ARMIÑO, M. (1987). Marco Polo. Libro de las Maravillas. Madrid: Anaya.CLIII.—DONDE SE HABLA DE LA NOBLE Y MAGNIFICA CIUDAD DE QUINSAI
Cuando se parte de Ciangán, se caminan tres jornadas por una bellísima región, donde hay muchas ciudades y aldeas de gran nobleza y gran riqueza, que viven de comercio y de telares. Son idólatras y pertenecen al Gran Can. Tienen moneda de papel. Tienen abundancia de todo lo necesario para el cuerpo del hombre. Y cuando se han hecho esas tres jornadas se encuentra entonces la nobilísima y magnifica ciudad que por su excelencia, importancia y belleza es llamada Quinsai, que quiere decir la Ciudad del Cielo -como os he dicho hace un momento-, porque es la mayor ciudad que se puede encontrar, en el mundo, y allí se pueden gustar tantos placeres que el hombre piensa que esta en el Paraíso. Y puesto que hemos llegado a ella, os hablaremos de toda su gran nobleza, porque debemos contarlo, pues es irrefutablemente la ciudad más noble y mejor que hay en el mundo. Os contaremos, pues, toda esta nobleza según lo que la reina de este reino, de la que os hemos hablado antes, mandó por escrito a Baián, que conquistó esta provincia, para que lo transmitiese al Gran Can, para que supiese la gran nobleza de esta ciudad y no la hiciera destruir ni estropear. Yo, Marco Polo, vi esa carta y la leí. Según lo que contenía os haré mi descripción en orden y según lo que yo, el citado micer Marco Polo, vi luego claramente con mis propios ojos. Micer Marco Polo estuvo dos veces en esta ciudad y decidió anotar y comprender con el mayor cuidado todas las condiciones de la ciudad, consignándolas el sus cuadernos, como brevemente diremos aquí.
Esta carta decía, en primer lugar, que la ciudad de Quinsai tiene cien millas de perímetro poco más o menos, porque sus calles y sus canales son larguísimos y anchísimos. Hay plazas cuadradas donde se ponen los mercados, y que, dada la multitud de gentes que a ellas van, son necesariamente muy vastas y espaciosas. Esta situada de tal manera que tiene por un lado un lago de agua dulce y clarísima, y por el otro un enorme río que, entrando en muchos canales pequeños y grandes, que corren por todas las partes de la ciudad, se lleva todas las inmundicias, luego penetra en el citado lago, y de ahí fluye al Océano. Eso hace el aire muy salubre. Se puede ir por toda la ciudad y por tierra, y también por esos cursos de agua. Las calles y los canales son largos y anchos, tanto que las barcas pueden pasar por ellos a gusto, y las carretas transportar por ellas las cosas necesarias para los habitantes. Hay doce mil puentes, de piedra en su mayoría, porque algunos son de madera; y bajo cada uno de estos puentes, o bajo la mayor parte de ellos, fácilmente puede pasar una gran nave; bajo los otros pueden pasar naves más pequeñas. El arco de los que están sobre los principales canales, para las principales calles, es tan elevado y esta hecho con tanto arte, que un barco sin mástil puede pasar por debajo, mientras por encima pasan vehículos y caballos: ¡tan elevadas están las calles para adaptarse a esta altura! Que nadie se maraville de que haya tantos puentes; porque os digo que esta ciudad esta toda ella sobre el agua, y también rodeada de agua; y por eso conviene que haya muchos puentes, a fin de que las gentes puedan ir por toda la ciudad; y si hubiera menos no podríais ir por tierra de un lugar a otro, sino sólo por barco.
Al otro lado de la ciudad hay un foso que quizá tenga cuarenta millas de largo, y que la cierra por ese lado; es muy ancho y esta completamente lleno de agua que procede del citado río. Se hizo así por orden de los antiguos reyes de la provincia, a fin de poder desaguar el río cada vez que desbordaba los diques; sirve asimismo de defensa de la ciudad, y la tierra que se extrajo se puso en el interior, lo que da la impresión de que una pequeña colina rodea la ciudad. Hay diez plazas principales, sin contar con una infinidad de otras para los distritos, que son cuadradas y tienen medía milla de lado.
Sus limites están formados por una calle principal de cuarenta pasos de ancho, que corre recta de un extremo al otro de la ciudad, con muchos puentes llanos y cómodos. Y cada cuatro millas hay una de esas plazas cuadradas que, como he dicho, tiene dos millas de contorno. Hay también un anchísimo canal, que corre a igual distancia de la citada calle, pasando por los otros lados de esas plazas cuadradas; y sobre su orilla cercana están construidas grandes casas de piedra, donde los mercaderes que proceden de la Indía y de otros lugares depositan sus bienes y mercaderías, para que estén cerca de las plazas.
En cada una de estas plazas se reúnen tres veces a la semana de cuarenta a cincuenta mil personas, que van al mercado, y llevan todo lo que podáis desear en punto a vituallas, porque hay siempre de ellas gran abundancia: de caza, cabritillos, ciervos, gamos, liebres, conejos; y de pájaros, perdices, faisanes, francolines, codornices, aves de corral, capones, y tantas ocas, tantos patos que no podría decirse cuantos. Cogen tantos en ese lago que por un gros de plata de Venecia podríais comprar una pareja de ocas o dos pares de patos. También están los mataderos donde matan el ganado mayor como vacas, bueyes, cabritos y carneros, cuya carne comen los hombres ricos y los grandes señores. Pero los demás, que son de baja condición, no ponen mala cara a las demás clases de carnes inmundas, sin ninguna vergüenza. En estas plazas se encuentra siempre toda suerte de legumbres y frutos, sobre todo enormes peras, cada una de las cuales pesa diez libras, y que por dentro son blancas como pasta, y muy olorosas; y melocotones -durante la estación-, amarillos y blancos, muy delicados. Ni uvas ni vides hay en esta región, pero si pasas muy buenas, traídas de otra parte, y lo mismo ocurre con el vino, del que no hacen mucho caso los habitantes, porque están acostumbrados al de arroz y especias. A esta ciudad llegan cada día del Océano, remontando el río durante veinticinco millas, grandes cantidades de peces; y como siempre hay pescadores que no hacen otra cosa, también vienen los peces del lago, de diferentes clases según las estaciones; a causa de las inmundicias procedentes de la ciudad, el pescado es muy gordo y sabroso.
Quien ha visto tales cantidades de peces, nunca creería que puedan venderse tantas, y no obstante, en pocas horas se lo han llevado todo; tal es la multitud de habitantes que están acostumbrados a llevar buena vida; comen en la misma comida carne y pescado.
Todas esas plazas cuadradas están rodeadas de altas casas y abajo están las tiendas donde se trabaja en toda clase de oficios, se venden toda suerte de mercaderías, especias, joyas. perlas... Y en algunas tiendas no se vende nada más que vino de arroz con especias, porque constantemente están haciendo gasto una y otra vez, y es muy barato.
En otras calles están estacionadas las cortesanas, que son tantas que no me atrevo a decirlo; y esto no sólo junto a las plazas donde por regla general les asignan lugares, sino también en toda la ciudad. Están muy suntuosamente, con grandes perfumes y numerosas sirvientas, y sus casas están completamente decoradas. Estas mujeres son muy hábiles y expertas en halagar y engatusar con palabras fáciles y adaptadas a cada tipo de personas; los extranjeros que han tenido una vez retozos con ellas quedan como fuera de si y están tan prendados de su dulzura y de su encanto que no pueden olvidarlas jamás. De ahí viene que, una vez que han entrado en su casa, cuenten que han estado en Quinsai, es decir, en la Ciudad del Cielo. y no esperan más que la hora en que podrán volver.
En otras calles están los médicos y los astrólogos, que también enseñan a leer y a escribir. Una infinidad de otras profesiones tienen su sede alrededor de estas plazas, en cada una de las cuales hay dos grandes palacios: uno en un extremo y el otro en el otro; allí están los señores diputados por el rey, que investigan inmediatamente si se produce alguna diferencia entre mercaderes o entre habitantes de estos arrabales. Los citados señores están encargados de controlar todos los días si los guardias apostados en los puentes vecinos, como se dirá más adelante, están allí, o hacen escapadas, y de castigarlos si lo creen oportuno.
A lo largo de las principales calles de que hemos hablado. y que corren de un extremo al otro de la ciudad, hay a cada
lado mansiones, grandísimos palacios con jardines, y cerca de ellos las casas de artesanos que trabajan en sus tiendas; en todo momento se encuentran gentes que van y vienen a sus asuntos; y al ver semejante batahola parece imposible que puedan encontrarse víveres suficientes para alimentarlos. Y sin embargo, cada día de mercado las citadas plazas están llenas y atiborradas de gentes y mercaderes que llevan vituallas en carretas y en barcos, pero todo se liquida pronto.
También se indica en la citada carta que la ciudad tiene doce clases de oficios que son considerados como más importantes, porque hay muchos otros. Cada uno de esos doce cuerpos tiene doce mil estaciones, es decir, doce mil casas; y en cada casa o estación hay por lo menos diez hombres que ejercen el oficio, en unas quince, en otras veinte, y en algunas cuarenta. Y no entendáis que son todos amos; son hombres que hacen lo que el maestro, o el patrón, les manda. Todo el mundo es allí necesario; porque muchas otras ciudades de la provincia se abastecen en esta ciudad. La carta indicaba también que hay tantos mercaderes, y tan ricos, que hacen un comercio tan grande que no hay hombre que pueda decir toda la verdad respecto a ellos: tan desmesurada es la cosa.
Y también os digo que los grandes personajes y sus mujeres, y también todos los jefes de las estaciones de oficios de que os he hablado, no hacen nada por sus manos, sino que viven tan delicadamente y tan limpiamente como si fueran reyes. Sus damas son también muy delicadas y angélicas.
Y también os digo que el rey había decretado que cada habitante debía hacer el oficio de su padre y de sus antepasados; aunque poseyese cien mil besantes, no podía hacer otro oficio distinto al que su padre había tenido. No vayáis a creer que estaban obligados a trabajar con sus propias manos, sino que, por lo menos, estaban obligados a mantener la tienda y los obreros, a fin de proseguir el trabajo ancestral. Pero no son obligados por el Gran Señor, porque si un artesano ha llegado a tal fortuna que puede y quiere abandonar su trabajo, no esta obligado por nadie a practicarlo durante más tiempo. Porque el Gran Can razona de esta manera: si un hombre practica un oficio porque es pobre -porque sin trabajo no podría procurarse lo necesario- y si en el transcurso del tiempo le ha favorecido tanto que puede pasar decentemente su vida futura sin practicarlo por más tiempo, ¿por qué, si ya no lo desea, obligarle a continuar? Parecería entonces inconveniente e injusto que con aquel a quien los dioses han asegurado el éxito obrasen los hombres en sentido contrario.
Los habitantes originarios de la ciudad de Quinsai tienen su casa muy bien construida y ricamente trabajada y toman tanto placer en los adornos, pinturas y construcciones que las sumas que en ello gastan es algo pasmoso. Son gentes pacificas por haber sido bien educadas y acostumbradas por sus reyes, que eran de esa naturaleza. No manejan armas ni las guardan en la casa. No se oye jamas entre ellos diferencia o querella. Hacen su comercio u oficio con gran sinceridad y buena fe. Se aman tanto unos a otros que un distrito puede ser considerado como una gran familia, por la amistad que existe entre los hombres y las mujeres en razón de su vecindad. Su familiaridad es tan grande que se desarrolla entre ellos sin celos ni sospecha respecto a las mujeres, a las que tienen en gran respeto. Porque quien osara decir palabras deshonestas a una mujer casada sería tenido por muy infame. Son igualmente acogedores con los extranjeros que llegan hasta ellos para comercíar y los reciben amablemente en su morada, saludándolos y prestándoles toda ayuda y consejos en los negocios que llevan. En cambio no les gusta ver soldados, ni siquiera a los de la guardia del Gran Can, porque les parece que por ellos fueron privados de sus reyes y señores naturales.
Y también os digo que hacía Mediodía hay un gran lago que tiene treinta millas de perímetro; y todo alrededor hay muchos hermosos palacios y muchas bellas casas, tan maravillosamente hechas que no podrían hacerse mejor ni más ricas. Pertenecen a los gentileshombres y a los grandes. También hay alrededor del lago muchas abadías y muchos monasterios de ídolos, que son numerosísimos. Y también os digo que en el centro del lago hay dos pequeñas islas, donde hay palacios maravillosos y ricos, tan bien hechos y tan bien adornados que parecen realmente palacios de emperadores. Por eso, cuando un notable desea hacer una gran boda o banquete en un lugar encantador, van a uno de estos palacios y allí hacen su boda y su fiesta; y allí encuentran todo lo necesario para los invitados, a saber: la vajilla, la mantelería y los cubiertos. A veces son un centenar los que quieren hacer una boda o los que quieren hacer un banquete; no obstante, todos son instalados convenientemente en salas o galerías y en tal orden que nadie molesta a los demás.
También se encuentran sobre este lago barcos o barcas en gran numero, grandes y pequeños, para ir a divertirse y pasar un rato. Pueden llevar a diez, quince, veinte o más personas, porque tienen de quince a veinte pasos de largo con un fondo ancho y llano, de suerte que nadan sin rodar de un lado o del otro. Quien desee ir a divertirse con mujeres o amigos, toma una de estas barcas que siempre están adornadas con bellos asientos y con hermosas mesas y con todos los objetos necesarios para celebrar un festín. Además, esas barcas están cubiertas y son llanas; en ellas hay hombres con varas que apoyan en el fondo, porque el citado lago no tiene más de dos pasos de profundidad; así guían las barcas donde se les dice. Por dentro, el techo esta pintado de colores variados y de dibujos, y lo mismo toda la barca; todo alrededor hay ventanas que pueden abrirse y cerrarse, y los que están sentados a la mesa, en los lados, pueden mirar aquí y allá y recrear los ojos con la variedad y la belleza de los lugares a que se les lleva. Allí llegan los mejores vinos, allí se llevan las confituras más perfectas. De ese modo, los hombres que navegan por el lago se regocijan juntos, porque su espíritu y sus cuidados no se aplican nada más que a las delicias del cuerpo y al placer de regocijarse en compañía. Porque sabed que este lago les procura más relajo y confortación que cualquier otra cosa que pudieran tener en tierra firme, porque por un lado se extiende a lo largo de la ciudad, cuya grandeza y belleza se puede ver de muy lejos desde las citadas barcas, ¡tantos palacios, templos, monasterios, jardines de arboles altísimos que dominan la orilla hay! Esas barcas se encuentran en todas las estaciones sobre ese lago con gentes que se distraen; porque los habitantes de la ciudad, después de haber hecho su trabajo o sus negocios no piensan más que en pasar una parte del día con sus damas o cortesanas, llevando alegre vida en las barcas, o en carretelas alrededor de la ciudad, de la que debíamos decir dos palabras, porque es un placer de los habitantes cruzar la ciudad, igual que hacen con los barcos en el lago.
Hay muchas casas hermosas en la ciudad, y aquí y allá muchas torres de piedra fina, grandes y altas, para uso común del distrito; ahí es donde las gentes de la vecindad llevan todos sus bienes para que no se quemen cuando se incendia la ciudad. Hay seis mil guardas que protegen la ciudad del fuego, pues sabed que se incendia con mucha frecuencia porque hay muchas casas de madera. Y también os digo que las gentes son idólatras y pertenecen al Gran Can, y tienen moneda de papel. Tanto los hombres como las mujeres son hermosos y graciosos, y la mayoría se visten siempre de seda, debido a su gran abundancia, porque se fabrica en todo el territorio de Quinsai. además de las grandes cantidades que los mercaderes llevan continuamente desde otras provincias. Comen la carne de los caballos, de los perros y de todos los demás brutos, y de otros animales que ningún cristiano comería por nada del mundo.
Y también os digo que, después de la conquista de la ciudad por el Gran Can, se ordenó que en la mayoría de los doce mil puentes de la ciudad diez hombres montaran guardia cada noche y cada día, en un refugio, cinco de día y cinco por la noche. Están allí para guardar la ciudad, para que nadie haga nada malo, y que nadie sea lo bastante audaz como para pensar en traición y rebelar a la ciudad. En cada puesto de guardia hay un gran tabernáculo de madera con una gran bacía y un reloj, gracias a lo cual conocen las horas de la noche e incluso las del día. Y desde el principio de la noche, cuando pasa una hora, uno de los hombres de guardia golpea una vez sobre el tabernáculo y sobre la bacía, y de esta forma el distrito sabe que es la una. A la segunda, dan dos golpes, y hacen lo mismo a cada hora aumentando el numero de golpes. Jamás duermen. sino que siempre están vigilantes. Por la mañana, cuando el sol comienza a levantarse, empiezan a golpear una hora como habían hecho la víspera por la noche, y así cada hora. Algunos van por el distrito, para ver si alguien tiene una luz o un fuego encendido después de las horas permitidas; si lo encuentran, marcan la puerta y al día siguiente por la mañana hacen comparecer al dueño de la casa ante los señores, y si n o encuentra una excusa legitima, es castigado. Si encuentran a alguien que va por las calles más allá de la hora permitida, lo detienen y lo entregan a los señores a la mañana siguiente. Por el día, si encuentran a un pobre que por estar demasiado enfermo no puede trabajar, lo meten en un hospital que los antiguos reyes hicieron construir un número infinito en todos los rincones de la ciudad, y que poseen grandes rentas. Pero si esta bien, le obligan a algún trabajo. Cuando ven que hay fuego en una casa, lo hacen saber golpeando en el tabernáculo, y los guardias de los otros puentes acuden para apagarlo, y para salvar los bienes de los mercaderes o de otros en las torres de seguridad, y también los meten en barcas y los llevan a las islas del lago, porque ningún habitante tendría valor para salir de su casa por la noche, ni de ir a apagar el fuego; sólo van aquellos a quienes pertenecen los bienes y los guardias que van en su ayuda, que no son nunca menos de mil o dos mil.
Y también os digo otra cosa: en la ciudad, en diferentes lugares distantes una milla uno de otro, hay una gran colina en cuya cima hay una torre de madera donde siempre se monta guardia, y especialmente por la noche; en esta torre esta colgada una gran plancha de madera, que un hombre sostiene con una mano mientras con la otra golpea con un mazo de madera, de suerte que se la oye desde muy lejos. Hace sonar esta plancha siempre que hay un fuego en la ciudad, o también si ocurre algún tumulto o sublevación; cuando ocurre el hecho, la plancha suena al punto; todos los guardias de los puentes vecinos saltan. sobre sus armas y corren donde es necesario. El Gran Can ha hecho guardar muy bien esta ciudad, y con gran numero de gentes, porque es capital y sede de toda la provincia del Mangi y saca de ella grandes rentas y grandes tesoros, tan grandes que quien lo oyese no lo podría creer. Pero si el Gran Señor la hace guardar tan bien y por tanta gente es también por miedo a que se rebelen.
Y tened por cierto que las vías de esta ciudad están muy bien pavimentadas de piedras talladas y de ladrillos cocidos de suerte que toda la ciudad esta muy limpia; y asimismo lo están todas las rutas principales y calzadas de toda la provincia del Mangi, tan bien que por ellas se puede cabalgar en toda estación muy limpiamente; y a pie se puede atravesar todo el país sin ensuciarse los pies. De hecho, el país es muy bajo y muy llano, y por tanto lleno de barro cuando llueve: si las calles no estuvieran completamente pavimentadas, quiero decir «donde hace falta», a veces no se podría caminar ni a caballo ni a pie. Pero como los correos montados del Gran Can no podrían recorrer rápidamente las calles pavimentadas, se deja sin pavimentar un arcén para ello. En realidad, las calles principales de que os hemos hablado antes, y que atraviesan la ciudad de un extremo al otro, están pavimentadas, como las rutas, con piedras y ladrillos en diez pasos de largo por cada lado, pero en el centro esta todo lleno de una gravilla fina, con conductos abovedados que llevan las aguas de lluvia a los canales vecinos, de suerte que siempre están secos. Por esta calle principal se ven siempre ir y venir ciertos vehículos largos cubiertos, provistos de cortinas y de cojines de seda, donde pueden estar seis personas. Son alquilados todos los días por hombres y mujeres que quieren ir para su placer. Y en toda época se ve un numero infinito de esos vehículos recorrer la citada calle por el centro; sus ocupantes van a ciertos jardines, donde son acogidos por los jardineros bajo ciertos sombrajes dispuestos adrede, donde se quedan para solazarse todo el día con sus damas; y por la noche, vuelven a sus casas en esos vehículos.
Y también os digo que en esta ciudad de Quinsai hay cuatro mil baños artificiales. Son estufas, donde los hombres y las mujeres se bañan y gustan grandes delicias; van allí muchas veces al mes, porque son muy cuidadosos de su persona. Y os digo que son los más hermosos, los mejores y los más grandes del mundo; porque os aseguro que son tan grandes que más de cien hombres o cien mujeres pueden bañarse al mismo tiempo.
Y también os hago saber que a veinticinco millas de esta ciudad esta la mar Océana entre Griego y Levante, y allí hay una ciudad llamada Gampú, que es buenísimo puerto, al que van grandísimas naves con grandísimas mercaderías de gran valor de la India y de otras regiones, lo que añade valor a la ciudad. De Quinsai a este puerto hay un gran río, gracias al cual las naves pueden llegar hasta la ciudad. Todo el día los navíos de Quinsai descienden y remontan este río con su flete, y allí descargan en otros navíos que van a diferentes partes de la India y del Catai. Además, el río atraviesa otras tierras y ciudades más alejadas que Quinsai del Océano.
Y también os digo que después de haberla reducido a su obediencia el Gran Can dividió la provincia del Mangi en nueve partes, es decir que hizo nueve grandísimos reyes, a cada uno de los cuales pertenece un gran reino. Pero no obstante sabed que todos estos reyes están allí en nombre del Gran Can, y cada año rinden cuentas de su reino, cada uno del suyo, a los intendentes del Gran Señor, por la renta y por todo lo demás. En Quinsai vive uno de estos nueve reyes, Señor de más de ciento cuarenta ciudades grandes y rizas.
Y también os diré una cosa que os maravillará. Porque os digo que no hay duda de que en esta vasta provincia del Mangi hay en total más de mil doscientas ciudades, y en cada una hay una guardia del Gran Can, además de poblaciones y burgos, de los que hay gran cantidad, tan importante como voy a deciros. Tened por cierto que en cada ciudad que tiene la guardia más débil hay mil hombres; y tal otra esta guardada por diez mil; y tal otra por veinte mil; y tal otra por treinta mil, según el estado de las regiones y su poder, y todas son pagadas por el Gran Señor. Estas guardias son tantas en numero que a duras penas podrían contarse, y no me atrevo a decirlo por miedo a no ser creído; pero la ciudad de Quinsai tiene desde luego una guardia de treinta mil soldados. Por eso, la mayor parte de las rentas de las ciudades, que se recogen en el tesoro del Gran Can, se deja a un lado para mantener estas guardias de mercenarios. Si ocurre que alguna ciudad se rebela, porque los hombres, arrebatados por alguna locura o veneno, matan a menudo a sus gobernadores, al instante de ser conocido el suceso, las ciudades vecinas mandan tantos hombres de su ejército que destruyen las ciudades que han caído en ese error; porque sería cosa demasiado larga hacer ir un ejército de otra provincia del Catai; harían falta por lo menos dos meses.
No penséis que todos estos hombres son tártaros: son del Catai, buenos guerreros; porque los tártaros son hombres de a caballo; y no viven más que en ciudades que no están en regiones húmedas, sino sólo en aquellas que están situadas en país seco y sólido, donde pueden ejercitarse a caballo. Estos hombres que guardan las ciudades no van todos a caballo; hay una gran parte a pie, según lo que exija la protección de cada plaza. A las ciudades que están en lugares húmedos manda catayenos y algunos hombres del Mangi que llevan las armas: porque todos son hombres de los ejércitos del Gran Can. Entre todos sus súbditos hace escoger cada año aquellos que parecen aptos para el oficio de las armas, y los enrola en su ejército. Los que provienen de la provincia del Mangi no son enrolados en la guardia de sus propias ciudades, sino mandados a otras. que pueden estar a veinte jornadas de viaje, donde permanecen cuatro o cinco anos, luego vuelven a las suyas, mientras se manda a otros en su lugar. Esa es la regla que observan los catayenos y los de la provincia del Mangi.
En resumen, con toda verdad os digo que los asuntos de la provincia del Mangi son una cosa tan grande por la riqueza, la renta y el provecho que el Gran Can saca de ellos, que no hay hombre que lo pueda creer si lo oye sin verlo, y apenas podría escribirse la gran nobleza de esta provincia; y me callare por tanto sobre este punto y no os diré en adelante nada de grandezas. Pero os digo una cosa más, y luego nos vamos de esta ciudad.
Sabed que todas las gentes del Mangi tienen la costumbre que voy a deciros. Es cierto que, cuando nace un niño, el padre o la madre hacen inscribir el día, la hora y el minuto de su nacimiento, y hacen decir a los astrólogos bajo que signo y bajo que planeta, y escriben todo de suerte que todos conocen su nacimiento. Y cuando, ya mayor, desea ir a otro lugar para hacer un viaje, comercio, boda o alguna otra cosa, se va en busca del astrólogo y le dice su nacimiento. Este le dice que es bueno ir a ese viaje o que no, y muchas veces le impide viajar, porque sabed que sus astrólogos son sabios en su arte y en los encantamientos diabólicos, tanto que dicen realmente a los hombres muchas cosas verdaderas, que les inspiran gran confianza. Hay muchos de esos astrólogos o magos en cada plaza. No se celebra desposorio alguno antes de que el astrólogo haya dicho su opinión; asimismo, si hay que celebrar una boda, hacen examinar por sus astrólogos si el futuro esposo y la futura esposa han nacido o no bajo planetas concordantes: si concuerdan, se realiza el matrimonio; pero si se oponen, se rompe.
Y también os diré que tienen por costumbre que, cuando muere un hombre rico, cuando el cuerpo del muerto es llevado a quemar, todos los parientes, hombres y mujeres se visten -de modo barato- de cañamazo en señal de luto, y van con el cuerpo; cogen entonces. sus instrumentos de música y van tocando y cantando oraciones a los ídolos con voz dulce. Una vez llegados allí donde el cuerpo debe ser quemado, se detienen y mandan hacer caballos, esclavos hombres y mujeres, camellos, sillas, arreos, vestidos de oro y de seda, monedas de oro y de plata en gran abundancia, cosas todas que hacen de papel. Cuando han hecho todo esto, lo prenden y queman el cuerpo con esas cosas diciendo que ese muerto tendrá todas esas cosas en el otro mundo, [como alguien] que vive en carne y hueso, [así como] la moneda de oro, y los vestidos de oro y de seda. Una vez acabado el fuego, tocan todos los instrumentos juntos con gran regocijo, cantando continuamente; porque dicen que un honor completamente semejante al que le rinden mientras arde le será hecho en el otro mundo por sus dioses y por los ídolos; que los instrumentos que han tocado, y los cantos de los ídolos, los encontrarán en el otro mundo, y que el mismo ídolo ira a su encuentro para rendirle honor; y finalmente que ha nacido de nuevo en ese otro mundo, y comienza una vida nueva.
A causa de esta clase de fe, no temen la muerte, ni se preocupan de ella, con tal que vaya acompañada de honores como se dice más arriba, creyendo firmemente que serán honrados de la misma suerte en el otro mundo. Por eso los hombres de la provincia del Mangi son más apasionados que los de otras; por cólera y pesar se dan a menudo muerte. Porque si ocurre que uno de ellos ha dado un golpe a algún otro, o le tira de los cabellos, o le ha hecho alguna herida o algún mal. y el ofensor es tan poderoso e importante que el desventurado no puede vengarse, la víctima se colgara ella misma, por exceso de pena, en la puerta de su ofensor, por la noche, y morirá allí haciéndole esta afrenta para gran reprobación y desprecio: y cuando el ofensor ha sido descubierto gracias al testimonio de los vecinos, lo condenan, para redimir su crimen, a asistir a la incineración, a honrar al muerto con instrumentos, servidores y otras cosas que hemos dicho, según su costumbre, con gran festejo. Tal es la razón por la que el otro se ha ahorcado, a saber, que ese hombre rico y poderoso le honrara a su muerte, a fin de que el mismo sea así honrado en el otro mundo. De suerte que mantienen esta costumbre.
Y en esta ciudad se halla el palacio del rey Facfur que huyó, y que era Señor del Mangi; es el más hermoso y más noble del mundo. Y os diré algo. Sabed que tiene diez buenas millas de perímetro, que es cuadrado y que esta rodeado de espesos y altos muros, todos con almenas. En el recinto de los muros hay bellísimos jardines con todos los buenos frutos que un hombre sepa describir. Hay muchas fuentes hermosas y muchos lagos donde se encuentran muchos buenos peces. Y en el centro esta el palacio, grandísimo y bello. Hay un salón tan amplio y bello que grandísima cantidad de gente podría estar allí y comer en mesa. Esa sala esta toda pintada y decorada de pintura oro y azul, y hay muchas historias de animales y de pájaros y de caballeros y damas y muchas maravillas. Es una vista bellísima de mirar, porque en todos los muros y todos los techos no se puede ver más que pinturas de oro. ¿Que más puedo deciros? Sabed que no podría describiros la gran nobleza de este palacio; más os diré: breve y sumariamente toda la verdad sobre el. Tened por cierto que este palacio tiene veinte salas, todas de igual grandeza y decoración; son tan amplías que diez mil hombres podrían comer sentados a la mesa fácilmente; están todas ellas; pintadas y trabajadas en oro muy noblemente. Y os digo que este palacio tiene mil habitaciones: son alojamientos hermosos y grandes, tanto para dormir como para comer. De los frutos y peces, ya os he hablado.
Tened también por cierto que, habiéndose encontrado micer Marco en esta ciudad de Quinsai cuando se presentaba a los intendentes del Gran Can la cuenta de las rentas y el censo de los habitantes, vio que en esta ciudad estaban registrados 160 tomanes de hogares o de familias, contando por un hogar la familia que vive en una casa, es decir 160 tomanes de casas. Y os digo que el toman es de diez mil, por lo que debéis saber que en total son 1.600 millares de casas, entre las que hay gran cantidad de ricos palacios. Hay una iglesia de cristianos nestorianos, una sola para tanta gente.
Y puesto que os he descrito la ciudad, os diré una cosa que es preciso contar. Sabed que todos los burgueses de esta ciudad y también los de todas las demás tienen la siguiente costumbre y uso: a la puerta de su casa cada cual escribe su nombre, el de su mujer y de sus hijos, y el de las mujeres de sus hijos, y de sus esclavos, y de todos los de su casa. Y también esta escrito ahí cuantos caballos posee. Si resulta que uno de ellos muere, hacen quitar su nombre; y si se produce un nacimiento, se añade también este nombre. De esta manera los señores de cada ciudad saben las gentes que tienen en su ciudad. Y esto se hace en toda la provincia del Mangi, y también en la del Catai.
Y también os diré otra buena costumbre que hay: sabed que todos los que tienen albergues y que alojan a viajeros deben inscribir por su nombre a todos los que se han refugiado en sus albergues, y que día de que mes lo han alojado, de tal forma que durante todo el año el Gran Can puede saber quién va y quién viene por toda su tierra. Es esa una cosa que conviene a hombres prudentes.
En la provincia del Mangi casi todos los pobres y necesitados que no pueden educar a sus hijos venden sus hijos e hijas a otros que son ricos y nobles, a fin de que, por el precio de sus hijos, puedan subvenir a sus propias necesidades, y que los hijos puedan estar mejor educados y tener una vida más decente con esas personas.
Para hacer una comparación de la pimienta que se consume en esta ciudad, y así podáis deducir la cantidad de las vituallas, carne, viandas y especias que se ofrecen a su consumo. micer Marco estudió las cuentas hechas por uno de los que sirven en las aduanas del Gran Can; encontró mediante esta investigación que en la ciudad de Quinsai, el día que queráis. se consumen cuarenta y tres cargas de pimienta, y cada carga pesa doscientas veintitrés libras; de este modo podéis saber la cantidad de otras especias que en ella se consumen, y también cuántos géneros se necesitan para responder a la demanda.
Por último hablaremos de la maravilla que ocurrió cuando Baián sitiaba la ciudad: cuando el rey Facfur huía de su vista. una multitud de gentes escapaba por barco por cierto río, ancho y profundo, que pasa a un lado de la ciudad. Y mientras ellos huían de esta forma por ese río, al instante fue completamente desecado, de suerte que Baián, informado, se dirigió allí y obligó a todos los que huían a volver a la ciudad. Y se descubrió un pez tumbado en la tierra seca de través en el cauce del río, que era maravilla de ver, porque tenía cien pasos de largo, pero su grosor no correspondía de ninguna manera a su longitud. Era incluso completamente peludo, y muchos comieron de él, y de ellos muchos murieron. Y micer Marco, como dice, vio la cabeza de este pez con sus propios ojos en cierto templo de ídolos.
Ya os he dicho una parte de estas cosas, y ahora quiero hablaros de la gran renta que el Gran Can tiene de esta ciudad y sus dependencias, que es una de las nueve partes de la provincia del Mangi.
CLIV.—DONDE SE HABLA DE LA GRAN RENTA QUE EL GRAN CAN SACA DE QUINSAI
Quiero enumerar ahora la grandísima renta que el Gran Can obtiene de esta ciudad de Quinsai y de las tierras que están bajo su Señorío, lo que constituye una de las nueve partes de la provincia del Mangi. Os hablare primero de la sal , porque le reporta más. Y tened por cierto que la sal de esta ciudad le reporta cada año, en bruto, ochenta tomanes de oro; siendo cada toman setenta mil saggi de oro, los ochenta tomanes ascienden en total a quinientos mil y seiscientos mil saggi de oro; cada saggio vale más de un florín de oro, o de un ducado de oro, y por tanto es cosa maravillosa y grandísima cantidad de moneda.
Después de haberos hablado de la sal, ahora os hablaré de otros géneros y mercaderías. Os aseguro que el azúcar, que paga tres -un tercio por ciento-, llega y se fabrica en esta provincia, así como en las otras ocho partes del Mangi, en cantidad más del doble de la que se fabrica en todo el resto del mundo. Y las gentes lo dicen como verdad, y es también grandísima fuente de renta.
Pero no os diré detalladamente toda la especiería artículo por artículo, sino que os hablare de ella en conjunto. Porque sabed que todas las especias rinden tres -un tercio por ciento-. Del vino que hacen del arroz tienen también gran renta, y del carbón, y de todos los doce cuerpos de oficios de que antes os he hablado, cada uno de los cuales tiene doce mil estaciones. De estos oficios sacan grandísimas rentas, porque todas las cosas pagan un derecho. Pero ¿quién? Todos los mercaderes que aportan géneros a esta ciudad por tierra, y la llevan hacía otros lugares, y lo mismo aquellos que las llevan por mar, pagan también una treintava parte de los valores; pero los que llevan a la ciudad mercaderías por mar, y desde comarcas alejadas, como las Indias, pagan el diez por ciento. Además, entre todos los bienes que se han producido en el país y que provienen tanto de animales como de la tierra, se entrega la décima parte al gobierno del Señor. En cuanto a la seda de la que tanta abundancia tienen, los derechos son grandísimos. ¿Por que haceros más largo el relato? Sabed que se da el diez por ciento sobre la seda, y que esto asciende a sumas desmesuradas. Y muchas otras cosas pagan también el diez por ciento.
Y para que sepáis la suma, os digo que yo, Marco Polo, que varias veces fui mandado por el Gran Can para ver y oír la cuenta de las rentas anuales que el Señor tiene de todas estas cosas, sin contar la sal de que os he hablado antes, digo que sube ordinariamente a doscientos diez tomanes de oro cada año, que valen quince millones setecientos mil saggi de oro. Es esa una de las más desmesuradas cifras de renta y de moneda que jamas se haya oído contar, y no es más que una de las nueve partes de la provincia. Y bien podéis ver que si el Señor tiene tal renta de la novena parte del país, la renta de las otras ocho debe valer mucho más; aunque es cierto que esta es la que da mayores beneficios por ser la más grande.
Por el gran beneficio que el Gran Señor saca de esta comarca, la quiere mucho y hace cuanto puede para guardarla cuidadosamente y para mantener en gran paz a los que en ella viven. Todas estas rentas el Gran Can las gasta en los ejércitos que hay para guardar las ciudades y regiones, y en eliminar la pobreza de las ciudades.
Pero nos marcharemos de esta ciudad de Quinsai, de la que os hemos contado una gran parte de todos sus hechos, y seguiremos hacía adelante para hablaros de una ciudad que se llama Tanpigiu.