Oderico de Pordenone
Capítulo Vigésimo Segundo

De la ciudad de Fucho, donde hay gallinas blancas que carecen de alas

y tienen lana como las ovejas, y donde las mujeres casadas




[1] De esta región me dirigí hacia Oriente a una ciudad llamada Fucho, que tiene unas 30 millas de perímetro, en la que se crían los mayores gallos que existan en el mundo. Las gallinas son blancas como la nieve y carecen de alas, pero tienen lana como las ovejas". Esta ciudad, hermosísima, está situada a orillas del mar.

[2] Al salir de allí viajé durante dieciocho días a través de multitud de ciudades y tierras y otros muchos y diversos lugares. En el Camino llegué a un gran monte; todos los animales que nacen en una vertiente son negros, y tanto hombres como mujeres tienen una manera muy extraña de vivir; en la ladera opuesta todos los animales son blancos y tanto hombres como mujeres tienen una manera de vivir no menos extraña, pro al revés que los otros. Las mujeres casadas llevan en la cabeza un tonel grande de madera de cornejo en señal de que tienen marido.

[3] Reanudando mi viaje caminé durante otros dieciocho días a. través de muchas tierras y ciudades, y después de alcanzar un gran río llegué a una ciudad que tiene un puente que atraviesa su curso. Me hospede a su entrada en casa de un mesonero. Este, queriendo agradarme, me dijo: «Si quieres ver una bonita pesca, "en conmigo>’. Y me condujo encima del puente. Subido arriba contemplé el panorama y advertí que mi huésped tenía en sus barcas cuervos marinos atados en la puma de unas pértigas. Después les anudé el buche con un cordel, para que al sumergirse en el agua y capturar los peces no pudieran tragárselos; acto seguido colocó en una barca tres grandes cestas, una en un extremo, la segunda en el otro y la tercera en el centro. Ultimada la operación solt6 los cuervos marinos, que inmediatamente se zambulleron en el agua y atraparon infinidad de peces, que él fue guardando en las cestas, de modo que en menos de una hora quedaron todas ellas colmadas de pescado. Cuando estuvieron llenas, quitó a los pájaros la guita del buche y les permitió sumergirse en mi agua para comer. Así, ahítos de peces, volvieron a su puesto, y mi huésped los ató tal y como estaban antes. Yo probé de aquel pescado.

[4] Saliendo de aquel lugar contemplé a muchas jornadas de camino otra manera de pescar. Unos hombres, desnudos, tenían una cuba llena de agua caliente en una barca, y todos llevaban un saco al cuello; buceaban bajo el agua, cogían los peces con la mano y los guardaban en el saco; cuando subían a la superficie los dejaban en la barca y después se metían en el agua caliente. A continuación se zambullía otro y hacia lo que el primero; y de este modo se pescaban muchos peces.