Oderico de Pordenone CAPÍTULO VIGESIMO PRIMERO.
Sobre la ciudad de Chaiton, donde hay monasterios de idólatras
que alimentan a sus ídolos con el humo de las viandas calientes,
pero éstas se las quedan para sí y se las comen
[I] Salí de esta comarca y después de pasar por muchas regiones y ciudades llegué a una rica tierra llamada Chaitón, en la que nuestra Orden tiene dos conventos a los que llevé los huesos de nuestros frailes que habían padecido martirio por la fe de Cristo. Esta ciudad está muy surtida de todas las cosas que necesita la naturaleza humana, pues Se puede comprar allí 3 libras y 8 onzas de azúcar por menos de un grueso. Es el doble de grande que Bolonia.
[2] Hay en ella muchos monasterios de religiosos, que adoran sin excepción a los ídolos. Estuve en uno de ellos donde vivían tres mil religiosos y que tenia once mil ídolos, uno de los cuales, el que parecía más chico, era tan grande como lo pueda ser un San Cristóbal. Fui a ver a la hora que dan de comer a los dioses, cosa que hacen de la siguiente manera: todas las viandas que les ofrecen se las sirven hirviendo, para que su vaho ascienda hasta los ídolos; este humo es lo que ellos dicen que comen los dioses, mientras que el resto se lo quedan y se lo zampan ellos. Y de este modo dicen quo dan un banquete a sus dioses.
[3] Así y todo, esta tierra es de las mejores que existen hoy en el mundo, y ello en todo cuanto pueda necesitar la naturaleza humana. Se podría decir otras muchas cosas de la comarca, pero las paso por alto.