GIOVANNI CARPINI, Historia Mongolorum,
en GIL, J. (1993). En demanda del Gran Khan. Madrid: Alianza Editorial.Prólogo .- Comienza La historia de los mongoles, a los que nosotros llamamos tártaros
1. A todos los fieles de Cristo a cuyas manos llegue la presente obra, fray Juan de Pian del Cárpine, de la Orden de los frailes menores, embajador de la Sede Apostólica en los tártaros y en los otros pueblos del Oriente, gracia de Dios en el presente y gloria en el futuro y victoria triunfal sobre los enemigos de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo.
2. Al dirigirnos por orden de la Sede Apostólica a los tártaros y a los otros pueblos del Oriente, una vez conocida la voluntad del señor Papa y de los reverendos cardenales decidimos encaminar primero nuestros pasos a los tártaros, pues temíamos que por su causa se cerniera un peligro inminente sobre la Iglesia de Dios. Y aunque nos asaltaba el temor a ser muertos o sometidos a perpetuo cautiverio por los tártaros u otros pueblos, así como a padecer hambre, sed, frío, calor, afrentas y un sinfín de penalidades superiores casi a nuestras fuerzas, todo lo cual - y mucho más de lo que antes habíamos supuesto - nos sobrevino por multiplicado, salvo la muerte y la esclavitud de por vida, sin embargo no regateamos esfuerzo alguno por cumplir la voluntad de Dios acatando la orden del Señor Papa y por ser de alguna utilidad a los cristianos o, al menos, por poder, una vez bien calado el designio y la intención de los tártaros, manifestarlo a los cristianos, no fuera que los pillaran desprevenidos en un ataque por sorpresa, como ya sucedió otra vez por culpa de los pecados de los hombres, e hiciesen gran carnicería en el pueblo cristiano.
3. Por esta razón, a lo que hemos escrito en vuestro provecho, para que os prevengáis, le habéis de prestar tanto mayor crédito por cuanto todo, bien lo hemos visto con nuestros propios ojos, dado que durante un año y cuatro meses y más viajamos a través de su tierra y en su compañía y residimos entre ellos, bien lo hemos escuchado de boca de cristianos que están cautivos en su tierra y que, a nuestro juicio, son hombres dignos de fe. En efecto, habíamos recibido del Sumo Pontífice la orden de ver y observar todo con diligencia, encargo que cumplimos celosamente tanto nosotros como fray Benito de Polonia, de la misma Orden, que fue nuestro compañero de fatigas y nuestro intérprete.
4. Y si en vuestra tierra se ignora algo de lo que hemos escrito para ilustraros, no debéis por ello tacharnos de embusteros, porque os referimos lo que vimos nosotros o lo que oímos dar por cierto a otras personas que estimamos fidedignas; que gran crueldad es difamar a alguien por el bien que hace.
Capítulo 1. Sobre la tierra de los tártaros, la calidad de la misma y el temple de su clima
1. Estando a punto, pues, de escribir los hechos de los tártaros, para que el lector pueda encontrar la materia con más facilidad, la distribuiremos por capítulos en el orden siguiente: primero hablaremos de la tierra; segundo, de sus habitantes; tercero, de sus ritos; cuarto, de sus costumbres; quinto, de su imperio; sexto, de su manera de guerrear; sétimo, de las regiones que sometieron a su dominio; octavo, de cómo se ha de hacerles frente en el combate; y último, del viaje que hicimos, de la corte del emperador y de los testigos que nos encontraron en tierra de los tártaros.
2. Sobre su tierra nos proponemos tratar en el orden siguiente: hablaremos primero de su situación; segundo, de su calidad, y tercero, del temple de su clima.
3. Su tierra se encuentra en la parte de Oriente donde, según creemos, el oriente se junta con el aquilón. Al oriente linda con la tierra de los kitaos y también con la de los solangos; al mediodía con la tierra de los sarracenos; entre occidente y mediodía con la tierra de los uiros; al occidente con la comarca de los naimanos, y al aquilón la rodea el mar océano.
4. La tierra es algo montuosa en unos lugares y llana en otros, pero casi toda su superficie es un pedregal muy arenoso. En determinados parajes crecen pequeños bosques, pero por lo demás el suelo carece completamente de vegetación; en consecuencia, tanto el emperador como los príncipes y el resto del pueblo cuecen su comida y se sientan a un fuego hecho de estiércol de buey y de caballo. La tierra no da fruto más que en su centésima parte, y ni siquiera ésta lo puede producir si no la riegan las aguas corrientes; mas allí hay pocos hontanares y regatos, y poquísimos ríos, razón por la que no existen ni villas ni ciudades, a excepción de una que se llama Caracorum y que es muy hermosa, según se dice. Nosotros no llegamos a verla, pero estuvimos a media jornada de distancia, cuando nos encontrábamos en la sira orda, que es la corte mayor del emperador. Y aunque la tierra sea estéril para lo demás, es apropiada, si no en grado sumo, al menos sí lo suficiente para la cría de ganado.
5. Su clima es destemplado a maravilla, pues en mitad del verano, cuando en otras partes suele hacer el mayor calor, rompen el cielo grandes truenos y rayos, que matan a buen número de personas; y en esa misma estación caen grandísimas nevadas y se desencadenan también tan intensas borrascas de vientos helados, que a veces apenas se puede cabalgar fatigosamente . Y así, cuando estábamos ante la orda —de esta suerte se llaman entre ellos las tiendas del emperador y de los príncipes—, yacíamos en tierra postrados por la fuerza del viento, y no podíamos ver a causa de la nube de polvo. No llueve nunca en invierno, sino en verano, y ello con frecuencia, pero tan poco que, en ocasiones, no llega a humedecer el suelo y las raíces de la yerba. También caen a menudo fortísimas granizadas. Y así, cuando fue elegido el emperador e iba a ser elevado al trono, estando nosotros en la corte, descargó tal pedrisco que, de resultas del deshielo repentino, según nos enteramos a ciencia cierta, se ahogaron en aquella corte más de ciento sesenta hombres, y fueron arrastrados muchos enseres y casas. En verano hace asimismo de repente un gran calor, y de pronto un frío terrible. Durante el invierno en unos sitios caen nevadas grandísimas, en otros muy pequeñas.
6. En resumen: su tierra es anchurosa, pero por lo demás, como comprobamos con nuestros propios ojos, pues pasados cinco meses y medio viajando por ella, es mucho más mísera de lo que quepa expresar con palabras.
Capítulo II. Sobre sus personas, sus vestidos, sus moradas, sus enseres y sus casamientos
1. Habiendo hablado de la tierra, nos toca hablar de sus habitantes. Primero describiremos la complexión de sus cuerpos; segundo, hablaremos de sus casamientos; tercero, de sus vestidos; cuarto, de sus moradas, y quinto, de sus enseres.
2. Su complexión física es diferente por completo a la de todos los demás hombres. En efecto, entre los ojos y entre los pómulos su cara es más ancha que la del resto del género humano, y sus pómulos, además, sobresalen mucho de las mandíbulas. Tienen nariz chata y pequeña, ojos chicos y párpados levantados hasta las cejas. Por regla general son estrechos de cintura, con pocas excepciones. Casi todos son de corta estatura. Es muy raro que les salga barba, mas a algunos les crecen en el labio superior y en el mentón unos pelillos cortos, que no se afeitan en absoluto. En la coronilla llevan coronas a modo de clérigos, y se rasuran el cráneo, de una oreja a otra, como unos tres dedos de ancho, afeitado que unen a la corona susodicha; igualmente se afeitan la frente también como dos dedos de ancho, pero se dejan crecer hasta las cejas el pelo que les nace entre la corona y este último rasurado, y lo llevan largo a fuerza de cortarlo más en las sienes que en medio del cráneo; el resto del pelo se lo dejan crecer como las mujeres, y con él se hacen dos trenzas, que aran una y otra detrás de las orejas. Sus pies son pequeños.
3. Tienen cuantas mujeres pueden mantener: éste cien, aquél cincuenta, otro diez, quién más, quién menos. Se unen por regla general con todas sus parientas, a excepción de madre, hija y hermana uterina; pero se pueden casar con las hermanastras por parte de padre y también con las esposas de su padre. El hermano pequeño (y, si no, el miembro más joven de la familia), está obligado a tomar en matrimonio a la mujer del hermano mayor después de la muerte de éste. A todas las demás mujeres las toman por esposas sin distinción alguna, y las compran por buenos dineros a sus padres. Después del fallecimiento del marido no es fácil que la mujer contraiga segundas nupcias, a no ser que alguien quiera casarse con su madrastra ".
4. Los vestidos tanto de los hombre como de la. mujeres están cortados por el mismo patrón. No usan capas, mantos, capuchas o pieles, y las túnicas las llevan de bocarán, jamete o brocado de oro. Su hechura es la siguiente: están abiertas de arriba abajo y se doblan sobre el pecho; se atan con un nudo en el lado izquierdo y con tres en el derecho; y en el lado derecho están también abiertas hasta las mangas. Las pellizas, sean de la clase que sean, están hechas de la misma forma: la pelliza exterior tiene la piel vuelta hacia fuera, pero está abierta por la espalda, y está provista de una pequeña cola que cuelga por detrás hasta las rodillas.
5. Las mujeres casadas llevan una túnica muy ancha, abierta por delante hasta el suelo. Se tocan la cabeza con un objeto redondo hecho de mimbre o de corcho, que sube hasta un codo de largo y remata en su cúspide en un cuadrado; se va ensanchando gradualmente de abajo arriba, y corona su punta una varita larga y delgada de oro, plata o madera, o también una pluma; ese objeto está cosido sobre un sombrerito que cuelga hasta los hombros; y tanto el sombrerito como el adorno susodicho está cubierto de bocarán, jamete o brocado de oro. Sin ese tocado no se presentan ante los hombres, y gracias a él se diferencian de las demás mujeres. A las mozas y doncellas a duras penas se las distingue de los varones, porque se visten en todo como ellos. Se cubren con un sombrerito diferente al de los demás pueblos, cuya forma no podemos describir de manera inteligible.
6. Tienen viviendas redondas dispuestas a modo de tiendas y hechas de varas y estacas finas. Arriba, en su centro, se abre una abertura redonda por donde entra la luz y sale el humo, ya que en medio de la morada tienen siempre lumbre encendida. Cubren de fieltro las paredes y el techo, y hacen también de fieltro la entrada. Sus viviendas son unas grandes y otras pequeñas, según el rango o el número de habitantes. Las hay que se montan y desmontan con presteza, y se llevan sobre bestias de carga; otras no pueden desarmarse, sino que las transportan en carros. Para tirar de un carro cargado de una casa pequeña basta un buey, pero para arrastrar una grande son menester tres, cuatro o más bueyes, según el tamaño que tenga. Vayan adonde vayan, a la guerra o a lo que sea, las llevan siempre consigo.
7. Son muy ricos en ganado: camellos, bueyes, ovejas y cabras; y poseen tal cantidad de caballos y de yeguas como no creemos que tenga el resto del mundo; carecen por completo de cerdos y de otros animales.
8. El emperador, los capitanes y los demás nobles son muy opulentos en oro, plata, seda, piedras preciosas y gemas.
Capítulo III. Sobre su culto a Dios; las cosas que creen que son pecado; sus adivinaciones, purificaciones y ceremonias fúnebres, etc
1. Habiendo hablado de los hombres cumple tratar de sus creencias, que consideraremos en el orden siguiente: primero hablaremos del culto; segundo, de las cosas que creen que son pecado; tercero, de sus adivinaciones y purificaciones, y cuarto, de sus ceremonias fúnebres.
2. Los tártaros creen en un solo dios que es también creador de todas las cosas visibles e invisibles, y que dispensa las venturas y desdichas que acaecen en este mundo; mas no lo veneran con oraciones, alabanzas o ritual alguno. No obstante, tienen ciertos ídolos de fieltro con figura humana, que colocan a uno y otro lado de la entrada de la tienda, y debajo de ellos ponen una cosa de fieltro que tiene forma de mamas de mujer. Piensan que éstos protegen su ganado y que les otorgan la gracia de tener potros y leche. Confeccionan de paños de seda otros ídolos a los que tributan grandes honores; a algunos los colocan en un hermoso carro cubierto delante de la entrada de la tienda; y quien roba de este carro es ajusticiado sin piedad. A la hora de hacer tales ídolos, se juntan todas las principales dueñas que viven en el campamento y los confeccionan devotamente. Después de terminados, sacrifican una oveja y se la comen y queman sus huesos al fuego. Cuando enferma un niño, hacen igualmente un ídolo de la misma manera y lo prenden encima de su cama. Los jefes de diez mil, de mil y de cien hombres tienen siempre un macho cabrío en mitad de la tienda.
3. A estos ídolos les sacrifican la primera leche de sus yeguas y ganados. Asimismo, antes de empezar a comer o a beber, les hacen ofrenda de sus viandas y de su bebida, Cuando matan algún animal, presentan su corazón en una copa al ídolo que está en el carro, y allí lo dejan hasta el amanecer; entonces lo retiran de ese lugar, lo cuecen y se lo comen. Delante de la tienda, como vimos nosotros delante de la orda de este emperador, colocan también con gran unción en un carro un ídolo dedicado a su primer emperador, al que hacen grandes ofrendas; incluso suelen consagrarle caballos, de los que nadie se atreve a montar hasta que mueran, así como otros animales, a los que, en caso de matarlos para comer, no les rompen ningún hueso, sino que los queman al fuego. Se postran ante él ídolo como ante un dios, con el rostro vuelto al mediodía, y obligan a hacerle reverencia algunos nobles que se han sometido a su dominio.
4. Así sucedió hace poco que cuando Miguel, uno de los grandes duques de Rusia, fue a rendir pleitesía a Bati, se vio obligado primero a pasar entre dos fuegos. Después le dijeron que se arrodillase mirando al mediodía ante Chinguis Kan. Él respondió que sé postraría de grado ante Bati y sus criados, pero que no se inclinaría ante la imagen de un difunto, porque a los cristianos no les estaba permitido hacer tal cosa. Y como una y otra vez se lo conminase a ponerse de hinojos, y él se negase a ello, le indicó el Kan susodicho por medio del hijo de Yeroslao que recibiría la muerte si no se arrodillaba. Él replicó que prefería morir a transgredir 1a ley. El Kan le mandó entonces a un sayón, que no paró de darle puntapiés en el vientre contra su corazón hasta que el duque desfalleció. En ese trance uno de sus caballeros, que estaba presente, lo alentó diciendo: «Ten valor, porque este castigo no durará largo tiempo, y de inmediato seguirá el gozo eterno». A continuación el duque fue degollado con una espada; y también a aquel caballero se le cortó la cabeza con una espada.
5. Además veneran con devoción al sol, la luna, el fuego, el agua y la tierra, ofreciéndoles las primicias de su bebida y alimentos, y muy en particular al alba, antes de comer o beber. Y como no guardan ningún mandamiento relativo al culto de Dios, a nadie que sepamos han obligado hasta ahora a renegar de su fe y de su religión, a excepción de ese Miguel de quien se ha hablado antes. Qué harán en el futuro lo ignoramos; pero algunos suponen que, si alcanzan el dominio del mundo —¡Dios no lo quiera!—, forzarán a todos los hombres a postrarse ante ese ídolo.
6. Otra cosa que pasó mientras estuvimos en su tierra fue que Andrés, duque de Cherneglove, comarca que se encuentra en Rusia, fue acusado arte Bati de sacar caballos de la tierra de los tártaros y de venderlos en otros lugares; y aunque no se probó la acusación, fue ajusticiado. Al oír esa nueva, el hermano pequeño acudió en compañía de la viuda ante el dicho Kan Bati, para suplicarle que no les confiscase sus dominios. El Kan le dijo al joven que tomase por esposa a la mujer de su hermano carnal, y a la mujer le ordenó que recibiese por marido a su cuñado, según la costumbre de los tártaros. Ella contestó diciendo que preferiría morir antes que violar la ley de Dios. El Kan, sin embargo, se la entregó al adolescente, aunque ambos ofrecieron cuanta resistencia podían; y llevaron a los dos a un lecho y pusieron al mozo sobre la viuda, que gritaba y lloraba, y los obligaron a unirse en cópula carnal.
7. Aunque no guardan ningún mandamiento sobre la manera de hacer el bien o huir del mal, no obstante observan algunas supersticiones que dicen que es pecado cometerlas, las cuales se las han inventado ellos o sus antepasados. Una es clavar el cuchillo en el fuego, tocar de alguna manera el fuego con el cuchillo, sacar del caldero la carne con el cuchillo y cortar leña con el hacha junto al fuego; en efecto, piensan que en tal caso se le cortaría la cabeza al fuego. Otra es apoyarse en el látigo con el que azuzan el caballo, pues no usan espuelas, y tocar con él las flechas. Otra, cazar o matar los polluelos de las aves; azotar el caballo con la jáquima; quebrar un hueso con otro; verter en el suelo leche u otra, bebida o comida; orinar en la tienda - y quien lo hace aposta es ajusticiado, y en caso contrario está obligado a pagar una fuerte suma al adivino para que lo purifique y haga pasar entre dos fuegos, la tienda y los enseres que hay en ella; pero antes de esta purificación nadie se atreve a entrar dentro de la casa ni a sacar nada fuera -; asimismo, si a alguien se le ofrece un bocado de carne y no lo puede tragar, sino que lo vomita, se cava un agujero por debajo de la tienda y se lo extrae por ese agujero, y después se le da muerte sin piedad; matan igualmente a quien pisa el umbral de la tienda de algún capitán. Y observan muchas otras cosas parecidas a éstas, que sería prolijo enumerar.
8. En cambio, entre ellos no es pecado alguno matar a los hombres, invadir las tierras ajenas, apoderarse injustamente de los bienes del prójimo, fornicar, agraviar a otras personas y obrar contra las prohibiciones y los mandamientos de Dios.
9. Nada saben de la vida eterna ni de la condenación perpetua, aunque creen que después de morir vivirán en otro mundo y multiplicarán sus rebaños, comerán, beberán y harán las demás cosas que hacen los que viven en este siglo.
10. Se entregan con pasión a adivinaciones, agüeros, haruspicios , sortilegios y conjuros, y cuando les responden los demonios, creen que les habla un dios; a este dios lo llaman Itoga, si bien los comanos le dan el nombre de Kam, y lo temen y honran a maravilla, le hacen muchas ofrendas, le presentan las primicias de su comida y bebida y obran en todo según sus dictados. Cuando se disponen a realizar una nueva acción, la comienzan en luna nueva o en luna llena, por lo que llaman a la luna gran emperador y se arrodillan ante ella y le rezan plegarias; afirman también que el sol es la madre de la luna, porque ésta recibe la luz del sol. Y por decirlo de una vez, creen que todo lo purifica el fuego; así cuando llegan a su presencia embajadores, príncipes u otras personas cualesquiera, tanto ellos como los regalos que traen es menester que pasen entre dos fuegos para ser purificados, no sea que hayan hecho un sortilegio y sean portadores de algún veneno u otro maleficio. Asimismo, si cae del cielo un rayo sobre una res o un hombre, cosa que allí sucede con frecuencia, o les sobreviene otra desgracia por la que se consideren impuros o infortunados, es preciso que los purifiquen de igual modo los adivinos. Y en eso cifran casi toda su esperanza.
II. Cuando alguno de ellos enferma de muerte, se clava una lanza en el suelo y se enrolla en ella un fieltro negro; a partir de entonces ningún extraño se atreve a entrar en el término de sus tiendad. Al comienzo de la agonía se alejan casi todos del moribundo, ya que nadie que asista a una defunción puede entrar en la orda de un capitán o del emperador hasta después de pasadas nueve lunas.
12. De fallecer el doliente, si pertenece a la nobleza, lo entierran a escondidas en el lugar del campo que mejor les parezca. Lo sepultan con una de sus tiendas, sentado en su centro, y delante de él ponen una mesa, una fuente llena de carne y una copa de leche de yegua. Con él entierran una yegua con su potro y un caballo enfrenado y ensillado; y se comen otro caballo, llenan su cuero de paja y arman el pellejo en alto sobre dos o cuatro estacas, para que tenga en el otro mundo una tienda donde vivir, una yegua de la que tener leche y multiplicar la manada y corceles en los que cabalgar. Los huesos del caballo que se han comido los queman por su alma: con frecuencia se juntan las mujeres a quemar huesos por las almas de los difuntos, tal como lo vimos hacer nosotros con nuestros propios ojos y se lo oímos contar allí a otras personas. Vimos también cómo Occodai Kan, el padre del emperador actual, dejó crecer por su alma un matorral, por lo que ordenó que nadie hiciese en él corte alguno; y quien le arranca una rama, según fuimos testigos. de vista, es azotado, despojado de sus vestidos y maltratado. Y tal fue el motivo de que no nos atreviéramos a cortarle una vara, aunque nos hacía mucha falta para fustigar el caballo. Con el cadáver entierran también oro y plata; el carro donde iba el muerto lo rompen y su tienda la destruyen, y nadie se atreve a pronunciar el nombre del difunto hasta la tercera generación.
13. Hay otra manera de sepultar a algunos nobles. Van al campo sin que nadie se entere y allí extraen la yerba con su raíz, y hacen una gran fosa. En uno de sus lados cavan otra fosa subterránea, donde ponen debajo del muerto al siervo que más quería; y éste yace bajo el cadáver hasta que empieza a dar las últimas boqueadas; entonces lo sacan para que pueda respirar. Repiten la misma operación tres veces; y si sale con vida, queda libre el resto de sus días para hacer lo que se le antoje, y goza de gran consideración en el campamento y entre los parientes del difunto. Al cadáver lo colocan en la fosa lateral, con todo lo demás que arriba se ha dicho; después recubren la fosa que está ante la suya, y encima ponen la yerba tal y como estaba antes, para que en adelante no se pueda encontrar aquel lugar. Cumplen también los demás ritos de los que se ha hablado antes, pero dejan su tienda fuera en el campo.
14. En su tierra hay dos cementerios. El primero es donde reciben sepultura los emperadores, los capitanes y todos los nobles; y dondequiera que mueran, si buenamente es posible, allá se llevan sus restos y se entierra con ellos mucho oro y mucha plata. El segundo es donde están sepultados los que cayeron en Hungría, pues allí encontró la muerte buen número de guerreros. A esos cementerios nadie se atreve a acercarse salvo los soldados que están a su custodia; quien se aproxima es hecho prisionero, despojado de sus vestidos y muy maltratado. Así fue como nosotros, sin saberlo, penetramos en el recinto del cementerio de los caídos en Hungría, y la guardia vino sobre nosotros dispuesta a asaeteamos; pero como éramos embajadores y desconocíamos los usos de la tierra, nos dejaron partir en paz.
13. A los parientes y a todos los demás que viven en las tiendas del difunto es menester purificarlos mediante el fuego. Esta purificación se realiza de la manera siguiente; hacen dos hoguetas y junto a ellas hincan dos lanzas, tienden una cuerda entre sus puntas y atan en ella flocaduras de bocarán. Bajo esa cuerda y esos nudos pasan entra los dos fuegos hombres, ganado y tiendas, mientras dos mujeres, una a cada lado, los rocían con agua y canturrean ciertos cantos. El carro que se rompa o los enseres que se caigan allí durante la ceremonia se los quedan los adivinos. Si un rayo mata a una persona, todos los hombres que habitan en las tiendas del muerto están obligados a pasar de la manera susodicha entre los fuegos; y nadie toca su tienda, lecho, carro, fieltros, vestidos y el resto de sus pertenencias, sino que todos lo rechazan como impuro.
Capítulo IV. Sobre sus buenas y malas costumbres, sus usos, su comida etc.
1. Habiendo hablado de sus ritos, expondremos sus costumbres, que trataremos en este orden: primero hablaremos de las buenas; segundo, de las malas; tercero, de sus usos, y cuarto, de su comida.
2. Los hombres susodichos, esto es, los tártaros, son más obedientes a sus amos que ningún otro hombre en el mundo, sea religioso o seglar, pues les tienen mucha mayor reverencia y no es fácil que les mientan. Rara vez o nunca riñen entre sí de palabra, jamás de obra. Entre ellos no se producen pendencias, peleas, heridas u homicidios, y tampoco existen bandoleros o grandes ladrones, de suerte que las tiendas y los carros donde guardan sus riquezas no los cierran con cerrojos o trancas. Si se extravía algún animal, quienquiera que lo encuentre o lo deja donde está o lo conduce a los hombres puestos al efecto; y sus propietarios se lo reclaman a estos últimos y lo recuperan sin ninguna dificultad. Se respetan mucho entre sí y son muy amigos unos de otros; y aunque la comida escasea en su tierra, sin embargo se la reparten de mil amores. Son también muy sufridos; así aunque hayan pasado uno o dos días en ayunas sin comer nada en absoluto, no dejan traslucir señales de impaciencia, sino que cantan y juegan como si tuviesen la panza llena. Al cabalgar soportan grandes fríos y aguantan también grandes calores. No son hombres de remilgos. Tampoco parece que se tengan envidia unos a otros; entre ellos no hay casi ningún pleito; nadie desprecia al prójimo, sino que lo ayuda y lo promueve en lo que buenamente pueda.
3. Sus mujeres son castas, y no se oye entre ellos el menor reproche de adulterio, aunque algunas de las palabras que dicen en sus chanzas son muy groseras y desvergonzadas. Rara vez o nunca parece que surjan entre ellos desavenencias; y por muy borrachos que estén, jamás pelean en su embriaguez ni de palabra ni de obra.
4. Enumeradas sus buenas costumbres, pasemos a las malas. Son las personas más soberbias del mundo con los demás y desprecian al resto de los hombres, o mejor dicho, los tienen como en nada, sean nobles o plebeyos.
5. En. efecto, vimos en la corte del emperador cómo no recibía el honor debido un varón ilustre, Yeroslao, gran duque de Rusia, ni tampoco el hijo de los reyes de Georgia, ni muchos grandes sultanes, ni el duque de los solangos; antes bien, los tártaros que les habían sido asignados como criados, por ruin que fuera su condición, iban delante de ellos y ocupaban siempre el primer puesto y el de mayor rango; es más, con frecuencia les era menester a los nobles sentarse a sus espaldas.
6. Son mucho más irascibles que el resto de los hombres y su condición es colérica. Son mentirosos con los demás: casi no hay en ellos sinceridad, Al principio se muestran lisonjeros, pero al final pican como el alacrán, pues son arteros y fraudulentos, y si pueden, embaucan a todos con sus mafias. En el comer y en el beber y en todos sus actos son hombres muy puercos. Cuando quieren hacer mal a alguien, lo disimulan a maravilla, para que la víctima no pueda precaverse ni encontrar remedio contra sus enredos. Entre ellos la embriaguez es cosa honorable, y cuando uno ha bebido mucho, vomita sobre la marcha y no por ello deja de seguir bebiendo. Su natural es muy codicioso y avaro, pues son los hombres más exigentes en pedir, los más acuciosos en conservar y los más parcos en dar. Entre ellos matar a una persona de otro pueblo es tenido en nada. Por decirlo de una vez, es imposible poner por escrito todas sus malas costumbres, porque sería inacabable.
7. Constituye su alimento todo aquello que sea comestible, pues comen carne de perro, de lobo, de zorra y de caballo y devoran en la necesidad carne humana. Una vez que pusieron cerco a una ciudad de los kitaos donde vivía su emperador, la sitiaron tan largo tiempo que les faltaron las vituallas; y como no tienen nada en absoluto que llevarse a la boca, tomaron a uno de cada diez hombres para zampárselo. Beben hasta el liquido que expulsan las yeguas al parir los potros. Es más, los vimos comer piojos y decían: «¿Acaso no me los debo comer, cuando ellos se comen la carne de mi hijo y chupan su sangre?» Los vimos asimismo comer ratones.
8. No usan manteles ni servilletas. No tienen pan ni verduras ni legumbres ni nada más que carne, de la que comen tan poco, que el resto del mundo apenas podría vivir con su dieta. Si al comer la carne se han ensuciado mucho de grasa, se secan las manos en las polainas o en la yerba o en algo por el estilo; los señores suelen tener unos pañitos pequeños con los que se limpian los dedos al terminar de comer. Uno de ellos trincha la carne y otro va cogiendo los pedazos con la punta del cuchillo y los va repartiendo a cada comensal, a unos más y a otros menos, según el mayor o menor honor que quiera hacerles. No friegan las escudillas, y si alguna vez las enjuagan con el caldo de la carne lo vuelven a echar en la olla. No de otro modo limpian los calderos, las cucharas y tales enseres, silos lavan. Entre ellos se considera gran pecado permitir que se desperdicie de alguna manera un poco de comida o de bebida; por esta razón no dejan que se arroje a los perros los huesos hasta que no se les haya extraído el túétano. Tampoco lavan sus vestidos ni consienten que se los laven, sobre todo a partir de la estación en que comienza a tronar hasta que termina. Consumen gran cantidad de leche de yegua si disponen de ella, y también beben leche de oveja, vaca, cabra y camella. No tienen vino ni cerveza ni aguamiel, salvo cuando se les envía de otros pueblos o se les regala. Durante el invierno no tienen leche de yegua, a excepción de los ricos. Cuecen en agua el mijo, que les sale tan claro que no pueden masticarlo, sino sólo beberlo. Cada uno de ellos toma uno o dos vasos por la mañana, y no comen nada más durante el día; por la tarde se da por cabeza un trocito de carne y se bebe el caldo de la carne. Durante el verano, como tienen leche de yegua en abundancia, rara vez comen carne, a no ser que la reciban como regalo o que la hayan cogido cazando algún animal o ave.
9. Tienen por ley o por costumbre matar al hombre o a la mujer a quienes hayan sorprendido en adulterio manifiesto. Y lo mismo a una doncella: si fornica con alguien, le dan muerte tanto a ella como a él. A quien sorprenden saqueando o robando en una tierra de su propiedad lo ejecutan sin misericordia. A quien revela sus planes, sobre todo cuando se disponen a ir a la guerra, le dan cien bastonazos en la espalda, los más fuertes que pueda dar un gañán con una estaca. Cuando un plebeyo comete una falta, los nobles no se la perdonan, antes bien, lo castigan con una severa tunda de palos. No media diferencia alguna entre e’ hijo de la concubina y el de la mujer legítima, sino que el padre da a cada cual lo que quiere; y si pertenece al linaje de los capitanes, lo mismo es capitán el hijo de la concubina que el hijo de la mujer legítima. Por muchas esposas qué tenga un tártaro, cada una de ellas tiene por separado su tienda y su servidumbre, y el marido bebe y come y duerme un día con una y al siguiente con otra. Sin embargo, hay una de mayor rango, con la que vive con más asiduidad que con las demás; y aunque sean muchas, no es fácil que riñan entre sí.
10. Los hombres no trabajan en nada más que en hacer flechas y tienen también un cuidado somero de sus rebaños; pero cazan y se ejercitan en el manejo del arco, pues todos, grandes y chicos, son buenos arqueros. Los niños, nada más cumplir dos o tres años, comienzan a montar y llevan el caballo y galopan, y reciben arcos en razón de su edad y aprenden a dispararlos, pues son muy ágiles y audaces.
11. Las doncellas y las mujeres montan y galopan con destreza, como los hombres. Las vimos llevar asimismo aljabas y arcos. Tanto hombres como mujeres aguantan largo tiempo a caballo. Usan estribos muy cortos. Cuidan muchísimo de sus monturas o, mejor dicho, son guardianes celosísimos de todo lo suyo. Las mujeres lo confeccionan todo: pellizas, vestidos, abarcas, polainas y demás prendas de cuero; también conducen y reparan los carros, cargan los camellos y son muy ligeras y esforzadas en cuanto hacen. Todas llevan zaragüelles, y algunas tiran flechas como los hombres.
Capítulo V. Sobre el comienzo del imperio de los tártaros y sus príncipes, y sobre el poder del emperador y sus príncipes
1. Expuestas sus costumbres, procede hablar de su imperio. Primero trataremos de su comienzo; segundo, de sus príncipes, y tercero, del poder del emperador y de sus príncipes.
2. En las partes de oriente hay una tierra, de la que antes se ha hecho mención, que se llama Mongal y que estuvo habitada antaño por cuatro pueblos: uno se llamaba yekamongal, es decir, ‘mongalos grandes’; el segundo sumongal, es decir, ‘mongalos del agua’, aunque ellos se daban a sí mismos el nombre de tártaros, por un río que corre por su comarca llamado Tartar; el tercero se llamaba merkit, y el cuarto mekrit. Todos estos pueblos tenían la misma complexión física y hablaban la misma lengua, aunque vivían separados entre sí según las comarcas y los príncipes.
3. En la tierra de los yekamongal hubo un hombre que se llamaba Chinguis. Este comenzó a ser «robusto cazador ante el Señor», pues aprendió a saltear a todos los hombres y a coger botín; y entraba en otras tierras, y a cuantos podía capturar y juntar a su banda no los soltaba; ganó también a su causa a la gente de su pueblo, que lo seguían como a su jefe en todas sus fechorías. Este Chinguis, una vez que congregó un buen número de guerreros, empezó a luchar con los sumongal o tártaros y dio muerte a su jefe, y tras una larga guerra sojuzgó a todos los tártaros y los redujo a la esclavitud. Después, con todos estos combatió contra los merkitos, qué lindaban con la tierra de los tártaros, y también los venció en ha batalla, Y prosiguiendo su avance luchó contra los mekrit, y también salió triunfador.
4. Los naimanos, al oír que Chinguis se había engrandecido de tal suene, se enfurecieron, pues habían tenido a un emperador que había sido muy valeroso y al que pagaban tributo todos los pueblos antedichos. Al rendir éste el débito de toda la carne, le sucedieron en el trono sus hijos; mas eran jóvenes y necios y, lejos de sujetar al pueblo, andaban en discordia y enfrentados entre sí; por ese motivo el susodicho Chinguis cobró entretanto tales vuelos. Mas no por eso dejaron ellos de hacer rebatos sobre las tierras mencionadas, y mataban a hombres, mujeres y niños y se entregaban al pillaje.
5. Chinguis, al oír esto, reunió a todos los hombres que le estaban sometidos; y por su parte los naimanos y los karakitaos, es decir, ‘kitaos negros’, salieron asimismo a su encuentro en un valle angosto entre dos montañas, por el cual pasamos al dirigirños a [la corte del] emperador. Y se entabló una batalla, en la que los naimanos y los karakitaos fueron vencidos por los mongalos; la mayor parte de ellos fue pasada a cuchillo, y los que no pudieron escapar fueron reducidos a la esclavitud.
6. Occodai Kan, hijo de Chinguis Kan, después de proclamado emperador edificó en la tierra de los karakitaos una ciudad a la que puso el nombre de Omil. Cerca de ella, al mediodía, se extiende un gran desierto, donde se asegura que viven hombres salvajes que carecen totalmente de habla y no tienen articulaciones en sus piernas, así que, si alguna vez se caen, no pueden levantarse por si solos sin ayuda de otros; sin embargo, están provistos de suficiente razón como para hacer fieltros de lana de camello, con los que se visten y con los que se protegen también del viento; y si por ventura los tártaros los atacan y los hieren con sus flechas, aplican una yerba sobre la herida y huyen a toda velocidad.
7. Los mongalos, regresando a su tierra, se aprestaron a luchar contra los kitaos, y levantando el campo entraron en tierra enemiga. El emperador de los kitaos, al recibir la noticia, les salió al paso con su ejército, y ‘se entabló una batalla’ reñida, en la que fueron derrotados los mongalos y recibieron la muerte todos los nobles que había en su hueste, salvo siete. Por esta razón, cuándo se les amenaza diciendo: «Pereceréis si vais contra tal tierra, ya que habita en ella gran multitud de gente y son hombres avezados a la lucha», responden: «También antaño fuimos aniquilados y no quedamos más que siete, y ahora hemos crecido en gran número por lo que no nos atemorizamos ante tales cosas».
8. Chinguis y los demás supervivientes huyeron a su tierra. Después de un breve descanso, Chinguis se preparó de nuevo para la lucha y salió en son de guerra contra la tierra de los uiros, que son cristianos de secta nestoriana, y también los venció en combate; de ellos tomaron los mongalos el alfabeto, pues antes no tenían escritura, y ahora a éste se lo llama alfabeto de los mongalos.De allí avanzó contra el territorio de Sariuiur, y contra las comarcas de los karanitas, de Voirat y de Kanana, tierras todas ellas que sometió en combate.
9. A continuación regresó a su patria. Tras un pequeño reposo, reunió a todos sus hombres y marchó al frente de sus tropas contra los kitaos. Al término de una guerra prolongada sometió gran parte de su tierra, y a su emperador lo encerró en la capital, que sitió por tan largo tiempo que al ejército le faltaron por completo las vituallas. Como no tenían nada que llevarse a la boca, les ordenó Chinguis Kan que, de cada diez hombres, sorteasen uno para comérselo. Los de la ciudad respondían denodadamente a su ataque con sus catapultas y flechas; y cuando les faltaron galgas, arrojaron como proyectiles oro, y sobre todo plata derretida, pues la dicha ciudad estaba atestada de riquezas. Viendo los tártaros que llevaban mucho tiempo luchando y que no podían tomarla por asalto, cavaron una larga mina desde el campamento hasta el centro de la urbe; y abriendo el túnel de repente, sin saberlo los cercados, irrumpieron en mitad de la ciudad y acometieron a sus habitantes. Al mismo tiempo los de fuera lanzaron un ataque contra los defensores, y derribando las puertas entraron en el interior; y después de dar muerte al emperador y a multitud de hombres, tomaron la ciudad y se llevaron todo su oro, plata y riquezas. Tras poner a hombres suyos al mando de la tierra, volvieron a su patria. Entonces, ya vencido el emperador de los kitaos, Chinguis Kan se proclamó emperador. Sin embargo, a una parte de la tierra de los kitaos no la han podido someter hasta hoy, porque está en la ribera del mar.
10. Los kitaos, de los que acabamos de hablar, son hombres paganos que poseen alfabeto propio y tienen, según se dice, el Nuevo y el Viejo Testamento y las Vidas de los Padres, así como ermitaños y casas construidas a manera de iglesias en las que rezan a sus horas; y cuentan que tienen algunos santos. Adoran a un solo dios, honran a Nuestro Señor Jesucristo y creen en la vida eterna, pero no se bautizan en absoluto. Honran y respetan nuestras Escrituras, aman a los cristianos y hacen muchas limosnas. Parece que son hombres afables y muy humanitarios. No tienen barba, y en los rasgos faciales se asemejan mucho a los mongalos, aunque no son tan anchos de cara. Tienen lengua propia. No hay en el mundo mejores artesanos que ellos en todos los oficios que ejercen los hombres. Su tierra es muy abundosa en trigo, vino, oro, seda y en todas las cosas de las que se sustenta la naturaleza humana.
11. Chinguis, tras un corto descanso, dividió sus mesnadas, y a uno de sus hijos, de nombre Tossuc, a quien también llamaban Kan, es decir, ‘emperador’, lo envié con una hueste contra los comanos a los que venció en un gran combate; y después de derrotarlos, volvió a su patria.
12. A otro de sus hijos lo envió también con un ejército contra los indios, y éste sometió a India la Chica. Estos hombres, de tez negra, son sarracenos que se llaman etíopes. Este ejército fue después a combatir contra los cristianos que habitan en India la Grande. Ante esta noticia el rey de la tierra, llamado en lengua vulgar Preste Juan, le salió al paso tras juntar sus mesnadas, y mandó hacer en cobre estatuas humanas que colocó sobre las sillas de los caballos, poniendo fuego en su interior; y detrás de estas figuras de cobre montadas a caballo aposté hombres provistos de fuelles. Y así, con muchas figuras de tal porte y gran número de caballos montados de esta guisa, vino a luchar contra los tártaros. Cuando llegó al campo de batalla, lanzó primero una carga de esa caballería, y los hombres de detrás pusieron no sé qué en el fuego que había dentro de las figuras y dieron mucho aire con los fuelles. Así fue como hombres y caballos se abrasaron en el fuego griego, mientras el cielo se ennegrecía de humo. Entonces dispararon sus flechas, que hirieron y mataron a buen número de tártaros, de suerte que los obligaron a salir en desbandada de sus confines. Y no hemos oído decir que los tártaros hayan vuelto jamás a atacarlos.
13. Al regresar por el desierto, según nos aseguraron en la corte del emperador unos clérigos rusos y otras personas que habían vivido largo tiempo entre ellos, llegaron a una tierra en la cual se toparon con unos monstruos que tenían forma de mujer. Cuando se les preguntó por medio de multitud de intérpretes dónde estaban los hombres de la tierra, respondieron que todos los niños que nacían hembras tenían aspecto humano, pero que los machos tenían forma de can. Y como el ejército se demorara en esa comarca, los perros se congregaron en la otra orilla del río, y siendo como era lo más crudo del invierno, se echaron todos al agua e inmediatamente después se revolcaron en el polvo, y así el polvo mezclado con agua se congeló sobre su piel; al repetir muchas veces la misma operación quedaron recubiertos de una coraza de hielo, y entonces se lanzaron rabiosos a luchar con los tártaros. Las flechas que éstos les disparaban rebotaban en su piel como si hubieran dado en una piedra; el resto de sus armas tampoco podía inferirles ningún daño. En cambio, los perros, saltando sobre ellos, hirieron y mataron a muchos a dentelladas; y así los expulsaron de su territorio. En recuerdo de este hecho corre entre ellos un refrán: «A tu padre» (o a tu hermano) «lo mataron los perros». A las mujeres que habían hecho prisioneras los tártatos las condujeron a su patria, y en ella vivieron hasta el fin de sus días.
14. En su retorno el ejército de los mongalos llegó a la tierra de Buritabet, y la conquistó por las armas. Son hombres paganos que tienen una costumbre admirable o, mejor dicho, detestable, a saber, que cuando el padre de alguno de ellos paga a la naturaleza humana el débito mortal, reúnen a toda su parentela y se lo comen, según nos aseguraron. No tienen pelos en la barba, antes bien, llevan siempre en la mano un hierro, según vimos nosotros, con el cual se depilan de inmediato el menor vello que les nazca. Son asimismo de aspecto muy repulsivo. De allí el ejército volvió a su patria.
15. Al tiempo que dividió sus otras huestes, Chinguis Kan partió con sus tropas contra oriente a través de la tierra de los kirguis, a los que no pudo vencer; y según se nos dijo en la corte, avanzó hasta las montañas del Caspio. En la parte a donde llegó aquellas montañas son de piedra imán, de suerte que atrajeron sus flechas y sus armas de hierro. Los pueblos encerrados en el macizo del Caspio, al oír el estruendo del ejército, según se cree, comenzaron a abrir la montaña; y al volver allí en otra ocasión, al cabo de diez años, los tártaros la encontraron rota. Pero cuando trataron de acercarse a ellos, no lo consiguieron, porque les cerraba el paso una nube que no podían franquear en modo alguno, pues perdían la visión en cuanto llegaban a ella. Los de enfrente, creyendo que los tártaros no se atrevían a aproximarse, se lanzaron a su vez al ataque; pero al llegar a la nube tampoco pudieron proseguir su avance por la razón expuesta. Antes de alcanzar las montañas susodichas los tártaros caminaron más de un mes por un vasto yermo.
16. Avanzando de allí todavía más al oriente, anduvieron durante más de un mes por un gran desierto, y llegaron a una tierra donde, según se nos aseguré, se veían huellas de pisadas en los caminos, aunque no se encontraba a hombre alguno; mas tanto rastrearon el suelo que dieron con un hombre y su mujer, que condujeron ante Chinguis Kan. Cuando éste les preguntó dónde se hallaban los habitantes de la comarca, respondieron que vivían en tierra debajo de las montañas. Chinguis Kan, reteniendo a la mujer, despachó a aquel hombre a su pueblo con la orden de que vinieran a someterse. Fue éste y les transmitió punto por punto el mandato de Chinguis Kan; y ellos replicaron que en el día fijado acudirían a su presencia a rendirle acatamiento. Entretanto, se reunieron por senderos ocultos bajo tierra y fueron a combatirlo y, atacándolo de improviso, dieron muerte a gran número de tártaros. Chinguis Kan y los suyos, viendo que, lejos de lograr algún éxito sufrían por el contrario bajas, y como probando asimismo que no podían soportar el fragor del sol - antes bien, a la hora de su orto les era preciso poner una oreja en tierra y tapar fuertemente la otra para no escuchar el terrible estruendo, y ni aun así lograban evitar que por esta causa muriesen muchos de los suyos - huyeron y salieron de la comarca susodicha, pero se llevaron consigo a aquella pareja, es decir, al hombre y a la mujer, los cuales vivieron hasta su muerte en el país de los tártaros. Al ser preguntados por qué vivían bajo tierra, respondieron que en un tiempo del año, cuando salía el sol, se producía tamaño estrépito que los hombres no lo podían aguantar de ninguna manera, como se ha dicho antes que les ocurrió a los tártaros; y es más, que entonces tocaban sus bandurrias, tambores y demás instrumentos para no escuchar aquel fragor.
17. Al volver de aquella tierra al ejército le faltaron los víveres, así que sufrió un hambre atroz. Se dio entonces el caso de que encontraron las entrañas de un animal que todavía no estaban putrefactas; las recogieron, y quitándoles sólo los excrementos, las cocieron y las llevaron ante Chinguis Kan, y éste las compartió con ellos. Por este motivo estableció Chinguis Kan que no se desperdiciase ni la sangre ni las entrañas ni parte alguna de un animal que fuese comestible, a excepción de las heces.
18. De allí regresó a su patria y promulgó en ella muchas leyes y ordenanzas que los tártaros guardan a rajatabla, de las cuales sólo nos referiremos a dos. La primera es que todo aquel que, henchido de soberbia, pretenda proclamarse emperador por su propia autoridad y sin elección de los príncipes, reciba muerte inmisericorde, razón por la que antes de la elección de Cuyuc Kan fue ajusticiado uno de los príncipes, sobrino del propio Chinguis Kan, pues quería reinar sin haber sido elegido. La segunda es que los tártaros han de sojuzgar toda la tierra y que no deben hacer paces con ningún pueblo que no les rinda pleitesía, hasta que les toque a ellos mismos la hora de su aniquilamiento.
19. Han combatido durante cuarenta y dos años, y deben dominar el mundo antes de diez y ocho años; después, según dicen, han de ser vencidos por otro pueblo, tal y como les fue vaticinado, aunque no saben cuál ha de ser éste. Y los que puedan escapar con vida, según dicen, habrán de abrazar la religión que tengan los vencedores. También estableció Chinguis Kan que el ejército se organizara por capitanes de mil, de cien, de diez y también de tinieblas, es decir, de ‘diez mil’ hombres.Asimismo instituyó muchas otras cosas que sería prolijo enumerar, y que por otra parte desconocemos. Murió herido de un rayo, después de haber dado cumplimiento a todas sus leyes y fueros.
20. Tuvo Chinguis Kan cuatro hijos. El primero se llamó Occodai, el segundo Tossuc Kan, el tercero Chiadai y no sabemos el nombre del cuarto; de estos cuatro descienden todos los capitanes de los mongalos. El primero, es decir, Occodai Kan, tuvo los hijos siguientes: Cuyuc, el primogénito, que ahora es el emperador, Cocten et Siremun; no sabemos si tuvo más. Los hijos de Tossuc Kan son: Bati - el más rico y poderoso después del emperador -, Ordu - el más veterano de todos los capitanes -, Siban, Bora, Berca, Taut; los nombres de los demás los desconocemos. Los hijos de Chiaday son: Buri, Cadan y otros cuyos nombres se nos escapan. Los hijos de ese otro hijo de Chinguis Kan cuyo nombre ignoramos son los siguientes: uno se llama Mengu, y su madre es Soroctan - que es la señora más ilustre de todas, a excepción de la madre del emperador, y la más poderosa entre todos los tártaros, quitando a Bati -; otro se llama Bichac; y tuvo otros hijos más, cuyos nombres nos son desconocidos.
21. He aquí los nombres de los capitanes: Ordu - que estuvo en Polonia y en Hungría - ; Bati, Buri, Siban, Dinget - todos éstos estuvieron en Hungría -; Chirpodan - que todavía se encuentra en Ultramar luchando contra el sultán de Damasco y otros que están en Ultramar. Los que han permanecido en su patria son los siguientes: Mengu, Cocten, Sirenen, Hubilai, Siremun, Sinocur, Tuatemur, Caragai, Sibedei - un anciano que entre ellos se llama ‘el caballero’ - , Bora, Berca, Mauchi, Corensa - pero éste es el de menor rango -. Hay otros muchos capitanes, mas ignoramos sus nombres.
22. El emperador de los tártaros ejerce un poder admirable sobre todos. Nadie se atreve a acampar en ningún lugar si él no se lo asigna, y es él quien ordena dónde han de residir los capitanes; los capitanes hacen lo mismo con los jefes de mil hombres, éstos con los jefes de den y estos últimos con los jefes de diez. Todo cuanto se les mande, en cualquier lugar u ocasión, sea para guerrear, morir o vivir, lo obedecen a ciegas. Incluso si el Kan les pide una hija virgen o una hermana, se la entregan sin rechistar; es más, todos los años o al cabo de ciertos años reúne doncellas de todos los territorios de los tártaros, y si quiere quedarse con alguna, se la queda, y las restantes las reparte entre sus hombres, como mejor le parece.
25. Envía como embajadores a los que quiere, adonde quiere y cuando quiere, y es menester proveerlos sin tardanza de caballos de refresco y de comida; y vengan de donde vengan sus embajadores o recaudadores de tributos, hay que darles asimismo caballos, carros y sustento. En cambio, los embajadores procedentes de otros países padecen grandes miserias tanto en su manutención como en su vestuario, porque sus alimentos son malos y escasos, sobre todo cuando van a [la corte] de los príncipes y deben prolongar su estancia, púes se da tan poco de comer a diez hombres que con tal ración apenas podrían vivir dos; en efecto, ni durante la estancia en la corte ni durante el viaje se les da más de una comida al día, y ésa muy escasa. Por otra parte, no hay manera de presentar una queja si reciben algún agravio, por lo que les es menester sufrir con paciencia las afrentas. Encima, tanto los príncipes como los nobles y los plebeyas les piden muchos regalos, y si no se les ofrece nada, desprecian o, mejor dicho, tienen en nada a los embajadores; y si éstos han sido enviados por grandes personajes, se niegan a recibir un presente de poca monta, antes bien dicen: «Venís de parte de un magnate, y ¿tan chica cosa nos dais?» Por eso no se dignan aceptar el regalo, y los embajadores, si pretenden encarrilar su negocio, se ven obligados a dar otro mayor. Así fue como nos vimos abocados a gastar por fuerza en presentes la mayor parte del dinero que los fieles nos habían dado para sufragar el viaje.
24. Se ha de saber que todas las cosas están sujetas al poder del emperador hasta tal extremo que nadie osa decir «esto es mío» o «es de aquél», sino que todo pertenece al emperador: hacienda, hombres? y yeguas. Y sobre este particular el emperador ha promulgado hace poco un decreto. Igual poder absoluto tienen en todo los capitanes sobre sus hombres, pues los tártaros están repartidos entre sus capitanes; y tanto los vasallos del emperador como los demás están obligados a proveer sin rechistar a los embajadores de los capitanes, adondequiera que hayan sido enviados, de caballos de refresco y de alimentos, así como de mozos que guarden las monturas y que sirvan a sus personas. Los capitanes y los demás están obligados a dar de tributo al emperador yeguas para su provisión de leche por uno, dos o tres años, según le plazca; y los vasallos de los capitanes deben hacer lo mismo con sus señores, pues entre ellos nadie es libre. En resumen, el emperador y los capitanes les toman a los tártaros lo que quieren y cuanto quieren de su hacienda; y en cuanto a sus personas, disponen de ellas a su antojo en todo.
25. Muerto el emperador, como arriba se ha dicho, se juntaron los capitanes y eligieron emperador a Occodai, hijo de Chinguis Kan. Este, habido consejo con sus príncipes, dividió sus ejércitos. A Bati, que le tocaba en segundo grado de parentesco, lo envió contra la tierra de Altisoldán y el país de los biserminos, que a pesar de ser sarracenos hablan la lengua comana. Y Bati, cuando entró en esa comarca, combatió contra ellos y los venció por las armas; sólo una ciudad, llamada Barchin, le resistió largo tiempo, pues sus habitantes habían cavado gran número de fosas a su alrededor y las habían cubierto, de suerte que cuando asaltaban la ciudad caían en la trampa; y así, no pudieron tomarla hasta haberlas cegado todas.
26. Al oír esta noticia, los hombres de una ciudad llamada Yanikint salieron al encuentro de los tártaros para ponerse voluntariamente en sus manos. En compensación los tártaros no destruyeron sus edificios, pero mataron a muchos de sus vecinos y deportaron a los demás. Después de cogido el botín, la poblaron con otros habitantes, y marcharon contra la ciudad de Ornas, que era muy populosa, ya que vivían en ella muchos cristianos —esto es, gázaros, rusos, alanos y otros— y sarracenos —que tenían el mando—, y que estaba muy colmada de riquezas, pues se hallaba a la ribera de un río que corre por Yanikint y el país de los biserminos y que desemboca en el mar; por este motivo era una especie de puerto, y los demás sarracenos obtenían de ella grandísimos beneficios. Los tártaros, como no podían tomarla de otra manera, desviaron el río que la atravesaba e inundaron su suelo anegando hombres y haciendas. Hecho esto, entraron a continuación en tierra de los turcos, que son paganos.
27. Habiéndolos vencido, los tártaros marcharon contra Rusia e hicieron allí una gran carnicería. Asolaron ciudades y fortalezas y dieron muerte a sus habitantes. Pusieron sitio a Kiovia, que es la sede metropolitana de Rusia, y después de un prolongado asedio la tomaron y pasaron a cuchillo a sus moradores. Así, cuando pasamos por aquella comarca, encontramos tiradas en el suelo un sinfín de calaveras y huesos de muertos, pues aquella ciudad había sido muy grande y populosa; y ahora ha quedado reducida casi a la nada, pues apenas hay en ella doscientas casas, y sus habitantes están- sometidos a la mayor de las servidumbres. Los tártaros, prosiguiendo su avance, devastaron toda Rusia a sangre y fuego.
28. Los capitanes susodichos dejaron a su espalda Rusia y Comania y combatieron contra los húngaros y los polacos. Muchos de estos tártaros murieron en Polonia y Hungría; y si los húngaros, en vez de darse a la fuga, hubieran resistido como hombres, los tártaros habrían salido de sus fronteras, porque se apoderé de ellos tal miedo que todos trataban de huir. Mas Bati, con la espada desnuda, les plantó cara diciendo: «No huyáis, porque si huís, no escapará nadie; y si hemos de morir, muramos todos, ya que entonces habrá venido nuestra destrucción, como vaticiné Chinguis Kan; y si ha venido ya esa hora, hagámosle frente». Entonces los tártaros cobraron ánimos, reagruparon sus filas y arrasaron Hungría.
29. A su vuelta llegaron a la tierra de los morduanos, que son paganos, y los vencieron en combate. Y continuaron su avance contra Bileros, que es Bulgaria la Grande, y la asolaron por completo. Después, marchando todavía al aquilón contra Bascart, es decir, Hungría la Grande, también la derrotaron..
30. Saliendo de esa tierra se adentraron más al aquilón y llegaron a los parositas, que tienen vientres pequeñitos y boca diminuta, según se nos dijo, y que, en vez de comer, cuecen la carne y, una vez cocida, se ponen sobre la olla y aspiran el humo, y se sustentan sólo del vaho; y si comen algo, es un bocado minúsculo.
31. Reanudando su avance llegaron a los samoyedos, hombres que, según se cuenta, viven únicamente de la caza, y sus tiendas y vestidos están hechos sólo de pieles de animales. Prosiguiendo su marcha llegaron a una tierra situada a orillas del océano, donde se encontraron con unos monstruos que, según se nos aseguró con firmeza, tenían en todo forma humana, menos en sus pies, que terminaban en pezuñas de buey tenían cabeza humana pero cara de perro; y hablaban dos palabras a la manera de los hombres y a la tercera ladraban como un can; y aunque a cierto tiempo intercalaban ladridos, tornaban no obstante al hilo de su discurso, y así se podía entender lo que decían. Desde allí los tártaros volvieron a Comania, donde hasta hoy residen algunos de ellos.
32. Al mismo tiempo Occodai Kan envió a Chirpodan con un ejército al mediodía, contra los kirguis, y éste los venció en combate. Son hombres paganos que no tienen pelos en la barba y que, cuando se les muere el padre, tienen la costumbre de arrancarse por tristeza una tira de piel de oreja a oreja en señal de duelo.
33. Obtenida esta victoria, marché al mediodía contra los armenios. Al cruzar un desierto, encontraron unos monstruos que, según se nos dio por cieno, tenían también forma humana, pero estaban provistos sólo de un brazo con una mano en mitad del pecho y de un único pie, y disparaban el arco entre dos. Corrían con tanta presteza, que los caballos no podían darles alcance. Lo hacían saltando sobre aquel único pie, y cuando les entraba el cansancio, pasaban a voltearse sobre su mano y su pie como trazando un círculo; a éstos Isidoro los llamó ciclópedes y cuando se fatigaban de ir así, volvían a correr como antes. Dieron muerte a algunos de ellos, y según nos conté en la corte uno de los clérigos rusos que viven con el emperador, vinieron de su parte vados embajadores a la corte del emperador para tratar de paz. Los tártaros, prosiguiendo su avance, llegaron a Armenia, y la vencieron en combate, así como a una parte de Georgia; el resto les rindió pleitesía, y les dio de tributo cuarenta mil hipérperas año, y todavía les paga la misma cantidad.
34. Los tártaros prosiguieron su marcha hasta la tierra del sultán de Urum, que era muy grande y poderoso, y también combatieron con él y lo derrotaron. Después continuaron sus guerras y victorias hasta la tierra del sultán de Damasco; en la actualidad señorean esa comarca y se disponen a conquistar otras tierras situadas más allá todavía: hasta el día de hoy no han regresado a su patria. El mismo ejército marché contra la tierra del califa de Bagdad, que fue igualmente sojuzgada; éste les da de tributo cuatrocientos besantes al día, sin contar los brocados de oro y demás presentes. Todos los años el emperador despacha una embajada al califa para que venga ante su vista. Este, además del tributo, le envía anualmente grandes regalos, pidiendo que le presten apoyo. El emperador recibe los regalos, y no obstante manda por él reclamando su presencia.
Capítulo VI. Sobre su manera de combatir, la organización de su ejército, sus armas, sus estratagemas, su crueldad para con los prisioneros, su forma de asediar las plaza fuertes su perfidia para con los que se les rinden, etc.
1. Habiendo hablado de su imperio, es hora de tratar de su manera de combatir en el orden siguiente: primero, de la organización de su ejército; segundo, de sus armas; tercero, de sus estratagemas; cuarto, de su crueldad para con los cautivos; quinto, de su forma de tomar los castillos y las ciudades, y sexto, de la perfl4ia que muestran con los que se les rinden.
2. En lo que toca a la organización del ejército Chinguis Kan dejé dispuesto lo siguiente: que a cada diez hombres los mandase uno, el que entre nosotros se llama jefe de diez (decanus); que a cada diez jefes de diez los mandase otro, el llamado jefe de cien (centenarius); que el mando de diez jefes de cien lo tuviese otro, que se llama jefe de mil (millenarius); y que al frente de diez jefes de mil estuviese otro, número que entre ellos se llama tinieblas. A todo el ejército lo dirigen dos capitanes o tres, de manera sin embargo que el mando supremo lo tenga uno solo.
3. Cuando entran en combate, si de un destacamento de diez hombres huye uno, dos, tres o incluso varios, todos los fugitivos son condenados a muerte. Si huyen los diez, todos reciben también la muerte, a no ser que se dé a la fuga el resto de los cien. Para abreviar: de no producirse una desbandada general, se ajusticia a cuantos huyen. De la misma manera, si uno o dos o más se lanzan con audacia al ataque y no los sigue el resto de los diez, también estos son ajusticiados; y si uno o varios de un grupo de diez caen prisioneros y sus camaradas no los liberan, sobre éstos recae asimismo la pena capital.
4. Todos han de estar provistos como mínimo de las siguientes armas: dos o tres arcos, o al menos uno bueno, tres aljabas grandes llenas de flechas, un hacha y cuerdas para arrastrar las máquinas de guerra. Los ricos tienen espadas de punta aguda, de un solo filo y de hoja un poco curva; un caballo con coraza; grebas, casco y loriga. Algunos tienen de cuero tanto su propia loriga como la coraza del caballo. La hacen de la siguiente manera: toman tiras de cuero de buey o de otro animal de un puño de anchura, embrean tres o cuatro tiras al tiempo y las atan con lazos o cordeles; en la tira superior pasan los cordeles por el borde inferior, en la inferior por el del centro, y así sucesivamente, de modo que, cuando se agachan, las tiras de abajo se montan sobre las de arriba y de esta suerte se doblan y hasta se triplican sobre el cuerpo.
5. La coraza del caballo se compone de cinco piezas. Dos de ellas van una a un lado y otra al otro del caballo; se extienden de cabeza a cola y se atan a la silla y, después de la silla, al lomo, y también al cuello. Cubren las ancas con otra pieza, en el punto donde se enlazan las ataduras de las dos partes susodichas, y hacen en ella un agujero para sacar la cola. Delante del pecho colocan otra. Todas ellas cuelgan hasta las rodillas o hasta las junturas de las patas. Sobre la frente ponen una lámina de hierro, que se sujeta a las piezas anteriores por uno y otro lado del cuello.
6. La loriga consta de cuatro piezas. Una cubre desde el muslo hasta e1 cuello, si bien se acopla a la complexión del cuerpo humano, porque se ciñe delante del pecho y se tornea en derredor del torso por brazos y axilas. Otra pieza va por la espalda hasta los riñones, protegiendo desde el cogote hasta la pieza que abraza el cuerpo; estas dos piezas, a saber, la anterior y la posterior, se abrochan mediante hebillas a dos láminas de hierro que van sobre los hombros. Llevan en cada brazo otra pieza, que cubre desde el hombro hasta la mano y que también está abierta por debajo. Por fin, se ponen otra pieza en cada pierna. Todas ellas se ajustan con hebillas.
7. El casco por encima es de hierro o de acero, pero la parte circular que protege el cuello y la garganta es de cuero; todas las piezas de cuero se hacen según el procedimiento explicado arriba.
8. Estas armas hay quien las tiene de hierro. Se hacen de la siguiente manera forjan una plancha delgada de una pulgada de anchura y de un palmo de longitud, y como ésta muchas más; en cada una de ellas abren ocho agujeros pequeños, y colocan por dentro tres tiras estrechas y fuertes; ponen las planchas una encima de otra cómo en escalera, y las van atando a las tiras con correhuelas finas que pasan por los orificios antedichos; por la parte superior pasan una correhuela que va doblada por ambos lados y que se sujeta con otra, para que las planchas queden bien y sólidamente ensambladas. Forman así como una tira de planchas, y después van atando todo por piezas, como queda dicho arriba. Ésta es la manera de fabricar las armaduras tanto de los hombres como de los caballos, que bruñen tanto que se puede uno mirar en ellas.
9. Algunos tienen lanzas, y el cuello del hierro de la lanza provisto de un garfio, para desazonar al adversario, a ser posible. La longitud de sus flechas es de dos pies, un palmo y dos pulgadas; y dada la variedad de pies, anotamos la medida del pie geométrico: cuatro granos de cebada equivalen a una pulgada y dieciséis pulgadas hacen un pie geométrico. El hierro de las flechas es muy punzante, y corta por ambos lados como una espada de doble filo; junto al carcaj llevan siempre una lima para amolar las saetas. El hierró tiene una estaquilla puntiaguda de una pulgada de longitud, que se encaja en el ástil.
10. Disponen de escudos hechos de mimbre o de varitas, pero no creemos que los lleven sino a combatir fortalezas y a montar la guardia del emperador y de los príncipes, y ello sólo de noche. Se sirven asimismo de otras flechas distintas, de tres pulgadas de anchura, para disparar a aves, animales y a hombres desarmados; y también utilizan otros tipos diferentes de flechas para dar caza a aves y animales.
11. Cuando van a la guerra, envían por delante corredores que no llevan consigo más que sus fieltros, sus caballos y sus armas. Éstos no cogen botín ni incendian las casas ni matan el ganado, sino que sólo hieren y degüellan a los hombres y, si no es posible otra cosa, los ahuyentan, aunque disfrutan más en darles muerte que en ponerlos en fuga. A esa avanzadilla la sigue el ejército, que somete a pillaje cuanto encuentra, y apresa o acuchilla a los hombres que pueda descubrir; sin embargo, los jefes del ejército mandan después por todas partes en busca de hombres y ganado a salteadores, que son muy diestros en seguir su rastro.
12. Cuando llegan a un río, lo cruzan, incluso si es caudaloso, de la siguiente manera. Los principales llevan un cuero redondo y liviano, cuyo borde todo en derredor está provisto de una serie de asas, por las que pasan una cuerda y aprietan el lazo. Forman así tina especie de vientre cóncavo, que llenan de ropa y otros objetos, y después aprietan muy bien unas cosas con otras. A continuación colocan en el centro la silla y los demás enseres duros. Los hombres se sientan en el medio y atan a la cola del caballo esta barca así preparada. Delante del caballo hacen que nade a la par un hombre para guiarlo, aunque alguna vez disponen de dos remos con los que se impulsan hasta la otra orilla; y así pasan el río. A los caballos los empujan al agua; un hombre nada junto al animal y lo guía, y el resto de la yeguada lo sigue; y así cruzan corrientes y grandes ríos. Los más pobres tienen un morral de cuero bien cosido - y están obligados a tener uno cada uno -, y en ese morral o saco meten su ropa y todos sus enseres y aprietan muy fuertemente sus bordes, que dejan colgar de la cola del caballo, y pasan como arriba se ha dicho.
13. Preciso es saber que, cuando divisan al enemigo, arremeten contra él, disparando cada uno de ellos tres o cuatro flechas al adversario; y si ven que no pueden vencerlo, vuelven grupas hacia los suyos. Ésta es una treta para que los contrarios los persigan hasta él lugar donde está tendida la emboscada; y una vez que el enemigo los ha seguido a la celada, lo rodean y entonces lo hieren y lo matan. Si ven que avanza contra ellos un gran ejército, unas veces se alejan de él como una o dos jornadas de distancia e invaden por otra parte la tierra y la saquean y dan muerte a sus habitantes y arrasan y devastan la ¿marca; pero si ven que tampoco pueden maniobrar de ese modo, retroceden a diez y hasta doce jornadas de distancia, y acampan en un lugar seguro, hasta que se disperse la hueste enemiga; entonces vuelven por sorpresa y arrasan todo el país, pues en la guerra son los hombres más astutos del mundo, dado que hace ya cuarenta años y más que pelean con otros pueblos.
14. Cuando van a entablar combate, forman todos los escuadrones en el orden en que han de pelear. Los capitanes o los caudillos del ejército no entran en lucha, sino que se plantan a lo lejos enfrente del ejército enemigo; a su lado se colocan sus hijos, montados a caballo, sus mujeres y sus corceles; alguna vez mandan poner figurines sobre los caballos, y ello para dar la impresión de ser una gran multitud de guerreros.Contra el frente enemigo envían un escuadrón formado por los prisioneros y los demás pueblos que les siguen, en el que tal vez vayan algunos tártaros. El resto de los escuadrones, compuesto por los soldados más aguerridos, lo lanzan por las alas dando un gran rodeo, para que no lo vea el contrario, y así lo cercan y lo apretujan en el centro. Entonces comienzan la lucha por todas panes. Y siendo ellos a veces pocos en número, el enemigo, al verse rodeado, cree que son muchos, en particular cuando ve a los niños, mujeres, caballos y maniquíes que están con el capitán general o el caudillo del ejército, pensando que son soldados y así cae presa del pánico y se da a la fuga.En el caso de que el enemigo se defienda con valor, le dejan un camino para escapar,y no bien ha comenzado a huir y a desbandarse, le dan alcance y matan entonces más hombres en la persecución que los que habrían podido acuchillar en la batalla. Con todo, se ha de saber que, de tener elección, por su voluntad no libran combate, sino que primero hieren y matan con sus flechas a hombres y a caballos; y cuando el adversario desfallece ya por las heridas, entonces entablan la lucha.
15. Las fortalezas las toman de la manera siguiente. Si el castillo lo permite, lo asedian, es más, algunas veces lo vallan, para que nadie pueda entrar o salir. Después lo baten muy reciamente con catapultas y flechas, sin cesar de combatir ni de día ni de noche, para que no tengan respiro los defensores, mientras los tártaros descansan, pues dividen los escuadrones y se relevan en la lucha a fin de no fatigarse en exceso. Si no pueden tomar la plaza por ese procedimiento, lanzan el fuego griego; es más, algunas veces suelen coger la grasa de los hombres que matan y la arrojan hirviendo sobre las casas de los sitiados; y el fuego, dondequiera que caiga, arde en esa manteca de forma inextinguible, aunque se puede apagar, según se dice, echando encima vino o cerveza; y si toca la carne, cabe sofocarlo frotándola con la palma de la mano.
16. Si ni aun así consiguen la victoria y la ciudad o la fortaleza tiene un río, desvían su curso o le hacen otro cauce e inundan el castillo, si pueden. Si no, lo minan, y un destacamento armado. penetra por una galería en la ciudad; y cuando están dentro, unos le prenden fuego para quemarla, mientras los otros combaten con los defensores. Si ni aun así logran su objetivo, construyen frente a ella su propio castillo o baluarte para resguardarse de los dardos enemigos, y prolongan largo tiempo el asedio, a no ser que el adversario cuente con la ayuda exterior de un ejército que luche contra los tártaros y los obligue a retirarse por la fuerza. Durante el cerco profieren palabras de halago y hacen muchas promesas, todo para que los sitiados se rindan. Si se entregan les dicen: «Salid, para que os censemos a nuestra manera». Y una vez que han salido, les preguntan quiénes de ellos son artesanos, y a éstos les perdonan la vida, pero a todos los demás los matan a golpe de hacha, a excepción de los que quieran guardar como esclavos. Y aunque puede que perdonen a algunos, como se ha dicho, no respetan jamás a los hombres de pro y de alcurnia; y si así ocurre por alguna contingencia, éstos no pueden salir jamás de su cautiverio ni por súplicas ni por rescates.
17. A todos los prisioneros de guerra los matan, a menos que quieran quedarse con algunos para convertirlos en esclavos. A los condenados a muerte los distribuyen entre los jefes de cien hombres, para que éstos los hagan ejecutar a golpe de hacha; y estos últimos los reparten entre los prisioneros, y a cada esclavo le dan a decapitar diez cautivos más o menos, según la voluntad de los jefes.
Capítulo VII. Sobre cómo hacen las paces; los nombres de las tierras que han conquistado; la tiranía que ejercen sobre sus habitantes y las comarcas que les han ofrecido gallarda resistencia
1. Habiendo descrito su manera de combatir, hemos de hablar de las tierras que sometieron a su dominio. Procederemos en el orden siguiente: primero, hablaremos de cómo hacen las paces; segundo, de los nombres de las tierras que han conquistado; tercero, de la tiranía que ejercen sobre ellos, y cuarto, de las tierras que les han ofrecido gallarda resistencia.
2. Se ha de saber que no hacen la paz con nadie que no se les rinda, ya que, como antes se ha dicho, tienen orden de Chinguis Kan de someter, a ser posible, el mundo entero a su dominio. Las condiciones que imponen en la rendición son que los vencidos vayan en campaña con ellos a combatir contra quien sea cuando a ellos así les plazca, y que les den el diezmo de todo, tanto de los hombres como de la hacienda. Así, de cada diez mozos que censan se quedan con uno, y otro tanto hacen con las doncellas, y se los llevan a su tierra y allí los tienen como esclavos; a los demás los empadronan y ordenan según su costumbre.
3. Pero cuando ya tienen dominio pleno sobre ellos, no cumplen ninguna de las promesas que hicieron, sino que buscan todos los achaques que se les ofrecen para abusar de los sometidos. Así cuando estábamos en Rusia, llegó un sarraceno de parte de Cuyuc Kan y de Bati, a lo que se dijo; y este gobernador, según se nos contó después, a todo hombre que tuviera tres hijos le quitaba uno; y cogía a los solteros, y otro tanto hacía con las mujeres que no tenían marido legítimo; del mismo modo deportaba a los pobres que vivían mendigando; al resto del pueblo lo censó a su usanza, ordenando que todos, jóvenes y ancianos y hasta el niño de un día, fueran pobres o ricos, pagasen como tributo lo siguiente: una piel de oso blanco, una de castor negro, una de cebellina negra, una piel de un animal negro que hace su madriguera bajo tierra, cuyo nombre no sabemos cómo se dice en latín y que los polacos y los rusos llaman dojori, y una piel de zorra negra; so pena de que, quien no entregara este tributo, seria conducido a tierra de los tártaros y reducido a esclavitud.
4. A los príncipes de las tierras sojuzgadas los hacen llamar para que se presenten ante ellos sin demora. Cuando éstos acuden, no los reciben con los honores debidos, sino que los tratan igual que a personas de baja estola, y los obligan a hacer grandes regalos tanto a los capitanes como a sus mujeres y a los jefes de mil y de cien hombres; es más, todos sin excepción, sus siervos incluidos, les piden presentes con gran insolencia, y no sólo a ellos, sino también a sus embajadores cuando se los envían.
5. A unos les urden artimañas para matarlos, como se ha referido de Miguel y de otros; a otros les dejan volver a su patria, para atraerse a los demás; a otros los asesinan con ponzoñas o veneno. Su intención es dominar ellos solos la tierra, y por eso maquinan argucias tiara eliminar a los nobles. A los que autorizan a partir les exigen dejar en rehenes a sus hijos o sus hermanos, a quienes después no permiten volver jamás, como le sucedió al hijo de Yeroslao,a cierto duque de los alanos y a otros muchos; y si muere el padre o el hermano sin heredero, no ponen en libertad al hijo o al hermano, sino que se apoderan por completo de su principado, como vimos que pasó con el duque de los solangos.
6. En la tierra de los nobles a quienes permiten el regreso a la patria ponen bascacos o ‘gobernadores’, a los que han de obedecer, al más mínimo ademán que hagan, tanto los duques como el resto del pueblo; y si los habitantes de una ciudad o de una comarca no cumplen las órdenes de los bascacos, éstos los acusan de rebeldía, y así destruyen la ciudad o comarca y matan a sus habitantes haciendo venir un fuerte ejército de tártaros, los cuales acuden por mandato del gobernador a quien está sujeta la tierra sin que sus habitantes lo sepan, y caen sobre ellos de improviso, como ha ocurrido hace poco, cuando estábamos todavía en suelo tártaro, con una ciudad que habían poblado de rusos en territorio de comanos. Y no sólo el jefe de los tártaros que ha usurpado la tierra o su gobernador, sino cualquier noble tártaro que pase por la ciudad o atraviese la comarca se comporta como si fuera el señor de ella, sobre todo si es de elevada alcurnia.
7. Además, piden y obtienen sin contradicción alguna el oro, la plata y todas las otras cosas que quieren, cuando se les antoja y como les place. Encima, si surge algún litigio entre los príncipes que se han rendido, es menester que éstos acudan ante el emperador a seguir su pleito. Así les ocurrió ahora a los dos hijos del rey de Georgia. El uno era legitimo y el otro nacido en adulterio: éste se llamaba David y el legítimo Melic. El padre le había dejado al hijo natural una parte de su reino; el otro, que era el más pequeño, vino juntamente con su madre a [la corte] del emperador, porque el bastardo, David, ya se había puesto en camino. La madre del legítimo, Melic, a saber la reina de Georgia, gracias a la cual su marido había empuñado el cetro —pues allí el trono se transmite por línea femenina—, murió en el viaje. A su llegada a la corte, uno y otro repartieron inmensos regalos, y en particular el legítimo, que reclamaba la tierra que su padre había dejado a su hijo David, siendo así que no la debía heredar por ser un bastardo; pero el otro argüía: «Aunque sea hijo de una concubina, pido sin embargo que se me haga justicia según las costumbres de los tártaros, que no establecen ninguna diferencia entre los hijos de la mujer legítima y los de la barragana». Así se dictó sentencia contra el hijo legítimo, ordenando que David, el mayor de edad, fuera su vasallo, pero que gobernara en paz y sosiego la tierra que le había dado su padre; así que Melic perdió las dádivas repartidas y el pleito entablado contra su hermano.
8. También reciben tributo de pueblos muy apartados y que lindan con otras naciones, a los cuales temen de algún modo y que no les están sometidos, y presumen de misericordiosos por no llevar sus ejércitos contra ellos, o bien a fin de que los demás no tengan miedo a rendirse. Así ha sucedido con los obesos o georgianos, de quienes reciben como tributo cuarenta mil hipérperas o besantes. Por lo demás, a éstos les dejan vivir en paz todavía; sin embargo, según hemos entendido de los propios tártaros, se disponen a hacerles de nuevo la guerra.
9. Los nombres de las tierras que han sojuzgado son los siguientes: kitaos, naimanos, solangos, karakitaos o ‘kitaos negros’, Kanana, Tumat, Voirat, karanitos, uiur, sumoal, merkitos, mekritos, Saríuiur~ Bascart —esto es Hungría la Grande—, kirguis, Cosmir, sarracenos, biserminos, turcomanos, Bileros —esto es, Bulgaria la Grande—, Catora, comuchos, Buritabet, parositas, casos, alanos o asos, obesos o georgianos, nestorianos, armenios, kanguit, comanos, brutachos —que son judíos—, morduos, torcos, gázaros, samoyedos, persas, tatos, India la Chica o Etiopía, circasos, rusos, Bagdad, sartos. Hay muchas otras tierras, pero desconocemos su nombre. Hemos visto hombres y mujeres de casi todas las regiones susodichas.
10. Los nombres de los pueblos que les han presentado denonada resistencia y todavía no les están sometidos son los siguientes: India la Grande, Mangia, una parte de los alanos, una parte de los kitaos y los saxos. A una ciudad de los saxos, según se nos contó en la corte, la asediaron e intentaron el asalto; pero los cercados construyeron catapultas contra sus catápultas y desmantelaron todos los ingenios de los tártaros, de modo que éstos no se podían acercar a la ciudad por temor a sus máquinas y ballestas. Al fin cavaron una galería subterránea e irrumpieron dentro de la ciudad y trataron de incendiarla, mientras los demás combatían; mas los defensores dedicaron una parte de sus tropas a apagar el fuego, mientras que la otra luchó valerosamente contra los que habían entrado en la ciudad y mató a muchos de ellos e hirió al resto, forzándolos a replegarse. Los tártaros, en vista que no les podían causar daño y de que sufrían muchas pérdidas, se retiraron de su territorio.
11. En la tierra de los sarracenos y de los alanos, que son casi como señores entre ellos, los tártaros cogen los artesanos mejores y se sirven de ellos para toda suerte de obras. Los demás artesanos les pagan tributo con su trabajo. La cosecha en su totalidad es almacenada en los trojes de los señores, pero éstos les proporcionan el grano y cuanto les basta para su manutención; a otros les dan al día por cabeza una ración muy escasa de pan y nada más, y tres veces por semana les suministran un poco de carne, mas esto sólo a los artesanos que viven en las ciudades. Además, los amos, cuando se les antoja, cogen a todos los jóvenes con sus mujeres e hijos y los fuerzan a ir tras ellos junto con su servidumbre; y éstos pasan a formar parte de los tártaros, o mejor dicho, de los cautivos, ya que, aunque figuran en su censo, no gozan de la consideración que se tiene a los tártaros, sino que reciben trato de esclavos y son enviados a arrostrar toda suerte de peligros como los otros prisioneros; en efecto, ocupan la primera fila en el combate, y si hay que franquear un pantano o un vado peligroso, son los primeros en tantear el paso; también están obligados a fabricar cuanto sea menester, y si en algo yerran o no obedecen al más mínimo ademán, son azotados como borricos.
12. En una palabra: los artesanos tienen poco de comer, poco de beber y van vestidos de andrajos, a no ser que puedan ganar algún dinero, como los orfebres u otros artífices de postín. Pero algunos tienen amos de tan malas entrañas que no les dejan ijada, y ellos, a causa del sinfín de obras a hacer para el amo, no tienen tiempo de trabajar para sí mismos, a no ser que roben horas al descanso o al sueño; y eso si se les permite tener mujer y tienda propia. Los demás que están en casa como esclavos viven en el colmo de la miseria, pues los hemos visto andar muchas veces en zaragüelles de piel y con todo el torso desnudo durante el máximo ardor del estío, y en el invierno soportan un frío terrible; a unos los hemos visto perder los dedos de los pies y de las manos por el intenso frío, y hemos oído que otros habían muerto o que habían quedado tullidos en casi todos sus miembros por lo mismo.
Capítulo VIII. Cómo hay que hacer frente a los tártaros en la guerra; cuáles ion sus intenciones; de las armas y la organización de su ejército; cómo se ha de responder a sus estratagemas; la fortificación de los castillos y de las ciudades, y qué se ha de hacer con los prisioneros
1. Tras haber hablado de las tierras que les están sometidas, toca tratar de cómo hay que enfrentarse a ellos en la guerra, asunto que nos parece que se ha de desarrollar en este orden: primero se dirá cuáles son sus intenciones; segundo, se hablará de las armas y de la organización de su ejército; tercero, de cómo se debe responder a sus estratagemas; cuarto, de la fortificación de los castillos y de las ciudades, y quinto, qué se ha de hacer con los prisioneros.
2. El propósito de los tártaros es someter el mundo entero a su dominio, si es posible, y sobre este punto tienen orden expresa de Chinguis Kan, como antes se ha indicado; por tal motivo su emperador se arroga en sus cartas los títulos de «fuerza de Dios» y de «emperador de todos los hombres», y la leyenda de su sello reza: «Dios en el cielo y Cuyuc Kan en la tierra, fuerza de Dios. Sello del emperador de todos los hombres» Así, según queda dicho, no hacen paz con nadie que no se someta a su dominio. Y como no hay país en el mundo al que teman, a excepción de la Cristiandad, por ello sé aprestan a combatir contra nosotros. En consecuencia, han de saber todos que, durante nuestra estancia en tierra de los tártaros, asistimos a la corte solemne, convocada muchos años antes, en la que eligieron en presencia nuestra a Cuyuc como emperador, título que en su lengua se dice Kan; y elsusodicho Cuyuc Kan con todos sus príncipes alzó su bandera contra la Iglesia de Dios y el Imperio romano y contra todos los reinos de los cristianos y los pueblos de Occidente, si no prestaban obediencia a las órdenes que daba al señor Papa, a los poderosos y a todos los pueblos cristianos del Occidente.
3. Y esto no se debe hacer de ninguna manera, según nos parece. En primer lugar, por la esclavitud terrible, intolerable y hasta hoy inaudita, según hemos comprobado con nuestros propios ojos, a la que reducen a cuantos pueblos les están sometidos; en segundo lugar, porque no tienen buena fe y nadie puede confiar en su palabra, pues lo que prometen no lo cumplen, cuando ven la ocasión propicia, y son engañosos en todos sus actos y tratados. Su propósito es eliminar de la tierra a todos los príncipes, nobles, caballeros y hombres de pro, como se ha dicho arriba, y esto lo hacen valiéndose de tretas y ardides para con sus súbditos; en tercer lugar, porque es indigno que los cristianos les rindan pleitesía en razón de sus prácticas abominables, y porque el culto de Dios quedaría reducido a la nada y nuestras almas perecerían y nuestros cuerpos padecerían más de lo que imaginar quepa, pues al principio son halagüeños, pero al final pican y dañan como el alacrán; en cuarto lugar, porque son inferiores en número y más débiles físicamente que los pueblos cristianos.
4. En la corte susodicha fueron elegidos los soldados y los caudillos del ejército; de cada diez hombres mandarán a tres, junto con su servidumbre, de todas las tierras sometidas a su jurisdicción. Un ejército entrará por Hungría y otro por Polonia, según se nos dijo, y vendrán dispuestos a luchar sin pausa durante dieciocho años, que es el plazo que les ha sido concedido para sus conquistas. En marzo pasado encontramos pregonada la leva en todos los territorios de los tártaros por los que pasamos al volver a Rusia. Dentro de tres o cuatro años vendrán a Comania, y desde Comania caerán sobre los reinos antedichos; mas ignoramos si emprenderán la guerra de inmediato, nada más terminar el tercer invierno, o si todavía esperarán a mejor ocasión para atacarnos de improviso.
5. Todo esto es cieno y verdadero, a no ser que el Señor, con su misericordia, les ponga alguna traba, como hizo cuando vinieron sobre Hungría y Polonia. En efecto, debían avanzar luchando durante treinta años, pero entonces fue asesinado su emperador con un tósigo, motivo que les ha hecho descansar hasta hoy de las armas. Mas ahora, que ya ha sido elegido un nuevo emperador, se preparan a reanudar la guerra. Se ha de saber que el emperador dijo de su propia boca que quería mandar un ejército contra Livonia y Prusia; y puesto que pretende arrasar toda la tierra o someterla a su servidumbre —servidumbre que es casi intolerable para nuestro pueblo, como se ha dicho arriba,es menester medirse con ellos en combate.
6. Si los pueblos cristianos no quieren prestarse mutua ayuda, será destruida la tierra que ataquen. Con los hombres que capturen entonces harán la guerra al país comarcano, y los prisioneros ocuparán la primera línea de combate; y si flaquean en la lucha, los matarán; y si pelean con bravura, los tendrán prendidos de promesas y halagos y, para que no huyan, les prometerán hacerlos grandes señores; pero más tarde, cuando tengan la certeza de que no escaparán, los convertirán en los siervos más desventurados del mundo, y otro tanto harán con las mujeres que quieran por criadas o concubinas. Así es como con los hombres de la tierra vencida destruyen la provincia colindante. Y no hay un país que pueda hacerles frente por sí solo, a nuestro parecer, a no ser que Dios quiera acudir en su socorro, porque se están concentrando para la guerra hombres de todos los confines de su imperio, como se ha dicho antes. Por tanto, silos cristianos quieren salvarse a sí mismos y a la Cristiandad, es preciso que se junten en uno reyes, príncipes, barones y señores feudales, y que envíen de común acuerdo un ejército a presentarles batalla, antes de que comiencen a esparcirse por la tierra, ya que, una vez que hayan empezado a desparramarse por su suelo, nadie estará en condiciones de prestar ayuda al vecino, pues ellos, organizados por escuadrones, buscan por todas partes a los hombres y los matan; y si unos se hacen fuertes en un castillo, dejan tres o cuatro mil hombres o más en torno de la fortaleza o de la ciudad para sitiarla, y continúan desperdigándose para exterminar a los habitante. de la comarca.
7. Todos los que vayan a la guerra han de tener las armas siguientes: arcos buenos y fuertes ballestas, por las que sienten gran miedo, flechas en cantidad bastante, una sólida azuela de buen hierro o un hacha de mango largo; y el hierro de las saetas —tanto las de arco como las de ballesta—, cuando esté al rojo vivo, ha de ser templado en agua salada, como hacen los tártaros, a fin de que cobre resistencia suficiente para traspasar sus corazas. Además deben tener espadas, lanzas provistas de garfio para poder desmontarlos de la silla, pues se los desazona con grandísima facilidad; cuchillos, lorigas dobles (porque no es fácil que sus flechas las atraviesen), cascos y otras armas defensivas para proteger de sus armas y saetas el cuerpo del guerrero y su caballo. Los que no estén tan bien armados como hemos dicho han de situarse en la retaguardia, al igual que hacen los tártaros, y disparar contra ellos arcos y ballestas. No deberán reparar en gastos cuando preparen el armamento, a fin de poder salvar sus almas, sus cuerpos, su libertad y su hacienda.
8. Han de organizar la hueste, como ellos, por jefes de mil, de cien, de diez hombres y capitanes generales del ejército, capitanes que no deben entrar en combate, como no lo hacen los suyos, sino que han de vigilar y ordenar las tropas. Deben fijar el modo de avanzar todos a una a la guerra o a lo que sea, según se ordene. Todo soldado que bien abandone a su compañero en el ataque o en la lucha, bien huya, debe recibir un severo castigo a menos que se haya producido una desbandada general, porque entonces una parte de los guerreros tártaros persigue a los fugitivos y los acribilla a flechazos, y el resto lucha con los que ofrecen resistencia, de suerte que son desbaratados y muertos tanto los que resisten como los que huyen. Igualmente debe recibir severísimo castigo el que se entregue a la rapiña antes de la derrota total del ejército enemigo: entre los tártaros se mata sin piedad a quien tal hace. Como campo de batalla se ha de elegir, a ser posible, un lugar que sea llano y que tenga visibilidad por todas partes; y los nuestros deben tener, si cabe, un gran bosque a sus espaldas o a sus flancos, evitando siempre que el enemigo pueda colarse entre ellos y la espesura. Y no deben juntarse todas las tropas en un mismo cuerpo, sino que han de formar muchos escuadrones separados unos de otros, y sin embargo no muy distantes. Contra la primera oleada de atacantes deben enviar un escuadrón que le haga frente; y si entonces los tártaros simulan la huida, no se le. debe dar alcance por mucho trecho, sino sólo mientras haya visibilidad, no sea que los atraigan a una emboscada de las que suelen tender; y ha de estar listo otro escuadrón para ayudar al primero, si fuere menester.
9. Han de poner por todos lados centinelas, para vigilar si los otros escuadrones de los tártaros vienen por la espalda, a derecha o a izquierda, y deben enviar siempre un escuadrón a hacer frente al escuadrón que ataque. En efecto, los tártaros tratan siempre de copar a sus adversarios; y los nuestros han de evitar por todos los medios que se salgan con la suya, porque el ejército entonces es derrotado con suma facilidad. Por su parte, los escuadrones han de ir prevenidos a no perseguirlos en exceso, por las celadas que acostumbran a tender, pues luchan más con maña que con fuerza.
10. Los caudillos del ejército deben estar siempre atentos a enviar refuerzos, si así lo requieren los combatientes; y deben impedir asimismo que sus hombres cabalguen en demasía en alcance del enemigo, para no cansar las monturas, ya que los nuestros no disponen de gran cantidad de caballos, mientras que los tártaros no vuelven a usar el rocín en el que han montado hasta pasados tres o cuatro días, por lo que no les importa que se fatiguen, dado el gran número que tienen. Si los tártaros se retiran, los nuestros no deberán volver grupas ni separarse unos de otros, porque ellos hacen esa maniobra de distracción para dividir al enemigo, y después invadir sin resistencia la tierra y asolarla en su totalidad. También deben evitar hacer los muchos gastos que acostumbran, no vaya a ser que se vean forzados a regresar por la penuria y dejen a los tártaros vía libre para que los maten a ellos y a los demás, así como para que destruyan la tierra entera y, por su vanidad, sea blasfemado el nombre de Dios. Y si por ventura regresa algún guerrero, deben procurar con diligencia que otro reemplace su puesto.
11. Nuestros capitanes generales deben poner guardias de día y de noche en torno al campamento, para que los tártaros no caigan sobre ellos de repente y por sorpresa, ya que, como demonios, inventan mil maneras de hacer daño. Es más, deben estar alerta día y noche, y no han de dormir desarmados ni comer a mesa y mantel, para que no los pillen desprevenidos, dado que los tártaros vigilan a todas horas para descubrir cómo causar estrago. Los habitantes de la tierra que espera el ataque de los tártaros o teme su venida deben hacer lomas ocultas, para guardar tanto la cosecha como el resto de sus bienes, y ello por dos motivos: para evitar que caigan en manos de los tártaros y para encontrarlos después, si Dios les es propicio. Si evacuán el país, han de quemar el heno y la paja o bien dejarlo muy bien oculto, a fin de que los caballos del enemigo tengan el menor forraje posible.
12. En el caso de que se quiera fortificar ciudades y castillos, se ha de examinar primero la calidad de su emplazamiento. El asiento del castillo debe ser tal que no pueda ser batido con catapultas y saetas, y ha de tener agua y leña en abundancia; si cabe, su entrada y su salida ha de quedar al abrigo de un bloqueo. La guarnición debe contar con hombres suficientes para luchar por turnos; ha de velar con diligencia para que los tártaros no les roben el castillo con alguna estratagema, y ha de tener sustento bastante para muchos años; pero aun así los defensores han de racionar sus víveres, porque no saben por cuánto tiempo van a permanecer encerrados en el recinto, ya que los tártaros, cuando comienzan un asedio, lo prolongan durante largos años, como ocurre ahora en tierra de los alanos con un monte que lleva cercado, según creemos, doce años; y los sitiados han resistido con coraje y han dado muerte a muchos guerreros y nobles tártaros.
13. Las demás ciudades y castillos que no tengan esa posición deben ser rodeados cuidadosamente de profundos fosos amurallados y de barbacanas bien fuertes, y deben tener suficiente provisión de arcos y flechas, así como de piedras y hondas. [Los cercados] han de evitar por todos los medios que los tártaros emplacen sus catapultas, y los han de tener a raya con las suyas. Y si se diera el caso de que asestaran sus ingenios con algún engaño o artimaña, los deben destruir con los suyos, a ser posible, y con las ballestas, hondas y máquinas han de impedir que se acerquen a la ciudad. Asimismo han de estar preparados para cualquier contingencia de las que antes se ha hablado. En cuanto a las fortalezas y ciudades situadas a la orilla de un río, deben precaverse muy bien de que no se las pueda inundar Además, se ha de saber que los tártaros prefieren ver al enemigo encerrado en ciudades y castillos a combatir con él en campo abierto, y dicen entonces que son sus cerditos metidos en una pocilga, y les ponen guardia, como arriba se ha dicho.
14. A los tártaros desarzonados en la refriega se los debe hacer prisioneros de inmediato, porque desde el suelo disparan flechas con destreza, y así hieren y matan a caballos y a hombres. Si se les perdona la vida, podría ser causa de que se alcanzara por ellos una paz casi perpetua o de que se recibiera un gran rescate a cambio, porque se profesan gran afecto unos a otros. Ya se ha indicado antes, al describir su aspecto, la manera de reconocerlos. En el momento de su captura, si se los va a hacer prisioneros, se los ha de poner bajo estrecha vigilancia para que no huyan. En su ejército militan otros muchos pueblos a los que se podrá distinguir por el aspecto arriba indicado; y se ha de saber que hay muchos soldados en su filas que, si vieran la ocasión y tuviesen la seguridad de que los nuestros no los iban a matar, lucharían contra los tártaros desde todos los flancos de su ejército, según nos aseguraron ellos mismos, y les inferirían peores daños que sus enemigos declarados.
15. Las cosas escritas más arriba las hemos dicho y referido sólo a fuer de hombres que las han visto y oído, y no para instruir a los varones entendidos que, por su experiencia en las lides, conocen las artes del combate; pues creemos que otra estrategia mejor y más indicada discurrirán los hombres prudentes y curtidos en la guerra, si bien tendrán ocasión y motivo de reflexionar gracias a lo antes apuntado, ya que está escrito: «El que escucha será más sabio y el que entiende gobernará e1 timón»
Capítulo IX. Sobre las comarcas por las que pasamos y su situación; sobre los testigos que encontramos en ellas y sobre la corte del emperador de los tártaros y de sus príncipes
1. Habiendo indicado cuál es la manera de hacerles frente en combate, hablaremos por último del viaje que hicimos, de la situación de las tierras por las que pasamos, de la organización de la corte del emperador y de sus príncipes, y de los testigos que encontramos en tierra de los tártaros.
2. Una vez tomada la decisión de ir a [tierra de] los tártaros, según queda dicho en otro lugar, llegamos a [la corte] del rey de Bohemia. Le pedimos consejo, por ser viejo amigo nuestro, sobre cuál sería el mejor camino para realizar nuestro viaje, y nos respondió que, a su juicio, lo más indicado sería ir por Polonia y Rusia, pues él tenía deudos en Polonia con cuya ayuda podríamos entrar en Rusia; y además de darnos una carta y buena escolta para atravesar Polonia, ordenó que se atendiera a nuestro sustento en sus tierras y ciudades, hasta que llegásemos a la corte del duque de Silesia Boleslao, su sobrino, que era asimismo amigo y conocido nuestro. Este último nos dio también una carta, buena escolta y manutención hasta llegar a la corte de Conrado, duque de Lanciscia. Por aquel entonces, gracias a la misericordia de Dios, había venido a ella Vasilico, duque de Rusia, quien nos informó con todo pormenor sobre las cosas de los tártaros; en efecto, Vasílico les había enviado embajadores, los cuales habían regresado a su presencia y la de su hermano Daniel, trayendo al señor Daniel un salvoconducto para pasar a [la corte de] Bati.Vasílico nos advirtió que, si queríamos ir a los tártaros, nos sería preciso llevar grandes regalos para hacerles obsequios, porque los pedían con la mayor frescura; y que el embajador que no se los diese no podría llevar a feliz término su cometido, antes bien, sería considerado punto menos que un pobre diablo; y ésta es la pura verdad.
3. Sin querer malbaratar por tal motivo la comisión del señor Papa y de la Iglesia, hicimos comprar algunas pieles de castor y de otros animales con el dinero que, en calidad de limosna, se nos había dado como viático para no desmayar en el camino. Enterados de la situación, el duque Conrado y la duquesa de Cracovia, así como algunos caballeros y el obispo de Cracovia, nos regalaron muchas pieles también de excelente calidad. Por su parte, el duque Conrado, su hijo el duque de Cracovia, el obispo y los barones de la ciudad rogaron muy encarecidamente al duque Vasílico que, en lo que estuviese en su mano, nos ayudase a pasar a los tártaros; y él respondió que lo haría de buen grado. Así pues, nos llevó consigo a su tierra, nos retuvo algunos días a su costa para que descansáramos un poco, y a petición nuestra hizo venir a sus obispos. Entonces les leímos la carta del señor Papa, en la que los exhortaba a volver a la unidad de la Santa Madre Iglesia; y también nosotros, en la medida de nuestras fuerzas aconsejamos y exhortamos a hacer lo mismo al duque, al obispo y al resto de la concurrencia; mas como, coincidiendo con la venida del duque a Polonia, su hermano Daniel había partido al campamento de Bati y se hallaba ausente, no pudieron dar respuesta cumplida, pues para una contestación en regla era menester esperar a su vuelta.
4. Después el duque hizo que nos acompañara hasta Kiovia un criado suyo; con todo, a lo largo del camino corrimos constante peligro de muerte a causa de los lituanos, que hacen frecuentes algaras lo más sigilosamente que pueden por las tierras de Rusia, y muy en particular por los parajes que debíamos atravesar, y como la mayor parte de los hombres de Rusia había sido pasada a cuchillo por los tártaros o reducida a la esclavitud, no se les habría podido ofrecer la más mínima resistencia. De los rusos, no obstante, estábamos a salvo merced al criado. Así, gracias a la misericordia de Dios que nos libraba de los enemigos de Cristo, llegamos a Kiovia, que es la sede metropolitana de Rusia.
5. A nuestra llegada celebramos consejo con el jefe de mil hombres y con los demás principales estantes en la ciudad sobre el camino a tomar. Estos nos indicaron que, si continuábamos nuestro viaje con los caballos que montábamos, morirían todos ellos, pues la nieve era profunda, nuestros corceles no sabían buscar la yerba debajo de la nieve, como hacen los de los tártaros, y no se podía encontrar ningún pienso, dado que los tártaros no tienen paja, heno o forraje. Concluida la deliberación, decidimos dejar allí las monturas bajo la custodia de dos mozos. Por este motivo tuvimos que ofrecer regalos al jefe de mil hombres, a fin de ganarnos su voluntad y conseguir que nos diera caballos de refresco y una escolta. Antes de llegar a Kiovhi, una enfermedad nos puso a las puertas de la muerte en Danilov; sin embargo, hicimos que se nos condujera en un vehículo a través de la nieve, pasando un frío intensísimo. Una vez solventados todos estos asuntos en Kiovia, y a fin de no estorbar los intereses de la Cristiandad, emprendimos el viaje a aquellos pueblos bárbaros, saliendo de la ciudad con caballos del jefe de mil hombres y una escolta al día siguiente de la fiesta de la Purificación de Nuestra Señora [3 de febrero].
6. Llegamos a un pueblo llamado Canove, que estaba bajo el dominio directo de los tártaros, y su alcalde nos proporcionó caballos y escolta hasta otro pueblo que tenía un gobernador alano de nombre Miqueas hombre «repleto de toda malicia y perversidad». Éste nos había enviado a Kiovia a unos secuaces suyos para decirnos mentirosamente, como de parte de Corensa, que acudiésemos a verlo si éramos embajadores; decía esto, aunque no era verdad, para poder sacarnos algún regalo. Cuando nos presentamos ante él, se nos puso muy altanero, y en modo alguno se habría avenido a procurarnos una escolta de no haberle ofrecido nosotros una recompensa, pues al ver que de otra suene era imposible proseguir el viaje, le prometimos algunos obsequios. Le dimos lo que nos pareció razonable, pero se negó a aceptarlo si no le dábamos más. En consecuencia, nos vimos obligados a añadir cuanto se le antojó; y algunas cosas nos las arrebató con trampas, robos e iniquidades.
7. Partimos con él el lunes de la Quincuagésima [20 de febrero], y nos condujo hasta el primer puesto de los tártaros. El viernes siguiente al miércoles de Ceniza [24 de febrero], cuando nos disponíamos a acampar y el sol se aproximaba a su ocaso, se precipitaron sobre nosotros en son muy amenazador unos tártaros armados, preguntándonos qué clase de hombres éramos; una vez que se enteraron de que éramos embajadores del señor Papa y recibieron de nosotros un poco de comida, se marcharon de inmediato.
8. Nos levantamos con el alba, y a poco andado salieron a nuestro encuentro los jefes que estaban en el campamento, para preguntarnos a qué habíamos venido y que misión traíamos. Les respondimos que éramos embajadores del señor Papa, que es el padre y señor de los cristianos, el cual nos enviaba al rey, a los príncipes y a los tártaros, porque era su deseo que todos los cristianos fuesen amigos de los tártaros y tuviesen paz con ellos; y que además, como quería que los tártaros fuesen grandes ante Dios en el cielo, el señor Papa los exhortaba, tanto por nosotros como por su propia carta, a que se hicieran cristianos y abrazaran la fe de Nuestro Señor Jesucristo, porque de otro modo no podrían alcanzar la salvación; y decía además que se maravillaba de tan gran matanza como habían hecho, y sobre todo de hombres cristianos y en especial de húngaros, moravos y polacos, que eran sus súbditos, cuando éstos no les habían causado ningún daño ni habían intentado inferírselo; y como Dios Nuestro Señor estaba gravemente ofendido por esos actos, los amonestaba a abstenerse en el futuro de perpetrar tales crímenes y a hacer penitencia de los pecados cometidos. Concluimos diciendo que el señor Papa les pedía que le comunicasen sus propósitos e intenciones para el futuro, y que le respondiesen por escrito a todos estos puntos.
9. Escuchadas y entendidas las causas y razones arriba expuestas, dijeron que estaban dispuestos a consultar sobre ellas y a darnos caballos de refresco y escolta hasta Corensa, y al punto nos pidieron regalos y los obtuvieron, pues nos era forzoso hacer de la necesidad virtud. Una vez que les dimos presentes y recibimos caballos de refresco —de los cuales acababan de desmontar ellos mismos—, emprendimos con su escolta el viaje a (la corte de) Corensa, si bien enviaron por delante un correo a galope tendido para comunicar a este capitán las palabras que habíamos pronunciado. Corensa es el jefe de todos los que montan guardia contra los hombres de Occidente, no sea que caigan sobre los tártaros de repente y por sorpresa; a lo que oímos, tiene bajo su mando un ejército de seis mil hombres,
10. Cuando llegamos a su campamento, nos mandó plantar las tiendas lejos de la suya y nos envió a unos procuradores que eran criados suyos a preguntarnos con qué le íbamos a hacer la reverencia, lo que equivale a decir ‘qué le íbamos a dar’. Le respondimos que el señor Papa no les mandaba regalos, porque no tenía la seguridad de que pudiésemos llegar a su tierra; además, habíamos atravesado lugares muy peligrosos por la amenaza de los lituanos, que salteaban con frecuencia, desde Polonia hasta casi el territorio tártaro, los caminos por los que habíamos pasado. «Sin embargo», añadimos, «lo honraremos como buenamente podamos de las cosas que tenemos para nuestro sustento, gracias a la misericordia de Dios y del señor Papa». Le dimos buen número de presentes, pero no le fueron bastantes, sino que por terceros nos pidió más, prometiendo que nos haría conducir en paz y sosiego si accedíamos a sus exigencias. Y esto es lo que nos vimos obligados a hacer por salvar la vida y llevar a buen puerto la comisión del señor Papa.
11. Recibidos los regalos nos condujeron a la orda, esto es, a su tienda, y nos advirtieron de que doblásemos tres veces la rodilla izquierda delante de la puerta y de que tuviésemos mucho cuidado de no poner el pie en el umbral, orden que cumplimos con muchísimo cuidado, porque se castiga con la muerte a los que pisen a sabiendas el umbral de la tienda de un capitán. Ya en el interior, nos vimos obligados a repetir hincados de rodillas todo lo que habíamos dicho antes, esta vez delante del capitán y de todos los jefes, que habían sido convocados a este fin. También le presentamos la carta del señor Papa; pero como el intérprete que habíamos contratado en Kiovia era incapaz de trasladar la carta, y no había otra persona en condiciones de hacerlo, se quedó sin traducir. Después de la audiencia, nos dieron caballos y una escolta de tres tártaros, dos que eran jefes de diez hombres y el tercero un hombre de Bati, para que nos condujesen a matacaballo ante este último capitán; pues el tal Bati es, salvando al emperador, a quien debe obediencia, el más poderoso de todos los príncipes de los tártaros.
12. El lunes siguiente, primer domingo de Cuaresma [26 de febrero], reanudamos el viaje y fuimos al trote más ligero que podían mantener nuestras monturas, porque recibíamos caballos de refresco tres o cuatro veces casi todos los días, y cabalgábamos de sol a sol, y es mas, muchísimas veces también de noche; y así y todo no pudimos llegar a presencia de Bati antes del miércoles de la Semana Santa [4 de abril].
13. En el camino atravesamos de cabo a cabo la tierra de Comania, que es toda ella llana y está regada por cuatro grandes ríos. El primero se llama Néper, y a su orilla, por el lado de Rusia, acampa Corensa, y en el lado opuesto, por las llanuras, Mauchi, que es más poderoso que Corensa; el segundo, Don, a cuya ribera acampa un príncipe llamado Carbon, que tiene por esposa a la hermana de Bati; el tercero, Volga, que es un río muy grande, a cuya orilla acampa Bati; el cuarto se llama Iaec, y junto a él acampan dos jefes de mil hombres, uno a una orilla del río y el otro a otra. Todos estos tártaros bajan al mar en verano, y en invierno remontan el curso de los ríos hasta las montañas. Este mar es el mar Grande, del cual sale el Brazo de San Jorge que va a Constantinopla. En el Néper anduvimos durante muchos días sobre el agua helada. Todos estos ríos son caudalosos y muy ricos en pescado, y en particular el Volga; desembocan en el mar de Grecia, que se llama mar Grande. Bordeando su costa recorrimos durante buen número de días un camino muy peligroso en muchos lugares, pues el agua del mar se hiela en la ribera hasta unas tres leguas mar adentro.
14. Antes de llegar [a la corte de] Bati, se adelantaron dos de nuestros tártaros a darle cuenta cumplida de todas las palabras que habíamos pronunciado ante Corensa. Al entrar en su corte, que estaba en los confines de la tierra de los comanos, se nos colocó a una legua de distancia de su tienda. Cuando nos disponíamos a ir a su presencia, se nos indicó que debíamos pasar entre dos fuegos, a lo que nos negamos en redondo; pero nos aclararon: «Id sin miedo, porque el único motivo de haceros pasar entre dos hogueras es el de que, si pensáis hacer algún daño a nuestro señor o si traéis algún veneno, el fuego se lleve todo el maleficio». Les respondimos: «Pasaremos sólo para no incurrir en sospecha de tal felonía».
15. Al llegar a la orda nos preguntó su procurador, llamado Eldegai, con qué le íbamos hacer la reverencia, es decir, qué regalos íbamos a ofrecer a su señor. Le dimos la misma contestación que le habíamos dado antes a Corensa, a saber, que el señor Papa no le había enviado presentes, pero que nosotros lo honraríamos como buenamente pudiéramos de lo que teníamos para nuestro sustento, gracias a la misericordia de Dios y del señor Papa. Dados y aceptados los regalos, el procurador de Bati, llamado Eldegai, nos preguntó el motivo de nuestra visita, y le expusimos todo cuanto habíamos dicho antes a Corensa.
16. Oídas nuestras razones, nos condujeron al interior de la tienda, no sin que hiciéramos antes una genuflexión y recibiéramos severa advertencia de no pisar el umbral, como se ha dicho. Una vez dentro, pronunciamos postrados de hinojos nuestro discurso; y acabado el parlamento, le presentamos la carta y le rogamos que nos facilitase intérpretes que pudieran traducirla. Nos fueron dados en Viernes Santo [6 de abril]. Con su ayuda la tradujimos escrupulosamente a lengua rusa, sarracena y tártara. La versión le fue presentada a Bati, que la leyó y examino con atención. Después se nos condujo a nuestra tienda, pero no nos dieron nada de comer, salvo un poquito de mijo en una escudilla una vez, la noche que llegamos.
17. Este Bati se rodea de muy gran boato, pues tiene porteros y los mismos servidores que el emperador. Se sienta también en un lugar elevado, como en un trono, con una de sus mujeres; los demás, tanto sus hermanos y sus hijos como los hombres de menor rango, se acomodan más abajo, en el medio, sobre un banco; el resto se pone tras ellos en el suelo, pero los hombres a la derecha y las mujeres a la izquierda. Tiene Bati una tienda de lino grande y muy hermosa, que perteneció al rey de Hungría; salvo su familia, ningún extranjero, a no ser que haya sido llamado en audiencia, osa acercarse a ella por muy grande y poderoso que sea, si no consta que tal es la voluntad de Bati. Nosotros, una vez expuesto el motivo de nuestro viaje, nos sentamos a su izquierda, como hacen todos los embajadores al entrar; pero al salir de la audiencia se nos situó siempre a su derecha. En el centro, cerca de la puerta de la tienda, se coloca una mesa, sobre la que se pone la bebida en jarras de oro y de plata. Ni Bati ni ningún príncipe de los tártaros bebe jamás, sobre todo en público, si alguien no le canta o toca la cítara. Cuando sale a caballo, se hace llevar siempre sobre su cabeza un parasol o pabelloncito armado en una lanza, y tal es el uso de todos los mayores príncipes de los tártaros, así como de sus mujeres. El tal Bati es muy afable con los suyos, aunque todos le tienen gran miedo; es muy cruel en la lucha y muy sagaz y hasta astutísimo en la guerra, porque lleva muchos años combatiendo.
18. En Sábado Santo [7 de abril] fuimos llamados a su tienda, y salió el procurador de Bati a