Mario
Esteban Rodriguez
Miembro de la escuela de estudios orientales y africanos de la universidad
de londres. autor de la orientalización de las minorías nacionales en china'
('revista española del pacífico', 2000)
Nacionalismo político
y nacionalismo cultural entre las minorías étnicas
EN LA ACTUALIDAD LA POBLACIÓN DE China está oficialmente
dividida en 56 grupos étnicos (minzu), entre los que pueden distinguirse
a su Vez dos grandes bloques, uno compuesto por la mayoría han,
lo que nosotros denominamos propiamente chinos, y otro por las restantes
55 minorías étnicas (shaoshu minzu). Según el último
censo de ámbito nacional realizado en China, en 1990 los han comprendían
en torno al 92 por ciento de la población, con más de mil
millones de habitantes, mientras que las minorías étnicas
constituían el 8 por ciento, con algo más de 90 millones
de miembros. Sin embargo, el relativamente escaso peso demográfico
de las minorías contrasta con su gran importancia estratégica
para el Partido Comunista de China (PCCh). Las áreas habitadas
por las minorías constituyen el 64 por ciento del territorio de
la República Popular de China (RPCh) y aún un mayor porcentaje
de su espacio fronterizo. Asimismo, estas regiones poseen preciados recursos
naturales para el desarrollo de la economía china. El Tíbet,
por ejemplo, es una zona rica en madera, mientras que Xinjiang lo es en
petróleo y gas natural, además de ser la principal productora
de algodón del país. Esto explica que el tema de las minorías
tenga un carácter prioritario para el PCCh, pues una posible revuelta
en alguna de las áreas habitadas por estos grupos, en especial
factible en el Tibet y Xinjiang, supondría una amenaza directa
para las dos principales fuentes de legitimación del partido: el
mantenimiento de un alto ritmo de crecimiento económico y de la
soberanía de la república.
Sin embargo, el nacionalismo étnico de estos grupos no suele representar
una seria amenaza para la integridad de la RPCh y el Gobierno del PCCh.
Esto se debe, por un lado, a que las minorías étnicas chinas,
con la excepción de tibetanos, uighures, y en mucha menor medida
mongoles, no manifiestan un nacionalismo de carácter político,
sí-no cultural. Mientras que el nacionalismo político tiene
como objetivo fundamental la creación de un Estado para los miembros
de una determinada nación, el nacionalismo cultural se limita a
reforzar la identidad cultural de un pueblo, sin buscar una expresión
política para el mismo. Por otro lado, ninguno de estos movimientos
nacionalistas de carácter político goza en la actualidad
de la fuerza necesaria para imponer sus demandas.
Ala hora de explicar por qué unos grupos han desarrollado un nacionalismo
político y otros cultural, hay que tener en cuenta dos factores:
sus experiencias anteriores como estados independientes y su actitud hacia
el proyecto modernizador del PCCh. Las tres únicas minorías
étnicas de la RPCh que cuentan con movimientos de carácter
separatista, mongoles, tibetanos y uighures, son aquellas que han tenido
en el siglo XX estados independientes del Gobierno chino. Asimismo, tienden
a mostrar una actitud mucho más negativa hacia la política
desarrollista del partido comunista que los grupos que sólo han
desarrollado un nacionalismo de carácter cultural.
PERO NO SÓLO RESULTA
PERTINENTE destacar las diferentes manifestaciones del nacionalismo
de las minorías, sino también las diferentes reacciones
que éstas provocan en las autoridades chinas. A la vez que el Gobierno
chino reprime con dureza todo movimiento que abogue por la autodeterminación
de cualquiera de los territorios de la RPCh, independientemente de que
dicho movimiento tenga carácter violento o no, su actitud hacia
el nacionalismo cultural de las minorías es mucho más positiva.
En este sentido, resulta incorrecto calificar de asimilacionista la política
que el Gobierno chino ha venido siguiendo desde finales de los años
70 hacia las minorías. Durante estos años, el PCCh ha actuado
en numerosas ocasiones como promotor de las identidades de las minorías
étnicas, recuperando sus costumbres y reforzando su estatus dentro
de la RPCh. Por tanto, nos encontramos con un Gobierno que respeta y promueve
la diversidad cultural de sus diferentes grupos étnicos, al mismo
tiempo que reprime sin contemplaciones cualquier movimiento nacionalista
que se oponga al status quo.
El nacionalismo político
A continuación voy a analizar la situación del Tíbet
y Xinjiang. Dejo de lado el caso mongol debido a que la mayoría
de la población mongola sólo participa de un nacionalismo
cultural, ya que está más interesada en aprovechar las nuevas
oportunidades económicas que brinda la liberalización de
la economía china que en la independencia de Mongolia Interior.
Esto se refleja en una menor actividad de las organizaciones separatistas
mongolas, el Comité de Autogobierno de Mongolia Interior y el Frente
de Liberación de los Mongoles Asiáticos.
Para contextualizar el nacionalismo tibetano y del Xinjiang hay que tener
en cuenta que ambas regiones estuvieron de forma intermitente bajo control
de la China imperial, con una situación bastante inestable hasta
la proclamación de la República Popular de China. Cuando
las tropas comunistas entraron en el Tíbet en 1951, esta región
llevaba casi un siglo gobernándose de forma autónoma, pero
su independencia de facto no era reconocida de iure por la comunidad internacional.
Durante ese mismo período, en Xinjiang se produjeron considerables
revueltas contra los sucesivos poderes chinos que controlaban la región
-la dinastía Qing, diferentes señores de la guerra y la
República de China-, llegando a proclamarse la República
del Turkestán Oriental en tres ocasiones, 1867-77, 1933-34 y 1944.
Antes de llegar al poder, el PCCh simpatizó con estos movimientos
nacionalistas, reconociendo incluso el derecho de las minorías
a la autodeterminación en la Constitución de 1931. El objetivo
de esta política era ganar el respaldo de las minorías en
la guerra civil que el PCCh estaba manteniendo contra el Partido Nacionalista
Chino (Kuomintang). Sin embargo, tras la fundación de la RPCh (1
de octubre de 1949) el PCCh comenzó a condenarlos sin paliativos
como "atentados contra la integridad territorial de la patria".
Como resultado, comenzaron a producirse en estas regiones revueltas contra
el gobierno del PCCh. La más destacada fue la acaecida en el Tíbet
en 1959, que acabó con más de 80.000 tibetanos muertos a
manos del ejército chino y con la huida del dalai lama a la India,
desde donde encabeza un gobierno en el exilio.
Pero pasemos a ver con más detalle cómo es la situación
actual en ambos territorios. Tras una fase de relativa inactividad durante
los años 70 y la mayor parte de los 80, el nacionalismo étnico
se revitaliza en los últimos quince años, especialmente
tras la caída de la URSS. Desde finales de la década de
los 80, los tibetanos se han rebelado en distintas ocasiones contra el
Gobierno chino, siendo el período más conflictivo el comprendido
entre el otoño de l987 y marzo de 1989, cuando se sucedieron 21
revueltas de distinta magnitud. A inicios de los 90, se produjo otra nueva
ola de protestas, aunque de menor magnitud que la anterior. A pesar de
ello, estos disturbios inquietaron especialmente al PCCh ya que supusieron
la extensión de este tipo de actividades por las zonas rurales
y entre la población laica, mientras que con anterioridad solían
ser fenómenos urbanos protagonizados por el clero tibetano. Por
ejemplo, en 1991, docenas de campesinos tibetanos protestaron ante la
sede del gobierno provincial en Xining, con pancartas en tibetano donde
podía leerse: "Devolvednos nuestra tierra"; y en 1993
un grupo de campesinos interrumpió una sesión de educación
política con una bandera tibetana y lanzando proclamas independentistas.
Para evitar la extensión de este tipo de disturbios, las autoridades
de la Región Autónoma del Tíbet publicaron en septiembre
de 1994 un nuevo código de seguridad ciudadana, identificando a
los participantes en actividades "separatistas" como el primer
blanco de la represión gubernamental.
Además, desde noviembre del mismo año, comenzaron a aplicar
mayores restricciones sobre las actividades religiosas en la zona. De
igual forma, desde abril del año pasado, el Gobierno chino ha endurecido
el control sobre las actividades religiosas en Xinjiang, cerrando mezquitas
y forzando a varios imanes a seguir cursos de adoctrinamiento político.
El papel fundamental del budismo en el nacionalismo tibetano, y el islamismo
en el uighur, se explica porque en ambas regiones los templos son virtualmente
los únicos elementos de sociedad civil, es decir, las únicas
organizaciones que operan con cierta autonomía y, por tanto, que
permiten articular sus recursos para oponerse a éste.
OTRA SIMILITUD ENTRE el
nacionalismo tibetano y el uighur es su cautela hacia el proceso de industrialización
y desarrollo económico que están experimentando sus regiones.
En ambos casos se quejan de que dicho proceso de modernización
conlleva la llegada masiva de inmigrantes han, hasta el punto de que tibetanos
y uighures son hoy en día minoría dentro de sus territorios
tradicionales. En lo que era el Tíbet antes de 1951, a inicios
de los 90 vivían 7,5 millones de han por 6,5 millones de tibetanos.
En Xinjiang, los uighures constituían el 76 por ciento de la población
en 1950, mientras que en 1997 sólo llegaban al 46 por ciento. Otra
de sus críticas, es que este proceso de desarrollo económico
está reduciendo severamente los recursos naturales de estas áreas
sin que ello repercuta en una clara mejora de sus condiciones de vida,
pues son los han quienes controlan la economía de ambas regiones.
En el Tíbet, su dominio es tal que hasta la venta de pañuelos
ceremoniales budistas en el principal templo de la región es monopolizada
por los han. En Xinjiang, de los 2,4 millones de empleados que tiene la
principal empresa pública de la región, el 97 por ciento
son han.
A pesar de las numerosas semejanzas que hay entre el nacionalismo tibetano
y el uighur, también presentan importantes diferencias, entre las
que destaca su distinta disposición para recurrir a la violencia
a la hora de defender sus ideales. La inmensa mayoría de las actividades
de protesta desarrolladas por el nacionalismo tibetano ha sido de carácter
pacífico. De ahí que casi todos los arrestados en el Tíbet
por participar en manifestaciones, protestas y actividades "contrarevolucionarias"
o "separatistas" no hayan cometido ningún delito de sangre.
Según Amnistía Internacional en 1994 había más
de 600 presos políticos tibetanos en esta situación. Esto
contrasta con el modus operandi del nacionalismo uighur, que recurre con
frecuencia a métodos terroristas como el uso de coches bomba, que
se ha convertido en una práctica cotidiana en las dos principales
ciudades de Xinjiang, Urumqi y Kashgar. Estas prácticas terroristas
suelen ir dirigidas contra miembros del Gobierno y líderes religiosos
leales a Pekín. Asimismo, las manifestaciones multitudinarias que
se han celebrado en contra del Gobierno chino han sido de carácter
violento y han acabado en tragedia. La primera en 1990 cerca de Kashgar,
con al menos 22 muertos y cientos de detenidos. La segunda en 1997 en
la ciudad Yining con un balance de nueve muertos.
El diferente nivel de virulencia entre el nacionalismo tibetano y el uighur
también queda reflejado en el distinto nivel de dureza que el Gobierno
chino aplica para combatir ambos movimientos. En este sentido, Xinjiang
es la única región china donde las ejecuciones de presos
políticos y la tortura son rutina. Por ejemplo, entre 1997 y 1999,
al menos 210 uighures fueron sentenciados a muerte en Xinjiang acusados
de actividades independentistas. Un informe de Amnistía Internacional
señala que, aprovechando la coyuntura creada por los acontecimientos
del 11 de septiembre, en torno a 3.000 uighures fueron detenidos por el
Gobierno chino, de los cuales un número indeterminado han sido
ejecutados tras juicios sumarios.
Finalmente, y al margen de la opinión que pueda tenerse sobre la
independencia del Tíbet y Xinjiang, sería deseable que la
situación actual de conflicto no hipotecase el desarrollo de estas
regiones y que se buscase un marco de entendimiento entre estos grupos
y el Gobierno chino.
El nacionalismo cultural
El resto de las minorías también ha experimentado un auge
de sus identidades étnicas desde inicios de los años 80,
aunque esto no haya dado lugar a movimientos de carácter independentista.
Este reforzamiento se ha debido en gran medida a una política de
mayor tolerancia cultural por parte del Gobierno chino, que contrasta
con la situación anterior de represión.
Durante la Revolución Cultural (1966-76), el PCCh consideraba la
cultura de las minorías como un vestigio feudal que debía
ser reemplazado por la identidad de clase. Los ritos y costumbres de las
minorías fueron prohibidos, acusados de ser mera "superstición",
y la opresión que sufrieron estos grupos fue tal, que muchos de
sus miembros intentaban ocultar su origen étnico. Este fenómeno
no era nuevo en absoluto, ya que el orden confuciano, vigente durante
la China imperial y el período republicano, también despreciaba
las culturas de estos pueblos, vistos como "bárbaros"
e "incivilizados". Esto llevaba a los grupos étnicos
con un mayor contacto con los han a intentar hacerse pasar por éstos,
evitando hablar su propia lengua y celebrar sus ritos tradicionales, y
así evitar ser humillados. En palabras de un anciano bai: "En
los viejos tiempos [antes de 1949] no nos atrevíamos a hablar en
bai cuando íbamos a la ciudad. Temíamos que nos pudiesen
llamar salvajes si alguien nos oía hablar nuestra lengua."
Hasta tal extremo llegaba esta situación que grupos como los bai,
los hui, o los zhuang, se oponían a que el partido comunista los
clasificase a mediados de los 50 como minorías étnicas y
reclamaban su incorporación dentro de la etnia han.
Sin embargo, esta situación ha cambiado completamente. En la actualidad,
las minorías étnicas chinas manifiestan con orgullo su condición
y sus peculiaridades nacionales con respecto a los han, llegando a considerar
ofensivo el que se las confunda con ellos. El cambio ha sido tan manifiesto
que algunos han incluso han intentado inscribir a sus hijos como miembros
de una minoría y casarse con miembros de estos grupos. Todo ello
se debe a una transformación radical del tratamiento que brinda
el Gobierno a las minorías, que han pasado de ser marginados a
contar con un nutrido número de políticas preferenciales
(youdai), que les incentivan a mantener su identidad étnica.
Entre los distintos privilegios de los que gozan actualmente las minorías
étnicas, podemos destacar una política de planificación
familiar más laxa (están exentos de la política del
hijo único y de la edad mínima para el matrimonio), ventajas
educativas (cuotas exclusivas de entrada en la universidad y puntos adicionales
a sumar sobre su nota en los exámenes de acceso, tasas más
bajas e instituciones educativas y programas restringidos a las minorías),
ventajas laborales (se favorece la contratación), ventajas fiscales
(préstamos y ayudas económicas y exención del pago
de ciertos impuestos)y ventajas políticas (diferentes cuotas para
sus representantes).
Como mencioné con anterioridad, las minorías que sólo
presentan un nacionalismo cultural tienen una actitud más positiva
hacia el actual proceso de desarrollo económico de China que aquellas
que han desarrollado un nacionalismo político. Sin embargo, la
integración en dicho proceso de modernización no equivale
a un rechazo de su identidad étnica, aunque en algunos casos si
implique el abandono de algunas de sus formas de vida tradicionales como
el nomadismo.
Es más, la integración de estos grupos en la economía
nacional e internacional también presenta oportunidades para el
desarrollo de su cultura y su identidad étnicas. En este sentido
resulta paradigmático el papel del turismo étnico, que se
ha desarrollado en China desde finales de los 80, dando a las minorías
la oportunidad de promover sus diferencias culturales como medio de vida
en el seno de una economía moderna. En Mongolia Interior, por ejemplo,
se promueve la cultura nómada como símbolo de la región.
O en Yunnan y Guizhou, donde las minorías han recuperado numerosos
rituales y formas de artesanía. En este sentido, hay que destacar
que el uso de la cultura tradicional de estos grupos como fuente de prosperidad
no sólo ha servido para aumentar su nivel de vida, sino también
para incrementar su identificación étnica, pues dicha cultura
ya no es vista como un símbolo de retraso, sino como motivo de
orgullo.
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