Tu reino, situado en lontananza, mas allá
de varios océanos, que nos testimonia su sinceridad y aprecia nuestra
influencia para su perfeccionamiento, ya hizo anteriormente, durante el
58 año Qianlong (1793), bajo el reinado del último emperador,
que sus enviados atravesaran el mar y llegaran a nuestra Corte. Pero, en
aquel entonces, los ministros enviados por tu país se habían
acomodado a nuestros ritos con exactitud y respeto, y no se hicieron merecedores
de ningún reproche con respecto a las formas establecidas. Asimismo,
fueron recipiendarios deferentes de los favores y gracias imperiales y
fueron llamados a contemplar en audiencia la persona del Emperador, participar
en los festines organizados por Su Majestad, y a recibir gran profusión
de dones.
Este año, oh rey, has enviado nuevamente
mensajeros portadores de una petición y les has entregado objetos
procedentes de tu país con el fin de que me fueran ofrecidos como
presentes. Considerando el respeto y la buena voluntad que demostrabas
así de un modo tan concreto, sentí una gran alegría.
Refiriéndome a los anteriores, di instrucciones a mis funcionarios
para que, cuando tus ministros enviados hubieran llegado, fueran admitidos
a contemplarme en audiencia, se organizaran festines y se les entregaran
regalos, para que siguiera en todo el ceremonial adoptado bajo el emperador
anterior. Tus ministros enviados llegaron a Tientsin y ordene que inmediatamente
acudieran allí algunos funcionarios para ofrecerles un banquete
en aquella ciudad; pero, contrariamente a lo previsto, tus enviados, al
agradecer este banquete, no se adaptaron a las prescripciones de los ritos.
Pensé entonces que si unos insignificantes ministros de un Reino
lejano ignoraban las formas y las reglas habituales, podía compadecerles
y perdonarles. Nombré especialmente a una serie de altos dignatarios
encargados de decir a tus enviados, cuando estos estuvieran a punto de
llegar a la capital, que, durante el 58 año de Qianlong, tus enviados
anteriores, al ejecutar los saludos, se habían arrodillado y prosternado
por completo según las reglas. ¿Cómo admitir, pues,
en esta ocasión, que se cambiara semejante actitud? Tus enviados
dijeron verbalmente a mis altos dignatarios que, llegado el momento, se
someterían a los arrodillamientos y prosternaciones, sin que pudieran
producirse infracciones a los ritos tradicionales. Mis altos dignatarios
registraron este hecho en un informe al trono. Dicté entonces un
decreto según el cual
tus enviados debían ser admitidos en mi presencia el séptimo
día de la séptima luna (el 29 de agosto de 1816). El 8 debía
celebrarse un banquete en su honor en la sala Zheng da guang ming, donde
les serían entregados regalos de mi parte y, además, recibirían
provisiones en el jardín Tong le yuan. El 9 debían despedirse
de mí, y yo, por mi parte, les habría concedido ese mismo
día la merced de visitar la residencia imperial de Wan-shou shan.
El 11 debían recibir presentes en la puerta
Tai he men, trasladándose luego al Ministerio de los Ritos para
participar allí en un festín. El 13 era la fecha establecida
para su partida. Tanto las salutaciones que deberían hacer como
las fechas concretas y las formas del ceremonial fueron íntegramente
transmitidas por mis altos dignatarios a tus ministros enviados.
El 7, día establecido para contemplarme en
audiencia, cuando tus enviados habían llegado ya a las puertas de
palacio y yo iba a ocupar mi lugar en la sala del trono, tu primer enviado
declaró que una enfermedad repentina le impedía moverse o
andar. Pensé que era muy posible que un súbito mal aquejara
al primer enviado y ordené que sólo entraran en mi presencia
los segundos enviados. Sin
embargo, éstos declararon que también se sentían
enfermos. La descortesía fue, pues, inconcebible. No les reprendí
con demasiada severidad y les hice salir aquel mismo día para volver
a su país. Dado que tus enviados no comparecieron ante mi, tampoco
hubo lugar a que tu petición me fuera presentada y tus enviados
se la volvieron a llevar. Sin embargo, teniendo en cuenta que tú,
rey, me habías dirigido esta petición y unas ofrendas desde
varios millares de leguas de distancia, y que si tus enviados se habían
comportado de modo irrespetuoso para trasmitirme la expresión de
tus sentimientos, la culpa era de ellos, comprendí que tú,
rey, tenias un corazón respetuoso y buena voluntad. Asimismo, recibí
y acepté entre los objetos que me enviaste como tributo, mapas geográficos,
cuadros, paisajes y retratos.
Yo alabo tu corazón sincero: lo cual equivale
a decir que lo acepto todo. Además, te hago donación a tí,
oh rey, de un Ru Yi o cetro de felicidad, de jade blanco, de un collar
de Corte de jade verde, de dos pares de saquillos grandes y ocho pequeños,
en testimonio de afecto y de bondad. Por lo demás, estás
a una distancia demasiado grande de China y la expedición de enviados
que realizan por mar tan largo viaje resulta muy difícil. Además,
tus enviados no pueden estar al corriente de las formas rituales chinas,
lo cual da lugar a una serie de discusiones que se repiten y de las cuales
prefiero no enterarme.
La Corte Celeste no asigna el valor de preciosos
a los objetos llegados de lejos, y todas las cosas curiosas e ingeniosas
de tu reino tampoco pueden ser consideradas como algo de gran valor. Tú,
procura mantener la concordia entre tu pueblo, vela por la seguridad
de tu territorio, sin flaquear en las cuestiones próximas o lejanas.
He aquí, en verdad, lo que yo alabaría.
En lo sucesivo ya no será necesario arriesgar
a unos enviados para venir tan lejos, realizando el esfuerzo inútil
de viajar por tierra y por mar. Basta sólo con que sepas mostrar
el fondo de tu corazón y aplicarte a la buena voluntad, y entonces
podrá decirse, sin que sea necesario que envíes cada año
representantes a mi Corte, que estás en la senda de la transformación
civilizadora. Y para que la obedezcas durante mucho tiempo, te dirijo esta
Orden Imperial.
(CHESNAUX, J. i BASTID, M. (1972). De las guerras del
opio a la guerra franco-china. Barcelona. Ed. Vicens-Vives. Pàgs.65-68).