FANJUL, S., & ARBÓS, F. (1987). Ibn Battuta, A través del Islam. Madrid: Alianza. p.684-700Entretanto, nosotros andábamos navegando sin capitan entendido. La distancia que hay entre las Maldivas y la Costa de Coromandel es de tres días, y sin embargo, estuvimos nueve jornadas en el mar, al cabo de los cuales fuimos a parar a la isla de Ceilán, pues habíamos avistado el monte Sarandib, que se alza en el cielo como una columna de humo. Ya cerca de la isla, los marineros dijeron: «Este puerto no pertenece al sultán en cuyo territorio pueden los mercaderes entrar con toda seguridad, sino que está en los dominios del sultán Ayri Sakarwati, que es hombre violento y malvado, cuyos barcos se dedican a la piratería».
Teníamos, pues, miedo de atracar en tal puerto, pero como, por otra parte, habíase levantado un viento fortísimo, temimos naufragar, así pues, dije al patrón: «Déjame en tierra y te conseguiré el amán de este sultán». Así lo hizo, y apenas hubimos desembarcado en la costa, vinieron a nuestro encuentro los infieles, que nos preguntaron: «¿Quiénes sois?». Les hice saber que era cuñado y amigo del sultán de Coromandel, que iba a visitarle y que llevaba el barco cargado de presentes para él, tras lo cual se fueron a informar al sultán. Éste me mandó llamar y me dirigí a la ciudad de Battala [Puttalam], su capital.
Battala es una pequeña y hermosa ciudad, cercada por una empalizada con torres de madera. La franja litoral próxima está llena de troncos de canelos, arrastrados por las torrenteras y que se amontonan en la costa a modo de cerros; los de las costas de Malabar y Coromandel se los llevan sin pagar nada, regalándole a cambio al sultán algunas telas y cosas semejantes. Entre la Costa de Coromandel y esta isla de Ceilán hay un día y una noche de distancia. Hay también en Ceilán muchos árboles de palo brasil y agálocos indios, que aquí llaman alkalaji, pero que no son de las especies qamari ni qaquli, de las que ya hablaremos.
Mención del sultán de Ceilán
Se llama Ayri Sakarwati y es muy poderoso en el mar. Estando en el Coromandel, he llegado a ver hasta cien barcos cingaleses, entre pequeños y grandes, que se acercaban al puerto, en el que sólo había ocho naves del sultán de Coromandel que iban a emprender viaje al Yemen. El sultán mandó que estuvieran dispuestas y recluté gente para defenderlas. Cuando los cingaleses perdieron la esperanza de encontrar la ocasión propicia para apoderarse de esas naves, dijeron: «Hemos venido para proteger unos barcos nuestros, que también se dirigen al Yemen».
Al entrar a ver a este sultán infiel, levantóse, me ofreció asiento a su lado y habló con gran deferencia, diciéndome: «Que tus compañeros desembarquen bajo mi amán y que sean mis huéspedes hasta marchar. Al sultán del Coromandel y a mí nos une una buena amistad». Ordenó luego que me dieran alojamiento y quedé tres días con él, disfrutando de una gran consideración por su parte, que aumentaba día tras día. Comprendía el persa y quedaba maravillado de mis relatos sobre otros reyes y países. Un día que fui a visitarle, tenía junto a sí muchas perlas traídas de la pesquería que has! en su país, y mientras sus ayudantes se dedicaban a separar las auténticamente preciosas, me preguntó: «¿Has visto pesquerías de perlas en los países de donde vienes?». «Sí —le contesté—. Las he visto en la isla de Kas, cuyo dueño es Ibn as-Sawamali, y en la isla de Qays». «He oído hablar de ellas», dijo; y añadió, cogiendo algunas perlas: «¿Hay en esas islas perlas como éstas?». «Las que he visto son inferiores», respondí. Le gustó mi contestación y dijo: «Tuyas son», añadiendo después: «No tengas reparo en pedir lo que quieras». «Mi único deseo —dije— desde que llegué a esta isla es visitar el Excelso Pie, el Pie de Adán, ¡la paz sea con él!». Los cingaleses llaman Baba [Padre] a Adán, y a Eva, Mama [Madre]. «Eso es fácil —respondió el sultán a mi petición—. Enviaremos a alguien contigo, para que te conduzca allí». «Eso es lo que quiero», repliqué, pidiéndole después: «El barco en que he venido viajará bajo tu amán hasta el Coromandel, y cuando yo vuelva, me enviarás allí en alguno de tus barcos». «De acuerdo», contestóme Ayri Sakarwati.
Cuando conté todo esto al patrón del barco, me dijo: «No me iré de aquí hasta que vuelvas, aunque haya de esperar un ano». Comuniqué esta novedad al sultán, quien respondió: «El patrón será mi huésped hasta que retornes». Me dio luego un palanquín y
esclavos para llevarlo y mandó conmigo a cuatro yoguis, pues éstos acostumbran ir en peregrinación al Qadam una vez al año. Vinieron también tres brahmanes, otros diez compañeros del sultán y quince alhameles para cargar con el viático. En cuanto al agua, había en abundancia a lo largo del camino.
En la primera jornada acampamos junto a un río, que cruzamos mediante una almadía hecha de cañas de bambú. De aquí nos dirigimos a Manar Mandali [Chilaw], bella ciudad situada al final de la amelía del sultán, cuyos habitantes nos ofrecieron un buen banquete de hospitalidad consistente en becerros de carabao, cazados en una algaba cercana y que habían traído aún vivos, además de arroz, manteca, pescado, gallinas y leche. No vimos en esta ciudad ni un solo musulmán, salvo un jurasani que habíase quedado allí debido a una enfermedad. Éste se vino con nosotros. Salimos para el pequeño poblado di Bandar Saláwát, metiéndonos después en unos terrenos abruptos llenos de elefantes y con mucha agua. Estos elefantes no aplastan a los peregrinos y forasteros, a causa de la bendición del jeque Abu Abdalláh b. Jafif, que en paz descanse, primero que abrió este camino de peregrinación al Qadam. Antaño, estos infieles no dejaban pasar por aquí a los musulmanes, les atacaban, no comían con ellos ni les vendían nada, pero desde que acaeció lo del milagro del jeque Abü Abdalláh, que ya hemos narrado en la primera parte de nuestros viajes, es decir, de qué modo salvóse él cuando los elefantes mataron a sus compañeros y cómo uno de estos animales le llevó a lomos, desde entonces, digo, estos infieles respetan a los musulmanes, les reciben en sus casas y les acompañan en la comida con entera confianza, aun en presencia de sus mujeres e hijos. Todavía hoy honran en gran manera la memoria del dicho Abü Abdalláh, a quien llaman el Gran jeque.
Llegamos luego a la ciudad de Kunakár [Kurunegala], la capital del gran sultán de este país. Está construida en una quebrada entre dos montañas, junto a una gran bahía llamada Jawr al-Yáqut [Bahía de los Jacintos], porque en sus aguas pueden encontrarse dichas gemas. En las afueras se alza la mezquita del jeque Utman as-Sirázi, apodado El Chauz [Sawus], a quien visitan y respetan tanto el sultán como los demás ciudadanos; este jeque era antes el guía de los peregrinos que iban al Qadam, pero desde que le cortaron un pie y una mano, pasaron a ejercer este oficio sus hijos y criados. Le mutilaron así por haber degollado una vaca, pues, según la ley de los infieles hindúes, a quien degüella una vaca le degüellan a su vez, o bien le queman dentro de la piel del animal; mas debido a que le tenían en gran estima, le cortaron solamente un pie y una mano, concediéndole, en compensación, los impuestos de uno de los zocos.
Mención del sultán de Kunakar
Le dicen Kunár y tiene un elefante blanco, el único ejemplar de esta especie que he visto en el mundo; le monta en los días de fiesta, adornándole la frente con grandes piedras de jacinto. Sucedió que los notables de su Estado se alzaron contra él, coronaron a su hijo y Fe cegaron, de modo que ahora está ciego.
Descripción de las piedras preciosas [yaqut]
Las maravillosas piedras preciosas bahraman sólo se encuentran en esta población. Las que se sacan de las aguas de la bahía son los más estimados por los isleños, pero también se hallan bajo el suelo. Hay piedras preciosas en todos los lugares de la isla de Ceilán, y como aquí la tierra está en régimen de propiedad privada, un hombre puede comprar un terreno y sacar las piedras preciosas cavando en él. Se encuentran en forma de piedras blancas ramificadas, en cuyo interior se forma la piedra preciosa; el hombre se las entrega a los lapidarios, que raspan estas piedras hasta rajarlas y separar la gema. Las hay rojas (rubíes), amarillas [topacios] y azules [zafiros], que llaman naylam. Cuando el valor de algunas de estas piedras preciosas es de cien fanam, tienen la costumbre de llevárselas al sultán, que paga su precio y se queda con ellas, pero si valen menos de dicha cantidad, el dueño las guarda en su poder. Cien fanam valen, al cambio, seis dinares de oro.
Todas las cingalesas tienen collares de piedras preciosas de diversos colores y también se las ponen en brazos y tobillos, como pulseras o ajorcas. Las esclavas del sultán se hacen con ellas unas redecillas para el pelo. He visto en la frente del elefante blanco del sultán hasta siete de estas gemas, todas ellas mayores que huevos de gallina. Estando con el sultán Ayri Sakarwati, vi también un lebrillo del tamaño de la palma de la mano, hecho de piedras preciosas, que usaban para guardar ungüento de agáloco; al quedarme boquiabierto ante tal recipiente, me dijo Sakarwati: «Tenemos más grandes que éste».
Salimos de Kunakar y acampamos en un algar conocido como el de Ustá Mahmüd al-Lüri, hombre virtuoso que cavó esta cueva al pie de un monte, junto a un pequeño estero. Proseguimos viaje y volvimos a acampar en una bahía llamada Jawr Büzinah, o sea, Bahia de los Monos, pues buzinah quiere decir «monos».
Acerca de los monos
Hay muchísimos monos en estas montañas. Son de rabo largo y color negro, y los machos tienen barba, como los hombres. El jeque Utmán, su hijo y algunos otros me contaron que estos monos tienen un almocadén al que siguen como si fuera un sultán. Este mono se pone en la cabeza una cinta hecha de hojas de árbol y va apoyado en un bastón, flanqueado por otros cuatro animales, que también llevan bastones. Cuando el mono almocadén se sienta, los otros cuatro se quedan en pie a su lado. Todos los días, al parecer, vienen a sentarse ante él su hembra y sus crías y luego se acercan también los demás monos, que se sientan a una cierta distancia. Entonces, uno de los cuatro monos les habla y se retiran, volviendo después cada uno de ellos con un plátano, un limón o algo parecido, frutas éstas que se reparten entre el mono almocadén, sus hijos y los otros cuatro monos. Un yogui me refirió haber visto a estos cuatro animales golpeando, en presencia de su almocadén, a otro mono con sus bastones, tras lo cual le arrancaron los pelos.
Hombres de toda confianza me dijeron que, cuando uno de estos monos agarra a una muchacha, ésta no puede, por sí sola, impedir que el animal la viole. Uno de estos cingaleses me contó que tenía un mono en casa y que, como una hija suya entrara en una habitación, el animal la siguió y logró dominarla, a pesar de sus gritos. «Entramos en la habitación —me dijo— y vimos al mono metido entre las piernas de la chica, así que le matamos.»
Salimos luego para el Estero de los Bambúes [Jawr al-Jayzuran], de donde Abü Abdallah b. Jafif sacó las dos piedras preciosas que regaló al sultán de esta isla, según hemos contado en la primera parte de estos viajes. De aquí fuimos a un sitio llamado Bayt al-’Ayuz [La Casa de la Vieja], en el término de las tierras pobladas, pasando luego por el algar de Bábá Táhir, hombre piadoso también, y por el de Sabik, un sultán infiel que se retiró a este lugar para consagrarse al servicio divino.
De la sanguijuela voladora
En este sitio vimos la sanguijuela [alaq] voladora, que aquí llaman zulu y que se encuentra en los árboles y en las hierbas cercanas al agua. Cuando un hombre se aproxima, la sanguijuela le salta encima y le saca mucha sangre del sitio del cuerpo donde se pega. Los isleños van preparados con limones, que exprimen sobre el bicho a fin de que se les despegue y luego raspan el lugar donde ha caído con un cuchillo de madera, dispuesto para tal uso. Cuentan que pasó un romero por estos parajes y que se le prendieron las sanguijuelas y, como se las aguantara encima sin echarles limón, le desangraron y murió. Hay aquí una cueva que lleva su nombre, que era Bábá Jüzi.
Pasamos después por otras siete cuevas, por la garganta de Alejandro [Iskandar] y por la cueva de El Ispahaní [al-Isfanahi], donde hay un manantial y un castillo deshabitado, al pie del cual se abre un estero llamado la Hoya de Kah ‘Arfan. Allí mismo están las cuevas de La Naranja y El Sultán, y junto a este último, el lugar conocido como Dirwázat al-Yabal, es decir, la Puerta de la Montaña.
Descripción del monte Sarandib
Este monte Sarandib [o Pico de Adán] es una de las montañas más altas del mundo. Ya lo habíamos visto desde el mar, cuando aún estábamos a nueve jornadas de distancia de Ceilán, y, mientras íbamos subiendo por él, quedaban nubes por debajo de nosotros que nos estorbaban la vista de su base. Hay aquí muchos árboles de hoja perenne, flores de diversos colores y una rosa roja, tan grande como la palma de la mano, de la que dicen lleva una inscrrpción con el nombre del Altísimo y su Profeta, ¡Que la paz sea con él! En el monte hay dos caminos que van al Pie de Adán [al-Qadam], llamado uno de ellos Camino del Padre [Tariq Baba] y el otro, Camino de la Madre [Tariq Mama], es decir, de Adán y Eva, ¡que la paz sea con ellos! El Camino de la Madre es una senda fácil, por la que regresan los romeros, pero si alguno la usa para subir, se considera que no ha hecho la peregrinación. El Camino del Padre, sin embargo, es duro y de áspera subida.
Al pie del monte, en el sitio de la Puerta [Dirwaza], hay un algar llamado también de Alejandro, junto a un manantial. Los antiguos han tallado una especie de escalones para subir por ellos, clavando al lado barras de hierro con cadenas colgadas, a las que se agarra el que asciende. Estas cadenas son diez, dos de las cuales están al pie del monte, donde la Dirwáza, seguidas por otras siete, una detrás de otra. La décima recibe el nombre de Cadena de la Profesión de Fe [Silsilat as-Sabida], porque, a quien llega allí y mira abajo le da vértigo y. por miedo a caerse, recita la sahada. Pasada esta cadena, te encuentras con un camino descuidado que te lleva, tras recorrer siete millas, al algar de al-Jidr. situado en un paraje espacioso, junto a un venero lleno de peces que nadie pesca y llamado también Manantial de al-Jidr. Cerca de este algar, y a ambos lados del camino, hay dos albercas talladas en la roca. Los peregrinos dejan todo lo que traen en el algar de al-Jidr y suben aún dos millas más hasta la cima de la montaña, donde se halla el Pie.
Mención del Pie de Adán [al-Qadam]
La huella del Santo Pie, el Pie de nuestro padre Adán, a quien Dios bendiga y salve, se halla en una roca negra que se alza en un espacioso lugar. El Santo Pie está hundido en la piedra, en una especie de hoyo, y tiene una longitud de once palmos. Los chinos vinieron aquí tiempo ha y se llevaron un trozo del dedo gordo, guardándolo en un templo de la ciudad de Zaytün, a donde van ahora en romera desde los pueblos más remotos. En la piedra del Qadam hay nueve agujeros hechos a propósito, donde los peregrinos infieles ponen oro, jacintos y perlas, así que los faquires, en cuanto llegan al algar de al-Jidr, intentan adelantarse unos a otros para coger dichas cosas. Nosotros no encontramos más que un poco de oro y algunas piedras pequeñas, que dimos al guía. Los peregrinos tienen la costumbre de pasar tres días en el algar de al-Jidr, visitando el Qadan por la mañana y por la tarde, y eso mismo hicimos nosotros.
Pasados los tres días nos volvimos por el Camino de la Madre, acampando en el algar de Saym, es decir, de Sayt [Set], hijo de Adán. Fuimos parando luego en la Bahía de los Peces [Jawr as-Samak] y en las aldeas de Kurmula, Yabarkawán, Dil Dinawa y At Qalanya, en la que estuvo invernando el jeque Abü Abdallah b. Jafif. Todos los dichos altos y aldeas están en el monte Sarandib a cuyo pie, en este mismo camino, se halla el Darajt Rawan o Arbol Caminante, que es un viejo árbol de hoja perenne, pues no conozco a nadie que haya visto sus hojas caídas por el suelo; le llaman así porque el que lo mira desde lo alto del monte lo ve lejano y al pie del Sarandib, mientras que al que lo contempla desde abajo le parece todo lo contrario. Vi aquí un grupo de yoguis que no se apartaban del pie del monte, esperando la caída de las hojas de este árbol, el cual está situado en un lugar absolutamente inaccesible. Cuentan de él muchas mentiras, como, por ejemplo, que quien coma sus hojas recuperará la juventud, aunque sea un viejo, cosa que, naturalmente, es falsa.
Bajo el Sarandib se abre la gran bahía de donde se sacan las piedras preciosas, y cuyas aguas parecen muy azules a la vista. A los dos días de haber salido de aquí, llegamos a Dinawar [Dewundara], gran ciudad costera habitada por mercaderes. Dedicado a un ídolo llamado también Dinawar, hay un enorme templo donde viven cerca de un millar de brahmanes y yoguis y unas quinientas mujeres, hijas de hindúes, que todas las noches cantan y danzan ante la imagen. Todos los impuestos de la ciudad son propiedad del templo, comiendo de ello tanto los que viven allí cómo los viajeros que a él se llegan. La estatua de Dinawar es de tamaño humano y toda ella de oro, teniendo por ojos dos grandes rubíes que, según cuentan, alumbran de noche como lámparas.
Nos encaminamos luego a la pequeña ciudad de Qáli [Galla], a seis parasangas de Dinawar, hospedándonos allí en su casa un musulmán conocido como Patrón lbrahim. Salimos, a continuación, para la ciudad de Kalanbü [Colombo], una de las más grandes y bellas de la isla de Ceilán [Bilad Sarandib], donde habita el visir Yálasti, señor del mar, pues tiene un ejército de unos quinientos abisinios.
Tres días después de habernos marchado de Colombo, llegamos a Battála, ciudad que ya hemos mencionado, y fuimos a visitar al sultán, de quien también hemos hablado ya. Allí estaba esperándome el patrón Ibráhim, de modo que nos hicimos a la mar, dirigiéndonos a la costa de Coromandel. Empezó a soplar un fuerte viento y el agua estuvo a punto de entrar en el barco: como, además, no llevábamos capitan entendido, casi nos estrellamos contra unos arrecifes. Por fin, entramos en aguas poco profundas y embarrancamos, viéndonos así en trance de muerte. Los pasajeros pusiéronse a despedirse y a echar al agua cuanto llevaban, mientras nosotros cortábamos el mástil y lo arrojábamos al mar y los marineros fabricaban con tablones una almadía, pues estábamos a dos parasangas de la costa. Yo quería embarcarme en la almadía, pero tenía conmigo dos esclavas y dos compañeros, que me dijeron: «¿Vas a irte, dejándonos aquí?». Yo les quería más que a mí mismo, así que les contesté: «Embarcad vosotros dos en la balsa, con la esclava que más amo». Entonces dijo la otra muchacha: «Yo se nadar bien. Me ataré a una de las cuerdas de la almadía y podré ir flotando hasta tierra». Así pues, bajaron a la balsa mis dos amigos, que eran M. b. Farhán at-Tüzari y un egipcio, con una esclava. mientras la otra nadaba amarrada a la almadía, cosa que hicieran también los marineros. Yo cargué en la balsa lo más preciado de mi equipaje, además de ámbar y perlas, y llegaron sanos y salvos a la orilla, pues tenían el viento a favor. Me quedé en el barco, mientras el patrón llegaba a tierra. montado en el timón. Ya en la orilla, los marineros se pusieron a hacer cuatro almadías, pero llegó la noche sin que las hubieran terminado, mientras el agua iba anegando el barco. Me encaramé a la popa y allí estuve esperando hasta el alba, acercándose entonces a socorrernos unos infieles en una barca. Nos llevaron, pues, a tierra, que resultó ser ya la Costa de Coromandel. Les hice saber que éramos amigos del sultán, bajo cuya clientela estaban; y escribieron comunicándoselo. Por mi parte, enterado de que el sultán estaba de algara a dos días de distancia, le mandé una carta informándole de lo que había acontecido.
Los infieles nos metieron en una gran algaida y trajeron, además de buen pescado, unas frutas parecidas a melones que producen las palmeras silvestres [sayar al-muql]. Esta fruta tiene dentro una especie de algodón, de donde se saca una melaza con la que se hacen unos dulces que llaman till, semejantes al azúcar. Quedamos tres días en esta algaida, hasta que llegó, de parte del sultán, un emir llamado Qamar ad-Din, con un grupo de jinetes y hombres de a pie, trayendo consigo un palanquín y diez alfaraces. Mis compañeros, el patrón del barco, una de las esclavas y yo montamos en ellos, mientras la otra muchacha subió al palanquín, ¡legando así a la fortaleza de Harkátü, donde pernoctamos. Dejé allí a las esclavas, en compañía de algunos criados y amigos, mientras los demás nos dirigíamos a la almahala del sultán, a la que llegamos al día siguiente.
Mención del sultán de la Costa de Coromandel [Bilad al-Ma'bar]
Este era Giyat ad-Din ad-Dímagáni, que había estado antes sirviendo en la caballería bajo las órdenes del jefe Muyir b. Abür-Rayá, uno de los oficiales del sultán Muhammad. Luego pasó al servicio del emir Háyi, hijo del señor sultán Yalal ad-Din, y, finalmente, fue coronado rey. Antes se llamaba Siráy ad-Din, pero, al adquirir la realeza, cambió este nombre por el de Giyát ad-Din. El Coromandel había estado bajo el dominio del sultán Muhamad, rey de Delhi pero mi suegro, el jerife Yalál ad-Din Ahsan Sah, se sublevó en el territorio y reinó durante cinco años, al cabo de los cuales fue asesinado. Le sucedió uno de sus emires, Alá ad-Din Udayyi, que, tras un año de reinado, salió de algarada contra los infieles, a los que arrebató muchas riquezas y abundante botín, tornando después a su país. Al año siguiente volvió a salir de algarada, derrotándoles de nuevo y matando a muchos de ellos, en una gran carnicería. El mismo día de esa matanza, sucedió que levantóse el almete para beber y le alcanzó una flecha perdida, muriendo al instante. Designaron para sucederle a su yerno Qutb ad-Dín, pero como no encontraron su conducta digna de aprobación, le mataron cuarenta días después. Entonces fue cuando coronaron al sultán Giyát ad-Din, que se desposó con la hija del sultán y jerife Yalál al-Din, hermana de aquella otra con la que yo me había casado en Delhi.
Relato de mi llegada a la almahala del sultán Giyat ad-Din
Ya cerca de la almahala, mandó a nuestro encuentro a uno de sus chambelanes. En toda la India existe la costumbre de que nadie puede entrar a ver al sultán sin babuchas y, como yo no tenía en aquel momento, un infiel me dio las suyas, a pesar de haber allí un grupo de musulmanes. Me sorprendió que este infiel tuviera más hombría de bien que todos ellos. Entré, pues, donde el sultán, que estaba sentado en una torreta de madera y me ordenó que tomara asiento. Mandó llamar, a continuación, al peregrino y cadí Sadr az-Zamán Bahá’ ad-Din, que me alojó cerca del sultán, en tres tiendas, que aquí llaman jiyám. Me envió luego alfombras y la comida del país, que consiste en arroz y carne. Tienen aquí la costumbre de beber leche cuajada en la comida, como hacemos nosotros en nuestro país.
Me reuní con él más tarde para proponerle el asunto de las Islas Maldivas, pidiéndole que enviara allí un ejército, y comprometióse a ello con decisión. Mandó disponer barcos al efecto, señaló presentes para la sultana de las Maldivas, así como regalos y ropas de honor para los visires y emires, y me confió la celebración de su unión matrimonial con la hermana de la sultana. Ordenó, además, que cargaran tres barcos con limosnas para los pobres de las islas y me dijo: «Deberás volver dentro de cinco días». Pero entonces le dijo el caíd de la flota, Jawáyah Sarlak: «No se podrá navegar hacia las islas hasta dentro de tres meses». «Bueno —respondió el sultán—. Siendo así, ven a Fattan hasta que terminemos esta campaña y volvamos a Mutra [Madura], nuestra capital, desde donde irás a las Maldivas». Me quedé, pues, con él, mandando llamar, entre tanto, a mis esclavas y amigos.
Del orden de marcha de la almabala del sultán y de sus hechos atroces matando mujeres y niños
El terreno que habíamos de cruzar era un bosque tan lleno de árboles y cañaverales, que no había manera de meter el pie en ella, así que el sultán ordenó que todos los de la tropa, tanto jefes como soldados, llevaran una hachuela para ir cortando las plantas. Una vez levantada la almahala, Giyát al-Din montó a caballo por la algaba, mientras las tropas talaban sin parar los árboles, desde por la mañana hasta eso del mediodía. Sirvieron entonces la comida y comieron todos, taifa por taifa, volviendo luego a cortar árboles hasta el anochecer. Iban haciendo prisioneros a todos los infieles que encontraban en la algaida, junto con sus hijos y mujeres, obligándoles a cargarse a las espaldas unas estacas que fabricaron, afiladas por ambas puntas, y de esta guisa les llevaron hasta el momento de acampar.
Esta gente tiene la costumbre de rodear la almahala con una empalizada que llaman katkar y en la que practican cuatro puertas, levantando además otro katkar en torno al aduar del sultán. Fuera de la gran empalizada construyen unas tarimas de una altura de media braza, dejando toda la noche hogueras encendidas encima de ellas. Los esclavos y centinelas de la ronda pasan la noche junto a estas lumbres, llevando todos ellos una gavilla de cañas delgadas en la mano. Si algunos infieles se acercan para atacar de noche la almofalla, prenden el dicho haz de cañas y la noche se hace día, por la mucha luz, saliendo entonces los jinetes en persecución de los paganos.
Al amanecer, los infieles cautivos el día anterior fueron repartidos en cuatro grupos, cada uno de los cuales fue conducido a la correspondiente puerta del katkar. Las estacas con las que habían tenido que cargar la víspera fueron entonces clavadas allí mismo, en el suelo, y a ellos los hincaron en la otra punta, hasta traspasarlos de parte a parte. Degollaron a continuación a las mujeres, atándolas a las estacas por los cabellos, y degollaron también a los niños pequeños en el mismo regazo de sus madres. Abandonaron allí todos los cadáveres, levantaron la almabala y empezaron a talar otra algaida, haciendo lo mismo que hemos referido con los nuevos cautivos que cogieron. No he sabido de ningún otro rey que haya tenido una manera de actuar tan espantosa: creo que, por este motivo, Dios adelantó la muerte de Giyat al-Din.
Un día que estábamos el cadí y yo comiendo con él, el cadí a su diestra y yo a su siniestra, vi que traían a un infiel, con su mujer y un hijo de siete años. El sultán hizo señas a los verdugos de que decapitaran al hombre, diciendo a continuación: «wa-zan-u wa-pesar-u», que quiere decir «y a su mujer y a su hijo». Les cortaron el cuello, mientras yo apartaba la vista, y, al levantarme, me encontré con las cabezas tiradas por el suelo.
Estaba otro día en su presencia, cuando trajeron a un infiel. Giyát ad-Din pronunció unas frases que no entendí, más al ver que algunos de sus esbirros desenvainaban sus puñales, me apresuré a levantarme. «.?Dónde vas?», preguntó, a lo que respondí: «Voy a rezar la pregaria de la tarde». Comprendió por qué me iba y echóse a reír, ordenando que le cortaran al hombre las manos y los pies. Cuando volví, le hallé aún revolviéndose en su propia sangre.
Relato de la derrota que Giyat ad-Din infligió a los infieles, que constituyó una de las mayores victorias del Islam
Lindando con los territorios de Coromandel había un sultán infiel llamado Balál Diyaw, uno de los más poderosos sultanes hindúes, pues tenía un ejército de más de cien mil hombres, además de unos veinte mil musulmanes, entre gente temible y criminal y esclavos fugitivos. Así pues. ambicionó apoderarse de la costa de Coromandel, donde los musulmanes sólo contaban con un ejército de seis mil hombres, la mitad de los cuales era excelente, pero la otra mitad no valía ni un ardite. Les derrotó en un encuentro que tuvieron en los alrededores de la ciudad de Kubbán, por lo que los musulmanes tuvieron que retirarse a Mutra, la capital del país. El infiel acampó junto a Kubbán, una de las mayores plazas fuertes del Coromandel, y la cercó durante diez meses, al cabo de los cuales a los sitiados no les quedaban provisiones sino para catorce días. Entonces les mandó decir que, si le rendían la plaza, podrían salir de ella bajo amán, a lo que contestaron que tendrían que enterar de ello al sultán Giyát al-Din. Balal Diyaw prometió una tregua de catorce días y ellos enviaron un mensaje a Mutra, informando de su situación. El sultán leyó un viernes esta carta a los musulmanes, que se pusieron a llorar y a decir: "Venderemos caras nuestras vidas, por Dios! Si el infiel se apodera de la ciudad de Kubbán, vendrá a ponernos cerco a nosotros, así que es preferible morir matando».
Se comprometieron, pues, a morir, y salieron todos al día siguiente, quitándose los turbantes y poniéndolos en el cuello de los caballos, que es la señal de quien busca la muerte. Destacaron en la vanguardia a los trescientos hombres más valientes y heroicos, en el ala derecha, a Sayf ad-Din Bahádür, un alfaquí piadoso y arrojado; y en el ala izquierda, al jefe M. as-Silahdár [el Escudero]. El sultán, con tres mil hombres, cabalgaba en el centro, mientras los tres mil restantes iban en la retaguardia, mandados por Asad ad-Din Kayjusraw al-Fárisi [el Persa]. Se dirigieron a la almofalla del infiel a la hora de la siesta, cuando los soldados estaban desprevenidos y habían enviado los caballos a la dehesa. La vanguardia atacó al galope y los infieles, creyendo que eran ladrones, salieron a pelear con ellos en desorden. Llegó luego el sultán Giyát ad-Din y les infligió la peor de las derrotas. Balál Diyaw intentó montar a caballo, a pesar de sus ochenta años, pero Násir ad-Din, sobrino del sultán de Coromandel y futuro sucesor suyo, le alcanzó y quiso matarle, pues no sabía quién era. Uno de sus criados le dijo que era el sultán y entonces Násir ad-Din le llevó como prisionero a su tío, de quien recibió un trato de gran consideración aparentemente, mientras le sacaba sus riquezas, elefantes y caballos, con la promesa de soltarle. Una vez logró arrebatarle todas sus propiedades, le degolló y despellejó, rellenando su piel con paja, que después fue colgada de las murallas de Mutra, donde aún he llegado yo a verlo.
Pero, volviendo a nuestra relación, diremos que salí de la almahala y llegué a Fattan, una ciudad costera grande y hermosa. Tiene un puerto magnifico, en cuyo muelle han construido un enorme pabellón de madera sostenido por gruesos postes, y al que se sube por una pasarela techada, también de madera. Cuando el enemigo se acerca, juntan aquí todos los barcos que hay en el puerto y los soldados y arqueros suben al pabellón y a las naves, de modo que los adversarios no encuentran ocasión propicia para atacar. Hay en esta ciudad una bella mezquita de piedra, muchas uvas y buenas granadas. Encontré aquí al piadoso jeque M. an-Nisábüri. uno de esos faquires desatentados que se sueltan el cabello por los hombros. Había domado un león que se sentaba y comía con los otros faquires sus compañeros, unos treinta, y uno de los cuales tenía una gacela que vivía junto al león, sin que éste la molestara para nada.
Mientras yo estaba en Fattan, un yogui había preparado al sultán Giyát ad-Din unas pastillas para darle vigor en el coito, de las que dicen que llevan limaduras de hierro como uno de los principales ingredientes. El sultán tomó más de la cuenta y enfermó. Cuando llegó a Fattan, salí a recibirle y le ofrecí un presente, así que, una vez se hubo establecido en la ciudad, mandó llamar al caíd de la flota, Jawáyah Surur [Sarlak?] y le dijo: "Ocúpate solamente de los barcos destinados a la expedición de las Maldivas". Quiso restituirme el valor del regalo que le había hecho> a lo que me negué, aunque me arrepentí más tarde de ello, pues murióse y no obtuve nada a cambio.
El sultán quedó medio mes en Fattan, partiendo luego para la capital. Yo aún permanecí aquí otro medio mes, tras lo cual me encaminé a Mutra, residencia del sultán, que es una gran ciudad, de calles espaciosas. El primero que la convirtió en capital del Coromandel fue mi suegro, el sultán y jerife Yalál ad-Din Ahsan Sah, que la dispuso a semejanza de Delhi, construyéndola con esmero. Al llegar a Mutra, me encontré con una peste que causaba la muerte súbita de las personas, pues los apestados morían al segundo o tercer día o, todo lo más, al cuarto. Cuando salía de casa, no veía sino enfermos o muertos por las calles. Compré una esclava de la cual me dijeron que estaba sana, pero murióse al día siguiente. Uno de estos días, vino a yerme una mujer, cuyo esposo había sido uno de los visires del sultán Ahsan Sáh, acompañada de un hijo suyo de ocho años, un niño noble, despierto y agudo. Quejóse de su pobre situación y les di para sus gastos. Ambos estaban normales y sanos, mas al día siguiente volvió la mujer pidiéndome una mortaja para su hijo, pues había fallecido repentinamente. Cuando murió el sultán, vi en la sala del consejo cientos de criadas que habían traído para majar el arroz con el que iban a preparar la comida de los asistentes a los funerales; pues bien, todas estas mujeres estaban apestadas y se habían echado al sol.
Cuando el sultán entró en Mutra, encontró a su madre, a su mujer y a su hijo con la peste, de modo que permaneció tres días en la ciudad y lu4o salió para un río que hay a una parasanga de distancia, al borde del cual se alza un templo de infieles. Yo fui a reunirme con él un jueves y mandó que me alojaran al lado del cadí. Estando ya plantadas mis tiendas, vi gente que corría en oleadas, empujándose los unos a los otros; unos decían que había muerto el sultán, y otros, que su hijo. Fuimos a cercioramos de lo sucedido y supimos que era el hijo el difunto. Giyát ad-Din no tenía ningún otro hijo, de modo que esta muerte agravé aún más su enfermedad. El jueves siguiente falleció la madre del sultán.
Mención de la muerte del sultán, de la subida al trono de su sobrino y de cómo me separé de éste
Tres jueves más tarde falleció el sultán Giyát ad-Din. En cuanto lo supe, me apresuré a entrar en la ciudad, temiendo un posible levantamiento, y por el camino encontré a Násir ad-Din, sobrino y sucesor del sultán, que se dirigía a la almahala, de donde le habían mandado llamar, pues Giyát ad-Din no había dejado ningún hijo. Me pidió que volviera allí con él y yo rehusé, cosa que se le quedó grabada en el corazón.
Este Nasir ml-Din había sido criado en Delhi, antes de que su tío subiera al trono. Cuando esto ocurrió, escapó a su lado, vestido de faquir, y luego el destino dispuso que le sucediera en el poder. En la ceremonia de la jura, los poetas le dedicaron panegíricos y Násir ad-Din les colmó de presentes. El primero que se levantó a declamar fue el cadí Sadr az-Zamán, quien recibió quinientos dinares y un vestido de honor, recitando a continuación el visir apodado el Cadí, a quien el nuevo sultán dio dos mil dirhams. A mí me dio trescientos dinares y un traje de honor y, además, repartió limosnas entre los faquires y mezquinos. Cuando el jatib pronunció la primera jutba en la que se mencionaba el nombre de Násir ad-Din, le echaron a éste por encima dinares y dirhams que tenían preparados en bandejas de oro y plata, y, a partir de aquí, empezaron las exequias del sultán Giyát ad-Din. Todos los días leían el Corán entero ante su tumba, tras lo cual los almocríes recitaban la décima parte del Libro. A continuación traían la comida y, una vez terminada ésta, se repartían monedas de plata entre los asistentes, a cada cual según su rango. Todas estas ceremonias duraron cuarenta días y todos los años, el día del aniversario de su muerte, volvían a hacer lo mismo.
El sultán Násir ad-Din comenzó su reinado destituyendo al visir de su tío, exigiéndole. además, ciertas cantidades de dinero. Encargó del visirato al régulo Badr ad-Din, el mismo personaje que su tío mandó en mi busca cuando yo estaba en la ciudad de Fattan. Como este hombre muriera muy pronto, nombró visir a Jawáya Surür, caíd de la flota, mandando que le llamaran Jawáya Yihán, como el visir de Delhi, y obligando a pagar una multa en dinares a quien le nombrara de otra manera. Mató luego a su primo hermano, casado con la hija del sultán Giyát ad-Din, para desposarse con ella, y habiendo sabido que el rey Mas’üd había visitado a este primo suyo en la cárcel, antes de su ejecución, le maté también. Del mismo modo, eliminó al ny Bahádür, que era uno de los hombres más valientes, generosos e ilustres del Coromandel. En cuanto a mí, ordenó que pusieran a mi disposición todos los barcos que su tío había destinado para la expedición a las Maldivas, pero caí enfermo de fiebres, que aquí son mortales de necesidad, y creí llegada mi hora. Sin embargo. Dios me inspiró para que hiciera uso de los tamarindos, que aquí abundan mucho. Cogí como un arrelde de estos frutos y los puse en agua, purgándome luego con su jugo durante tres días, al cabo de los cuales Dios sanó mi enfermedad. De todas formas, aborrecí esta ciudad de Mutra, por lo que pedí permiso para partir. Enterado el sultán, me dijo: «¿Cómo quieres irte ahora? Sólo queda un mes para que salga la expedición a las Maldivas. Quédate aquí hasta que pueda darte cuanto dejó encargado para ti el Príncipe del Mundo [Jund ‘Alam]». Como yo rehusara, me dio una carta para los de Fattan, diciendo que me dejaran embarcar en la nave que quisiera.
Volví, pues, a la dicha ciudad y me encontré con ocho barcos dispuestos para salir hacia el Yemen, embarcándome en uno de ellos. Topamos con cuatro barcos que nos quisieron atacar, aunque se retiraron al poco tiempo, y llegamos por fin a Kawlam. Como aún estaba algo enfermo, quedé tres meses en esta ciudad, embarcando de nuevo para ir donde el sultán Yamál ad-Din al-Hinawri, pero los infieles nos atacaron entre Hinawr y Fákanawr.