Tema 1 La caiguda de l'imperi i la revolució literària del 4 de maig de 1919

China entró en el siglo XX con un pulso cultural lánguido y osificado, incapaz de dar respuesta a las nuevas realidades y los nuevos desafíos. Muchas veces se ha dado, de forma cómoda y esquemática, la culpa de todos los males de la China contemporánea al confucianismo, cuando habría que matizar que, si acaso –entre otros muchos factores económicos, sociales, demográficos y geopolíticos en concurrencia-, cabría hablar de este tradicionalismo enquistado en un sistema imperial anacrónico como uno de los máximos responsables de que solo a base de traumáticas y profundas rupturas China haya ido actualizando su horizonte cultural, social, político....

Si se quiere ir en busca de la razón última de que a China los tiempos se le acelerasen sin remedio desde mediados del siglo XIX, no vale la pena perder el tiempo hurgando en las esencias de la cosmovisión ancestral china, ni en los clásicos confucianos o taoistas. Sin alejarnos demasiado del campo de las ideas, encontraremos razones más que suficientes en el apego a las instituciones políticas y culturales, en el rigorismo erudito y moral de la última dinastía, en los discursos ideológicos autistas y sinocéntricos y sobretodo en las prácticas corruptas en que se sustanciaban. La inoperancia del sistema fue incluso percibida por las propias autoridades imperiales manchues, que en 1905 abolieron el proceso de exámenes imperiales en los que se aseguraba la encardinación del canónico saber transmitido con el ejercicio efectivo del poder.

Hablamos de cultura y en China eso es en buena medida hablar de cultura escrita y más concretamene de literatura. Estamos ante una civilización que convirtió al letrado en el garante de la continuidad y de la reproducción del poder en el tiempo y el espacio. La élite gobernante se ha distinguido históricamente en China por su dominio de la palabra escrita, y especificamente por su control sobre un cánon de clásicos. En pocos sitios como en China la literatura ha sido tan importante durante tanto tiempo y para tanta gente. La tradición de los letrados se convirtió en el saber de los gobernantes. Los exámenes para acceder a un puesto de mandarín consistían en la glosa y el recitado de los clásicos y en la composición de poemas y ensayos morales. A lo largo de más de dos mil años, el conocimiento erudito de la tradición literaria y la destreza en el manejo del pincel se convirtieron en requisitos indispensables de la élite en el poder.

Evidentemente la lengua literaria de los letrados no solo estuvo al servicio de la burocracia y del poder. El grueso de la procelosa tradición literaria china estaba escrita en una suerte de latín para uso exclusivo de mandarines, el wenyan . A lo largo de más de dos milenios y medio, se generó en esta modalidad un variado repertorio sapiencial, poético, y más tardíamente teatral y narrativo, con algunas derivas heterodoxas, críticas, paródicas e incluso obscenas. No solo se producían tratados morales, recreaciones académicas, poesías tópicas y tradicionales. Son muy numerosas las páginas de la literatura clásica china libres de toda servidumbre instrumental, donde late un casi imperceptible aliento individual y singular, genuinamente literario, páginas orientadas al placer y el conocimiento a través del arte de la palabra.

La tradición literaria china reposaba sobre una cosmovisión y un protagonismo social muy singular. Se desarrollaba bajo una fuerte tutela institucional. Su papel en el sistema de reclutamiento de funcionarios le confería una relevancia inusitada y sin parangón, pero pagando el alto precio de ponerse bajo la férula canonizadora de los discursos de poder. Se ha dicho que China es el país de las infinitas antologías. Y es bien sabido que antologar significa tanto seleccionar como excluir, postular géneros, estéticas, temas, criterios de canonización. Sin ir más lejos, si uno se fía de la imagen canonizada que la literatura china tradicional daba de si misma podría llegar a pensar que aparte de la poetisa del siglo XII Li Qingzhao ??? , no ha habido casi ninguna otra mujer que haya cogido el pincel para expresarse. Evidentemente, al estar la mujer excluida del circuito burocrático, quedaba en principio fuera de la casta letrada, pero lo cierto es que durante los últimos siglos ha habido numerosas escritoras. Lentamente, en estos últimos años, van emergiendo a la superficie.

Las ediciones enciclopédicas de millares de obras del pasado que impulsó la última dinastía imperial, según como se miren son formidables empresas de retransmisión de la tradición, pero al mismo tiempo representan conzienzudas y metódicas operaciones de extirpación y censura de obras incómodas y desafectas. Centenares de obras se perdieron irremediablemente por el camino. Tal como decía Walter Benjamin: en todo documento de cultura hay tambien el reverso de un documento de barbarie.

La tradición literaria estaba marcada por las dos preocupaciones fundamentales del pensamiento chino: el arte de gobernar y el arte de gobernarse, es decir la política y la ética. Se trataba de una tradición que tendía al idilio y a la armonía antes que al conflicto o la tragedia, que tendía más a aludir y a cifrar la emoción que a mostrarla de forma evidente, que tendía más a la contemplación que a la acción, más a la conformación que al heroismo, que tendía más a mostrar al individuo incorporado a una totalidad que al individuo confrontado al mundo, que tendía más al misticismo extático que al misticismo purgativo...

Pero a principios del siglo XX todo aquello era letra muerta. La tradición literaria china era ya incapaz de cifrar el presente, no apelaba al lector contemporáneo ni a sus experiencias ni a sus tensiones o aspiraciones; era una tradición exhausta y polvorienta, era la coartada de los funcionarios y de los emperadores que vivían de espaldas al mundo y a sus retos. Era una tradición que pesaba como una pesada losa en la espalda de los jóvenes estudiantes y literatos chinos que vivieron el desmoronamiento del imperio.

Liang Qichao (1873-1929) fue uno de los pioneros del movimiento reformista. Tras el fracaso de los Cien días de Reforma de 1898 –breve episodio regeneracionista abortado desde el palacio imperial- marchó a Japón, desde donde mantuvo una relevante actividad literaria. En 1902 publicó el ensayo Sobre las relaciones entre el gobierno y el pueblo en el que rechazaba las formas tradicionales de ficción y abogaba por una nueva ficción crítica e ilustrada, capaz de moldear el espíritu dde la nación, y de contribuir de forma clave a la modernización y la reforma, como diagnosticaba que sucedía en occidente.

En cualquier caso, el chino clásico seguía todavía vigente en el ámbito cerrado de la casta letrada a principios del siglo XX. Con la caída del imperio en 1911, se abrió un rápido proceso de divorcio general con la cultura literaria tradicional. Se puede afirmar que la literatura moderna empieza en China con el movimiento de renovación literaria del 4 de mayo de 1919, simbolizado en las manifestaciones de los estudiantes universitarios de Pekín unidos bajo la famosa consigna de “abajo la barraca de Confucio.” ( dadao Kongjia ).

El desencadenante inmediato de estas protestas estudiantiles fue la reacción airada y nacionalista ante la nueva injerencia de Japón en terreno chino: la Conferencia de Paz de París de 1919, con la que se saldaba la Primera Guerra Mundial, aprobó la transferencia a Japón de los antiguos dominios alemanes en la provincia de Shangdong. Esta nueva humillación colonial venía a sumarse a la reiterada inoperancia del gobierno republicano, dominado por los señores de la guerra. Los estudiantes lideraron en 1919 un movimiento que tenía un desencadenante político pero, al margen de la toma de conciencia social y nacional, proyectó su máxima repercusión hacia el campo de la lengua y la literatura, como germen catalizador de todo cambio posterior.

El movimiento del 4 de mayo de 1919 actuó como punto de referencia y de no retorno en la ruptura con la tradición de los letrados. En el fondo, levantando la voz contra Confucio, los estudiantes e intelectuales chinos no hacian otra cosa que seguir el precepto tradicional del papel del intelectual confuciano: si no había otro remedio, era imperativo ético inexcusable el denunciar, guiar y ejercer de conciencia moral desde una posición de élite superior y despierta frente a la corrupción y frente a la contaminación exterior.

El principal caballo de batalla de los jóvenes renovadores era en aquel momento la reinvindicación del chino moderno ( baihua ), basado en el dialecto de Pekín, como referente oral y escrito, con un sistema gramatical desarrollado y apto para los diferentes registros de la sociedad del siglo XX y para la comunicación literaria y de masas, como vehículo de comunicación administrativa, académica y periodistica. Tambien fue determinante el rechazo a una larga y fecunda pero esclerotizada tradición literaria y filosófica y la apuesta por una literatura crítica y de base realista.

Aunque en principio pueda parecer paradójico, se aunaba la exaltación patriótica anticolonial con la sed insaciable de influencia cultural extranjera modernizadora. En el plano intelectual se desarrolló el movimiento de la llamada “Ilustración China”. En el campo de la creación literaria, este programa por una nueva cultura encuentra su mejor expresión en la obra de novelistas, poetas y dramaturgos como Lu Xun, Lao She, Qian Zhongshu, Cao Yu, Ding Ling, Mao Dun, Sheng Congwen o Ba Jin. Todos ellos forman ya parte del cánon de los clásicos chinos contemporáneos.