ARMIÑO, M. (1987). Marco Polo. Libro de las Maravillas. Madrid: Anaya.
DONDE SE HABLA DE LA CIUDAD DE FUGIU
Y sabed que esta ciudad de Fugiü es capital del reino llamado Chonchá, que es una de las nueve partes de la provincia del Mangi. Y sabed que se hace en ella gran comercio y tiene muchos mercaderes y artesanos. Son idólatras y pertenecen al Gran Can. Una grandísima cantidad de hombres de armas viven en ella, porque sabed que siempre viven allí varios ejércitos del Gran Can, pues por la región muchas veces se rebelan las ciudades y aldeas; en efecto, coma se ha dicho en otra parte, se preocupan poco de la muerte, porque creen que vivirán con honor en el otro mundo, y también porque viven en lugares escarpados de la montaña; y cada vez que son pervertidos y se alzan contra sus gobernadores los matan. Entonces, los del ejército que permanecen en esta ciudad van a ellos cuando los otros se rebelan, toman y destruyen la ciudad, y hacen lo necesario para preservar la autoridad del Gran Can. Por eso varios ejércitos del Gran Can viven en esta ciudad. Sabed que tiene rio, que tiene su buena milla de ancho, pasa par medio de esta ciudad, donde tienen muchas naves que nadan por ese rio; sobre él también hay un bellisimo puente de barcos, que son retenidos por fuertes anclas, y que se unen por grandes y fuertes maderos. También hacen azúcar en tan gran abundancia que nadie podría contarlo. Se hace en ella gran comercio de perlas y otras piedras preciosas: por eso las naves de la India vienen en gran número con muchos mercaderes que frecuentan las islas de la India.
En este país se encuentran muchos leones, que se cogen con trampas; en efecto, en los lugares apropiados se cavan dos fosas muy profundas, una al lado de la otra, entre las que se deja un poco de suelo firme, quizás de la largura de una vara a cada lado de las fosas se hace un alto seto, pero nada en los dos extremos. Por la noche, el dueño de las fosas ata un perrito al suelo que queda entre ellas, y, dejándolo alli, se va. El perro atado de esta forma, cuando es dejado por el amo, no cesará de ladrar; y es preciso que el perro sea blanco. Por lejos que pueda estar, el leon oye la voz del perro y corre hacia él furioso, y cuando lo ve de un blanco resplandeciente desea saltar deprisa para cogerlo y cae en la trampa. Por la mañana, el amo de las fosas va y mata al leon en la fosa. Su carne será comida porque es buena, y la piel será vendida porque vale muy cara. Pro, si quiere cogerlo vivo, lo sacará con un aparejo.
También se encuentman en este distrito ciertos animales llamados papiones, que son especies de zorros. En efecto, merodean y hacen mucho daño a las cañas que producen eI azúcar. Y cuando los mercaderes que pasan por el distrito con su caravana se detienen en un lugar para descansar y dormir, estos papiones van a dos por la noche secretamente, y todo lo que pueden quitar lo quitan y se lo llevan, causando asi muchas pérdidas. Pero se los coge de la siguiente manera: tienen grandes calabazas que cortan por la parte de arriba, haciendo una entrada de tal anchura, que uno de los papiones puede meter su cabeza con cierta insistencia. La boca de la calabaza no se romperá por el violento esfuerzo de la cabeza del papión. porque se hacen agujeros en torno a la boca, pasando luego un lazo por estos agujeros. Hecho esto, se pone un poco de alguna grasa en el fondo de las citadas calabazas, y se disponen en diversos lugares alrededor de la caravana, no demasiado cerca. Cuando los papiones se acercan a la caravana para quitarle algo, sienten el olor de la grasa que está en las calabazas y van hacia ellas: quieren meter allí la cabeza y no pueden. Pero ernpujando violentamente por ganas del alimento que está dentro, fuerzan su cabeza a entrar. Entonces, al no poderla retirar, se levantan, llevando con ellos las calabazas sujetas. No saben donde van, y los mercaderes los atrapan a su antojo. La carne es muy buena de corner, y las pieles se venden rnuy caras.
En este distrito se crian ocas tan gordas que la pieza pesa ochenta libras; tienen una gran papera bajo el gaznate, y como si tuviera un bulto encirna de su pico, cerca de las aletas de la nariz, como tiene el cisne, pero rnás gordo que en éste.
Tarnbién se dice que esta ciudad de Fugiü está cerca del Puerto que está a oriilas del Océano, y ahi van muchas naves de la India con rnuchas mercaderias; luego, desde ese puerto, las naves van por el gran rio de que os he hablado antes hasta la ciudad de Fugiü. Asi llegan las cosas preciosas de la India. Tienen gran abundancia de todo lo necesatio para el cuerpo del hombme para vivir. También tienen hermosos jardines, y deleitables, con muchos buenos frutos. Es tan buena ciudad y está tan bien ordenada en todo que es maravilla.
Y diremos una cosa que micer Marco contó, y que hace bien en referir. Cuando micer Mafeo y maese Marco en persona estaban en la citada ciudad de Fugiü en compafñia de cierto sabio sarraeeno, éste les dijo:
—En tal lugar hay una clase de gente, de cuya religión nadie comprende ni gota. No es idolatria, puesto que no tienen idolos, y no adoran al fuego. No reconocen a Mahoma. Y no parece tampoco que sigan la ley cristiana. Os place que vayamos y que hablemos con ellos? Quizá sepamos alga de su vida.
Y fueron y empezaron a hablarles, y a examinarles y a preguntarles par su vida y su religión. Pero parecían temer que se les interrogara para quitarles su religión. Entonces, los citados miceres Mafeo y Marco, observando que estaban asustados, empezaron a engatusarlos y les dijeron:
—No tengáis miedo; no hemos venido para haceros el menor mal del mundo; sólo para vuestro bien y para arreglar vuestros asuntos.
Porque aquellas gentes temian que fueran diputados por el Oman Señor para hacer este examen, y que de ella resultara alguna desgracia para ellos. Pero micer Mafeo y micer Marco frecuentaron tanto este lugar un dia y otro, familiarizándose con ellos y preguntándoles par sus asuntos, que encontraton que estas gentes tenian la religión cristiana. Porque tenian libras, y los micerês Mafeo y Marco leyendo en eilos se pusieron a traducir la escritura palabra a palabra y de lengua a lengua, de suerte que encontraron que era el texto del Salterio. Les pteguntaron entonces de quién tenian ellos esa religión y esa ley. Y eilos respondieron:
—De nuestros antepasados.
En cierto templo, a su modo, tenian tres figuras pintadas, que eran unos apóstoles de los setenta que habian ido a predicar por el mundo. Y dijeron que hacia mucho tiempo aquéllos habian enseñado la religión a sus antepasados, y que esa fe había sido conservada siempre entre ellos desde hacia setecientas años; pero que, desde entonces, habian permanecido sin enseñanza, y que por tanto ignoraban las principales cosas.
—Sin embargo, tenemos de nuestros antepasados que debemas celebrar, según nuestros libros, a estos tres apóstoles y reverenciarlos.
Entonces los miceres Mafeo y Marco dijeron:
—Vosotros sois cristianos, y nosotros también somos cristianos. Os aconsejamos que mandéis una embajada al Gran Can y le expliquéis vuestra situación, para que pueda conoceros y para que podáis conservar libremente vuestra religión y vuestra ley.
Porque debido a los idólatras, no se atrevían a afirmar o a practicar su religion a la luz del dia. Se dirigieron pues dos de ellos al Gran Can. Los miceres Mafeo y Marco les recomendaron presentarse ante todo a un hombre que era el jefe de los cristianos en la corte del Gran Can para que pudiera presentar su caso en la corte del Señor. Los mensajeros asi lo hicieron. Y qué ocurrió? El que era jefe de los cristianos declaró ante el Gran Can que aquellas gentes eran cristianos, y que debian ser reconocidos en su señorio como cristianos; pero el que era jefe de los adoradores de los idolos, al oir esto, lanzó una demanda de sentido opuesto, diciendo que no debia ser asi, porque los susodichos eran idólatras, y siempre habían sido tenidos por idólatras. Se levantó una gran disputa sabre este punto en presencia del Señor. Por fin, el Señor se encolerizó, hizo salir a los dos, ordenó a los mensajeros que se acercaran y les preguntó si querian ser cristianos o idólatras Ellos respondietan que si a él le placia, y si no era contrario a su Majestad, deseaban ser ctistianos como sus antepasados. Entonces el Gran Can ordenó que se hicieran privilegios para dos, segün los cuales debian ser considerados como cristianos, y que tenian derecho a seguir aquella ley todos los englobados en esa creencia; porqtue resultó que en toda la provincia del Mangi, aqui y allí, eran más de setecientas las familias que seguian esta creencia. No hay más ahi que merezca atención y por tanto no os hablaremos más de ella; seguiremos adelante para contaros otras cosas.