Ibn BattutaDe cómo guardan a los viajeros por los caminos
China es el país mas seguro y propicio para el viajero. Cualquiera puede viajar solo por espacio de nueve meses de marcha, aún llevando muchas riquezas, sin temer nada. La disposición de esto es como sigue: en cada lugar de parada en la ruta hay una posada bajo la custodia de un oficial allí residente, que manda una guardia de jinetes e infantes. Al caer la tarde, o ya de noche, el oficial viene al mesón y con él su escriba que toma nota de todos los caminantes que pernoctan allí, sella la relación y cierra la puerta de la fonda por fuera. Al alba, regresa con el amanuense y llama por su nombre a todo el mundo, redactando un informe detallado. Luego envía con los viajeros a alguien que les acompañe hasta la siguiente etapa y vuelva con un albalá del otro oficial en que certifique haber llegado todos a él. De lo contrario, el mandadero es responsable. Así se hace en todos los puntos de parada en su país, desde Sin as-Sin [Cantón] hasta Jan Baliq [Pekín]. En estas fondas hay todas cuantas provisiones puede precisar el viajero, sobre todo, gallinas y ocas, pero el ganado lanar es raro.
Volviendo a la relación de nuestro viaje, diremos que, tras cruzar el mar, la primera población a que arribamos fue la ciudad de Zaytun [Tseu-Thung, Thsiuan-Tcheu-Fou], en la que no hay ningún aceituno, ni tampoco en las tierras todas de China e India. Sin embargo, se le puso este nombre. Es una grande y magnífica ciudad, donde se fabrican telas de terciopelo y satinadas que de ella toman el nombre y que aventajan a las de Jansa IHang-Tcheu-Fou] y Jan Baliq [Pekín].
La rada de Zaytun es una de las mayores del mundo o -mejor dicho- es la mayor. Allá vi obra de cien enormes juncos, aparte de incontables embarcaciones menores. Es una inmensa bahía que penetra en tierra hasta confundirse con el gran río.
En este lugar, como en toda China, cada habitante dispone de un huerto en cuya mitad tiene la casa, lo mismo que, entre nosotros, sucede en Siyilmasa. Por eso sus ciudades son tan extensas.
Los musulmanes habitan en una ciudad separada. El día de mi llegada pude ver al emir que marchara a la India como embajador portador de regalos y que saliera en nuestra companua pero cuyo junco se fue a pique. Me saludó y presentó al oficial de la aduana quien me dio un buen alojamiento. Me vinieron a visitar el distinguido y generoso cadí de los musulmanes Tay ad-Din _ al-Arduwili, el jeque del Islam Kamal ad-din ‘Abdallah, de Isfahan, hombre piadoso. También acudieron los principales mercaderes, entre ellos Saraf ad-Din at-Tabrizi, uno de los negociantes con que me endeudé a mi llegada a la India y el mejor de todos en comportamiento, sabe el Coran de memoria y lo recita con frecuencia. Estos comerciantes, al residir en tierra de infieles, cuando les llega un musulmán se regocijan enormemente y dicen: «Ha venido de tierra del Islam». Le entregan la limosna legal, con lo que se vuelve rico, como si fuera uno de ellos. Entre las personalidades allí residentes se contaba Burlan ad-Din al-Kazaruni que tenia una zagüía extramuros y a él pagaban los mercaderes las ofrendas que hacían al jeque Abu Ishaq al-Kazaruni.