Exámenes
Los mandarines se reclutaban mediante un complicado sistema de concursos literarios que, según su nivel, eran anuales o trienales y que se organizaban a escala local, provincial o central. Los grados inferiores eran los de "bachiller" y "licenciado"; se podía llegar a ser "doctor", o incluso miembro de la Academia Hanlin, cumbre de la jerarquía literaria. Todos estos títulos permitían acceder a diversos grados de la jerarquía de mandarines y de la función pública, pero ello no significaba, ni mucho menos, que todos los letrados llegaran a ser funcionarios; muchos de ellos habrían de pasar toda su vida en el campo, dedicados a la literatura, llevando la vida influyente y semioçiosa de las personas notables. Se calcula que hacia 1840 había aproximadamente un millón de letrados en posesion de un grado, o sea, veinticinco veces más que el número de funcionarios.
Los exámenes versaban únicamente sobre cuestiones literarias (historia, filología, moral) y no suponían iniciación alguna al ejercicio de las responsabilidades administrativas, lo cual está totalmente de acuerdo con la idea confuciana de la función pública; las pruebas eran muy formalistas, en especial la célebre "disertación en ocho partes" que en el siglo XX constituirá para los jóvenes intelectuales modernistas el símbolo por excelencia de una cultura escolástica y disecada. Pero los grados confucianos (y, en consecuencia, el acceso a las funciones públicas) podían también comprarse, mediante cupos especiales que se adjudicaban cada año y de los que los negociantes obtenían notables beneficios. De este modo, el dinamismo social del mundo de los negocios quedaba absorbido, o más bien reabsorbido, en el interior mismo del sistema establecido, mediante el juego convencional de una promoción social fundada en los grados literarios.
En teoría, los exámenes estaban abiertos a todos. Abundan los casos de campesinos de origen sencillo que llegaron a alcanzar la cima de los honores. Pero no hay que exagerar la movilidad social de la China clásica. Los estudios eran largos y sólo en contadas ocasiones una familia aldeana podía prescindir de los servicios de uno de sus miembros o mantenerlo durante tantos años, aunque fuera con la esperanza de beneficiarse luego de su situación. Por otra parte, los hijos de familias cultas disfrutaban de muchas relaciones y era frecuente que se valieran de ellas, por ejemplo, para salir airosos de los exámenes, si es que no caían directamente en el fraude puro y simple de recurrir al dinero; todas estas prácticas se citan con fina ironía en "La selva de los letrados", una de las grandes novelas chinas del siglo XVIII. La igualdad de oportunidades ante los exámenes era, pues, relativamente ilusoria; la clase dirigente perpetuaba su poder mediante los mismos, atrayéndose a los elementos más dotados de los otros estratos sociales.
Los "letrados-funcionarios" (shenshi), a los que a veces se acostumbra llamar gentry, a pesar de las inexactitudes de esta referencia a la Inglaterra del siglo XVIII, constituían la clase dirigente en el sentido pleno de la palabra: detentaban a la vez el poder, el saber y la tierra. Indudablemente, la adecuación entre estos tres términos no es absoluta. Es muy posible que algunas personas cultas no superaran los exámenes confucianos, o bien que se negaran a presentarse a ellos por espíritu de independencia. De hecho, tan sólo un número relativamente reducido de letrados desempeñaba funciones directamente políticas. Por último, hay que tener en cuenta también que las relaciones entre la riqueza territorial y la pertenencia a la gen ti-y son muy complejas. La posesión de tierras, fuente principal de poder económico en la antigua China, solía acompañar, generalmente, a la posesión de títulos confucianos y al ejercicio de funciones mandannales, aunque existían también propietarios de tierras que no poseían grados o letrados muy pobres. Como se verá más adelante, la pertenencia a la gentry proporcionaba múltiples ocasiones de enriquecimiento, siendo la compra de tierras una de tantas; es decir, el status social de un individuo es tanto la causa como el resultado de la potencia económica en cuanto a posesión de tierras se refiere; lo cual viene, a confirmar el hecho de que, normalmente, las tierras se reparten entre los diversos hijos, con lo que se elimina la posibilidad de que se formen grandes fortunas territoriales de carácter permanente.
Pero los diversos hijos de cualquier persona rica importante del país tienen todas las probabilidades de convertirse en letrados o mandarines, reconstituyendo así una fortuna territorial tan Importante como la de su propio padre. Esta situación original de la clase dirigente es sin duda el resultado de una tradición "asiática" muy antigua, notable por el predominio del "poder de función", mientras que en el feudalismo occidental el poder político era el reflejo y no la base del poder económico. Pero lo esencial es que la clase de letrados-funcionarios se define muy bien por su triple posición dirigente: política, económica e ideológica.
Los miembros de la gentry gozaban de toda una serie de privilegios legales inherentes a su status. Disfrutaban de ciertas garantías concretas ante los tribunales, y las penas que se les podía aplicar eran mucho más leves; tenían derecho a títulos honorarios y se les admitía en las ceremonias oficiales a las que la gente del pueblo no podía asistir. Estaban exentos de cualquier trabajo obligatorio, ya que el trabajo manual era indigno de sus conocimientos. A estos privilegios oficiales se añade toda una serie de ventajas consuetudinarias que colocaban a los letrados en una situación muy influyente; gozaban de aplazamientos y otros favores para el pago de sus impuestos; tenían derecho a dirigirse directamente al mandarín local, lo cual suponía el poder valerse de dicha facultad y obtener un trato de favor para un litigante, un contribuyente o un delincuente. Poseían también el enorme privilegio de saber leer y escribir, de tener acceso a la cultura escrita, y el prestigio que todo ello confería era mucho mayor en el caso de una escritura ideográfica (el chino clásico se compone de varias decenas de millares de ideogramas) que en el caso de una escritura alfabética.
Se ha indicado ya que estos letrados desempeñaban gratuitamente toda una serie de funciones de interés social: vigilaban de cerca las obras públicas y especialmente las labores de irrigación, participaban en la redacción de enciclopedias locales, organizaban escuelas y podían ejercer en las mismas, daban vida a las academtas locales, fundaban y dotaban hospitales, orfelinatos y otros establecimientos benéficos, y desempeñaban el papel de árbitros oficiosos cuando las partes querían evitar recurrir al tribunal, proceso largo y costoso. Pero estas actividades reflejan, sobre todo, su solidaridad con el orden establecido y su interés en impedir la posible aparición de una crisis. Por ello, su colaboración con los mandarines era tan activa cuando se trataba de adoctrinar a los campesinos mediante conferencias oficiales, como cuando había que ayudara los recaudadores de impuestos u organizar milicias en caso de disturbios. El mandarin del distrito, que, según la regla, era originario de otra provincia, no podía mantener el orden y la autoridad y asegurar el funcionamiento de la maquinaria estatal si no disponía de las opiniones e informaciones facilitadas por los notables locales. Incluso cuando éstos presentaban quejas con motivo de ciertos abusos, este gesto procede de la solidaridad fundamental que unía a los miembros de la clase dirigente.