Oderico de PordenoneCAPÍTULO VIGESIMO TERCERO.
De la ciudad de Cansay, cuyos muros tienen 100 millas de perímetro y donde hay doce mil puentes; y donde un hombre alimentaba a unos animalejos pequeños, diciendo que eran almas
[1] Al salir de allí llegue a una ciudad llamada Cansay, que significa "ciudad del cielo". Es la mayor ciudad que existe en el mundo, y tiene muy bien 100 millas de perímetro. No hay en ella un palmo de tierra que no este habitado, y muchas veces viven en una casa unas diez o doce familias; cuenta también con grandes arrabales, en los que habita másgente que en la propia ciudad. Tiene doce puertas principales, y a unas ocho millas de distancia de cada salida se encuentran ciudades mayores de lo que puedan ser Venecia o Padua; por esta razón se puede viajar durante seis u ocho jornadas por uno de esos arrabales y parece que se ha caminado un corto trecho. La ciudad esta asentada sobre las aguas de una laguna y su condición y emplazamiento es como el de Venecia. Tiene más de doce mil puentes, en cada uno de los cuales está apostada la guardia que custodia la ciudad por el Gran Kan.
[2] Por uno de sus lados corre un río, a cuya ribera esta situada la ciudad, igual que Ferrara; por tanto, es más larga que ancha. Hice muchas preguntas y recabe información de cristianos, sarracenos, idólatras y demás personas; y todos a una me respondieron que tiene unas cien millas de perímetro. El señor ha dado orden de que cada hogar pague un balis, esto es, cinco papeles de algodón que valen florín y medio, pero se observa esta regla: diez o doce familias forman un hogar, de modo que pagan impuesto sólo por un hogar. Los hogares son en total 90.000 tuman, un tuman comprende 10.000 hogares. [3] Del resto de la población unos son cristianos, otros mercaderes y el resto transeúntes. Así, me asombró mucho que tantas personas pudieran habitar juntas.
[4] También esta muy abastecida de pan, carne de cerdo, vino y arroz; el vino se llama por otro nombre bigin, y tiene fama de ser bebida noble. Asimismo esta muy surtida de todas las demás vituallas.
[5] Nuestros cuatro frailes menores convirtieron allí a la fe a un hombre muy poderoso, en cuya casa me aloje. Una vez me pregunto: « Ata—es decir, 'padre'—, ¿quieres venir a ver la tierra? » Yo le respondí que si. Así pues, nos subimos a una barca y fuimos a uno de los monasterios grandes que allí hay. Cuando hubimos llegado, llamó a uno de los religiosos y le dijo: «¿Ves a este raban franqui» -es decir, 'hombre religioso'-? «Viene de donde se pone el sol, y ahora va a Cámbalec a rezar por la vida del Gran Kan. Por tanto, haz el favor de mostrarle alguna de las maravillas que haya aquí, para que la vea y al volver a su país pueda decir: 'Tal novedad vi en Cansay'». Contesto que me enseñaría de grado una cosa nueva.
[6] Cogió entonces dos fuentes, llenas de sobras de comida, y abrió acto seguido la puerta del jardín, por la que pasamos al vergel, en donde se elevaba un montículo cubierto de amena arboleda. Llegados allá tomo un címbalo y lo tocó. A su tañido descendió del montecillo un sinfín de animales de muchas clases diferentes, como pudieran ser gatos maimones, monos y otros muchos que tenían rostro humano. Mientras los veíamos, los animales, unos tres mil, formaron por orden en torno del religioso. Una vez puestos y agrupados en derredor suyo, les puso este las fuentes delante y les dio de comer según convenía. Cuando hubieron comido, volvió a tocar el címbalo y todos regresaron a su lugar.
[7] Al ver esta escena, me reí con ganas y le pregunte: «Dime, por favor: ¿que significa todo esto?» El religioso me contesto con estas palabras: «Estos animales son las almas de los hombres nobles, a las que nosotros damos alimento por amor de Dios». Le replique diciendo: «Estos bichos no son almas, sino tan sólo bestias y animales». Me arguyó entonces: «No es verdad que estos sean animales, sino que son las almas de los hombres nobles. En efecto, dependiendo de la nobleza que haya tenido cada cual entra su alma en uno de estos animales nobles, mientras que las almas de los villanos entran y moran en animales viles». Y ya le podía dar yo muchas razones, que él no se apeaba de ese convencimiento.
[8] Quien se ponga a referir y ponderar la grandeza de esta ciudad y las grandes maravillas que hay en ella, no las podrá escribir en un voluminoso pliego de la pergaminería. En resumen, es la mejor y mayor tierra y la más noble para el trafico de mercaderías que haya en todo el mundo.