El nestorianismo y su difusión por la ruta de la seda Dolors Folch
Novembre 2000Durante los últimos siglos del imperio romano, el cristianismo, inmerso en un doble proceso de fijación del dogma y de transformación en un culto de estado, tuvo que prescindir de la efervescencia religiosa que había marcado sus orígenes. El proceso, iniciado con el concilio de Nicea que definió el dogma, no tardó en convertir las disidencias en herejías y éstas – trátese de nestorianos o monofisitas – en peligros para el orden establecido.La divergencia de los nestorianos, condenada por el concilio de Éfeso en el 431, y que consistía en distinguir dos personas diferenciadas en Cristo, la divina y la humana, tenía consecuencias muy visibles en la religiosidad cotidiana ya que no rendían culto a la virgen María. Expulsados de la iglesia católica antes de la total definición dogmática de ésta, los nestorianos conservaron una gran flexibilidad tanto hacia las costumbres de los otros pueblos como hacia sus propios rituales.
En el momento de su exclusión, los nestorianos, lejos de ser un pequeño grupo, tenían un peso notable: Nestorio era el patriarca de Constantinopla. Se trataba de un grupo influyente, con poderosos contactos con el mundo de los negocios, y su marginación religiosa en el imperio romano los escoró hacia el vecino imperio persa, donde las ya existentes comunidades cristianas no tardaron en abrazar el nestorianismo. Pero para los persas se trataba de hecho de una religión procedente de Roma y estaba, por tanto, bajo sospecha: el status incierto de los nestorianos los concentró primero en monasterios y acabó desarraigándolos y lanzándolos tras las huellas de sus parroquianos, gentes que, como todas las diásporas, se dedicaban esencialmente al comercio. Lejos de la capital, en los confines del imperio persa, la conexión nestoriana acabó dominando las rutas comerciales con el lejano oriente.
Roma no los recuperó jamás – aunque fueron unos monjes nestorianos quienes introdujeron la seda en el Bizancio de Justiniano – pero su popularidad en el mundo de las estepas fue inmensa: los árabes les otorgaron una protección tan clara que los nestorianos desplazaron su sede de Ctesifonte a Bagdad, y los mongoles – como tuvieron ocasión de comprobar todos los viajeros medievales, de Rubruck a Marco Polo – los convirtieron en sus consejeros predilectos.
Los obispados nestorianos jalonaban toda la ruta de la seda, de Persia a China, de Afganistan a la costa de Malabar y en sus monasterios recalaban todas las caravanas que circulaban entre la Sogdiana y Siria. Los festivales nestorianos, la magnificiencia de las reliquias que transportaban , su reconocida competencia médica y sus conocimentos de los prodecimientod administrativos les garantizaron un puesto en cortes de todo cuño. Los nestorianos proporcionaron a la estepa una masa crítica de gente culta, consejeros perspicaces y médicos competentes, sin fidelidades restrictivas para con la tribu. Capaces como los chamanes de curar a la vez cueros y almas, aportaban en cambio una visión más universal.
La conquista árabe del imperio persa en el siglo VII alteró y expandió las rutas pre-existentes: en este contexto, en el 635 dC, llegan a Chan’an, la capital del imperio Tang, los nestorianos. Tolerados primero, no tardaron en ganarse el reconocimiento expreso de los cosmopolitas Tang: sus médicos competían en palacio con los taoístas y sus Templos de la Luz se erigieron por todo el imperio. Su máxima implantación en China se produjo durante los segundos Tang, en el clima de decadencia que siguió a la gran rebelión del 756: la estela de Xi’an, el testimonio palpable de la presencia cristiana en China, es del 781. Atrapados en la prohibición de todas las religiones extranjeras del 845, su importancia en China disminuyó sin desaparecer del todo.
No así en la estepa, donde formaban parte del trasfondo religioso de multitud de reinos. En 1140, las simpatías por el nestorianismo de un príncipe del reino de los Kara Khitan tendría una repercusión inusitada: la victoria de éste sobre los turcos seljúcidas le proporcionaría unas dimensiones de leyenda para acabar convirtiéndole en la figura mítica del preste Juan. La leyenda de este rey cristiano situado en la retaguardia del Islam encenderá la imaginación y las esperanzas de los pequeños y amenazados reinos cristianos de occidente: su búsqueda alimentará el impulso de expediciones y descubrimientos desde finales de la Edad Media hasta el siglo XV.
La realidad sin embargo era muy otra: no sólo los nestorianos carecían de enemistad manifiesta hacia el Islam – fueron incluso favoritos en la corte de Harun al-Rashid – sino qe su peso en Asia Central los convirtió en un apoyo ineludible para los mongles. Su vinculación con el mayor imperio que el continente euroaiático haya conocido jamás los llevó a la cima del poder y de la fama: el relato que recoge los viajes de Rabban Sauma, el gran monje chino nestoriano que viajó de China a Persia y a Bagdad a finales del siglo XIII, da un cuadro vivísimo de la prosperidad y conexiones de los centros nestorianos. Ciertamente la fluidez del comercio en un mundo unificado por la Pax Monglica les proporcionó una prsperidad sin límites, pero unió la suerte de ambos de forma irremediable: la caída del imprio monol desarticuló la ruta de la seda, arrinó a los nestorianos y arrastrtó en su caída la de los prósperos monasterios de los límites orientales. Aunque conservaron influencia y poder durante el khanano Il-Kahn en Persia, la iglesia nestoriana no sobrevivió a las conquistas de Tamerlan (1370-1405) que cortó la relación de las comunidades de la estepa con el patriarca de Bagdad. Diseminados y carentes de todo apoyo oficial, los nestorianos se fueron apagando lentamente a partir de entonces, aunque comunidades nestorianas en torno al lago Van han sobrevivido hasta nuestros días.