Ibn Battuta

Zayton

Volviendo a la relación de nuestro viaje, diremos que tras cruzar el mar, la primera poblacion a que arribamos fue la ciudad de Zaytun, en la que no hay ningún aceituno ni tampoco en las tierras todas de China e India. Sin embargo, se le puso este nombre. Es una grande y magnífica ciudad, donde se fabrican telas de terciopelo y satinadas que de ella toman el nombre y que aventajan a las de Hangzhou y Pekín.

La rada de Zaytun es una de las mayores del mundo o, mejor dicho, es la mayor. Allá vi obra de cien enormes juncos, aparte de incontables embarcaciones menores. Es una inmensa bahía que penetra en tierra hasta confundirse con el gran río.

En este lugar, como en toda China, cada habitante dispone de un huerto en cuya mitad tiene la casa, lo mismo que entre nosostros sucede en Siyilmasa. Por eso sus ciudades son tan extensas.

Los musulmanes habitan en una ciudad separada. El día de mi llegada pude ver al emir que marchara a la India como embajador portador de regalos y que saliera en nuestra compañía pero cuyo junco se fue a pique. Me saludó y presentó al oficial de la aduana quien me dio un buen alojamiento. Me viniron a visitar el distinguido y generoso cadí de los musulmanes Tay ad-Din al-Arduwili, el jeque del Islam Kamal ad-Din Abdalla, de Isfahan, hombre piadoso. También acudieron los principales mercaderes, entre ellos Saraf-sd-Din at-Tabrizi, uno de los negociantes con que me endeudé a mi llegada a la India y el mejor de todos en comportamiento, sabe el Corán de memoria y lo recita con frecuencia. Estos comerciantes, al residir en tierra de infieles, cuando les llega un musulmán se regocijan enormemente y dicen: "Ha venido de tierras del Islam". Le entregan la limosna legal, con lo que se vuelve rico, como si fuera uno de ellos. Entre las personalidades allí residentes se contaba Burhan ad-Din al-Kazaruni que tenía una zagüís (ermita) extramuros y a él pagaban los mercaders las ofrendas que havían al jeque Abu Ishaq al-Kazaruni.