L'exili literari: Gao Xingjian (Manel Ollé)

Con sorpresa y con un punto de escepticismo se recibió en muchos círculos literarios la noticia de la adjudicación del premio Nobel de literatura del año 2000 a un prácticamente desconocido escritor chino exiliado, nacionalizado francés, llamado Gao Xingjian. La pregunta del millón sigue siendo: ¿realmente es tan bueno como decían los académicos suecos, o se trató meramente de una jugada política que intentaba explotar su condición de disidente chino? Para cualquiera que lo haya leído la respuesta no ofrece dudas: Gao Xingjian es, antes que exiliado o disidente, un escritor completo –narrador, dramaturgo, novelista, ensayista- con un mundo fascinante que conecta con el paisaje mítico de la China profunda y con las fuentes de la sabiduría tradicional y taoísta, pero que al mismo tiempo se sirve de las técnicas expresivas más innovadoras y se muestra capaz de apelar al lector contemporáneo con independencia de su ubicación geográfica. Gao Xingjian sitúa en el centro de su literatura un problema crucial: la incorporación a los discursos de la modernidad de una tradición literaria como la china, aislada y desconocida en el exterior. No en vano su teatro ha sido calificado como una indagación zen del absurdo.

Evidentemente en todo premio literario siempre hay algo de juego de azar y de juego de intereses. Puestos a otorgar el Nobel a un escritor chino, lo podrían haber hecho con idéntica razón a autores de calidad similar, exiliados –Ma Jian, Bei Dao, Yang Lian o Duo Duo- o del interior – Jia Pingwa, Yu Hua, Wang Shuo, Can Xue, Lu Wenfu, Wang Meng o Ah Cheng. En cualquier caso, el premio no hace sino llamar la atención sobre un autor de interés intrínseco y sobre una literatura que en las dos últimas décadas ha producido obras de mucha calidad y aspiración a la universalidad, que merecen figurar en los catálogos de cualquier editorial europea que tenga la voluntad de captar las corrientes innovadoras de la literatura universal. A pesar de que las motivaciones de la concesión del premio Nobel a Gao Xingjian no se justifican como apuntábamos por razones estrictamente políticas, sí que son políticas algunas de sus repercusiones, especialmente en el interior de China. La reacción airada las autoridades y los medios de comunicación oficiales chinos ante la noticia de la concesión así lo ponía de manifiesto. Más irónico se mostró el entonces presidente del gobierno Zhu Rongji, que peguntado en Japón sobre la noticia dijo estar muy contento de que hubiese ganada el premio Nobel un escritor franc´s que escribe en chino. Evidentemente, un premio como éste contribuye a deslegitimar un régimen autoritario que, además de exiliados políticos, tiene exiliados literarios, en el interior y en el exterior.

Gao Xingjian (1940), descubrió a los diecisiete años el mito de París en una revista checoslovaca escrita en lengua china. Allí pudo leer una biografía del escritor ruso Ilia Ehrenburg Evocaba su vida en París y la bohemia de los artistas surrealistas en los cafés parisinos de los años veinte. El escritor y periodista ruso contaba que había visto a una mujer entrar en un café, dejar a su bebé en la barra y marcharse diciendo que tenía que hacer un recado. No regresó jamás. Y la patrona reclamó a todos los clientes un suplemento en la propina para ayudar a criar al niño. Esta anécdota le trastornó: él quería vivir así, y decidió entonces aprender francés. Licenciado el año 1962 en la Facultad de Lenguas extranjeras, inició una carrera literaria que quedó interrumpida durante la Revolución Cultural (1966-1976). Como tantos otros escritores, pasó una temporada reeducándose en el campo. Se vio entonces obligado a quemar una maleta que contenía los treinta quilos de manuscritos que hasta ese momento llevaba escritos. Siguió escribiendo a escondidas pero tampoco pudo conservar la mayoría de los papeles de aquella época: a medida que los acababa, los iba enterrando envueltos en bolsas de plástico.

A finales de los años setenta, con el inicio de la apertura y la reforma impulsadas por Deng Xiaoping, le volvieron a llamar a Pekín para hacer de traductor e intérprete. Los nuevos aires permitieron la reanudación en la traducción de autores extranjeros. Los lectores chinos más inquietos descubrieron de golpe toda la tradición de la modernidad del siglo XX. El impacto fue inmenso. Gao Xingjian tradujo entre otros a Prévert y a Ionesco. En 1981 publicó un ensayo sobre les nuevas técnicas narrativas de la modernidad que no era cosa sino un ataque frontal a las tesis oficiales del realismo socialista . La polémica fue agria y acabó con la campaña contra la “polución espiritual” del año 1983. Su pieza teatral Chezhan ( La parada de autobuses ), tuvo el honor de ser considerada por los censores del régimen la obra más perniciosa publicada en China. Viendo que su posibilidades de desarrollar una carrera como autor teatral en China eran escasas, el año 1988 Gao Xingjian se marchó a trabajar a París. Después de la matanza de estudiantes de la plaza de Tiananmen del 4 de mayo de 1989, decidió nacionalizarse francés. Con la pieza teatral Taowang (La huida) basada en los hechos de Tiananmen sellaba la ruptura con el régimen chino. Años más tarde publicó dos novelas y contra todo pronóstico obtuvo el premio Nobel de literatura el año 2000.

Como los viejos letrados de tiempos antiguos, Gao Xinjian aparte de dominar el arte de la escritura es diestro en las artes de la pintura y la caligrafía. En realidad, su medio de subsistencia no sido nunca la literatura, sino la pintura y si acaso el teatro. Con una personal deriva abstracta y expresionista de la antigua tradición china del paisajismo a la aguada, se ha ganado un nombre en el mundo de la pintura contemporánea. Gao Xingjian nunca ha ejercido de “disidente profesional”. Vive en el décimo octavo piso de un edificio de las afueras de París. Desde allí contempla, como un anónimo eremita suburbial, el sol sobre los tejados de París y la torre Eiffel, dedicado al arte del pincel y de la palabra, eso cuando no está de gira de promoción o montando alguna de sus obras teatrales por algún escenario del mundo.

La obra narrativa de Gao Xingjian alcanza su plena madurez ya en su primera novela, Lingshan , La Montaña del alma , un libro absorbente de más de seiscientas páginas, que toma el título de un lugar mítico atestado en fuentes escritas chinas con miles de años. Esta Montaña del alma se presenta como un objetivo hacía el cual emprende el protagonista y de su mano el lector un viaje iniciatico en busca de la belleza y del conocimiento absoluto; un viaje hacia el propio yo realizado a partir de materiales del paisaje ancestral de la vieja sabiduría china y a partir de materiales autobiográficos. El año 1985 Gao Xinjiang emprendió un largo viaje de más de diez meses y más de mil quinientos quilómetros resiguiendo el curso del rio Yangzi, desde las provincias interiores donde se conserva más viva la vieja tradición hasta la desembocadura cercana a Shanghai. De la experiencia de este largo viaje surgió su novela Lingshan ( La montaña del alma ). La prohibición de publicar y representar sus obras teatrales y el diagnóstico –que finalmente resultó erróneo- de un cáncer de pulmón, influyó en su decisión de alejarse de la capital.

La montaña del alma traza también un viaje a las raíces culturales escamoteadas por el nacionalismo agresivo, uniformizador e ideológico del régimen chino. En la novela se sigue un itinerario que remonta el río Yangzi. Se suceden los encuentros y ensoñaciones amorosas, la aparición de ermitaños, maestros taoístas y monjes budistas, la recopilación de motivos y canciones populares y los relatos de raptos, bandidajes, destrucciones ambientales o suicidios. Gao Xingjian adopta técnicas innovadoras, en una polifonía de voces que nunca derivan al nosotros –aquel nosotros machaconamente utilizado por la propaganda oficial. Se trata de una novela con elementos de dietario de historia de amor y de fábula.

La novela nos sitúa en un ámbito fronterizo, donde habitan las minorías étnicas de los qiang , los yi y los miao , donde se suceden los diálogos, los encuentros y las ensoñaciones amorosas, la aparición de ermitaños, maestros taoistas, ritos chamánicos y monjes budistas, la recopilación de motivos y canciones populares y el relato de raptos, sortilegios y bandidajes. Gao Xingjian adopta técnicas innovadoras, en una polifonía de voces y de registros que nunca derivan hacia el nosotros: aquel nosotros incesantemente utilizado por la propaganda oficial. Se trata de una novela con elementos de dietario, de libro de viajes, de ensayo, de complilación mitográfica, de historia de amor y de fábula, donde el esfuerzo del individuo por escapar a la determinación del colectivo es el motivo recurrente. La obra de Gao Xingjian afronta con extrema lucidez uno de los debates fundamentales de la literatura China del siglo XX: la búsqueda de un difícil equilibrio entre la influencia occidental y la conexión con la propia tradición.

Ya enteramente concebida y escrita fuera de China, la segunda novela de Gao Xingjian, El libro de un hombre solo ( Yi ge ren de shenjing ), abandona los territorios brumosos de la China profunda para afrontar su peripecia vital en la China de Mao y centrarse en el periodo convulso de la Revolución Cultural. La evocación de Gao Xingjian destaca por su veracidad y penetración en medio de las numerosas recreaciones memorialisticas y de ficción que ha merecido el periodo.

Buena parte del libro se situa en un kafkiano laberinto de pasillos y despachos nominado en la novela simplemente como la Institución. Gao Xingjian retrata en secuencias discontínuas la imposibilidad de la privacidad, el peligro intenso del sexo practicado en parques nocturnos o habitaciones esquivas: en aquel clima adverso surge una escritura íntima y efímera, destinada a ser ritualmente quemada o enterrada. Sin embargo Gao Xingjian no se limita a denunciar o a mostrar la dureza y la miseria del momento; tiene el valor de presentarse a si mismo como víctima de la historia y objeto de persecuciones, pero también como actor y protagonista con algo de responsabilidad en la locura colectiva: se muestra a si mismo con el brazalete rojo, conspirando, colgando dazibao –diarios murales de denuncia y combate político-, interrogando a viejos camaradas, dirigiendo sesiones públicas de denuncia a dirigentes sospechosos. Hay en todo ello un extraño y bello halo de tristeza.

Gao Xingjian convierte su incursión en la Revolución cultural en algo más que una metáfora universal del totalitarismo y la manipulación política, traza el punto de partida de un proceso de individuación: solo se identifica con el que huye, el que escapa y el que se dignifica en algún gesto de ternura y de comprensión en medio de la barbarie. En la novela habla en tercera persona del joven que él fue: “como si fuese otro”. Se objetiva en la mirada impasible que recrea la pesadilla sin afán de juzgar ni de recrearse en el odio ni el remordimiento: si acaso con la voluntad de liberarse de ellos y de transformarlos en arte.

El libro empieza justamente a las puertas del imperio, en la lujosa habitación acristalada de un hotel de un Hong Kong que está a punto de retornar a la soberanía china, en una habitación compartida casi sin interrupción durante varios días y varias noches con una joven amante occidental, judía alemana para más señas. Casi a regañadientes, y sientiéndose observado a través de los ventanales del hotel, el escritor exiliado empieza la evocación de un pasado en el que durante años intentó no pensar.

Las secuencias del pasado en tercera persona alternan con episodios situados en el presente del sexo, del viaje, del recuerdo y la escritura, a través de una introspectiva segunda persona. Tal como pasaba en La montaña del alma , Gao Xingjian situa la reflexión sobre la identidad personal y colectiva en el centro de su literatura. La refracción de tiempos y personas gramaticales le permite contemplarse a si mismo recordando, reflexionar sobre el sentido de la escritura, le permite introducir derivas ensayísticas en el avance del relato. La recurrencia al erotismo le permite acceder a los límites de la soledad y a la vulnerabilidad de la desnudez, cuando caen las máscaras y se muestra lo oculto. El que recuerda y escribe el libro aparece caracterizado por su desapego y su nomadismo vital, le seguimos de Hong Kong a Sidney, Nueva York, Estocolmo, Perpiñán, Figueras o Barcelona, de los brazos de una amante alemana a una francesa. De la misma manera que la novela evita el plural omnipresente en las campañas y consignas maoistas, es notable la ausencia del yo: tal como se apunta en el libro, lo que importa es el proceso de observación y de objetivación, la mirada contemplada, el instante vivido.