FANJUL, S., & ARBÓS, F. (1987). Ibn Battuta, A través del Islam. Madrid: Alianza. p. 713-719

Estuve quince días en Sumatra, con el sulán al-Malik az-Zahir y habiendo llegado el momento oportuno para navegar, le pedí permiso para hacerlo, pues no se puede viajar a China en cualquier época. Nos equipé entonces un junco, suministró provisiones, nos trató muy bien y hasta mandó al barco a un compañero suyo con un banquete de huésped. ¡Que Dios se lo pague!

Navegamos a lo largo de su país durante veintiuna noches, llegando luego a la isla de Java, que tiene una extensión de dos meses de marcha y es país de infieles. En esta comarca se dan las especias aromáticas y los magníficos alóes del tipo qaquli y qamári. llamados así por encontrarse en Qáqula y Qamara, dos pueblos del sultanato de Java. En el país del sultán az-Zihir, en Sumatra, no hay más que benjuí, alcanfor, algo de clavo y unos pocos áloes indios, cosas que, sin embargo, se hallan en gran abundancia en la isla de Java. Vamos a mencionarlas todas, pues las hemos visto y examinado con nuestros propios ojos, comprobando sus propiedades.
 

Acerca del benjuí

El árbol del benjuí (incienso) es pequeño, de la altura de un hombre, o menos. Sus ramas se asemejan a las de la alcachofa con hojas reducidas y finas: cuando caen, el árbol queda desnudo. El benjuí es una especie de resina que se halla en las ramas. Es más abundante en las comarcas musulmanas que en las paganas.
 

Acerca del alcanfor

El alcanfor se extrae de plantas a modo de cañas como las de nuestros países, pero con el canuto más largo y grueso, en cuyo interior está el producto. Al chascar la caña se encuentra un tubo semejante de alcanfor. El secreto portentoso consiste en que, de no sacrificarse un animal junto a su tallo, el alcanfor no se forma. Al de mejor calidad denominan hardala, es el más frío y puede matar a una persona con una dosis de un dracma al helar la respiración: es el alcanfor en cuyas proximidades se ha degollado a un ser humano. Se puede sustituir a las personas por elefantes pequeños.
 

El áloe indio

El árbol del áloe se asemeja a la encina, pero con una corteza delgada. Su follaje es también parecido a la encina y no da fruto alguno. El tronco no medra en demasía, las raíces son largas y extendidas, fragantes y aromáticas; sin embargo, las ramas y hojarasca no huelen. En las comarcas musulmanas todos los árboles de áloe tienen dueño, pero en tierra de paganos no suelen pertenecer a nadie, a no ser los existentes en Qaqula [Kakula, Java] que dan la mejor madera de esta clase. Y del mismo modo el qamari, también excelente y que venden a los habitantes de Sumatra. Existe una variedad de este qamari que se puede labrar como si fuese cera. Respecto al de la clase denominada 'atis, se le corta la raíz enterrándola durante meses en el suelo y guarda todo su aroma es uno de los mejores.
 

El clavo

Los claveros son árboles centenarios, enormes. Más frecuentes en tierra de infieles que en la del Islam. No se consideran propiedad particular por su gran número. De ellos importamos la madera y lo que en nuestras regiones se llama flor de clavo no lo son, sino las flores que caen y que se asemejan a las del naranjo. El fruto del clavero es la nuez moscada —la que conocemos por nuez fragante entre nosotros— y la flor que se forma es la macia: todo esto atestiguo porque lo vi yo mismo

Arribamos al puerto de Qáqula y allí encontramos unos cuantos juncos aprestados para piratear y combatir a los enemigos de los habitantes, pues éstos cobran un canon por cada junco. Descendimos del barco y penetramos en la hermosa ciudad de Qáqula, que dispone de una muralla de piedra labrada, tan ancha que tres elefantes podrían caminar de frente por el adarve. Lo primero que observé, fuera de la ciudad, fueron los elefantes cargando madera de áloe indio, pues la queman en sus casas por el mismo precio que nosotros pagamos por la leña, o aún más barata. Eso si se la venden entre ellos, porque los comerciantes extranjeros han de mercar la carga de áloe por un traje de algodón, que allá es más valioso que la seda.

En este lugar los elefantes son numerosísimos y tanto montan en ellos como los usan para carga. Los habitantes atan sus elefantes a la puerta de las casas y lo mismo hacen los mercaderes en sus tiendas, además de montarlos y cargarlos. De igual modo sucede entre los pueblos de China y Jita [Catay, China norte].
 

Mención del sultán de Java

Es un pagano. Le vi, fuera de su alcázar, sentado cerca de un quiosco y sin alfombra ninguna que le separase de la tierra. Con él estaban los magnates del reino, mientras las tropas hacían alarde ante él. Todos de infantería, pues allá no existen más caballos que los del sultán, pero montan y pelean sobre elefantes. Sabedor de mi llegada me llamó y al presentarme dije: «Sea la paz sobre quien sigue el camino de la verdadera religión». Y no entendieron más que la palabra «paz». El sultán me acogió favorablemente y ordenó que se me extendiera una tela en el suelo para sentarme.

Por mi parte pregunté al truchimán: «¿Cómo me voy a sentar sobre un tejido cuando el sultán está en tierra?» Este me respondió: «Es su costumbre sentarse en el suelo por modestia. Además, tú eres un huésped y vienes de junto un gran rey, así pues, es preciso honrarte». Una vez sentado, me inquirió por el sultán de la India con gran concisión en las preguntas, luego me dijo: «Quedarás con nosotros tres días en calidad de huésped, luego marcharás».
 

De algo portentoso que presencié en su consejo

Durante la audiencia de este sultán vi a un hombre que tenía en la mano un cuchillo parecido a una hoz y que se puso al cuello mientras hablaba largamente sin que yo entendiera nada. Luego agarró la cuchilla con ambas manos y se cercenó la garganta. La cabeza dio en el suelo por lo filoso de la daga y por la violencia del tajo. Quedé pasmado de tal enormidad y el sultán me dijo: «¿En tu país hay quien haga algo semejante?».Yo respondí: «Nunca vi tal». El rió agregando: «Estos son nuestros siervos: se matan por amor a Nos». Luego dispuso que levantaran al muerto y fue incinerado. A la cremación asistieron visires, grandes del reino, guerreros y vasallos. El monarca destinó regalos cuantiosos a los hijos del muerto, familia y hermanos, que fueron agasajados por su acción.

Alguien que estaba presente en esta reunión me contó que las palabras pronunciadas por el suicida eran el testimonio de su adhesión al sultán. Decía matarse por amor al rey, como su padre lo hiciera por devoción al padre del soberano y como su abuelo cumpliera otro tanto.

Tras apartarme de la asamblea el sultán me envió víveres para tres días, pasados los cuales, seguimos viaje por mar y al cabo de treinta y cuatro días llegamos al mar Calmo o Pacífico cuyo color es bermejo y aseguran que ello es debido a los barros de aluvión de un país próximo. En él no corre viento alguno, ni hay olas, ni movimiento pese a su anchurosidad. Por ello, cada junco chino va acompañado de tres navíos, que, remando, lo arrastran. Y eso aparte de que en cada junco hay obra de veinte remos enormes, como mástiles, que necesitan de unos treinta hombres. Estos se disponen de pie en dos hileras, unos enfrente de otros. Y como el remo cuenta con dos gruesas maromas, parecidas a mazos, una de las dos filas hala el cable para luego largarlo, que es cuando tira el otro grupo de remeros. Acompañan la faena cánticos entonados con buena voz: lo que más suelen decir es la'la, la'la.

La travesía por estas aguas duró treinta y siete días, de lo que se maravillaron los marinos, por tal facilidad, porque a veces pasan de cuarenta a cincuenta días y lo tienen por bueno. Llegamos al país de Tawálisi [¿Tonkín?], nombre de su rey. Tierras vastas cuyo señor es comparable al de la China. Tiene numerosos juncos con los que combate a los chinos hasta que le piden la paz mediante rescates. Las gentes de esta tierra adoran ídolos, tienen buen porte y aspecto muy parecido al de los turcos. Entre ellos hay predominio de piel cobriza y son bravos y esforzados. Sus mujeres montan a caballo y son buenas arqueras, combatiendo por igual que los hombres. Fondeamos en uno de sus puertos, la ciudad de Kaylúkari, una de las más hermosas y grandes. En ella había residido el hijo del rey, pero cuando anclamos en el puerto vinieron soldados y el capitán bajó a entrevistarse con ellos llevando un presente para el príncipe, por quien les interrogó. Estos informaron que su padre le encargara del gobierno de otra ciudad y había designado a su hija Urduyá para regentar ésta.
 

Sobre la princesa

Al día siguiente de nuestra arribada al puerto de Kaylükari, la princesa convocó al capitán [najuda] patrón del buque; al karini, es decir, el escribiente; a los mercaderes y arráez; al tandil, comandante de la infantería; y al sipah salar o almocadén de arqueros. El motivo era el banquete de hospitalidad que ofrecía la princesa según su costumbre. El capitán me pidió que asistiera con ellos, pero me negué porque se trataba de infieles y su comida no es lícita. Una vez fueron introducidos, la princesa preguntó: "¿Queda alguien qué no esté aquí?". El patrón replicó: «Sólo falta un hombre, el bajsi —el cadí en su lengua— que no come de vuestros alimentos. La princesa repuso: «Llamadle». Así vinieron sus guardias junto con los compañeros del arráez que me dijeron: «Obedece a la princesa».

Me presenté ante ella, en su gran salón de sesiones. Mujeres que la rodeaban sostenían registros que le ofrecían. Otras, en su torno, entradas en años, eran sus consejeras: permanecían sentadas bajo el trono, en sitiales de madera de sándalo. Por delante se encontraban los hombres. La sala de audiencia estaba tapizada de seda, con cortinajes igualmente de seda y maderamen de sándalo, taraceado con placas de oro. Había en la estancia escaños de madera labrada soportando vasijas de oro sin cuento, grandes y chicas, como tinajas o como cantarillos o botijas. El capitán me explicó que contenían una bebida hecha de azúcar mesturado con sustancias aromáticas, que ingieren después de la comida es fragante, de sabor dulce, alegra, da buen aliento, ayuda la digestión y anima el deseo sexual.

Después de saludar a la princesa, ésta me contestó en turco: Jusmisan yajsimisan, lo que significa «¿Cómo estás, cómo te llamas?». Me hizo sentar cerca suyo. Esta mujer sabía bien escribir el árabe y dirigiéndose a un sirviente pidió «Dawat wa-batak gatur», que quiere decir: «Trae tintero y papel». Cuando le trajeron el recado de escribir, trazó «En el nombre de Dios, el misericordioso, el apiadable» y me preguntó: "¿Qué es esto?" Repuse «tangri nam», es decir, «El nombre de Dios». Ella dijo: "Jus," o sea, "está bien": Me interrogó sobre el país de mi procedencia y le conté que venía de la India, a lo que contestó: «¿El país de la pimienta?» Al yo asentir siguió interesándose por ese país y yo atendí a sus preguntas. A todo ello comentó: «No tengo más remedio que invadir la India y apoderarme de ella, de tanto como me gustan sus muchas riquezas y soldados». Yo contesté: «Hazlo». A continuación me obsequió ropas, dos cargas de elefante de arroz, dos búfalos, diez corderos, cuatro arreldes de julepe y cuatro martaban o grandes búcaros repletos de jengibre, pimienta, limón y mango. Todo ello salado y dispuesto para los viajes por mar.

El patrón del barco me refirió que esta princesa contaba mujeres entre sus tropas, libres, siervas y prisioneras, que combaten como los varones. Ella sale a la cabeza del ejército —tanto hombres como mujeres—, hace algaras contra el enemigo, contempla las batallas y justa con los campeones. También me contó que en cierta ocasión se libró un fiero encuentro entre ella y un determinado adversario, siendo muertos muchos de sus guerreros y estando a punto de desbandársele la gente. Entonces, ella se arrojó al ataque, hendió los escuadrones hasta alcanzar al rey su enemigo al que degolló de una cuchillada, lo cual fue su fin: murió y sus hombres se dieron a la fuga. La princesa clavó la cabeza del muerto en una pica y regresó. teniendo los deudos que entregar grandes rescates por ella.

Al volver a su padre, éste le encomendó el gobierno de la ciudad de Kaylükari, antes regida por su hermano. También me refirió el mismo marino que príncipes la pedían en matrimonio y ella respondía: «No casaré, sino con quien justando conmigo me venza». Con lo que se guardaban de enfrentársele por temor a la vergüenza que significaría ser derrotados por ella.