dan fe de la doble influencia india y irania sobre el arte budista.
Aunque a partir de Bamiyan el budismo se extendió también hacia la Sogdiana, ésta era ya tierra del zoroastrismo, y los grandes monasterios se afincaron mejor en la parte oriental de la ruta de la seda, allí donde las laderas del Pamir descienden hasta Kashgar. A partir de aquí, el budismo empezó a deslizarse por los fértiles bordes del desolado desierto del Taklamakan, afincándose en la multitud de pequeños oasis que se replegaban bajo montes inmensos: el Kunlun al sur y el Tianshan al norte. Adosada a estos murallones, la ruta de la seda tenía allí un trazado preciso que los chinos protegían cada vez que sus imperios se extendían hasta el Taklamakan y en aquellos oasis florecía una cultura cosmopolita en la que indios, persas, chinos, sogdianos y partos convivían y competían. El budismo arraigó allí intensamente: de hecho fue la influencia civilizadora en torno a la cual se articularon los nuevos estados.
Pero aquel era también el camino para llegar a China: y allí fue donde se planteó el árduo problema de la traducción de los textos budistas al chino. Hasta entonces el budismo se había difundido por zonas que, o bien no tenían escritura previa, o bien la tenían alfabética. Pero la escritura china obligaba a volcar el mensaje budista en el molde de sus caracteres: las traducciones del cánon budista al chino son el esfuerzo de adaptación cultural más importante del mundo antiguo, tanto por el volumen de lo que se tradujo como por la distancia cultural existente entre los mundos que se intentaba conectar.
El budismo entró en el Taklamakan con un canon de escrituras enorme, el Tripitaka, escrito en pali, de la tradición hinayana. Con el cambio de era hubo que añadir a ello todas las sutras, escritas en sánscrito, del canon mahayana. Como era de esperar, los mejores traductores salieron de estos oasis de Asia Central, habitados por políglotas de nacimiento, acostumbrados a pulir incansablemente conceptos y palabras de tradiciones diversas. El príncipe de los traductores fue Kumarajiva (344-413), hijo de padre indio y de una princesa de Kucha, que a partir del 400 instaló en Chang’an una escuela de traductores en la que trabajaban 500 monjes: se trata de un esfuerzo intelectual sin precedentes, que había de fermentar todo el mundo intelectual chino.
Pero el canon budista es enorme y el problema del acceso a las fuentes seguía existiendo: tras los traductores, los grandes peregrinos salieron a buscar la Ley. El primero fue Faxian, que abandonó Chang’an en el 399 con 60 años, y tras encontrar comunidades de miles de monjes en varios oasis, cruzó el Pamir, recorrió toda la India, y embarcó para China 15 años después, dejando con ello constancia de la apertura de una vía marítima regular.
Dos siglos después viajaría por Asia Central Xuanzang (602-664), el peregrino más grande de todos los tiempos. Este erudito de primera fila, viajero incansable, gran observador dejó una narración de su viaje que proporciona una información exhaustiva sobre las regiones de Asia Central. Tras regresar a Chang’an, pasó 18 años dirigiendo incansablemente equipos de traducción que verterían al chino una cuarta parte de todo los que se ha traducido jamás del sánscrito.
Traductores y peregrinos ilustres recorrieron la ruta de la seda: pero las largas cohortes de viajeros dejaron también su huella en los miles de monasterios que jalonan las rutas del Taklamakan. La ruta del sur, la que bordea las laderas del Kunlun, estuvo sobre todo vigente en la edad antigua: aunque en el siglo XX, las ruinas de Khotan, Niya y Miran han proporcionado pruebas abundantes de la implantación de los monasterios budistas en estas regiones, la ruta se desecó y las caravanas tendieron a desviarse hacia la ruta del norte. Los grandes conjuntos medievales están todos en el segmento septentrional.
A los pies del Pamir se encuentra la ciudad de Kashgar, lugar de confluencia de las rutas norte y sud del Taklamakan y centro del primer reino budista de la cuenca del Tarim. De Kashgar arranca la ruta que, bordeando el Kunlun, lleva a Dunhuang y, de allí al corredor de Gansu y a China.
Sobre esta ruta del norte se encuentra Kucha, donde nació el gran traductor Kumarajiva, y que fue durante los primeros siglos de nuestra era el más importante de los oasis de la cuenca del Tarim, y, no lejos de la ciudad, se hallan las cuevas budistas de Kizil. De sus centenares de frescos, en los que era posible seguir la evolución desde el arte del Gandhara hasta la adopción de las normas estéticas chinas, sólo quedan algunos: a principios de siglo, el explorador alemán Le Coq los arrancó y, tras serrarlos para inquibirlos en unas cajas, los transportó a Berlin.
Más al este, Turfan, al pie de los montes de Fuego, está literalente rodeada de importantes vestigios budistas: la ciudad de Jiaohe, construida en torno a un gran monasterio budista; el gran centro urbano de Gaochang, plagado de monasterios budistas, nestorianos y maniqueos, en el que el gran peregrino Xuanzang enseñó durante meses; y sobre todo, las cuevas de Bezeklik, escondidas en uno de los repliegues de los montes de Fuego. Los frescos de Bezeklik eran una de las maravillas del planeta, tanto desde el punto de vista artístico, como histórico – en ellos aparecían personajes de todos los mundos: persas, chinos, indios, turcos, prueba viviente del cosmopolitismo de la ruta de la seda -. A principios de siglo, sin embargo, von le Coq serró buena parte de ellos y se los llevó a Berlin, donde las bombas de la segunda guerra mundial los destruyeron en parte.
En el punto de confluencia de las rutas norte y sur, en el extremo oriental del desierto de Taklamakan, se encuentran las que son la catedral del arte budista del Asia Central, las cuevas de Mogao en Dunhuang. Menos castigadas que las de Kizil y Bezeklik por la llegada de los europeus - Aurel Stein y Paul Pelliott se llevatron fundamentalmente cuantos manuscritos pudieron de su inmensa biblioteca de 50.000 volúmens -, en Mogao quedan más de quinientas cuevas en perfecto estado, profusamente decoradas con frescos espléndidos, que cubren una superficie de 45.000 m2, y repletas de estatuas. Aparte de su enorme belleza, su interés radica en que en ellas es posible seguir la evolución de la pintura china de los siglos IV al XIV, ver surgir paso a paso la pintura de paisaje, y en que son un documento incomparable para la comprensión del budismo, y un testimonio histórico de valor inapreciable sobre la vida en la ruta de la seda.
La riqueza de las cuevas de Dunhuang se explica por su posición, abierta sobre la terminal del corredor de Gansu, donde se desvanecen las últimas torres de la Gran Muralla: Dunhuang era el punto de reposo obligado para todo viajero que entrara o saliera de China, el polo de peregrinación por excelencia para todos los viajeros del Taklamakan. A partir de Dunhuang, el corredor de Gansu – o de Hexi – conducía directamente a las fértiles tierras de loess y a los centros urbanos de la gran China.
Flanqueado por la Gran Muralla, el corredor de Gansu contenía tambien un rosario de monasteriors y centros de peregrinación: la culminación de ambos se encuentra en su extremo final, en los alrededores de Lanzhou, en las cuevas de Binglingsi, construidas entorno de un inmeso Buda de 27 metros de altura que vigila con rostro impasible las turbias aguas del Huanghe o rio Amarillo.
Situada ya sobre las aguas del río Wei, la ciudad de Tianshui conserva múltiples vestigios de la importancia del budismo en la ruta de la seda: las cuevas de la montaña de los Inmortales y, sobre todo, el extraordinario conjunto de Maijishan, en el que casi 200 cuevas con más de 7.000 estatuas y más de 1.000 m2 de frescos se alinean en torno a tres grandes esculturas de piedra, con una clara influencia del arte del Gandhara en sus finos rostros y ligeros drapeados.
La ruta de la seda termina en lo que fuera la gran capital de los Han y los Tang, la antigua Chang’an, hoy llamada Xi’an. Las siluetas de las pagodas recortaban el perfil de la ciudad: la de la Gran Oca, contruida en el 652, y la de la Pequeña Oca, levantada un siglo después, sobresalían sobre todas y servían para albergar los documentos que los grandes peregrinos Xuanzang y Yining habían traído de la India.
Bibliografía
BOULNOIS, L. (1992) (ed. original 1963). La route de la soie. Ginebra: Olizane. (Hay edición castellana, totalmente agotada: La ruta de la seda, Barcelona, Aymá, 1964)HOPKIRK, Peter (1997) (ed. original 1980) Demonios extranjeros en la ruta de la seda, Barcelona, Laertes
WHITFIELD, Susan (2000) (ed. original 1999) La vida en la ruta de la seda, Barcelona, Paidós