Carta del emperador Jiaqing al rey de Inglaterra, Jorge III (1816)

        Tu reino, situado en lontananza, mas allá de varios océanos, que nos testimonia su sinceridad y aprecia nuestra influencia para su perfeccionamiento, ya hizo anteriormente, durante el 58 año Qianlong (1793), bajo el reinado del último emperador, que sus enviados atravesaran el mar y llegaran a nuestra Corte. Pero, en aquel entonces, los ministros enviados por tu país se habían acomodado a nuestros ritos con exactitud y respeto, y no se hicieron merecedores de ningún reproche con respecto a las formas establecidas. Asimismo, fueron recipiendarios deferentes de los favores y gracias imperiales y fueron llamados a contemplar en audiencia la persona del Emperador, participar en los festines organizados por Su Majestad, y a recibir gran profusión de dones.
        Este año, oh rey, has enviado nuevamente mensajeros portadores de una petición y les has entregado objetos procedentes de tu país con el fin de que me fueran ofrecidos como presentes. Considerando el respeto y la buena voluntad que demostrabas así de un modo tan concreto, sentí una gran alegría. Refiriéndome a los anteriores, di instrucciones a mis funcionarios para que, cuando tus ministros enviados hubieran llegado, fueran admitidos a contemplarme en audiencia, se organizaran festines y se les entregaran regalos, para que siguiera en todo el ceremonial adoptado bajo el emperador anterior. Tus ministros enviados llegaron a Tientsin y ordene que inmediatamente acudieran allí algunos funcionarios para ofrecerles un banquete en aquella ciudad; pero, contrariamente a lo previsto, tus enviados, al agradecer este banquete, no se adaptaron a las prescripciones de los ritos. Pensé entonces que si unos insignificantes ministros de un Reino lejano ignoraban las formas y las reglas habituales, podía compadecerles y perdonarles. Nombré especialmente a una serie de altos dignatarios encargados de decir a tus enviados, cuando estos estuvieran a punto de llegar a la capital, que, durante el 58 año de Qianlong, tus enviados anteriores, al ejecutar los saludos, se habían arrodillado y prosternado por completo según las reglas. ¿Cómo admitir, pues, en esta ocasión, que se cambiara semejante actitud? Tus enviados dijeron verbalmente a mis altos dignatarios que, llegado el momento, se someterían a los arrodillamientos y prosternaciones, sin que pudieran producirse infracciones a los ritos tradicionales. Mis altos dignatarios registraron este hecho en un informe al trono. Dicté entonces un decreto según el cual
    tus enviados debían ser admitidos en mi presencia el séptimo día de la séptima luna (el 29 de agosto de 1816). El 8 debía celebrarse un banquete en su honor en la sala Zheng da guang ming, donde les serían entregados regalos de mi parte y, además, recibirían provisiones en el jardín Tong le yuan. El 9 debían despedirse de mí, y yo, por mi parte, les habría concedido ese mismo día la merced de visitar la residencia imperial de Wan-shou shan. El 11 debían recibir presentes en la puerta
    Tai he men, trasladándose luego al Ministerio de los Ritos para participar allí en un festín. El 13 era la fecha establecida para su partida. Tanto las salutaciones que deberían hacer como las fechas concretas y las formas del ceremonial fueron íntegramente transmitidas por mis altos dignatarios a tus ministros enviados.
        El 7, día establecido para contemplarme en audiencia, cuando tus enviados habían llegado ya a las puertas de palacio y yo iba a ocupar mi lugar en la sala del trono, tu primer enviado declaró que una enfermedad repentina le impedía moverse o andar. Pensé que era muy posible que un súbito mal aquejara al primer enviado y ordené que sólo entraran en mi presencia los segundos enviados. Sin
    embargo, éstos declararon que también se sentían enfermos. La descortesía fue, pues, inconcebible. No les reprendí con demasiada severidad y les hice salir aquel mismo día para volver a su país. Dado que tus enviados no comparecieron ante mi, tampoco hubo lugar a que tu petición me fuera presentada y tus enviados se la volvieron a llevar. Sin embargo, teniendo en cuenta que tú, rey, me habías dirigido esta petición y unas ofrendas desde varios millares de leguas de distancia, y que si tus enviados se habían comportado de modo irrespetuoso para trasmitirme la expresión de tus sentimientos, la culpa era de ellos, comprendí que tú, rey, tenias un corazón respetuoso y buena voluntad. Asimismo, recibí y acepté entre los objetos que me enviaste como tributo, mapas geográficos, cuadros, paisajes y retratos.
        Yo alabo tu corazón sincero: lo cual equivale a decir que lo acepto todo. Además, te hago donación a tí, oh rey, de un Ru Yi o cetro de felicidad, de jade blanco, de un collar de Corte de jade verde, de dos pares de saquillos grandes y ocho pequeños, en testimonio de afecto y de bondad. Por lo demás, estás a una distancia demasiado grande de China y la expedición de enviados que realizan por mar tan largo viaje resulta muy difícil. Además, tus enviados no pueden estar al corriente de las formas rituales chinas, lo cual da lugar a una serie de discusiones que se repiten y de las cuales prefiero no enterarme.
        La Corte Celeste no asigna el valor de preciosos a los objetos llegados de lejos, y todas las cosas curiosas e ingeniosas de tu reino tampoco pueden ser consideradas como algo de gran valor. Tú,
    procura mantener la concordia entre tu pueblo, vela por la seguridad de tu territorio, sin flaquear en las cuestiones próximas o lejanas. He aquí, en verdad, lo que yo alabaría.
        En lo sucesivo ya no será necesario arriesgar a unos enviados para venir tan lejos, realizando el esfuerzo inútil de viajar por tierra y por mar. Basta sólo con que sepas mostrar el fondo de tu corazón y aplicarte a la buena voluntad, y entonces podrá decirse, sin que sea necesario que envíes cada año representantes a mi Corte, que estás en la senda de la transformación civilizadora. Y para que la obedezcas durante mucho tiempo, te dirijo esta Orden Imperial.

    (CHESNAUX, J. i BASTID, M. (1972). De las guerras del opio a la guerra franco-china. Barcelona. Ed. Vicens-Vives. Pàgs.65-68).