FANJUL, S., & ARBÓS, F. (1987). Ibn Battuta, A través del Islam. Madrid: Alianza. p.457-483
UZBEKISTAN. AFGANISTÁN
Queriendo ya marchar de Juwárizm, alquilé algunos camellos y compré un palanquín. Llevaba como contrapeso en uno de los lados a mi cuñado Afif ad-Din at-Tüzari. Mis criados montaban algunos de mis caballos y cubrimos los restantes con mantas, a causa del frío. Entramos en el desierto que se extiende entre Juwárizm y Bujárá, durante dieciocho jornadas de marcha entre arenas deshabitadas, exceptuando un solo pueblo.
Me despedí del emir Qutlüdumür, que me regaló un vestido de ceremonia, y también del cadí. Este último salió de la ciudad con los alfaquíes para decirme adiós.
Caminamos durante cuatro días y llegamos a la ciudad de al-Kat. No hay, en el trayecto de Juwárizm a Bujárá otro lugar habitado sino esta ciudad, pequeña pero hermosa. Nos hospedamos en las afueras, cerca de una alberca helada a causa del frío, sobre la que jugaban y patinaban los niños. El cadí de al-Kát, llamado Sadr as-Sari’a, al que conociera anteriormente en casa del cadí de Juwarizm, se enteró de mi llegada y acudió a saludarme con los estudiantes y el jeque de la ciudad, el virtuoso y devoto Mahmüd al-Jaywaqi. El cadí me propuso visitar al emir de al-Kat pero el jeque Mahmüd le dijo: «Es conveniente que el extranjero reciba la visita en lugar de hacerla; si así lo decidimos iremos al emir y vendremos con él». Así lo hicieron. El emir, sus oficiales y servidores llegaron al cabo de una hora y le dimos la bienvenida.
Nuestra intención era viajar deprisa, pero él nos rogó que nos detuviéramos por el banquete que iba a ofrecer y donde reunió a los alfaquíes, los jefes del ejército y poetas que cantaban las alabanzas del emir. Este príncipe me regaló un vestido y un valioso caballo.
Seguimos el camino conocido por Sibaya. En este desierto anduvimos sin encontrar agua durante seis jornadas. Al cabo de ese tiempo, llegamos a la ciudad de Wabkana (Vabkent), a un día de marcha de Bujara, bella ciudad en la que abundan los ríos y jardines.
Conservan allí las uvas de un año para otro y cultivan un fruto al que llaman al-allu (ciruela), que una vez seco es transportado a India y China. El sabor de este fruto es dulce cuando aún está verde, pero al secar adquiere un sabor ligeramente ácido; su pulpa es abundante. Nunca vi nada igual ni en al-Andalus, ni en el Magreb, ni en Siria.
Después caminamos continuamente durante un día entero entre huertos, ríos, árboles y campos cultivados y llegamos a la ciudad de Bujara, patria del imán de los tradicionistas Abü ‘Abdalláh M. b. Isma’il al-Bujari (el más célebre compilador de hadiths). Esta ciudad fue la capital de las tierras situadas allende el río Yayhün (la Transoxiana) . El maldito Tankiz (Gengis Khan) el tártaro, abuelo de los reyes del Iraq, la asoló. Ahora, casi la totalidad de sus mezquitas, madrasas y zocos están en ruinas. Sus habitantes son despreciados; su testimonio no es aceptado ni por Juwárizm ni por ninguna otra ciudad porque se les reputa de parciales, falsos y desvergonzados. No hay hoy en Bujára nadie que sepa algo de las ciencias o se preocupe por saberlo.
Historia de los orígenes de los tártaros y de la destrucción de Bujara y otros lugares
Tankiz Khan era herrero en el país de Jita (China del norte, donde se encontraba el reino de los Khitan). Tenía un alma generosa, cuerpo vigoroso y era de gran talla; reunía a las gentes y les daba de comer. Más tarde un grupo de ellos se congregó a su alrededor y le eligieron como jefe. Se adueñó de su país y acreció su poder aumentando inmensamente sus fuerzas. Venció al rey de Jita, después al rey de la China y sus tropas se incrementaron considerablemente. Conquistó el país de Khotan, el de Kashgar y el de al-Maliq. Yalal ad-Din Sinyar b. Juwarizm Sáh era rey de Juwarizm, del Jurásán y de Transoxiana y disponía de grandes fuerzas. Tankiz le temía y se guardaba de atacarle, sin mostrarse hostil contra él. Sucedió que Tankiz envió mercaderes con productos de la China y de Jita, tales como tejidos de seda y otros, a la ciudad de Utrar, última plaza de los estados de Yalál ad-Din. El lugarteniente del príncipe de Utar le anunció la llegada de estos mercaderes y le mandó preguntar qué conducta debía seguir con ellos. El rey le escribió que se apoderase de sus riquezas y les impusiese un escarmiento ejemplar: mutilarlos y enviarlos después a su país, pues Dios había decidido mortificar y probar a los habitantes de los países de Oriente inspirándoles una decisión imprudente, un deseo maligno y de mal augurio.
Cuando el lugarteniente del príncipe de Utrar hubo hecho esto, Tankiz, al frente de un numeroso ejército, se aprestó a invadir los países musulmanes. Dicho gobernador, al recibir noticia de tales movimientos, envió espías que le trajesen informaciones del enemigo. Se cuenta que uno de ellos entró en la almahala de un emir disfrazado de mendigo, no encontrando a nadie que le diera de comer. Se detuvo al lado de un hombre y no vio que llevase consigo provisiones y no le socorrió con nada. Al atardecer, el tártaro cogió unas tripas secas que tenía, las humedeció con agua, sangró a su caballo y llenó las tripas con la sangre que manaba de la herida. Las ató y asó y ésta fue toda su comida. El espía regresó a Utrar e informó al kugarteniente del príncipe de lo que viera, notificándole que no había nadie capaz de enfrentárseles. El gobernador pidió ayuda al rey Yalal ad-Din, que le mandó un ejército de sesenta mil hombres, sin contar las tropas que ya tenía. En la batalla Tankiz les derrotó; entró al asalto en la ciudad de Utrar, matando a los hombres y haciendo prisioneros a los niños. Yalal ad-Din se dirigió en persona contra él, entablándose combates tan sangrientos como no se vieran nunca en el Islam. Finalmente, Tankiz se apoderó de Ma wara’ an-nahr, destruyó Bujara, Samarcanda y Termed; atravesé el río Yayhün dirigiéndose hacia Balkh, a la que expugnó. Después marchó sobre Bamiyan, que tomó igualmente y avanzó por fin hasta el Jurásan y el Iraq. Los musulmanes se alzaron contra él en Balkh y Ma wara’ an-nahr. Volvió contra ellos y entró en Balkh a degüello, no saliendo de allí hasta haberla convertido en un montón de ruinas. Lo mismo hizo en Termed. Esta ciudad fue devastada y nunca volvió a resurgir desde entonces, construyéndose después a dos millas de allí otra a la que hoy llaman Termed. Tankiz pasó a cuchillo a la gente de Bamiyan y la destruyó por completo, excepto el alminar de su mezquita aljama. Perdonó a los habitantes de Bujará y Samarcanda y regresó al Iraq.
El poder de los tártaros siguió en aumento hasta el punto de que entraron por las armas en la capital del Islam, sede del califato, Bagdad, y degollaron al califa al-Mustasim Bi-lláh el abbasida, ¡Dios se apiade de él!
Dice lbn Yuzayy: «Nuestro jeque, el cadí supremo Abü l-Barakát, hijo del peregrino, nos cuenta: "Oí decir lo siguiente al predicador Abü Abdalláh b. Rasid: ‘Me encontré en La Meca a Nür ad-Din b. az-Zayayy, uno de los sabios del Iraq, acompañado de un sobrino suyo. Estuvimos conversando y él me dijo: ‘Murieron en el desastre de los tártaros, en el Iraq, veinticuatro mil ulemas. No quedamos más que yo y este hombre, señalando a su sobrino’».
Pero volvamos al relato.
Nos hospedamos en el arrabal de Bujára conocido por Fath Ábád, donde se encuentra la tumba del jeque, el sabio, el piadoso y devoto Sayf ad-Dín al-Bajarzi, santo muy principal. La zagüía que lleva su nombre y en la que nos instalamos es grandiosa y administra legados importantes, con los cuales se da de comer al que viene y va. Su jeque es un descendiente de Bajarzi, el peregrino, el viajero Yahyá al-Bajarzi. Este jeque me hospedó en su casa, en la que había reunido a los habitantes más importantes de la ciudad. Se leyó el Corán con bellas voces, se pronunciaron sermones y se entonaron canciones turcas y persas con depurado estilo. Pasamos en este lugar una noche magnífica, maravillosa. Allí encontré al alfaquí, el sabio y virtuoso Sadr as-Sari'a que venía de Herat, un hombre excelente y muy piadoso.
Visité en Bujara la tumba del sabio imán Abü Abdalláh al-Bujári, jeque de los musulmanes y autor de una compilación de tradiciones cuyo título es al-Yami asSahih (se trata de la gran colección de hadiths mencionada más arriba). Sobre la tumba hay un epitafio que reza: «Esta es la tumba de M. b. lsmail al-Bujári que compuso tales y tales obras». Esto es lo que se lee en los sepulcros de los sabios de Bujara: sus nombres y los títulos de sus libros. Yo hice copia de muchos de estos epitafios, pero los perdí junto con otros objetos cuando los infieles de la India me robaron en el mar.
Salimos de Bujara dirigiéndonos al campamento del piadoso y honrado sultán ‘Alá’ ad-Din Tarmasirin, del que hablaremos más tarde. Pasamos por Najsab (ciudad situada en la ruta que va de Bujara a Balkh), ciudad de la que el jeque Abü Turab an-Najsabi ha tomado su gentilicio. Es una población pequeña rodeada de huertos y cursos de agua. Nos alojamos extramuros, en una casa propiedad del emir.
Yo tenía una joven esclava, preñada y próxima al alumbramiento y había decidido llevarla a Samarcanda para que allí pariese. Sucedió que ella iba en una de las literas sobre los camellos y que nuestros compañeros salieron de noche y esta esclava les acompañó con las provisiones y otros objetos míos. Yo quedé cerca de Najsab para comenzar la marcha de día con otros de mis acompañantes. Los primeros siguieron un camino diferente del nuestro, mientras nosotros llegábamos por la tarde del mismo día a la almahala del sultán. Estábamos hambrientos y nos habíamos detenido en un lugar alejado del zoco. Uno de nuestros amigos compró algo para aplacar el hambre y un mercader nos prestó una tienda en la que pasamos la noche. Nuestros compañeros salieron a la mañana siguiente a buscar los camellos y el resto del grupo. Los encontraron por la tarde y los trajeron consigo. El sultán estaba en aquel instante fuera del campamento, asistiendo a una cacería. Visité a su lugarteniente, el emir Taqbugá, que me hospedó en las proximidades de su mezquita y me regaló una jarga, especie de tienda de la que ya hemos hablado anteriormente. Instalé allí a la muchacha y esa misma noche tuvo lugar el parto. Me informaron que el recién nacido era varón, pero no era así: después de la ‘aqiqa(ceremonia que se celebra 7 días después del nacimiento) uno de mis compañeros me hizo saber que era niña. Mandé comparecer a las esclavas y las interrogué. Ellas me lo notificaron. Esta niña había nacido con buena estrella: desde su nacimiento tuve toda clase de alegrías y satisfacciones, pero murió dos meses después de que llegásemos a la India, como contaré más adelante.
Visité en este campamento al jeque y alfaquí, el devoto Mawláná Husám ad-Din aI-Yagi. Esta última palabra, en turco significa «rebelde». Era de las gentes de Utrar. También visité al jeque Hasan, cuñado del sultán.
Historia del sultán Ma wara an-nahr [Transoxiana]
Era el noble sultán ‘Alá’ad-Din Tarmasirin, poderoso príncipe, de justa autoridad, que señoreaba numerosos ejércitos y soldados y un reino enorme, siendo grandísimo su poder. Sus dominios estaban situados entre los cuatro más poderosos reyes del mundo: el rey de la China, el de la India, el del Iraq y el rey Uzbeko, los cuales le hacían presentes, honraban y tenían en mucho. Ocupó el poder después de su hermano al-Yakatay que era infiel (eran budistas) y había subido al trono tras su hermano mayor Kabak. Este Kabak también era pagano, pero justo en sus decisiones; hacía justicia a los oprimidos y trataba a los musulmanes con respeto y consideración.
Anécdota
Se cuenta que este rey Kabak, conversando un día con el alfaquí y orador Badr ad-Din al-Maydáni, le dijo: "¿Pretendes que Dios ha mencionado todas las cosas en su Noble Libro?». Contestó el alfaquí: «Sí, en efecto». Dijo el rey: «Entonces, ¿dónde está mi nombre en ese Libro?». Y respondió: «En este versículo [Corán, LXXXII, 8]: El Altísimo es quien te dio la forma (rakkabak) que quiso. Esto agradó a Kabak, que riéndose dijo: "Yajsi", que en turco significa «excelente». Tuvo a este hombre en una gran consideración y acrecentó la que mostraba a los musulmanes.
Anécdota
Entre los veredictos de Kabak se cuenta lo siguiente: una mujer vino a quejarse ante él de uno de los emires; adujo ser muy pobre, estar cargada de hijos y tener leche con cuya venta les alimentaba, pero que este emir se la había arrebatado por la fuerza y se la había bebido. Kabak le dijo: «Le mandaré partir en dos y si la leche sale de su vientre habrá sido bien ajusticiado y si no, te haré partir en dos a ti». La mujer contestó: «Renuncio a mis derechos sobre la leche y retiro mi reclamación». Kabak mandó que cortasen por la mitad al emir y la leche fluyó de su vientre.
Pero volvamos con el sultán Tarmasirin.
Pasados unos días desde mi llegada al campamento, que los turcos llaman urdu, fui a la mezquita a la oración de la mañana, según mi costumbre. Tras terminar de orar, uno de los asistentes me dijo que el sultán se encontraba en la mezquita. Cuando éste se levantó de su alfombra, me aproximé para saludarle. El jeque Hasan y el alfaquí Husám ad-Din al-Yagi se levantaron también e informaron al sultán de mi situación y de que había llegado hacía ya unos días. Me dijo en turco: «Jus misan yajsi misan qutlu ayusan» Lo que significa: «Cómo estás? Eres una buena persona, bendita sea tu llegada».
El sultán lucía en ese momento una túnica de qudsi (paño de Jerusalen) de color verde y en la cabeza llevaba un bonete de un tejido parecido. Regresó a pie a su sala de audiencias y la gente se le acercaba para exponer sus quejas. El se detenía ante todos, grande o chico, hombre o mujer. Después mandó por mí. Me presenté ante él en una tienda, junto a la cual, a derecha e izquierda, permanecían las gentes. Los emires estaban sentados, sus sirvientes en pie delante y detrás de ellos. El resto de la tropa estaba sentada formando varias filas. Cada uno tenía sus armas ante sí; hacían guardia y debían quedar en este lugar hasta la tarde, entonces otros vendrían a relevarles y permanecerían allí hasta el final de la noche. Habían colocado en este lugar doseles de algodón para guarecerse.
Cuando entré ante el rey, le encontré sobre un asiento semejante a un almimbar forrado con seda bordada en oro. El interior de la tienda estaba tapizado de seda dorada. Una corona con engarces de perlas y zafiros pendía a la altura de un codo por encima de la cabeza del sultán. Los emires más importantes estaban sentados a derecha e izquierda del príncipe. Hijos de reyes, con mosquiteros en sus manos, permanecían ante él. Cerca de la puerta de la tienda estaban el lugarteniente, el visir, el chambelán y el secretario de firmas, al que los turcos llaman al tamga:: al significa «rojo» y tamga «firma». Los cuatro se levantaron cuando yo entré y me acompañaron al interior de la tienda. Saludé al sultán y él me preguntó —haciendo de traductor entre ambos el secretario de firmas— sobre La Meca, Medina, Jerusalén, Hebrón, Damasco, Egipto, al-Malik an-Nasir, los dos Iraq y su rey y también acerca de Persia.
Después el almuédano llamó a los fieles a la oración del mediodía y nosotros regresamos. Asistíamos a las oraciones en compañía del sultán en unos días de frío intenso y mortal, pero el sultán no dejaba de hacer la oración del alba ni la de la tarde junto con los fieles. Se sentaba para alabar el nombre de Dios, en turco, después de la oración de la aurora hasta que el sol estaba ya alto. Todos los que se encontraban en la mezquita acudían a él, les tomaba la mano y se la estrechaba. Hacían lo mismo a la oración de la tarde. Cuando alguien le llevaba un presente de pasas o dátiles —los dátiles son muy apreciados y demandados entre ellos— los repartía personalmente a todos los presentes en la mezquita.
Suceso
Entre las virtudes de este rey se cuenta lo siguiente: asistía en cierta ocasión a la oración de la tarde sin que el sultán estuviera presente. Uno de sus adláteres trajo un tapiz que extendió frente al mihrab, lugar donde solía rezar el sultán, y dijo al imán Husam ad-Din al-Yági: «Nuestro señor quiere que le esperes un momento para hacer la oración, hasta que él haya acabado sus abluciones». El mentado imán se levantó y dijo en persa: «La namaz —es decir, «la oración»— ¿es por Dios o por Tarmasirin?». Y ordenó al almuédano que hiciese la segunda llamada a la oración.
El sultán llegó cuando ya se habían rezados dos rak’as (genuflexiones de la oración); hizo las dos últimas detrás de todo el mundo, donde los fieles dejan su calzado, en la puerta de la mezquita. La oración acabó y él hizo solo las dos rak'as que faltaban. Tras ello, se levantó, se dirigió sonriente al imán y tomándole de la mano se sentó frente al mihrab. El jeque e imán estaba sentado a su lado y yo junto al imán. El rey me dijo: «Cuando regreses a tu país cuenta allí lo que un faquir persa hizo con el sultán de los turcos».
El jeque predicaba todos los viernes, exhortaba al sultán a comportarse conforme a derecho y le prohibía cometer abusos, le dirigía duras palabras y el sultán callaba y lloraba. El jeque no aceptaba ningún regalo del rey, ni comía en su mesa ni se ponía la ropa que le obsequiaba. Era un devoto siervo de Dios. A menudo le veía con un ropaje cde algodón, forrado de lo mismo y muy ajado por el uso. Sobre la cabeza llevaba un gorro de fieltro, que no valía ni un cornado, e iba sin turbante. Un día le dije: «Oh. señor mío, ¿cómo vas así vestido? No es propio de ti». Y respondió: «Hijo mío, esta ropa no es mía sino de mi hija». Le rogué entonces que aceptase algunos vestidos míos, pero me dijo: «Hice una promesa a Dios, hace ya cincuenta años, de no aceptar nada de nadie; si acepto un regalo de alguien, será de ti».
Cuando decidí continuar mi viaje, después de haber permanecido con este sultán por espacio de cincuenta y cuatro días, me dio setecientos dinares de plata y una piel de cibelina que valía cien dinares y que yo mismo le pidiera a causa del frío. Cuando se lo mencioné, tomó mis mangas y se aplicó a ponérmela personalmente, mostrando así su humildad, su virtud y excelente natural. También me dio dos caballos y dos camellos. Al ir a despedirme lo
encontré camino a sus terrenos de caza. El frío extremo me impidió pronunciar una sola palabra. Comprendiéndolo, sonrió y me tendió la mano, tras lo cual marché.
Dos años después de mi llegada a la India nos llegó noticia de que los principales gobernadores y emires estaban reunidos, con la mayor parte de sus tropas, en la más alejada de sus provincias, vecina al país de China: juraban fidelidad a uno de sus primos llamado Büzun. Ugli llaman allí a todos los hijos de reyes.Büzun era musulmán aunque poco religioso y de mala conducta. Los tártaros le reconocieron como rey y depusieron a Tarmasirin, el cual había obrado contrariamente a los preceptos del antepasado de ambos, el maldito Tankiz, aquel que arrasó los países musulmanes y del que ya hemos hablado anteriormente. Tankiz había redactado sus leyes en un libro conocido entre sus gentes por al-Yasiq (la Yasa es el còdigo promulgado por Gengis Kahn). Entre ellos todo aquel que desobedezca las prescripciones de este libro debe ser depuesto. Entre sus normas existe una que les obliga a reunirse un día del año llamado tur, es decir «día de festín». Los descendientes de Tankiz y los emires acuden a esta reunión desde todos los rumbos del país. Los játun y los más importantes dignatarios están presentes también. Si el sultán ha cambiado algo de lo dispuesto por Tankiz, los jefes vienen y le dicen: «Has modificado tal y tal cosa y has hecho esto, por tanto hay que destronarte». A continuación le toman de la mano, le bajan del trono y colocan en su lugar a otro descendiente de Tankiz. Si alguno de los grandes emires ha cometido una tropelía en su gobierno, le juzgan según sus merecimientos.
El sultán Tarmasirín había invalidado los juicios de aquel día y derogado la costumbre de tal reunión. Los tártaros llevaron mal este comportamiento, censurando que permaneciese cuatro años en sus tierras contiguas al Jurasan, sin viajar a la parte colindante con la China, ya que es costumbre que el rey visite cada año estas regiones, que las inspeccione y vea cómo están las tropas acantonadas allí, puesto que es la cuna de sus reyes. Su capital es la ciudad de al-Maliq.
Büzun, recibido su juramento, salió al frente de un gran ejército. Tarmasirin. que no fiaba en sus emires y temeroso de ellos, montó a caballo acompañado de quince jinetes, tratando de llegar a la provincia de Gazna, una de las de su reino.
El valí de esta provincia era el primero de sus emires y amigo suyo, Buruntayh. Apegado al Islam y los musulmanes, construyó alrededor de cuarenta zagüías en las que proporcionaban alimento al caminante y era jefe de una enorme hueste. Nunca vi en el mundo todo un hombre tan alto como él.
Al cruzar Tarmasirn el río Yayhün, camino de Balkh, le vio un turco al servicio de Yanqi, hijo de su hermano Kabak que, según contamos, murió a manos de su hermano, el sultán Tarmasirin. Su hijo Yanqi se encontraba en Balkh y al informarle el turco de que había visto a su tío, dijo: «Habrá huido por alguna grave razón» Montó a caballo con su gente y apresó a Tarmasirín.
Büzun llegó a Samarcanda y Bujara, donde le rindieron vasallaje. Yanqi se presentó ante él con Tarmasirin. Se cuenta que cuando éste llegó a Nasaf en las inmediaciones de Samarcanda, le mataron y sepultaron allí, poniendo al cuidado de su tumba al jeque Sams ad-Din Kardan Burida. También aseguran que Tarmasirin no murió, como contaremos más adelante. El significado de kardan es «cuello» y el de burida «cortado». Lo llamaban así a causa de una herida que recibiera en la garganta. Lo conocí en la India y más tarde hablaré de él.
Cuando Büzun fue proclamado rey, el hijo del sultán Tarmasirin, Basay Ugli, su hermana y el marido de ésta, Firúz, escaparon a la corte del rey de la India, que les agasajó y hospedó, dada su relación íntima y las cartas y regalos intercambiados entre él y Tarmasirin. al que llamaba hermano.
Entre tanto, llegó del Sind un hombre que afirmaba ser Tarmasirin. La gente opinaba de diferentes formas respecto a este asunto. ‘Imád al-Mulc Sartiz, liberto del rey de la India y gobernador del Sind —al que llamaban Malik ‘Ard, «el rey de los desfiles», porque continuamente disponía que sus tropas hiciesen alarde ante él—, que tenía por sede Multán, capital del Sind, al enterarse de esto, envió al lugar donde se encontraba este individuo a algunos turcos que conocieran a Tarmasirin. Estos regresaron e informaron a Sartiz que era en efecto Tarmasirin, ante lo cual Sartiz mandó disponer una suraya o afráy(una tienda) en las afueras de la ciudad e hizo los preparativos para recibirle. Vino a esperarle y descabalgando ante él, le dio la bienvenida y puso a su discreción la tienda, en la que entró a caballo como es usanza de los reyes. Nadie dudó de que fuese Tarmasirin. Dio cuenta al rey de la India, quien despachó a sus emires a fin de que le ofreciesen hospitalidad.
Al servicio del rey de la India había un médico que lo fuera anteriormente de Tarmasirin y que se había convertido en el primer médico de la India. Este dijo al rey: «Yo iré al encuentro de este hombre y podré atestiguar si dice verdad. Le curé un divieso que tenía bajo la rodilla y que le dejó una marca. Así sabré qué hay de cierto». Fue a reunirse con los emires encargados de recibir al recién llegado. Se presentó a él y frecuentó su compañía amparándose en su antigua amistad. Un día, por fin, le tocó la pierna y encontró la señal. El otro le dijo: «¿Quieres examinar el furúnculo que me curaste? Helo aquí». Y le mostró la cicatriz. Visto aquello, el médico no tuvo duda de que era efectivamente Tarmasirin y regresó junto al rey de la India informándole de ello.
Algún tiempo después el visir Jawáyah Yihán Ahmad b. Ayas y el principal emir, Qutlü Jan, que fuera su maestro cuando era niño, se presentaron ante el rey de la India y le dijeron: «Oh, señor del mundo, el sultán Tarmasirin ha llegado: en verdad que es él. Aquí están alrededor de cuarenta mil de sus súbditos, su hijo y su yerno. ¿Has pensado lo que sucederá si se reúnen con él?». Estas palabras conturbaron mucho al sultán, que dispuso traer a Tarmasirin inmediatamente. Cuando éste apareció ante el sultán fue conminado a rendirle pleitesía, como todos los que vienen, y se le trató de mala manera. El sultán le dijo con deshonrosas palabras: «Hijo de puta! Estás mintiendo, dices ser Tarmasirin pero aquél murió y aquí está el custodio de su tumba. ¡Por Dios, que te daré muerte sin remordimiento alguno! Que se le den cinco mil dinares y se le conduzca a la casa de Basay Ugli y de su hermana, los dos hijos de Tarmasirin, y les digan: "Este falsario asegura ser vuestro padre"». Fue presentado, pues, ante los dos y, tras ser reconocido por ellos, pasó la noche allí vigilado por una escolta. De mañana lo sacaron de la casa. El príncipe y su hermana, temiendo que les matasen por su causa, negaron que fuese su padre. Se le desterró de la India y del Sind dirigiéndose a Kiy y a Makrán. Las gentes de las tierras por las que pasaba le expresaban su acatamiento, le alojaban y le ofrecían regalos. Llegó por fin a Siraz. El príncipe de esta ciudad, Abü Isháq, le honró y dispuso una cantidad apropiada para sus gastos. Cuando entré en Siráz, a mi regreso de la India, me dijeron que aún permanecía allí. Quise verle, pero no pude hacerlo por estar vedado visitarle sin licencia del sultán Abü Isháq. y temí lo que detrás viniera por tal visita. Más tarde lamenté no haberme entrevistado con él.
Pero volvamos a hablar de Büzun.
Al tomar el poder, éste reprimió a los musulmanes, fue injusto con sus vasallos y permitió a cristianos y judíos reconstruir sus templos. Los musulmanes se quejaban de ello y esperaban con impaciencia las tornas del destino. Esto llegó a oídos de Jalil, hijo del sultán Yasür, el derrotado en el Jurasán. Jalil se dirigió al rey de Herat, el sultán Husayn, hijo del sultán Giyát ad-Din al-Güri, notificándole sus planes y pidiéndole que le ayudase con soldados y dineros, con la condición de repartir con él su reinó una vez lograda la victoria. El rey Husayn despachó con él una hueste enorme. Entre Herát y Termed hay nueve días de marcha.
Sabedores los emires musulmanes de la llegada de Jalil le ofrecieron obediencia y le expresaron su deseo de hacer la guerra santa. El primero en salir a su encuentro fue ‘Alá’ al-Mulk Judáwand Zádah, príncipe de Termed, emir poderoso y jerife descendiente de Husayn. Acudió ante Jalíl con cuatro mil musulmanes. Este se alegró por ello, nombrándole visir y confiriéndole autoridad. ‘Ala’ al-Mulk era un valiente. Otros emires llegaron de todos los rumbos para unirse a Jalil, que se enfrentó con Büzun cuyas tropas se pasaron al bando contrario y entregaron a Büzun prisionero. Jalil le mandó estrangular con cuerdas de arco: es costumbre que los hijos de reyessólo mueran estrangulados.
El reino se sometió a Jalil. Sus tropas hicieron alarde en Samarcanda y resultaron ser ochenta mil hombres, armados con corazas y sus caballos con arneses de hierro. Licencié el ejército que trajera desde Herat y se dirigió hacia el país de al-Máliq. Los tártaros eligieron por jefe a uno de los suyos y esperaron a Jalil a tres jornadas de distancia de al-Máliq, cerca de Taráz. El combate fue encarnizado y los dos ejércitos resistieron con firmeza. El emir Judáwand Zadah, visir de Jalil, permaneció tres días en al-Máliq, saliendo después a perseguir a los supervivientes que, finalmente, le prestaron obediencia.
Avanzó entonces hasta los confines de Jita y China, conquistando las ciudades de Qarakorum y Bisbalig. El rey de la China despaché ejércitos contra él pero a la postre ambos firmaron la paz. El poderío de Jalil aumentó y los reyes le temían. Dio pruebas de su justicia, acantonó tropas en al-Maliq, dejó con ellas a su visir Judáwand Zádah y regresó a Samarcanda y Bujárá.
He aquí que los turcos, queriendo provocar una revuelta, acusaron al mencionado visir de pretender sublevarse sosteniendo tener más derechos al trono por su parentesco con el Profeta, así como por su nobleza y valentía. Jalil despachó un valí a al-Maliq en sustitución del visir ordenándole que se presentase ante él con una pequeña escolta. Cuando éste llegó le mató sin esperar ninguna otra información, siendo esa la causa de que su reinado se hundiera.
Al aumentar su poderío, Jalil apeteció el reino del príncipe de Herat que le había facilitado la llegada al poder y provisto de tropas y dineros. Le escribió mandándole que se pronunciara la oración en su nombre en todo el país y se acuñaran los dinares y dirhams con su sello. Esta conducta desagradó al rey Husayn, que le respondió de mala manera. Jalil se aprestó al combate, pero las tropas musulmanas no le apoyaron, considerando traidor a quien le ayudase. Esta noticia llegó a oídos del rey Husayn, que dispuso las tropas bajo el mando de su primo hermano Malik Warna. Se enfrentaron los dos ejércitos. Jalil fue vencido y se le condujo cautivo ante el rey Husayn el cual le perdoné la vida, le entregó un alcázar por residencia, le regaló una esclava y le acordó un estipendio. Así es como yo le dejé a finales del año 747, cuando salí de la India.
Pero volvamos a lo que nos atañe.
Tras despedirme del sultán Tarmasirin, marché hacia la ciudad de Samarcanda, una de las mayores, más hermosas y espléndidas del mundo. Se alza al borde de un río conocido por Wádil Qassárin [río de los bataneros] con el que riegan los huertos por medio de norias. En sus riberas se reúnen las gentes de la ciudad después de la oración de la tarde para solazarse y pasear. Allí tienen bancas y asientos para descansar y tiendas donde venden frutas y otras vituallas. Bordean también el río grandes alcázares y edificios que revelan un refinado gusto. Muchos de ellos están en ruinas y buena parte de la ciudad ha sido arrasada: no tiene muralla ni puertas y los huertos están en su interior. Las gentes de Samarcanda gozan de nobles méritos y son amigables con los extranjeros, mejores que los de Bujara.
Cerca de Samarcanda está la tumba de Qutam b. al-’Abbas b. ‘Abd al-Mutçalib, que pereció cuando los musulmanes conquistaron la ciudad.
Los habitantes de Samarcanda acuden a visitar esta tumba las noches de domingo y jueves. Los tártaros también peregrinan aquí y le dedican magníficos exvotos: vacas, ovejas, dirhams y dinares, lo cual se dedica a atender a los viajeros y a la manutención de los fámulos de la zagüía y del sepulcro santo, encima del cual se eleva una cúpula construida sobre cuatro bases unidas cada una de ellas a dos pilares de mármol. Las hay verdes, negras, blancas y rojas. Las paredes de la cúpula son de mármol de variados colores, pintado y dorado y el techo de plomo. La tumba está revestida de ébano con incrustaciones de oro y pedrería y las esquinas de plata. Tres candiles de plata penden sobre ella. Las alfombras son de lana y algodón. Corre por allí un gran río, que corta la zagúía, jalonado de árboles, parras y jazmines. En el interior de la zagüía hay habitaciones para albergar a los viajeros.
Los tártaros, en sus tiempos de paganismo, no modificaron nada en este lugar bendito, sino que lo estimaban de buen augurio a causa de los portentos que presenciaran.
El veedor del sepulcro bendito y del contiguo era, cuando nosotros nos hospedamos en él, el emir Giyát ad-Din M. b. ‘Abd al-Qádir b. cAbd al-Aziz b. Yüsuf, nieto del califa al-Mustansir bi-lláh al-’Abbási. El sultán Tarmasirin le dispensó esta dignidad cuando llegó a su corte desde el Iraq, pero ahora está con el rey de la India. Más tarde hablaremos de él.
Conocí en Samarcanda a su cadí, llamado entre los tártaros Sadr al-Yihán, hombre meritorio y de buenas cualidades. Viajó detrás mío a la India pero se lo llevó la muerte en la ciudad de Multán, capital del Sind.
Anécdota
Al fallecimiento de este cadí en Multán, el encargado de notificar las nuevas al rey de la India le escribió sobre ello, informándole que el cadí pretendía presentarse ante él, pero que no lo consiguiera. Ante esta noticia, el rey ordenó que se mandasen a sus hijos no recuerdo cuántos miles de dinares y que los acompañantes calculasen los beneficios que habrían obtenido de haber alcanzado a verle si su señor siguiera con vida.
El rey de la India tiene en cada ciudad del país un mensajero que le informa de cuanto ocurre en el lugar y de los viajeros que allí llegan. Cuando esto sucede relatan de qué país procede, se escribe su nombre, señas personales, ropas, acompañantes, caballos y sirvientes; del modo cómo se sienta y come; de todas sus cosas y de los méritos o tachas que muestra. El caminante no llega ante el rey hasta que éste sabe todo lo referente a él. Su generosidad estará de acuerdo con sus merecimientos.
Salimos de Samarcanda y cruzamos la ciudad de Nasaf, a la cual debe su gentilicio Abü Hafs Umar an-Nasafi, autor del libro titulado al-Manzumaa [La escrita en verso], que versa sobre temas de discusión entre los cuatro alfaquíes (los fundadores de las cuatro escuelas sunnitas). ¡Dios esté satisfecho de ellos!
Llegamos a la ciudad de Termez (ciudad situada sobre el Amu-Daria, en la frontera entre Uxbekistan y Afganistan), lugar de nacimiento del imán Abü ‘Isa M. b. ‘Isa b. Süra at-Tarmadi, autor de al-yamil’ al-Kabir [EI gran compendio], compilación de tradiciones.
Es Termez una gran ciudad, con buenas construcciones y zocos, ríos y numerosos jardines. Abundan las uvas, los membrillos, excelentes, así como la carne y la leche. Las gentes se lavan la cabeza en los baños con leche, en lugar de arcilla. Todos los dueños de baños tienen grandes recipientes llenos de leche y cuando alguien entra coge una jarra y se lava la cabeza con esta leche, con ella humedece los cabellos y los alisa. Las gentes de la India se ponen en la cabeza aceite de sésamo, al que llaman siray, y después lavan su pelo con arcilla: es bueno para el cuerpo, alisa los cabellos y los hace crecer, por ello es tan larga la barba de las gentes de la India y de quienes viven entre ellos.
La antigua ciudad de Termez estaba construida a orillas del Yayhun. Cuando Tankiz la convirtió en ruinas, se construyó la actual a dos millas. Nos hospedamos en la zaguía del distinguido jeque ‘Azizán, uno de los más importantes y generosos, dueño de muchas riquezas, de casas y huertos cuyas rentas gasta en agasajar a los caminantes. Conocí, ante de llegar a esta ciudad, a su señor ‘Alá’ al-Mulk Judáwand Zádah. Este dio orden de que se nos proveyese de todo lo necesario, como se cumplió cada día durante el tiempo que permanecimos allí. Encontré también al cadi Qiwám ad-Din, que iba al encuentro del sultán Tarmasirin para solicitar licencia de viajar a la India. El relato de mi conversación en Multan con él y con sus dos hermanos Diyá’ ad-Din y Burhán ad-Din y de nuestro viaje juntos a la India, vendrá después. También mencionaré, si Dios quiere, a sus otros dos hermanos ‘Imad ad-Din y Sayf ad-Din, mi encuentro con ellos en la capital del rey de la India, y a sus dos hijos, su presentación ante este rey tras la muerte de su padre, su boda con las dos hijas del visir Jawáyah Yihán, y todo lo sucedido.
Atravesamos el río Yayhün en dirección al país del Jurasan. Desde que salimos de Termez y cruzamos el río, anduvimos un día y medio a través de un desierto y arenales en los que no hay ninguna construcción hasta la ciudad de Balkh, en ruinas y abandonada. Quien la contempla la imagina habitada debido a su buena construcción. En otros tiempos fue importante y vasta. Los restos de sus mezquitas y madrasas permanecen todavía, así como la decoración de color azul de sus edificios.
La gente atribuye la procedencia de la piedra azul lapislázuli al Jurisán pero se extrae de las montañas de Badajsán, que han dado nombre al rubí badajsi o, como lo llama la gente, al-balajs. Más tarde, si Dios quiere, hablaré de esta comarca.
Tankiz, el maldito, asoló la ciudad y derribó un tercio de su mezquita aljama porque alguien le dijo que había un tesoro oculto bajo una de las columnas. Es una de las más maravillosas y mayores mezquitas del mundo. La mezquita de Ribát al-Fath, en el Magreb, se le parece por la magnitud de sus columnas pero la de Balkhes más hermosa en otros aspectos.
Un historiador me refirió que la mezquita de Balkh fue erigida por una mujer cuyo marido, llamado Dáwüd b. ‘Ali, era emir de Balkh por los Banü ‘Abbás.
Sucedió que un día el califa se irritó con las gentes de Balkh por algo que hicieran y mandó a un recaudador a percibir una fuerte contribución. Cuando éste llegó a Balkh, las mujeres y los niños se presentaron ante la mencionada mujer, esposa del emir y la que mandara construir la mezquita. Se lamentaron de su estado y del tributo especial que se les había impuesto. Esta remitió al emir recaudador un traje suyo con perlas bordadas cuyo valor era mayor que la cantidad que debían pagar, y le dijo: «Llévaselo al califa, se lo doy como regalo de parte del pueblo de Balkh que se encuentra en tan triste estado». El emir se dirigió con él al califa, le entregó el traje y contó lo sucedido. Avergonzado, el califa dijo: «¿Es que esta mujer va a ser más generosa que nosotros?». Y le ordenó levantar el tributo a las gentes de Balkh y regresar a esta ciudad para devolver su vestido a la mujer y al pueblo el impuesto anual. El emir volvió pues a Balkh, se presentó en casa de la mujer, le comunicó las palabras del califa y le retornó el traje. Ella dijo: «¿La mirada del califa se ha posado en este vestido?». La respuesta fue afirmativa, a lo que ella contestó: «No me pondré jamás un traje sobre el que se han posado los ojos de un hombre con quien podría casarme». Y dispuso venderlo y con ello se edificaron la mezquita, la zagüía y una posada que hay frente a ella, construida con adoquines y que se conserva hasta el momento. Sobró un tercio del valor del traje y se cuenta que esta mujer mandó ocultarlo bajo uno de los pilares de la mezquita para que se utilizara en caso de necesidad. Tankiz, informado de la historia, decidió derribar las columnas de la mezquita. Así se hizo con una tercera parte, pero no se encontré nada. Las demás quedaron como estaban.
En las afueras de Balkh hay una tumba que se dice pertenecer a ‘Ukkása b. Mihsan al-Asadi, compañero de Mahoma, que entrará en el Edén exonerado de culpas. Sobre ella hay una zagüía grandiosa en la cual nos hospedamos y fuera de la cual existe un gran estanque sombreado por un nogal bajo el que se resguardan los caminantes en el verano. Al jeque de esta zagüía llaman al-Hayy Jurd, que significa pequeño peregrino. Cabalgó con nosotros y nos acompañé a visitar los mausoleos de la ciudad entre los que merece mencionarse el de Ezequiel, el profeta, coronado por una hermosa cúpula, y varias tumbas más de hombres piadosos que ahora no recuerdo.
Paramos cerca de la grandiosa casa de lbráhim b. Adham, construida de piedra blanca semejante al adoquín. El grano de la zagüía se había almacenado allí por lo que no pudimos entrar. Se encuentra próxima a la mezquita aljama.
Salimos de Balkh y viajamos durante siete días a través de las montañas de Quristán (la región situada entre Balkh y Herat). Hay por allí numerosas aldeas pobladas, con agua abundante y verdes árboles, la mayor parte de los cuales son higueras. Hay también muchas zagüías ocupadas por hombres devotos dedicados a ejercicios piadosos.
Llegamos después a la ciudad de Herat, la mayor del Jurasan. Son cuatro sus grandes ciudades: dos prósperas, Herat y Nisapur, y dos arruinadas, Balkh y Merv. Herát es una ciudad amplia y bien poblada. Sus gentes son pías, castas y devotas, siguen la vía jurídica del imán Abü Hanifa y en ella no existe el desorden.
Mención del sultán de Herát
Es el noble sultán Husayn, hijo del sultán Giyát ad-Din al-Güri, hombre de reconocida valentía que goza del favor de Dios y de su beatitud. En dos batallas memorables tuvo muestras del socorro y apoyo de Dios que pueden provocar asombro. La primera vez al enfrentarse su ejército con el sultán Jalil que se había levantado contra él y que acabó siendo su prisionero. El segundo combare en que recibió la ayuda divina fue el que sostuvo personalmente con Mas’üd —sultán rafidi— y que terminó con la pérdida de éste, su huida y la caída de su reino. El sultán Husayn subió al poder tras su hermano, conocido por al-Hátiz, que sucediera a su padre Giyát ad-Din.
Historia de los rafidies
Había en el Jurasán dos hombres llamados Mas’üd y Momamed que tenían cinco valientes compañeros, conocidos en el Iraq bajo el nombre de suttar —en el Jurasan por el de sarabadalan— y en el Magreb por el de suqura [halcones]. Los siete acordaron dedicarse a realizar actos malvados, pillajes y robos. La noticia de sus tropelías se extendió mientras ellos tomaban como guarida una montaña inaccesible próxima a la ciudad de Bayhaq, llamada también Sabzár. Durante el día se ocultaban pero al atardecer y por la noche caían sobre los pueblos, cortaban los caminos y se adueñaban del dinero. Los criminales y malhechores, sus semejantes, se unieron a ellos; su número creció, incrementándose su poderío hasta el punto de que las gentes les temían. Atacaron y conquistaron la ciudad de Bayhaq. Después tomaron otras ciudades y se hicieron ricos, reunieron un ejército y caballería. Mas’üd se autotituló sultán. Los siervos huían de la casa de sus amos y se iban con él. A cada uno de estos fugitivos se daba un caballo y dinero, y si era esforzado alcanzaba a mandar un escuadrón. Sus tropas y fuerzas siguieron acrecentándose. Todos sus secuaces se convirtieron en chiítas y se propusieron eliminar la Sunna del Jurásán y ponerlo a merced de la heterodoxia rafidi. Había en Mashad Tüs un jeque rafidi llamado Hasan que era hombre justo. Los ayudó en su intento y le eligieron califa. El les ordenó obrar con justicia, estableciéndose entre ellos una honradez tal que si algún dirham o dinar caía al suelo en sus almahalas, nadie lo tocaba hasta que el dueño iba a recogerlo.
Entraron en Nisapur. El sultán Tugaytumür despachó tropas contra ellos pero fueron vencidas. Envió entonces a su segundo, Argün Sáh, que también fue derrotado y preso, recibiendo, sin embargo, un buen trato. El mismo Tugaytumür salió a combatirles al frente de cincuenta mil tártaros pero le vencieron y se alzaron con el país. Tomaron Sarajs, Záwah y Tüs, una de las principales plazas del Jurasán. A su califa lo instalaron en el mausoleo de ‘Ali b. Müsá ar-Ridá. Conquistaron también la ciudad de Yám y acamparon extramuros antes de ir contra Herat, a sólo seis jornadas de distancia de allí.
Cuando esta noticia llegó al rey Husayn convocó a sus emires, al ejército y a las gentes de la ciudad, inquiriéndoles si esperarían a que viniese el enemigo o si pensaban salir a su encuentro y entablar combate. Resolvieron ir contra ellos. Los habitantes de Herat pertenecen a una sola tribu llamada guriyya. Se dice que son oriundos de Gür en Siria, y que de allí les viene el nombre. Todos se aprestaron y fueron confluyendo desde los más alejados confines del país, de los pueblos y de la estepa de Badgis (al norte de Herat), cuya extensión es de cuatro jornadas; en sus pastos siempre verdes pacen las acémilas y los caballos. La mayor parte de los árboles son pistachos cuyos frutos se envían al Iraq.
Con la ayuda de las gentes de Simnan fueron contra los rafidies sumando unos ciento veinte mil, entre jinetes e infantes. El rey Husayn les dirigía. Los rafidíes reunían unos ciento cincuenta mil jinetes. Se enfrentaron en el desierto de Büsany. Al principio, los dos ejércitos atacaron con arrojo pero luego los rafidies recularon y el sultán Mas’üd huyó. El califa Hasan resistió con veinte mil hombres hasta que lo mataron, así como a la mayoría de ellos. Alrededor de cuatro mil cayeron prisioneros.
Uno que estaba presente en la batalla me contó que el choque se inició hacia las nueve de la mañana y la fuga después del mediodía. Tras esta hora el rey Husayn descabalgó y rezó. Sirvieron la comida y él y los mejores de los suyos comieron mientras los restantes degollaban a los cautivos.
A continuación de este gran triunfo Husayn regresó a su residencia. Dios se sirvió de él para conceder la victoria a los sunnies y apagar el fuego de la rebelión.
Esta batalla ocurrió después de salir yo de la India, en el año 748 [1347 d. C.].
Las gentes de Herat respetaban y se aconsejaban de un cierto hombre piadoso, virtuoso y ascético, llamado Mawláná Nizam ad-Din, quien creciera allí y que les reconvenía y amonestaba, por lo que acordaron corregir sus yerros. El jatib de la ciudad, conocido por Malik Warná, primo hermano del rey Husayn, casado con la viuda de su padre, se adhirió al intento. Malik Warná era una de. las más hermosas personas tanto de figura como de alma. El mismo rey le temía. Hablaremos de él. Cuando estas gentes sabían de algo reprobable aunque viniese del rey, lo corregían.
Anécdota
Me contaron que un día supieron que algo indigno había sucedido en el palacio del rey Husayn y se juntaron para hacer justicia. El monarca se encastilló en su alcázar, reuniéndose entonces ante la puerta unos seis mil hombres, con lo que el rey tuvo miedo y llamó al alfaquí y a los notables de la ciudad pero, puesto que había bebido vino, le impusieron en su mismo alcázar la sanción correspondiente marchándose después.
De cómo murió el mentado alfaquí Nizam ad-Dín
Los turcos habitaban la estepa próxima a la ciudad de Herat, tenían por rey al ya mencionado Tugaytumür y eran alrededor de cincuenta mil hombres. El rey Husayn les temía y por ello anualmente les hacía regalos y les halagaba. Pero una vez derrotados los rafidies consideró a los turcos como sus vasallos. Estos solían ir a Herat a beber vino y a menudo alguno acababa borracho. Nizam ad-Din castigaba según la norma del Corán a aquel que se encontraba ebrio.
Los turcos son gente valiente y arrojada, de continuo asaltan las ciudades de la India haciendo prisioneros o realizando degollinas. Algunos cautivos son con frecuencia musulmanas que habitan en la India entre los paganos. Cuando traían sus prisioneras al Jurásán, Nisám ad-Din las rescataba.
Las mujeres musulmanas en la India se distinguen por no perforarse las orejas, al contrario de las infieles. Sucedió un día que un emir turco llamado Tumürálti hizo cautiva a una mujer y la requirió a doblegarse a sus deseos y como ella adujo ser musulmana el alfaquí la separó de él. El turco, herido por esto, montó a caballo junto con varios miles de los suyos, cayó sobre los caballos de Herat que estaban pastando en la llanura de Badgis y se los llevó, no dejando a las gentes de la ciudad ninguna acémila de carga ni de monta. Luego, se retiraron con ellos a una montaña inaccesible, no encontrando el sultán y sus soldados monturas para perseguirles. El sultán envió un mensajero que exigiese la devolución del sanado y los caballos robados y les recordase el pacto vigente entre ellos. Respondieron que no harían tal sino a cambio del alfaquí Nizám ad-Din, condición que el sultán rechazó. El jeque Abú Ahmad al-Yasti, nieto del jeque Mawdüd al-Yasti, tenía en el Jurasán una gran dignidad, siendo sus palabras muy respetadas por la gente. Levantó armas junto con sus clientes y esclavos y dijo: «Llevaré al alfaquí Nizám ad-Din ante los turcos para apaciguarles, después le volveré a traer conmigo». Las gentes aceptaron esta propuesta. El alfaquí Nizam ad-Din, a la vista del acuerdo adoptado, cabalgó junto con el jeque Abü Abmad y se dirigieron al encuentro de los turcos. El emir Tumüralti se fue contra él diciendo: «Me quitaste mi mujer», mientras blandía una maza con la que le golpeó y partió la cabeza dándole muerte. El jeque Abü Abmad, sobrecogido, regresó a la ciudad. Los turcos devolvieron el ganado y los caballos que se llevaran. Más adelante, el turco autor de la muerte del alfaquí regresó a Herat. Dieron con él algunos amigos del alfaquí que, haciendo ademán de saludarle, le mataron con espadas que ocultaban bajo las ropas. Sus acompañantes huyeron.
Cierto tiempo después el rey Husayn envió como embajador ante el rey del Siyistán a su primo hermano Malik Warná que había colaborado con el alfaquí Nizám ad-Din en la corrección de actos reprobables. Cuando llegó a Siyistán, el rey le ordenó permanecer allí sin presentarse ante su persona, pero él se dirigió a la India donde lo encontré, a mi salida, en la ciudad de Siwasitán, en el Sind. Era distinguido, le gustaban el poder, la caza, la cetrería, los esclavos, los caballos, los criados, las amistades y los ropajes regios. Cualquiera que tenga tales gustos en la India no lo pasa bien. El rey de la India le nombró valí de una pequeña ciudad. Uno de Herát, afincado allí, le mató por causa de una esclava. Se dice que el rey indio preparó el asesinato de acuerdo con el rey Husayn y que éste fue el motivo de que rindiese pleitesía al sultán de la India, después de la muerte del mencionado Malik Warná. El rey hindú le envió regalos y le entregó la ciudad de Bakar, en el Sind, cuyas rentas ascendían a cincuenta mil dinares de oro cada ano.
Pero volvamos a donde estábamos.
Salimos de Herát hacia la ciudad de Yam (la actual Torbat-e Djam, en Iran, en el camino entre Herat y Nishapur), ciudad mediana pero muy hermosa por sus jardines, árboles, abundantes fuentes y ríos. La mayor parte de los árboles son moreras y hay mucha seda. Se hace remontar la construcción de esta ciudad al ascético y devoto Siháb ad-Din Abmad al-Yam, de cuya historia hablaremos después. Su nieto era el jeque Ahmád, conocido por Zidah, asesinado por el rey de la India y de cuyos hijos es actualmente la ciudad de Yam, que no está bajo la autoridad del sultán, y donde gozan de riquezas y prosperidad. Alguien en quien yo confío mé contó que el sultán Abü Sa'id, rey del Iraq, viajando una vez por el Jurasán acampó cerca de esta ciudad donde está la zagüía del jeque, el cual le ofreció su hospitalidad y asignó una oveja a cada tienda de la almofalla real, una res para cuatro hombres, y a cada animal de la almahala, caballo, mula o asno le dio forraje para una noche. No hubo en todo el campamento un solo animal al que no alcanzase su hospitalidad.
Historia del jeque Sihad ad-Din cuyo nombre tomó la ciudad de Yam
Se cuenta que era hombre amante del placer y muy aficionado a la bebida. Solía reunirse con sesenta comensales que acostumbraban hacerlo diariamente en casa de uno. A cada cual tocaba el turno al cabo de dos meses. Así hicieron hasta que un día llegó la vez al jeque Siháb ad-Din. La noche anterior resolvió arrepentirse y arreglar sus cosas con el Señor y pensó: «Si digo a mis compañeros que antes que se juntaran en mi casa me arrepentí, han de pensar que es porque no puedo alternar con ellos». Dispuso, pues, preparar las cosas acostumbradas tanto manjares como bebidas y ordenó llenar los odres de vino. Llegaron los compadres y cuando se disponían a beber abrieron un odre. El primero en probarlo notó un sabor dulzón en el líquido. Abrieron un segundo odre y un tercero. Y en todos notaron el mismo sabor. Los comensales preguntaron al jeque la causa a lo que él contestó confesándoles la verdad de su arrepentimiento. Y les dijo: «¡Por Dios! Es el mismo vino que bebíais antes». Todos quedaron contritos ante Dios el Altísimo, construyeron esta zagüía y se retiraron allí para servir a Dios. Este jeque protagonizó gran número de portentos y visiones.
Salimos de Yam en dirección a Tus, una de las mayores y nobles ciudades del Jurasan. lugar de nacimiento del famoso imán Abü Hámid al-Gazali y donde está su tumba. Desde Tüs nos dirigimos a la ciudad de Mashad ar-Ridá. Es una vasta y gran ciudad en la que hay profusión de frutas, agua y molinos. Allí vive at-Tahir M. Sáb. Táhir [«puro»], significa entre ellos lo mismo que naqib entre los egipcios, sirios e iraquíes.Los hindúes, gentes del Sind y turkestanos dicen, en cambio, «el magnifico señor». También vivían en Masbad el cadí y jerife Yalál ad-Din —al que encontré después en la India— y el jerife ‘Ali y sus dos hijos Amir Hindü y Dawhat Sáh, que más tarde serían mis compañeros desde Termed hasta la India y que eran personas piadosas.
El santo mausoleo, coronado por una alta cúpula, se encuentra en el interior de una zagüía cercana a una madrasa y una mezquita. Todas ellas bien construidas, con muros de azulejos coloreados. Sobre la tumba hay una tarima revestida con panes de plata y encima de ella penden lucernas también de plata. Igualmente de plata es el umbral de la puerta oculta por un velo de seda recamado de oro. El suelo está totalmente cubierto de alfombras. Frente a esta tumba se halla la del Príncipe de los Creyentes Hárün ar-Rasid, sobre cuyo enrejado de madera se colocan algunos candelabros llamados aI-hisak y al-maná'ir por los magrebíes. Cuando un ráfidi entra en el mausoleo patea la tumba de Rasid mientras saluda el nombre de Rida.
Seguimos viaje hacia la ciudad de Sarajs, lugar de nacimiento del pío jeque Luqmán as-Sarajsi. Desde allí nos dirigimos a Zawa, donde vino al mundo el piadoso jeque Qutb ad-Din Haydar cuyo nombre tomó la cofradía de faquires Haydariyya, que llevan argollas de hierro en las manos, cuello, orejas e incluso en el pene por lo que el coito les es imposible. Después continuamos hasta la ciudad de Nisapur, una de las cuatro principales del Jurásán, también llamada La Pequeña Damasco por la abundancia de sus frutos, jardines y agua, así como por su belleza. La atraviesan cuatro ríos, sus mercados son amplios y hermosos y posee una maravillosa mezquita situada en medio del zoco, colindante con cuatro madrasas. que disponen de abundante agua y albergan gran número de estudiantes de jurisprudencia y recitación del Corán. Son quizá las más bonitas madrasas del país. Sin embargo, por mucha que fuesen la solidez y hermosura de las madrasas del Jurásán, de los dos Iraq, Damasco, Bagdad y Egipto, ninguna podría compararse a la construida junto a la alcazaba del alcázar real de Fez por orden de nuestro señor el Príncipe de los Creyentes al-Mutawalkil ‘alá Allah, máximo defensor de la religión, el más sabio de los reyes, el más hermoso engarce del collar de los califas justos. Abü Inan. ¡Que Dios le lleve a la prosperidad y dé a su ejército la victoria! Esta escuela no tiene parangón ni en amplitud ni en altura y las gentes del Oriente son incapaces de labrar sus yeserías.
Se tejen en Nisapur telas de seda tales como el ñaj, el kamja’ y otras que se envían a la India. También puede verse en esta ciudad la zagüía del jeque, el sabio imán, el eje de la religión, el pío Quçb ad-Din an-Njsábüri, elocuente y piadoso ulema, en donde me hospedé siendo muy bien recibido y agasajado con respeto y donde fui testigo de los portentos y milagros de este jeque.
Uno de sus milagros
Había comprado en Nisapur un esclavo turco. El jeque al verlo conmigo dijo: «Este esclavo no es apropiado para ti, vuelve a venderlo». Tomando en consideración sus palabras lo vendí al día siguiente y el comprador fue un comerciante. Después me despedí del jeque y continué viaje. Al llegar a la ciudad de Bastám recibí una carta de uno de mis compañeros, desde Nisapur, en la que me refería que el esclavo mencionado había matado a un niño turco por lo que se le había dado muerte. Es este un claro milagro del jeque.
Desde Nisapur viajé a la ciudad de Bastám, tierra del jeque místico Abü Yazid al-Bastami cuya tumba se encuentra en esta ciudad en el mismo enterramiento de uno de los hijos de Ya’far as-Sádiq. Igualmente está enterrado en Bastam el piadoso jeque, el devoro Abü l-Hasan al-Jarraqáni. Me hospedé en esta ciudad en la zagüía del jeque Abü Yazid al-Bastámi.
Salí de esta ciudad por el camino de Handujir hacia Kondoz y Baglán (ciudad cercana a Shebergan, en el camino de Herta a Balkh), donde hay jardines y ríos y moran jeques y santos. Nos hospedamos en Kondoz junto a un río en el que se alza una zagüía de un gran alfaquí egipcio llamado Sir Siyah [el león negro] donde disfrutamos la hospitalidad del gobernador de la comarca. Era éste de Mosul y vivía en un gran huerto. Permanecimos unos cuarenta días en las afueras de la población para que se repusieran nuestros camellos y caballos, ya que hay allí jugosos pastos y copiosa hierba. Gozan en el lugar de gran seguridad por la firme justicia del emir Buruntayh. Ya hemos anticipado que el castigo que los turcos aplican a los cuatreros es obligar al ladrón a devolver nueve caballos del mismo porte. Y si no los tiene se le quitan sus hijos. Y si no tiene hijos se le sacrifica como a una oveja.
Las gentes dejan sus acémilas sin pastor una vez marcadas y así hicimos nosotros en esta comarca. Y sucedió que nos pusimos a buscar nuestras monturas diez días después de llegar y vimos que faltaban tres, pero transcurrido medio mes los tártaros nos las trajeron temerosos del castigo. Cada noche atábamos dos caballos frente a nuestras tiendas para poder utilizarlos si los necesitábamos. En una ocasión desaparecieron. Seguimos viaje y al cabo de veintidós noches nos los trajeron al camino.
También nos detuvimos allí por temor de la nieve, pues a la mitad del camino hay una montaña llamada Hindü Kush, es decir «la que mata a los hindúes», debido a que mueren en ella gran número de los esclavos y esclavas que se traen de la India por el intenso frío y la mucha nieve. Para atravesarla se necesita un día entero. Así pues, esperamos la entrada de la estación cálida y nos pusimos a cruzarla a última hora de la noche. Anduvimos todo el día hasta el crepúsculo. Íbamos colocando trozos de fieltro ante los camellos para que pisaran y no se hundiesen en la nieve.
Llegamos después a un lugar conocido por Andar (al lado del desfiladero de Khawak), donde antaño hubo una ciudad de la que no queda traza alguna. Nos instalamos en una población en la que existe una zaguía de un hombre virtuoso llamado M. al-Mahrawi y allí nos hospedamos. Nos agasajó generosamente: cuando nos lavábamos las manos después de comer, bebía del agua con que nos laváramos, por el buen concepto que de nosotros tenía y por su carácter hospitalario. Viajé con nosotros hasta que hubimos ascendido la montaña Hindü Küsh, antes mencionada.
Encontramos en esta montaña un manatial de agua caliente en el que nos lavamos la cara pero nos desollamos la piel, lo cual nos causó gran dolor.Hicimos alto en un lugar llamado Bany Hir, lo que significa «cinco montañas». Había allí una bella y populosa ciudad junto a un gran río, azul como el mar, que baja de las sierras de Badajsan, donde se encuentra el rubí conocido por las gentes como balajs. Tankiz, rey de los tártaros, asoló esta región que, desde entonces, no volvió a recuperarse. En la ciudad se alza el mausoleo del jeque Sa’id al-Makki, venerado por las gentes del lugar.
Llegamos a las montañas de Basáy (Kafiristan o Nuristan) donde está la zagüía del piadoso jeque Atá Awliyá’. Atá significa «padre» en turco y siendo awliyá’ una palabra árabe, significa, pues, «el padre de los amigos de Dios». A este jeque se le llamaba también Sisad Sálah. Sisad significa en persa «trescientos» y silab, «año». Aseguran que el jeque cuenta trescientos cincuenta años. Sienten por él gran respeto y vienen a visitarlo desde ciudades y pueblos. También le buscan sultanes y princesas. Nos recibió con todos los honores y nos ofreció su hospitalidad. Acampamos junto a un río próximo a la zagüía y fuimos a visitarle. Ir saludé y él me abrazó: nunca he visto una piel tan suave como la suya. Quien le contempla piensa que tiene cincuenta años. Me contó que cada siglo le salían el pelo y los dientes y que había visto a Abü Ruhm cuya tumba está en la ciudad de Multán, en el Sind. Le pedí que me refiriese alguna tradición piadosa y narró diversas historias. A pesar de todo, tengo serias dudas de él y de su veracidad. ¡Dios sabe la verdad!
Viajamos después hacia Barwan (en el valle del Panshir) y allí visité al emir Buruntayh que me favoreció y honró, escribiendo a sus subordinados de la ciudad de Gazna para que me tratasen con todos los honores. Ya antes hicimos mención de él y de su gran talle. Tenía junto a sí un grupo de jeques y faquires, gente de zagüías.
Nos dirigimos después hacia Yarj (la actual Charikar en la ruta de Kabul), una gran villa con numerosos huertos que dan magníficos frutos. Llegamos allí en la época estival y encontramos una comunidad de faquires y estudiosos del Corán.Allí cumplimos la pregaria del viernes. Su emir, M. al-Yarji, con el que volví a encontarme en la India, nos agasajó.
Desde allí viajamos a la ciudad de Gazna, patria del afamado sultán Mahmüd b. Sabuktakin, combatiente de la fe, y uno de los más grandes sultanes, apodado Yamin ad-Dawla. Llevó muchas batallas contra la India donde conquistó ciudades y fortalezas. Su tumba se halla en esta ciudad y sobre ella se alza una zagüia. La mayor parte de la población fue arrasada, apenas queda nada Sus habitantes la abandonan durante el invierno, a causa del intenso frío, y se trasladan a Kandahar, una vasta y próspera ciudad, a tres jornadas de Gazna, a la que no llegué. Nos hospedamos extramuros de Gazna, en una aldea cercana a un río cuyas aguas corren bajo su alcazaba El emir, Mardak Agá, nos honró espléndidamente. Mardak significa «pequeño» y aga, «el de ilustre origen».
Salimos hacia Kabul, antaño urbe magnífica y en la actualidad aldea habitada por una nación de bárbaros, llamados afganos, señores de montes y quebradas. Gentes aguerridas y. en su mayoría, bandoleros. Su montaña más importante se llama Küh Sulaymán. Cuentan que el profeta Salomón escaló este monte contemplando desde la cima las tierras de la India que estaban en tinieblas. Regresó sin entrar en ella y la montaña recibió su nombre. Allí vive el rey de los afganos. En Kabul está la zagüía del jeque lsmá’il al-Afgáni, discípulo del santísimo jeque ‘Abbás.
De allí nos dirigimos a Karmás (ciudad al este de Gardez), castillo entre dos montañas, desde donde suelen atacar los afganos. A nuestro paso les presentamos combate: lanzamos nuestros dardos sobre ellos, que estaban en la falda del monte, y huyeron. Nuestros acompañantes tenían poca impedimenta, pero sí unos cuatro mil caballos. Al llevar camellos, quedé rezagado de la caravana y conmigo un grupo de hombres, entre ellos algunos afganos. Tiramos parte de las provisiones y dejamos en el camino la carga de los camellos fatigados. Nuestra caballería regresó al día siguiente y recogió todo. Alcanzamos a la caravana después de la última oración de la tarde y pernoctamos en el lugar de Sas Nagár, la última y más retirada población del país de los turcos. Desde allí entramos en el gran desierto, de quince jornadas de marcha, accesible sólo en ¡a estación posterior a las lluvias del Sind y la India, es decir, a primeros del mes de julio. En este desierto sopla el mortífero simún, que pudre los cuerpos de modo que si alguien muere se le separan los miembros del tronco. Ya indicamos que este viento corre también en el desierto, entre Ormuz y Siráz. En la gran caravana que iba por delante nuestro —y en la cual viajaba Judáwand Zádah, cadi de Termez, murieron muchos camellos y caballos, pero la nuestra llegó a salvo gracias a Dios el Altísimo a Bany Ab [Punyab], el río del Sind, cuyo nombre significa «cinco ríos». Ríos que confluyen en el brazo principal y riegan estas comarcas de las cuales hablaremos, si Dios quiere. Llegamos junto a este río a fines de Du 1-Htyya y esa misma noche apareció la luna nueva de Muharram del año 734 [12 de setiembre de 1333]. Desde allí los mensajeros escribieron a su rey de todo lo referente a nosotros.
Aquí acaba el relato de este viaje. ¡Alabemos a Dios, Señor de los mundos!